“Hay muchas desgracias en la vida —pensaba—, pero ninguna como la de haber nacido Polligato”.

Lo peor de ser Polligato no era tener que vivir en una maceta, porque, al fin y al cabo, siempre estaba asomado al exterior y gozaba además de una hermosa perspectiva del patio-jardín, justo delante de la zona de baldosas y con la hoja de césped al fondo. De ella destacaban enhiestos, por detrás del lilo de racimos violetas y del pruno de rositas blancas, los tres viejos magnolios, a cuyos pies se agolpaban macizos de flores varias.
Estaba también cobijado del molesto sol del mediodía por una frondosa parra que, eso sí, desde finales del verano y hasta los primeros días del invierno, no paraba de soltarle hojas encima, que, en ocasiones, en los días más ventosos del otoño, lo cubrían por completo. Pero, al margen de ello, era una compañía casi siempre agradable.
Lo peor de ser Polligato era no saber muy bien lo que se era y, sobre todo, vivir con el ansia de una mitad de ti por comerse a la otra y de que esta viva en la continua congoja de ser comida por aquella. Porque así no hay quien descanse.
A su izquierda, pegado a una valla exterior erizada de puntas de lanza de hierro forjado, se elevaba un añoso plátano de sombra, con el tronco completamente pelado, del que ramas y hojas se negaban ya a asomar, y al que todo el jardín llamaba por eso Plátano Calvo. Tenía fama de sabio y reputación de maestro, así que a él le confesó sus preocupaciones una mañana brillante del mes de abril.
—Me temo que no puedo ayudarte—le contestó este—. Yo no soy un simple maestro, sino algo muy superior. Soy un psicopedagogo centrado en la búsqueda de la excelencia educativa. Mi exclusivo empeño es especular sobre los principios básicos del aprendizaje y las formas puras de la didáctica con el fin de que los desgraciados docentes se enfrenten a los malditos mocosos…,¡perdón! quiero decir dignos aprendientes, provistos del más exquisito bagaje teórico sobre la construcción de la personalidad del Yo del infante en dialéctica oposición al Súper-Yo, para conducir a la síntesis de Ego y del Super-Ego.
—Ya lo veo—dijo decepcionado Polligato, que no había entendido ni una palabra de la perorata de Plátano Calvo—. No puedes ayudarme.
Unos días después, en una cálida tarde de mediados de la primavera, vio descender a las guineas por la rampa que conducía desde el tronco retorcido de la parra hasta donde reposaba su maceta.
Sabía quiénes eran porque algún tiempo antes le había hablado de ellas Matías, una lagartija que pasaba el tiempo andurreando de un lado a otro del jardín y que por eso conocía a todo el mundo allí. Algunos decían que hasta a los que vivían en el interior de la casa, aunque él pensaba que eso debían de ser exageraciones de la gente.
—Son unas damas muy cultas—le había dicho la lagartija—siempre están discutiendo de literatura y hasta puede que algún día funden un círculo de lectura. En cuanto aprendan a leer.
Bajaban las gallinas muy dignas, rodeadas de una nube de polluelos amarillos que se perseguían mutuamente girando en torno a ellas, tropezando con frecuencia unos con otros, enfrascadas del todo en un una discusión a tres bandas de la que solo se percibía, entre agudos cacareos, alguna palabra suelta, como novela, profunda o aburrida.
Cuando pasaron por delante de su maceta, uno de los polluelos se desprendió del grupo y se plantó frente a él mirándolo fijamente:
—¡Hola!—dijo—eres Polligato, ¿verdad?
Su mitad pollo contestó que sí con simpatía, mientras la mitad gato se relamía golosamente los bigotes.
En ese momento, una de las guineas se apercibió de la situación, se dio media vuelta y se aproximó a ellos rezongando:
—Borja María, te tengo dicho cienes de veces que no debes hablar con desconocidos. ¡Es peligroso!
—Pero, mamá, —se defendió este— si no es ningún desconocido. Es Polligato. Matías me ha hablado de él.
—Que sepas quién es—replicó la gallina—no quiere decir que no sea un desconocido. También es un desconocido cuando no sabes qué es. Y eso no creo que ni él mismo lo sepa.
Y se alejó, arrastrando con su ala abierta a un Borja María que casi no opuso resistencia.
Asomaba ya la oreja el verano, una anochecida del mes de junio, cuando su mitad gato se estremeció de alegría.
Desde uno de los muretes que sostenían el portón de la entrada de carruajes se deslizó la sombra silenciosa de un enorme minino atigrado, cuya cola desmesurada terminaba en una especie de pompón amarillo. Avanzaba el gato muy despacio, levantando poco a poco una de sus patas delanteras que dejaba por unos instantes suspendida en el aire antes de apoyarla por fin en el suelo y levantar la otra, de modo que se movía como a saltos proyectados a cámara lenta. A Polligato, que no había sido antes cazador ni cazado, le temblaba todo el cuerpo, la mitad por la excitación y la otra mitad por el miedo.
El minino debió percatarse por fin de que no había ninguna presa cerca porque retomó su paso normal y cuando cruzaba por delante de la maceta, Polligato —o, al menos, su mitad gato— atrajo su atención:
—¡Eh! ¡Compañero! ¿Quién te ha enseñado a cazar componiendo esa figura tan elegante? ¿Crees que yo también podría aprender a hacerlo? ¡Desde que te he visto, me muero de envidia!
El gato, complacido, se atusó los bigotes con solemnidad y replicó:
—Bueno, no es tanto una cuestión de aprendizaje, como de genética. Para mí la elegancia es connatural. Pero qué duda cabe que con la práctica también se puede avanzar algo, aunque sin llegar en ningún caso a la perfección de quienes lo tenemos por naturaleza. Si quieres, pues, aprender y, como a la vista salta que la naturaleza no te ha dotado de mis elegantes movimientos felinos, deberíamos empezar a practicar, aunque para ello necesitaríamos una presa…sí, ese pollo que tienes al lado puede servir. Fíjate con cuanta levedad y cuán grácilmente me dispongo a saltar sobre él para reducirlo y devorarlo.
Dicho y hecho, mas en el punto en que el gato atigrado se aprestaba con gentil donosura a saltar sobre Polligato, un terrible bufido de este lo dejó helado de miedo cuando ya casi se encontraba en el aire.
—¡Ni te atrevas a tocar ese pollo! ¡Es solo mío!—dijo con una voz lúgubre y preñada de amenazas.
La inercia del impulso que el gato pensaba imprimir a su salto impidió que pudiera detenerse por completo, de manera que, desmadejado y nada elegante, cayó al suelo y rodó unos metros sobre sí mismo.
Lo más dignamente que pudo, se reincorporó y tornó a saltar la verja murmurando entre dientes:
—¡Y a mí me llaman Misuf el Loco! ¡Qué dirán entonces del pollo este, o lo que sea!
Fue una noche cerrada y sin luna del mes de agosto, cuando ya empezaban a remitir los rigores del calor veraniego, en que se apercibió de que por entre las hojas de la parra deslizaba con sutileza su cuerpo una delgada culebra.
Una vez en el suelo, se enroscó en su maceta, buscando, sin duda, el frescor del agua que el riego de la noche había hecho rezumar por sus bajos.
—¡Psst!—la llamó— . Perdona, ¿por casualidad eres una serpiente?
Alzó sus ojuelos miopes la culebra hasta su altura, mirándolo inquisitivamente y, al fin, se dignó responder:
—Bueno, sí…Se podría decir que sí.
—Y ¿es cierto que las serpientes sois astutas?
—Sí—contestó—Casi todas. Sé de algunos casos que… ¡claro que, al fin y a la postre, son solo machos, de los que no se puede esperar gran cosa! Pero, ¿por qué lo preguntas?
—Es que tengo un problema que quizás solo alguien astuto como tú pueda resolverme…
—Tú dirás—le invitó amablemente el reptil.
—¿Me podrías explicar —le preguntó— cuál es el modo de que pueda vivir en paz conmigo mismo, siendo mitad pollo y mitad gato? Lo he preguntado ya a mucha gente muy sabia, pero nadie sabe responderme, no ya con exactitud, sino incluso de manera aproximada.
La culebra volvió a reparar en él con más detenimiento que la vez anterior y exclamó:
—¡Es verdad! ¡Ahora que lo dices…! Pero, entonces, ¿yo qué hago? ¿Me lanzo a devorarte de un solo bocado o huyo despavorida para que no me devores tú a mí? Nunca había visto —prosiguió—un caso de egoísmo tan palmario. El señor tenía un problema y en vez de guardárselo para sí va y me lo suelta, de manera que, sin necesidad, yo también tengo un problema, que, además no sé ni remotamente cómo se soluciona. No pienso volver a visitar este jardín. ¡Al final solo me trae quebraderos de cabeza!
Dicho lo cual, trepó de nuevo por el muro de la valla y, deslizándose entre las hojas de la vieja parra, se volvió por donde había venido.
Por fin, poco antes de amanecer un fresco día de finales de septiembre, el búho se posó suavemente sobre el blanco pasamano, sostenido por pilares torneados, de la balaustrada que se alzaba entre la maceta de Polligato y la terraza delantera de la casa.
—Vengo de inaugurar la estatua que, sin duda por mis muchos merecimientos, me han erigido en el tejado de la casa de enfrente—le dijo—. Tú desde aquí no puedes verla, pero ha quedado imponente. Hasta mueve con solemnidad la cabeza cuando sopla el viento del norte. A los pájaros les resulta extraordinariamente divertida y no paran de jugar a mecerse con ella, cada vez que la cabeza se agita, mientras la brisa remolinea a su alrededor. Alguien tendría que haberme avisado del honor que se me hace. ¡Hubiera preparado para la ocasión un bonito discurso improvisado!
—Permítanos darle la enhorabuena por tan gran honor, sin duda merecido—dijeron al alimón la mitad gato y la mitad pollo de Polligato—. Pero mudando de asunto…¿es cierto lo que dicen de que los búhos son en verdad sabios?
—¡Oh! Sí — contestó el búho—. La sabiduría de los búhos es famosa desde tiempo inmemorial. Ya en la antigua Grecia…
—Entonces, —le interrumpió Polligato para evitar que se anduviera por las ramas, a lo que el búho era propenso en demasía—¿podría dar solución a mis o nuestras cuitas?
—Ya lo creo, —replicó el búho—¿cuáles son?
—Pues que tengo o tenemos un terrible problema de coexistencia, ya que no podemos vivir el uno deseando comer y el otro temiendo ser comido.
El búho se echó a reír tan estruendosamente que las plumas de la barriga se le agitaron con violencia.
—Pero, amigo mío, —le dijo cuando pudo recobrar el aliento—ese problema no existe nada más que en tu imaginación.
—¿Cómo? —preguntó extrañado Polligato.
—Sí, —prosiguió el búho—porque, en realidad, no eres ni pollo ni gato. Eres solo un dibujo. Nada más que eso.
Y emprendió el vuelo majestuoso, con parsimonia primero, y después cada vez más rápido.
Durante unos momentos Polligato quedó perplejo, sin acertar a reaccionar ante la asombrosa revelación del ave. Empezó después a sentirse aliviado de conocer que en realidad ninguna mitad de sí mismo podría comerse a la otra, pero a medida que le daba vueltas al asunto, su entrecejo se arrugaba más y más y más y más se sumía en la tristeza; ahora era consciente de que había una desgracia mayor que la de ser polligato: ser solo eso, nada más que un simple dibujo.
Fin
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