Capítulo 1: El pequeño circo del «Gran Ta-Morlán»

No sé si porque pensé estar más delgado de lo que, en realidad, estaba; porque no caí en la cuenta de que una pila de libros, por apretada que esté con las otras, nada tiene que ver con la estrechez de una vieja topera; porque sobreestimé una capacidad de estiramiento que habría debido perder con los años,  o por qué otro maldito azar, lo cierto es que allí estaba yo, llevado a aquella ridícula situación por mi afán de ver nacer una historia, en lugar de hallarla ya concluida, como siempre.

Me había quedado atrancado en medio de un oscuro túnel, al fondo del cual parecía brillar  una luz débil y rojiza, pese a los esfuerzos concertados de Matías que, desde atrás me empujaba con todas sus fuerzas, y de Yoguina que por delante intentaba arrastrarme, mordiendo cualquier parte de mi regordeta anatomía que se le ofreciera a los ojos y, por ello, me arrancaba, sin que evitarlo pudiese, amargos quejidos, ayes y lamentos.

—Mejor será, Yoguina,—oí decir a mis espaldas a la voz un tanto aflautada de Matías—que te adelantes y pidas ayuda a las hadas. Sin ellas,  no saldremos de aquí en toda la noche.

—Pero, papá, —replicó aquella—¡Si yo no he estado nunca en el interior de la casa! No conozco el camino.

—Solo tienes que seguir la topera hasta el final. Desemboca en el interior de una enorme lámpara de pie, pintada de un rojo tan vivo, que parece arder. Trepa por ella y saldrás a una sala en L, al final de la cual, a la derecha, se abre una escalera. Súbela y llegarás al vestíbulo de la planta superior, a cuya izquierda se encuentra la cocina. Si las hadas no estuvieran allí, sigue el corredor hasta la última puerta del lado derecho. Es la de la habitación del tito Edu y la tita Chachi. Ahí es donde las hadas pasan la mayor parte del tiempo.

—¿Y si me descubre alguien?—preguntó la joven lagartija con un deje de angustia.

—No te tienes que preocupar por eso en absoluto. En la casa ahora solo deben estar los abuelos, que ya hace rato se habrán retirado a dormir. Aun en el caso, poco probable, de que alguno se levantara y saliera de su cuarto, es casi imposible que te vea. Solo tienes que evitar que te pisen sin querer.

Emitió Yoguina un resignado suspiro, que me hizo temer estuviera arrepintiéndose de haberme permitido acompañarlos —dicho sea sin desdeñar el hecho de que yo también empezaba a arrepentirme de haber insistido en venir— y, siguiendo las instrucciones de su progenitor, emprendió, titubeante al principio, pero cada vez más decidida después, el camino de la vivienda.

Ignoro si la joven lagartija tardó mucho o poco en volver porque —me avergüenza confesarlo—, pese a lo incómodo y lamentable de mi estado, mientras esperábamos, debí quedarme profundamente dormido y hasta soltar alguno de los sonoros y potentes ronquidos que en mí se han hecho célebres. Me despertaron al unísono el chisteo enfurecido de Matías y el clamor de la disputa que entre sí sostenían unas agudas vocecillas.

—Lleva cuidado, Melusina—dijo una de ellas—. Según lo frecuente y prolongado de las visitas últimas al tarro de miel de bosque, igual te quedas atrancada tú también en la topera…

—Es tu afición a la colonia lo que te hace ver doble y creer eso.

—¿Insinúas que bebo?

—¿Yo? ¡Válgame Dios, Maeve! No insinúo nada: ¡lo afirmo con pleno conocimiento de causa!

—En mi vida he conocido una hada con tan mala intención. ¡Tu metamorfosis a bruja ha empezado de forma prematura y no ha de tardar mucho tiempo en concluirse!

—Mira que suerte la tuya: no vas a necesitar metamorfosis alguna. ¡Ya naciste bruja!

—Señoras, por favor —terció entonces, conciliador, Matías—. Ni la momentánea situación vergonzosa a que nos han conducido los generosos volúmenes de aquí el amigo Benavides, ni la tormenta que parece cernirse sobre todos nosotros, aconsejan que perdamos el tiempo en tan nimias rencillas y disputas. ¡Ayúdennos a salir de esta y volvamos todos al trastero, pues es preciso que les muestre algo que no las dejará indiferentes!

—Según lo incrustado que está en las paredes de la topera, entiendo que intentar sacarlo a fuerza de empujones ha de será inútil —dijo la criatura a quien su compañera, y parece que no del todo amiga, había llamado Melusina—. Así que pasaremos directamente al remedio del polvo de hadas.

—Pero, señoras mías, —no pude menos de exclamar angustiado— ¿de verdad creen oportuno sacarme volando de este atolladero?

—¡Otro con lo del dichoso vuelo! —replicó con displicencia la que, al parecer, se llamaba Maeve y a quien su poco caritativa compañera acababa de tildar de bruja y beoda, nada menos—. Para volar ya están los aviones. Nosotras usamos el polvo para reducir el tamaño, más que nada.

—Pero para eso ¿no había que morder el lado de una seta, y con el contrario, llegado el momento, recuperar el tamaño de origen?

—Pues ¡anda tú a buscar la dichosa seta! —replicó el hada furiosa.

—¡Haya paz —intervino conciliador Matías— y hágase lo que tenga que hacerse que el tiempo apremia!

—Es que el enano este —se excusó Maeve—, para atorado, es demasiado locuaz.

—Eso me está pareciendo a mí —contestó la otra, produciéndose el milagro de que las hadas por una vez concordaran en algo, bien que en detrimento de mi propia persona.

—Les pido mil perdones, señoras hadas, pero es que en mi calidad de preservador de libros titulado…

—¡Y que no hay forma de se calle! Maeve, saca el salerito y acabemos de una vez.

Lo siguiente que recuerdo fue una nube de extraños polvos irisados que me cubrió por completo la cabeza y me inundó la garganta. Un cosquilleo irresistible se apoderó entonces de mis fosas nasales causándome un inesperado estornudo, generado con la fuerza de mi tamaño habitual, pero mal soportado por un cuerpecillo tres o cuatro veces menor.  A consecuencia de él y ya libre de la aprisionante pared que le impedía cualquier movimiento, el tal cuerpecillo salió propulsado hacia atrás y arrastró al bueno de Matías casi hasta las puertas del trastero de techo  inusitadamente bajo en el que tenía su morada y del que partía, hacia la lámpara del salón de abajo, la maldita topera.

En lo que Matías y yo recomponíamos nuestra lastimada dignidad —más la mía que la suya, dado lo ridículo del tamaño al que las hadas me habían reducido—entraron estas en el trastero, seguidas de una Yoguina que hacía visibles esfuerzos para no romper a reír, temerosa sin duda, de ofender a su padre con sus risas.

—Y bien —dijo a la sazón Melusina—, ¿qué era eso tan importante que el señor Matías tenía que enseñarnos?

Vaciló este unos momentos, registrando con la mirada el diminuto trastero en el que desordenadamente se concitaban toda clase de trebejos y cachivaches, arrojados en él como al descuido, hasta que descubrió lo que buscaba justo debajo de donde, para aliviar las tensiones de la noche y dar reposo a unos huesos que ya empezaba a notar doloridos, había yo asentado mis reales posaderas.

Me hizo Matías levantarme, no sin cierta brusquedad, y extrajo de donde había estado sentado un arrugado pasquín, impreso a dos tintas y en el que destacaban unos dibujos bastante groseros:

—Ved —dijo tendiéndolo hacia las hadas.

Lo observaron estas con curiosidad y detenimiento, pero no debieron hallar nada extraordinario en él, por cuanto se limitaron a mirarse una a la otra y a encogerse de hombros:

—¿Y? —preguntó lacónica Melusina.

—¿No veis lo que dice el pasquín?

—Bueno —replicó Maeve—, es que no sabemos leer.

—Las hadas —intervino decidida Melusina— solo formamos parte de los cuentos. No tenemos que leerlos.

—Léeselo,  papá —dijo Yoguina.

—En realidad… —vaciló Matías enrojeciendo—, yo tampoco sé. No es propio de una lagartija y hasta puede que no estuviera muy bien visto. Benavides, léelo tú que sí que sabes.

—Sin ningún problema. En mi calidad de preservador de libros titulado…

—Vale, vale, pero empieza de una vez —saltaron las hadas al unísono. 

—El título —comencé— que destaca impreso en tinta rojiza y yo diría que ya un tanto desvaída, reza:

EL PEQUEÑO CIRCO DEL GRAN TA- MORLÁN

—¿Veis? —me interrumpió Matías— Morlán es Merlín. Y los artistas son ellos. Los habitantes de la Sima Desconocida. ¿Qué habrá ocurrido para que la hayan abandonado convertidos en miembros de un espectáculo ambulante? ¿Qué más pone, di? —me apremió.

—Dice que habrá forzudos, amazonas en hacaneas, payasos y una gran sesión de magia de cerca; que está instalado en las pistas polideportivas de esta honorable urbanización y que dará, con motivo de sus fiestas patronales, una única función que tendrá lugar en la tarde del próximo sábado…

—Déjame ver —me interrumpió de nuevo Matías, arrebatándome de las manos el pasquín—. Mira, esos bigotes son inconfundibles —dijo señalando el dibujo un tanto borroso de lo que parecía un mago chino, provisto de su clásico gorro cónico mandarín, pero las guías de cuyo bigote, en lugar de colgar hacia abajo de los labios, como era la costumbre, subían enhiestas, camino de sus mejillas.

—Y ¿qué hay escrito al pie? —preguntó Melusina, lanzando una mirada al papel por encima de mi hombro.

—Dice: “Nota: La propiedad del circo, de acuerdo con lo dispuesto por las autoridades competentes en lo relativo al uso y aparición de animales salvajes en los espectáculos circenses, se complace en anunciar que ha decidido prescindir para esta gira de su más afamada atracción internacional: el domador de pulgas”.

—Entonces —preguntó Melusina—, ¿estás seguro de que son ellos?

—Completamente. Y de que el pasquín no está en este trastero por ninguna casualidad. Lo han dejado aquí para decirnos algo. ¿Se sabe cuando llegan los chicos?

—Deben estar al caer, porque esta misma mañana han estado arreglando los cuartos. 

—Entonces el mensaje debe ser para ellos —intervino Yoguina—. Creo que tendríais que hacer que lo vieran y que, en cuanto vengan, se pasen por el trastero. ¡Hemos de conseguir que asistan a la función del circo!

—Yo no pienso perdérmela por nada del mundo. La historia empieza a ponerse interesante, aunque no acabo de ver qué relación tiene con los libros—dije, sin que nadie me hubiera preguntado.

—Ya lo verás—afirmó taxativo Matías.

 

(Continuará)

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