—Desde luego—dijo el chico más espigado de los dos que, convenientemente reducidos de tamaño hasta aproximarse bastante al mío habitual, se habían introducido, acompañados de las hadas, en el trastero de techo bajo a través de la vieja topera que tan infaustos recuerdos me traía —, si no son, se parecen mucho.
—Yo creo que sí son—reforzó el segundo de ellos, algo más achaparrado y recio que el anterior. De hecho, ambos, vistos por el físico, hubiéranse dicho una versión infantil de don Quijote y Sancho. Pero se trataba solo de una percepción superficial, pues, oyéndolos quedaba de manifiesto de manera inmediata que los dos tenían el mismo punto de arrojo que el hidalgo y de apego a la tierra que su escudero.
—¿Y qué habrán venido a hacer aquí, tan lejos de la Sima?—se preguntó el primero, reflexionando en voz alta.
—No lo sabemos—respondió Matías—, pero tengo el presentimiento de que tiene que ver con Yogui y su sueño eterno en la en la Cámara de las Gemas.
Iker, el chico alto y delgado, asintió:
—¡A lo mejor se ha despertado!
—No diría yo tanto. Porque entonces ya estaría con nosotros—refrenó Matías el incipiente entusiasmo que la sola posibilidad de reencontrarse con un Yogui fuera de su oscuro sueño había encendido en los muchachos.
—Por favor—supliqué, bien a mi pesar, pues temía la reacción de las hadas ante cualquier intento mío de tomar la palabra—, ¿me puede poner alguien en antecedentes? Me estoy quedando in albis.
Fue así como conocí, por boca de Matías, aunque continuamente corregido, matizado o ampliado por Iker y Lucas, los sucesos que convulsionaron Villa Vidinha el verano anterior, con la malévola irrupción de la bruja Croma en el Castillo de Herodes y su amenaza de secar la vida de los habitantes del Green Garden, privándolos de sus colores. Tal amenaza fue felizmente conjurada por la intervención de un viejo westy, de nombre Yogui y de los muchachos, secundados por un entonces mucho más joven Matías.
Supe también que, para salvar a los muñecos de cemento de la tiranía de la bruja, tuvieron primero que librar una partida atrabiliaria de golfoot, un enloquecido juego inventado por unas hormigas excéntricas que pasan su tiempo en los arriates de Villa Vidinha jugando a juegos absurdos y a las que, por su aspecto, conocen los habitantes de la zona como los Ñoquis Negros.
La no victoria en el juego les permitió recuperar unas plumas mágicas con las que pusieron en marcha a unas silenciosas garzas y partieron sobre ellas en busca de una “esmeralda arcoíris”, análoga a aquella de la que la malvada bruja se valía para torturar a los muñecos de Villa Vidinha. Hallaron la piedra en poder de unos enanos, habitantes en la Sima Desconocida, que compartían con un mago llamado Merlín y unos extraños y huidizos personajes que ahora parecían haberse constituido en un pequeño circo ambulante.
Provistos de la piedra, se enfrentaron a Croma, a la que pudieron finalmente derrotar, no sin que esta lograra herir al viejo westy con las espinas de un venenoso cactus que lo sumió en un sueño profundo del que nada ni nadie era capaz de despertarlo.
Matías, Iker y Lucas, llevaron, a lomos de las garzas, al durmiente Yogui a la Sima Desconocida, donde permanece aún cuidado por los enanos.
Era una historia que, sin duda, prometía, pero que, en principio, ignoraba si podía incluirse en el ámbito de mis competencias preservadoras o tendría que cederla a otro enano titulado para que la preservara, asunto que no a acababa de seducirme por la simpatía que en mí habían despertado algunos de sus protagonistas, por no decir todos —con la excepción de las hadas, claro está— y de allegados, como Yoguina, pese a no participar en ella porque por entonces aún no había nacido.
Reparando precisamente en la pequeña lagartija, Lucas, el más achaparrado de los muchachos, preguntó:
—Y tú, ¿quién eres?
Enrojeció en esta hasta la última mota de su brillante piel, que alcanzó con el rubor una bonita coloración, pero antes de que pudiera responder nada, intervino Matías:
—Es Yoguina, mi hija.
Levantaron al unísono los chicos sus miradas hacia él y, sorprendidos por la noticia, terminaron por felicitarlo con efusividad:
—¡Enhorabuena, Matías, es una muy bonita lagartija!
—Y, sobre todo, lista—respondió aquel ufano.
—Y dime una cosa, Matías—preguntó Iker—: ¿Dónde está su madre?
Se le nublaron los ojos al bueno de Matías y con ellos arrasados en lágrimas, respondió:
—Por desgracia la perdimos hace ya un tiempo. Se atragantó con una polilla quizás demasiado grande para ella.
—Sin duda, pecó de ambición—dije sin poder contenerme.
La expresión de dolor que se pintó en el rostro de la joven lagartija hizo que hubiera querido tragarme mis atolondradas palabras nada más pronunciarlas, mientras las hadas, por boca de Maeve, no desperdiciaron la ocasión de zaherirme de nuevo:
—Pero qué brutísimo eres, Benavides.
El exabrupto de Maeve tuvo la virtud de que los chicos repararan en mí como si me vieran por primera vez.
—Y este, ¿quién es y qué hace aquí?—preguntó Iker.
—Apareció no hace mucho—replicó Matías—y, pese a lo que pueda parecer, tiene algunas cualidades apreciables. Quienes mejor pueden contarte todo sobre él son las gallinas.
—Pero yo puedo hablar por mí mismo. En mi calidad de preservador de libros titulado…
—Más tarde, Benavides, más tarde—me silenció Melusina de nuevo.
—¿Las gallinas?—dijo Lucas, ya completamente olvidado de mi humilde persona—Si están por ahí me gustaría saludarlas. A ellas y al resto de los vecinos de la Comunidad del Green Garden.
-Pues no perdamos tiempo—terció Matías—. Ellos también van a celebrar mucho volver a veros.
Fue así que nos dirigimos en tropel hacia las verdes hojas de césped artificial que, bajo la plateada luz de la luna llena de verano, componían las praderas del llamado Green Garden. Sobre ellas se afanaban unos enanos de cuento y otras simpáticas criaturas que de día las adornaban luciendo su colorida quietud de cemento.
A aquella hora, sin embargo, el césped rebullía de una vida alegre y sus moradores charlaban entre sí, trabajaban, remoloneaban o hasta bailaban sobre él.
Antes de llegar a la pradera y justo en frente de la puerta del trastero donde habíamos conversado, se proyectaba la sombra de la copa redondeada de un viejo laurel, ante el que Iker se detuvo, escudriñándola, muerto de curiosidad.
—¿Ya no os hace navegar?—preguntó a Matías.
—¡Oh, sí!—replicó este—Solo que anteayer sufrimos una recia tormenta y ahora el bergantín está en dique seco. Pero navegamos más que nunca en busca de la maldita balandra inglesa. Además, Yoguina se ha revelado como una piloto excelente y con ella estamos más cerca cada día de darle caza de una vez por todas. ¡El capitán Laurel no cabe en su casaca de gozo!
Confieso que aquella conversación me desconcertó del todo ya que, por más que miraba y remiraba, seguía sin ver ni mar, ni bajel, ni balandra, ni capitán, por lo que solo me cabía pensar que Matías e Iker no andaban en sus cabales. Y así lo hubiera creído definitivamente, de no ser porque el resto de los que allí nos hallábamos la aceptó con toda naturalidad y hasta me pareció percibir un gesto como de legítimo orgullo en la expresión del rostro de Yoguina.
Nos dirigimos luego casi en tropel a la hoja de césped en la que laboraban con afán tres enanos colegas (en lo de enanos, digo, pues no tenían pinta en absoluto de preservadores de libros, aunque me resultaban vagamente familiares). Se saludaron efusivamente estos con los chicos y, después, a Lucas se le ocurrió preguntar por cómo le iban las cosas a los otros cuatro enanos del cuento en el Reino del Espejo:
—Bastante mal, creo—contestó riendo el que parecía más anciano de ellos—. La reina Blancanieves, queriendo saber, como su madrastra, que era la más guapa del reino, no dejaba de preguntarle al famoso espejo mágico, por más que este, escamado, sin duda, por el follón de las manzanas, prefiriera mantenerse en silencio. En vista de eso, hizo llamar al príncipe, ante el que se quejó amargamente:
—Nadie me ama en este reino
—Pero, mi señora —replicó aquel—, todo el mundo os ama.
—¡Eso no es cierto! ¡Mira el espejo! Ya no dice que soy la más bella. Ni vos tampoco, por cierto.
—Pero… ¡cómo no vais a ser la más bella, si, desaparecida vuestra madrastra, sois la única que queda, por lógica…!
—¡Claro —replicó airada la reina—! Por lógica, al ser la única, soy la más bella…¡Y también la más fea! Por eso yo no quiero tu lógica pedestre, ¡quiero la magia del Espejo!
—Pero…, pero, querida —titubeó el príncipe—, si el Espejo está estropeado, hacer venir a un mago para que lo arregle va a resultar carísimo y, me temo, que las arcas del reino andan ya bastante sobradas… de telarañas.
—¡Para eso tengo yo cuatro ministros de hacienda! ¡Que comparezcan ante mí esos inútiles!
Llegaron temblando los enanos a presencia de la reina y, a instancias suyas, tuvieron que dar cuenta de sus tareas como ministros:
—Quisimos primero —decían— ponerle a los ratones un impuesto al queso que dejaban de comer, por parecernos más sustancioso que cargárselo solo al que comían. Lo malo fue que los ratones lo encontraron abusivo y decidieron emigrar en masa a Hamelin, que, por cierto nadie sabe muy bien dónde está eso. No sabemos lo que pasó allí, aunque se dice que la presencia de los nuestros, unida a los ratones que ya había de suyo, provocó una crisis que, al parecer se saldó con la intervención de un extraño flautista. Lo cierto es que ninguno de los ratones que se marcharon ha regresado de Hamelin para contar lo que, en verdad, ocurrió allí. En vista de esto, decidimos que quienes tenían que pagar el impuesto en cuestión eran nuestros tres colegas enanos, los únicos que no eran ni reinas, ni príncipes, ni ministros, ni ratones, pero, asimismo disconformes porque su congénita alergia a la lactosa les impide probar el queso, y alegando que, en ese caso, el montante del impuesto sería excesivo, se marcharon también a un extraño lugar, de nombre Green Garden, que tampoco sabemos donde está.
—Pues entonces—dijo a la sazón muy enfadada la reina—tendréis que pagar vosotros mismos el impuesto.
—Pero, Majestad —terció el más veterano de los cuatro—: Nosotros no estamos facultados para cobrarnos…
—Pues yo os faculto desde este mismo instante: ¡podéis cobraros el impuesto unos a otros!
—Y así andan ellos ahora —concluyó el enano que nos había narrado la historia—: peleados entre sí por ver quién cobra a quién y hasta uno, que siempre anda quejándose y rezongando, me ha dicho que tal vez presente la dimisión de su cargo de ministro y se venga a vivir con nosotros.