Capítulo 3: La función de circo (2ª parte)

Y lo que vi llevó mi asombro y desconcierto hasta las más altas cotas que imaginarse pueda: el rubio forzudo cuyo dorados cabellos ahora tiraban bastante a grises y cuyos enormes músculos se aparecían mucho menos acerados, rozando incluso con cierta redonda flacidez, procuraba levantarse, después de que, a decir de los testigos, al intentar la pirueta para arrojarse al piso y elevar las pesas, se hubiera enredado torpemente con sus propios pies y dado con sus huesos en el suelo, de manera mucho menos airosa de lo previsto. Tras ello, el pobre Durandarte intentó disimular su fracaso volviendo a coger de cualquier modo la barra con las bolas —que por cierto tenían también menos brillo del que parecía y hasta dejaban ver el cartón piedra por debajo de algunos desconchones de la negra pintura— para quedar finalmente inmóvil, en una pose vacilante y, en general, bastante ridícula, desde la que las pesas habían terminado por resbalar y caer al suelo con un crujido que había sonado poco o nada metálico.

Para no dar lugar a que las risas, mezcladas con chiflidos y protestas, se generalizaran entre los asistentes, una Belerma, no tan juvenil como nosotros la creímos y de figura bastante menos grácil, según testificaban las emergentes redondeces que dejaba ver su vestido a la morisca, se subió al carro de un salto que quiso parecer ágil sin serlo, sumándose en él a los tres orondos ayudantes que ya lo ocupaban.

—Y ahora, damas y caballeros, estimados espectadores todos —dijo la engolada voz de Merlín, que resonó por toda la carpa—, guardemos silencio para asistir al culmen del fascinador número del gran Durandarte, quien se va jugar literalmente su frondoso mostacho intentando arrastrar con él el carro con su material y cuyo peso se ha incrementado, bien que no en exceso, con el de la bellísima Belerma y, de manera notoria, con el de los tres… ¡ejem!… robustos ayudantes del forzudo.

Tanto aquella, como estos, saludaron alegres al público que, por un momento, contuvo su rechifla y se aprestó a contemplar el espectáculo que se avecinaba.

Cuando, uncido ya el bigote a la lanza del carro por medio de un bramante, se disponía aquel a arrastrar el vehículo y su pesada carga en medio de un redoble de suspense que salía no sé de dónde, una voz  a mi espalda me obligó a desentenderme de lo que ocurría en la arena:

—¡Benavides, estúpido, te van a descubrir y, creyéndote parte del circo, igual te hacen saltar al centro de la pista! ¡Vuelve a tu sitio! —dijo imperiosa Maeve, al tiempo que, haciendo gala de más vigor que el artista, me arrastraba hasta detrás de las tablas del graderío y terminaba por depositarme en el lugar de donde había partido.

Cuando pude volver los ojos a la pista, la escena había cambiado de nuevo y Durandarte arrastraba el carrillo que colgaba de las tirantes guías de su bigote caminando hacia atrás, con los brazos en cruz, a pasos cautelosos. Anduvo así un tiempo en el que completó no menos de dos vueltas al redondel de albero y finalmente volvió a su centro, donde desanudó las cuerdas que lo unían al vehículo y saludó hacia el lugar en que nos encontrábamos un con gesto de triunfo.

A diferencia de mis compañeros, no me quise dejar llevar por el entusiasmo y, en vez de aplaudir encendidamente, agucé el oído buscando percibir la reacción del público del resto del graderío: batían algunos palmas como al desgaire, pero la mayoría chiflaba o incluso reía. Era fácil imaginar que los más compasivos se limitarían a guardar silencio y que, por tanto, el final del número del forzudo no debía haber sido para ellos tan airoso como nos pareció a nosotros.

Continuó el espectáculo circense en términos muy parecidos: tras el forzudo Durandarte, anunció Merlín “el increíble número de las vivaces acrobacias que tres  pizpiretas amazonas iban a realizar a lomos de sus correspondientes hacaneas”, y a continuación hicieron acto de presencia lo que parecían —pues yo ya no sabía si creer lo que veían mis ojos— tres bellas damas campesinas, llevando por el ronzal a  otras tantas espléndidas jacas, la primera baya, la segunda marrón y negra la tercera.

Vestían las tres sayuelas de paño morado con fajas de terciopelo, cada una de un color y como de un palmo de ancho, corpiños de velludo, guarnecidos con ribetes de raso blanco, camisas de pecho y basquiñas.

Al grito de la que encabezaba la marcha, tras un par de vueltas a la pista, aumentando progresivamente el paso de sus cabalgaduras, subieron sobre ellas las tres al unísono y quedaron en sus respectivas sillas montando a la mujeriega. Tras media vuelta escasa y de nuevo a la orden de la primera, se levantaron con agilidad para quedar en pie sobre las sillas y desde ahí, gobernando a sus monturas por medio de riendas inusualmente largas, hicieron varias cabriolas, saltos y vueltas hasta caer de nuevo sobre la sillas, cabalgando ahora a la jineta.

Aplaudimos con fuerza el número, pero de nuevo se me hizo percibir un runrún de descontento del resto de los espectadores, aunque nada pude hacer por verificarlo ante la férrea vigilancia de las hadas.

—Es el grupo de campesinas, o de damas ataviadas como tales, que nos preguntaron por la salud del Caballero del Molino el verano pasado en la Sima Desconocida —dijo Matías entusiasmado.

Asintieron los chicos, en tanto las aldeanas desaparecían por el control y, tras una breve y, como siempre encomiástica, introducción de Merlín, fueron reemplazadas con rapidez, a lo que parece para acallar las protestas de algún sector del público, cuyo rumor llegaba hasta nosotros, por los tres ayudantes del forzudo, ahora en hábitos de payasos.

Vestía el más delgado de ellos como payaso blanco, en tanto los otros dos oficiaban de Augusto y de Tony, mas he de confesar que ni desde la perspectiva favorable que me ofrecía el resquicio de las tablas, por entre las piernas de Iker y Lucas, sus evoluciones y chistes anticuados consiguieron arrancarme no ya carcajadas, ni siquiera  media sonrisa, al igual que al resto de los compañeros, incluidos los chicos. Solo Matías palmoteaba con alborozo:

—¡Son los Caballeros de la Mesa! ¡Son los Caballeros de la Mesa!—gritaba sin poder parar de reír, aunque ignoro por qué motivo.

—¿Qué te hace tanta gracia, Matías? —osé preguntar al fin. Pero un chisteo imperioso de Maeve cortó en seco mi pregunta y aun la posible respuesta de la vieja lagartija.

Terminaron su actuación los payasos, con más pena que gloria, y en la pista se hizo un denso silencio, al tiempo que se atenuaban de improviso las luces y hacía su aparición en ella un Merlín ataviado a la chinesca, con larga túnica azul cobalto, tachonada de plateadas estrellas que le cubría hasta los pies y tocado de un corto gorro cónico mandarín. Lo asistía la bella Belerma, que no paraba de aproximarle cachivaches y artilugios de vivos colores con los que el mago fue desplegando un buena colección de trucos y juegos de manos, unos conocidos y comunes a casi todos los ilusionistas, como adivinaciones o manipulación de naipes, y otros verdaderamente originales y brillantes cuyos efectos semejaban magia “real”, aunque ninguno de ellos pareció ser apreciado en demasía por el público asistente, ya un tanto revenido por la pobreza de los números anteriores.

Concluida la función, el público asistente fue poco a poco despejando la carpa, salvo nosotros que permanecíamos en nuestros lugares como anclados en ellos por una fuerza misteriosa. Al cabo de unos instantes vimos destacarse  desde el fondo del telón a la totalidad del elenco del espectáculo. Venían con Merlín a la cabeza,  portando aún los relucientes atavíos con que habían actuado y que, una vez fuera de las luces y bambalinas que adornaban la pista, presentaban un aspecto bastante deslucido:

—Matías, Iker, Lucas, me alegro de veros nuevamente —dijo a la sazón el mago, con voz grave y un tanto melancólica.

—Nosotros también, Merlín —replicó Matías, ante el silencio un si es no es confuso de los chicos—. Y dinos: ¿qué os ha traído acá, de la guisa en que venís,  con toda esta parafernalia del espectáculo circense?

—Los graves acontecimientos que ahora se viven en la Sima Desconocida —dijo el mago tristemente— han propiciado que abandonáramos la comodidad de nuestro oculto refugio y nos hayamos dirigido hasta aquí para implorar vuestra ayuda, siquiera sea en justa correspondencia de la que en su día os proporcionamos nosotros para que pudierais derrotar a la terrible Croma. Máxime cuando el enemigo es el mismo, aunque manifiesto de  forma tan poderosa y sobrecogedora que hasta pone en peligro la tranquilidad del  sueño que el buen Yogui mantiene en la Cámara de las Gemas y puede que muchas otras cosas.

—-Pues, ¿qué ha ocurrido? —inquirió Matías.

—Empezó todo hace unas cuantas semanas, cuando Zelda y Troyer Dinklager, los enanos custodios de la Cámara, nos hicieron saber por medio del Mago Gris que algo estaba turbando el sueño de Yogui; de tranquilo y apacible, había pasado a desinquieto y nervioso. Decían que, en ocasiones, hablaba en voz alta y hasta gritaba de terror, como quien busca despertarse sin lograrlo en medio de desasosegantes pesadillas. Según el  Mago Gris, la desaparecida Croma ha conseguido, de alguna manera, desde sus propios sueños, entrar en los de Yogui, controlarlos y, lo que es peor, que las pesadillas que le transmite se proyecten al exterior y se materialicen. Por este motivo hemos sufrido la invasión de los siluros anfibios, extravagantes criaturas en forma de pez con patas, negras manos de dedos como garfios y piel viscosa y resbaladiza que, llegados del mar interior, se han ido apoderando de la Sima Desconocida. Primero cayó en su poder la cueva de los enanos, donde solo resisten Zelda y Troyer, parapetados tras las gruesas puertas de la Cámara de las Gemas, en la que, por la razón que sea, no pueden entrar; después el resto de la Sima, a cuyos habitantes, una vez hacen presa en ellos, les roban las palabras y reducen al silencio y a una especie de idiocia que los convierte en sus dóciles esclavos.

—Y ¿que se puede hacer? —preguntó angustiada la vieja lagartija.

—Antes de que la práctica totalidad de la Sima cayera en manos de los Siluros, Snorri Saknunsen, el islandés erudito, versado en runas, el anciano Mago Gris y yo mismo tuvimos ocasión de estudiar el caso juntos y por separado y llegamos a la misma conclusión: al menos Iker y Lucas y tal vez tú también, debéis hacer lo imposible por llegar a la Cámara de la Gema, hablar a Yogui e intentar tranquilizarlo. Es casi seguro que de ese modo lo rescatéis de la maléfica influencia de Croma y sus negras pesadillas se desvanezcan sin dejar rastro.

—Eso es fácil. ¡Dalo por hecho! —gritaron al unísono Iker y Lucas, haciendo gala de su habitual vehemencia—. Mañana por la noche montaremos en las garzas y en un plisplás nos ponemos en la Sima.

Matías movió tristemente la cabeza:

—Me temo que no va ser posible de ese modo. Las garzas no se han vuelto a remover desde el año pasado, y eso que no le faltan las plumas mágicas. Mucho me temo que los dos vuelos tan seguidos hasta allá del otro verano las han agotado por completo.

—Tampoco podríais entrar—terció también Merlín—ni por el tobogán, ni por las gradas. Ambas entradas están controladas y vigiladas por los siluros.

—¿Y entonces? —preguntó angustiado Matías.

—El Mago Gris, Snorri Saknusen y yo hemos trazado un plan: aprovechando que los siluros ostentan una cierta desorganización ya que, a lo que parece, carecen de una dirección clara y se mueven como guiados por un impulso externo, podríamos deslizarnos por la tercera y más peligrosa entrada a la Sima, como situada justo detrás de uno de los saltos de la chorrera de Despeñaelagua, e intentaríamos liberar a la Reina y a sus Caballeras de la Mesa, más eficaces, disciplinadas y ágiles que estos apoltronados Caballeros…

Iniciaron en ese momento los payasos un tímido movimiento de protesta, que fue enérgicamente silenciado por Merlín, quien prosiguió:

—Liberadas las Caballeras de la Reina, desencadenaríamos un ataque de distracción, que vosotros deberíais aprovechar para introduciros en la Cueva de los Enanos y alcanzar la Cámara de las Gemas. Será, sin duda, peligroso, pero plausible.

—No parece mal plan —asintió Matías—. Solo le veo un inconveniente: no hallo el modo de que Iker, Lucas y yo lleguemos a la Cueva de los Enanos sin atravesar la Sima.

—En cuanto a eso, tiene solución, aunque no fácil. Iker, Lucas, ¿recordáis lo que se veía desde la Playa de los Dinosaurios, en la orilla del Mar Interior, junto a la Cueva de los enanos?

—Sí, claro, la otra orilla por detrás de un gran remolino de agua —replicó Lucas.

—¿Y qué veis desde Villa Vidinha?

—La cara sur de Pico Ocejón, donde esta la Sima—dijo Matías.

—Es decir que desde cada orilla del mar se ve la opuesta. Lo cual quiere decir que ambas están comunicadas por él.

—Pero, entonces, ¿el mar que navegamos a las órdenes del Capitán Laurel es el famoso Mar Interior?—preguntó una Yoguina que hasta entonces había permanecido en silencio.

—Así es —asintió Merlín.

—Luego podríamos llegar a esa playa que dices, navegando en El Temido, una vez esté reparado. 

El mago volvió a asentir.

—El problema —terció de nuevo Yoguina— es que yo, que soy quien pilota la nave, desconozco la derrota para llegar a donde decís.

—No es difícil. Debes evitar el pequeño Maelstrom de su centro. De caer en su zona de influencia, arrastraría la nave de manera inevitable hasta quién sabe dónde. Has de navegar, pues, siempre a estribor para orillarlo, hasta alcanzar el archipiélago de las Siete Islas Malditas. Las corrientes marinas te harán rebotar de una a otra y desde la más septentrional de ellas lograrás arribar a la Playa de los Dinosaurios, si aprovechas las mareas.

—Pero el bergantín nunca se ha alejado tanto de la costa; para esa singladura, se requiere una tripulación numerosa… —objetó, de nuevo Yoguina.

—En efecto —concedió el mago—. Mucho me temo que esta tarea solo podrá ser culminada por Villa Vidinha toda; por la tripulación de El Temido al completo.

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