Capítulo 4: Un velero bergantín (1ª parte)

En aquellos momentos pensaba que todos los habitantes de Villa Vidinha se habían vuelto locos de remate o les habían sorbido el seso el viejo barbián de Merlín —o Morlán o como, en verdad, se llamase— y su troupe de decadentes saltimbanquis.

Hasta donde yo llegaba, no había en Villa Vidinha, en plena campiña de Guadalajara, mar, ni lago en que emprender ninguna singladura a bordo de un barco de vela. Quizás algún pantano, pero, que yo supiera, quedaba bastante lejos de allí.

Tampoco acertaba a explicarme cómo, si el supuesto mar nacía en el interior de una sima, podía emerger para que una de sus orillas pudiera hallarse junto a la tapia del jardín, al pie del viejo laurel de copa redondeada, donde Iker se detuvo en su reencuentro con Villa Vidinha y preguntó a Matías si aún les hacía navegar. Y menos lograba entender, en definitiva, que una criatura de la sensatez e inteligencia que acreditaba Yoguina se dejara embaucar por tanto embeleco, procediera este de los vecinos del Green Garden o del bergante del mago manipulador, que delante mismo de nuestras narices nos había hecho ver la función del circo de manera tan diferente a como en realidad había ocurrido.

Cuando, en cualquier caso, y mientras regresábamos a casa después de ella, osé expresar mis prevenciones en voz alta, solo Melusina, en medio del entusiasmo desatado por la propuesta de Merlín en el resto de sus compañeros, me puso algún asunto. Se detuvo un instante meneando la cabeza como con conmiseración y me dijo:

—Serás muy leído, Benavides. ¡Pero qué poquito sabes de la vida…!

Fue así como, casi sin quererlo, me hallé a la noche siguiente haciendo cola, en compañía del resto de los habitantes del Green Garden, para trepar por el tronco del laurel de copa redondeada hacia no sabía bien dónde. Ya antes había visto subir a Yoguina, Matías y los chicos, quienes debidamente reducidos de tamaño por las hadas, habían hecho acto de presencia en el trastero de techo inusualmente bajo que comunicaba con la casa.

Se movían todos como presa de gran agitación y subían por el liso tallo del árbol con una agilidad pasmosa, impropia de las anatomías de que gozaban la mayor parte de ellos.

No fue mi caso, sin embargo. Cuando me llegó el turno de trepar noté que la escasa longitud de mis brazos impedía que pudiera rodearlo por completo y, en consecuencia, no hallaba punto de apoyo desde el que impulsar hacia arriba mi cuerpo con las piernas. 

  Después de tres o cuatro intentos vanos, en los que acabé en el punto de partida, tras deslizarme hacia abajo, sin poder aferrar el tronco en modo alguno, me vi de súbito alzado por una extraña fuerza que tiraba de mí desde la trabilla del pantalón, izándome entre ridículas oscilaciones. En una de estas reconocí a las hadas como las  propulsoras que me elevaban entre el jolgorio general de mis compañeros.

Empujado por ellas, atravesé la densa copa del árbol, de cuyo verde follaje emanaba un intenso perfume agrio y fui a dar con la baldeada cubierta de un barco velero que se mecía suavemente sobre las blandas olas de un mar turquesa, amarrado al blanco malecón de un muelle que parecía del todo idéntico a la tapia este del jardín.

El barco, a primera vista muy marinero, tendría unos cien pies de eslora y veinte o veinticinco de manga y, como buen bergantín, llevaba mayor, trinquete y un tendido bauprés en la proa. Sabiendo que se trataba de un bergantín, imaginaba yo que las  todavía enrolladas velas que colgaban de sus vergas en alto serían cuadras o, si acaso, cangreja, la que habría de largarse entre la botavara y el trinquete, y de cuchillo los foques que se amuraban entre este y el bauprés. Artillaban al buque veinte amenazantes cañones que mostraban su empavonada negrura, alineados diez en cada banda.

Cuando fui depositado sobre ella, la cubierta hervía de actividad. Corrían los habitantes de Villa Vidinha de un lado a otro, sin mucho orden ni concierto, al parecer. Lo que, sin embargo, me llamó de modo más poderoso la atención fue el cambio de aspecto e indumentaria que habían experimentado los antiguos muñecos de cemento. Conservaban apenas sus anteriores apariencias de gallinas, enanos, abejas, o insectos, pero todos ellos parecían haberse transmutado en la feroz tripulación de un barco pirata: sobre las cabezas llevaban bicornios, tricornios o, más generalmente, pañuelos de vivos colores añudados al cráneo y con uno de cuyos picos colgando sobre los hombros, a modo de trenza; vestían amplias camisas de lino, algunas de mangas acuchilladas, o desmangadas las más, y se cubrían las piernas con holgados calzones de cuero que sujetaban al cuerpo por medio de fajines de varias vueltas. Había hasta quien portaba parche en el ojo, aunque no vi ni pata de palo, ni brazo con garfio. Solo los ciempiés “bailaores” llevaban vendados algunos de los muchos que tenían. Pero se debía, sin duda, al accidente sufrido dos noches antes, en su vano intento de ejecutar la petenera flamenca.

Sobre el puente distinguí a Matías, con la cabeza cubierta por un pañuelo rojo, a Yoguina, que observaba el cielo usando un extraño instrumento, que parecía un anticuado sextante y a los chicos, mirándolo todo emocionados y expectantes ante lo que suponía una aventura completamente nueva para ellos. A su lado se alzaba la imponente figura de quien debía ser el capitán Laurel, alto, delgadísimo, apoyado sobre una única pierna y sostenido por una muleta, con su gigantesca cabeza cubierta por un tricornio verde, luciendo casaca asimismo verde mar sobre una camisa gris no demasiado limpia. 

Reparó Matías en mí en ese momento y me hizo señas para que me uniera a ellos en el puente. Me encaminé hacia allá y apenas subidos los pocos escalones que lo separaban de la cubierta, el capitán Laurel se me quedó mirando y exclamó:

—¡Llegas con retraso, marinero!¡Te esperan en la cocina!

—Lo siento, capitán—intervino entonces Yoguina—, pero no creo que las culinarias se encuentren entre las habilidades más destacadas del marinero Benavides.

—Y, entonces, ¿para qué sirve?

—Dado su oficio de preservador de libros titulado, yo lo pondría al cargo del cuaderno de bitácora.

—¡Humm! —exclamó Laurel—. ¿Cuaderno de bitácora? Nunca he tenido ninguno. Se me atrancan las palabras cuando intento escribir y no me sale nada. Puede ser una buena idea. Grumete —dijo dirigiéndose ahora a mí y no sé si degradándome—, llevarás el cuaderno de bitácora y no dejarás de anotar cuanto suceda en la singladura puntualmente ni un solo día. ¡De lo contrario, te hago pasar por la quilla!

Asentí, pues la orden del pirata no parecía admitir réplica alguna y de ese modo pasé a ser considerado el cronista de la expedición, lo cual me hizo sujeto de desprecio para una parte de los tripulantes del navío que hallaban mi trabajo perfectamente prescindible y me querrían ver en tareas de navegación más arduas. En cambio, me granjeó el respeto y la consideración de otros, sobre todo de las gallinas, que no dejaban de mirarme como enorgulleciéndose de mí.

De repente, Matías hizo sonar un un silbato, cuyo agudo sonido me levantó dolor de cabeza y toda la tripulación se volvió expectante hacia el puente, en espera de recibir las órdenes oportunas para iniciar la singladura:

—Tripulación de El Temido, mis bravos piratas—dijo el capitán Laurel con una voz de trueno que contrastaba fuertemente con su delgada anatomía—: como sabéis, vamos a emprender un viaje extraordinario, por completo distinto de los habituales escarceos en busca de la maldita balandra inglesa (a la que, si por azar, encontramos no nos hemos de privar de dejar algún recado en forma de bala de cañón). Mas nuestro propósito es otro en este momento. Es llevar a estos valientes muchachos a la otra orilla de este mar inexplorado, hasta la que dicen Playa de los Dinosaurios. Nunca el bergantín ha viajado tan lejos, e ignoramos los peligros que en este periplo nos acechan, pero no me cabe ninguna duda de que hasta el último grumete de esta valerosa tripulación va dar lo máximo de sí, a arrostrar con valor cualquier amenaza, cualquier calamidad que pueda sobrevenirnos para cumplir la arriesgada misión a que nos llama nuestro honor de piratas. ¡Contramaestre Matías —exclamó alzando a un más el tono de voz—, dé las órdenes de largar amarras! ¡Piloto Yoguina: trace el rumbo cierto y adelante en nombre de la Ilustre Cofradía de los  Bucaneros del Mar Interior!

Una nutrida salva de aplausos, a la que la encendida elocuencia del capitán hizo que hasta yo me sumara, saludó la arenga y, al mandato del contramaestre Matías, cada uno ocupó su puesto y nos aprestamos a emprender nuestra singular y dudosa travesía.

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