Capítulo 5: La cueva del Microcosmus (1ª parte)

El pequeño gabinete de crisis, compuesto por Laurel, Yoguina, las hadas, Matías y los chicos, al que yo había sido invitado a participar en calidad de observador por la insistencia de las lagartijas, se reunió en la estrecha cámara, situada bajo el puente, donde el capitán se retiraba a descansar de vez en cuando.

La estancia, más espaciosa en apariencia de lo que en realidad era, merced a la luz que la inundaba procedente de una vidriera de cuarterones de tres hojas, estaba dispuesta longitudinalmente con respecto a la eslora del navío. Una mampara de madera la dividía en dos mitades: en la más hacia proa tan solo se veía un modesto catre, provisto de un delgado jergón de paja y un viejo baúl forrado de cuero, ya muy agrietado; la mitad de popa la amueblaban una delgada mesa clavada al suelo y unas cuantas sillas, que servían de comedor para el capitán y la oficialidad o de sala de consejos.

Mas, apenas nos dispusimos todos alrededor de ella, con el objeto de decidir el curso de nuestras acciones ante la, al parecer, peligrosa situación a que la calma chicha podía conducirnos, cuando resonó de nuevo la voz de la mariquita vigía:

—¡Capitán!..¡Hip!..¡Estamos recuperando el rumbo!

Corrimos todos hacia las vidrieras y pudimos comprobar que, en efecto, la popa se deslizaba sutilmente hacia estribor, señal de que la proa enfilaba con decisión el rumbo adecuado.

—Es lo que yo dije—apuntó Yoguina—. Son sinuosidades de la corriente.

—No estaría yo tan seguro —replicó Laurel con gesto preocupado—. Bien puede tratarse de otra cosa. Una situación terrible, me temo.

Y, ante la muda interrogación que advirtió en los rostros de todos los presentes, prosiguió:

—Un lejano antepasado mío, navegante empedernido por este y otros siete mares, se vio en una ocasión ante un angustioso dilema que los dioses del mar le propusieron: navegar hacia estribor con el riesgo de que enormes torbellinos de agua hicieran naufragar su embarcación y perderse él y toda su tripulación, o hacia babor y afrontar el destino inevitable de que un horrible monstruo devorara a una parte de ella. Así, creo que las oscilaciones de la corriente son el modo en que a nosotros se nos propone el mismo dilema. Si no hacemos nada, el extremo levógiro del torbellino nos llevará al centro del Maelstrom en el que quizás podamos salvar el barco o quizás no y vayamos todos a pique. Si, antes de que cambie de nuevo el rumbo de la corriente, amuramos foques e izamos la cangreja, no me cabe la menor duda de que una brisa de popa, o puede que un viento huracanado, nos ha de empujar por babor hacia las fauces de un terrible ser que pondrá en peligro cierto la integridad de alguno de nosotros.

—Y, ¿qué hizo tu antepasado? —preguntó ávido Lucas.

—Sacrificó a unos pocos por el bien de todos. Perdió la mitad de los marineros.

—¡Oh! ¡Sí! —intervine sin que nadie me hubiera preguntado y sin poderme contener—. Esa historia, o una parecida, se cuenta en…

—Ya te vale, Benavides —me interrumpió, como siempre, Maeve—. No está el horno para bollos eruditos.

—Lo importante —dijo un hasta entonces taciturno Iker— es decidir qué vamos a hacer nosotros.

Yoguina se adelantó a todos:

—Lo mismo que el antepasado del capitán. Si la nave se va a pique nuestra misión fracasará de todas todas. Si algunos sobreviven, podrán completarla. Por ello, sugiero que hagamos lo posible por mantener nuestro rumbo originario, siguiendo las instrucciones de Merlín y procuremos a toda costa preservar a Iker y a Lucas, que son los verdaderamente imprescindibles para que esta tenga éxito.

—Y ¿cómo haremos? —la interrogó el capitán Laurel.

—No sé —replicó ella—. Cuando conozcamos la naturaleza del peligro que hemos de afrontar, será el momento de decidirlo.

Protestaron con energía Iker y Lucas, alegando no necesitar ningún tipo de privilegio, ni protección especial y estar dispuestos a enfrentarse con lo que quiera que fuera a pie firme y hombro con hombro con el resto de los miembros de la tripulación, pero Matías intervino para convencerlos:

—Si vosotros no llegáis a la Playa de los Dinosaurios, cualquier sacrificio, amén del vuestro, habrá sido inútil. Así que en agradecimiento al de quienes no logren sobrevivir al peligro que nos aguarda, si alguno no sobrevive, deberíais seguir el plan de Yoguina.

Aceptaron los chicos, aunque a regañadientes, y, terminado el consejo, salimos a dar cuenta de lo tratado al resto de los tripulantes, que con gran expectación aguardaba en cubierta.

Los restantes piratas, antiguos pacíficos habitantes de Villa Vidinha, respaldaron con entusiasmo la propuesta que el capitán Laurel sometió también a la consideración de todos y, sin más tardar, Matías ordenó amurar los foques del bauprés e izar la cangreja, por más que en ese instante seguía sin moverse ni una brizna de viento.

No bien ejecutada la maniobra, notamos que las velas desplegadas comenzaban a henchirse por lo que nos pareció al principio una brisa ligera. Pronto, sin embargo, se transformó en un más que mediano lebeche que empujó alegremente a El Temido en dirección nornordeste, su rumbo originario.

Avanzaba el velero cada vez más de prisa hasta que se hizo notorio que su velocidad excedía a la que podía desarrollar por el mero impulso de viento sobre las lonas.

—¡Arriad las velas! —ordenó el capitán—. La velocidad a que el barco se mueve es señal de que no solo nos empuja el viento, sino también una fuerte corriente marina. Si seguimos así, perderemos el control de la nave.

El grito de la mariquita rasgó el manto de silencio que se había apoderado de todos nosotros:

—¡Hip!… ¡Tie… Tierra a la vista por babor!

Corrimos todos hacia la borda de babor y, apretujados en ella, vimos cómo, en la distancia, emergía de la mar lo que parecía un elevado promontorio de roca, en torno al cual batían las olas, rompiendo en remolinos de agua y espuma.

—¡Tierra también a estribor! ¡Hip! —volvió a gritar la vigía.

Al otro lado, en efecto, se alzaba otro promontorio, gemelo del primero, en tanto el barco enfilaba la proa justo al punto intermedio entre ambos, transmitiendo la sensación de que podríamos eludirlos sin mayores dificultades.

—Parece demasiado fácil —musitó Yoguina en ese instante, casi más para sí misma que para el resto de la tripulación.

Asintió el capitán Laurel:

—Nunca he oído hablar de este paso, ni lo he visto recogido en ninguna carta marina. Por otra parte, la proximidad de las dos rocas permite abrigar la sospecha de que ambas estén unidas por debajo de la superficie y el espacio entre ellas, a que parece dirigirnos la corriente, bien pueda estar poblado de peligrosos bajíos que nos hagan encallar. Sería quizás más prudentes intentar orillarlas por un lado o por otro.

—Pero no podemos apartarnos de la corriente. Navegamos con las velas arriadas y carecemos de remos con que cambiar el curso —advirtió Matías.

—Sondad por la proa —ordenó el capitán.

Al mandato de Matías, Willy y Wally intentaron medir la profundidad de mar, cuando nos hallábamos ya en las inmediaciones del paso.

—¡Capitán —gritó el primero—, la sonda se agota sin haber tocado fondo! ¡Debe haber más de cien brazas!

—En ese caso —replicó Laurel— tal vez no sea tan complicado pasar por en medio. Pues tenemos viento de popa, largad velas y que se acabe cuanto antes este mal trago. Me inquieta, no sé por qué, la negrura del agua entre los dos promontorios.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.