Después de superado el peligroso enfrentamiento con el monstruo que servía de cobijo al bueno del señor Pontoppidan, tuvimos un tiempo de navegación reposada en el que, merced al impulso de las corrientes y al de una generosa brisa que redondeaba con suavidad nuestras velas, de la mayor a la cangreja, logramos recorrer bastantes millas marinas. Sin embargo, ante imposibilidad de determinar nuestra posición de manera precisa, pues no alcanzábamos a atisbar las estrellas, fui incapaz de anotar el número exacto en el cuaderno de bitácora.
Fueron días tranquilos en los que la facilidad del cabotaje nos permitió también largos ratos de ocio que compartí, como siempre, con mis queridas gallinas de la Sociedad Literaria, aunque en esta ocasión no les dije ningún libro en concreto, sino que las mantuve harto entretenidas —también a los polluelos, aunque parezca mentira— con la narración de mi particular enfrentamiento con el monstruo, la descripción de su pavoroso interior y las historias del señor Pontoppidan y los otros visitantes de sus entrañas.
He de confesar, sin embargo, que, por una vez, me superó la vanidad y en mi relato exageré ligeramente el papel que había jugado en los acontecimientos, atribuyéndome algún detalle menor, como la autoría del plan para escapar del interior del Microcosmus y liberar el barco de su mortal abrazo. Exageración inocente que me granjeó un aumento considerable en la estimación de la gallinas, así como en la de los polluelos, siempre más dificultosa de conseguir.
Aparecieron pronto, sin embargo, las primeras señales de que la situación podía cambiar. El ambiente se enfrió de súbito; una cortina de nubes negras se corrió sobre el hasta entonces despejado horizonte; el viento aumentó poco a poco la intensidad y su dirección se hizo errática, soplando en veloces rachas cada vez más fuertes.
El capitán Laurel, por intermedio de Matías, ordenó arriar las velas y fiar el rumbo al impulso de las corrientes, en tanto Yoguina, firmemente asida al timón, procuraba amenguar los bandazos a que la fuerza de las olas nos obligaban, al batir inmisericordes contra la borda del barco.
Se redobló la fuerza del oleaje, por lo que hubo que sujetar cualquier objeto exento, al que los vaivenes de la nave pudieran convertir en un peligro cierto para la tripulación. Casi a la vez, Iker y yo nos apercibimos de que el medio barril que en el puente se usaba de asiento, rodaba de un lado para otro y amenazaba seriamente la integridad de Yoguina, quien podía esquivarlo a duras penas, mientras sujetaba con fuerza la rueda del gobernalle.
Nos lanzamos a por él al unísono y, justo cuando lo acercábamos a la borda de babor para amarrarlo con algún pedazo de cabo suelto, una ola terrorífica barrió el puente y la cubierta, sin que ni él ni yo, ensordecidos por el fragor de la tormenta, oyéramos el clamor de advertencia que emergió de las gargantas de cuantos en ella se hallaban en ese momento.
Solo sé que, de improviso, me sentí arrojado por una fuerza sobrehumana, en compañía de Iker y el medio barril, a lo hondo de aquel crespo mar embravecido y oscuro.
Quiso la fortuna que, en medio de la caída, me agarrara, de modo casi instintivo, al bendito tonel, cuya flotabilidad me izó con rapidez a la superficie. Cuando pude, en medio de las tinieblas, mirar en derredor, vi que casi al lado el chico braceaba con desesperación para mantener la cabeza fuera del agua.
—Aquí, señor Iker —le grité lo más alto que pude para que mi voz se sobrepusiera al ruido del oleaje, la lluvia y los truenos que nos cercaban.
Se asió el muchacho al barril como pudo y ambos nos pusimos a escudriñar las tinieblas con fruición en busca de nuestro navío, al tiempo que no parábamos de gritar pidiendo socorro.
La oscuridad, sin embargo, parecía acrecentarse desde el nivel del mar en el que nos hallábamos, razón por la que solo pudimos percibir a El Temido bajo la forma de una mancha de sombra que se alejaba de nosotros, mientras creíamos oír un rumor de voces que gritaba:
—¡Gente al agua!
Nos vimos de ese modo solos, en medio de un piélago embravecido, cuya fuerza, sin embargo, empezaba a decaer.
Amainó, en fin, la tormenta y la calma a que dio paso nos permitió recuperar algunas fuerzas por medio de un ligero sueño, para el que fuimos turnándonos: mientras uno dormía en el interior medio seco del tonel, el otro desde fuera procuraba mantenerlo a flote, a salvo de la ya suave mecida de las olas.
Cuando amanecía y, a punto de terminar mi tercer turno para conseguir que el medio tonel flotara en vertical, una inquietante aleta, con forma de triángulo negro, emergió no muy lejos de donde nos hallábamos, empezó a dar vueltas a nuestro alrededor y a trazar círculos cada vez más estrechos.
—Señor Iker —le avisé tiritando más de miedo que por el frío—, tenemos un problema.
—¿Qué pasa?—preguntó todavía medio dormido el chico, mientras intentaba ponerse bruscamente de pie y hacía oscilar con cierto peligro el ya de por sí inestable barril.
—Mire —respondí y mi dedo señaló aquella aleta que cada vez nadaba más próxima a nosotros—, aunque no creo que tenga excesivo interés en mí. Me parece que viene sobre todo por usted.
—Es posibl e—replicó fríamente—, pero tampoco te asegures demasiado. Los tiburones, y esa aleta parece pertenecer a uno, son capaces de tragar cualquier cosa. A veces se les sigue la pista del trayecto que recorren por los objetos que se encuentran en su estómago. Lo leí en un álbum de cromos de animales. Es la única colección que he logrado completar nunca. Bueno, esa y los cromos de la Liga.
Las palabras de Iker no hicieron sino duplicar mi miedo: si antes temía solo por él, ahora tenía miedo por los dos a partes iguales.
—Y ¿qué podemos hacer?c—le pregunté angustiado.
—Poca cosa, por el momento. Sube al tonel e intentemos permanecer lo más quietos posibles. Dicen que es el ruido del chapoteo en el agua lo que los ayuda a localizar a sus presas en la superficie. Aunque mucho me temo que este nos tiene ya bien localizados.
El escualo, en efecto, había abandonado su natación circular alrededor de nuestro frágil esquife y se dirigía derechamente hacia él. Lo rozó al pasar con el dorso e hizo que se agitara con violencia sobre el agua, pero, por fortuna, no llegó a volcarse, mientras ambos, acurrucados en el fondo, nos asíamos con fuerza a su borde superior. Ni siquiera nos atrevimos a asomarnos para comprobar su tamaño. El ruido que produjo al rozar el barril y el instante eterno que duró el rozamiento, nos hizo suponer que sus dimensiones estarían cerca de rondar lo monstruoso.
No sé muy bien por qué motivo, el enorme tiburón se apartó un trecho bastante largo, se sumergió en el agua, debió girarse debajo, volvió a emerger y enfiló de nuevo hacia nosotros. Pero, cuando ya veíamos como inevitable un encuentro frontal con la bestia que nos conduciría indefectiblemente a pique, sucedió algo extraordinario: una enorme masa negra, de la que sobresalía un gran chorro de vapor y agua en forma de coliflor, subió a la superficie y se interpuso en la trayectoria rectilínea con la que el tiburón perseguía colisionar contra el medio barril.
—-¡Es una ballena jorobada! —exclamó Iker alborozado.
—¿No saldremos de Herodes para caer en Pilatos? —pregunté escamado, tras mi pasada aventura con el Kraken.
—No creo. Las jorobadas son inofensivas. El problema es si logrará salvarnos de los ataques del tiburón. ¡Mira! —y apuntó con el dedo al extremo opuesto en el que la ballena flotaba dulcemente, agitando apenas sus largas aletas pectorales y mostrando al sol el ancho agrupamiento de unas como verrugas que le recorrían la enorme cabeza y parte del dorso.
Por donde Iker señalaba, el tiburón venía de nuevo a la carga a gran velocidad, y se dirigía con derechura, hacia el punto en que nos hallábamos, pero, mucho antes de que pudiera alcanzarnos, otra gigantesca jorobada subió a la superficie e interpuso su enorme masa entre el escualo y el medio barril. Volvió aquel a sumergirse y aunque teníamos la esperanza de que, frustrado por la presencia de las yubartas, hubiera abandonado la cacería, también nos poníamos en lo peor: temíamos que fuera solo una retirada provisional en busca de un hueco en el parapeto que los cetáceos habían erigido por el que llegar hacia sus presas, que, por desgracia, éramos nosotros.
Lo mismo debieron pensar las ballenas porque de improviso iniciaron un extraño movimiento circular alrededor del tonel, ni tan cerca que el desplazamiento del agua pusiera en peligro su estabilidad, ni tan lejos que ofreciera resquicio al tiburón para aproximarse.
Debió, en fin, la bestia asumir la inutilidad de su intento y renunciar a su malévolo propósito, porque vimos su aleta dorsal a lo lejos emprender una trayectoria que la apartaba de donde nos hallábamos de manera definitiva.
Al notarlo las ballenas, alteraron su danza circular y nadaron en paralelo, empujando el barril suavemente hacia adelante entre ellas, impulsado por el agua que ambas desplazaban.
Nos mantuvimos así el día todo. Avanzábamos de forma rectilínea, en lo que parecía una dirección predeterminada hasta que, ya a la dudosa luz del crepúsculo, atisbamos el perfil azulado de costa en el horizonte.
Nos abrazamos aliviados, sin saber si nos hallábamos en las inmediaciones de alguna isla o de tierra firme, cuando un impulso imprevisto, propiciado por las ballenas, arrojó nuestro singular esquife por encima de lo que parecían unos arrecifes de coral. Quedamos flotando pacíficamente en medio de una pequeña ensenada, al fondo de la cual brillaba la arena negruzca de una playa no demasiado ancha por la que se diseminaban promontorios de rocas también oscuras.
La subida de la marea fue acercándonos muy poco a poco a la orilla, hasta que, cuando ya estábamos a punto de hacer pie, una ola solitaria, aparecida de improviso en medio de la tranquila ensenada, arrojó el barril hacia un pequeño risco y lo astilló contra las piedras.
Braceamos con fuerza hasta salvar el trecho que nos separaba de terreno seco y tras internarnos algo más en tierra para no ser arrastrados nuevamente al mar si descendía la marea, nos dejamos caer en el suelo. Agotados por los trabajos y las impresiones del día, nos quedamos enseguida profundamente dormidos.