Capítulo 6: Lady Victoria Clara de Crokinole (2ª parte)

—Está como un tronco —oí entre sueños que decía una voz femenina.

—Y ¿qué será ese raro muñeco que tiene al lado? —dijo otra, refiriéndose, sin duda, a mí.

Abrió en ese momento Iker los ojos, aunque cegado al parecer por el brillo de un sol ya bastante alto en el horizonte, no podía distinguir con nitidez a las dos jóvenes que tenía delante y que lo observaban muertas de curiosidad.

—Es el señor Iker —intervine de manera quizás algo brusca para aclarar la situación, ante el tardío despertar del chico— y yo soy Benavides, preservador de libros titulado.

Sorprendidas, las muchachas dieron un respingo y una de ellas exclamó:

—¡Anda, si habla!

—¿Qué otra cosa puedo hacer, si solo estoy hecho de cemento y palabras? —les pregunté. Pero ellas, mudas todavía por el asombro, no pudieron desplegar los labios.

—Ya os explicaré más tarde todo lo mejor que sepa, pero ahora creo que necesitamos con urgencia agua y algo de comer, a ser posible. Al menos yo —intervino Iker.

—Tenéis que disculparnos —dijo una de ellas—. La sorpresa de hallaros de este modo ha hecho que nos olvidemos de los más elementales deberes de socorro y cortesía. Leonor —añadió dirigiéndose a su compañera—, alcánzale al señor la frasca de agua y mira qué hay en tu cesta con que podamos aliviar el apetito del caballero.

—Creo que la señora Huttington, la cocinera, puso en ella unos emparedados de jamón y queso y un poco de dulce de membrillo. Con eso bastará —contestó la aludida.

Tras saciar su sed, engulló el chico casi con desesperación la comida que las damas le tendieron y, cuando se sintió satisfecho, preguntó:

—¿Qué sitio es este?

—¿No lo sabéis? Pues, ¿cómo habéis llegado hasta aquí? Os comunico que estáis en la isla de Crokinole, del Imperio Británico de su Majestad. La gobierna en su nombre Lord Alfred de Crokinole, su descubridor y mi padre. Y yo soy Lady Victoria Clara de Crokinole.

Lady Victoria Clara era una muchacha de la misma edad de Iker, tirando a pelirroja, con cabello ondulado, ojos azules, rostro pecoso de inequívoco perfil británico, piel clara y figura estilizada. Vestía, sin embargo de forma extrañamente anticuada, con un vestido de moaré azul celeste, que le llegaba a mitad de la pierna, medias también azules y negros zapatitos de charol; llevaba cuello de encajes y un complicado sombrero desde el que caían como en cascada sus bucles rojizos.

—Y vosotros —preguntó al fin—, ¿quienes sois y de dónde venís?

Correspondió Iker contando nuestra historia, aunque sin dar muchos detalles. Explicó que, durante una tormenta, habíamos sido arrastrados desde la cubierta de nuestro barco por un golpe de mar y cómo habíamos sobrevivido flotando en un medio barril. Narró también nuestro incidente con el tiburón y las ballenas jorobadas y que estas nos habían empujado hacia aquellas costas, bien en contra de nuestra voluntad, ya que solo aspirábamos a reintegrarnos a nuestro barco, en compañía de nuestros amigos y completar la misión que había dado origen a la travesía.

—Sin duda —dijo Victoria Clara— hay en vuestra historia muchos puntos oscuros, que suscitan mi curiosidad y detalles que habría que esclarecer. Pero mejor será dejarlo para cuando os hayáis repuesto por completo de vuestras fatigas y en presencia de mi padre. Si vuestra historia lo conmueve, seguro que se prestará a ayudaros.

—Bueno —replicó Iker— aquí el que sabe contar historias es el amigo Benavides. Que él se las entienda con Lord Crokinole.

—¿Qué es —preguntó Leonor—, una especie de rapsoda?

—Algo así —confirmé sin querer entrar en profundidades en ese momento.

—Pero… una cosa, ¿no seréis piratas, por casualidad? Lo digo porque mi padre odia a los piratas. Se pasa el día persiguiéndolos, los combate desde su balandra y, si los coge, los hace ahorcar, colgados de una antena en su propio navío.

Cruzamos Iker y yo una significativa mirada que, por fortuna, pasó desapercibida para las damas.

—La verdad —prosiguió Lady Victoria—, yo no entiendo muy bien a qué viene esa fijación contra los piratas que tiene mi padre. A algunos los encuentro hasta fascinantes…

—No debéis hablar así, my Lady; vuestro padre se disgustaría terriblemente, si os oyera.

—Ya lo sé, Leonor. Pero es lo que pienso y una Lady tiene el derecho y hasta la obligación de decir siempre lo que piensa.

—Allá vos, señora.

—Pero dejemos esta enojosa conversación que ya hemos tenido muchas veces. Leonor es mi institutriz y se toma demasiado en serio su trabajo —dijo lady Victoria, dirigiéndose a nosotros—. Ahora lo que importa es conducir a estos caballeros o lo que sean a presencia de Lord Crokinole para que él vea de poner remedio a su miserable y angustiosa situación.

Ya bastante recuperados, seguimos a las damas por un empinado sendero que nos alejaba de la playa y, tras una extenuante subida, alcanzamos lo que parecía el punto más alto de la isla. Desde él pudimos percatarnos de que no era excesivamente grande, pero presentaba algunas singularidades: tenía un perfil redondo que conformaba un círculo casi prefecto y estaba atravesada por un brazo de mar en espiral que, entrando por nuestra izquierda, la recorría toda hasta culminar en su centro, donde surgía, en medio de él, una especie de pequeña isla, asimismo redonda, que constituía el corazón de la mayor. Podía llegarse a esta bien por tierra, orillando el brazo de mar por una rivera altísima y cubierta de una vegetación lujuriosa, poblada de especies tropicales o subtropicales que sazonaban su verde intenso con el pintoresco colorido de la multitud de sus flores, bien recorriendo el brazo de mar o —y esa fue la ruta que Lady Victoria Clara tomó, por más rápida— en línea recta, cruzando los distintos puentes colgantes, que permitían salvar por varios puntos el terrible y caprichoso abismo que el empuje de las olas había abierto en el interior de la isla de Crokinole.

El palacio de Lord Crokinole se alzaba en la cúpula de círculo interior de la isla. Coronaba una ciudadela amurallada en la que se agolpaba la mayor parte de su población, aunque dispersas por la rivera del brazo de mar se veían blanquear también aldehuelas y caseríos en torno a extensos y feraces campos de cultivo. Multitud de barcas de pesca se cruzaban navegando por aquel, entre el puerto que rodeaba la ciudadela y el mar abierto, cuyo horizonte se hundía diáfano hasta donde alcanzaba la vista.

Lady Victoria Clara nos condujo por las empinadas callejuelas, llenas de animación a aquellas horas, en las que parecían celebrarse ferias perpetuas, según el trasiego de mercancías que había en ellas y arribamos a las puertas del palacio de su padre, el señor gobernador.

Nos recibió con amabilidad al escuchar de labios de sus hija la historia de nuestro encuentro y, tras asignarnos un recoleto cuartito en el que reposar de nuestras fatigas, nos emplazó para la hora de la cena, después de la cual habría —dijo— tiempo para tratar de cuantos asuntos fuera menester.

Poco antes de la hora convenida, un criado hizo entrega a Iker, con mucha prosopopeya, de una indumentaria adecuada para la cena solemne con las autoridades de la isla. Vestido, pues, con camisa blanca de lino, casaca azul celeste, polainas a juego, medias de seda y zapatos de hebilla, nos encaminamos, precedidos de un ceremonioso mayordomo enviado en nuestra busca, al salón de banquetes del palacio.

Sirvieron una opípara cena a base de los más exquisitos pescados y frutos de mar, aderezados de mil diferentes maneras y culminada por la infinita variedad de raras frutas tropicales que abundaban en la isla. Al finalizar, los caballeros nos salimos al salón de fumar, aunque ninguno fumó y las damas se retiraron juntas a otra estancia.

—Y bien, Mr. Aiker —solicitó Lord Crokinole—, ¿podéis dar cuenta a la ilustre concurrencia de quién sois y qué os ha traído a este humilde rincón del Imperio Británico?

Un poco azorado, Iker repitió, algo ampliada, la historia que contara a Lady Victoria, a quien, por cierto, percibí, oculta tras un espeso cortinaje que tapaba una amplia balconada abierta al jardín del palacio, siguiendo atentamente el desarrollo de nuestra reunión.

—Os guía, desde luego, un noble y alto propósito —dijo Crokinole así que Iker hubo concluido—. Sois dignos de que se os ayude cuanto esté en nuestra mano para que podáis coronar vuestro empeño con el éxito que merecéis, haciendo desvanecer el terrible peligro que amenaza a tan singulares criaturas. Mañana temprano veremos qué se puede hacer y en qué modo ayudaros. Ahora solo es hora de descanso y esparcimiento, algo para lo que en esta isla no tenemos muchas oportunidades. Por cierto, he sabido que vuestro acompañante es un hábil rapsoda, ¿podría tal vez narrarnos alguna entretenida historia con que matar el tedio de estas horas?

—¡Oh! ¡Sí! Por supuesto —exclamé complacido—, aunque no soy lo que se dice en verdad rapsoda, sino preservador de libros. Tengo precisamente uno que viene aquí como de molde y que si sus señorías me dan licencia, puedo decirles.

Asintieron todos y animado por ellos comencé:

—El libro se titula La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey, lo compuso Mary Anne Shaffer y dice…

Durante más de dos horas, los concurrentes siguieron la historia atentamente y con murmullos de aceptación. Al terminar, se hizo un silencio momentáneo roto por unos tímidos aplausos al principio, que después se hicieron generales y nutridos.

Lord Crokinole, como reflexionando en voz alta, dijo:

—Una bella historia, sin duda. Y muy británica: solo a un inglés se le ocurriría hacer un pastel de piel de patata y ¡comérselo después!

La carcajada de los presentes interrumpió por un instante el hilo de sus reflexiones, mas, acallándolas, continuó:

—Pero hay un par de cosas que me parecen inverosímiles: los teutones a las puertas de Inglaterra y dueños de las islas del Canal… ¡Imposible! ¡Lord Wellington y el Almirante Nelson no lo hubieran consentido jamás! En cuanto a una sociedad literaria en un sitio tan rústico como Guernsey…

—Sin embargo —le interrumpí creyéndome en el deber de defender mi libro—, una sociedad literaria se puede formar en cualquier parte. Precisamente, yo atiendo una en El Temido constituida solo por tres gallinas y algunos polluelos…

En ese momento, un rojo de cólera hasta el borde de la apoplejía Lord Crokinole estalló:

—¿El Temido es vuestro barco? ¡Pero entonces vosotros sois piratas! ¡Traidores! ¡Falsarios! Sin duda ese tunante capitán Laurel anda tramando un golpe de mano en contra de la isla y os ha enviado a explorar el terreno y espiar nuestras defensas. ¡Guardias, prended a estos infames!

Antes de que hubiéramos podido hacer el menor movimiento de huida, se nos echaron encima cinco o seis soldados que esgrimían contra nosotros enormes mosquetes con sus bayonetas de cubo debidamente caladas y ante los que no nos quedó sino darnos presos.

—Llevadlos al calabozo, hasta que, en su momento, instruyamos contra ellos el correspondiente sumario —ordenó Lord Crokinole, ya algo más flemático.

Mientras a empellones nos conducían por una estrecha escalera de caracol abajo, camino del calabozo, Iker, bastante irritado y en un tono que me recordó al de las hadas, se volvió hacia mí y suspirando me dijo:

—Benavides, está visto que no sabes tener la boca cerrada.

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