Capítulo 6: Lady Victoria Clara de Crokinole (final)

Nos arrojaron sin ningún miramiento al fondo de un oscuro y mal ventilado calabozo en el que no había manera de saber si era día o noche, a no ser que algún pájaro cantara en sus cercanías, y permanecimos en él no sé cuanto tiempo.

Se desesperaba Iker midiendo a zancadas —pocas, desde luego— el largo de nuestra prisión, cuando un murmullo de voces que provenían del exterior del calabozo, hizo que nos aproximáramos a la entrada y pusiéramos el oído.

La puerta de nuestra cárcel tenía en su parte superior una rejilla para la vigilancia de los presos que carecía de compuerta, por lo que permitía también observar el exterior desde ella. El problema era que, por la altura en que se hallaba situada, ni Iker, ni menos yo, podíamos alcanzarla.
Al final, Iker acabó por izarme sobre sus hombros y pude seguir la extraña escena que allí tenía lugar.

Lady Victoria Clara de Crokinole, portando una bandeja con un lujoso servicio completo de té, descendía por las empinadas escaleras de caracol ante la atónita mirada del único guardián que habían dejado a las puertas de nuestro calabozo.

—A nadie, por muy pirata que sea —dijo—, se le puede privar del sagrado derecho a tomar el té de las cinco, ¿no creéis?

—Por supuesto, mi Lady, y menos a sus carceleros —replicó el guardián con un guiño cómplice.

—¡Oh! ¡Disculpad! ¡Qué tonta soy! No había caído. Pero tomad una tacita y servíos de esas deliciosas pastas de la señora Huttington.

No se hizo de rogar el vigilante y bebió con fruición el té que Lady Victoria le ofrecía, al tiempo que tomaba un buen puñado de pastas que engulló sin ninguna británica flema.

Casi antes de que aquellas llegaran a su estómago, el guardia yacía en el suelo, tendido cuan largo era, sumido, al parecer, en un plácido y profundo sueño. Registró Lady Victoria sus ropas y, al poco, provista de una gran llave de hierro, se aproximó a la puerta del calabozo.

El asombro que me causó lo que estaba sucediendo me paralizó por completo y, cuando la muchacha abrió la puerta, se encontró de sopetón con Iker y conmigo, formando una torre humana. Dio este un respingo por la sorpresa, ante el que me fue imposible guardar el equilibrio y lo arrastré en mi caída, de forma que los dos acabamos en el suelo, rezongando, hechos un ovillo.

—¡Silencio, estúpidos! —chistó imperiosa Lady Victoria, por más que ninguno de los dos, todavía mudos por lo ocurrido, hubiéramos desplegado los labios.

—¡Corred! Id por esa galería de la izquierda —dijo señalando la negra boca de un túnel que se abría por donde ella indicaba—, tras algunas vueltas, os llevará hasta un embarcadero. He dejado abierta la reja que lo protege y en él encontraréis un pequeño bote de remos con una vela; ocultas bajo una lona hay algunas provisiones. Salid a remo aprovechando la bajamar hasta mar abierto, disimulados entre las muchas barcas de pesca que faenan por la ría y, una vez fuera, desplegad la vela y buscad vuestro navío.
Y, sin darnos tiempo a que pudiéramos agradecerle su gesto, emprendió veloz retirada escaleras de caracol arriba.

No dio sus indicaciones Lady Victoria a sordos o a lerdos, de modo que, antes de que acabara ella de desaparecer por arriba, nos sumimos nosotros en la galería que descendía hasta el embarcadero, bien que, como nos advirtiera, no sin girar una y otra vez sobre sí misma, en lo que parecía un laberinto de Minotauro.

Nos dábamos al diablo por el tiempo que estábamos tardando en llegar al barco prometido por el temor a que, durante él, se descubriera nuestra fuga y se organizara una persecución que, sin duda, dificultaría, si es que no hacía fracasar, el bien tramado plan de la hija de Lord Crokinole.

Creíamos ya habernos perdido definitivamente, cuando a la vuelta de un último giro de la galería, nos hallamos de improviso al pie del agua, aunque todavía en el interior del túnel y a pocos metros de donde estábamos vimos el bote, que se mecía blandamente con la corriente.

Saltamos a su interior, empuñó Iker los remos y yo el timón de espadilla que lo gobernaba y, poco a poco, nos separamos del malecón, nos situamos en el centro del canal y enseguida salimos a cielo abierto.

Tenía razón Lady Victoria en que el trasiego de atafifes, falcados, chinchorros, masteleros de gavias y otras muchas clases de barcos de transporte y pesca que pululaban por la ría, faenando en unos casos o transportando las más variopintas mercancías en otros, facilitaban nuestra fuga, máxime cuando Iker se había deshecho de la elegante casaca que le proporcionara el gobernador para acudir a la cena y ensuciado la camisa y las polainas durante el periplo por la interminable galería que tuvimos que recorrer desde nuestro negro calabozo. Había pasado así de aparentar un noble cortesano a ofrecerse a los ojos de cualquiera como miserable grumete.

Nos deslizamos, pues, por el brazo de mar, suavemente arrastrados por la resaca con que la marea alta se retiraba del interior de la isla y salimos a una gran dársena en que fondeaba la inmensa balandra de Lord Crokinole, con su amenazante fila de bocas de fuego y un gran ajetreo de marinería en la cubierta.

—¡Achís! —y el estornudo removió la lona que tapaba las supuestas provisiones de que nos había surtido Lady Victoria para facilitar nuestra huida.

—Te has constipado, Benavides —dijo Iker que, de espaldas al bote y con los ojos fijos en la balandra, en cuya borda se hallaba inscrito el nombre de Victoria en letras doradas, me atribuyó erróneamente la paternidad del estornudo.

—Mucho me temo, señor Iker, que no he estornudado yo. Ha sido el saco de provisiones —repliqué trémulo.

Se giró el muchacho incrédulo a tiempo de ver como el saco se agitaba y de su boca emergía una cascada de rizos pelirrojos cubiertos apenas por un gorro de grumete, hasta quedar fuera y ante nosotros la delgada figura de la mismísima Lady Victoria Clara de Crokinole en hábitos de marinero.

—Cuando alguien estornuda, Mr. Iker, se le dice ¡Jesús! Y podéis cerrar la boca; no os vaya a saltar dentro algún pez volador —nos reconvino la chica airada.

—Pero, ¿qué haces…hacéis aquí, mi Lady? ¿Cómo habéis llegado y vestida de ese modo? —preguntó Iker entre titubeos por el asombro.

—Son varias preguntas. Lo correcto es hacer las preguntas de una en una y dar lugar a que se respondan. Empezando por la segunda, es bien fácil: os mandé ir al bote por el camino más largo. De hecho, cuando llegasteis acababa dejarlo en el embarcadero, al que yo había acudido por una ruta mucho más corta. En cuanto al cambio de ropa, tened en cuenta que la corte de mi padre es ceremoniosa por demás y cada momento del día requiere la vestimenta adecuada. Cambiar de ropa es un ejercicio que tengo muy ensayado. Te sorprenderías la rapidez con que soy capaz de hacerlo. ¿Que por qué he venido? Pues porque la corte de mi padre amén de ceremoniosa es enormemente aburrida. La isla ofrece pocas oportunidades de distracción, como él mismo dice, de modo que participar en vuestra aventura y conocer a esas criaturas maravillosas con las que navegáis y a las que habitan en la Sima Desconocida es una tentación demasiado poderosa para una romántica incurable como yo.

—Pero, replicó Iker, vuestro padre pensará que os hemos secuestrado y nos perseguirá con encarnizamiento.

—Sin ninguna duda, darling —contestó ella con frialdad—. De todas formas tal persecución era inevitable. Una vez mi padre ha tenido constancia de que El Temido anda merodeando las aguas de la isla, no habría de tardar mucho en hacerse a la mar para enfrentarlo, pero, mientras piense que estoy en vuestro barco, no tratará de hundirlo y, tal vez, su presencia pueda ser de ayuda, si hay que luchar con los sicarios de esa Croma o como se llame. Por otra parte, necesitaré algún medio para volver a la isla cuando la aventura acabe y no se me ocurre otro mejor que la Victoria…

Y añadió:

—Además, según os he visto manejar el bote, vosotros solos no tardaríais en iros a pique, si no halláis ballenas jorobadas que os remolquen. Precisáis de alguien que sepa navegar a vela y conozca estas aguas para escapar de la persecución de Lord Crokinole y encontrar vuestro barco.

Y sin dar lugar a más plática ni a que nosotros acabáramos de cerrar la boca, izó la vela, asió el timón y puso proa a mar abierto.

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