Capítulo 7: El guardián del tesoro (1ª parte)

Pese a la capacidad de resistencia, rayana en la tozudez, de que Lady Victoria Clara de Crokinole hacía gala, el sueño terminó por rendirla, como a todos. Se había pasado horas y horas manejando el timón y la vela de manera simultánea, sin consentir que la releváramos en el gobierno de una u otro ni un solo instante. Tan solo aceptaba, si amainaba algo la brisa o viraba el viento a un rumbo distinto al que ella había elegido, que ayudáramos bogando a mantener la marcha del bote.

Al final, sin embargo, vino a quedarse dormida en medio de una calma chicha que detuvo casi por completo el curso del barco e hizo inútil cualquier intento de dirigirlo. El sueño impidió que ni ella ni nosotros nos apercibiéramos de que una poderosa corriente impulsaba el esquife hasta hacerlo encallar con suavidad en los arenosos bajíos de una playa abierta. Después, la bajamar se llevó el ribete de olas mar adentro y, cuando despertamos, la barca reposaba a casi cien metros de la orilla.

—Se me hace que ni entre los tres podremos arrastrar el bote hasta hacerlo reflotar —dijo Lady Victoria contrariada—. Así que mejor aprovechamos las horas que faltan para que suba de nuevo la marea en explorar los alrededores de la playa, buscar agua y, si es posible, algo de fruta fresca, antes de hacernos de nuevo a la mar.

Ni se nos pasó por la imaginación discutir el liderazgo que de manera completamente natural había asumido la muchacha, pues tanto Iker como yo reconocíamos su mayor experiencia y superior conocimiento en aquel extraño entorno en que nos hallábamos.

Cosa distinta era la viabilidad de su plan, pues frente a nosotros, el terreno se elevaba en una escarpada montaña verde que hacía impracticable el intento de abandonar la playa.

No arredró eso a la intrépida inglesita quien, tras mirar a uno y otro lado, calibrando pensativa ambas rutas, señaló hacia levante:

—Para allá —ordenó. Y no la engañó su instinto o su capacidad de observación, pues tras recorrer trabajosamente un amplio trecho, dimos, al volver un recodo que hasta entonces lo ocultaba a nuestra vista, con un arroyuelo que, en ese punto, venía a rendir al mar sus aguas transparentes.
Bien —dijo—, el problema del agua ya está resuelto—. Si remontamos el curso del arroyo, no hemos de tardar en encontrar alguna fruta que nos acomode.

—Una cosa, mi lady —preguntó Iker un tanto inquieto—, ¿hay en esta selva animales peligrosos, de los que debamos guardarnos?

—La verdad —replicó ella con un gracioso mohín— es que no tengo ni idea, porque no sé dónde estamos. Si es como en la isla de Crokinole, solo hay que tener cuidado con los varanos y las víboras cornudas.

—¿Los qué?

—Los varanos son unos lagartos de un tamaño considerable. Llegan a tener dos o tres metros de largo y son capaces de cazar un búfalo (que, dicho sea de paso, enfadado, tampoco es moco de pavo)

—Entonces —replicó Iker temblando—, si no os importa, seguid sin mí. Yo iré a cuidar el bote, lo vaya a arrastrar la marea.

—Como quieras. Pero ten cuidado con la arena. Las víboras cornudas se entierran en ella y no hay forma de verlas hasta que no las pisas. Para entonces, ya suele ser tarde.

Se rascó Iker la cabeza, lleno de vacilaciones.

—Mejor sigo con vosotros —dijo al fin— vaya a ser que me necesitéis. Pero, ¿no sería mejor ir por dentro del arroyo?

—Sería una idea estupenda, de no ser por las sanguijuelas.

—¿Sangui qué? —preguntó el chico aún más alarmado.

—Las sanguijuelas —respondió lady Victoria, sin poder contener la risa, ante el enfado creciente del chico, que se daba ya a los demonios—. Son una especie de negros gusanos acuáticos que se te pegan a la piel y te chupan la sangre, a poco que te descuides. Los han usado médicos y barberos para sangrar a los enfermos. Dicen que así se les purifica la sangre y se les extraen los malos humores. El doctor Roberts todavía lo hace en la isla, pero yo las odio. Me dan un asco infinito.

—Pues estamos arreglados.

—¡Ah! Se me olvidaba. Si veis un platanero, antes de coger la fruta, aseguraos de que no se ocultan arañas entre los racimos. Su picadura es muy peligrosa.

—¡No te digo! —replicó Iker ya al borde del pánico absoluto, mientras una irónica sonrisa atravesaba el rostro pecoso de lady Victoria.

—Todo eso es falso, ¿verdad? Lo decís para asustarnos —preguntó el muchacho desasosegado.

—En absoluto —replicó ella con frialdad.

—Entonces, ¿de qué os reís?

—De tu miedo —y sin decir más empezó a internarse en la jungla.

Anduvimos unos metros por entre los árboles de la rivera del arroyuelo, cuando Lady Victoria, desprendiendo del cinto un cuchillo de marinero que traía a la espalda, sopesó la vegetación que tenía alrededor y dirigiéndose a un arbusto parecido al brezo que por allí había, segó de él una rama gruesa y recta, a cuya punta anudó el cuchillo con unas lianas de que se había provisto, formando un a modo de lanzón corto.

—Esto ayudará a disuadir a alguno de nuestros amigos de la selva, si se ponen pesados —dijo con humor.

—Como sean del tamaño de los que vimos frente a la cueva de los enanos, en la que desde entonces llamamos “playa de los Dinosaurios”, les puede servir de mondadientes —replicó Iker con un tono bastante más sombrío.

—¡Ah! ¡Dinosaurios! He leído historias sobre ellos, pero, en verdad, no los he visto nunca.

—Pues yo sí —contestó Iker con voz tan lúgubre que ensombreció el humor de la muchacha.

—Y eso sin contar el tamaño del Kraken —intervine deseoso de hacerme notar en aquella pelea de gallos— que ocasión tuve de medirlo bien de cerca.

—Sí. Por fuera… y por dentro —fue el comentario de Iker ante el que Lady Victoria estalló en una cristalina carcajada que aclaró en buena parte la densa atmósfera que parecía haberse instaurado entre nosotros.

Según tenía para mí, deberíamos llevar andando algunas horas, sin que las dichosas frutas hubieran aparecido o sin que las pocas que habíamos hallado merecieran la aprobación de la chica, en unos casos por su mal sabor, en otras por no estar todavía en sazón o porque, en fin, podían producir disentería.

Pensando que, si no frutas, hallaríamos tal vez alguna seta comestible, hacía rato que había dejado de mirar a los árboles, por entre los que avanzábamos en silencio, para concentrarme en buscar por el suelo, cuando en medio de unas matas rastreras percibí el movimiento sinuoso de lo que podía ser una culebra de buen tamaño. Me detuve en seco e hice que Victoria se aproximara, señalándole mi descubrimiento.

—Una pitón reticulada. Pero apenas una cría. No creo que te haga nada. El problema es…

—¿Qué? —la apremió Iker.

—La madre. No debe andar lejos.

No pude dejar de aplaudir a lady Victoria por la extensión de sus conocimientos.

—No tiene ninguna importancia —replicó ella riendo—. Como os he dicho en la isla de Crokinole no hay mucho con que entretenerse. Por fortuna mi padre posee una vastísima biblioteca… que nadie conoce como yo.

—¡Una biblioteca! —exclamé con entusiasmo—. Seguro que en ella hay libros de historias que cuentan historias de libros que preservar de la furia iconoclasta de los ratones. Precisamente en mi calidad de preservador de libros titulado…

Por el rabillo del ojo observé que Iker se disponía a poner fin con algún exabrupto a una conversación que sin duda lo hastiaba, pero no hubo ocasión para ello: en ese momento llegó hasta nosotros un rumor de quejas y una angustiosa llamada de socorro.

Corrimos los tres hacia el lugar de la jungla de donde parecían provenir los gritos de auxilio y arribamos de improviso a un pequeño claro, de forma casi circular, en cuyo centro se alzaba una enorme ceiba, de la cual colgaba una trampa en forma de red por entre cuyos nudos asomaban una pierna de muchacho, una pata y un rabo de lagartija y un gorro frigio de enano.

—¡Lucas, Matías…! Pero ¿qué hacéis ahí? —preguntó Iker con asombro.

En vez de contestar, los angustiados prisioneros se limitaron a señalar al pie de árbol, mientras gritaban:

—¡La serpiente! ¡Cuidado!

Y es que, en efecto, la que debía ser madre de la cría que poco antes habíamos visto, y que vendría a medir unos respetables cuatro o cinco metros de larga, tanteaba la forma de trepar por el tronco de la ceiba, buscando una presa fácil en los prisioneros, forzosamente inmóviles en el seno de la red.

—Coged palos, piedras o lo que sea y seguidme —ordenó lady Victoria.

Y, casi sin dar lugar a que la obedeciéramos, se lanzó gritando hacia la serpiente, mientras esgrimía el lanzón que se había fabricado.

La imitamos nosotros y, antes de que llegáramos, el reptil asustado se desenroscó del árbol y huyó en dirección a donde su cría la aguardaba.

—¡Bajadnos de aquí, por favor! ¡Nos vamos a descoyuntar! —suplicó Matías.

Satisfacer su petición no era, sin embargo tarea fácil. La forma más obvia, que implicaba trepar hasta la rama de la ceiba de la que colgaba la red y cortar la liana que la sostenía para que esta cayera al suelo, tropezaba con dos inconvenientes: la altura a la que la red colgaba, que determinaría una caída para nada liviana a quienes estaban apresados en su interior y la multitud de aceradas espinas que defendían el tronco de la ceiba hasta los dos tercios de su altura, que dificultaba la tarea de trepar por él.

Buscaban Iker y Lady Victoria el modo de afrontar el rescate, rascándose pensativos la cabeza, cuando el asunto se solucionó por sí solo, aunque quizás no de la mejor manera para todos los atrapados. La liana que sostenía la red, demasiado envejecida y desgastada, no pudo aguantar el peso, ni el movimiento con que los apresados por ella buscaban liberarse o, en su defecto, adoptar una postura más cómoda, se partió en dos con un leve crujido y dio con su contenido en el suelo, en medio de las correspondientes expresiones de alivio y satisfacción de quienes quedaron arriba y del barullo de quejidos y lamentos de quienes cayeron en la parte de abajo.

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