—¡Iker! —exclamó sorprendido—. Así que al final os han encontrado. Me alegro. En cuanto a ti, Benavides, te esperan unas cuantas páginas por rellenar del cuaderno de bitácora. Y ¿quién es esa muchacha pelirroja vestida de marinero?
Nos mirábamos unos a otros, sin decidirnos a responder, cuando Lady Victoria avanzó resuelta hacia Laurel y le dijo encarándolo con orgullo:
—Mi nombres es Lady Victoria Clara de Crokinole…
—¡Cuánto honor. Una aristócrata en mi barco…! —replicó Laurel con ironía.
Parecía que iba a proseguir burlándose de la muchacha, que enrojecía de indignación, cuando al reconocer el apellido, se vio transportado por un insano ataque de furia:
—¿Crokinole? ¿No seréis pariente de Alfred de Crokinole, comandante de la balandra Victoria?
—Es mi padre —dijo resueltamente la chica.
—¡Maldita sea! ¡Rayos y centellas! ¡Por diez mil diablos! ¡Sois una infame espía de vuestro padre, que pretende a toda costa capturar mi barco! Pero no lo conseguirá. ¡Al agua con ella y que vuelva a nado a su maldita isla, si no es pasto antes de los tiburones!
—¡Al agua con ella! ¿Al agua con ella! —gritaron casi al unísono el resto de los piratas, contagiados por la cólera de Laurel.
—No puedo consentirlo, capitán —terció Iker en ese momento—. Ella nos salvó y nos ha traído hasta aquí arrostrando la ira de su padre. No podemos darle ese pago.
—Pues entonces, ¡al agua contigo también, por cien mil truenos y tormentas!
La actitud amenazante de parte de la tripulación, encabezada por la mariquita borracha, aproximándose con no muy buenas intenciones hacia donde Iker y lady Victoria se hallaban, hizo que hasta la chica, habitualmente fría y segura de sí misma, temiera un tanto por su suerte. Acudieron en auxilio de ambos Lucas y Matías y, cuando todo parecía indicar que se iba a producir un enfrentamiento de incierto resultado entre las dos facciones de los tripulantes de El Temido, la voz de Yoguina se sobrepuso al ruido que unos y otros formaban entre amenazas e improperios
—¡Quietos todos! —gritó—. Capitán, la chica ha venido a este barco de manera voluntaria, quiero decir que no está aquí en calidad de prisionera o de botín de abordaje. ¿Me equivoco?
—No —replicó Laurel—. Pero no entiendo a dónde quieres ir a parar.
—Pues a que si ha venido por su voluntad, solo puede interpretarse que lo hace como postulante para ingresar en la Ilustre Cofradía de Bucaneros de Mar Interior, ¿no es así muchacha?
—Así es —contestó ella, asiéndose a la tabla de salvación que creía percibir tras las palabras de la joven lagartija.
—Pues entonces es la propia cofradía en pleno y no el capitán quien tiene potestad para decidir si la chica puede quedarse o no. Yo voto que sí.
—¡Y yo! ¡Y yo también! —gritaron las hadas y a ellas se sumaron las gallinas y poco a poco el resto de los tripulantes, hasta que solo quedó la obstinada opinión contraria del capitán.
—El resultado es abrumador —prosiguió Yoguina—, así que proclamo a Lady Victoria miembro de pleno derecho de nuestra ilustre cofradía.
La proclamación fue acogida con el desatado entusiasmo de los mismos que momentos antes estaban dispuesto a arrojarla por la borda.
Laurel, profundamente irritado, se refugió en su camarote con un portazo, musitando para sí.
—Me da que nos hemos de arrepentir de esta decisión.
—¡Se escapa! —gritó el hada Melusina, al ver que Pog Clinc, aprovechando que la confusión del momento había relajado la atención de sus vigilantes, se había zafado de ellos, arrojado por la borda y, desde el mar, nadaba velozmente en dirección a la costa.
—¡Que alguien lo siga! ¡Al bote! —gritó el capitán Laurel, de vuelta a puente, olvidado, al parecer, del incidente con lady Victoria.
Fue esta la primera en reaccionar y seguida de las hadas, de Iker, de Lucas y de Matías, se deslizaron hasta el bote encostado al navío y emprendieron bogando la persecución del cerdo.
—¡Humm! —murmuró el capitán Laurel, contemplando cómo el esquife se separaba del bajel y acortaba la distancia con el huido—. Se llame como se llame su padre, la chica vale.
Casi dos horas tardaron los perseguidores en retornar al barco y, cuando lo hicieron, el prisionero no los acompañaba.
Interrogado sobre el particular, Matías contó la singular peripecia que había sufrido su improvisada expedición.
“No logramos alcanzar a Pog antes de que llegara la orilla, así que nos vimos obligados a seguir sus huellas por la selva, en la que se internó de inmediato. Bien es verdad que fue dejando un rastro bastante evidente, quizás a propósito. Lo cierto es que se movía con tal celeridad por lo más intrincado de la jungla que, pese a que destacamos a las hadas para que no lo perdieran de vista, ni siquiera ellas lograron darle alcance. Después, en fin, de un buen rato de persecución, vimos que se detenía en un claro, junto a un promontorio de roca que se elevaba en medio de él y ante el que el cerdo se tumbó a descansar, fatigado por la larga carrera que hasta allí lo había conducido.
—Pog Clinc no puede más —dijo exhausto—. Pog Clinc se rinde.
Llegamos junto a él y Lady Victoria y la hadas se quedaron mirando fijamente la roca:
—¡Está hueca! —exclamaron a la vez.
—Dentro tesoro. Pog Clinc entrega. Y diciendo eso, manipuló un resorte oculto no sé muy bien dónde que hizo que una enorme piedra redonda se deslizara, dando una vuelta sobre sí misma, y dejara al descubierto la negra entrada de una cueva.
Azuzados por la curiosidad y de manera quizás algo precipitada, nos introdujimos por ella y en el fondo logramos percibir, en medio de la húmeda oscuridad reinante, la silueta de un enorme cofre abierto, en cuyo interior se encendían destellos dorados por la escasa luz que le llegaba desde la entrada.
Se aproximó Lucas a él y extendió la mano para tocarlo, pero antes, al parecer, de llegar a donde se hallaba, la piedra de la boca de la caverna volvió a girar sobre sí misma y taponó la abertura, haciendo aún más densa la penumbra que nos rodeaba. Incluso a través de la gruesa roca nos llegó la voz de Pog, que se regodeaba de su triunfo:
—¡Disfrutar tesoro, disfrutar tesoro! Vosotros mucho tiempo para disfrutar tesoro—. Y se alejó riendo de la cueva.
Intentamos empujar la pesada roca que nos taponaba la salida con todas nuestras fuerzas, pero no logramos moverla ni un ápice, pues encajaba con firmeza en la abertura.
Empezábamos a desesperarnos ante la inutilidad de nuestros esfuerzos, cuando Lady Victoria nos advirtió:
—No está oscuro del todo. Por algún sitio se cuela un poco de luz. ¡Quizás la cueva tiene una segunda entrada!
Siguiendo el débil halo que, en efecto, iluminaba apenas la caverna, avanzamos, dejando a la izquierda la oquedad en que el cofre reposaba, por una estrecha galería abierta en su fondo y encontramos el resquicio por donde la luz entraba.
Para nuestra decepción se trataba de una pequeña grieta que horadaba la pared de piedra, por entre cuyas estrechas paredes ni siquiera yo en condiciones normales podría haberme escurrido.
—¡El polvo de hadas! ¿Lo lleváis encima? —exclamó Lucas, preso de súbita inspiración, dirigiéndose a ellas.
—Siempre lo llevo encima —respondió Meve.
—Pues empequeñece a Matías para que salga por ahí, vuelva a la entrada y accione el resorte que mueve la piedra.
—¡Es verdad! ¡Matías puede hacerlo! — corroboró Iker con entusiasmo.
—Sería una bonita manera de devolverme el favor por haberos sacado de la trampa colgante —insistió Lady Victoria.
Me puso Maeve los polvos y pude escurrirme por la grieta con cierta facilidad, de modo que vine a salir en la parte de atrás del gigantesco montículo de piedra hueca.
Lo que ya no resultó tan fácil fue dar con el resorte, sobre todo porque a mitad de mi búsqueda una inquietante sombra se proyectó sobre el suelo, tapando la mía. Anduve, por fortuna, rápido de reflejos y pude pegarme a la pared exterior de la cueva, ocultándome bajo un estrecho saliente, solo un segundo antes de que el ataque del halcón peregrino le llevara a arañar con sus garras el pedazo de suelo que yo había ocupado.
Se posó el ave unos metros más adelante y permaneció durante unos minutos, que se me hicieron eternos, escrutando con la penetrante mirada de sus redondos ojuelos amarillos la rendija de piedra en la que estaba oculto. Finalmente, desde dentro de la cueva, resonaros las voces de mis compañeros, inquiriendo el motivo por el que no acababa de abrir la entrada y, asustado por ellas, el halcón alzó el vuelo y se perdió por el horizonte.
Se encontraba el resorte disimulado entre unas piedrecitas del suelo, de modo que pude liberar con facilidad la roca que tapaba la entrada y los presos abandonaron la caverna, restregándose los ojos, deslumbrados por el brillante sol del mediodía, al pasar de la oscuridad reinante en aquella a la luz del exterior.
Tomamos consejo sobre lo que convenía hacer, si buscar a Pog Clinc o llevarnos el tesoro de vuelta al barco.
—Ninguna de las dos cosas merece la pena. Si Pog Clinc quiere quedarse en la isla es muy libre de hacerlo y en cuanto al tesoro… no vale nada —dijo a la sazón Lucas.
—¿Son falsas las monedas?—preguntó Iker intrigado.
—Más que eso. De hecho no sé por qué Clinc lampaba por comida distinta de las bananas. Podía haberse comido el tesoro entero: son monedas de chocolate.
—¡Bueno! Pues llevémoslas y nos las comemos nosotros.
—¡Bah! Ya están rancias —respondió Lucas, cuyo labio inferior aparecía orlado por una mancha negruzca. Y los dos se echaron a reír”.