Capítulo 11: El capitán Kidd (1ª parte)

Ya en el costado de la Victoria, puesto Lord Crokinole un pie en el estribo de la escala para izarse a su cubierta, se volvió hacia nosotros:

—¿Podía pediros un favor?

Y ante la muda aquiescencia de todos prosiguió:

—Sabes, Victoria, que ni el señor Layermoor, ni el señor Terophontax son lo que se dice dechados de amenos conversadores, así que para paliar el aburrimiento que provocan las muchas horas de navegación tranquila, ¿os importaría que me acompañara en la última etapa de este viaje mister Benavides? Ya tuvo ocasión de mostrarme en la isla de Crokinole sus asombrosas facultades como rapsoda y quisiera poder disfrutar de ellas.

Miraron todos hacia mí, por ver cuál era mi reacción, así que solo tuve que hacer un leve gesto de asentimiento.

—Si él acepta… —dijo el capitán Laurel, todavía dubitativo.

—Yo puedo encargarme en su ausencia del cuaderno de bitácora —terció lady Victoria— y, si no queda más remedio, de leerles alguna cosa a sus gallinas de la Sociedad Literaria.

De ese modo, al grito de «permiso concedido para subir a bordo» y ayudado por el señor Terophontax, ingresé en la cubierta de la Victoria, una balandra de guerra de tres palos, mesana mayor y trinquete, y velas cuadras, de unos veinte o veinticinco metros de manga y ocho de eslora. Estaba dotada de una tripulación de ochenta hombres y dos docenas de soldados británicos, apiñados en la cubierta, cuyas famosas casacas rojas refulgían a la luz del amanecer, y armada con veinte cañones, la mayoría de dieciocho, pero algunos también de veinticuatro libras, según me fue mostrando lord Crokinole.

En el entrepuente se hallaban las dependencias privativas del capitán, mucho más espaciosas y amuebladas con más lujo que las de nuestro bergantín, tanto que daban lugar a dos cámaras, una más pequeña y recoleta, que era la habitualmente ocupada por lady Victoria, cuando acompañaba a su padre; la segunda, mayor, estaba dotada de una amplia cama cubierta con un dosel, donde aquel dormía.

Me acomodaron en la primera de ellas y apenas concluyeron las maniobras de desatraque, así que nos vimos en mar abierto, navegando con tranquilidad sobre un mar calmo, como plato de sopa, bajo un sereno cielo azul, se me pidió que pasara a la habitación de lord Crokinole.

Me recibió envuelto en un amplio batín de seda verde, sentado en una mesita de caoba que había en una esquina, al lado de un ventanal corrido, cubierto con coloridas vidrieras, en cuyo dibujo reconocí una esquemática representación de la isla de Crokinole. Tenía en la mano una copa de jerez, que se había escanciado de una botella de cristal tallado.

Hizo señas de que tomara asiento junto a él en la mesilla y paladeó con delectación un poco del líquido aquel que, herido por los rayos de sol que se filtraban por el ventanal, devolvía reflejos de un dorado intenso:

—Nada mejor que un trago de buen jerez para tomar en medio de una mar en calma.

No volvió a hablar después de eso, permaneciendo en silencio, sumido en profundas reflexiones, así que me atreví a preguntar al poco rato:

—¿Es cierto que, pese a vuestra inquina contra los piratas en general, fuisteis uno de ellos, antes que gobernador de Crokinole?

Como quien despierta de un sueño, levantó su rostro hacia mí, se me quedó mirando de hito en hito y dijo:

—Sin duda, os lo ha debido contar lady Victoria. Ya se sabe que la discreción no es una de las muchas virtudes que la adornan. Pero, en fin, así es, en efecto. Aunque, bien mirado, tampoco tiene nada de extraño: el camino entre la piratería y la nobleza inglesa ha sido intensamente transitado, en ambos sentidos, a lo largo de la historia. En mi caso, aunque nací aristócrata inglés, terminé por ser más conocido por mi sobrenombre pirata: el de «capitán Kidd».

—Y ¿cuál es la peripecia que os condujo de una condición a otra, siendo ambas tan diferentes, si me está permitido preguntarlo?

—Desde luego que puedes. Pasó todo hace tanto tiempo que estas no son ya nada más que historias viejas que solo sirven para ser contadas junto al fuego y entretener a los muchachos en los largos atardeceres del invierno. Nací, único heredero de una antigua y aristocrática familia, en Devonshire. Mi padre, lord Crokinole —no llegué a conocer a mi madre, pues murió de sobreparto, al poco de mi nacimiento—, era dueño de una cuantiosa fortuna, sostenida en rentas procedentes de explotaciones agrícolas, ganaderas y de algunos barcos de pesca, amarrados en puertos de Plymouth y la bahía de Tor. Como buen aristócrata inglés, se aburría mortalmente entre cacería del zorro y cacería del zorro en Berry Pomeroy Castle, un palacio estilo Tudor que mi familia había alquilado hacía bastantes años a Edward Seymour, el cuarto baronet del castillo y duque de Somerset. Por ese motivo, se mostró radiante de felicidad cuando un correo le trajo la invitación de John Montagu, quinto conde de Sandwich, para participar en una de sus célebres partidas de billar, juego al que era muy aficionado, en Hinchingbrooke House, del condado de Huntingdonshire, no lejos de Cambridge. Hacia allá se encaminó alegremente a bordo de un faetón cubierto una mañana de abril y de allí volvió unas semanas después arruinado, triste y tan enfermo que, a los dos días de su retorno, expiró. El día de antes de tan infausto acontecimiento, me hizo llamar a su presencia y solicitó le perdonara por la penosa y hasta desesperada situación en que me dejaba, cuyas causas tuvo a bien explicarme. Al parecer, según había podido concluir él reflexionando sobre el asunto en el duro viaje de vuelta a Berry Pomeroy, todo había sido un astuto plan, tramado por Montagu, para hacerse con sus riquezas y las de otro par de hidalgos rurales, que también habían sido invitados por este, haciendo trampas en el juego del billar.

«Confieso —dijo mi padre— que me costó mucho entender el modo en que habíamos sido engañados, pues no se me alcanzaba a mí que, fuera de en el cómputo de las carambolas, que Montegu siempre dejaba en nuestras manos, se pudiera trampear en este juego. Finalmente comprendí que la clave estaba en las comidas. Empezábamos las partidas muy temprano y, para no tener que interrumpirlas, lord Sandwich nos hacía servir a media mañana, como tentempié, un plato de su invención, que podía comerse sin dejar de jugar, consistente en dos lonchas de carne de ternera asada en su grasa, con una rebanada de pan blanco en medio. Haciendo memoria, recordé que, antes de las comidas, Montagu solo permitía apuestas de escaso valor y que, en ese periodo, los triunfos se repartían de manera bastante aleatoria entre todos. Después, la situación cambiaba: el juego de todos nosotros se volvía menos consistente, en tanto el de Sandwich se mantenía regular y este empezaba a redoblar el valor de sus apuestas. La razón se me aparece ahora como evidente: el plato que le servían a él y que —decía—, en honor a su título, habría de llamarse Sandwich, difería del nuestro en que, pues alegaba que el exceso de carne le iba mal a su hígado, por prescripción de su médico, en vez de llevar las dos lonchas de ternera, llevaba solo una, en medio de dos rebanadas de pan. Nos dolíamos los demás de ello y nos deleitábamos con nuestra comida, ignorantes de que, a la vez, nos estábamos acarreando la propia ruina: al reanudar el juego, nuestras manos estaban manchadas de grasa (ya que Montagu evitaba que dispusiéramos de algún paño o lienzo para secarlas y hubiera sido contrario a la etiqueta limpiarlas en nuestras casacas), de modo que resbalaban por el taco, perdiendo precisión y eficacia, en tanto las suyas, enjutas, lograban golpes atinados.»

»No te digo todo esto —añadió mi padre, con voz cada vez más débil— solo para justificarme, sino para que evites, en cuanto sea posible, las lamentables consecuencias de mi torpeza. Así que puedas, deberás visitar al infame Montagu y usar lo que te he contado sobre él para impedir que el patrimonio de los Crokinole pase a sus manos avarientas o, al menos, se remedie, como sea, el estado de triste indigencia en que quedas.»

»Agotado por el esfuerzo y por el peso de la impotencia y la pena, le tomó un profundo desmayo, del que no llegó a recobrarse.

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