Capítulo 11: El capitán Kidd (3ª parte)

—Y ahora que Pog Clinc trabaja para ti, ¿cómo Pog Clinc te llama?

Recordé que, en efecto, no había tenido ocasión de decirle mi nombre:

—Puedes llamarme capitán Crokinole.

—Capitán Coki…, capitán Kidd; Pog Clinc llama capitán Kidd. Más sencillo.

No me pareció mal la idea, además de por la simplificación fonética, porque el nuevo nombre permitiría que el ilustre apellido de mis antepasados no circulara por los siete mares, mientras mi recién estrenada capitanía transitaba por la delgada línea entre el corsariado y la piratería por la que habría de moverse, si quería obtener beneficios reales en aquella empresa.

—Sí; capitán Kidd puede ser un buen nombre —corroboré.

Llegamos a Plymouth aquella misma noche. Preguntando a algunos de los escasos viandantes que transitaban la calle a esas horas, nos encaminaron al puerto y, tras descartar otros tres buques, divisamos La Hispaniola amarrada en un extremo del muelle.

Me acercaba a la pasarela de acceso con decisión, dispuesto a hacer valer mi autoridad como capitán y trabar conocimiento con la tripulación, cuando un súbito empellón de Pog Clinc me arrojó al suelo, en medio de unas bateas llenas de pescado medio podrido y vísceras de otros, destripados para evitar que se pudrieran con rapidez.

—¡Qué manía la tuya de arrastrarme a la inmundicia! —no pude menos de exclamar, reprendiéndole tan abrupta maniobra.

Me tapó la boca con una de sus manitas delanteras y señaló hacia el frente, donde tres figuras encapotadas paseaban no muy lejos del barco, aparentando cierta indiferencia:

—Jack Sheppard y sus hombres delante barco. Pog Clinc distrae y tú sube. Después Pog Clinc también sube.

Sin darme tiempo a decir nada más, emprendió una tan alocada carrera hacia donde los tres hombres fingían pasear distraídamente, que solo pudieron percatarse de ella cuando Pog Clinc les pasó por delante de las narices, alborotando para atraer su atención.

—¡Es el maldito cerdo Chester! —exclamó uno.

Echaron todos a correr en pos de él; lo condujo su curso hasta el final del muelle y, sin la más mínima vacilación, saltó a la fría negrura de unas olas que mecían suavemente las embarcaciones amarradas a los norayes.

En la persecución del cerdito y mientras escrutaban inútilmente en su búsqueda el negro mar del malecón, olvidaron la pasarela, momento que aproveché para colarme por ella y llamar la atención de un vigía que dormitaba con descuido junto a la rueda del gobernalle.

—¡Ah del barco! —grité lo más reciamente que pude.

—¿Quién va? —preguntó un aún somnoliento vigía.

—Sube a bordo el capitán Crokinole, puesto al mando de este barco corsario por su armador, Lord Montagu, Conde de Sandwich. Aquí están mis credenciales. Tenga la bondad de hacer subir al puente a mi segundo, el señor John Hawkins.

—Aquí está John Hawkins —dijo a mis espaldas la voz irritada de un marinero malencarado y con una roja cicatriz que le cruzaba el rostro de izquierda a derecha, pasando justo por el entrecejo, según pude constatar al darme la vuelta.

El marinero hizo un claro gesto de repugnancia por el mal olor que mi persona desprendía y que traía causa en las involuntarias visitas a la zahúrda y a la batea de desperdicios de pescado.
Ignorando sus claros ademanes de desagrado y sin mediar palabra, le tendí las credenciales que llevaba, que el demoró en comprobar largo rato a la débil luz de un pequeño fanal, que otro de los marineros sostenía en alto. Ignoro si la prolongada demora obedeció a la poca luz que el fanal proporcionaba o a la escasa pericia lectora del señor John Hawkins.

En tanto revisaba este los documentos que le había tendido, noté que mis perseguidores merodeaban por los alrededores del navío, descubierta ya la treta de Pog Clinc y conscientes de que no había logrado interceptarme, como era su propósito, para impedir que subiera a él.

—Vayámonos de aquí. Ya nada podemos hacer. ¡Ese maldito cerdo me ha hecho perder un beneficio que tenía casi en la mano! ¡Habrá que vigilar el navío hasta que zarpe! —les oí decir mientras se retiraban discretamente y se perdían en la oscuridad del malecón.

Terminó el segundo la inspección de los documentos y me los devolvió, a excepción de la carta lacrada que venía a su nombre y que guardó en el bolsillo interior de la ajada casaca verde botella que vestía.

—Estamos a sus órdenes, capitán Crokinole —dijo con una cierta decepción, que no supo ocultar.

—Puede llamarme capitán Kidd —le repliqué—. Zarpamos inmediatamente.

Se elevó, al oír mi orden, un murmullo de disgusto entre la marinería, que cristalizó en la exclamación del segundo:

—¿Ahora mismo? ¡Imposible! ¡El barco no está avituallado!

— ¡No importa! Lo avituallaremos mañana en Torquay y partiremos de nuevo desde allí, tras completar el embarque de las provisiones…

No había terminado de hablar, cuando la atención de los tripulantes de la Hispaniola se vio distraída por alguien que, tras haber trepado con agilidad por la quilla del barco, una vez a bordo, se dejó caer exhausto sobre las tablas de cubierta.

—¡Nos abordan! —gritaron algunos.

—¡Es un polizón! —dijeron al unísono dos fornidos marineros que se precipitaron sobre el intruso, quien se defendía de ellos bravamente y en silencio.

—¡Quietos, señores! —les ordené—. ¡Déjenlo en paz! Les presento a mi ayuda de cámara, el señor Pog Clinc.

Y señalé al cerdito que, mirando todavía furioso a sus dos captores, se sacudía del cuerpo las últimas gotas de agua del mar.

Hicieron algunos ademán de reír, ante la figura un tanto grotesca de Pog Clinc, pero la fría mirada que se encendió en los ojos del Chester les heló a todos la sonrisa en los labios.

Pese a la reticencia de sus tripulantes, la Hispaniola se hizo aquella misma noche a la mar. Se trataba de una goleta de velacho de solo dos mástiles, con unos veinticinco metros de eslora y seis o siete de manga, de alrededor de doscientas toneladas. Se aparejaba con foques y velas de estay y resultaba maniobrable y ligera, sobre todo en la navegación de ceñida. Estaba armada con dieciséis cañones y componían su tripulación veinticinco marineros, más Pog Clinc y yo. Debía su nombre a haber sido capturada a los españoles por un navío de línea de la armada inglesa, en tareas de corsario. Rebautizada con él —ignoro cuál fue el originario—, la Armada se la vendió a Lord Sandwich, quien decidió emplearla en análogas labores a las que se dedicaba el buque que la había capturado.

El oficio de corsario no dio, sin embargo, el rendimiento que era de esperar. Atrapamos, ciertamente, algunas presas extranjeras, sobre todo francesas, y las llevamos a puerto para que las negociara Lord Sandwich, pero, en vez de llegarnos los beneficios que esperábamos por ellas, se nos notificaba que, al parecer, tales presas habían sido capturadas justo días después de entrar en vigor una tregua o de que se hubiera firmado la paz con Francia y, por tanto, la captura se consideraba un acto de piratería y no una legítima acción de guerra. Eso obligaba supuestamente a devolver los barcos y hasta a indemnizar a sus propietarios. Tales noticias venían siempre en una misiva, que firmaba nuestro armador, envueltas en infinidad de lamentos sobre las cuantiosas pérdidas que la Hispaniola le estaba causando, con la sugerencia de que la usáramos para otro tipo de actividad más lucrativa. Era una clara incitación —casi una orden— a que nos diéramos de lleno al ejercicio de la piratería.

Así que no nos quedó más remedio que abandonar el teatro de nuestro corsariado, por otro menos confuso entre guerras y paces, en el que llevar a cabo con más tranquilidad actividades ya decididamente piráticas.

Llegamos a estas aguas y nuestra suerte cambió en ellas de modo radical. En muy poco tiempo de cabotaje logramos abordar varios mercantes provistos de las mercancías más ricas y variadas: telas lujosas, especias, joyas, aves exóticas de colorido plumaje y algunos lingotes de metales preciosos. Con ello terminamos por ganar una notoriedad que nos granjeó el respeto y la admiración del resto de los piratas que infectaban estos mares.

Comerciamos con el fruto de nuestras rapiñas, hasta convertirlo todo en doblones de oro puro que guardamos en un cofre y tan solo nos quedó en la bodega un cargamento de cacao y azúcar, elaborados como chocolates de las más diversas formas y sabores, que no quisimos vender porque la tripulación gustaba de ellos de modo extraordinario, hasta el punto de casi no comer otra cosa.
Solo Pog Clinc permanecía ajeno a tan insano hábito alimenticio y fiel a su ración de queso, que guardaba en un barril en la bodega, junto al dinero y los chocolates.

Gracias a él, tuve conocimiento del motín que la tripulación estaba tramando a nuestras espaldas: con ocasión de ir por un poco de queso para comer y hallándose el barril que lo contenía ya en las últimas, Pog Clinc cayó en su fondo, viéndose imposibilitado de trepar por sus paredes, resbaladizas por demás, a causa del aceite con que se impregnaba su corteza para mejor conservarlo. Iba a pedir socorro para salir de tan embarazosa situación, pero un rumor de voces lo detuvo. De ese modo pudo oír una conversación entre el señor Hawkins y otros tripulantes de la Hispaniola, en la que le pareció entender que aquellos traidores tenían la intención, siguiendo las instrucciones que lord Sandwich les impartiera, de apoderarse de las monedas de oro y dejarnos en alguna isla desierta o, a falta de ella, arrojarnos directamente por la borda.

Aguardó Pog Clinc a que los conspiradores abandonaran la bodega, hizo oscilar después el barril hasta volcarlo y escapó de su bienhadada prisión sin reclamar auxilio de nadie. Luego, con toda urgencia, vino a verme en secreto a mi cámara, donde entre la excitación y su media lengua, no me fue fácil llegar a entender lo que estaba ocurriendo en el barco.

Cuando, por fin, logré hacerme cargo y, tomando consejo con él, decidimos que nuestra única esperanza de salvación pasaba por apoderarnos del cofre de los doblones y esconderlo, de manera que pudiéramos negociarla a cambio del tesoro.

Aprovechando que estábamos fondeados en una pequeña rada, perteneciente a una isla de la que, en verdad, lo ignorábamos todo, pues habíamos sido arrastrados por las corrientes, en medio de una calma chicha, y llegados a ella en plena oscuridad de la luna nueva, Pog Clinc se ofreció a hurtar el cofre, cargarlo en un bote y llevarlo a tierra, donde buscaría un sitio secreto y apropósito para ocultarlo.

Hicímoslo así y, pensando no ser ni oídos, ni vistos, en medio de unas tan espesas tinieblas que hasta el ruido de nuestros pasos amortiguaban, sacamos entre los dos el arcón de la bodega, y lo cargamos en un bote que, encostado en el barco, estaba ya preparado para la aguada que supuestamente pretendíamos hacer al siguiente día. Descendió hasta él Pog Clinc y en silencio largó las amarras y se alejó del barco en dirección a la orilla.

Hacía rato que Pog Clinc debía haber embarrancado el esquife en la playa y arrastrado el cofre por ella hasta internarse en la jungla, en busca del mejor escondite para el tesoro, y yo seguía allí, inmóvil, escrutando la oscuridad, como si así pudiera adelantar el final de la peligrosa misión que el cerdito había emprendido. De pronto, una algarabía de risas se elevó a mis espaldas y la recia voz de John Hawkins tronó:

—Negocio concluido; nos vamos. ¡Levad anclas!

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