Capítulo 13: La Costa de los Dinosaurios (1ª parte)

Algunos días de difícil navegación más tarde, fondeábamos frente a la Costa de los Dinosaurios, como la habían bautizado Matías y los chicos. La derrota hasta ella desde el Reino de Espejo a bordo de El Temido resultó bastante complicada por lo reducido de la tripulación: bajo el experto mandato del señor Terophontax, nos habíamos tenido que bastar las guineas, dos marineros procedentes de la Victoria, cuatro soldados con nociones de navegación y yo mismo. No cuento a los numerosos polluelos que, más que colaborar, lastraban las maniobras del cabotaje, con su incesante bullir de un lado para otro, a cuyo refreno se veían obligadas las gallinas que, a causa de ello, apenas participaban en las tareas de cubierta. De todas formas, a la estela de la balandra inglesa y, tras alguna peripecia con la que no quiero alargarme, pudimos, por fin, coronar nuestro viaje.

La Costa de los Dinosaurios se presentaba ante nuestros ojos en la forma de una inmensa playa de arena fina y blanquísima, enmarcada en lo que parecía un bosque tropical, coronado por una apretada fila de aparentes penachos de palmas y cocoteros que, mirados más de cerca, resultaron no ser tales, sino altas frondas de helechos arborescentes.

Eran sus aguas de una total transparencia, que dejaba apreciar un fondo de corales multicolores sobre los que veíamos nadar, en busca de alimento, criaturas inquietantes y enormes cuyo nombre ignorábamos, si es que alguno tenían y no pertenecían a especies extinguidas muchos siglos antes de que nadie viniera a dárselo.

Echamos los esquifes al agua y nos dirigimos a la orilla, temiendo a cada boga ser pasto de aquellos monstruos horribles, si se les ocurría levantar la vista de los arrecifes de coral y subir a procurarse comida en la superficie.

No fue así, por fortuna, ni para nosotros, ni para los doris de Lord Crokinole y el resto de la tripulación y soldados de la Victoria, así que en no mucho tiempo pudimos reunirnos todos felizmente en la playa. Era esta sumamente extensa y terminaba a la derecha en el apretado bosque que también se advertía por detrás y que, en este punto, venía a morir en la orilla; por el otro lado se divisaba la oscura boca de una caverna que supuse se trataría de la cueva de los enanos. No había rastro de ninguna otra embarcación atracada en la dársena natural que la playa formaba, así que nos invadió la incertidumbre de si nuestros compañeros no habrían llegado aún, por habernos adelantado al visir y al barco que los transportaba, o si este habría atracado en otro lugar de la costa, oculto y desconocido para nosotros.

Desvaneció la duda Lord Crokinole, alegando ser imposible que el navío de Ibn Alkanisas hubiera navegado más despacio que El Temido, dada su escasa dotación y la poca pericia marinera de ella y viendo, además, cuánto se nos había adelantado aquel en el trayecto entre Bagdasco y el Reino del Espejo.

—Lo que aún ignoro —concluyó el Vicealmirante inglés— es lo que toca hacer ahora. Solo tú, Benavides, puedes tener noticia de si había prevista alguna estrategia concreta, o alguna línea de actuación, una vez llegáramos hasta aquí.

—En realidad —repliqué— solo recuerdo vagas indicaciones de un individuo bastante estrafalario, a quien Matías y los chicos llamaban Merlín, y que se decía mago, a propósito de unas supuestas Caballeras de la Mesa, cuyo ataque habría de distraer a los siluros para permitir que Iker, Lucas y Matías accedieran a la Cámara de las Gemas, donde Yogui reposa, a fin de tranquilizar su sueño y conseguir alejarlo de la perversa influencia de Croma.

—Y ¿dónde hallaremos al mago ese?

—Pues, en verdad, no tengo la menor idea, mi Lord.

—Pog Clinc sabe dónde mago —dijo el cerdito para sorpresa de todos los presentes—. Pero no Merlín. Pog Clinc sabe dónde Mago Gris, muy viejo.

—Y ¿cómo sabe Pog Clinc eso? —preguntó Lord Crokinole, haciéndose eco de la intriga que a todos nos habitaba.

—Pog Clinc nace aquí. Pero aquí poco queso. Pog Clinc marcha isla grande a por más.

A falta de encontrar a Merlín, Lord Crokinole decidió que Pog Clinc y yo procuráramos entrar en contacto con el Mago Gris, del que este hablaba, y al que yo creía recordar que también se había mencionado, junto a alguien llamado Saknusen, en nuestro encuentro con aquel después de la famosa función de circo, donde prendió la mecha de la loca aventura que, desde entonces, nos ocupaba.

Iniciamos ambos el camino y, siguiendo la ruta marcada por el cerdito, nos internamos en aquella extraña selva tropical que rodeaba la playa. A medida que nos alejábamos de la costa, daba esta paso poco a poco a una vegetación distinta, propia de más altas latitudes, hasta convertirse en un bosque de media montaña, formado por pinos, quejigos y enebros y cuyo suelo se veía tapizado por una infinita variedad de setas. Había descendido la temperatura ambiente y los helechos rastreros se espaciaban cada vez más, siendo sustituidos por jaras y brezos.

Llegamos así a un punto del bosque en que la vegetación se espesaba sobremanera y las ramas de los árboles formaban una cúpula natural, por la que los rayos del sol solo penetraban en forma de delgados hilillos; descubrimos allí la singular figura de un anciano encorvado, provisto de cabellera y luenga barba grisáceas, cubierto con manto y sombrero también de un gris tan desvaído que casi tiraban a blanco. Le enmarcaban el arrugadísimo rostro, en el que destacaban unas orejas y narices de desmesurado tamaño, anchas cejas densamente pobladas de pelos albos.

Al sentirnos llegar, se enderezó el anciano dejando de lado su recogida de algunas de las muchas setas que tapizaban el suelo y, mirando a Pog Clinc de hito en hito, exclamó airado:

—¡Ya era hora, bribón! ¡Llevo no sé cuánto tiempo esperando que me traigas la ruda y la raíz de mandrágora! ¡Tampoco creo que sean tan difíciles de encontrar en este bosque! ¡Seguro que te has distraído por ahí en busca de queso! ¡Eres un irreprimible glotón!

Se ruborizaba el cerdo, bajando la cabeza y acertó a murmurar a modo de disculpa:

—Pog Clinc fue a por un poco de queso, sí; pero Pog Clinc no tarda mucho: solo ocho o nueve años.

—Igual son más. Pero bien está —replicó el viejo, ya más calmado—, ¿trajiste las hierbas?

Negó el Chester con la cabeza, a punto de provocar, sin duda, otra explosión de ira del mago, cuando me vi en la obligación de intervenir:

—Creo que ahora hay asuntos más apremiantes que las hierbas esas, si ha podido el señor Mago Gris esperar por ella tantos años.

—¿Ah, sí? ¿Cuáles? Y, por cierto, ¿tú qué haces que no estás en la cueva, procurando gemas como todos los demás enanos? —preguntó, mientras me miraba con una chispa de curiosidad en los ojos, como sopesando si era o no conocido suyo—. Aunque tú no hueles a sudor de la mina. Hueles a tinta y papel viejos —prosiguió, venteándome como un sabueso—. No parece sino que fueras uno de esos enanos tan raros que dicen preservadores de libros. Una vez conocí uno. No, pero no eras tú. Me acordaría si lo fueras…

—Soy, en efecto, preservador de libros, mas no el que el señor Mago conoce. Pero, como decía antes, ahora lo que importa es hablar con Merlín. Nuestros compañeros esperan unos en la playa y otros puede que haya logrado introducirse en la Cueva de los Enanos para asaltarla desde dentro. Iker, Lucas y Matías están entre ellos…

—Entonces ¿vosotros sois de los que estábamos esperando? ¿Y qué hacéis aquí, perdiendo un tiempo precioso? Y tú, Pog Clinc, maldito comedor de queso, ¿por qué no me has avisado de quién era el enano que has traído hasta aquí? ¡Ah, jóvenes buenos para nada! ¡Es inútil pretender que hagáis algo con sentido antes de los cumplir los cien años! Seguidme hasta el habitáculo de Snorri Saknusen, él sabrá cómo avisar a Merlín, pero sed un poco más discretos o los muchos siluros que no dejan de patrullar el bosque os descubrirán y darán la alarma —y al decir esto alzó inesperadamente la voz, lo que hizo que Pog Clinc y yo cruzáramos nuestras miradas con clara manifestación de desconcierto.

Finalmente, renunciando a comprender las absurdas reacciones del mago, fruto, sin lugar a dudas, de su edad avanzada, lo seguimos, en tanto, ahora sí con suma cautela, se internaba en la espesura.

Se movía el mago con mucha más soltura y agilidad de lo esperable por esta, así que en poco tiempo nos vimos ante la boca de lo que se intuía como un intrincado laberinto de galerías y cavernas, de cuyos techos se desprendían inúmeras columnas y estalactitas que adoptaban las formas más caprichosas y sugerentes que imaginarse pueda. Flotaba en el aire denso de la cueva una luminosidad fosforescente, bastante para moverse com facilidad por ella y que ignoro de dónde procedía.

Demorándonos mucho más tiempo del que hubiera sido necesario en recorrer un oscuro túnel, que giraba una y otra vez sobre sí y que alcanzaba una longitud que, por lo mismo, no pude calibrar con precisión, nos dimos de bruces tras él con una firme pared de roca, que parecía marcar su final y definir un auténtico callejón sin salida.

—Parece que hemos errado el camino —sugerí impaciente, ante lo que se me antojaba una muestra más de la senilidad del mago.

No se dio este por aludido; Pog Clinc, a su vez, me asaeteaba a miradas de desprecio, que terminaron avergonzándome, por más que las dudas sobre la cordura del anciano me asaltaron de nuevo, cuando lo vi dirigirse a un rincón del muro y susurrar ante una pequeña oquedad:

—Snorri, viejo amigo, los visitantes que aguardábamos han llegado ya.

Tras un largo chirrido metálico que sonó en el interior de la piedra, producto, sin duda, de la acción de algún oculto mecanismo, la pared empezó a plegarse, dejando a la vista una cueva destartalada. Estaba la pequeña caverna atiborrada por completo de lajas de piedras, pergaminos, así como papeles escritos en caracteres extraños sobre los que se afanaba de continuo, bien para leerlos, bien para escribir de nuevo sobre ellos, usando caracteres idénticos, un hombre provecto, más joven, desde luego, que el mago Gris, pero también muy arrugado. Lucía un escaso cabello claro, no tanto por la edad, como por su carácter albino, según lo testimoniaban unos ojos cuyos blancos se aparecían enrojecidos por ello y por el esfuerzo de fijar la vista sobre sus documentos al brillo ralo de un candil de carburo con el que la cueva apenas se iluminaba.

Levantó la vista de las runas en las que trabajaba y, así que nos vio a los tres parados ante el dintel de su guarida, compuso en su rostro un gesto de desconcierto:

—¡Pe… pero estos no son Iker, Lucas y Matías! Merlín nos dijo que solo ellos serían capaces de ahuyentar las pesadillas de Yogui y alejar de nosotros el maligno espíritu de Croma!

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.