Capítulo 10: El emir de Bagdasco y la Gruta de la Sirenas (final)

Betrus ibn Muqadas el Dragut calló en ese preciso instante; su mirada, hasta entonces cálida y risueña, se tornó gélida y su rostro compuso un gesto frío y duro. Se limitó a batir las palmas, sin añadir media palabra más, y ocho o diez jenízaros, provistos de curvos alfanjes y amenazantes moharras, se abalanzaron contra nosotros y, en medio de insultos y empellones, nos llevaron de vuelta a las puertas del palacio, arrojándonos, sin miramiento alguno, al polvo del camino.

—Este maldito enano —se exasperó Laurel— no sabe tener la boca cerrada.

Asentían los demás, espesando la atmósfera a mi alrededor, cuando esta se esclareció de súbito por la risa cristalina de lady Victoria:

—No creo que pudiéramos sacarle mucho más sobre mi padre y, la verdad, a mí ya empezaba aburrirme con el cuento de sus disputas conyugales, que con trescientas esposas, puede ser el de nunca acabar.

Rompieron a reír también Iker, Lucas y Matías y, al final, todos terminamos de la misma manera.
Nos cortó en seco la risa una voz a la que oímos decir a nuestras espaldas:

—Sin duda, la entrevista con mi señor el emir Betrus ibn Muqadas al Dragut, amén de provechosa, ha debido resultar divertida, según lo risueño que andan sus honorables invitados.

La irónica observación provenía de un moro chepudo, vestido con una chilaba gris macilenta que, de lejos, no parecía demasiado limpia, con el rostro recorrido por una barba rala, como hilera de hormigas beodas, que se espesaba algo en la barbilla y por debajo de la nariz. Al principio pensé que llevaba un turbante marrón, pero, al repararlo más despacio, me percaté de que se trataba de su enmarañado y largo cabello castaño que le daba vuelta a toda la cabeza y se sujetaba arriba con un moño en forma de pompón.

Iba el capitán Laurel a devolverle como se merecía el cumplido, pero el moro se adelantó:

—Excusadme por haberme dirigido a vosotros sin antes presentarme: soy Boulos ibn Alkanisas, visir del todopoderoso Betrus Ibn Muqadas al Dragut, emir de Bagdasco y favorito de Allah, quien nos lo preserve por siempre entre nosotros. Por lo que veo —prosiguió— el emir os ha hecho expulsar de su presencia porque habéis debido tener la osadía de interrumpir su sabio y entretenido parlamento. En realidad, esto no debiera preocuparos demasiado. Solo lo sabrán los jenízaros “jetatores”, que son un cuerpo de la guardia especial para eso, por lo que se llaman así, y vosotros. Al emir se le habrá olvidado y dirá que no os ha podido atender debidamente porque tenía jaqueca. A mí mismo me lo ha hecho ya varias veces en que he osado interrumpirle y ayer, sin ir más lejos, expulsó del mismo modo a un lord inglés que había venido a visitarlo.

—Y a propósito de ese lord inglés, ¿sabéis qué ha sido de él? —preguntó Matías, antes de que Lady Victoria, que parecía dispuesta a ello, llegara siquiera a abrir la boca, para impedir que esta, de interrogar al visir, revelara su condición y ello pudiera provocar algún incidente con aquellos sujetos tan tiquismiquis.

—Supongo que se habrá marchado por donde vino. Yo lo recogí aquí, me disculpé con él en nombre del emir y le aconsejé que, para calmar su mal humor y su despecho, se diera un relajante paseo por la ciudad, en el que no debía faltar una visita al maravilloso café apodado La Gruta de las Sirenas. Pocos lugares como este para hacerse una idea aquí en la tierra de cómo debe ser el paraíso que Allah nos tiene reservado a los creyentes allá en el cielo. Lo mismo os recomiendo a vosotros. Podéis decir que vais de mi parte. Os prestarán una atención más esmerada.

Y, sin añadir nada más, se introdujo en la litera de la que había descendido, dio una orden a sus porteadores y, abriéndose paso entre los jenízaros “jetatores”, se introdujo en el palacio y se perdió por el dédalo de sus estancias.

Volvimos a sumergirnos en las bullangueras calles de la ciudad y, tras preguntar a varios viandantes, dimos con el famoso café, que se encontraba en una de las callejuelas anejas al puerto, en un barrio en el que establecimientos del mismo tipo competían entre sí para atraerse una clientela formada en su mayoría por tripulantes de embarcaciones de pesca o por la ruda marinería de los muchos mercantes que navegaban aquellas aguas. Presentaba este, sin embargo, algunas características que lo singularizaban de manera notoria. Tenía la entrada el aspecto de una gruta natural —y aun podía serlo en efecto—, con el techo altísimo y erizado de puntiagudas estalactitas de cal o, al menos, pintadas de blanco. El suelo por el contrario habíase alisado en el centro, formando un ancho espacio circular que debía servir de escenario para las atracciones y espectáculos que un obsequioso anfitrión prometía inolvidables, entre continuas reverencias a los clientes e hiperbólicas alabanzas al local.

Y no empezó mal la cosa: una vez acomodados sobre unos mullidos cojines alrededor de una mesita que ocupaba la casi totalidad de una gruta lateral, desde la que teníamos una espléndida vista del proscenio, nos sirvieron un té moruno, que debía estar delicioso, pues mis compañeros lo sorbieron con fruición. Al poco tiempo, tres hermosas bayaderas ejecutaron sobre el escenario una tan sensual y frenética danza del vientre, que me hizo temer se les soltaran las bisagras de la cintura en medio de sus espasmódicas sacudidas. Apareció tras ellas el introductor que nos había recibido a la entrada del café y anunció su número estrella. Íbamos a ser de los pocos afortunados mortales que tendrían ocasión de escuchar de cerca el canto de las sirenas y de aplaudir su singular armonía, capaz de hechizar a cualquier hombre y, llegado el caso, de hacerle perder la memoria, el entendimiento y la voluntad.

El elogio del presentador despertó un murmullo irónico entre la concurrencia, habituada a las exageraciones con que recibía al público en las puertas de café, pero pronto pudimos comprobar que, en absoluto, hablaba en broma.

Empujado por unos fornidos asistentes, se colocó delante de la platea un gran acuario translúcido, de aguas un tanto turbias y cubierto con un velo transparente de color rojizo, montado sobre una plataforma de madera provista de ruedas. En su interior se atisbaban unas criaturas. mitad humanas y mitad peces, que se deslizaban con ligereza lo mismo en la superficie que en el fondo del agua.

A una orden de alguien oculto en las sombras, se asomaron al exterior del tanque y dejaron ver rostros de bellas facciones regulares, aunque un tanto inexpresivas, y ondeantes cabellos dorados que les descendían por los hombros; con una voz dulcísima, entonaron un extraño y melodioso canto, hecho tan solo de sonidos armónicos, que no parecían pertenecer a ninguna lengua humana.

Aquellos sonidos fueron haciéndose más y más bajos, hasta el punto de que, en un momento dado, dejé de percibirlos, pese a que veía moverse aún las bocas de las sirenas.

Miré, extrañado, alrededor para saber si mis compañeros notaban lo mismo que yo, pero me encontré con que Matías, Iker, Lucas y el capitán seguían atentos y hasta embobados ese extraño canto; en el otro extremo de la mesa, lady Victoria volvía los ojos de un lado a otro, mostrando un desconcierto idéntico al mío. De improviso, se levantaron los cuatro, al unísono con el resto del público y, moviéndose de un modo bastante mecánico e inconsciente, formaron una fila que empezó a avanzar hacia el fondo de la gruta, jaleada por la misma voz que dirigía la actuación de las sirenas y que, ahora que la oía con más nitidez, me pareció identificar como la del visir Boulos ibn Alkanisas.

A una muda señal de lady Victoria, nos unimos a la hilera, fingiendo padecer idéntico trastorno que nuestros camaradas. Avanzó esta pesadamente, encaminándose hacia una nueva gruta cuya angosta entrada, que tan solo permitía el paso de uno en uno, se veía al fondo del escenario. Según nos acercábamos a ella, observé que, una vez el caminante traspasaba la entrada, era arrastrado por unas manos poderosas y se perdía por el interior de un largo y oscuro túnel que se adivinaba detrás.

Estaba nuestro grupo en las inmediaciones de la gruta, con el capitán Laurel a la cabeza, cuando lady Victoria, que se hallaba en las proximidades del tanque, extrajo de entre sus ropas el pistolete que tan familiar me era y apuntando hacia él hizo fuego. La reverberación del disparo resonó en las paredes de la cueva y las vibraciones de su eco agrandaron el agujero que el impacto de la bala había hecho en el vidrio que conformaba sus paredes, de modo que estas se resquebrajaron. La presión remató la tarea: el cristal se hizo añicos y un agua fétida se desparramó por el suelo, mojándonos los pies. Cayeron también las sirenas, cuyo canto cesó de repente, sustituido por unos agudos chillidos, que ya sí podía oír, y que resultaban bastante desagradables. En ese momento se desató el caos. Los clientes que habían formado la fila espabilaron todos a una y tras unos instantes de desconcierto, y sin saber muy bien por qué, emprendieron una alocada carrera en todas direcciones, gritando, atropellando mesas, banquetas, asientos y a los pocos mozos del local que pretendían detenerlos o incluso guarecerse de ellos y no lo hacían con suficiente rapidez. Para impedir que el capitán, Iker, Lucas y Matías hicieran lo mismo, lady Victoria les dio una orden tajante:

—¡Por aquí! ¡Seguidme!

Y se encaminó con decisión hacia la abertura por la que habían desaparecido algunos de los infelices subyugados por el canto de las sirenas.

Empezamos a recorrer una angosta galería, a la que daban infinidad de pequeñas grutas provistas de puertas enrejadas en las que se apiñaban multitud de desgraciados, seducidos por las ondinas y cautivados por el malvado visir como materia prima para su lucrativa industria del tráfico de esclavos, que colocaría después en quién sabe qué desconocidos y perversos mercados.

Pasábamos por delante de uno de aquellos calabozos, el de mayor tamaño y más abarrotado de presos, cuando una voz que emergió de él detuvo nuestra carrera en seco:

—¡Victoria, aquí!

Sacando las manos por entre las rejas y medio aplastado por otros prisioneros también suplicantes por su libertad, se encontraba lord Alfred de Crokinole, haciendo desesperados intentos por llamar nuestra atención.

Nos dirigíamos hacia esa oscura cárcel y buscábamos el modo de abrir la reja de hierro que la cerraba para liberar a sus ocupantes, cuando una extraña criatura, con forma de pez, pero dotado de piernas y unas manos a modo de garfios asomadas al final de unos cortos brazos que nacían por encima de sus aletas pectorales, se interpuso entre aquella y nosotros, esgrimiendo un pesado lanzón con el que apuntaba a lady Victoria.

Con un golpe rápido y seco de su muleta que le acertó de lleno en la cabeza, el capitán abatió al extraño pez, al tiempo que exclamaba:

—¡Vaya, la muleta del viejo John Silver no ha perdido ni un ápice de su contundencia!

Mientras todos reíamos la broma del capitán, lady Victoria no se entretuvo un segundo: se agachó sobre la criatura y registró su cuerpo hasta hallar, debajo de una de las aletas, una llave herrumbrosa con la que abrió la puerta de la prisión de lord Alfred, permitiendo que escaparan a su vez el resto de los reclusos.

Sin detenerse en explicaciones o efusividades, padre e hija reemprendieron la marcha, seguidos de los demás. La galería que traíamos desembocaba cerca del puerto, en un muelle paralelo a él y medio oculto, por el que debían entrar y salir de la isla sin ser vistos los barcos esclavistas.

Cuando intentábamos orientarnos, para localizar la chalupa con los marineros de la Victoria, vimos emerger de la cueva a media docena de aquellos extraños peces, armados de sus correspondientes lanzones, con el visir Boulos Ibn Alkanisas a la cabeza, quienes hicieron ademán de venir en nuestra persecución, en el momento justo en que divisamos el bote y rompimos a gritar para llamar a sus tripulantes en nuestro auxilio.

Se acercaron estos, esgrimiendo las armas de que pudieron hacerse, y se unieron a nosotros, de forma que osamos hacer frente a nuestros perseguidores.

Ante el súbito cambio en la correlación de fuerzas, se detuvo el visir y mandó parar a su guardia; adoptó una actitud obsequiosa, incluso un tanto servil, y se dirigió a nosotros diciendo:

—No teníais por qué huir. Solo quería disculparme por lo que no ha sido nada más que un desagradable malentendido. Idos en paz y ¡ojalá que no guardéis un mal recuerdo de vuestra visita a la isla de Bagdasco! Espero volver a veros pronto por aquí.

—¿Qué demonios fuiste a hacer a Bagdasco, papá? —preguntó una irritadísima lady Victoria, apenas el recio bogar de los tripulantes de la chalupa nos sacó por la bocana del puerto, en dirección a nuestros buques respectivos.

—A propósito de la historia de Merlín sobre los extraños seres que estaban atacando la Sima Desconocida, recordé viejos rumores que había oído en una de mis visitas anteriores al emir de Bagdasco sobre grandes peces anfibios y sirenas, cuyo canto trastorna a los hombres y los esclaviza.

—¿Hay alguna relación entre ellos? —inquirió Matías.

—Al parecer, son lo mismo en el fondo. Las sirenas son las hembras de los siluros. Su apariencia humana es solo un disfraz. La única diferencia es que su piel es más sensible, se reseca antes y, por ello, soportan peor estar fuera del agua. En fin, siempre es bueno saber a qué ha de enfrentarse uno, antes de entrar en batalla.

—Desde luego —terció entonces lady Victoria— algo importante hemos aprendido sobre ellos.

—¿Qué? —preguntaron al unísono Iker y Lucas

—Que su canto solo vuelve idiotas al sexo masculino. Ni a mí, que soy mujer, ni a Benavides, que está hecho solo de palabras y argamasa, pudo enajenarnos y, gracias a eso, estamos todos libres ahora.

—Eso es cierto —intervino Laurel—; pero no sabemos qué pasaría si, amén de sirenas, hubieran cantado también siluros.

—¿Por qué no lo hicieron, entonces?

—Porque, en Bagdasco, la presencia de una mujer como cliente de un café, y menos vestida de hombre, es impensable y, por eso, nuestro amigo el visir Ibn Alkanisas, que no podía imaginar que se contara una entre su auditorio, ha visto truncados sus planes.

—Pues, en cualquier caso, ¡menos mal que vine! —apostilló lady Victoria con toda intención, dirigiéndose en particular al viejo pirata.

Capítulo 10: El emir de Bagdasco y la Gruta de las Sirenas (2ª parte)

Abriéndonos paso, poco menos que a codazos, por el intrincado laberinto de callejuelas de la ciudad, conseguimos arribar, por fin, a las puertas del palacio, ante cuyos dos robustos y marciales guardias, provistos de aceradas moharras, se identificó el capitán Laurel, al tiempo que pidió ser recibido por el Dragut para resolver un asunto urgente.

Habían pasado ya más de dos horas desde nuestro recado y Batrús ibn Muqadas seguía sin hacernos llegar respuesta alguna, ni señales de vida, para desesperación de una lady Victoria, que se daba ya a los diablos con tanta demora.

—Tranquilizaos, mi lady —intentó calmarla el capitán—, estas gentes son así. Tienen sus propios ritmos, que no coinciden con los nuestros. No hacernos esperar sería humillante para ellos.

—Y hacerlo —replicó ella vivamente— lo es para nosotros.

—Bueno, es lo que se pretende. Pero que nos tengan aquí es señal de que, tarde o temprano (más tarde mientras más en consideración nos tengan), nos van a recibir. En caso contrario nos habrían dado una respuesta rápida: nos habrían echado a patadas ya hace rato.

Por un tiempo, las palabras del capitán calmaron la impaciencia y el desasosiego de la inglesa y cuando, ante la tardanza empezaban estos a aflorar de nuevo, apareció en la puerta lo que debía ser, según lo lujoso de sus atavíos a la morisca, un alto funcionario de la corte.

—Mis señores —dijo con mucha ceremonia dirigiéndose, obsequioso, a nosotros—, el poderoso y magnánimo Betrus ibn Muqadas al Dragut, a quien Allah guarde muchos años en esta tierra y por siempre en el paraíso, os ruega que me acompañéis al interior de su humilde palacio y templéis vuestro ánimo y serenéis vuestro espíritu a fin de haceros dignos de hallaros ante su magnificente presencia.

Le contestó Laurel con una profunda reverencia y haciendo señas para que le siguiéramos, el pulido cortesano nos precedió por el dédalo de patios, jardines y estancias que constituían el palacio del Dragut. Estaban estas revestidas de yeserías que dibujaban bellos motivos geométricos o florales y en las partes más nobles, cubiertas con pan de oro. Se adornaban con jarrones de una cerámica fina de fondos blancos y vetas esmeraldas que, en ocasiones, traslucían la imagen de pájaros exóticos, y cubrían el suelo coloridas alfombras persas en que la tupida lana y la suave seda china formaban el terciopelo para urdimbres y tramas tejidas con con delicados hilos de algodón.
Los patios ofrecían en su centro el fresco rumor de fuentes, cada cual más lujosa, rodeadas por esculturas en mármol de distintos colores, de leones, panteras y hasta elefantes, casi a tamaño natural.

Al fondo del último de estos patios, al que se abrían otras tres estancias, semejantes a la muchas que habíamos atravesado, y en el centro del cual desgranaba su claro chorro de agua una fuente enmarcada por las esculturas de cuatro enormes hipopótanmos, se levantaba una puerta de madera de cedro, cuajada de tallas de hojas de acanto. Daba acceso a un jardín espléndido, dentro del cual, en medio de un redondo bosquecillo de limoneros, cuyos frutos añadían reflejos dorados a los rayos de sol que se les colaban por entre las ramas, nos aguardaba el Dragut con una pose hierática de faraón egipcio.

Era un viejo sumamente delgado y bastante alto, de mandíbula cuadrada y gesto altanero que se afanaba en transmitir, sin conseguirlo, un aire de franqueza y cordialidad y esa lucha entre lo que quería aparentar y lo que parecía ser despertaba en quien se aproximara a él una desconfianza instintiva, como la de quien se sienta al lado de una serpiente dormida. Vestía larga aljuba blanca, recamada de hilos de oro y encima un pesado manto rojo con bordados en plata, pero llevaba la cabeza descubierta, sin turbante, ni fez alguno.

Mientras nos aproximábamos al emir, oí que el capitán Laurel se dirigía a lady Victoria en voz baja.

—Mi Lady, absteneos de preguntar nada. El Dragut hablará y hablará y a través de su cháchara interminable obtendremos toda la información que precisamos. Si lo interrogáis, no os dirá una sola verdad. ¡Ah! También odia que se le interrumpa. Si lo hacéis, no volverá a abrir la boca y seremos expulsados del palacio de malas maneras.

—Mi querido y viejo amigo Laurel —dijo el emir así que nos aproximamos a donde se hallaba, viniendo hacia nosotros con los brazos abiertos—. ¡Dichosos los ojos que te ven tras tantos años de ausencia! —y le estampó un beso en cada mejilla.

Nos acomodamos todos en derredor de él a la sombra de los limoneros, sobre unos cojines de seda verde que se hallaban dispersos por el suelo y, sin reparar, en principio en los demás, atento solo al capitán, preguntó:

—Y ¿qué nueva aventura te trae otra vez por aquí?

—En realidad, ninguna. Solo pasaba por las cercanías de Bagdasco a bordo de El Temido y pensé que sería oportuno hacerte una visita para recuperar recuerdos y renovar amistades que el paso del tiempo va enfriando poco a poco.

—Bien dices, amigo mío. Siempre es bueno reafirmar los lazos que nos unen a quienes nos son afectos y mira tú, qué casualidad, en el corto espacio de dos días, dos viejos amigos (aunque no sé si hago bien diciéndote esto, pues me consta que no mantienes con la otra persona lo que se dice relaciones cordiales) han venido a verme con idéntico propósito: renovar su amistad. No parece sino que algún genio amigable haya escapado de su lámpara y ande esparciendo amistad por el mundo. Pues sí, mi estimado Laurel, ayer mismo estuvo sentado conmigo lord Alfred de Crokinole, pero, la verdad, como padecía una horrible jaqueca, apenas pude atenderle como imponen los sagrados deberes de la hospitalidad. Encargué a Boulos que se ocupara de él. ¡Ah! Disculpa, sin dudas tú ignoras que Boulos Ibn Alkanisas es mi visir desde hace… en realidad, no sé cuánto, pues no recuerdo haberlo nombrado nunca. Simplemente empezó a venir por aquí, un día hacía una tareíta, otro día otra y así fue liberándome de las pesadas cargas del gobierno y dejándome libre para que me dedicara a lo que en los últimos tiempos viene siendo mi gran pasión: recorrer una y otra vez el azul infinito a bordo del Al Shabn, mi magnífico velero de cuatro mástiles, en compañía de amigos con los que, lejos de la impertinente y celosa vigilancia de alfaquíes, ayatolás, ulemas y almuecines, nos entregamos a los placeres del vino, que si están proscritos aquí en la tierra es porque deben reservarse, como las huríes, para ser disfrutados en el paraíso. En fin, mantengo con Boulos una relación mutuamente beneficiosa, pues, si él me libera de enfadosas obligaciones, lo hace a costa de prosperar y haber acumulado una notable fortuna en muy poco tiempo. Hasta ha llegado a mis oídos que se está construyendo un palacio para rivalizar con el mío. Lo cual deben ser solo malintencionadas habladurías de gentes envidiosas de la prosperidad que Allah le ha concedido, pues Boulos es leal y eso sería delito de alta traición. Sí me consta que gran parte de esa fortuna la obtiene el visir del comercio de esclavos, pero se trata de un negocio que yo le cedí en monopolio, como pago de sus muchos servicios, porque a mí ya me fatigaba demasiado. Eso y la explotación de un café, de no muy buena fama en la isla, al que llaman La Gruta de las Sirenas, que no sé si le reportará mucho beneficio… Pero lo que peor llevo de él es que no ha parado hasta meter en palacio a su tercera mujer, Irina bn Alsiyad. La ha nombrado gobernanta de mi harén y, de momento, lo que ha conseguido es soliviantarme todo el gineceo y que mis trescientas mujeres anden a la gresca las unas con las otras, hasta el punto de que hace más de dos meses que me niego a llamar a ninguna, porque, las últimas veces que lo hice, se pasaron la noche quejándose de las restantes y todas de la gobernanta. De modo que ya solo bajo a la cámara de la última y más humilde de ellas. Una que tiene un nombre extraño, del que nunca me acuerdo, que viene a significar algo así como “la que nació en una hermosa ciudad”. Pero no creáis, que la joven es también taimada: la primera noche que pasé con ella, le pedí que me contara una historia. Lo hizo y me entretuvo tanto que, al terminar, le pedí que me contara otra. Empezó la segunda y, cuando se hallaba en lo más interesante, se detuvo alegando ser ya muy tarde —y es verdad que casi estaba amaneciendo—, que estaba cansada y que proseguiría la siguiente noche. Pasé el día consumido por la impaciencia y, cuando volví con ella, remató la historia comenzada en tan tampoco tiempo que le pedí que iniciara una nueva. Y así andamos desde entonces, hace ya más de treinta días, en que yo acudo cada noche a oír la media historia que termina y la media que principia. La verdad es que ya empiezo a estar un poco harto del asunto y si vuelvo puntualmente es más que nada por la curiosidad de saber qué dirá cuando se le hayan acabado las historias, que alguna vez tendrá que ser, digo yo…

—Largo lo fiais. Si es como en el libro de cuentos que yo preservo, la cosa se puede prolongar a más de mil noches. ¡Casi tres años todavía…! —exclamé, sin poder contenerme, olvidando la advertencia del capitán.

Capítulo 10: El emir de Bagdasco y la Gruta de las Sirenas (1ª parte)

—El perfil de esa isla me resulta familiar —dijo el capitán Laurel, tras unos días de tranquila navegación, con un brillo extraño en los ojos. Contemplábamos, sin embargo, una costa bastante anodina que dibujaba un paisaje de pequeñas calas con playitas cubiertas de negros guijarros y enmarcadas por altos acantilados formados de rocas lisas y también oscuras, semejantes a la pizarra. Golpeaban contra ellos las olas y, al romper sus crestas de blanca espuma, el agua perdía los reflejos azulados y adquiría también en sus inmediaciones tonos negruzcos.

—Capitán, ¡hip! —se oyó la voz de la mariquita vigía—. ¡Se acerca una chalupa por estribor!

La barcaza, movida por el potente impulso de sus cuatro remeros, acababa de doblar un pequeño cabo y se aproximaba rauda a donde, navegando al pairo, se ubicaba El Temido. Desde ella, provisto de un portavoz de latón dorado, un fornido marinero de tez rubicunda gritaba rítmicamente:

—¡Permiso para subir a bordo! ¡Permiso para subir a bordo!

—¿Para qué, marinero? —preguntó Laurel.

—Necesito hablar con lady Victoria Clara de Crokinole. Es urgente.

Se asomaban en esos momentos los chicos por la borda para averiguar qué ocurría, y la inglesita exclamó:

—¡Pero si es Henry Terophontax!

—¿Quién? —inquirió Iker.

—El contramaestre de la Victoria. ¡Déjelo subir, capitán!

Se izó a bordo un marinero de piel recolorada y pecosa, con un ralo cabello rubio, un tanto pasado de peso, quien, todavía jadeante por el esfuerzo de trepar al barco, así que se halló en presencia de lady Victoria, alcanzó a decir:

—Mi lady, su padre, lord Crokinole, ha… ¡desaparecido!

—¡Dios Santo! ¿Qué ha pasado?

—No lo sabemos con exactitud —respondió el marino ya algo más entero—. Arribamos a esta isla ayer por la tarde y, nada más llegar, lord Crokinole tomó un bote con cuatro remeros y se encaminó a un puerto que hay tras ese cabo que terminamos de doblar y frente al que nuestro buque está fondeado. Los marineros que lo acompañaron cuentan que el capitán les pidió que lo aguardaran allí, sin bajar a tierra bajo ningún concepto, que él no habría de demorar mucho su regreso. Transcurrieron las horas, sin embargo, y la noche se hizo por todo el mundo sin que hubiera vuelto, ni dado ninguna noticia de sí. Lo esperaron hasta el amanecer, momento en que, en vista de que no aparecía, decidieron regresar al barco y dar cuenta al segundo oficial, el señor Robert Layermoore, que usted bien conoce ,y a mí mismo, de lo ocurrido. No sabiendo muy bien qué hacer y por si ustedes supieran algo que nosotros ignoráramos, me ha enviado esta mañana para hacer las averiguaciones pertinentes, en su caso, notificarle la desaparición y ver si ordena alguna cosa.

—Te agradezco mucho la información. Por ahora, volved a la Victoria, manteneos algo apartados de la costa y estad alerta para evitar ataques por sorpresa, vaya a ser la desaparición de mi padre el preludio de uno de ellos. Desde aquí intentaré, con la ayuda de estos amigos, descubrir lo que le ha ocurrido a lord Crokinole y, si fuera preciso, su rescate. Caso de necesitar de vosotros, ya os lo haré saber.

—¡Aguardad, milady! —pidió el capitán Laurel—. Tal vez estos marineros y su chalupa nos sean más útiles aquí, si queréis encontrar a vuestro padre.

—¿Y eso? —inquirió ella, haciéndose eco de una pregunta que nos rondaba a todos por la cabeza.

—Ya decía yo que el perfil de esta isla me resulta a familiar y acabo de recordar por qué. Me parece que estamos en las costas de Bagdasco, en los dominios del emir Betrus ibn Muqadas al Dragut, un antiguo corsario beréber, aunque de origen turco, que con las riquezas que acumuló en sus correrías y que mejor no saber cómo obtuvo, se retiró a estas costas y fundó su emirato. Es un antiguo conocido mío y, puede que también de lord Crokinole, quien, si insistió en bajar aquí a tierra, sería para hablar con él, tratar algún asunto o, simplemente saludarlo. Así que es posible que el emir pueda darnos alguna pista sobre su paradero. Creo que al señor Terophomtax no le importará acercarnos al muelle y, cuando hayamos concluido nuestras pesquisas, devolvernos a bordo de El Temido.

—Por supuesto —se apresuró a ofrecerse este—. Si lady Victoria no tiene ningún inconveniente…

—¡Desde luego que no! ¡Vayamos cuanto antes!

—Pero, mi lady —objetó el capitán—, en sociedades como la bagdascense, la presencia de mujeres en ciertos círculos sociales no está muy bien vista…

—Capitán —replicó ella con un gesto de cansancio—, no voy a discutir de las características antropológicas de la sociedad de Bagdasco, porque no es el momento. Pero esa chalupa y sus tripulantes pertenecen a la Victoria. En ausencia de lord Crokinole, yo ostento el mando de la balandra, así que iré en ella, aunque sea vestida de marinero para no herir susceptibilidades históricas o religiosas. Eso sin contar con que el desaparecido es mi padre y a mí, más que a nadie, me concierne su búsqueda y su rescate.

Se encogió de hombros el capitán Laurel y haciendo un gesto para que lo siguieran Iker, Lucas y Matías, se fue a embarcar en la chalupa.

—¡Benavides, ven tú también con nosotros! —ordenó, ignoro por qué motivo, lady Victoria.

—¡Buff! ¡Menudo carácter! —rezongó el viejo pirata, mientras bajaba a ocupar su puesto en la barcaza—. Cada día entiendo mejor la propensión viajera de lord Crokinole.

Remaron con diligencia los marinos ingleses y en poco más de una hora encostaron la chalupa en el malecón del muelle de un bullicioso puerto, no muy grande, pero con un trasiego constante de barcos de todo tipo, repletos de viajeros y mercancías.

Ya al aproximarnos a la orilla, una vez doblada la punta de tierra que nos separaba de donde había quedado El Temido, pudimos hacernos cargo del encanto de la capital de la isla de Bagdasco, del mismo nombre que aquella. Desde la lontananza se divisaban esbeltos minaretes redondos, terminados en cúpulas pintadas de azul que parecían vigilar el blanco muro de sus mezquitas. A su lado, se arracimaban de manera caótica cientos de casitas, terminadas en terrazas y de paredes encaladas en las que se reflejaba el sol hasta hacer daño a los ojos. Era tal el abarrotamiento con que las viviendas se agolpaban unas con otras que resultaba imposible, incluso desde lejos, adivinar el trazado de las calles y la organización interna de la ciudad. Al fondo, en su punto más prominente, se apreciaba el inmenso palacio del Dragut, cercado por una fuerte muralla, poco elevada, aunque protegida por cuatro enormes torres octogonales. Detrás brillaban varias decenas de domos dorados, entre los que se intercalaban espaciosos jardines, pero solo se alcanzaba a vislumbrar de ellos las copas de sus árboles más altos.

Dejamos atrás el puerto (donde se quedaron aguardándonos el señor Terophontax y el resto de los marineros de la Victoria) y nos internamos en el caos pintoresco y colorido de las callejuelas de Bagdasco. La ciudad entera era un mercado al aire libre, cubierto por infinidad de toldos de colores chillones y en la que se daban cita todos los ruidos y olores posibles del mar, el desierto y la jungla: balidos, mugidos, gruñidos y relinchos de toda clase de ganado se mezclaban con el gorjeo y el canto de miles de aves multicolores y la música de chirimías, dulzainas y tamboriles; el olor salino del pescado fresco y del queso se unía al aroma de las especias exóticas, las flores deslumbrantes y las hierbas aromáticas. De todo ofrecían unos comerciantes solícitos en el batiburrillo de una sucesión interminable de bancos y barracas y por todas partes se escuchaba la letanía sin término de regateos monocordes.

Capítulo 9: La isla de los tres Robinsones (final)

Al percatarse de la presencia en el cuarto del resto de nosotros, hizo ademán de apoderarse de su sable, depositado, junto con sus ropas de día, en una silla a los pies del camastro, pero Lucas, anduvo más rápido y se hizo con él y con una pistola que debajo estaba oculta. Lo encañonó con ella y, con voz firme, le pidió:

—Milord, mejor quédese en cama por ahora, que aún falta mucho para clarear el día.

No pudimos menos que reírnos todos de la ocurrencia del muchacho, salvo lord Crokinole que, furioso y humillado, exclamó:

—¡Malditos piratas…!

Ni siquiera volvió a abrir la boca, mientras Maeve y Melusina lo ataban con fuerza a la cama del capitán para evitar que nos causara problemas en tanto poníamos el bergantín a salvo del buque inglés y llegábamos a la bahía, donde nos aguardaban nuestros compañeros. Allí nos aconsejaríamos con ellos sobre lo que procedía hacer con el cautivo.

Nos recibieron los otros tripulantes de nuestro barco con muestras de gran alegría y el capitán Laurel no pudo reprimir un gesto de satisfacción cuando subió a la nave, en compañía de los demás, tras izar a bordo los toneles llenos de agua. Se ensombreció, sin embargo, su rostro al divisar en el horizonte las velas de la Victoria que se mantenía al pairo a una distancia prudencial de nosotros.

—¿Os vienen siguiendo?—preguntó extrañado.

—No parece que le quede otro remedio, capitán —respondió Yoguina—. Venga a ver esto.

Lo condujo, seguidos los dos por el resto del comando, hasta su propia cámara, a cuya entrada le mostró la cama, en la que, amarrado con firmeza, nuestro prisionero se debatía inútilmente contra sus ligaduras.

—¡Voto a Bríos! ¿Cómo lo habéis conseguido?

—De pura casualidad. Lo encontramos durmiendo en esa cámara, sin que hayamos tenido tiempo ni ocasión de esclarecer las razones por las que estaba allí.

—Y la chica ¿qué dice de esto?

—Tampoco nada de momento.

—Dejadme un instante a solas con él. Intentaré resolver esta situación y neutralizar el peligro que supone tener a esa maldita balandra colgada de nuestra chepa en una conversación de marino a marino, si es posible.

Atendiendo su deseo, los dejamos conversar cara a cara por espacio de más de una hora.  Durante ese lapso de tiempo se alternaron periodos en que el diálogo transcurría en un tono normal y hasta bajo, con otros, cada vez más frecuente, en que ambos interlocutores parecían enardecerse, elevaban la voz y terminaban por gritarse e insultarse el uno al otro.

Al cabo de un rato, el capitán Laurel abandonó bufando la cámara:

—¡Maldita mula inglesa testaruda! Se empeña en que tenemos secuestrada a su hija y que no ha de parar hasta rescatarla, así lo arrojemos a lo profundo del océano.

—Puede que sea bueno que hable con él lady Victoria —sugirió Yoguina.

—No creo. Cuando se lo he dicho, me ha contestado que sabe que la tenemos coaccionada bajo algún tipo de amenaza y que, por tanto, no ha de creer nada de cuanto ella le diga que se aparte un punto de su idea. Así que lo mejor será dejarlo madurar en su cárcel, atado a la cama, y esta noche, antes de partir en la oscuridad para evitar a la balandra inglesa, veremos qué hacer con él.

Con las luces del crepúsculo y en tanto la oficialidad y el resto de la tripulación se ocupaban de la maniobra de desatraque, me hallaba en la antecámara del capitán, aprovechando los últimos rayos de sol que por los ventanales de ella se filtraban, para hacer algunas anotaciones en el cuaderno de bitácora de que se me había responsabilizado, cuando la puerta de estancia empezó a abrirse lentamente y con mucha cautela se introdujo por ella lady Victoria.

Sin mirar hacia donde me hallaba, lo que le impidió, al parecer, percatarse de mi presencia, se dirigió al camastro que seguía sirviendo de prisión a lord Alfred, quien, tras su turbulenta entrevista con el capitán Laurel, se removía inquieto en el lecho, presa de un desasosegado sueño.

Lo removió en silencio la muchacha y abrió aquel los ojos sobresaltado:

—¿Qué…? —acertó a exclamar.

Lo contuvo lady Victoria con un gesto, llevándose el dedo índice a los labios:

—Padre, escúchame, por favor…

—¡Pronto! ¡Libérame y huyamos! ¡La Victoria no puede estar muy lejos y, una vez en ella, podremos dar cuenta de este cascarón de nuez pirata!

—¡Te liberaré, sí, pero deja de engañarte de una vez! Sabes que estoy aquí por voluntad propia, y no forzada. Y lo estoy porque tengo que asumir una tarea que debieras haber realizado tú hace mucho tiempo. Pero sigues obstinado en negar los hechos para tranquilizar tu conciencia. Como no creíste a madre cuando te contó la visita de Croma y que su maldición seguía viva, para mí o para ella, decidiste pensar que lo que sucedió fue solo un accidente, que se clavó esa vieja espina de cactus por azar o por su obsesión con la bruja. En tu fuero interno sabes bien que no es así y proyectas tu frustración y tu odio contra ti mismo por ello hacia los piratas. En el fondo, sin embargo, los envidias. Quisieras vivir la vida libre que ellos viven y no la tuya, lastrada por la carga opresiva de tus remordimientos por lo que debiste hacer para salvar a tu esposa y a tu hija y no hiciste. ¿A qué si no abandonar tu espaciosa cámara en la Victoria y venirte a dormir en el estrecho habitáculo del capitán Laurel? Si no fuera porque sé que, en el fondo, la culpa no te deja vivir, diría que eres patético. Pero aún puedes redimirte, al menos, ante mis ojos. ¡Ayúdame en mi venganza de Croma!

Puesto por Victoria ante el espejo de su propia realidad, por el rostro duro y acerado de lord Crokinole se escurrían lagrimones como naranjas.

—Bien está. ¿Qué quieres que haga? —respondió al fin entre hipidos.

—Solo cesa de hostigarnos y mantente a distancia de manera discreta. Ayúdanos a sortear algún peligro, llegado el caso y, sobre todo, en la dura batalla final que habremos de trabar contra el espíritu de esa maldita bruja y sus fieles seguidores, en la que tu concurso y el de tus hombres será seguramente imprescindible.

Consintió en todo el aristócrata inglés, empeñando, incluso, su palabra.

Para sorpresa mía, que pensaba haber asistido de incógnito a tan singular entrevista, lady Victoria me conminó:

—Benavides, ayúdame a desatarlo, adelántate para ver si está despejada la ruta hasta la red y si está junto a ella, al pie del barco, el cayuco, como Lunes me tiene prometido.

—Pero —le repliqué desconcertado— a esta hora todos deben estar en cubierta, aprestándose para abandonar la isla. Será imposible llegar hasta la red y descender hasta el cayuco, sin que nos vean.

—Haz lo que te digo y no discutas —ordenó ella.

Me deslicé fuera de la cámara y curiosamente, aunque la cubierta y el puente hervían de actividad, se concentraba toda en el lado de estribor, en el extremo opuesto a donde la red colgaba del costado del buque.

Les hice la seña convenida y los tres, sorteando al resto de la tripulación, descendimos hasta el cayuco.

—Llevadlo a la playa. Allí enviarán a recogerlo de la balandra.

—Perfecto —replicó Viernes.

—Y, por cierto —inquirió lady Victoria—, ¿vosotros os quedaréis en la isla?

—Sí —dijo Lunes riendo—. Aunque algo habrá que cambiar las cosas. Daremos un golpe de estado y confinaremos durante un tiempo a las tres naciones en un espacio pequeño a ver si, con la proximidad, aprenden a convivir, aunque no sé…

—¿Y eso? —pregunté

—Le he oído decir con mucho convencimiento al señor Def, por ejemplo, que, para vivir con otros, se funda una comuna, no se naufraga en una isla desierta.

Mientras el cayuco ponía rumbo a la costa, trepamos nosotros por la red y al llegar arriba nos encontramos con que todos miraban alejarse al bote con gesto de alivio.

—¿Por qué esta comedia? —pregunté al fin extrañado.

—Para no humillar más a lord Crokinole —respondió el capitán Laurel—. No había ninguna necesidad.

Capítulo 9: La isla de los tres Robinsones (2ª parte)

—¿Dónde está tu compañera?

—Se había bebido una botella de grog y debió de quedarse dormida en la cofa. Por eso no vio aproximarse la chalupa y no dio la alarma.

—¡Maldita borracha! ¡La mandaré colgar del palo de mesana por esta negligencia, si recuperamos el navío!

—Antes de llevarse el barco, me arrojaron al agua cerca de la costa para que os dijera que solo os lo devolverían si entregáis a la chica y que ya os avisarán de algún modo de las condiciones para el intercambio.

—Rápido, Benavides, haz venir a lady Victoria y a los muchachos. Tenemos que formar consejo y ver cómo solventamos este negocio.

Corriendo todo lo que mis más bien cortas piernas me permitían, subí de nuevo hasta el claro y, con voz entrecortada por la fatiga, les expuse los acontecimientos en la esquina donde el ágape se celebraba.

Se levantaron con rapidez los comensales y los muchachos, seguidos por los nativos, se precipitaron aguas abajo del riachuelo, llegando a adonde Laurel nos esperaba en un quítame allá esas pajas. Allí les pusieron al corriente de los pormenores del secuestro.

—Y ¿qué podemos hacer? —preguntó Iker con desespero.

Me percaté en ese momento de que Lunes, el refugiado del conjuro, hacía un gesto de complicidad a lady Victoria y ambos se apartaban un trecho del lugar donde los demás se devanaban los sesos para recuperar el barco.

Los seguí con sigilo y pude así oír la interesante conversación que en voz baja mantuvieron:

—El barco que ha capturado al vuestro —decía el nativo— está fondeado en una pequeña rada que hay al otro extremo de la isla a medio día de marcha de aquí. Lo descubrimos ayer mientras buscábamos presas para la comida que hoy hemos compartido. El problema es que, desde tierra, es inaccesible.

—Habrán llevado allí a El Temido, pero ¿cómo llegar a ellos?

— Hay una forma cómoda y rápida de aproximarnos a los buques.

—¿Cuál?

—Nuestro cayuco. Si lo manejamos además nosotros y vosotros os ocultáis en su fondo, podremos acercarnos de noche, bordeando la costa, a los barcos anclados, sin levantar sospechas y liberar el vuestro con un golpe de mano.

—Creo que no hay otra solución… ¡Capitán! Nuestro amigo Lunes tiene un atrevido plan que puede que tenga éxito. Sobre todo, si contamos también con la ayuda de Melusina y Maeve.

Tardamos muy poco en armar el comando que habría de liberar a El Temido y que estaba integrado por los tres refugiados, Iker, Lucas y lady Victoria; Yoguina, que debía pilotar el navío, si conseguíamos recuperarlo, hasta la bahía donde esperarían los demás, las hadas y yo mismo, que me ofrecí voluntario para oficiar de cronista puntual de los acontecimientos, como era mi obligación.

A pocos metros del claro de las secuoyas, de la que no nos habíamos apercibido porque la ocultaba una espesa cortina de enramadas, había una espaciosa playa de arena blanca, en un extremo de la cual se encontraba amarrado el cayuco de los nativos, una embarcación larga y estrecha, semejante a una canoa, de no mucho calado.

Para pasar más desapercibidos, Maeve y Melusina redujeron el tamaño de los chicos y así pudimos disimularnos todos en el fondo del bote, en tanto los nativos, empuñando cada uno su remo, empezaron a bogar para separarnos de la orilla.

Doblamos, al cabo de poco tiempo, la punta de un pequeño saliente de rocas y apareció entonces ante nuestros ojos el resguardado puertecillo natural, en cuyas tranquilas aguas flotaban, anclados a su fondo y mecidos con blandura por un oleaje suave y rumoroso, El Temido y la Victoria.

Aprovechando las sombras del atardecer, que ya empezaban a cernirse sobre la isla y el escaso calado del cayuco, navegamos pegados a la costa. Pudimos observar que nuestros enemigos tenían descuidada por completo la vigilancia de aquel costado del barco, orientado hacia poniente, en el que se hallaba la isla, pues la tenían concentrada en la punta norte, por donde ellos se habían aproximado y hecho presa en el bergantín.

—Melusina, Maeve —dijo lady Victoria en un susurro—, encostada a la mampara de popa está todavía la red que usamos para descender en el islote del Capitán Achab. Volad hasta allí y dejadla caer, para que podamos trepar por ella.

—¿Quién vive? —tronó en ese momento la voz de un vigía que, con un fanal en la mano intentaba inútilmente identificar a los dueños de las voces, cuyos susurros había creído percibir.

—Nosotros no ilegales. Nosotros papeles —gritaron los nativos agitando unos imaginarios que el vigía no podía ver por la oscuridad reinante.

—¡Marchaos y no molestéis más o abordaremos el cayuco!

—¡A la orden, mi almirante! ¡Ahora mismo! —dijo Viernes riendo y sin que ninguno hiciera el más mínimo movimiento para retirarse del casco.

El vigía, sin embargo, se había dado por satisfecho y se alejaba silbando hacia el otro costado del buque.

Cuando nos apercibimos de que aquel abandonaba su ronda y, creyéndose libre de enemigas asechanzas, se refugiaba en el castillo de popa dispuesto a descabezar un sueñecillo, Maeve y Melusina emprendieron su vuelo con un sigilo tal que ni siquiera dejaba oír el tenue murmullo del batir de sus alas translúcidas.

Con no poco trabajo consiguieron las hadas descolgar de nuevo la red desde la amura de babor y por ella trepamos todos. Ya en cubierta y recuperado su tamaño normal, los chicos neutralizaron al marinero inglés que dormitaba junto a la rueda del timón, del que se hizo cargo Yoguina, mientras Maeve y Melusina volaron hasta la cofa, donde descubrieron, todavía durmiendo y sin haber salido de su estado de embriaguez, a la mariquita vigía.

No sé si por desidia o por exceso de confianza, sus captores no habían anclado a El Temido al fondo de la rada, sino que se habían limitado a tender un cabo que lo mantenía quieto y unido a la balandra inglesa. Lo cortamos a hachazos y, desplegando solo foque y trinquete para aprovechar la brisa de poniente, enfilamos la proa hacia la salida del puerto natural, de modo que, cuando desde la Victoria dieron los primeros gritos de alarma, habíamos alcanzado ya una ventaja bastante apreciable, que aumentó porque el navío inglés demoró de manera incomprensible el inicio de las maniobras de levado de anclas y de despliegue del velamen. Más extrañeza aún nos causó percatarnos de que, pese a estar a tiro, los soldados ingleses se mantenían quietos, acodados a la borda, con los mosquetes aprestados, contemplando cómo nos alejábamos de ellos poco a poco, pero sin hacer un solo disparo.

—Tal vez habrán reconocido a lady Victoria y se abstienen de disparar para no herirla —sugirió Yoguina, extrañada por la facilidad con que nos salíamos con nuestro propósito.

Aún especulábamos en torno a ello, aportando cada uno su opinión sobre el negocio, cuando Maeve y Melusina, que habían realizado una rápida inspección de todo el barco para cerciorarse de que no quedaban más enemigos dentro, llegaron volando raudas al puente:

—Tenemos un problema serio —dijo Maeve—. Durmiendo. En la cámara del capitán.

—Pero, ¿qué sucede? —preguntó alarmada Yoguina.

—¡Venid!

Bajamos todos en tropel y entramos en el estrecho habitáculo en que otrora se retiraba a descansar el capitán Laurel. Ocupando su catre, se restregaba los ojos, cubierto con un gorro de dormir terminado en borla y vistiendo un ridículo camisón blanco, despierto, sin duda, por nuestra ruidosa irrupción, el mismísimo lord Alfred de Crokinole.

—¡Pero… papá! —exclamó sorprendida su hija.

—¡Victoria! ¿Cómo…?

Capítulo 9: La isla de los tres Robinsones (1ª parte)

—La carta esférica dice que esa isla, a la que no asigna ningún nombre, está desierta, pero desde aquí se divisan varias columnas de humo. Parece como si en ellas ardiera el fuego de algunos hogares.

Yoguina se mostraba desconcertada por el asunto, mientras el capitán Laurel escrutaba con detenimiento una costa hasta la que asomaba espesa vegetación, tras la que nada podía advertirse, sin dejar de ir y venir al mapa.

—Podrían ser nativos de islas vecinas que acuden a esta para oficiar sangrientos rituales —osé sugerir, al tiempo que mis palabras encendían mi propio miedo—. De hecho puede leerse algo parecido en algunos libros famosos…

—¡Y dale con los libros! —terció Maeve—. A lo mejor es solo que la carta tiene un error o que su información esta desfasada.

—Es lo más probable —apuntó Matías.

—No sé yo —intervino de nuevo el capitán—. Lo cierto es que no nos queda más remedio que comprobarlo por nosotros mismos. Las pipas están casi vacías, así que tendremos que hacer una aguada en esa isla, porque no sabemos cuánto tardaremos en llegar a la próxima, ni si será más o menos hostil que esta, de la que no nos consta que lo sea en absoluto. El litoral, al menos, parece bastante tranquilo y pacífico.

Dejando, pues, solo a las mariquitas vigías al cuidado del barco, con el encargo de observar atentamente el horizonte por si veían aparecer las velas cuadras de la Victoria (de quien, por cierto, no habíamos tenido noticia alguna desde que nos internáramos en el banco de niebla que cobijaba al islote del Capitán Achab), nos dirigimos el resto de la tripulación, con los dos botes cargados con las pipas, a la orilla, en un punto donde habíamos advertido que desembocaba la corriente de agua dulce de un pequeño riachuelo.

Desembarcamos en las cercanías, en una playa de guijarros y arena negruzca y, cuando bajábamos los toneles para hacer nuestra aguada, una voz salió de la espesura:

—No pretenderéis llevaros gratis el agua de mi riachuelo.

Quedamos sobrecogidos y paralizados, cuando desde otro punto de la jungla, emergió una nueva voz, más recia, si cabe, que la anterior:

—¿Cómo tu riachuelo? Dirás: nuestro riachuelo.

—Según todos los convenios internacionales, yo también tengo derecho al agua y nadie puede reclamar la propiedad de un curso de agua, ni de sus riberas, hasta una distancia de seis metros desde la orilla —dijo una tercera.

—¡Cállate imbécil! —replicó la primera—. Así no hay quien haga negocio, ni que les podamos sacar algo a los turistas.

—No insultes. Esto puede desembocar en un incidente diplomático entre nuestras dos naciones. Además, tú, luego, no repartes.

—¡Señores, quienes sean —exclamó entonces, irritado, el capitán Laurel, echando mano de su pistola—, pueden tener claro que, de ninguna manera vamos a pagar por el agua; y, si quieren dinero nuestro, que, por cierto, no llevamos, tendrán que venir a cobrarlo!

—Dinero no —respondió la voz—. Aquí no hay dónde gastarlo, así que no sirve. Pensaba en algo que nos pueda ser útil, como armas, herramientas o provisiones. Lo que se dice comercio justo; un intercambio ecuánime, un quid pro quo o, más bien, do ut des.

—No daremos nada.

—Entonces tenderemos que elevar una queja —insistió la tercera voz.

—O, mejor —apuntó la primera—, envenenar el agua.

—Pero, si hacemos eso —dijo el segundo—, nosotros tampoco podremos beberla.

—No seas estúpido: la corriente llevará el veneno aguas abajo. Si bebemos de la de arriba nada nos pasará.

—Yo, en cualquier caso, protesto. Me parece un atentado indigno…, pero, si con ello se cobra, exijo mi parte.

—¿Crees que serán capaces, capitán? —peguntó inquieta Yoguina

—Es posible —replicó este—. Pero el remedio es fácil. También nosotros buscaremos el agua más arriba. Y así, de paso, podremos trabar conocimiento con huéspedes tan amables.

A una orden del capitán nos fuimos adentrando en la jungla, remontando el curso del riachuelo. Marchábamos trabajosamente, lastrados por el peso, aun vacíos, de los toneles destinados a albergar el agua y por lo apretado de la vegetación ribereña, en la que menudeaban las zarzas, juncos y otras plantas espinosas que, de continuo, nos herían, perforando incluso nuestras ropas.

Contrariado por la lentitud, el capitán optó por dejar a algunos rezagados al cuidado de las pipas y lanzó al resto, a cuyo frente él mismo iba, a una descubierta en busca de las misteriosas voces que poblaban la isla.

Llegamos por fin a un claro, en cuyo centro se alzaban tres frondosas secuoyas, cada una de las cuales estaba coronada por una rústica edificación hecha con restos de naufragios, palmas y ramones de otros árboles. Descendieron de ellas, apenas nos vieron llegar, tres curiosos personajes con las caras cubiertas de una tupida pelambre oscura, vestidos con pieles, cuyas cabezas estaban tocadas por sendos gorros, asimismo de piel. La uniformidad de sus atuendos y el color de las cabelleras hacía que solo pudieran diferenciarse por ligeras diferencias de estatura o por la superior presencia de mechones grises en la sotabarba de unos u otros.

—Sean bienvenidos, mis señores, si son gente de paz —dijo uno de ellos, que parecía de mayor edad y cuya voz identificamos como la primera de las que nos pidieron peaje por el agua del riachuelo.

—Mi nombre es Pedro de Montaraz y los otros que aquí veis son Daniel Serkik y el señor Def. Somos náufragos y altos dignatarios de las tres naciones en que se divide Isla Desierta.

—¡Ahora me lo explico! —dijo el capitán Laurel riendo, al tiempo que daba una palmada en la frente—. Cuando leí la carta esférica interpreté que a esta isla no se le atribuía ningún nombre y que se consideraba deshabitada, pero lo que, en realidad, ponía en la carta era el nombre de la isla: Isla Desierta.

Reímos todos ante el gracioso equívoco y el capitán, recuperando de súbito una seriedad que cortó en seco nuestras carcajadas, prosiguió:

—Lo que no entiendo es lo de las tres naciones. ¿Dónde están sus habitantes?

—Los tenéis delante —respondió el señor Def.

—¿A todos?

—A todos menos a aquellos tres nativos, que llegaron en un cayuco hace cosa de un mes y a los que, a falta de mejor nombre, hemos bautizado como Lunes, Miércoles y Viernes —apuntó Serkik, señalando a un grupo de tres negros que, en un extremo del claro y alrededor de una hoguera, charlaban alegremente, vigilando codiciosos el espeto en el que se asaba algún animalejo que debían haber cazado y bebían una especie de cerveza en tanto aguardaban a que estuviera en su punto para dar buena cuenta de él.

Iker, Lucas y lady Victoria atraídos por el olor que emanaba el asado y su sazón a base de hierbas aromáticas, se aproximaron al grupo, sin poder resistirse, con la esperanza de que aquellos compartieran su delicioso banquete.

Al notar la circunstancia, uno de los negros se puso en pie y encarándose con los muchachos los conminó:

—¡Tú racista! ¡Tú discriminas a mí!

—Pero, ¿qué dices? —preguntó Lucas extrañado—. Si no hemos hecho nada.

—Te he lanzado —le replicó el negro—un potente conjuro mágico que sirve para hacer que el hombre blanco se arrodille. Por lo menos eso fue lo que nos dijo el moro que nos vendió el cayuco. Y, a veces, es verdad que funciona.

—No me extraña —respondió Lady Victoria—, pero nosotros solo queríamos compartir un poco de ese excelente asado. ¡Huele que alimenta!

—Si solo es eso —dijo otro de los negros desde la hoguera—, sentaos que hay de sobra para todos.

Y los chicos se unieron decididamente a la fiesta.

—Y vosotros —preguntó el capitán Laurel a los náufragos—, ¿no participáis?

—No, por Dios ¡qué asco! —dijo Serkik—. ¡Somos veganos!

—¿A qué nación pertenecen ellos? —preguntó Laurel, señalando hacia los nativos.

—Todavía a ninguna —replicó el señor Def—. Hay serias discrepancias entre los cuerpos diplomáticos de nuestras tres naciones sobre los criterios para la asignación a cada una de nuevos pobladores. Entretanto se resuelven, los tenemos confinados en aquella esquina del claro con el estatuto provisional de refugiados.

Se encogió de hombros el capitán y mudó de asunto:

—En cuanto al impuesto sobre el agua…

De Montaraz lo interrumpió:

—Impuesto, que fea palabra. En mi nación lo consideramos más bien un canon.

—Pero esa no es la técnica fiscal adecuada, querido amigo. Lo correcto —dijo Serkik— es denominarlo una tasa, como hacemos nosotros.

—Lamento discrepar de mis estimados colegas, pero su verdadera naturaleza es, según la entendemos, la de un gravamen —terció el señor Def.

—Bueno está —replicó el capitán—, pero ¿por dónde van las fronteras entre las tres naciones? Lo digo por saber de cuál de ellas tomamos el agua y si, en consecuencia, hay que pagar tasa, canon o gravamen.

Se miraron desconcertados los robinsones, hasta que, por fin, Serkik alcanzó a decir:

—Fronteras, lo que se dice fronteras, no tenemos. En realidad, una nación es un sentimiento, y ¿quién le puede poner límites al sentimiento?

—Es cierto. Muy bien observado —señaló el capitán—. Al sentimiento, ni se le ponen límites, ni se le pagan cánones, tasas o gravámenes. Así que, con vuestro permiso, voy a ordenar a mi tripulación que llenen las pipas del riachuelo. ¿Podéis decirle a los chicos que se bajen a la playa cuando terminen la comida con los “refugiados”?

Turbados y mudos quedaron los tres habitantes de Isla Desierta, hasta que, por fin, el señor Def acertó a articular:

—Pues también es verdad. No se me había ocurrido…

Llenamos las pipas sin que los habitantes de las tres naciones nos pusieran nuevos inconvenientes y, a mitad de nuestro descenso, cuando nos dirigíamos a los botes, nos sorprendió una de las mariquitas vigías, que, exhausta, se llegó hasta donde el capitán estaba, acompañado de Matías, Yoguina y yo.

—Capitán —gritó casi atragantándose por la ansiedad y la urgencia—, ¡el bergantín! ¡Han capturado el bergantín! Vinieron bordeando la costa en una chalupa seis marineros ingleses y otros tantos soldados y me redujeron.

Capítulo 8: El esqueleto del Capitán Achab (final)

—¡Eso no! —suplicó mi madre—. ¿Qué quieres obtener para frenar esa horrible maldición? Te daré la mitad de mi reino, si es ese tu deseo.

—De momento —respondió Croma—, no me interesa. Tengo otros proyectos. Pero, sí, en efecto, hay una manera de evitar tan desagradable incidente.

—¿Cuál? —preguntó ella ansiosa.

—Que antes de que él o ella se claven la espina, te la claves tú. Así se cumplirá de una vez mi venganza y tu condena.
Quedó pensativa mi madre unos instantes y, después, sobreponiéndose a su angustia, con un inmenso esfuerzo, concedió:

—Está bien. Sea. Pero déjame, al menos, disfrutar de mi hijo algún tiempo. Dilata el plazo de tu venganza hasta el que yo tuve marcado y consiénteme en esperar hasta que cumpla quince años. Te lo suplico por esa sangre que, a pesar de todo, compartimos.

—De acuerdo, querida —respondió riendo la bruja—. Eso servirá de paso para prolongar tu agonía, pero que sean solo siete. Ni un día más. Si el de su séptimo cumpleaños no te has clavado tú la espina, se la clavará tu hijo y se verá condenado a dormir por siempre.

Dicho lo cual se desvaneció de manera tan misteriosa como había entrado y a mi madre, presa de angustia y dolor, le tomó un profundo desmayo.

Cuando al día siguiente, con las primeras luces del alba, recobró el sentido, pensó haber sufrido una pesadilla y suspiró con cierto alivio, mas, al incorporarse, una mueca de pánico se dibujó en su rostro: a su lado, abierta, yacía la cajita de oro acolchada de terciopelo rojo, con la aguja de cactus en su interior.

Nací yo a los pocos meses, pero una sombra de melancolía veló para mi madre la alegría por mi nacimiento. Desde el principio, aun sin advertírmelo, me fue preparando para la separación que inevitablemente se habría de producir a los pocos años. Se distanciaba con eso de mi padre que creía que la historia de la maldición de Croma era solo fruto de un delirio de ella y que actuaba, por tanto, como si nada fuera a ocurrir, embarcándose en continuas y larguísimas expediciones para limpiar los mares de lo que él llamaba la lacra de la piratería, contra la que cada vez estaba más obsesionado. Decía que su erradicación era tarea que tenía encomendada personalmente por el Lord Mayor del Almirantazgo, por cuyo cumplimiento habría de obtener multitud de premios y honores, quizás hasta el de ser nombrado Caballero Comendador de la Orden del Imperio Británico. ¡Menuda gansada!

La víspera de mi séptimo aniversario —el peor día de mi vida—, mi madre me hizo acudir a su cámara y, encerradas en ella las dos a solas, me contó la historia de la terrible maldición que sobre mí pesaba, mostrándome la dichosa cajita de oro. Le pedí desesperada que la arrojara al mar y así ni ella ni yo correríamos el riesgo de pincharnos, pero negó con la cabeza:

—Si no es esta espina será cualquier otra. No merece la pena.

Hice ademán de arrebatársela, para arrojarla yo, ante la inutilidad de mis esfuerzos por convencerla, y en el forcejeo, haciendo que pareciera fortuito, se clavó la espina en la yema del dedo pulgar de su mano izquierda.

Cayó fulminada y apenas tocado el suelo, su respiración se hizo más tranquila y suave, se le cerraron los ojos, como si le pesaran los párpados y se hubiera sumergido de improviso en un sueño profundo.

Antes de quedarse dormida del todo y, al ver que me inclinaba sobre ella, reuniendo sus últimas fuerzas, alcanzó a murmurar:

—Sé valiente.

—Entonces —dije alzando la voz por la sorpresa— lo que pretendéis al uniros a nuestra expedición es…

—Asegurarme de que, como creen los sabios esos que decís, la cercanía de Iker y Lucas, así como sus palabras tranquilizadoras servirán para romper la última conexión que Croma la Maldita tiene con este mundo a través de Yogui y, si no…

—¿Qué?

—Tendré que matar a ese perro —dijo y me mostró una afiladísima daga de acero brillante y rica empuñadura que llevaba oculta entre las ropas.

Me asustó la determinación que pensé hallar en su mirada, pero no me dio tiempo a replicarle nada, ni siquiera a intentar disuadirla de su oscuro propósito, aduciendo la inocencia de Yogui, en quien ella quería descargar su impotencia, su frustración y su odio, porque Iker, en ese momento, se volvió hacia nosotros:

—Si no os dais más prisa y os acercáis al grupo, terminaréis por perderos en el manglar. Dejad los cuentos para mejor ocasión.

Así que, encogiéndome de hombros, apreté el paso. Nuestro camino por el islote se hacía lento y trabajoso pues, por momentos, este se empinaba más y más y el suelo se volvía más legamoso y resbaladizo.

—No entiendo nada —dijo, al fin, Laurel tras unos momentos de extenuante marcha—. El agua, o lo que sea, debería descender por la pendiente por la que nosotros estamos subiendo y el piso secarse poco a poco, pero es justo al revés: el líquido aumenta cada metro que subimos.

—Y huele cada vez peor —apostillé.

—Sí. Eso también.

—Parece que no falta mucho para la cumbre de este montículo. Se ve algo que brilla por encima de la vegetación del manglar—observó Lucas, que se había adelantado unos metros.

La perspicaz observación de este nos animó a proseguir la subida, hasta que, finalmente, nos hallamos en medio de un claro entre los árboles, que culminaba nuestro ascenso, y en el que se nos ofreció ante los ojos un espectáculo singular y terrible.

Estaba el islote coronado por un enorme agujero circular, cuyo fondo no se acertaba a distinguir. y, clavado por debajo de él, un gran arpón de punta serrada, como los que usaban los balleneros para atrapar a sus presas. Colgaban del arpón los restos de un grueso cabo, a cuyo extremo se anudaban las ruinas de bote en que yacían revueltos los huesos de un número indeterminado de cadáveres humanos. Su ropa, hecha jirones, revelaba su condición de marineros. Entre el arpón y la barca, con el cabo enrollado en la cintura, yacía otro cadáver. El esqueleto milagrosamente intacto, dejaba ver que a su antiguo dueño le habían sustituido una de sus piernas por otra de palo. Los huesos se le habían aligerado tanto, que su mano, semejante a una hoja seca y quebradiza, no paraba de agitarse por el viento, como invitando a que le siguieran a los desgraciados tripulantes del bote. Ese mismo viento, a su paso por entre las ramas del manglar, producía un curioso sonido que, aguzando el oído, parecía silbar:

—¡Por allá resopla!

Nos estremecimos todos ante fenómeno tan extraño y, mudos y desconcertados, permanecimos un instante contemplándolo.
—Creo que sé lo que es esto —dijo, al fin, Laurel pensativo —. No estamos en un islote, sino sobre los restos de la gran ballena blanca, de Moby Dick y del capitán Achab y su tripulación. Consiguieron herir de muerte al cetáceo, pero este aún tuvo fuerzas suficientes para arrastrarlos a las profundidades. Ese fuerte cabo de cuerda ligó en la muerte el destino de todos ellos.

Se aproximó al cadáver de Achab, le desató la pata de palo, la colocó en su propio muñón y asiendo su vieja muleta probó a andar:

—¡Por vida de Satanás! ¡La muleta que fue de John Silver el Largo y la pata de caoba del capitán Achab! ¡Nunca hubo pirata tan bien provisto en toda la redondez de los siete mares!

Y riendo, reemprendió ágilmente la marcha de regreso hacia donde el bajel nos aguardaba.

Capítulo 8: El esqueleto del Capitán Achab (2ª parte)

Fue así que nos introdujimos en aquel banco de niebla y ordenó el capitán navegación silenciosa, tanto para no ser oídos desde la balandra inglesa, como para acertar a evitarla en caso de que de manera inadvertida se aproximara a nosotros.

Salvo Yoguina, que seguía asiendo con firmeza el timón y Willy y Wally que sondaban permanentemente la profundidad de agua, no fuéramos a darnos del bruces con algunos bajíos velados por la niebla, los demás permanecíamos asomados por la borda, a ambos lados de la quilla, escrutando su espesa capa, por si algún obstáculo imprevisto emergía ante nosotros y nos ponía en riesgo de colisión.

Pasaban los minutos con lentitud, sin que, pese a nuestro esfuerzo, acertáramos a columbrar algo distinto a la tupida bruma marina que nos envolvía y que, a cada instante, parecía volverse más sólida, cuando, de improviso, la proa del barco tropezó con algún obstáculo que, ni nosotros habíamos visto, ni la sonda había detectado en la forma de elevación del fondo marino.

Lo más llamativo del caso es que el sonido del impacto del casco de nuestro buque, con lo que quiera que fuera que hubiéramos chocado, no era el característico de la madera contra roca, ni el desgarrador chirrido de una quilla al hendir y hundirse en un banco de arena. Había sonado un golpe contra algo blando, podría decirse que orgánico, como si estuviéramos atravesando un inmenso y apretado cardumen de sardinas, solo que el barco había quedado aprisionado en él y detenido su marcha por completo.

La inercia de esta, pese a su escasa velocidad, nos empujó a unos contra otros y dio en el suelo con no pocos de nosotros, entre una sordina de quejas y gruñidos, mientras nos poníamos de nuevo en pie.

—¡Silencio!— volvió a ordenar el capitán.

—¿Contra qué habremos chocado? —preguntó, ansioso, Matías en voz queda—. Esto es muy raro.

—No lo sé. Lo mejor será bajar a comprobarlo —le replicó aquel en idéntico tono.

Casi por señas, se armó una expedición a la que se apuntaron los chicos y a la que el capitán, que habría de comandarla, me conminó a unirme para actuar como testigo y consignar cuanto en ella descubriéramos en el cuaderno de bitácora.

Tendimos una red desde la borda, por la que descendimos hasta depositarnos en una especie de légamo lechoso, con un fuerte olor a pescado podrido, sobre el que, más que andar, podía chapotearse. De él crecía una vegetación frondosa, a modo de manglares, por la que nos internamos, subiendo poco a poco desde la raya del agua, donde nuestro barco había encallado, pero sin pisar nunca suelo seco.

Nos movíamos despacio, trabajosamente y en silencio, porque nos sentíamos envueltos por una atmósfera solemne, casi como de catedral gótica, y por más de media hora proseguimos nuestro vacilante camino.

—No sé por qué —dijo al fin el capitán Laurel, cuya marcha era más trabajosa que la de ninguno, pues iba dando camballadas, cada vez que la punta de su muleta se hundía casi hasta la mitad en aquel fango blancuzco— tengo la sensación de que estamos en un islote, aunque de gran tamaño. Lo que me extraña es que estos manglares, o lo que sean, no parecen provenir de ninguna lengua de agua, sea dulce, procedente de algún río del interior o salada, traída aquí por la pleamar. El agua, si es que este asqueroso líquido lo es, mana desde el interior.

Las palabras del capitán fueron como una señal y los cinco rompimos a charlar, más que nada para disipar la atmósfera opresiva que se cernía sobre la isla aquella, seguros de que nadie podría oírnos desde fuera, pues la intrincada vegetación que la cubría por completo taparía el ruido de nuestras voces.

—Lady Victoria —pregunté, para deshacerme de una duda que, desde hacía horas, venía royéndome el ánimo—, ¿qué sabéis de Croma? Hablando con vuestro padre afirmasteis ser conocedores de sus desmanes y trapacerías y hasta estar concernidos ambos por ellos, y de manera bien directa.

—Es algo —replicó— que no me gustaría que se supiera de momento, así que solo os lo diré si prometéis guardarlo en secreto hasta que yo os autorice a difundirlo.

—Mi lady: soy un pozo de discreción; nada de lo que me digáis contaré sin vuestro permiso.
Tras asegurarse de que ni Iker, Lucas o el capitán podían oírnos, pues marchaban algo más adelantados, empezó su relato:

—Croma, cuyo nombre real yo también ignoro, es una prima segunda de mi abuela, la reina Talía de Minos, antiguo nombre de la isla de Crokinole. Por tradición familiar, al ser la pariente viva más próxima, estaba destinada a ser la madrina del heredero de la corona, así como su tutora y regente del reino en el caso de que sus padres murieran antes de su mayoría de edad. Mi abuelo, sin embargo, decidió romper esa tradición y encomendó esa misión a uno de sus ministros, que le inspiraba más confianza que ella. Irritada por eso, Croma esperó a los fastos que se celebraron con motivo del nacimiento del heredero real, mi madre en este caso, y la obsequió con la consabida maldición de que al cumplir quince años habría de pincharse con la espina de un extraño cactus, a resultas de lo cual, permanecería dormida hasta que la despertase el beso de algún príncipe enamorado. Al llegar el momento y, tal como la bruja tenía previsto, el accidente se produjo y mi madre se sumió en un profundo sueño. Pasaron los años sin que la situación cambiara en nada, pues no había príncipe, enamorado o no, que quisiera dejarse ver por Minos y, cuando ya mi abuelo desesperaba de haber quien heredara su trono, apareció por sus playas un arruinado aristócrata inglés, que, para restablecer su fortuna, se había dado, sin mucho éxito al parecer, al ejercicio de la piratería…

—¿Vuestro padre fue entonces pirata? —la interrumpí—. No lo entiendo.

—¿Por qué? Dicen que no hay peor cuña que la de la misma madera, o que el mayor de los furtivos con frecuencia resulta ser el mejor guardabosques.

—Sea como sea —prosiguió—, decidió probar suerte con el encantamiento y la tuvo: despertó a la reina, se enamoraron ambos y él recuperó título y crédito con las riquezas de la isla, que, para asegurarla, puso bajo el Imperio británico, obteniendo para sus antiguos reyes el de gobernadores independientes y a perpetuidad. Pasaron los años y en la ya llamada isla de Crokinole solo se respiraba felicidad, y, más aún, cuando se supo que mi madre, la reina gobernadora, estaba embarazada y se anunciaba el nacimiento de un heredero al trono.
Poco antes de que eso sucediera, una oscura noche del mes de noviembre, en que el viento azotaba las costas de la isla, levantaba olas inmensas que parecían iban a engullirla en su totalidad o doblaba y quebraba árboles centenarios en su interior, Croma, a quien mi abuelo había forzado a abandonar Crokinole para siempre, irrumpió, sin embargo, en la cámara real, donde mi madre descansaba. Le dio la dolorosa noticia de que no consideraba cumplida del todo su venganza, y añadió a su maldición un toque de cruel refinamiento: tendió a mi madre una alargada cajita de oro con la tapa abierta, en cuyo interior acolchado de terciopelo rojo se veía una larguísima y puntiaguda espina negra de cactus.

—A los cinco años de edad, tu heredero tendrá un “accidente” análogo al que tú tuviste con una espina como esta. Solo que, en esta ocasión, no habrá beso de príncipe o princesa que pueda despertarlo. He avanzado mucho en el cultivo de mis “cactus cobra” y he conseguido depurar su veneno de ese pequeño inconveniente.

Capítulo 8: El esqueleto el Capitán Achab (primera parte)

Lo que peor llevaba era la orden de silencio absoluto que el capitán Laurel había impuesto, mientras navegábamos por aquel banco de niebla. Los jirones que envolvían el navío casi hasta ensordecer el ruido de la quilla, mientras cortaba el débil oleaje, se hacían cada vez más espesos y nos impedían ya columbrar la tranquila lámina de agua por la que nos deslizábamos, empujados por la corriente. Más que navegar, hubiérase dicho que volábamos entre nubes.

Todo empezó cuando, tras constatar la falta de juicio de Pog Clinc y la inutilidad del tesoro que guardaba, abandonamos la isla y reemprendimos el rumbo nor-noroeste que nos recomendara Merlín, en busca de nuestro destino.

Acodado en la balaustrada de madera que separaba el puente de la cubierta, conversaba con Matías, mientras contemplaba cómo bromeaban Iker, Lucas y Lady Victoria.

—Con los muchos días de navegación que llevamos, es de suponer que los padres de estos chicos deben estar desesperados buscándolos. Incluso han debido ya acudir a las autoridades para denunciar el caso.

—¡Bah! —replicó él—. En cuanto a eso no es de preocupar. No olvides que estamos en el interior de la sima y en las simas el tiempo se comporta de manera caprichosa: lo que, para nosotros, son horas o días, fuera de ella son apenas minutos. Hay quienes afirman haber pasado tres días en el interior de una, sin que, para los que aguardaban fuera, hubieran transcurrido más de media hora.

—Qué curioso —dije pensativo—. Pasa lo mismo que con las historias: el tiempo no discurre igual para quienes viven dentro de ellas, que para quienes las leen u oyen contar…

Interrumpió lo que podía haber sido una notable disertación el aviso de nuestras vigías, haciendo notar que unas velas familiares se dejaban ver por la aleta de babor, cuando no hacía mucho que habíamos abandonado la rada donde El Temido estuvo fondeado.

—Es la Victoria. No cabe duda —dijo el capitán, tras observarla con un catalejo—. Está más cerca de lo que quisiera. Ha debido ceñir por la costa de la isla y solo cuando hemos salido a mar abierto se ha dejado ver porque no le quedaba más remedio. Sin duda planeaba un golpe de mano para apoderarse del bajel, sin poner en peligro a la muchacha. No le daremos ese gusto. Contramaestre: ¡a toda vela!

Dejó Matías nuestro tranquilo coloquio y corrió de un lado a otro del puente, vociferando e impartiendo órdenes que pusieron en movimiento a toda la marinería y convirtieron la cubierta en un activo hormiguero, donde cada uno de dirigía a sus ocupaciones
Emprendimos entonces una veloz huida, largando todo el trapo, al amparo de una suave brisa que henchía nuestras velas y, durante un breve lapso de tiempo, pareció que nos despegábamos del navío inglés, poniendo agua de por medio. Pronto se hizo evidente, sin embargo, que la Victoria recortaba con rapidez la ventaja que le sacábamos, hasta colocarse a poco más del largo de un tiro de cañón, momento en que lanzó un disparo de aviso. Se hundió la bala en el mar, bastante antes de llegar a nuestro buque.

—Capitán, están izando banderas de señales —advirtió la mariquita vigía.

Pegó el ojo de nuevo el capitán al catalejo y leyó el código de señales de las banderas.

—Quieren parlamentar.

—Valga, Cabo, contestadles por el mismo medio que accedemos a que un bote con no más de tres tripulantes se aproxime hasta un tiro de pistola del bergantín. Desde esa distancia podremos hablar de manera cómoda y segura para ambas partes —ordenó, dirigiéndose a los ciempiés, quienes le obedecieron con presteza.

Pronto vimos destacarse de la balandra un pequeño caique, empujado por dos remeros, en cuyo centro destacaba la imponente figura de Lord Crokinole, en uniforme de gala y luciendo un bicornio de vicealmirante, adornado con negra pluma de avestruz y ribeteado por una cinta dorada en todo su perímetro.

Cuando llegaron a la distancia acordada, el inglés, ayudándose de una enorme bocina que multiplicaba el sonido de su voz, nos gritó:

—Capitán Laurel, si me devuelve sana y salva a mi hija, secuestrada a traición por los felones piratas Iker y Benavides, prometo dejar marchar libremente vuestro navío, a donde quiera que vayáis.

Le replicó el capitán, sin necesidad de recurrir a tal artilugio:

—Creo, milord, que andáis errado en vuestras noticias. La chica no ha sido secuestrada por nadie, sino que ha venido aquí por propia voluntad. Incluso sin ser invitada.

—Entregádmela en ese caso y no se hable más.

Negó con la cabeza el capitán Laurel y contestó.

—Me temo que eso ya no va a ser posible. Pidió ingresar en la Cofradía de Bucaneros del Mar Interior y fue admitida como tal; un miembro de esta cofradía no puede ser obligado a abandonar su navío, bajo ninguna circunstancia. Son las leyes de la piratería, por las que nos regimos en este barco y que no vamos a desobedecer para dar gusto a un inglesito por muy vicealmirante o lord nosecuantos que sea.

—¿Mi hija, pirata? —gritó excitado el inglés—. ¿Qué le habéis hecho para convencerla y obligarla a traicionar de ese modo a su padre?

—¿Yo? Nada —y el capitán Laurel se encogió de hombros.

—¿Podría, al menos, hablar con ella? Solo he de creer tamaña sarta de disparates como salen de vuestra maldita boca de pirata, si mi hija en persona me los confirma.

—Por supuesto —dijo Laurel. Y dirigiéndose a Yoguina: —Haz venir a Lady Victoria.

No fue preciso, sin embargo que esta la buscara, pues ella avanzó resuelta hasta la borda de popa, donde el parlamento tenía lugar, bien que, antes de llegar, se aproximó a mí disimuladamente y, tendiéndome un pequeño pistolete, me dijo por lo bajo.

—Cuando yo os dé la señal, disparad al aire. Hacedme este pequeño favor en pago de vuestra liberación del calabozo de mi padre. Permaneced atento y llevad cuidado de no herir a nadie.

Cuando Lady Victoria se ofreció a la vista de su progenitor, este, presa de la mayor irritación, le preguntó ávido:

—¿Es cierto cuanto dicen estos sucios piratas?

—Sí —contestó ella—. Y en cuanto a limpieza, se dan los puños a probar con tus marineros.

—Entonces, ¿estás dispuestas a seguir con ellos? —volvió a preguntar el inglés, ignorando la provocación de ella.

Asintió Lady Victoria y, desconcertado, insistió:

—¿Por qué?

—Lo sabes igual que yo, papá. Estamos directamente concernidos por el propósito que les guía, y alguna culpa nos cabe del mal que pretenden evitar.

—¡Eso son paparruchas! Y, si persistes en tu actitud y sigues con ellos, te desheredaré.

—Pero, papá, no puedes. Tú solo eres albacea y administrador de los bienes de mi madre hasta mi mayoría de edad. No puedes impedir que reciba una herencia que era suya y no tuya. Leí vuestras capitulaciones matrimoniales y la copia del testamento de madre que guardas en la caja fuerte de la biblioteca de palacio.

—¡Maldita mocosa sabihonda! ¡Haz lo que te venga en gana, pero olvídate de que tienes padre! —gritó lord Crokinole, al tiempo que ordenaba con un gesto imperativo a sus marineros bogar de regreso a la Victoria.

Apenas se habían alejado unas brazas de nosotros, cuando la chica me hizo la señal convenida, así que, con la boca del pistolete mirando al cielo, apreté el gatillo.

El disparo sobrecogió a todo el mundo y, en particular, al inglés quien, asustado, se arrojó al fondo de su barca.

—No han tirado contra nosotros —apuntó uno de los marineros—. Más bien parece un disparo fortuito.

—¡Ya lo entiendo! —exclamó—. Lady Victoria ha dicho esas cosas tan horribles porque nos mantenían amenazados a punta de pistola. Al terminar la conversación, el torpe pirata que nos apuntaba ha debido relajarse y se le ha escapado el tiro. ¡Remad de prisa! ¡No quiero volver a perder de vista ese maldito bajel!¡He de recuperar a mi hija!

—Pero, ¿qué haces, Benavides? ¡Ya has vuelto a meter la pata! —me recriminaron las hadas, al sorprenderme con el pistolete todavía humeante en las manos.

Se volvieron todos hacia mí y, cuando el reproche contra mi persona amenazaba con generalizarse, se alzó serena la voz de lady Victoria.
—Yo le di el arma y le pedí que la disparara a mi señal.

—Y ¿por qué motivo, mi lady? —preguntó desconcertado el capitán Laurel.

—Para que ocurriera lo que ha sucedido: que mi padre crea que voy obligada con vosotros y se mantenga cerca de El Temido.
Y ante la muda interrogación de cuantos la rodeaban, con un gesto de fastidio como quien tiene que explicar lo obvio, prosiguió:

—De este modo, si necesitamos ayuda que, si no me equivoco sobre el peligro a que vamos a enfrentarnos, la vamos a necesitar quieras que no, podrá echarnos una mano. Y porque, además, como ya tuve ocasión de decirle a Iker, cuando la aventura termine, habré de procurarme el modo de volver a Crokinole y pienso que La Victoria es el más cómodo y adecuado que me puedo proporcionar.

—Y ¿cómo estabais tan segura de que lord Crokinole iba a reaccionar de acuerdo con vuestros designios?

—No lo estaba. Pero todo el mundo tiende a elegir la interpretación de los hechos que mejor se acomoda a sus deseos y confiaba en que él hiciera lo mismo, como así ha sido.

Suspiró con resignación el capitán Laurel y por la expresión de su rostro me da que, por primera y única vez en su vida, tuvo un pensamiento de conmiseración hacia su mortal enemigo, el vicealmirante inglés.

—Como no me fío de que Lord Crokinole deje de intentar algún golpe de mano procurando vuestro rescate, sin tener que ayudarnos, creo que lo mejor será mantener su balandra a distancia. Así que, contramaestre, ordene izar la velas. Reemprendemos la marcha a todo trapo.

—Creo —corroboró Yoguina, que no dejaba de escrutar el horizonte desde su puesto frente al timón— que lo mejor será dirigirnos hacia ese banco de niebla que se divisa hacia popa. Si logramos adentrarnos en él, antes de que nos alcance la Victoria, la perderemos por un tiempo.

—Pues allá que vamos —ordenó Laurel.

Capítulo 7: El guardián del tesoro (final)

—¡Iker! —exclamó sorprendido—. Así que al final os han encontrado. Me alegro. En cuanto a ti, Benavides, te esperan unas cuantas páginas por rellenar del cuaderno de bitácora. Y ¿quién es esa muchacha pelirroja vestida de marinero?

Nos mirábamos unos a otros, sin decidirnos a responder, cuando Lady Victoria avanzó resuelta hacia Laurel y le dijo encarándolo con orgullo:

—Mi nombres es Lady Victoria Clara de Crokinole…

—¡Cuánto honor. Una aristócrata en mi barco…! —replicó Laurel con ironía.
Parecía que iba a proseguir burlándose de la muchacha, que enrojecía de indignación, cuando al reconocer el apellido, se vio transportado por un insano ataque de furia:

—¿Crokinole? ¿No seréis pariente de Alfred de Crokinole, comandante de la balandra Victoria?

—Es mi padre —dijo resueltamente la chica.

—¡Maldita sea! ¡Rayos y centellas! ¡Por diez mil diablos! ¡Sois una infame espía de vuestro padre, que pretende a toda costa capturar mi barco! Pero no lo conseguirá. ¡Al agua con ella y que vuelva a nado a su maldita isla, si no es pasto antes de los tiburones!

—¡Al agua con ella! ¿Al agua con ella! —gritaron casi al unísono el resto de los piratas, contagiados por la cólera de Laurel.

—No puedo consentirlo, capitán —terció Iker en ese momento—. Ella nos salvó y nos ha traído hasta aquí arrostrando la ira de su padre. No podemos darle ese pago.

—Pues entonces, ¡al agua contigo también, por cien mil truenos y tormentas!

La actitud amenazante de parte de la tripulación, encabezada por la mariquita borracha, aproximándose con no muy buenas intenciones hacia donde Iker y lady Victoria se hallaban, hizo que hasta la chica, habitualmente fría y segura de sí misma, temiera un tanto por su suerte. Acudieron en auxilio de ambos Lucas y Matías y, cuando todo parecía indicar que se iba a producir un enfrentamiento de incierto resultado entre las dos facciones de los tripulantes de El Temido, la voz de Yoguina se sobrepuso al ruido que unos y otros formaban entre amenazas e improperios

—¡Quietos todos! —gritó—. Capitán, la chica ha venido a este barco de manera voluntaria, quiero decir que no está aquí en calidad de prisionera o de botín de abordaje. ¿Me equivoco?

—No —replicó Laurel—. Pero no entiendo a dónde quieres ir a parar.

—Pues a que si ha venido por su voluntad, solo puede interpretarse que lo hace como postulante para ingresar en la Ilustre Cofradía de Bucaneros de Mar Interior, ¿no es así muchacha?

—Así es —contestó ella, asiéndose a la tabla de salvación que creía percibir tras las palabras de la joven lagartija.

—Pues entonces es la propia cofradía en pleno y no el capitán quien tiene potestad para decidir si la chica puede quedarse o no. Yo voto que sí.

—¡Y yo! ¡Y yo también! —gritaron las hadas y a ellas se sumaron las gallinas y poco a poco el resto de los tripulantes, hasta que solo quedó la obstinada opinión contraria del capitán.

—El resultado es abrumador —prosiguió Yoguina—, así que proclamo a Lady Victoria miembro de pleno derecho de nuestra ilustre cofradía.

La proclamación fue acogida con el desatado entusiasmo de los mismos que momentos antes estaban dispuesto a arrojarla por la borda.

Laurel, profundamente irritado, se refugió en su camarote con un portazo, musitando para sí.

—Me da que nos hemos de arrepentir de esta decisión.

—¡Se escapa! —gritó el hada Melusina, al ver que Pog Clinc, aprovechando que la confusión del momento había relajado la atención de sus vigilantes, se había zafado de ellos, arrojado por la borda y, desde el mar, nadaba velozmente en dirección a la costa.

—¡Que alguien lo siga! ¡Al bote! —gritó el capitán Laurel, de vuelta a puente, olvidado, al parecer, del incidente con lady Victoria.

Fue esta la primera en reaccionar y seguida de las hadas, de Iker, de Lucas y de Matías, se deslizaron hasta el bote encostado al navío y emprendieron bogando la persecución del cerdo.

—¡Humm! —murmuró el capitán Laurel, contemplando cómo el esquife se separaba del bajel y acortaba la distancia con el huido—. Se llame como se llame su padre, la chica vale.

Casi dos horas tardaron los perseguidores en retornar al barco y, cuando lo hicieron, el prisionero no los acompañaba.

Interrogado sobre el particular, Matías contó la singular peripecia que había sufrido su improvisada expedición.

“No logramos alcanzar a Pog antes de que llegara la orilla, así que nos vimos obligados a seguir sus huellas por la selva, en la que se internó de inmediato. Bien es verdad que fue dejando un rastro bastante evidente, quizás a propósito. Lo cierto es que se movía con tal celeridad por lo más intrincado de la jungla que, pese a que destacamos a las hadas para que no lo perdieran de vista, ni siquiera ellas lograron darle alcance. Después, en fin, de un buen rato de persecución, vimos que se detenía en un claro, junto a un promontorio de roca que se elevaba en medio de él y ante el que el cerdo se tumbó a descansar, fatigado por la larga carrera que hasta allí lo había conducido.

—Pog Clinc no puede más —dijo exhausto—. Pog Clinc se rinde.

Llegamos junto a él y Lady Victoria y la hadas se quedaron mirando fijamente la roca:

—¡Está hueca! —exclamaron a la vez.

—Dentro tesoro. Pog Clinc entrega. Y diciendo eso, manipuló un resorte oculto no sé muy bien dónde que hizo que una enorme piedra redonda se deslizara, dando una vuelta sobre sí misma, y dejara al descubierto la negra entrada de una cueva.

Azuzados por la curiosidad y de manera quizás algo precipitada, nos introdujimos por ella y en el fondo logramos percibir, en medio de la húmeda oscuridad reinante, la silueta de un enorme cofre abierto, en cuyo interior se encendían destellos dorados por la escasa luz que le llegaba desde la entrada.

Se aproximó Lucas a él y extendió la mano para tocarlo, pero antes, al parecer, de llegar a donde se hallaba, la piedra de la boca de la caverna volvió a girar sobre sí misma y taponó la abertura, haciendo aún más densa la penumbra que nos rodeaba. Incluso a través de la gruesa roca nos llegó la voz de Pog, que se regodeaba de su triunfo:

—¡Disfrutar tesoro, disfrutar tesoro! Vosotros mucho tiempo para disfrutar tesoro—. Y se alejó riendo de la cueva.

Intentamos empujar la pesada roca que nos taponaba la salida con todas nuestras fuerzas, pero no logramos moverla ni un ápice, pues encajaba con firmeza en la abertura.

Empezábamos a desesperarnos ante la inutilidad de nuestros esfuerzos, cuando Lady Victoria nos advirtió:

—No está oscuro del todo. Por algún sitio se cuela un poco de luz. ¡Quizás la cueva tiene una segunda entrada!

Siguiendo el débil halo que, en efecto, iluminaba apenas la caverna, avanzamos, dejando a la izquierda la oquedad en que el cofre reposaba, por una estrecha galería abierta en su fondo y encontramos el resquicio por donde la luz entraba.

Para nuestra decepción se trataba de una pequeña grieta que horadaba la pared de piedra, por entre cuyas estrechas paredes ni siquiera yo en condiciones normales podría haberme escurrido.

—¡El polvo de hadas! ¿Lo lleváis encima? —exclamó Lucas, preso de súbita inspiración, dirigiéndose a ellas.

—Siempre lo llevo encima —respondió Meve.

—Pues empequeñece a Matías para que salga por ahí, vuelva a la entrada y accione el resorte que mueve la piedra.

—¡Es verdad! ¡Matías puede hacerlo! — corroboró Iker con entusiasmo.

—Sería una bonita manera de devolverme el favor por haberos sacado de la trampa colgante —insistió Lady Victoria.

Me puso Maeve los polvos y pude escurrirme por la grieta con cierta facilidad, de modo que vine a salir en la parte de atrás del gigantesco montículo de piedra hueca.

Lo que ya no resultó tan fácil fue dar con el resorte, sobre todo porque a mitad de mi búsqueda una inquietante sombra se proyectó sobre el suelo, tapando la mía. Anduve, por fortuna, rápido de reflejos y pude pegarme a la pared exterior de la cueva, ocultándome bajo un estrecho saliente, solo un segundo antes de que el ataque del halcón peregrino le llevara a arañar con sus garras el pedazo de suelo que yo había ocupado.

Se posó el ave unos metros más adelante y permaneció durante unos minutos, que se me hicieron eternos, escrutando con la penetrante mirada de sus redondos ojuelos amarillos la rendija de piedra en la que estaba oculto. Finalmente, desde dentro de la cueva, resonaros las voces de mis compañeros, inquiriendo el motivo por el que no acababa de abrir la entrada y, asustado por ellas, el halcón alzó el vuelo y se perdió por el horizonte.

Se encontraba el resorte disimulado entre unas piedrecitas del suelo, de modo que pude liberar con facilidad la roca que tapaba la entrada y los presos abandonaron la caverna, restregándose los ojos, deslumbrados por el brillante sol del mediodía, al pasar de la oscuridad reinante en aquella a la luz del exterior.

Tomamos consejo sobre lo que convenía hacer, si buscar a Pog Clinc o llevarnos el tesoro de vuelta al barco.

—Ninguna de las dos cosas merece la pena. Si Pog Clinc quiere quedarse en la isla es muy libre de hacerlo y en cuanto al tesoro… no vale nada —dijo a la sazón Lucas.

—¿Son falsas las monedas?—preguntó Iker intrigado.

—Más que eso. De hecho no sé por qué Clinc lampaba por comida distinta de las bananas. Podía haberse comido el tesoro entero: son monedas de chocolate.

—¡Bueno! Pues llevémoslas y nos las comemos nosotros.

—¡Bah! Ya están rancias —respondió Lucas, cuyo labio inferior aparecía orlado por una mancha negruzca. Y los dos se echaron a reír”.