Capítulo 7: El guardián del tesoro (2ª parte)

Se apresuró Lady Victoria a desanudar, cuchillo en mano, los nudos de la red y así que todos los prisioneros estuvieron liberados y constatamos que en buen estado de salud —por más que alguno quejoso y magullado—, nos dispusimos a dar y recibir las explicaciones correspondientes a encuentro tan inesperado por ambas partes.

Fue así como supimos que después de nuestra caída y no bien el estado de la mar dio lugar para ello, El Temido había virado en redondo y vuelto a recorrer la zona en donde suponían sus tripulantes que habíamos sido arrastrados al agua.

La falta de resultado determinó que fuera aumentando de manera paulatina el radio del círculo en que buscaba y eso le llevó a costear, por fortuna de noche, la isla circular, en la que habían visto fondeada a la balandra inglesa.

No poco trabajo costó persuadir al capitán Laurel de que no era el momento adecuado de entrar en la rada y aprovechar su inmovilidad para cañonearla, abordarla y dejarla anclada de una vez y para siempre al fondo del mar.

Convencido al fin de que lo importante para el objetivo que perseguía el viaje era hallar a Iker y de que mientras más se demorara el hallazgo, más difícil sería lograrlo, pasaron de largo y tras algún tiempo de navegación arribaron a la isla en que nos hallábamos por una bahía situada justo en el extremo opuesto de aquel por el que habíamos llegado nosotros.

Viraban ya para volver al mar, mas advirtieron indicios de que la isla no estaba deshabitada como parecía, y, pensando que tal vez podía tratarse de nosotros, decidieron dar una batida en ella por ver de hallarnos.
De ese modo, Lucas, Matías y los tres enanos se habían internado en la jungla, caminado por ella durante horas, sin encontrar a nadie y ya pensaban en volver a El Temido, cuando tuvieron la desgracia de que alguno de ellos —no estaba claro quién, pues todos se exculpaban a sí y acusaban a los demás— pisara en un lugar indebido desde el que se disparó el mecanismo que activaba la trampa de la que, de manera tan oportuna, los acabábamos de rescatar.

Se disponía Iker a narrar nuestra singular peripecia, cuando Lucas, sin dar lugar a ello y señalando a Victoria, preguntó:

—Y la marinera pelirroja, ¿quién es y de dónde ha salido?

Antes de que Iker tuviera ocasión de abrir la boca, se adelantó Lady Victoria y, con el rostro encendido por el enojo, reprendió a los chicos:

—No me parece adecuado que interroguéis a terceros sobre mí, hallándome yo presente. En cuanto a Iker, ha sido un completo grosero interesándose por vuestra historia, antes de presentarme a vosotros y dar lugar a que pudierais agradecerme cuanto en vuestro auxilio acabo de hacer. Yo soy Lady Victoria Clara de Crokinole, hija de Lord Alfred de Crokinole, gobernador de la isla que lleva su nombre y comandante de la balandra Victoria, de la Armada Real de su Majestad.

—¡La hija del comandante de la Victoria! ¡Estáis locos! ¡Cómo la habéis traído hasta aquí! —exclamó Matías alarmado.

—Si nos dejáis explicarnos unos y otros —replicó Iker, ahíto de tanto reproche—, tal vez llegaríais a saber que nosotros no la hemos traído. Más bien ella nos ha traído a nosotros.

Pudo Iker finalmente narrar toda las peripecias que habíamos sufrido desde que aquel golpe de mar nos barriera de la cubierta de El Temido, hasta el reciente y oportuno rescate de los compañeros apresados en la misteriosa trampa en que habían caído mientras nos buscaban.

—Lo que procede entonces —dijo Matías, una vez que Iker hubo concluido su relato y tras unos breves instantes de reflexión— es volver al barco y reiniciar nuestro camino. Bien que me gustaría hallar al autor de este endemoniado garlito y medirle las costillas en pago de lo que las mías han sufrido. Pero, mejor será dejarlo por ahora. Y cuando volvamos al barco, habrá que ver cómo reacciona el capitán Laurel cuando conozca la identidad de nuestra acompañante… No sé si, tal vez, fuera mejor ocultársela.

—¡Me niego! —respondió a la sazón Lady Victoria de nuevo enojada—. No tengo necesidad de ocultar nada a nadie, ni menos de humillarme escondiendo mi identidad ante un simple pirata.

—Pero, mi lady —intervine para aquietarla—, el capitán Laurel es muy capaz de dejaros abandonada en la isla.

—¡Veremos! —replicó ella arrogante.

Se encogieron de hombros los presentes ante la tozudez de la muchacha y emprendimos el regreso a nuestro navío, azuzados por las ganas de saber en qué vendría a parar el choque que de manera inevitable se habría de producir entre Lady Victoria y el capitán Laurel.

—Más nos vale caminar con precaución y mirando dónde ponemos los pies —advirtió Lady Victoria ya más calmada—. O mucho me equivoco o la trampa en que caísteis no ha de ser la única que armara quien la armó.
Asentimos todos y, en efecto, hicimos los pasos más cautelosos, aun a costa de ralentizar sobremanera nuestra marcha. No habíamos recorrido mucha distancia con aquel andar que parecía cansino, cuando casi todos a la vez notamos un leve crujido de la maleza, inequívoca señal de que no estábamos solos.

—¡A tu izquierda, Iker! —grito Lady Victoria y ambos, seguidos de Lucas y Matías, emprendieron una veloz carrera por la jungla en pos de algo que solo alcanzábamos a percibir en la forma del movimiento que su curso atropellado provocaba en la vegetación.

La carrera se detuvo bruscamente, cuando en medio de un crujido de plantas secas, oímos que nuestro perseguido exhalaba un grito de desesperación.

—¡Maldita! —le escuchamos decir—. Pog Clinc no recuerda trampa.

Llegamos los enanos y yo al punto en que los otros detuvieron su persecución, al pie de una honda fosa, antes disimulada por una capa de ramas cortadas que cubrían la boca, en cuyo fondo, un cerdo blanco de resina o cemento, al igual que la mayoría de nosotros, cubierto de pieles y con el ojo izquierdo tapado por un parche, se afanaba en vano por salir del profundo agujero al que lo había conducido su alocada huida.

Desde dentro de su fosa, el cerdito nos miraba aterrorizado, con su único ojo desmesuradamente abierto.

—Pog Clinc pide perdón honorables marineros. Pog Clinc no sabía…

Logramos sacarlo del agujero haciendo caer en el hoyo algunos troncos secos que había alrededor, por los que trepó ágilmente. Al llegar arriba hizo un nuevo intento de fuga que fue abortado por los enanos, quienes terminaron por sujetarlo con fuerza, hasta dejarlo inmovilizado por completo.

—¡Soltar Pog Clinc! —clamaba—. Si soltar Pog Clinc, Pog Clinc lleva cueva del tesoro.¡Bueno, también si dar queso! Pog Clinc mucha hambre y mucho tiempo sin comer queso, solo banana.

—Lo mejor será llevarlo a presencia del capitán. Él sabrá que hacer con este prisionero, a quien el mucho tiempo de soledad y abandono en esta isla han debido reblandecer el cerebro —sugirió Matías, ante el desconcierto evidente que las palabras y el comportamiento del cerdo habían provocado en todos los presente.

Emprendimos el camino hacia la ensenada en que El Temido se hallaba fondeado, abandonando nuestro bote salvador en la playa y, tras algunas horas de penosa marcha, no fuéramos a caer en otra de las trampas de Pog Clinc que hasta él hubiera olvidado, divisamos primero los mástiles del bergantín y finalmente su casco al completo meciéndose con suavidad sobre las olas.

Fuimos Iker y yo objeto de un cariñoso recibimiento por parte de sus tripulantes y obligados a contar una y otra vez la peripecia de nuestro naufragio, solicitados por las gallinas de la Sociedad Literaria, siempre ávidas de historias.

Ante el clamor que todos producían, hablando a la vez, riendo y felicitándose, el capitán Laurel abandonó su camarote y salió a cubierta a la vez que Matías y los enanos se dirigían en su busca conduciendo a nuestro prisionero, de manera que ambos se dieron casi de bruces, se detuvieron unos momentos, mirándose con fijeza mutuamente y, por fin, el capitán Laurel exclamó:

—¡Pog Clinc, viejo bribón, te hacía desaparecido hace muchos años, desde que el capitán Kidd te dejó en una isla para que protegieras su tesoro!

—Pog Clinc cumple órdenes. Nadie toca tesoro capitán Kidd.

—Así que fue en esta isla. Nunca supimos dónde. Kidd se llevó el secreto a la tumba.

—¡Capitán Kidd no muerto! ¡Capitán Kidd vuelve por tesoro y lleva Pog Clinc comer queso! Capitan Kidd promete Pog Clinc. Capitán Kidd siempre cumple promesa.

Solo en ese instante, se apercibió Laurel de que también estábamos en el barco, Iker, Lady Victoria y yo.

Capítulo 7: El guardián del tesoro (1ª parte)

Pese a la capacidad de resistencia, rayana en la tozudez, de que Lady Victoria Clara de Crokinole hacía gala, el sueño terminó por rendirla, como a todos. Se había pasado horas y horas manejando el timón y la vela de manera simultánea, sin consentir que la releváramos en el gobierno de una u otro ni un solo instante. Tan solo aceptaba, si amainaba algo la brisa o viraba el viento a un rumbo distinto al que ella había elegido, que ayudáramos bogando a mantener la marcha del bote.

Al final, sin embargo, vino a quedarse dormida en medio de una calma chicha que detuvo casi por completo el curso del barco e hizo inútil cualquier intento de dirigirlo. El sueño impidió que ni ella ni nosotros nos apercibiéramos de que una poderosa corriente impulsaba el esquife hasta hacerlo encallar con suavidad en los arenosos bajíos de una playa abierta. Después, la bajamar se llevó el ribete de olas mar adentro y, cuando despertamos, la barca reposaba a casi cien metros de la orilla.

—Se me hace que ni entre los tres podremos arrastrar el bote hasta hacerlo reflotar —dijo Lady Victoria contrariada—. Así que mejor aprovechamos las horas que faltan para que suba de nuevo la marea en explorar los alrededores de la playa, buscar agua y, si es posible, algo de fruta fresca, antes de hacernos de nuevo a la mar.

Ni se nos pasó por la imaginación discutir el liderazgo que de manera completamente natural había asumido la muchacha, pues tanto Iker como yo reconocíamos su mayor experiencia y superior conocimiento en aquel extraño entorno en que nos hallábamos.

Cosa distinta era la viabilidad de su plan, pues frente a nosotros, el terreno se elevaba en una escarpada montaña verde que hacía impracticable el intento de abandonar la playa.

No arredró eso a la intrépida inglesita quien, tras mirar a uno y otro lado, calibrando pensativa ambas rutas, señaló hacia levante:

—Para allá —ordenó. Y no la engañó su instinto o su capacidad de observación, pues tras recorrer trabajosamente un amplio trecho, dimos, al volver un recodo que hasta entonces lo ocultaba a nuestra vista, con un arroyuelo que, en ese punto, venía a rendir al mar sus aguas transparentes.
Bien —dijo—, el problema del agua ya está resuelto—. Si remontamos el curso del arroyo, no hemos de tardar en encontrar alguna fruta que nos acomode.

—Una cosa, mi lady —preguntó Iker un tanto inquieto—, ¿hay en esta selva animales peligrosos, de los que debamos guardarnos?

—La verdad —replicó ella con un gracioso mohín— es que no tengo ni idea, porque no sé dónde estamos. Si es como en la isla de Crokinole, solo hay que tener cuidado con los varanos y las víboras cornudas.

—¿Los qué?

—Los varanos son unos lagartos de un tamaño considerable. Llegan a tener dos o tres metros de largo y son capaces de cazar un búfalo (que, dicho sea de paso, enfadado, tampoco es moco de pavo)

—Entonces —replicó Iker temblando—, si no os importa, seguid sin mí. Yo iré a cuidar el bote, lo vaya a arrastrar la marea.

—Como quieras. Pero ten cuidado con la arena. Las víboras cornudas se entierran en ella y no hay forma de verlas hasta que no las pisas. Para entonces, ya suele ser tarde.

Se rascó Iker la cabeza, lleno de vacilaciones.

—Mejor sigo con vosotros —dijo al fin— vaya a ser que me necesitéis. Pero, ¿no sería mejor ir por dentro del arroyo?

—Sería una idea estupenda, de no ser por las sanguijuelas.

—¿Sangui qué? —preguntó el chico aún más alarmado.

—Las sanguijuelas —respondió lady Victoria, sin poder contener la risa, ante el enfado creciente del chico, que se daba ya a los demonios—. Son una especie de negros gusanos acuáticos que se te pegan a la piel y te chupan la sangre, a poco que te descuides. Los han usado médicos y barberos para sangrar a los enfermos. Dicen que así se les purifica la sangre y se les extraen los malos humores. El doctor Roberts todavía lo hace en la isla, pero yo las odio. Me dan un asco infinito.

—Pues estamos arreglados.

—¡Ah! Se me olvidaba. Si veis un platanero, antes de coger la fruta, aseguraos de que no se ocultan arañas entre los racimos. Su picadura es muy peligrosa.

—¡No te digo! —replicó Iker ya al borde del pánico absoluto, mientras una irónica sonrisa atravesaba el rostro pecoso de lady Victoria.

—Todo eso es falso, ¿verdad? Lo decís para asustarnos —preguntó el muchacho desasosegado.

—En absoluto —replicó ella con frialdad.

—Entonces, ¿de qué os reís?

—De tu miedo —y sin decir más empezó a internarse en la jungla.

Anduvimos unos metros por entre los árboles de la rivera del arroyuelo, cuando Lady Victoria, desprendiendo del cinto un cuchillo de marinero que traía a la espalda, sopesó la vegetación que tenía alrededor y dirigiéndose a un arbusto parecido al brezo que por allí había, segó de él una rama gruesa y recta, a cuya punta anudó el cuchillo con unas lianas de que se había provisto, formando un a modo de lanzón corto.

—Esto ayudará a disuadir a alguno de nuestros amigos de la selva, si se ponen pesados —dijo con humor.

—Como sean del tamaño de los que vimos frente a la cueva de los enanos, en la que desde entonces llamamos “playa de los Dinosaurios”, les puede servir de mondadientes —replicó Iker con un tono bastante más sombrío.

—¡Ah! ¡Dinosaurios! He leído historias sobre ellos, pero, en verdad, no los he visto nunca.

—Pues yo sí —contestó Iker con voz tan lúgubre que ensombreció el humor de la muchacha.

—Y eso sin contar el tamaño del Kraken —intervine deseoso de hacerme notar en aquella pelea de gallos— que ocasión tuve de medirlo bien de cerca.

—Sí. Por fuera… y por dentro —fue el comentario de Iker ante el que Lady Victoria estalló en una cristalina carcajada que aclaró en buena parte la densa atmósfera que parecía haberse instaurado entre nosotros.

Según tenía para mí, deberíamos llevar andando algunas horas, sin que las dichosas frutas hubieran aparecido o sin que las pocas que habíamos hallado merecieran la aprobación de la chica, en unos casos por su mal sabor, en otras por no estar todavía en sazón o porque, en fin, podían producir disentería.

Pensando que, si no frutas, hallaríamos tal vez alguna seta comestible, hacía rato que había dejado de mirar a los árboles, por entre los que avanzábamos en silencio, para concentrarme en buscar por el suelo, cuando en medio de unas matas rastreras percibí el movimiento sinuoso de lo que podía ser una culebra de buen tamaño. Me detuve en seco e hice que Victoria se aproximara, señalándole mi descubrimiento.

—Una pitón reticulada. Pero apenas una cría. No creo que te haga nada. El problema es…

—¿Qué? —la apremió Iker.

—La madre. No debe andar lejos.

No pude dejar de aplaudir a lady Victoria por la extensión de sus conocimientos.

—No tiene ninguna importancia —replicó ella riendo—. Como os he dicho en la isla de Crokinole no hay mucho con que entretenerse. Por fortuna mi padre posee una vastísima biblioteca… que nadie conoce como yo.

—¡Una biblioteca! —exclamé con entusiasmo—. Seguro que en ella hay libros de historias que cuentan historias de libros que preservar de la furia iconoclasta de los ratones. Precisamente en mi calidad de preservador de libros titulado…

Por el rabillo del ojo observé que Iker se disponía a poner fin con algún exabrupto a una conversación que sin duda lo hastiaba, pero no hubo ocasión para ello: en ese momento llegó hasta nosotros un rumor de quejas y una angustiosa llamada de socorro.

Corrimos los tres hacia el lugar de la jungla de donde parecían provenir los gritos de auxilio y arribamos de improviso a un pequeño claro, de forma casi circular, en cuyo centro se alzaba una enorme ceiba, de la cual colgaba una trampa en forma de red por entre cuyos nudos asomaban una pierna de muchacho, una pata y un rabo de lagartija y un gorro frigio de enano.

—¡Lucas, Matías…! Pero ¿qué hacéis ahí? —preguntó Iker con asombro.

En vez de contestar, los angustiados prisioneros se limitaron a señalar al pie de árbol, mientras gritaban:

—¡La serpiente! ¡Cuidado!

Y es que, en efecto, la que debía ser madre de la cría que poco antes habíamos visto, y que vendría a medir unos respetables cuatro o cinco metros de larga, tanteaba la forma de trepar por el tronco de la ceiba, buscando una presa fácil en los prisioneros, forzosamente inmóviles en el seno de la red.

—Coged palos, piedras o lo que sea y seguidme —ordenó lady Victoria.

Y, casi sin dar lugar a que la obedeciéramos, se lanzó gritando hacia la serpiente, mientras esgrimía el lanzón que se había fabricado.

La imitamos nosotros y, antes de que llegáramos, el reptil asustado se desenroscó del árbol y huyó en dirección a donde su cría la aguardaba.

—¡Bajadnos de aquí, por favor! ¡Nos vamos a descoyuntar! —suplicó Matías.

Satisfacer su petición no era, sin embargo tarea fácil. La forma más obvia, que implicaba trepar hasta la rama de la ceiba de la que colgaba la red y cortar la liana que la sostenía para que esta cayera al suelo, tropezaba con dos inconvenientes: la altura a la que la red colgaba, que determinaría una caída para nada liviana a quienes estaban apresados en su interior y la multitud de aceradas espinas que defendían el tronco de la ceiba hasta los dos tercios de su altura, que dificultaba la tarea de trepar por él.

Buscaban Iker y Lady Victoria el modo de afrontar el rescate, rascándose pensativos la cabeza, cuando el asunto se solucionó por sí solo, aunque quizás no de la mejor manera para todos los atrapados. La liana que sostenía la red, demasiado envejecida y desgastada, no pudo aguantar el peso, ni el movimiento con que los apresados por ella buscaban liberarse o, en su defecto, adoptar una postura más cómoda, se partió en dos con un leve crujido y dio con su contenido en el suelo, en medio de las correspondientes expresiones de alivio y satisfacción de quienes quedaron arriba y del barullo de quejidos y lamentos de quienes cayeron en la parte de abajo.

Capítulo 6: Lady Victoria Clara de Crokinole (final)

Nos arrojaron sin ningún miramiento al fondo de un oscuro y mal ventilado calabozo en el que no había manera de saber si era día o noche, a no ser que algún pájaro cantara en sus cercanías, y permanecimos en él no sé cuanto tiempo.

Se desesperaba Iker midiendo a zancadas —pocas, desde luego— el largo de nuestra prisión, cuando un murmullo de voces que provenían del exterior del calabozo, hizo que nos aproximáramos a la entrada y pusiéramos el oído.

La puerta de nuestra cárcel tenía en su parte superior una rejilla para la vigilancia de los presos que carecía de compuerta, por lo que permitía también observar el exterior desde ella. El problema era que, por la altura en que se hallaba situada, ni Iker, ni menos yo, podíamos alcanzarla.
Al final, Iker acabó por izarme sobre sus hombros y pude seguir la extraña escena que allí tenía lugar.

Lady Victoria Clara de Crokinole, portando una bandeja con un lujoso servicio completo de té, descendía por las empinadas escaleras de caracol ante la atónita mirada del único guardián que habían dejado a las puertas de nuestro calabozo.

—A nadie, por muy pirata que sea —dijo—, se le puede privar del sagrado derecho a tomar el té de las cinco, ¿no creéis?

—Por supuesto, mi Lady, y menos a sus carceleros —replicó el guardián con un guiño cómplice.

—¡Oh! ¡Disculpad! ¡Qué tonta soy! No había caído. Pero tomad una tacita y servíos de esas deliciosas pastas de la señora Huttington.

No se hizo de rogar el vigilante y bebió con fruición el té que Lady Victoria le ofrecía, al tiempo que tomaba un buen puñado de pastas que engulló sin ninguna británica flema.

Casi antes de que aquellas llegaran a su estómago, el guardia yacía en el suelo, tendido cuan largo era, sumido, al parecer, en un plácido y profundo sueño. Registró Lady Victoria sus ropas y, al poco, provista de una gran llave de hierro, se aproximó a la puerta del calabozo.

El asombro que me causó lo que estaba sucediendo me paralizó por completo y, cuando la muchacha abrió la puerta, se encontró de sopetón con Iker y conmigo, formando una torre humana. Dio este un respingo por la sorpresa, ante el que me fue imposible guardar el equilibrio y lo arrastré en mi caída, de forma que los dos acabamos en el suelo, rezongando, hechos un ovillo.

—¡Silencio, estúpidos! —chistó imperiosa Lady Victoria, por más que ninguno de los dos, todavía mudos por lo ocurrido, hubiéramos desplegado los labios.

—¡Corred! Id por esa galería de la izquierda —dijo señalando la negra boca de un túnel que se abría por donde ella indicaba—, tras algunas vueltas, os llevará hasta un embarcadero. He dejado abierta la reja que lo protege y en él encontraréis un pequeño bote de remos con una vela; ocultas bajo una lona hay algunas provisiones. Salid a remo aprovechando la bajamar hasta mar abierto, disimulados entre las muchas barcas de pesca que faenan por la ría y, una vez fuera, desplegad la vela y buscad vuestro navío.
Y, sin darnos tiempo a que pudiéramos agradecerle su gesto, emprendió veloz retirada escaleras de caracol arriba.

No dio sus indicaciones Lady Victoria a sordos o a lerdos, de modo que, antes de que acabara ella de desaparecer por arriba, nos sumimos nosotros en la galería que descendía hasta el embarcadero, bien que, como nos advirtiera, no sin girar una y otra vez sobre sí misma, en lo que parecía un laberinto de Minotauro.

Nos dábamos al diablo por el tiempo que estábamos tardando en llegar al barco prometido por el temor a que, durante él, se descubriera nuestra fuga y se organizara una persecución que, sin duda, dificultaría, si es que no hacía fracasar, el bien tramado plan de la hija de Lord Crokinole.

Creíamos ya habernos perdido definitivamente, cuando a la vuelta de un último giro de la galería, nos hallamos de improviso al pie del agua, aunque todavía en el interior del túnel y a pocos metros de donde estábamos vimos el bote, que se mecía blandamente con la corriente.

Saltamos a su interior, empuñó Iker los remos y yo el timón de espadilla que lo gobernaba y, poco a poco, nos separamos del malecón, nos situamos en el centro del canal y enseguida salimos a cielo abierto.

Tenía razón Lady Victoria en que el trasiego de atafifes, falcados, chinchorros, masteleros de gavias y otras muchas clases de barcos de transporte y pesca que pululaban por la ría, faenando en unos casos o transportando las más variopintas mercancías en otros, facilitaban nuestra fuga, máxime cuando Iker se había deshecho de la elegante casaca que le proporcionara el gobernador para acudir a la cena y ensuciado la camisa y las polainas durante el periplo por la interminable galería que tuvimos que recorrer desde nuestro negro calabozo. Había pasado así de aparentar un noble cortesano a ofrecerse a los ojos de cualquiera como miserable grumete.

Nos deslizamos, pues, por el brazo de mar, suavemente arrastrados por la resaca con que la marea alta se retiraba del interior de la isla y salimos a una gran dársena en que fondeaba la inmensa balandra de Lord Crokinole, con su amenazante fila de bocas de fuego y un gran ajetreo de marinería en la cubierta.

—¡Achís! —y el estornudo removió la lona que tapaba las supuestas provisiones de que nos había surtido Lady Victoria para facilitar nuestra huida.

—Te has constipado, Benavides —dijo Iker que, de espaldas al bote y con los ojos fijos en la balandra, en cuya borda se hallaba inscrito el nombre de Victoria en letras doradas, me atribuyó erróneamente la paternidad del estornudo.

—Mucho me temo, señor Iker, que no he estornudado yo. Ha sido el saco de provisiones —repliqué trémulo.

Se giró el muchacho incrédulo a tiempo de ver como el saco se agitaba y de su boca emergía una cascada de rizos pelirrojos cubiertos apenas por un gorro de grumete, hasta quedar fuera y ante nosotros la delgada figura de la mismísima Lady Victoria Clara de Crokinole en hábitos de marinero.

—Cuando alguien estornuda, Mr. Iker, se le dice ¡Jesús! Y podéis cerrar la boca; no os vaya a saltar dentro algún pez volador —nos reconvino la chica airada.

—Pero, ¿qué haces…hacéis aquí, mi Lady? ¿Cómo habéis llegado y vestida de ese modo? —preguntó Iker entre titubeos por el asombro.

—Son varias preguntas. Lo correcto es hacer las preguntas de una en una y dar lugar a que se respondan. Empezando por la segunda, es bien fácil: os mandé ir al bote por el camino más largo. De hecho, cuando llegasteis acababa dejarlo en el embarcadero, al que yo había acudido por una ruta mucho más corta. En cuanto al cambio de ropa, tened en cuenta que la corte de mi padre es ceremoniosa por demás y cada momento del día requiere la vestimenta adecuada. Cambiar de ropa es un ejercicio que tengo muy ensayado. Te sorprenderías la rapidez con que soy capaz de hacerlo. ¿Que por qué he venido? Pues porque la corte de mi padre amén de ceremoniosa es enormemente aburrida. La isla ofrece pocas oportunidades de distracción, como él mismo dice, de modo que participar en vuestra aventura y conocer a esas criaturas maravillosas con las que navegáis y a las que habitan en la Sima Desconocida es una tentación demasiado poderosa para una romántica incurable como yo.

—Pero, replicó Iker, vuestro padre pensará que os hemos secuestrado y nos perseguirá con encarnizamiento.

—Sin ninguna duda, darling —contestó ella con frialdad—. De todas formas tal persecución era inevitable. Una vez mi padre ha tenido constancia de que El Temido anda merodeando las aguas de la isla, no habría de tardar mucho en hacerse a la mar para enfrentarlo, pero, mientras piense que estoy en vuestro barco, no tratará de hundirlo y, tal vez, su presencia pueda ser de ayuda, si hay que luchar con los sicarios de esa Croma o como se llame. Por otra parte, necesitaré algún medio para volver a la isla cuando la aventura acabe y no se me ocurre otro mejor que la Victoria…

Y añadió:

—Además, según os he visto manejar el bote, vosotros solos no tardaríais en iros a pique, si no halláis ballenas jorobadas que os remolquen. Precisáis de alguien que sepa navegar a vela y conozca estas aguas para escapar de la persecución de Lord Crokinole y encontrar vuestro barco.

Y sin dar lugar a más plática ni a que nosotros acabáramos de cerrar la boca, izó la vela, asió el timón y puso proa a mar abierto.

Capítulo 6: Lady Victoria Clara de Crokinole (2ª parte)

—Está como un tronco —oí entre sueños que decía una voz femenina.

—Y ¿qué será ese raro muñeco que tiene al lado? —dijo otra, refiriéndose, sin duda, a mí.

Abrió en ese momento Iker los ojos, aunque cegado al parecer por el brillo de un sol ya bastante alto en el horizonte, no podía distinguir con nitidez a las dos jóvenes que tenía delante y que lo observaban muertas de curiosidad.

—Es el señor Iker —intervine de manera quizás algo brusca para aclarar la situación, ante el tardío despertar del chico— y yo soy Benavides, preservador de libros titulado.

Sorprendidas, las muchachas dieron un respingo y una de ellas exclamó:

—¡Anda, si habla!

—¿Qué otra cosa puedo hacer, si solo estoy hecho de cemento y palabras? —les pregunté. Pero ellas, mudas todavía por el asombro, no pudieron desplegar los labios.

—Ya os explicaré más tarde todo lo mejor que sepa, pero ahora creo que necesitamos con urgencia agua y algo de comer, a ser posible. Al menos yo —intervino Iker.

—Tenéis que disculparnos —dijo una de ellas—. La sorpresa de hallaros de este modo ha hecho que nos olvidemos de los más elementales deberes de socorro y cortesía. Leonor —añadió dirigiéndose a su compañera—, alcánzale al señor la frasca de agua y mira qué hay en tu cesta con que podamos aliviar el apetito del caballero.

—Creo que la señora Huttington, la cocinera, puso en ella unos emparedados de jamón y queso y un poco de dulce de membrillo. Con eso bastará —contestó la aludida.

Tras saciar su sed, engulló el chico casi con desesperación la comida que las damas le tendieron y, cuando se sintió satisfecho, preguntó:

—¿Qué sitio es este?

—¿No lo sabéis? Pues, ¿cómo habéis llegado hasta aquí? Os comunico que estáis en la isla de Crokinole, del Imperio Británico de su Majestad. La gobierna en su nombre Lord Alfred de Crokinole, su descubridor y mi padre. Y yo soy Lady Victoria Clara de Crokinole.

Lady Victoria Clara era una muchacha de la misma edad de Iker, tirando a pelirroja, con cabello ondulado, ojos azules, rostro pecoso de inequívoco perfil británico, piel clara y figura estilizada. Vestía, sin embargo de forma extrañamente anticuada, con un vestido de moaré azul celeste, que le llegaba a mitad de la pierna, medias también azules y negros zapatitos de charol; llevaba cuello de encajes y un complicado sombrero desde el que caían como en cascada sus bucles rojizos.

—Y vosotros —preguntó al fin—, ¿quienes sois y de dónde venís?

Correspondió Iker contando nuestra historia, aunque sin dar muchos detalles. Explicó que, durante una tormenta, habíamos sido arrastrados desde la cubierta de nuestro barco por un golpe de mar y cómo habíamos sobrevivido flotando en un medio barril. Narró también nuestro incidente con el tiburón y las ballenas jorobadas y que estas nos habían empujado hacia aquellas costas, bien en contra de nuestra voluntad, ya que solo aspirábamos a reintegrarnos a nuestro barco, en compañía de nuestros amigos y completar la misión que había dado origen a la travesía.

—Sin duda —dijo Victoria Clara— hay en vuestra historia muchos puntos oscuros, que suscitan mi curiosidad y detalles que habría que esclarecer. Pero mejor será dejarlo para cuando os hayáis repuesto por completo de vuestras fatigas y en presencia de mi padre. Si vuestra historia lo conmueve, seguro que se prestará a ayudaros.

—Bueno —replicó Iker— aquí el que sabe contar historias es el amigo Benavides. Que él se las entienda con Lord Crokinole.

—¿Qué es —preguntó Leonor—, una especie de rapsoda?

—Algo así —confirmé sin querer entrar en profundidades en ese momento.

—Pero… una cosa, ¿no seréis piratas, por casualidad? Lo digo porque mi padre odia a los piratas. Se pasa el día persiguiéndolos, los combate desde su balandra y, si los coge, los hace ahorcar, colgados de una antena en su propio navío.

Cruzamos Iker y yo una significativa mirada que, por fortuna, pasó desapercibida para las damas.

—La verdad —prosiguió Lady Victoria—, yo no entiendo muy bien a qué viene esa fijación contra los piratas que tiene mi padre. A algunos los encuentro hasta fascinantes…

—No debéis hablar así, my Lady; vuestro padre se disgustaría terriblemente, si os oyera.

—Ya lo sé, Leonor. Pero es lo que pienso y una Lady tiene el derecho y hasta la obligación de decir siempre lo que piensa.

—Allá vos, señora.

—Pero dejemos esta enojosa conversación que ya hemos tenido muchas veces. Leonor es mi institutriz y se toma demasiado en serio su trabajo —dijo lady Victoria, dirigiéndose a nosotros—. Ahora lo que importa es conducir a estos caballeros o lo que sean a presencia de Lord Crokinole para que él vea de poner remedio a su miserable y angustiosa situación.

Ya bastante recuperados, seguimos a las damas por un empinado sendero que nos alejaba de la playa y, tras una extenuante subida, alcanzamos lo que parecía el punto más alto de la isla. Desde él pudimos percatarnos de que no era excesivamente grande, pero presentaba algunas singularidades: tenía un perfil redondo que conformaba un círculo casi prefecto y estaba atravesada por un brazo de mar en espiral que, entrando por nuestra izquierda, la recorría toda hasta culminar en su centro, donde surgía, en medio de él, una especie de pequeña isla, asimismo redonda, que constituía el corazón de la mayor. Podía llegarse a esta bien por tierra, orillando el brazo de mar por una rivera altísima y cubierta de una vegetación lujuriosa, poblada de especies tropicales o subtropicales que sazonaban su verde intenso con el pintoresco colorido de la multitud de sus flores, bien recorriendo el brazo de mar o —y esa fue la ruta que Lady Victoria Clara tomó, por más rápida— en línea recta, cruzando los distintos puentes colgantes, que permitían salvar por varios puntos el terrible y caprichoso abismo que el empuje de las olas había abierto en el interior de la isla de Crokinole.

El palacio de Lord Crokinole se alzaba en la cúpula de círculo interior de la isla. Coronaba una ciudadela amurallada en la que se agolpaba la mayor parte de su población, aunque dispersas por la rivera del brazo de mar se veían blanquear también aldehuelas y caseríos en torno a extensos y feraces campos de cultivo. Multitud de barcas de pesca se cruzaban navegando por aquel, entre el puerto que rodeaba la ciudadela y el mar abierto, cuyo horizonte se hundía diáfano hasta donde alcanzaba la vista.

Lady Victoria Clara nos condujo por las empinadas callejuelas, llenas de animación a aquellas horas, en las que parecían celebrarse ferias perpetuas, según el trasiego de mercancías que había en ellas y arribamos a las puertas del palacio de su padre, el señor gobernador.

Nos recibió con amabilidad al escuchar de labios de sus hija la historia de nuestro encuentro y, tras asignarnos un recoleto cuartito en el que reposar de nuestras fatigas, nos emplazó para la hora de la cena, después de la cual habría —dijo— tiempo para tratar de cuantos asuntos fuera menester.

Poco antes de la hora convenida, un criado hizo entrega a Iker, con mucha prosopopeya, de una indumentaria adecuada para la cena solemne con las autoridades de la isla. Vestido, pues, con camisa blanca de lino, casaca azul celeste, polainas a juego, medias de seda y zapatos de hebilla, nos encaminamos, precedidos de un ceremonioso mayordomo enviado en nuestra busca, al salón de banquetes del palacio.

Sirvieron una opípara cena a base de los más exquisitos pescados y frutos de mar, aderezados de mil diferentes maneras y culminada por la infinita variedad de raras frutas tropicales que abundaban en la isla. Al finalizar, los caballeros nos salimos al salón de fumar, aunque ninguno fumó y las damas se retiraron juntas a otra estancia.

—Y bien, Mr. Aiker —solicitó Lord Crokinole—, ¿podéis dar cuenta a la ilustre concurrencia de quién sois y qué os ha traído a este humilde rincón del Imperio Británico?

Un poco azorado, Iker repitió, algo ampliada, la historia que contara a Lady Victoria, a quien, por cierto, percibí, oculta tras un espeso cortinaje que tapaba una amplia balconada abierta al jardín del palacio, siguiendo atentamente el desarrollo de nuestra reunión.

—Os guía, desde luego, un noble y alto propósito —dijo Crokinole así que Iker hubo concluido—. Sois dignos de que se os ayude cuanto esté en nuestra mano para que podáis coronar vuestro empeño con el éxito que merecéis, haciendo desvanecer el terrible peligro que amenaza a tan singulares criaturas. Mañana temprano veremos qué se puede hacer y en qué modo ayudaros. Ahora solo es hora de descanso y esparcimiento, algo para lo que en esta isla no tenemos muchas oportunidades. Por cierto, he sabido que vuestro acompañante es un hábil rapsoda, ¿podría tal vez narrarnos alguna entretenida historia con que matar el tedio de estas horas?

—¡Oh! ¡Sí! Por supuesto —exclamé complacido—, aunque no soy lo que se dice en verdad rapsoda, sino preservador de libros. Tengo precisamente uno que viene aquí como de molde y que si sus señorías me dan licencia, puedo decirles.

Asintieron todos y animado por ellos comencé:

—El libro se titula La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey, lo compuso Mary Anne Shaffer y dice…

Durante más de dos horas, los concurrentes siguieron la historia atentamente y con murmullos de aceptación. Al terminar, se hizo un silencio momentáneo roto por unos tímidos aplausos al principio, que después se hicieron generales y nutridos.

Lord Crokinole, como reflexionando en voz alta, dijo:

—Una bella historia, sin duda. Y muy británica: solo a un inglés se le ocurriría hacer un pastel de piel de patata y ¡comérselo después!

La carcajada de los presentes interrumpió por un instante el hilo de sus reflexiones, mas, acallándolas, continuó:

—Pero hay un par de cosas que me parecen inverosímiles: los teutones a las puertas de Inglaterra y dueños de las islas del Canal… ¡Imposible! ¡Lord Wellington y el Almirante Nelson no lo hubieran consentido jamás! En cuanto a una sociedad literaria en un sitio tan rústico como Guernsey…

—Sin embargo —le interrumpí creyéndome en el deber de defender mi libro—, una sociedad literaria se puede formar en cualquier parte. Precisamente, yo atiendo una en El Temido constituida solo por tres gallinas y algunos polluelos…

En ese momento, un rojo de cólera hasta el borde de la apoplejía Lord Crokinole estalló:

—¿El Temido es vuestro barco? ¡Pero entonces vosotros sois piratas! ¡Traidores! ¡Falsarios! Sin duda ese tunante capitán Laurel anda tramando un golpe de mano en contra de la isla y os ha enviado a explorar el terreno y espiar nuestras defensas. ¡Guardias, prended a estos infames!

Antes de que hubiéramos podido hacer el menor movimiento de huida, se nos echaron encima cinco o seis soldados que esgrimían contra nosotros enormes mosquetes con sus bayonetas de cubo debidamente caladas y ante los que no nos quedó sino darnos presos.

—Llevadlos al calabozo, hasta que, en su momento, instruyamos contra ellos el correspondiente sumario —ordenó Lord Crokinole, ya algo más flemático.

Mientras a empellones nos conducían por una estrecha escalera de caracol abajo, camino del calabozo, Iker, bastante irritado y en un tono que me recordó al de las hadas, se volvió hacia mí y suspirando me dijo:

—Benavides, está visto que no sabes tener la boca cerrada.

Capítulo 6: Lady Victoria Clara de Crokinole (1ª parte)

Después de superado el peligroso enfrentamiento con el monstruo que servía de cobijo al bueno del señor Pontoppidan, tuvimos un tiempo de navegación reposada en el que, merced al impulso de las corrientes y al de una generosa brisa que redondeaba con suavidad nuestras velas, de la mayor a la cangreja, logramos recorrer bastantes millas marinas. Sin embargo, ante imposibilidad de determinar nuestra posición de manera precisa, pues no alcanzábamos a atisbar las estrellas, fui incapaz de anotar el número exacto en el cuaderno de bitácora.

Fueron días tranquilos en los que la facilidad del cabotaje nos permitió también largos ratos de ocio que compartí, como siempre, con mis queridas gallinas de la Sociedad Literaria, aunque en esta ocasión no les dije ningún libro en concreto, sino que las mantuve harto entretenidas —también a los polluelos, aunque parezca mentira— con la narración de mi particular enfrentamiento con el monstruo, la descripción de su pavoroso interior y las historias del señor Pontoppidan y los otros visitantes de sus entrañas.

He de confesar, sin embargo, que, por una vez, me superó la vanidad y en mi relato exageré ligeramente el papel que había jugado en los acontecimientos, atribuyéndome algún detalle menor, como la autoría del plan para escapar del interior del Microcosmus y liberar el barco de su mortal abrazo. Exageración inocente que me granjeó un aumento considerable en la estimación de la gallinas, así como en la de los polluelos, siempre más dificultosa de conseguir.

Aparecieron pronto, sin embargo, las primeras señales de que la situación podía cambiar. El ambiente se enfrió de súbito; una cortina de nubes negras se corrió sobre el hasta entonces despejado horizonte; el viento aumentó poco a poco la intensidad y su dirección se hizo errática, soplando en veloces rachas cada vez más fuertes.

El capitán Laurel, por intermedio de Matías, ordenó arriar las velas y fiar el rumbo al impulso de las corrientes, en tanto Yoguina, firmemente asida al timón, procuraba amenguar los bandazos a que la fuerza de las olas nos obligaban, al batir inmisericordes contra la borda del barco.

Se redobló la fuerza del oleaje, por lo que hubo que sujetar cualquier objeto exento, al que los vaivenes de la nave pudieran convertir en un peligro cierto para la tripulación. Casi a la vez, Iker y yo nos apercibimos de que el medio barril que en el puente se usaba de asiento, rodaba de un lado para otro y amenazaba seriamente la integridad de Yoguina, quien podía esquivarlo a duras penas, mientras sujetaba con fuerza la rueda del gobernalle.

Nos lanzamos a por él al unísono y, justo cuando lo acercábamos a la borda de babor para amarrarlo con algún pedazo de cabo suelto, una ola terrorífica barrió el puente y la cubierta, sin que ni él ni yo, ensordecidos por el fragor de la tormenta, oyéramos el clamor de advertencia que emergió de las gargantas de cuantos en ella se hallaban en ese momento.
Solo sé que, de improviso, me sentí arrojado por una fuerza sobrehumana, en compañía de Iker y el medio barril, a lo hondo de aquel crespo mar embravecido y oscuro.

Quiso la fortuna que, en medio de la caída, me agarrara, de modo casi instintivo, al bendito tonel, cuya flotabilidad me izó con rapidez a la superficie. Cuando pude, en medio de las tinieblas, mirar en derredor, vi que casi al lado el chico braceaba con desesperación para mantener la cabeza fuera del agua.

—Aquí, señor Iker —le grité lo más alto que pude para que mi voz se sobrepusiera al ruido del oleaje, la lluvia y los truenos que nos cercaban.

Se asió el muchacho al barril como pudo y ambos nos pusimos a escudriñar las tinieblas con fruición en busca de nuestro navío, al tiempo que no parábamos de gritar pidiendo socorro.

La oscuridad, sin embargo, parecía acrecentarse desde el nivel del mar en el que nos hallábamos, razón por la que solo pudimos percibir a El Temido bajo la forma de una mancha de sombra que se alejaba de nosotros, mientras creíamos oír un rumor de voces que gritaba:

—¡Gente al agua!

Nos vimos de ese modo solos, en medio de un piélago embravecido, cuya fuerza, sin embargo, empezaba a decaer.

Amainó, en fin, la tormenta y la calma a que dio paso nos permitió recuperar algunas fuerzas por medio de un ligero sueño, para el que fuimos turnándonos: mientras uno dormía en el interior medio seco del tonel, el otro desde fuera procuraba mantenerlo a flote, a salvo de la ya suave mecida de las olas.

Cuando amanecía y, a punto de terminar mi tercer turno para conseguir que el medio tonel flotara en vertical, una inquietante aleta, con forma de triángulo negro, emergió no muy lejos de donde nos hallábamos, empezó a dar vueltas a nuestro alrededor y a trazar círculos cada vez más estrechos.

—Señor Iker —le avisé tiritando más de miedo que por el frío—, tenemos un problema.

—¿Qué pasa?—preguntó todavía medio dormido el chico, mientras intentaba ponerse bruscamente de pie y hacía oscilar con cierto peligro el ya de por sí inestable barril.

—Mire —respondí y mi dedo señaló aquella aleta que cada vez nadaba más próxima a nosotros—, aunque no creo que tenga excesivo interés en mí. Me parece que viene sobre todo por usted.

—Es posibl e—replicó fríamente—, pero tampoco te asegures demasiado. Los tiburones, y esa aleta parece pertenecer a uno, son capaces de tragar cualquier cosa. A veces se les sigue la pista del trayecto que recorren por los objetos que se encuentran en su estómago. Lo leí en un álbum de cromos de animales. Es la única colección que he logrado completar nunca. Bueno, esa y los cromos de la Liga.

Las palabras de Iker no hicieron sino duplicar mi miedo: si antes temía solo por él, ahora tenía miedo por los dos a partes iguales.

—Y ¿qué podemos hacer?c—le pregunté angustiado.

—Poca cosa, por el momento. Sube al tonel e intentemos permanecer lo más quietos posibles. Dicen que es el ruido del chapoteo en el agua lo que los ayuda a localizar a sus presas en la superficie. Aunque mucho me temo que este nos tiene ya bien localizados.

El escualo, en efecto, había abandonado su natación circular alrededor de nuestro frágil esquife y se dirigía derechamente hacia él. Lo rozó al pasar con el dorso e hizo que se agitara con violencia sobre el agua, pero, por fortuna, no llegó a volcarse, mientras ambos, acurrucados en el fondo, nos asíamos con fuerza a su borde superior. Ni siquiera nos atrevimos a asomarnos para comprobar su tamaño. El ruido que produjo al rozar el barril y el instante eterno que duró el rozamiento, nos hizo suponer que sus dimensiones estarían cerca de rondar lo monstruoso.

No sé muy bien por qué motivo, el enorme tiburón se apartó un trecho bastante largo, se sumergió en el agua, debió girarse debajo, volvió a emerger y enfiló de nuevo hacia nosotros. Pero, cuando ya veíamos como inevitable un encuentro frontal con la bestia que nos conduciría indefectiblemente a pique, sucedió algo extraordinario: una enorme masa negra, de la que sobresalía un gran chorro de vapor y agua en forma de coliflor, subió a la superficie y se interpuso en la trayectoria rectilínea con la que el tiburón perseguía colisionar contra el medio barril.

—-¡Es una ballena jorobada! —exclamó Iker alborozado.

—¿No saldremos de Herodes para caer en Pilatos? —pregunté escamado, tras mi pasada aventura con el Kraken.

—No creo. Las jorobadas son inofensivas. El problema es si logrará salvarnos de los ataques del tiburón. ¡Mira! —y apuntó con el dedo al extremo opuesto en el que la ballena flotaba dulcemente, agitando apenas sus largas aletas pectorales y mostrando al sol el ancho agrupamiento de unas como verrugas que le recorrían la enorme cabeza y parte del dorso.

Por donde Iker señalaba, el tiburón venía de nuevo a la carga a gran velocidad, y se dirigía con derechura, hacia el punto en que nos hallábamos, pero, mucho antes de que pudiera alcanzarnos, otra gigantesca jorobada subió a la superficie e interpuso su enorme masa entre el escualo y el medio barril. Volvió aquel a sumergirse y aunque teníamos la esperanza de que, frustrado por la presencia de las yubartas, hubiera abandonado la cacería, también nos poníamos en lo peor: temíamos que fuera solo una retirada provisional en busca de un hueco en el parapeto que los cetáceos habían erigido por el que llegar hacia sus presas, que, por desgracia, éramos nosotros.

Lo mismo debieron pensar las ballenas porque de improviso iniciaron un extraño movimiento circular alrededor del tonel, ni tan cerca que el desplazamiento del agua pusiera en peligro su estabilidad, ni tan lejos que ofreciera resquicio al tiburón para aproximarse.

Debió, en fin, la bestia asumir la inutilidad de su intento y renunciar a su malévolo propósito, porque vimos su aleta dorsal a lo lejos emprender una trayectoria que la apartaba de donde nos hallábamos de manera definitiva.
Al notarlo las ballenas, alteraron su danza circular y nadaron en paralelo, empujando el barril suavemente hacia adelante entre ellas, impulsado por el agua que ambas desplazaban.

Nos mantuvimos así el día todo. Avanzábamos de forma rectilínea, en lo que parecía una dirección predeterminada hasta que, ya a la dudosa luz del crepúsculo, atisbamos el perfil azulado de costa en el horizonte.

Nos abrazamos aliviados, sin saber si nos hallábamos en las inmediaciones de alguna isla o de tierra firme, cuando un impulso imprevisto, propiciado por las ballenas, arrojó nuestro singular esquife por encima de lo que parecían unos arrecifes de coral. Quedamos flotando pacíficamente en medio de una pequeña ensenada, al fondo de la cual brillaba la arena negruzca de una playa no demasiado ancha por la que se diseminaban promontorios de rocas también oscuras.

La subida de la marea fue acercándonos muy poco a poco a la orilla, hasta que, cuando ya estábamos a punto de hacer pie, una ola solitaria, aparecida de improviso en medio de la tranquila ensenada, arrojó el barril hacia un pequeño risco y lo astilló contra las piedras.

Braceamos con fuerza hasta salvar el trecho que nos separaba de terreno seco y tras internarnos algo más en tierra para no ser arrastrados nuevamente al mar si descendía la marea, nos dejamos caer en el suelo. Agotados por los trabajos y las impresiones del día, nos quedamos enseguida profundamente dormidos.

Capítulo 5: La cueva del Microcosmus (2ª parte)

Transitábamos ya casi por el centro del paso entre ambos, cuando notamos una gran agitación bajo la quilla y una torre de espuma emergió justo delante de nosotros. De la horrible cabeza que la coronaba surgieron dos  larguísimos tentáculos que se enrollaron en cada una de las rocas, formando con el cuerpo una infranqueable barrera, al tiempo que una decena de brazos algo más cortos trepaban por la borda y tanteaban en la cubierta como a la búsqueda de algo, deteniendo por completo la marcha del barco.

—Matías —gritó con desesperación el capitán—, arme a a la tripulación con hachas y espontones y vamos a hacer rodajas los brazos de ese calamar o lo que sea. Nos servirán de cena esta noche. ¡Iker, Lucas, al sollado, como habíamos convenido!

—¡Pero, capitán…! —protestaron estos.

—¡Si no os marcháis inmediatamente os haré juzgar por insubordinación!

Tuvieron los chicos que plegarse a la autoridad del capitán y, de mala gana, bajaron a ocultarse, en tanto el resto de los tripulantes se armaba siguiendo las indicaciones del pirata.

—¡Benavides, no te quedes ahí parado como un lelo y ayuda!

La orden de Melusina resonó con tal firmeza que, sin saber muy bien lo que hacía, ni dar resquicio a que pudiera oponerme, me vi de súbito con un hacha de abordaje en las manos corriendo hacia uno de aquellos horribles tentáculos que serpenteaba ciego por entre las tablas.

Lo golpeé con toda la fuerza que fui capaz de imprimir al hacha, pero en vez de conseguir que esta lo seccionara, rebotó contra la coriácea piel que lo cubría y escapó de mis manos, yendo a parar unos pasos más atrás de donde, ya indefenso, en esos momentos me encontraba.

Se elevó hacia donde yo estaba la punta negra de aquel tentáculo, provisto de rosadas ventosas, y, sin darme tiempo a huir, hizo presa en mí y me rodeó con fuerza, dejándome incapacitado para cualquier movimiento.

—Mr. Benavides, be strong!

Widerstenhen Sie!

Procedían las voces de aliento de dos muñecos de cuyos cuerpos troncocónicos de cemento emergía una cabeza con forma asimismo de tiesto de flores invertido y a los que se unían por medio de cordeles unos a modo de manos y piernas de la misma forma, pero más pequeños. Se trataba de Mister Tim y Frau Tina, la singular y veterana pareja de Villa Vidinha que, cuando no ejercían de piratas, daban amablemente la bienvenida a sus visitantes al pie de la escalera que conducía a la entrada principal, en calidad de mayordomo y ama de llaves de la casa, según acreditaban sus respectivas indumentarias.

Se lanzaron ambos con determinación contra el monstruo, provistos de sendas hachas con las que golpearon varias veces el tentáculo que me apresaba, con bastante más fuerza de la que yo empleara, aunque con no mucho mejor resultado.

Tan embebidos estaban en su noble y valeroso intento de liberarme que casi no se apercibieron de que otros dos brazos de la bestia se aproximaban a ellos por su espalda y terminaron también por apresarlos:

Achtung, darling! —gritó frau Tina, aunque ya demasiado tarde.

De improviso, los tres gigantescos apéndices se izaron a la vez y sus presas fuimos transportadas hacia la cima de lo que nos había parecido antes torre de espuma, en la que una boca de grandes proporciones se abrió como la negra entrada de una caverna, dejándonos caer dentro, sobre una superficie mullida y gelatinosa.

Caímos los tres juntos en un amasijo de piernas y brazos y, cuando intentábamos ponernos en pie, la superficie aquella se elevó hacia la curva bóveda de la gruta, al tiempo que una sustancia amarillenta la volvía resbaladiza en extremo, hasta el punto de hacer que nos deslizáramos irremisiblemente por el todavía más oscuro agujero que se abría a su fondo.

Tras una prolongada caída libre a lo largo del fétido túnel, vinimos a dar en una enorme concavidad de paredes y suelo blandos y techo altísimo, iluminada por verdosa fosforescencia, en un extremo de la cual brillaba también una luz blanca.

Así que pudimos rehacernos de la caída y ayudándonos mutuamente a caminar por la inestable superficie de la nueva caverna nos dirigimos, de manera casi instintiva, hacia aquel punto de luz.

La tal superficie estaba inundada de un líquido verdoso que apenas nos cubría los pies y en el que sobrenadaban toda clase de pintorescos objetos: restos de velas y cabos, maderas, cabillas de timón, platos y cubiertos, armas variopintas y hasta algún libro.

Chapoteando en aquel caldo repulsivo y esquivando de cualquier forma los enseres que sobre él flotaban, llegamos al lugar de donde provenía la luz y en el que, para nuestra sorpresa, hallamos, iluminada por un fanal de barco, la figura de un anciano de luenga barba blanca y muy crecidas greñas asimismo canosas que, sentado a una mesa de tres patas, escribía sobre pergamino con una pluma de ave.

—¡Vaya! —exclamó así que se apercibió de nuestra presencia al levantar casualmente los ojos de su escrito—. No es frecuente recibir visitas en este lugar. Pero no creáis que sois los únicos. Me consta que el primero en pasar por aquí (de eso debe hacer ya bastante tiempo) fue un profeta antiguo. Tenía la costumbre de solo prever desgracias, hasta el punto de que sus coetáneos llegaron a pensar que, en realidad, las atraía; así que en una travesía por mar donde las cosas empezaron a ponerse feas, la tripulación decidió tirarlo por la borda para evitar que el barco entero se perdiera. Nada más llegado al agua, el monstruo se lo tragó. Dicen que solo pasó aquí tres días, pero tengo para mí que debieron ser bastantes más. No se sale del vientre de este bicho así como así. También pasaron por aquí un viejo carpintero y su hijo, un chico de cabeza tan dura que parecía hecha de madera y al que, de vez en cuando, la nariz le crecía de un modo extraordinario…

—¿Y tú quién erres? —preguntó la voz tajante de Frau Tina con su inseparable deje gutural.

—Eso, who are you, Sire?—corroboró el británico acento de Mr. Tim.

—Mi historia es larga —replicó el anciano—, pero como aquí dentro el tiempo cuenta poco porque hay poco que hacer, creo que podré entreteneros un rato con ella. Mi nombre —prosiguió diciendo— es Pierre Denys Pontoppidan y soy de profesión malacologista, que en román paladino viene a querer decir que me dedico al estudio de esos seres misteriosos y fascinantes que son los moluscos y, en particular, los llamados cefalópodos. Desde pequeño me sentí atraído por las historias que los marineros contaban del mayor de estos animales jamás vistos: el kraken. Recogí sobre él cuanto material pude hallar, en forma de descripciones científicas, como la de Linneo, que lo catalogó en la primera edición de su Systema Natruae con el nombre de Microcosmus Sepia. Ignoro por qué, aunque alguna sospecha me ronda al respecto, lo excluyó de la segunda edición de su libro. Compilé también simples cuentos, leyendas y rumores y con todo ello compuse una gigantesca Historia Natural del Kraken, en la que recogía la noticia de ser el responsable del hundimiento en una sola noche de siete barcos americanos frente a las costas de Florida. Mi obra tuvo un eco sin precedentes: universidades y sociedades científicas se me disputaban y no paraba de impartir en ellas charlas y conferencias muy bien remuneradas. Mas en mi propio éxito se cimentó también el principio de mi desgracia: la envidia, que impregna toda actividad humana, se agudiza en los cenáculos académicos e intelectuales, de donde debiera haber sido erradicada para siempre. Un grupo de malacólogos, celosos de mi fama, sobornaron a tripulantes supervivientes de los barcos hundidos en Florida, quienes testificaron que su naufragio trajo causa en una súbita tormenta tropical, desatada de improviso sobre tales lugares. ¡Una tormenta tropical! ¡Valiente sandez! Pero lo cierto es que mi celebridad se esfumó tan deprisa como había llegado y me hallé en poco tiempo pobre, hambriento y despreciado por todos los círculos científicos que antes me aplaudieron. Pudieron tramar mi ruina, mas no pudieron doblegarme, ni consiguieron que abjurara de mis convicciones. Invertí el poco dinero que me llegó de una inesperada herencia en botar un pequeño balandro y me hice navegante solitario; crucé todos los mares conocidos y algunos ignotos y, tras muchos años, obtuve al fin mi recompensa: el Microcosmus engulló mi barco y a mí con él y, desde entonces habito su interior, escudriño sus secretos y compongo con ellos la obra definitiva sobre el monstruo del Leviatán, sobre el abominable Caribdis, sobre la suma, en fin, de todas las gigantescas y terribles criaturas marinas. Mas no perdono a la humanidad que, incrédula y envidiosa, me despreció y humilló. Tengo determinado que no se ha de beneficiar de mis descubrimientos. Hay saberes que los hombres no merecen, así que los profundos y maravillosos secretos del Kraken jamás verán la luz; permanecerán por siempre aquí, pues es justo que nunca abandonen el estómago mismo de su dueño. Mas decidme —preguntó el viejo, mudando de súbito de asunto—, ¿quiénes sois vosotros y qué habéis venido a hacer aquí? ¡No pretenderéis destruir esta magnífica criatura, sin par en la Naturaleza!

—Nosotros solo querrer salir limpiamente de kraken y salvar barrco —replicó frau Tina.

Of course, Sire —corroboró Mr. Tim.

—Bueno —replicó Pontoppidan pensativo—, de aquí salir se puede, como hicieron el profeta, el carpintero y su hijo. Yo conozco al menos dos vías para eso, pero ninguna de las dos es limpia. Aunque, al menos, una de ellas os ayudará también a salvar el barco.

—Si Herr Pontoppidan tenerrr amabilidad explicarnos plan, nosotros luego hacer mucho deprisa.

—¿Está armado vuestro barco?

—Yes, Sire, ¡con diez cañones por banda!

—Tendremos entonces que aumentar la temperatura en ese punto del estómago del monstruo —dijo el anciano señalando hacia una protuberancia que sobresalía de un pliegue de la pared blanquecina de la caverna—. Cuando la criatura note el calor liberará el barco por unos momentos, sumergiéndose en busca de agua fría, mas no ha de tardar mucho en emerger de nuevo para volver a atrapar su presa. Si vuestros amigos aprovechan el momento para lanzarle una andanada que logre hacerle algo de daño, el monstruo intentará ocultarse y emprender la huida y ahí tendréis la oportunidad de escapar.

—¿Cómo? —pregunté un tanto escéptico ante un plan que se me antojaba bastante disparatado y sujeto a múltiples imponderables que podrían hacerlo fracasar y que el animal se hundiera para siempre con nosotros dentro.

—Solo tenéis que prender un fuego en la protuberancia y correr después hacia la galería que veis a vuestra izquierda. Si todo sale como espero, desde ella hallaréis la forma de dejar al monstruo.

—Pero, ¿con qué vamos a encender fuego? Además está todo mojado. Tardará mucho en arder cualquier cosa que pretendamos quemar —objeté de nuevo.

—Un poco de fe, mi escéptico amigo —replicó el anciano—. Ahí tengo yesca y pedernal con que podréis prender esas tablas que flotan en el suelo. En cuanto a la humedad, proviene del líquido que hay en él. Es ácido y bastante inflamable, así que de lo único que tenéis que preocuparos es de no salir ardiendo también vosotros.

—En cuanto a eso —dijo Mr Tim—, no problem. Nosotros no combustibles.

Tomó el mayordomo la yesca y el pedernal que el viejo nos tendía y en poco tiempo hizo prender una llama azulada en unas madera, cubiertas de algas muertas, que frau Tina había acumulado junto a la protuberancia.

Nos encaminamos, siguiendo las indicaciones del viejo, por la galería en cuestión que resultó ser extremadamente corta y desembocar en un negro agujero que no dejaba adivinar lo que ocultaba en su fondo.

Notamos de pronto que el animal se sumergía, de lo que colegimos que había liberado al barco, mas pronto volvió a subir buscando la superficie para hacer de nuevo presa en él.

Los cañones de una de las bandas de El Temido retumbaron con estruendo y percibimos una fuerte sacudida en la criatura, que empezó a sumergirse de nuevo. De lo profundo del agujero que se hundía a nuestros pies vimos entonces emerger una marea negra proyectada hacia arriba con enorme fuerza.

—¡Es la tinta! ¡Saltad! —grito Mr. Tim al tiempo que nos arrastraba al chorro de líquido negro, el cual nos empujó violentamente al exterior del monstruo y hasta nos elevó por encima de la superficie del mar, a la que volvimos a caer, a pocas brazas de nuestro barco, la boca de cuyos cañones de la banda de babor podíamos ver humear todavía.

Estaba tan aturdido por la increíble peripecia que acabábamos de vivir que, mientras sobrenadaba en la oscura mancha, a la espera de que nuestros compañeros vinieran a rescatarnos, solo una idea se me pasaba por la cabeza:

—¡Lástima de tinta! —pensaba—. ¡La de libros que se podrían escribir con ella!

Capítulo 5: La cueva del Microcosmus (1ª parte)

El pequeño gabinete de crisis, compuesto por Laurel, Yoguina, las hadas, Matías y los chicos, al que yo había sido invitado a participar en calidad de observador por la insistencia de las lagartijas, se reunió en la estrecha cámara, situada bajo el puente, donde el capitán se retiraba a descansar de vez en cuando.

La estancia, más espaciosa en apariencia de lo que en realidad era, merced a la luz que la inundaba procedente de una vidriera de cuarterones de tres hojas, estaba dispuesta longitudinalmente con respecto a la eslora del navío. Una mampara de madera la dividía en dos mitades: en la más hacia proa tan solo se veía un modesto catre, provisto de un delgado jergón de paja y un viejo baúl forrado de cuero, ya muy agrietado; la mitad de popa la amueblaban una delgada mesa clavada al suelo y unas cuantas sillas, que servían de comedor para el capitán y la oficialidad o de sala de consejos.

Mas, apenas nos dispusimos todos alrededor de ella, con el objeto de decidir el curso de nuestras acciones ante la, al parecer, peligrosa situación a que la calma chicha podía conducirnos, cuando resonó de nuevo la voz de la mariquita vigía:

—¡Capitán!..¡Hip!..¡Estamos recuperando el rumbo!

Corrimos todos hacia las vidrieras y pudimos comprobar que, en efecto, la popa se deslizaba sutilmente hacia estribor, señal de que la proa enfilaba con decisión el rumbo adecuado.

—Es lo que yo dije—apuntó Yoguina—. Son sinuosidades de la corriente.

—No estaría yo tan seguro —replicó Laurel con gesto preocupado—. Bien puede tratarse de otra cosa. Una situación terrible, me temo.

Y, ante la muda interrogación que advirtió en los rostros de todos los presentes, prosiguió:

—Un lejano antepasado mío, navegante empedernido por este y otros siete mares, se vio en una ocasión ante un angustioso dilema que los dioses del mar le propusieron: navegar hacia estribor con el riesgo de que enormes torbellinos de agua hicieran naufragar su embarcación y perderse él y toda su tripulación, o hacia babor y afrontar el destino inevitable de que un horrible monstruo devorara a una parte de ella. Así, creo que las oscilaciones de la corriente son el modo en que a nosotros se nos propone el mismo dilema. Si no hacemos nada, el extremo levógiro del torbellino nos llevará al centro del Maelstrom en el que quizás podamos salvar el barco o quizás no y vayamos todos a pique. Si, antes de que cambie de nuevo el rumbo de la corriente, amuramos foques e izamos la cangreja, no me cabe la menor duda de que una brisa de popa, o puede que un viento huracanado, nos ha de empujar por babor hacia las fauces de un terrible ser que pondrá en peligro cierto la integridad de alguno de nosotros.

—Y, ¿qué hizo tu antepasado? —preguntó ávido Lucas.

—Sacrificó a unos pocos por el bien de todos. Perdió la mitad de los marineros.

—¡Oh! ¡Sí! —intervine sin que nadie me hubiera preguntado y sin poderme contener—. Esa historia, o una parecida, se cuenta en…

—Ya te vale, Benavides —me interrumpió, como siempre, Maeve—. No está el horno para bollos eruditos.

—Lo importante —dijo un hasta entonces taciturno Iker— es decidir qué vamos a hacer nosotros.

Yoguina se adelantó a todos:

—Lo mismo que el antepasado del capitán. Si la nave se va a pique nuestra misión fracasará de todas todas. Si algunos sobreviven, podrán completarla. Por ello, sugiero que hagamos lo posible por mantener nuestro rumbo originario, siguiendo las instrucciones de Merlín y procuremos a toda costa preservar a Iker y a Lucas, que son los verdaderamente imprescindibles para que esta tenga éxito.

—Y ¿cómo haremos? —la interrogó el capitán Laurel.

—No sé —replicó ella—. Cuando conozcamos la naturaleza del peligro que hemos de afrontar, será el momento de decidirlo.

Protestaron con energía Iker y Lucas, alegando no necesitar ningún tipo de privilegio, ni protección especial y estar dispuestos a enfrentarse con lo que quiera que fuera a pie firme y hombro con hombro con el resto de los miembros de la tripulación, pero Matías intervino para convencerlos:

—Si vosotros no llegáis a la Playa de los Dinosaurios, cualquier sacrificio, amén del vuestro, habrá sido inútil. Así que en agradecimiento al de quienes no logren sobrevivir al peligro que nos aguarda, si alguno no sobrevive, deberíais seguir el plan de Yoguina.

Aceptaron los chicos, aunque a regañadientes, y, terminado el consejo, salimos a dar cuenta de lo tratado al resto de los tripulantes, que con gran expectación aguardaba en cubierta.

Los restantes piratas, antiguos pacíficos habitantes de Villa Vidinha, respaldaron con entusiasmo la propuesta que el capitán Laurel sometió también a la consideración de todos y, sin más tardar, Matías ordenó amurar los foques del bauprés e izar la cangreja, por más que en ese instante seguía sin moverse ni una brizna de viento.

No bien ejecutada la maniobra, notamos que las velas desplegadas comenzaban a henchirse por lo que nos pareció al principio una brisa ligera. Pronto, sin embargo, se transformó en un más que mediano lebeche que empujó alegremente a El Temido en dirección nornordeste, su rumbo originario.

Avanzaba el velero cada vez más de prisa hasta que se hizo notorio que su velocidad excedía a la que podía desarrollar por el mero impulso de viento sobre las lonas.

—¡Arriad las velas! —ordenó el capitán—. La velocidad a que el barco se mueve es señal de que no solo nos empuja el viento, sino también una fuerte corriente marina. Si seguimos así, perderemos el control de la nave.

El grito de la mariquita rasgó el manto de silencio que se había apoderado de todos nosotros:

—¡Hip!… ¡Tie… Tierra a la vista por babor!

Corrimos todos hacia la borda de babor y, apretujados en ella, vimos cómo, en la distancia, emergía de la mar lo que parecía un elevado promontorio de roca, en torno al cual batían las olas, rompiendo en remolinos de agua y espuma.

—¡Tierra también a estribor! ¡Hip! —volvió a gritar la vigía.

Al otro lado, en efecto, se alzaba otro promontorio, gemelo del primero, en tanto el barco enfilaba la proa justo al punto intermedio entre ambos, transmitiendo la sensación de que podríamos eludirlos sin mayores dificultades.

—Parece demasiado fácil —musitó Yoguina en ese instante, casi más para sí misma que para el resto de la tripulación.

Asintió el capitán Laurel:

—Nunca he oído hablar de este paso, ni lo he visto recogido en ninguna carta marina. Por otra parte, la proximidad de las dos rocas permite abrigar la sospecha de que ambas estén unidas por debajo de la superficie y el espacio entre ellas, a que parece dirigirnos la corriente, bien pueda estar poblado de peligrosos bajíos que nos hagan encallar. Sería quizás más prudentes intentar orillarlas por un lado o por otro.

—Pero no podemos apartarnos de la corriente. Navegamos con las velas arriadas y carecemos de remos con que cambiar el curso —advirtió Matías.

—Sondad por la proa —ordenó el capitán.

Al mandato de Matías, Willy y Wally intentaron medir la profundidad de mar, cuando nos hallábamos ya en las inmediaciones del paso.

—¡Capitán —gritó el primero—, la sonda se agota sin haber tocado fondo! ¡Debe haber más de cien brazas!

—En ese caso —replicó Laurel— tal vez no sea tan complicado pasar por en medio. Pues tenemos viento de popa, largad velas y que se acabe cuanto antes este mal trago. Me inquieta, no sé por qué, la negrura del agua entre los dos promontorios.

Capítulo 4: Un velero bergantín (2ª parte)

—¡Soltad amarra de sotavento! ¡Levad anclas! —la voz de Matías resonaba por toda la cubierta con matiz menos aflautado del habitual—. ¡Amurad los foques del bauprés! Yoguina, ¡cuarta del timón a estribor! ¡Enanos, Willy, a lo bicheros y apartad la proa del pantalán! Cavo, Valga: ¡izad drizas y tensad escotas de la cangreja! ¡Navegamos de ceñida hasta la bocana del puerto y después avante a toda!

El fiel seguimiento de las órdenes de Matías y la pericia de Yoguina con el timón hicieron que con un ligero cabeceo, El Temido abandonara lentamente el abrigo de la dársena, enfilara la proa a través de la bocana y se lanzara en fin a navegar en mar abierto.

Apenas dejamos atrás unos peligrosos bajíos próximos a aquella, Matías ordenó soltar el trapo. Empujada por una recia brisa de popa, la quilla parecía más sobrevolar que cortar el agua; el bergantín avanzaba a toda vela, mientras la luna rielaba en el mar y el viento gemía en la lona, alzando blandas olas de azul y plata.

—¡Esta noche me trae a la memoria la primera vez que atravesamos el estrecho de los Dardanelos! —exclamó melancólico el capitán Laurel, quien, tras retirarse por unos instantes a su cámara, acababa de reaparecer en el puente.


—Navegábamos con Asia a un lado, Europa al otro y, al frente, las tenues luces de Estambul —prosiguió, mientras se alejaba de mí golpeando rítmicamente con su muleta las tablas del puente y tarareaba una cancioncilla, cuya letra yo desconocía y de la que ya no me acuerdo.

Al amanecer, el tiempo había cambiado. El viento de popa, que hinchó las velas durante toda la noche, dio paso a una calma chicha que las aflojó, dejándolas colgar fláccidas bajo sus vergas, detuvo la hasta entonces alegre marcha del navío y fió su rumbo al capricho de las corrientes marinas.

Como, en principio, la corriente seguía impulsándonos con dirección nornordeste, que coincidía con el rumbo que Yoguina había trazado, nos tomamos la situación como un mero respiro y, sin preocuparnos demasiado por ella, cada cual en el barco se entregó al ocio que más le plugo.


—Benavides —me sorprendió por detrás la voz chillona de Petra, mientras, subido en la tapa de un medio barril que rodaba por el puente para oficiar de banqueta y acodado en la borda, contemplaba pensativo el calmo mar turquesa—, nos debes uno de tus libros desde hace días.


—¡Oh! ¡Sí! —repliqué—. Lo prometido es deuda. Y este es un momento tan bueno como cualquier otro para saldarla, si a las señoras gallinas les parece.

—Desde luego —asintió Petra—. Y ¿qué libro nos vas decir?

—Una novela negra.

Quedaron un tanto desconcertadas las gallinas y tras una breve pausa, Purpurina preguntó extrañada:

—¿Y por qué está pintada de ese color tan raro? No se verá nada. ¡Mejor harían en pintarla de rosa!

—Entonces sería otra cosa distinta —contesté, sin querer ir más allá en mis explicaciones.

—¡Pues de color arcoíris! Se vería mucho más alegre —volvió a sugerir Purpurina.

—¡Ejem…! Me temo que también cambiaría mucho.

Intervino Petra en ese momento, con un gesto displicente hacia la primera:

—¡Pero qué ignorante eres! Se llaman novelas de negras porque las protagonistas son gallinas de Guinea, como nosotras. ¡Me encanta! ¡Gracias, Benavides!

El dictamen de Petra entusiasmó tanto a sus compañeras que las tres, excitadísimas, se pusieron a hablar a la vez y elevaron progresivamente el tono de voz hasta dar en un concierto de agudos e ininteligibles cacareos.
Aprovecharon el resquicio que el momentáneo descuido de sus madres les permitía los inquietos polluelos, abandonaron sus respectivos regazos y se diseminaron por el puente alborotando a su sabor, trepando entre las cabillas de la rueda del timón o subiéndose a un rollo de cabo acalabrotado que reposaba en el suelo. Amenazaban ya con invadir la cámara en que dormía el Capitán Laurel y provocar, si lo despertaban, una auténtica tragedia griega, cuando las gallinas reaccionaron y, con no poco trabajo, lograron devolverlos a sus lugares de partida.

—Me temo, señoras, que están muy equivocadas —dije cuando se restauró la calma y las gallinas, todavía jadeantes por el esfuerzo, se recostaron sobre las tablas de la cubierta—. Se llaman novelas negras a las que tratan de crímenes, asesinatos y cosas por el estilo.

—¿Asesinatos de gallinas? —preguntó extrañada Perla—. ¡Pues como no sea para hacer caldo…!

—No. Asesinatos en general —respondí ya al borde de agotar la reconocida “paciencia Benavides”

—Asesinatos en general. ¡Qué buen título para una novela negra de esas!— asintió Petra reflexiva—. ¿De qué va?

—No, señoras, no. Yerran de nuevo —dije mientras resoplaba con resignación—. Se titula Los crímenes de Alicia.

—Y, si ya sabemos quién es el asesino, ¿qué interés tiene? —inquirió Purpurina con displicencia.

—Bueno —repliqué—, en realidad Alicia no mata a nadie. Es solo la protagonista de una divertida historia en que persiguiendo a un conejo, encuentra una finca llena de personajes singulares que decide llamar “El País de las Maravillas”.

—¿Algo así como Villa Vidinha? —me interrumpió Perla.

—Quizás un poco más grande —repliqué—. En otra ocasión, cruzó de lado un espejo y se encontró de nuevo con otros extraños seres de esos. Pero en el libro que voy a decirles, si me dejan, no se cuentan tales historias.

—¡Oh! ¡Sí! Dilo ya, por favor. ¡Estamos impacientes! —suplicaron las gallinas al unísono.

Obedeciendo sus ruegos les “dije” el relato de un autor argentino que narra los crímenes ocurridos en el seno de una sociedad dedicada a estudiar la obra de Lewis Carroll, el autor de Alicia… Al terminar, al cabo de casi tres horas, Perla, tras un breve instante de reflexión, dijo:

—La verdad, no se me alcanza qué tienen que ver los crímenes esos con el libro del País de las Maravillas, ni siquiera con quien le contó tales historias a Alicia, ni menos, con ella misma.

—¡Bueno! —sugirió Purpurina—. Es como si contara lo que ella habría visto si, al entrar en el espejo, hubiera vuelto la cabeza y mirado hacia atrás.

—Es una forma de verlo, sí —repliqué.

—De todas formas —zanjó Petra ante mi desconcierto—, el libro ese se me antoja muy poco “ficciosímil”.

En ese momento, la vigía subida a la cofa del palo de mesana —una anodina y silenciosa mariquita con camisa de franela roja con lunares negros y negro pañuelo a la cabeza, con la que resultaba imposible mantener una conversación de dos minutos sin que intercalara en ellos más de cincuenta hipidos, productos de su desmedida afición al grog— gritó con voz estentórea:

—¡Está virando la proa! ¡Perdemos…¡hip!… el rumbo!

—¡Maldita mariquita borracha! —replicó el capitán Laurel—. ¡Ya has vuelto a darle al grog!¡Cualquier día de estos te mando pasear por la tabla!

—Me temo, capitán —intervino a la sazón Yoguina—, que, en este caso, la vigía está en lo cierto. Estamos perdiendo el rumbo.

—Pero, ¿por qué? —preguntó desconcertado Matías, que acababa de sumarse a la conversación—. Seguimos en calma chicha.

—No sabría decirlo —replicó la piloto—. Pudiera tratarse de una más o menos leve sinuosidad de la corriente… ¡Oh, Dios mío…!

—¿O qué? —interrogó preocupado Laurel.

—O estamos entrando en el extremo levógiro del pequeño Maelstrom que hay en el centro del Mar Interior y de cuyo peligro nos advirtió el Mago.

Capítulo 4: Un velero bergantín (1ª parte)

En aquellos momentos pensaba que todos los habitantes de Villa Vidinha se habían vuelto locos de remate o les habían sorbido el seso el viejo barbián de Merlín —o Morlán o como, en verdad, se llamase— y su troupe de decadentes saltimbanquis.

Hasta donde yo llegaba, no había en Villa Vidinha, en plena campiña de Guadalajara, mar, ni lago en que emprender ninguna singladura a bordo de un barco de vela. Quizás algún pantano, pero, que yo supiera, quedaba bastante lejos de allí.

Tampoco acertaba a explicarme cómo, si el supuesto mar nacía en el interior de una sima, podía emerger para que una de sus orillas pudiera hallarse junto a la tapia del jardín, al pie del viejo laurel de copa redondeada, donde Iker se detuvo en su reencuentro con Villa Vidinha y preguntó a Matías si aún les hacía navegar. Y menos lograba entender, en definitiva, que una criatura de la sensatez e inteligencia que acreditaba Yoguina se dejara embaucar por tanto embeleco, procediera este de los vecinos del Green Garden o del bergante del mago manipulador, que delante mismo de nuestras narices nos había hecho ver la función del circo de manera tan diferente a como en realidad había ocurrido.

Cuando, en cualquier caso, y mientras regresábamos a casa después de ella, osé expresar mis prevenciones en voz alta, solo Melusina, en medio del entusiasmo desatado por la propuesta de Merlín en el resto de sus compañeros, me puso algún asunto. Se detuvo un instante meneando la cabeza como con conmiseración y me dijo:

—Serás muy leído, Benavides. ¡Pero qué poquito sabes de la vida…!

Fue así como, casi sin quererlo, me hallé a la noche siguiente haciendo cola, en compañía del resto de los habitantes del Green Garden, para trepar por el tronco del laurel de copa redondeada hacia no sabía bien dónde. Ya antes había visto subir a Yoguina, Matías y los chicos, quienes debidamente reducidos de tamaño por las hadas, habían hecho acto de presencia en el trastero de techo inusualmente bajo que comunicaba con la casa.

Se movían todos como presa de gran agitación y subían por el liso tallo del árbol con una agilidad pasmosa, impropia de las anatomías de que gozaban la mayor parte de ellos.

No fue mi caso, sin embargo. Cuando me llegó el turno de trepar noté que la escasa longitud de mis brazos impedía que pudiera rodearlo por completo y, en consecuencia, no hallaba punto de apoyo desde el que impulsar hacia arriba mi cuerpo con las piernas. 

  Después de tres o cuatro intentos vanos, en los que acabé en el punto de partida, tras deslizarme hacia abajo, sin poder aferrar el tronco en modo alguno, me vi de súbito alzado por una extraña fuerza que tiraba de mí desde la trabilla del pantalón, izándome entre ridículas oscilaciones. En una de estas reconocí a las hadas como las  propulsoras que me elevaban entre el jolgorio general de mis compañeros.

Empujado por ellas, atravesé la densa copa del árbol, de cuyo verde follaje emanaba un intenso perfume agrio y fui a dar con la baldeada cubierta de un barco velero que se mecía suavemente sobre las blandas olas de un mar turquesa, amarrado al blanco malecón de un muelle que parecía del todo idéntico a la tapia este del jardín.

El barco, a primera vista muy marinero, tendría unos cien pies de eslora y veinte o veinticinco de manga y, como buen bergantín, llevaba mayor, trinquete y un tendido bauprés en la proa. Sabiendo que se trataba de un bergantín, imaginaba yo que las  todavía enrolladas velas que colgaban de sus vergas en alto serían cuadras o, si acaso, cangreja, la que habría de largarse entre la botavara y el trinquete, y de cuchillo los foques que se amuraban entre este y el bauprés. Artillaban al buque veinte amenazantes cañones que mostraban su empavonada negrura, alineados diez en cada banda.

Cuando fui depositado sobre ella, la cubierta hervía de actividad. Corrían los habitantes de Villa Vidinha de un lado a otro, sin mucho orden ni concierto, al parecer. Lo que, sin embargo, me llamó de modo más poderoso la atención fue el cambio de aspecto e indumentaria que habían experimentado los antiguos muñecos de cemento. Conservaban apenas sus anteriores apariencias de gallinas, enanos, abejas, o insectos, pero todos ellos parecían haberse transmutado en la feroz tripulación de un barco pirata: sobre las cabezas llevaban bicornios, tricornios o, más generalmente, pañuelos de vivos colores añudados al cráneo y con uno de cuyos picos colgando sobre los hombros, a modo de trenza; vestían amplias camisas de lino, algunas de mangas acuchilladas, o desmangadas las más, y se cubrían las piernas con holgados calzones de cuero que sujetaban al cuerpo por medio de fajines de varias vueltas. Había hasta quien portaba parche en el ojo, aunque no vi ni pata de palo, ni brazo con garfio. Solo los ciempiés “bailaores” llevaban vendados algunos de los muchos que tenían. Pero se debía, sin duda, al accidente sufrido dos noches antes, en su vano intento de ejecutar la petenera flamenca.

Sobre el puente distinguí a Matías, con la cabeza cubierta por un pañuelo rojo, a Yoguina, que observaba el cielo usando un extraño instrumento, que parecía un anticuado sextante y a los chicos, mirándolo todo emocionados y expectantes ante lo que suponía una aventura completamente nueva para ellos. A su lado se alzaba la imponente figura de quien debía ser el capitán Laurel, alto, delgadísimo, apoyado sobre una única pierna y sostenido por una muleta, con su gigantesca cabeza cubierta por un tricornio verde, luciendo casaca asimismo verde mar sobre una camisa gris no demasiado limpia. 

Reparó Matías en mí en ese momento y me hizo señas para que me uniera a ellos en el puente. Me encaminé hacia allá y apenas subidos los pocos escalones que lo separaban de la cubierta, el capitán Laurel se me quedó mirando y exclamó:

—¡Llegas con retraso, marinero!¡Te esperan en la cocina!

—Lo siento, capitán—intervino entonces Yoguina—, pero no creo que las culinarias se encuentren entre las habilidades más destacadas del marinero Benavides.

—Y, entonces, ¿para qué sirve?

—Dado su oficio de preservador de libros titulado, yo lo pondría al cargo del cuaderno de bitácora.

—¡Humm! —exclamó Laurel—. ¿Cuaderno de bitácora? Nunca he tenido ninguno. Se me atrancan las palabras cuando intento escribir y no me sale nada. Puede ser una buena idea. Grumete —dijo dirigiéndose ahora a mí y no sé si degradándome—, llevarás el cuaderno de bitácora y no dejarás de anotar cuanto suceda en la singladura puntualmente ni un solo día. ¡De lo contrario, te hago pasar por la quilla!

Asentí, pues la orden del pirata no parecía admitir réplica alguna y de ese modo pasé a ser considerado el cronista de la expedición, lo cual me hizo sujeto de desprecio para una parte de los tripulantes del navío que hallaban mi trabajo perfectamente prescindible y me querrían ver en tareas de navegación más arduas. En cambio, me granjeó el respeto y la consideración de otros, sobre todo de las gallinas, que no dejaban de mirarme como enorgulleciéndose de mí.

De repente, Matías hizo sonar un un silbato, cuyo agudo sonido me levantó dolor de cabeza y toda la tripulación se volvió expectante hacia el puente, en espera de recibir las órdenes oportunas para iniciar la singladura:

—Tripulación de El Temido, mis bravos piratas—dijo el capitán Laurel con una voz de trueno que contrastaba fuertemente con su delgada anatomía—: como sabéis, vamos a emprender un viaje extraordinario, por completo distinto de los habituales escarceos en busca de la maldita balandra inglesa (a la que, si por azar, encontramos no nos hemos de privar de dejar algún recado en forma de bala de cañón). Mas nuestro propósito es otro en este momento. Es llevar a estos valientes muchachos a la otra orilla de este mar inexplorado, hasta la que dicen Playa de los Dinosaurios. Nunca el bergantín ha viajado tan lejos, e ignoramos los peligros que en este periplo nos acechan, pero no me cabe ninguna duda de que hasta el último grumete de esta valerosa tripulación va dar lo máximo de sí, a arrostrar con valor cualquier amenaza, cualquier calamidad que pueda sobrevenirnos para cumplir la arriesgada misión a que nos llama nuestro honor de piratas. ¡Contramaestre Matías —exclamó alzando a un más el tono de voz—, dé las órdenes de largar amarras! ¡Piloto Yoguina: trace el rumbo cierto y adelante en nombre de la Ilustre Cofradía de los  Bucaneros del Mar Interior!

Una nutrida salva de aplausos, a la que la encendida elocuencia del capitán hizo que hasta yo me sumara, saludó la arenga y, al mandato del contramaestre Matías, cada uno ocupó su puesto y nos aprestamos a emprender nuestra singular y dudosa travesía.

Capítulo 3: La función de circo (2ª parte)

Y lo que vi llevó mi asombro y desconcierto hasta las más altas cotas que imaginarse pueda: el rubio forzudo cuyo dorados cabellos ahora tiraban bastante a grises y cuyos enormes músculos se aparecían mucho menos acerados, rozando incluso con cierta redonda flacidez, procuraba levantarse, después de que, a decir de los testigos, al intentar la pirueta para arrojarse al piso y elevar las pesas, se hubiera enredado torpemente con sus propios pies y dado con sus huesos en el suelo, de manera mucho menos airosa de lo previsto. Tras ello, el pobre Durandarte intentó disimular su fracaso volviendo a coger de cualquier modo la barra con las bolas —que por cierto tenían también menos brillo del que parecía y hasta dejaban ver el cartón piedra por debajo de algunos desconchones de la negra pintura— para quedar finalmente inmóvil, en una pose vacilante y, en general, bastante ridícula, desde la que las pesas habían terminado por resbalar y caer al suelo con un crujido que había sonado poco o nada metálico.

Para no dar lugar a que las risas, mezcladas con chiflidos y protestas, se generalizaran entre los asistentes, una Belerma, no tan juvenil como nosotros la creímos y de figura bastante menos grácil, según testificaban las emergentes redondeces que dejaba ver su vestido a la morisca, se subió al carro de un salto que quiso parecer ágil sin serlo, sumándose en él a los tres orondos ayudantes que ya lo ocupaban.

—Y ahora, damas y caballeros, estimados espectadores todos —dijo la engolada voz de Merlín, que resonó por toda la carpa—, guardemos silencio para asistir al culmen del fascinador número del gran Durandarte, quien se va jugar literalmente su frondoso mostacho intentando arrastrar con él el carro con su material y cuyo peso se ha incrementado, bien que no en exceso, con el de la bellísima Belerma y, de manera notoria, con el de los tres… ¡ejem!… robustos ayudantes del forzudo.

Tanto aquella, como estos, saludaron alegres al público que, por un momento, contuvo su rechifla y se aprestó a contemplar el espectáculo que se avecinaba.

Cuando, uncido ya el bigote a la lanza del carro por medio de un bramante, se disponía aquel a arrastrar el vehículo y su pesada carga en medio de un redoble de suspense que salía no sé de dónde, una voz  a mi espalda me obligó a desentenderme de lo que ocurría en la arena:

—¡Benavides, estúpido, te van a descubrir y, creyéndote parte del circo, igual te hacen saltar al centro de la pista! ¡Vuelve a tu sitio! —dijo imperiosa Maeve, al tiempo que, haciendo gala de más vigor que el artista, me arrastraba hasta detrás de las tablas del graderío y terminaba por depositarme en el lugar de donde había partido.

Cuando pude volver los ojos a la pista, la escena había cambiado de nuevo y Durandarte arrastraba el carrillo que colgaba de las tirantes guías de su bigote caminando hacia atrás, con los brazos en cruz, a pasos cautelosos. Anduvo así un tiempo en el que completó no menos de dos vueltas al redondel de albero y finalmente volvió a su centro, donde desanudó las cuerdas que lo unían al vehículo y saludó hacia el lugar en que nos encontrábamos un con gesto de triunfo.

A diferencia de mis compañeros, no me quise dejar llevar por el entusiasmo y, en vez de aplaudir encendidamente, agucé el oído buscando percibir la reacción del público del resto del graderío: batían algunos palmas como al desgaire, pero la mayoría chiflaba o incluso reía. Era fácil imaginar que los más compasivos se limitarían a guardar silencio y que, por tanto, el final del número del forzudo no debía haber sido para ellos tan airoso como nos pareció a nosotros.

Continuó el espectáculo circense en términos muy parecidos: tras el forzudo Durandarte, anunció Merlín “el increíble número de las vivaces acrobacias que tres  pizpiretas amazonas iban a realizar a lomos de sus correspondientes hacaneas”, y a continuación hicieron acto de presencia lo que parecían —pues yo ya no sabía si creer lo que veían mis ojos— tres bellas damas campesinas, llevando por el ronzal a  otras tantas espléndidas jacas, la primera baya, la segunda marrón y negra la tercera.

Vestían las tres sayuelas de paño morado con fajas de terciopelo, cada una de un color y como de un palmo de ancho, corpiños de velludo, guarnecidos con ribetes de raso blanco, camisas de pecho y basquiñas.

Al grito de la que encabezaba la marcha, tras un par de vueltas a la pista, aumentando progresivamente el paso de sus cabalgaduras, subieron sobre ellas las tres al unísono y quedaron en sus respectivas sillas montando a la mujeriega. Tras media vuelta escasa y de nuevo a la orden de la primera, se levantaron con agilidad para quedar en pie sobre las sillas y desde ahí, gobernando a sus monturas por medio de riendas inusualmente largas, hicieron varias cabriolas, saltos y vueltas hasta caer de nuevo sobre la sillas, cabalgando ahora a la jineta.

Aplaudimos con fuerza el número, pero de nuevo se me hizo percibir un runrún de descontento del resto de los espectadores, aunque nada pude hacer por verificarlo ante la férrea vigilancia de las hadas.

—Es el grupo de campesinas, o de damas ataviadas como tales, que nos preguntaron por la salud del Caballero del Molino el verano pasado en la Sima Desconocida —dijo Matías entusiasmado.

Asintieron los chicos, en tanto las aldeanas desaparecían por el control y, tras una breve y, como siempre encomiástica, introducción de Merlín, fueron reemplazadas con rapidez, a lo que parece para acallar las protestas de algún sector del público, cuyo rumor llegaba hasta nosotros, por los tres ayudantes del forzudo, ahora en hábitos de payasos.

Vestía el más delgado de ellos como payaso blanco, en tanto los otros dos oficiaban de Augusto y de Tony, mas he de confesar que ni desde la perspectiva favorable que me ofrecía el resquicio de las tablas, por entre las piernas de Iker y Lucas, sus evoluciones y chistes anticuados consiguieron arrancarme no ya carcajadas, ni siquiera  media sonrisa, al igual que al resto de los compañeros, incluidos los chicos. Solo Matías palmoteaba con alborozo:

—¡Son los Caballeros de la Mesa! ¡Son los Caballeros de la Mesa!—gritaba sin poder parar de reír, aunque ignoro por qué motivo.

—¿Qué te hace tanta gracia, Matías? —osé preguntar al fin. Pero un chisteo imperioso de Maeve cortó en seco mi pregunta y aun la posible respuesta de la vieja lagartija.

Terminaron su actuación los payasos, con más pena que gloria, y en la pista se hizo un denso silencio, al tiempo que se atenuaban de improviso las luces y hacía su aparición en ella un Merlín ataviado a la chinesca, con larga túnica azul cobalto, tachonada de plateadas estrellas que le cubría hasta los pies y tocado de un corto gorro cónico mandarín. Lo asistía la bella Belerma, que no paraba de aproximarle cachivaches y artilugios de vivos colores con los que el mago fue desplegando un buena colección de trucos y juegos de manos, unos conocidos y comunes a casi todos los ilusionistas, como adivinaciones o manipulación de naipes, y otros verdaderamente originales y brillantes cuyos efectos semejaban magia “real”, aunque ninguno de ellos pareció ser apreciado en demasía por el público asistente, ya un tanto revenido por la pobreza de los números anteriores.

Concluida la función, el público asistente fue poco a poco despejando la carpa, salvo nosotros que permanecíamos en nuestros lugares como anclados en ellos por una fuerza misteriosa. Al cabo de unos instantes vimos destacarse  desde el fondo del telón a la totalidad del elenco del espectáculo. Venían con Merlín a la cabeza,  portando aún los relucientes atavíos con que habían actuado y que, una vez fuera de las luces y bambalinas que adornaban la pista, presentaban un aspecto bastante deslucido:

—Matías, Iker, Lucas, me alegro de veros nuevamente —dijo a la sazón el mago, con voz grave y un tanto melancólica.

—Nosotros también, Merlín —replicó Matías, ante el silencio un si es no es confuso de los chicos—. Y dinos: ¿qué os ha traído acá, de la guisa en que venís,  con toda esta parafernalia del espectáculo circense?

—Los graves acontecimientos que ahora se viven en la Sima Desconocida —dijo el mago tristemente— han propiciado que abandonáramos la comodidad de nuestro oculto refugio y nos hayamos dirigido hasta aquí para implorar vuestra ayuda, siquiera sea en justa correspondencia de la que en su día os proporcionamos nosotros para que pudierais derrotar a la terrible Croma. Máxime cuando el enemigo es el mismo, aunque manifiesto de  forma tan poderosa y sobrecogedora que hasta pone en peligro la tranquilidad del  sueño que el buen Yogui mantiene en la Cámara de las Gemas y puede que muchas otras cosas.

—-Pues, ¿qué ha ocurrido? —inquirió Matías.

—Empezó todo hace unas cuantas semanas, cuando Zelda y Troyer Dinklager, los enanos custodios de la Cámara, nos hicieron saber por medio del Mago Gris que algo estaba turbando el sueño de Yogui; de tranquilo y apacible, había pasado a desinquieto y nervioso. Decían que, en ocasiones, hablaba en voz alta y hasta gritaba de terror, como quien busca despertarse sin lograrlo en medio de desasosegantes pesadillas. Según el  Mago Gris, la desaparecida Croma ha conseguido, de alguna manera, desde sus propios sueños, entrar en los de Yogui, controlarlos y, lo que es peor, que las pesadillas que le transmite se proyecten al exterior y se materialicen. Por este motivo hemos sufrido la invasión de los siluros anfibios, extravagantes criaturas en forma de pez con patas, negras manos de dedos como garfios y piel viscosa y resbaladiza que, llegados del mar interior, se han ido apoderando de la Sima Desconocida. Primero cayó en su poder la cueva de los enanos, donde solo resisten Zelda y Troyer, parapetados tras las gruesas puertas de la Cámara de las Gemas, en la que, por la razón que sea, no pueden entrar; después el resto de la Sima, a cuyos habitantes, una vez hacen presa en ellos, les roban las palabras y reducen al silencio y a una especie de idiocia que los convierte en sus dóciles esclavos.

—Y ¿que se puede hacer? —preguntó angustiada la vieja lagartija.

—Antes de que la práctica totalidad de la Sima cayera en manos de los Siluros, Snorri Saknunsen, el islandés erudito, versado en runas, el anciano Mago Gris y yo mismo tuvimos ocasión de estudiar el caso juntos y por separado y llegamos a la misma conclusión: al menos Iker y Lucas y tal vez tú también, debéis hacer lo imposible por llegar a la Cámara de la Gema, hablar a Yogui e intentar tranquilizarlo. Es casi seguro que de ese modo lo rescatéis de la maléfica influencia de Croma y sus negras pesadillas se desvanezcan sin dejar rastro.

—Eso es fácil. ¡Dalo por hecho! —gritaron al unísono Iker y Lucas, haciendo gala de su habitual vehemencia—. Mañana por la noche montaremos en las garzas y en un plisplás nos ponemos en la Sima.

Matías movió tristemente la cabeza:

—Me temo que no va ser posible de ese modo. Las garzas no se han vuelto a remover desde el año pasado, y eso que no le faltan las plumas mágicas. Mucho me temo que los dos vuelos tan seguidos hasta allá del otro verano las han agotado por completo.

—Tampoco podríais entrar—terció también Merlín—ni por el tobogán, ni por las gradas. Ambas entradas están controladas y vigiladas por los siluros.

—¿Y entonces? —preguntó angustiado Matías.

—El Mago Gris, Snorri Saknusen y yo hemos trazado un plan: aprovechando que los siluros ostentan una cierta desorganización ya que, a lo que parece, carecen de una dirección clara y se mueven como guiados por un impulso externo, podríamos deslizarnos por la tercera y más peligrosa entrada a la Sima, como situada justo detrás de uno de los saltos de la chorrera de Despeñaelagua, e intentaríamos liberar a la Reina y a sus Caballeras de la Mesa, más eficaces, disciplinadas y ágiles que estos apoltronados Caballeros…

Iniciaron en ese momento los payasos un tímido movimiento de protesta, que fue enérgicamente silenciado por Merlín, quien prosiguió:

—Liberadas las Caballeras de la Reina, desencadenaríamos un ataque de distracción, que vosotros deberíais aprovechar para introduciros en la Cueva de los Enanos y alcanzar la Cámara de las Gemas. Será, sin duda, peligroso, pero plausible.

—No parece mal plan —asintió Matías—. Solo le veo un inconveniente: no hallo el modo de que Iker, Lucas y yo lleguemos a la Cueva de los Enanos sin atravesar la Sima.

—En cuanto a eso, tiene solución, aunque no fácil. Iker, Lucas, ¿recordáis lo que se veía desde la Playa de los Dinosaurios, en la orilla del Mar Interior, junto a la Cueva de los enanos?

—Sí, claro, la otra orilla por detrás de un gran remolino de agua —replicó Lucas.

—¿Y qué veis desde Villa Vidinha?

—La cara sur de Pico Ocejón, donde esta la Sima—dijo Matías.

—Es decir que desde cada orilla del mar se ve la opuesta. Lo cual quiere decir que ambas están comunicadas por él.

—Pero, entonces, ¿el mar que navegamos a las órdenes del Capitán Laurel es el famoso Mar Interior?—preguntó una Yoguina que hasta entonces había permanecido en silencio.

—Así es —asintió Merlín.

—Luego podríamos llegar a esa playa que dices, navegando en El Temido, una vez esté reparado. 

El mago volvió a asentir.

—El problema —terció de nuevo Yoguina— es que yo, que soy quien pilota la nave, desconozco la derrota para llegar a donde decís.

—No es difícil. Debes evitar el pequeño Maelstrom de su centro. De caer en su zona de influencia, arrastraría la nave de manera inevitable hasta quién sabe dónde. Has de navegar, pues, siempre a estribor para orillarlo, hasta alcanzar el archipiélago de las Siete Islas Malditas. Las corrientes marinas te harán rebotar de una a otra y desde la más septentrional de ellas lograrás arribar a la Playa de los Dinosaurios, si aprovechas las mareas.

—Pero el bergantín nunca se ha alejado tanto de la costa; para esa singladura, se requiere una tripulación numerosa… —objetó, de nuevo Yoguina.

—En efecto —concedió el mago—. Mucho me temo que esta tarea solo podrá ser culminada por Villa Vidinha toda; por la tripulación de El Temido al completo.