—¡Soltad amarra de sotavento! ¡Levad anclas! —la voz de Matías resonaba por toda la cubierta con matiz menos aflautado del habitual—. ¡Amurad los foques del bauprés! Yoguina, ¡cuarta del timón a estribor! ¡Enanos, Willy, a lo bicheros y apartad la proa del pantalán! Cavo, Valga: ¡izad drizas y tensad escotas de la cangreja! ¡Navegamos de ceñida hasta la bocana del puerto y después avante a toda!
El fiel seguimiento de las órdenes de Matías y la pericia de Yoguina con el timón hicieron que con un ligero cabeceo, El Temido abandonara lentamente el abrigo de la dársena, enfilara la proa a través de la bocana y se lanzara en fin a navegar en mar abierto.
Apenas dejamos atrás unos peligrosos bajíos próximos a aquella, Matías ordenó soltar el trapo. Empujada por una recia brisa de popa, la quilla parecía más sobrevolar que cortar el agua; el bergantín avanzaba a toda vela, mientras la luna rielaba en el mar y el viento gemía en la lona, alzando blandas olas de azul y plata.
—¡Esta noche me trae a la memoria la primera vez que atravesamos el estrecho de los Dardanelos! —exclamó melancólico el capitán Laurel, quien, tras retirarse por unos instantes a su cámara, acababa de reaparecer en el puente.
—Navegábamos con Asia a un lado, Europa al otro y, al frente, las tenues luces de Estambul —prosiguió, mientras se alejaba de mí golpeando rítmicamente con su muleta las tablas del puente y tarareaba una cancioncilla, cuya letra yo desconocía y de la que ya no me acuerdo.
Al amanecer, el tiempo había cambiado. El viento de popa, que hinchó las velas durante toda la noche, dio paso a una calma chicha que las aflojó, dejándolas colgar fláccidas bajo sus vergas, detuvo la hasta entonces alegre marcha del navío y fió su rumbo al capricho de las corrientes marinas.
Como, en principio, la corriente seguía impulsándonos con dirección nornordeste, que coincidía con el rumbo que Yoguina había trazado, nos tomamos la situación como un mero respiro y, sin preocuparnos demasiado por ella, cada cual en el barco se entregó al ocio que más le plugo.
—Benavides —me sorprendió por detrás la voz chillona de Petra, mientras, subido en la tapa de un medio barril que rodaba por el puente para oficiar de banqueta y acodado en la borda, contemplaba pensativo el calmo mar turquesa—, nos debes uno de tus libros desde hace días.
—¡Oh! ¡Sí! —repliqué—. Lo prometido es deuda. Y este es un momento tan bueno como cualquier otro para saldarla, si a las señoras gallinas les parece.
—Desde luego —asintió Petra—. Y ¿qué libro nos vas decir?
—Una novela negra.
Quedaron un tanto desconcertadas las gallinas y tras una breve pausa, Purpurina preguntó extrañada:
—¿Y por qué está pintada de ese color tan raro? No se verá nada. ¡Mejor harían en pintarla de rosa!
—Entonces sería otra cosa distinta —contesté, sin querer ir más allá en mis explicaciones.
—¡Pues de color arcoíris! Se vería mucho más alegre —volvió a sugerir Purpurina.
—¡Ejem…! Me temo que también cambiaría mucho.
Intervino Petra en ese momento, con un gesto displicente hacia la primera:
—¡Pero qué ignorante eres! Se llaman novelas de negras porque las protagonistas son gallinas de Guinea, como nosotras. ¡Me encanta! ¡Gracias, Benavides!
El dictamen de Petra entusiasmó tanto a sus compañeras que las tres, excitadísimas, se pusieron a hablar a la vez y elevaron progresivamente el tono de voz hasta dar en un concierto de agudos e ininteligibles cacareos.
Aprovecharon el resquicio que el momentáneo descuido de sus madres les permitía los inquietos polluelos, abandonaron sus respectivos regazos y se diseminaron por el puente alborotando a su sabor, trepando entre las cabillas de la rueda del timón o subiéndose a un rollo de cabo acalabrotado que reposaba en el suelo. Amenazaban ya con invadir la cámara en que dormía el Capitán Laurel y provocar, si lo despertaban, una auténtica tragedia griega, cuando las gallinas reaccionaron y, con no poco trabajo, lograron devolverlos a sus lugares de partida.
—Me temo, señoras, que están muy equivocadas —dije cuando se restauró la calma y las gallinas, todavía jadeantes por el esfuerzo, se recostaron sobre las tablas de la cubierta—. Se llaman novelas negras a las que tratan de crímenes, asesinatos y cosas por el estilo.
—¿Asesinatos de gallinas? —preguntó extrañada Perla—. ¡Pues como no sea para hacer caldo…!
—No. Asesinatos en general —respondí ya al borde de agotar la reconocida “paciencia Benavides”
—Asesinatos en general. ¡Qué buen título para una novela negra de esas!— asintió Petra reflexiva—. ¿De qué va?
—No, señoras, no. Yerran de nuevo —dije mientras resoplaba con resignación—. Se titula Los crímenes de Alicia.
—Y, si ya sabemos quién es el asesino, ¿qué interés tiene? —inquirió Purpurina con displicencia.
—Bueno —repliqué—, en realidad Alicia no mata a nadie. Es solo la protagonista de una divertida historia en que persiguiendo a un conejo, encuentra una finca llena de personajes singulares que decide llamar “El País de las Maravillas”.
—¿Algo así como Villa Vidinha? —me interrumpió Perla.
—Quizás un poco más grande —repliqué—. En otra ocasión, cruzó de lado un espejo y se encontró de nuevo con otros extraños seres de esos. Pero en el libro que voy a decirles, si me dejan, no se cuentan tales historias.
—¡Oh! ¡Sí! Dilo ya, por favor. ¡Estamos impacientes! —suplicaron las gallinas al unísono.
Obedeciendo sus ruegos les “dije” el relato de un autor argentino que narra los crímenes ocurridos en el seno de una sociedad dedicada a estudiar la obra de Lewis Carroll, el autor de Alicia… Al terminar, al cabo de casi tres horas, Perla, tras un breve instante de reflexión, dijo:
—La verdad, no se me alcanza qué tienen que ver los crímenes esos con el libro del País de las Maravillas, ni siquiera con quien le contó tales historias a Alicia, ni menos, con ella misma.
—¡Bueno! —sugirió Purpurina—. Es como si contara lo que ella habría visto si, al entrar en el espejo, hubiera vuelto la cabeza y mirado hacia atrás.
—Es una forma de verlo, sí —repliqué.
—De todas formas —zanjó Petra ante mi desconcierto—, el libro ese se me antoja muy poco “ficciosímil”.
En ese momento, la vigía subida a la cofa del palo de mesana —una anodina y silenciosa mariquita con camisa de franela roja con lunares negros y negro pañuelo a la cabeza, con la que resultaba imposible mantener una conversación de dos minutos sin que intercalara en ellos más de cincuenta hipidos, productos de su desmedida afición al grog— gritó con voz estentórea:
—¡Está virando la proa! ¡Perdemos…¡hip!… el rumbo!
—¡Maldita mariquita borracha! —replicó el capitán Laurel—. ¡Ya has vuelto a darle al grog!¡Cualquier día de estos te mando pasear por la tabla!
—Me temo, capitán —intervino a la sazón Yoguina—, que, en este caso, la vigía está en lo cierto. Estamos perdiendo el rumbo.
—Pero, ¿por qué? —preguntó desconcertado Matías, que acababa de sumarse a la conversación—. Seguimos en calma chicha.
—No sabría decirlo —replicó la piloto—. Pudiera tratarse de una más o menos leve sinuosidad de la corriente… ¡Oh, Dios mío…!
—¿O qué? —interrogó preocupado Laurel.
—O estamos entrando en el extremo levógiro del pequeño Maelstrom que hay en el centro del Mar Interior y de cuyo peligro nos advirtió el Mago.