Capítulo 8: El esqueleto del Capitán Achab (final)

—¡Eso no! —suplicó mi madre—. ¿Qué quieres obtener para frenar esa horrible maldición? Te daré la mitad de mi reino, si es ese tu deseo.

—De momento —respondió Croma—, no me interesa. Tengo otros proyectos. Pero, sí, en efecto, hay una manera de evitar tan desagradable incidente.

—¿Cuál? —preguntó ella ansiosa.

—Que antes de que él o ella se claven la espina, te la claves tú. Así se cumplirá de una vez mi venganza y tu condena.
Quedó pensativa mi madre unos instantes y, después, sobreponiéndose a su angustia, con un inmenso esfuerzo, concedió:

—Está bien. Sea. Pero déjame, al menos, disfrutar de mi hijo algún tiempo. Dilata el plazo de tu venganza hasta el que yo tuve marcado y consiénteme en esperar hasta que cumpla quince años. Te lo suplico por esa sangre que, a pesar de todo, compartimos.

—De acuerdo, querida —respondió riendo la bruja—. Eso servirá de paso para prolongar tu agonía, pero que sean solo siete. Ni un día más. Si el de su séptimo cumpleaños no te has clavado tú la espina, se la clavará tu hijo y se verá condenado a dormir por siempre.

Dicho lo cual se desvaneció de manera tan misteriosa como había entrado y a mi madre, presa de angustia y dolor, le tomó un profundo desmayo.

Cuando al día siguiente, con las primeras luces del alba, recobró el sentido, pensó haber sufrido una pesadilla y suspiró con cierto alivio, mas, al incorporarse, una mueca de pánico se dibujó en su rostro: a su lado, abierta, yacía la cajita de oro acolchada de terciopelo rojo, con la aguja de cactus en su interior.

Nací yo a los pocos meses, pero una sombra de melancolía veló para mi madre la alegría por mi nacimiento. Desde el principio, aun sin advertírmelo, me fue preparando para la separación que inevitablemente se habría de producir a los pocos años. Se distanciaba con eso de mi padre que creía que la historia de la maldición de Croma era solo fruto de un delirio de ella y que actuaba, por tanto, como si nada fuera a ocurrir, embarcándose en continuas y larguísimas expediciones para limpiar los mares de lo que él llamaba la lacra de la piratería, contra la que cada vez estaba más obsesionado. Decía que su erradicación era tarea que tenía encomendada personalmente por el Lord Mayor del Almirantazgo, por cuyo cumplimiento habría de obtener multitud de premios y honores, quizás hasta el de ser nombrado Caballero Comendador de la Orden del Imperio Británico. ¡Menuda gansada!

La víspera de mi séptimo aniversario —el peor día de mi vida—, mi madre me hizo acudir a su cámara y, encerradas en ella las dos a solas, me contó la historia de la terrible maldición que sobre mí pesaba, mostrándome la dichosa cajita de oro. Le pedí desesperada que la arrojara al mar y así ni ella ni yo correríamos el riesgo de pincharnos, pero negó con la cabeza:

—Si no es esta espina será cualquier otra. No merece la pena.

Hice ademán de arrebatársela, para arrojarla yo, ante la inutilidad de mis esfuerzos por convencerla, y en el forcejeo, haciendo que pareciera fortuito, se clavó la espina en la yema del dedo pulgar de su mano izquierda.

Cayó fulminada y apenas tocado el suelo, su respiración se hizo más tranquila y suave, se le cerraron los ojos, como si le pesaran los párpados y se hubiera sumergido de improviso en un sueño profundo.

Antes de quedarse dormida del todo y, al ver que me inclinaba sobre ella, reuniendo sus últimas fuerzas, alcanzó a murmurar:

—Sé valiente.

—Entonces —dije alzando la voz por la sorpresa— lo que pretendéis al uniros a nuestra expedición es…

—Asegurarme de que, como creen los sabios esos que decís, la cercanía de Iker y Lucas, así como sus palabras tranquilizadoras servirán para romper la última conexión que Croma la Maldita tiene con este mundo a través de Yogui y, si no…

—¿Qué?

—Tendré que matar a ese perro —dijo y me mostró una afiladísima daga de acero brillante y rica empuñadura que llevaba oculta entre las ropas.

Me asustó la determinación que pensé hallar en su mirada, pero no me dio tiempo a replicarle nada, ni siquiera a intentar disuadirla de su oscuro propósito, aduciendo la inocencia de Yogui, en quien ella quería descargar su impotencia, su frustración y su odio, porque Iker, en ese momento, se volvió hacia nosotros:

—Si no os dais más prisa y os acercáis al grupo, terminaréis por perderos en el manglar. Dejad los cuentos para mejor ocasión.

Así que, encogiéndome de hombros, apreté el paso. Nuestro camino por el islote se hacía lento y trabajoso pues, por momentos, este se empinaba más y más y el suelo se volvía más legamoso y resbaladizo.

—No entiendo nada —dijo, al fin, Laurel tras unos momentos de extenuante marcha—. El agua, o lo que sea, debería descender por la pendiente por la que nosotros estamos subiendo y el piso secarse poco a poco, pero es justo al revés: el líquido aumenta cada metro que subimos.

—Y huele cada vez peor —apostillé.

—Sí. Eso también.

—Parece que no falta mucho para la cumbre de este montículo. Se ve algo que brilla por encima de la vegetación del manglar—observó Lucas, que se había adelantado unos metros.

La perspicaz observación de este nos animó a proseguir la subida, hasta que, finalmente, nos hallamos en medio de un claro entre los árboles, que culminaba nuestro ascenso, y en el que se nos ofreció ante los ojos un espectáculo singular y terrible.

Estaba el islote coronado por un enorme agujero circular, cuyo fondo no se acertaba a distinguir. y, clavado por debajo de él, un gran arpón de punta serrada, como los que usaban los balleneros para atrapar a sus presas. Colgaban del arpón los restos de un grueso cabo, a cuyo extremo se anudaban las ruinas de bote en que yacían revueltos los huesos de un número indeterminado de cadáveres humanos. Su ropa, hecha jirones, revelaba su condición de marineros. Entre el arpón y la barca, con el cabo enrollado en la cintura, yacía otro cadáver. El esqueleto milagrosamente intacto, dejaba ver que a su antiguo dueño le habían sustituido una de sus piernas por otra de palo. Los huesos se le habían aligerado tanto, que su mano, semejante a una hoja seca y quebradiza, no paraba de agitarse por el viento, como invitando a que le siguieran a los desgraciados tripulantes del bote. Ese mismo viento, a su paso por entre las ramas del manglar, producía un curioso sonido que, aguzando el oído, parecía silbar:

—¡Por allá resopla!

Nos estremecimos todos ante fenómeno tan extraño y, mudos y desconcertados, permanecimos un instante contemplándolo.
—Creo que sé lo que es esto —dijo, al fin, Laurel pensativo —. No estamos en un islote, sino sobre los restos de la gran ballena blanca, de Moby Dick y del capitán Achab y su tripulación. Consiguieron herir de muerte al cetáceo, pero este aún tuvo fuerzas suficientes para arrastrarlos a las profundidades. Ese fuerte cabo de cuerda ligó en la muerte el destino de todos ellos.

Se aproximó al cadáver de Achab, le desató la pata de palo, la colocó en su propio muñón y asiendo su vieja muleta probó a andar:

—¡Por vida de Satanás! ¡La muleta que fue de John Silver el Largo y la pata de caoba del capitán Achab! ¡Nunca hubo pirata tan bien provisto en toda la redondez de los siete mares!

Y riendo, reemprendió ágilmente la marcha de regreso hacia donde el bajel nos aguardaba.

Capítulo 8: El esqueleto del Capitán Achab (2ª parte)

Fue así que nos introdujimos en aquel banco de niebla y ordenó el capitán navegación silenciosa, tanto para no ser oídos desde la balandra inglesa, como para acertar a evitarla en caso de que de manera inadvertida se aproximara a nosotros.

Salvo Yoguina, que seguía asiendo con firmeza el timón y Willy y Wally que sondaban permanentemente la profundidad de agua, no fuéramos a darnos del bruces con algunos bajíos velados por la niebla, los demás permanecíamos asomados por la borda, a ambos lados de la quilla, escrutando su espesa capa, por si algún obstáculo imprevisto emergía ante nosotros y nos ponía en riesgo de colisión.

Pasaban los minutos con lentitud, sin que, pese a nuestro esfuerzo, acertáramos a columbrar algo distinto a la tupida bruma marina que nos envolvía y que, a cada instante, parecía volverse más sólida, cuando, de improviso, la proa del barco tropezó con algún obstáculo que, ni nosotros habíamos visto, ni la sonda había detectado en la forma de elevación del fondo marino.

Lo más llamativo del caso es que el sonido del impacto del casco de nuestro buque, con lo que quiera que fuera que hubiéramos chocado, no era el característico de la madera contra roca, ni el desgarrador chirrido de una quilla al hendir y hundirse en un banco de arena. Había sonado un golpe contra algo blando, podría decirse que orgánico, como si estuviéramos atravesando un inmenso y apretado cardumen de sardinas, solo que el barco había quedado aprisionado en él y detenido su marcha por completo.

La inercia de esta, pese a su escasa velocidad, nos empujó a unos contra otros y dio en el suelo con no pocos de nosotros, entre una sordina de quejas y gruñidos, mientras nos poníamos de nuevo en pie.

—¡Silencio!— volvió a ordenar el capitán.

—¿Contra qué habremos chocado? —preguntó, ansioso, Matías en voz queda—. Esto es muy raro.

—No lo sé. Lo mejor será bajar a comprobarlo —le replicó aquel en idéntico tono.

Casi por señas, se armó una expedición a la que se apuntaron los chicos y a la que el capitán, que habría de comandarla, me conminó a unirme para actuar como testigo y consignar cuanto en ella descubriéramos en el cuaderno de bitácora.

Tendimos una red desde la borda, por la que descendimos hasta depositarnos en una especie de légamo lechoso, con un fuerte olor a pescado podrido, sobre el que, más que andar, podía chapotearse. De él crecía una vegetación frondosa, a modo de manglares, por la que nos internamos, subiendo poco a poco desde la raya del agua, donde nuestro barco había encallado, pero sin pisar nunca suelo seco.

Nos movíamos despacio, trabajosamente y en silencio, porque nos sentíamos envueltos por una atmósfera solemne, casi como de catedral gótica, y por más de media hora proseguimos nuestro vacilante camino.

—No sé por qué —dijo al fin el capitán Laurel, cuya marcha era más trabajosa que la de ninguno, pues iba dando camballadas, cada vez que la punta de su muleta se hundía casi hasta la mitad en aquel fango blancuzco— tengo la sensación de que estamos en un islote, aunque de gran tamaño. Lo que me extraña es que estos manglares, o lo que sean, no parecen provenir de ninguna lengua de agua, sea dulce, procedente de algún río del interior o salada, traída aquí por la pleamar. El agua, si es que este asqueroso líquido lo es, mana desde el interior.

Las palabras del capitán fueron como una señal y los cinco rompimos a charlar, más que nada para disipar la atmósfera opresiva que se cernía sobre la isla aquella, seguros de que nadie podría oírnos desde fuera, pues la intrincada vegetación que la cubría por completo taparía el ruido de nuestras voces.

—Lady Victoria —pregunté, para deshacerme de una duda que, desde hacía horas, venía royéndome el ánimo—, ¿qué sabéis de Croma? Hablando con vuestro padre afirmasteis ser conocedores de sus desmanes y trapacerías y hasta estar concernidos ambos por ellos, y de manera bien directa.

—Es algo —replicó— que no me gustaría que se supiera de momento, así que solo os lo diré si prometéis guardarlo en secreto hasta que yo os autorice a difundirlo.

—Mi lady: soy un pozo de discreción; nada de lo que me digáis contaré sin vuestro permiso.
Tras asegurarse de que ni Iker, Lucas o el capitán podían oírnos, pues marchaban algo más adelantados, empezó su relato:

—Croma, cuyo nombre real yo también ignoro, es una prima segunda de mi abuela, la reina Talía de Minos, antiguo nombre de la isla de Crokinole. Por tradición familiar, al ser la pariente viva más próxima, estaba destinada a ser la madrina del heredero de la corona, así como su tutora y regente del reino en el caso de que sus padres murieran antes de su mayoría de edad. Mi abuelo, sin embargo, decidió romper esa tradición y encomendó esa misión a uno de sus ministros, que le inspiraba más confianza que ella. Irritada por eso, Croma esperó a los fastos que se celebraron con motivo del nacimiento del heredero real, mi madre en este caso, y la obsequió con la consabida maldición de que al cumplir quince años habría de pincharse con la espina de un extraño cactus, a resultas de lo cual, permanecería dormida hasta que la despertase el beso de algún príncipe enamorado. Al llegar el momento y, tal como la bruja tenía previsto, el accidente se produjo y mi madre se sumió en un profundo sueño. Pasaron los años sin que la situación cambiara en nada, pues no había príncipe, enamorado o no, que quisiera dejarse ver por Minos y, cuando ya mi abuelo desesperaba de haber quien heredara su trono, apareció por sus playas un arruinado aristócrata inglés, que, para restablecer su fortuna, se había dado, sin mucho éxito al parecer, al ejercicio de la piratería…

—¿Vuestro padre fue entonces pirata? —la interrumpí—. No lo entiendo.

—¿Por qué? Dicen que no hay peor cuña que la de la misma madera, o que el mayor de los furtivos con frecuencia resulta ser el mejor guardabosques.

—Sea como sea —prosiguió—, decidió probar suerte con el encantamiento y la tuvo: despertó a la reina, se enamoraron ambos y él recuperó título y crédito con las riquezas de la isla, que, para asegurarla, puso bajo el Imperio británico, obteniendo para sus antiguos reyes el de gobernadores independientes y a perpetuidad. Pasaron los años y en la ya llamada isla de Crokinole solo se respiraba felicidad, y, más aún, cuando se supo que mi madre, la reina gobernadora, estaba embarazada y se anunciaba el nacimiento de un heredero al trono.
Poco antes de que eso sucediera, una oscura noche del mes de noviembre, en que el viento azotaba las costas de la isla, levantaba olas inmensas que parecían iban a engullirla en su totalidad o doblaba y quebraba árboles centenarios en su interior, Croma, a quien mi abuelo había forzado a abandonar Crokinole para siempre, irrumpió, sin embargo, en la cámara real, donde mi madre descansaba. Le dio la dolorosa noticia de que no consideraba cumplida del todo su venganza, y añadió a su maldición un toque de cruel refinamiento: tendió a mi madre una alargada cajita de oro con la tapa abierta, en cuyo interior acolchado de terciopelo rojo se veía una larguísima y puntiaguda espina negra de cactus.

—A los cinco años de edad, tu heredero tendrá un “accidente” análogo al que tú tuviste con una espina como esta. Solo que, en esta ocasión, no habrá beso de príncipe o princesa que pueda despertarlo. He avanzado mucho en el cultivo de mis “cactus cobra” y he conseguido depurar su veneno de ese pequeño inconveniente.

Capítulo 8: El esqueleto el Capitán Achab (primera parte)

Lo que peor llevaba era la orden de silencio absoluto que el capitán Laurel había impuesto, mientras navegábamos por aquel banco de niebla. Los jirones que envolvían el navío casi hasta ensordecer el ruido de la quilla, mientras cortaba el débil oleaje, se hacían cada vez más espesos y nos impedían ya columbrar la tranquila lámina de agua por la que nos deslizábamos, empujados por la corriente. Más que navegar, hubiérase dicho que volábamos entre nubes.

Todo empezó cuando, tras constatar la falta de juicio de Pog Clinc y la inutilidad del tesoro que guardaba, abandonamos la isla y reemprendimos el rumbo nor-noroeste que nos recomendara Merlín, en busca de nuestro destino.

Acodado en la balaustrada de madera que separaba el puente de la cubierta, conversaba con Matías, mientras contemplaba cómo bromeaban Iker, Lucas y Lady Victoria.

—Con los muchos días de navegación que llevamos, es de suponer que los padres de estos chicos deben estar desesperados buscándolos. Incluso han debido ya acudir a las autoridades para denunciar el caso.

—¡Bah! —replicó él—. En cuanto a eso no es de preocupar. No olvides que estamos en el interior de la sima y en las simas el tiempo se comporta de manera caprichosa: lo que, para nosotros, son horas o días, fuera de ella son apenas minutos. Hay quienes afirman haber pasado tres días en el interior de una, sin que, para los que aguardaban fuera, hubieran transcurrido más de media hora.

—Qué curioso —dije pensativo—. Pasa lo mismo que con las historias: el tiempo no discurre igual para quienes viven dentro de ellas, que para quienes las leen u oyen contar…

Interrumpió lo que podía haber sido una notable disertación el aviso de nuestras vigías, haciendo notar que unas velas familiares se dejaban ver por la aleta de babor, cuando no hacía mucho que habíamos abandonado la rada donde El Temido estuvo fondeado.

—Es la Victoria. No cabe duda —dijo el capitán, tras observarla con un catalejo—. Está más cerca de lo que quisiera. Ha debido ceñir por la costa de la isla y solo cuando hemos salido a mar abierto se ha dejado ver porque no le quedaba más remedio. Sin duda planeaba un golpe de mano para apoderarse del bajel, sin poner en peligro a la muchacha. No le daremos ese gusto. Contramaestre: ¡a toda vela!

Dejó Matías nuestro tranquilo coloquio y corrió de un lado a otro del puente, vociferando e impartiendo órdenes que pusieron en movimiento a toda la marinería y convirtieron la cubierta en un activo hormiguero, donde cada uno de dirigía a sus ocupaciones
Emprendimos entonces una veloz huida, largando todo el trapo, al amparo de una suave brisa que henchía nuestras velas y, durante un breve lapso de tiempo, pareció que nos despegábamos del navío inglés, poniendo agua de por medio. Pronto se hizo evidente, sin embargo, que la Victoria recortaba con rapidez la ventaja que le sacábamos, hasta colocarse a poco más del largo de un tiro de cañón, momento en que lanzó un disparo de aviso. Se hundió la bala en el mar, bastante antes de llegar a nuestro buque.

—Capitán, están izando banderas de señales —advirtió la mariquita vigía.

Pegó el ojo de nuevo el capitán al catalejo y leyó el código de señales de las banderas.

—Quieren parlamentar.

—Valga, Cabo, contestadles por el mismo medio que accedemos a que un bote con no más de tres tripulantes se aproxime hasta un tiro de pistola del bergantín. Desde esa distancia podremos hablar de manera cómoda y segura para ambas partes —ordenó, dirigiéndose a los ciempiés, quienes le obedecieron con presteza.

Pronto vimos destacarse de la balandra un pequeño caique, empujado por dos remeros, en cuyo centro destacaba la imponente figura de Lord Crokinole, en uniforme de gala y luciendo un bicornio de vicealmirante, adornado con negra pluma de avestruz y ribeteado por una cinta dorada en todo su perímetro.

Cuando llegaron a la distancia acordada, el inglés, ayudándose de una enorme bocina que multiplicaba el sonido de su voz, nos gritó:

—Capitán Laurel, si me devuelve sana y salva a mi hija, secuestrada a traición por los felones piratas Iker y Benavides, prometo dejar marchar libremente vuestro navío, a donde quiera que vayáis.

Le replicó el capitán, sin necesidad de recurrir a tal artilugio:

—Creo, milord, que andáis errado en vuestras noticias. La chica no ha sido secuestrada por nadie, sino que ha venido aquí por propia voluntad. Incluso sin ser invitada.

—Entregádmela en ese caso y no se hable más.

Negó con la cabeza el capitán Laurel y contestó.

—Me temo que eso ya no va a ser posible. Pidió ingresar en la Cofradía de Bucaneros del Mar Interior y fue admitida como tal; un miembro de esta cofradía no puede ser obligado a abandonar su navío, bajo ninguna circunstancia. Son las leyes de la piratería, por las que nos regimos en este barco y que no vamos a desobedecer para dar gusto a un inglesito por muy vicealmirante o lord nosecuantos que sea.

—¿Mi hija, pirata? —gritó excitado el inglés—. ¿Qué le habéis hecho para convencerla y obligarla a traicionar de ese modo a su padre?

—¿Yo? Nada —y el capitán Laurel se encogió de hombros.

—¿Podría, al menos, hablar con ella? Solo he de creer tamaña sarta de disparates como salen de vuestra maldita boca de pirata, si mi hija en persona me los confirma.

—Por supuesto —dijo Laurel. Y dirigiéndose a Yoguina: —Haz venir a Lady Victoria.

No fue preciso, sin embargo que esta la buscara, pues ella avanzó resuelta hasta la borda de popa, donde el parlamento tenía lugar, bien que, antes de llegar, se aproximó a mí disimuladamente y, tendiéndome un pequeño pistolete, me dijo por lo bajo.

—Cuando yo os dé la señal, disparad al aire. Hacedme este pequeño favor en pago de vuestra liberación del calabozo de mi padre. Permaneced atento y llevad cuidado de no herir a nadie.

Cuando Lady Victoria se ofreció a la vista de su progenitor, este, presa de la mayor irritación, le preguntó ávido:

—¿Es cierto cuanto dicen estos sucios piratas?

—Sí —contestó ella—. Y en cuanto a limpieza, se dan los puños a probar con tus marineros.

—Entonces, ¿estás dispuestas a seguir con ellos? —volvió a preguntar el inglés, ignorando la provocación de ella.

Asintió Lady Victoria y, desconcertado, insistió:

—¿Por qué?

—Lo sabes igual que yo, papá. Estamos directamente concernidos por el propósito que les guía, y alguna culpa nos cabe del mal que pretenden evitar.

—¡Eso son paparruchas! Y, si persistes en tu actitud y sigues con ellos, te desheredaré.

—Pero, papá, no puedes. Tú solo eres albacea y administrador de los bienes de mi madre hasta mi mayoría de edad. No puedes impedir que reciba una herencia que era suya y no tuya. Leí vuestras capitulaciones matrimoniales y la copia del testamento de madre que guardas en la caja fuerte de la biblioteca de palacio.

—¡Maldita mocosa sabihonda! ¡Haz lo que te venga en gana, pero olvídate de que tienes padre! —gritó lord Crokinole, al tiempo que ordenaba con un gesto imperativo a sus marineros bogar de regreso a la Victoria.

Apenas se habían alejado unas brazas de nosotros, cuando la chica me hizo la señal convenida, así que, con la boca del pistolete mirando al cielo, apreté el gatillo.

El disparo sobrecogió a todo el mundo y, en particular, al inglés quien, asustado, se arrojó al fondo de su barca.

—No han tirado contra nosotros —apuntó uno de los marineros—. Más bien parece un disparo fortuito.

—¡Ya lo entiendo! —exclamó—. Lady Victoria ha dicho esas cosas tan horribles porque nos mantenían amenazados a punta de pistola. Al terminar la conversación, el torpe pirata que nos apuntaba ha debido relajarse y se le ha escapado el tiro. ¡Remad de prisa! ¡No quiero volver a perder de vista ese maldito bajel!¡He de recuperar a mi hija!

—Pero, ¿qué haces, Benavides? ¡Ya has vuelto a meter la pata! —me recriminaron las hadas, al sorprenderme con el pistolete todavía humeante en las manos.

Se volvieron todos hacia mí y, cuando el reproche contra mi persona amenazaba con generalizarse, se alzó serena la voz de lady Victoria.
—Yo le di el arma y le pedí que la disparara a mi señal.

—Y ¿por qué motivo, mi lady? —preguntó desconcertado el capitán Laurel.

—Para que ocurriera lo que ha sucedido: que mi padre crea que voy obligada con vosotros y se mantenga cerca de El Temido.
Y ante la muda interrogación de cuantos la rodeaban, con un gesto de fastidio como quien tiene que explicar lo obvio, prosiguió:

—De este modo, si necesitamos ayuda que, si no me equivoco sobre el peligro a que vamos a enfrentarnos, la vamos a necesitar quieras que no, podrá echarnos una mano. Y porque, además, como ya tuve ocasión de decirle a Iker, cuando la aventura termine, habré de procurarme el modo de volver a Crokinole y pienso que La Victoria es el más cómodo y adecuado que me puedo proporcionar.

—Y ¿cómo estabais tan segura de que lord Crokinole iba a reaccionar de acuerdo con vuestros designios?

—No lo estaba. Pero todo el mundo tiende a elegir la interpretación de los hechos que mejor se acomoda a sus deseos y confiaba en que él hiciera lo mismo, como así ha sido.

Suspiró con resignación el capitán Laurel y por la expresión de su rostro me da que, por primera y única vez en su vida, tuvo un pensamiento de conmiseración hacia su mortal enemigo, el vicealmirante inglés.

—Como no me fío de que Lord Crokinole deje de intentar algún golpe de mano procurando vuestro rescate, sin tener que ayudarnos, creo que lo mejor será mantener su balandra a distancia. Así que, contramaestre, ordene izar la velas. Reemprendemos la marcha a todo trapo.

—Creo —corroboró Yoguina, que no dejaba de escrutar el horizonte desde su puesto frente al timón— que lo mejor será dirigirnos hacia ese banco de niebla que se divisa hacia popa. Si logramos adentrarnos en él, antes de que nos alcance la Victoria, la perderemos por un tiempo.

—Pues allá que vamos —ordenó Laurel.

Capítulo 7: El guardián del tesoro (2ª parte)

Se apresuró Lady Victoria a desanudar, cuchillo en mano, los nudos de la red y así que todos los prisioneros estuvieron liberados y constatamos que en buen estado de salud —por más que alguno quejoso y magullado—, nos dispusimos a dar y recibir las explicaciones correspondientes a encuentro tan inesperado por ambas partes.

Fue así como supimos que después de nuestra caída y no bien el estado de la mar dio lugar para ello, El Temido había virado en redondo y vuelto a recorrer la zona en donde suponían sus tripulantes que habíamos sido arrastrados al agua.

La falta de resultado determinó que fuera aumentando de manera paulatina el radio del círculo en que buscaba y eso le llevó a costear, por fortuna de noche, la isla circular, en la que habían visto fondeada a la balandra inglesa.

No poco trabajo costó persuadir al capitán Laurel de que no era el momento adecuado de entrar en la rada y aprovechar su inmovilidad para cañonearla, abordarla y dejarla anclada de una vez y para siempre al fondo del mar.

Convencido al fin de que lo importante para el objetivo que perseguía el viaje era hallar a Iker y de que mientras más se demorara el hallazgo, más difícil sería lograrlo, pasaron de largo y tras algún tiempo de navegación arribaron a la isla en que nos hallábamos por una bahía situada justo en el extremo opuesto de aquel por el que habíamos llegado nosotros.

Viraban ya para volver al mar, mas advirtieron indicios de que la isla no estaba deshabitada como parecía, y, pensando que tal vez podía tratarse de nosotros, decidieron dar una batida en ella por ver de hallarnos.
De ese modo, Lucas, Matías y los tres enanos se habían internado en la jungla, caminado por ella durante horas, sin encontrar a nadie y ya pensaban en volver a El Temido, cuando tuvieron la desgracia de que alguno de ellos —no estaba claro quién, pues todos se exculpaban a sí y acusaban a los demás— pisara en un lugar indebido desde el que se disparó el mecanismo que activaba la trampa de la que, de manera tan oportuna, los acabábamos de rescatar.

Se disponía Iker a narrar nuestra singular peripecia, cuando Lucas, sin dar lugar a ello y señalando a Victoria, preguntó:

—Y la marinera pelirroja, ¿quién es y de dónde ha salido?

Antes de que Iker tuviera ocasión de abrir la boca, se adelantó Lady Victoria y, con el rostro encendido por el enojo, reprendió a los chicos:

—No me parece adecuado que interroguéis a terceros sobre mí, hallándome yo presente. En cuanto a Iker, ha sido un completo grosero interesándose por vuestra historia, antes de presentarme a vosotros y dar lugar a que pudierais agradecerme cuanto en vuestro auxilio acabo de hacer. Yo soy Lady Victoria Clara de Crokinole, hija de Lord Alfred de Crokinole, gobernador de la isla que lleva su nombre y comandante de la balandra Victoria, de la Armada Real de su Majestad.

—¡La hija del comandante de la Victoria! ¡Estáis locos! ¡Cómo la habéis traído hasta aquí! —exclamó Matías alarmado.

—Si nos dejáis explicarnos unos y otros —replicó Iker, ahíto de tanto reproche—, tal vez llegaríais a saber que nosotros no la hemos traído. Más bien ella nos ha traído a nosotros.

Pudo Iker finalmente narrar toda las peripecias que habíamos sufrido desde que aquel golpe de mar nos barriera de la cubierta de El Temido, hasta el reciente y oportuno rescate de los compañeros apresados en la misteriosa trampa en que habían caído mientras nos buscaban.

—Lo que procede entonces —dijo Matías, una vez que Iker hubo concluido su relato y tras unos breves instantes de reflexión— es volver al barco y reiniciar nuestro camino. Bien que me gustaría hallar al autor de este endemoniado garlito y medirle las costillas en pago de lo que las mías han sufrido. Pero, mejor será dejarlo por ahora. Y cuando volvamos al barco, habrá que ver cómo reacciona el capitán Laurel cuando conozca la identidad de nuestra acompañante… No sé si, tal vez, fuera mejor ocultársela.

—¡Me niego! —respondió a la sazón Lady Victoria de nuevo enojada—. No tengo necesidad de ocultar nada a nadie, ni menos de humillarme escondiendo mi identidad ante un simple pirata.

—Pero, mi lady —intervine para aquietarla—, el capitán Laurel es muy capaz de dejaros abandonada en la isla.

—¡Veremos! —replicó ella arrogante.

Se encogieron de hombros los presentes ante la tozudez de la muchacha y emprendimos el regreso a nuestro navío, azuzados por las ganas de saber en qué vendría a parar el choque que de manera inevitable se habría de producir entre Lady Victoria y el capitán Laurel.

—Más nos vale caminar con precaución y mirando dónde ponemos los pies —advirtió Lady Victoria ya más calmada—. O mucho me equivoco o la trampa en que caísteis no ha de ser la única que armara quien la armó.
Asentimos todos y, en efecto, hicimos los pasos más cautelosos, aun a costa de ralentizar sobremanera nuestra marcha. No habíamos recorrido mucha distancia con aquel andar que parecía cansino, cuando casi todos a la vez notamos un leve crujido de la maleza, inequívoca señal de que no estábamos solos.

—¡A tu izquierda, Iker! —grito Lady Victoria y ambos, seguidos de Lucas y Matías, emprendieron una veloz carrera por la jungla en pos de algo que solo alcanzábamos a percibir en la forma del movimiento que su curso atropellado provocaba en la vegetación.

La carrera se detuvo bruscamente, cuando en medio de un crujido de plantas secas, oímos que nuestro perseguido exhalaba un grito de desesperación.

—¡Maldita! —le escuchamos decir—. Pog Clinc no recuerda trampa.

Llegamos los enanos y yo al punto en que los otros detuvieron su persecución, al pie de una honda fosa, antes disimulada por una capa de ramas cortadas que cubrían la boca, en cuyo fondo, un cerdo blanco de resina o cemento, al igual que la mayoría de nosotros, cubierto de pieles y con el ojo izquierdo tapado por un parche, se afanaba en vano por salir del profundo agujero al que lo había conducido su alocada huida.

Desde dentro de su fosa, el cerdito nos miraba aterrorizado, con su único ojo desmesuradamente abierto.

—Pog Clinc pide perdón honorables marineros. Pog Clinc no sabía…

Logramos sacarlo del agujero haciendo caer en el hoyo algunos troncos secos que había alrededor, por los que trepó ágilmente. Al llegar arriba hizo un nuevo intento de fuga que fue abortado por los enanos, quienes terminaron por sujetarlo con fuerza, hasta dejarlo inmovilizado por completo.

—¡Soltar Pog Clinc! —clamaba—. Si soltar Pog Clinc, Pog Clinc lleva cueva del tesoro.¡Bueno, también si dar queso! Pog Clinc mucha hambre y mucho tiempo sin comer queso, solo banana.

—Lo mejor será llevarlo a presencia del capitán. Él sabrá que hacer con este prisionero, a quien el mucho tiempo de soledad y abandono en esta isla han debido reblandecer el cerebro —sugirió Matías, ante el desconcierto evidente que las palabras y el comportamiento del cerdo habían provocado en todos los presente.

Emprendimos el camino hacia la ensenada en que El Temido se hallaba fondeado, abandonando nuestro bote salvador en la playa y, tras algunas horas de penosa marcha, no fuéramos a caer en otra de las trampas de Pog Clinc que hasta él hubiera olvidado, divisamos primero los mástiles del bergantín y finalmente su casco al completo meciéndose con suavidad sobre las olas.

Fuimos Iker y yo objeto de un cariñoso recibimiento por parte de sus tripulantes y obligados a contar una y otra vez la peripecia de nuestro naufragio, solicitados por las gallinas de la Sociedad Literaria, siempre ávidas de historias.

Ante el clamor que todos producían, hablando a la vez, riendo y felicitándose, el capitán Laurel abandonó su camarote y salió a cubierta a la vez que Matías y los enanos se dirigían en su busca conduciendo a nuestro prisionero, de manera que ambos se dieron casi de bruces, se detuvieron unos momentos, mirándose con fijeza mutuamente y, por fin, el capitán Laurel exclamó:

—¡Pog Clinc, viejo bribón, te hacía desaparecido hace muchos años, desde que el capitán Kidd te dejó en una isla para que protegieras su tesoro!

—Pog Clinc cumple órdenes. Nadie toca tesoro capitán Kidd.

—Así que fue en esta isla. Nunca supimos dónde. Kidd se llevó el secreto a la tumba.

—¡Capitán Kidd no muerto! ¡Capitán Kidd vuelve por tesoro y lleva Pog Clinc comer queso! Capitan Kidd promete Pog Clinc. Capitán Kidd siempre cumple promesa.

Solo en ese instante, se apercibió Laurel de que también estábamos en el barco, Iker, Lady Victoria y yo.

Capítulo 7: El guardián del tesoro (1ª parte)

Pese a la capacidad de resistencia, rayana en la tozudez, de que Lady Victoria Clara de Crokinole hacía gala, el sueño terminó por rendirla, como a todos. Se había pasado horas y horas manejando el timón y la vela de manera simultánea, sin consentir que la releváramos en el gobierno de una u otro ni un solo instante. Tan solo aceptaba, si amainaba algo la brisa o viraba el viento a un rumbo distinto al que ella había elegido, que ayudáramos bogando a mantener la marcha del bote.

Al final, sin embargo, vino a quedarse dormida en medio de una calma chicha que detuvo casi por completo el curso del barco e hizo inútil cualquier intento de dirigirlo. El sueño impidió que ni ella ni nosotros nos apercibiéramos de que una poderosa corriente impulsaba el esquife hasta hacerlo encallar con suavidad en los arenosos bajíos de una playa abierta. Después, la bajamar se llevó el ribete de olas mar adentro y, cuando despertamos, la barca reposaba a casi cien metros de la orilla.

—Se me hace que ni entre los tres podremos arrastrar el bote hasta hacerlo reflotar —dijo Lady Victoria contrariada—. Así que mejor aprovechamos las horas que faltan para que suba de nuevo la marea en explorar los alrededores de la playa, buscar agua y, si es posible, algo de fruta fresca, antes de hacernos de nuevo a la mar.

Ni se nos pasó por la imaginación discutir el liderazgo que de manera completamente natural había asumido la muchacha, pues tanto Iker como yo reconocíamos su mayor experiencia y superior conocimiento en aquel extraño entorno en que nos hallábamos.

Cosa distinta era la viabilidad de su plan, pues frente a nosotros, el terreno se elevaba en una escarpada montaña verde que hacía impracticable el intento de abandonar la playa.

No arredró eso a la intrépida inglesita quien, tras mirar a uno y otro lado, calibrando pensativa ambas rutas, señaló hacia levante:

—Para allá —ordenó. Y no la engañó su instinto o su capacidad de observación, pues tras recorrer trabajosamente un amplio trecho, dimos, al volver un recodo que hasta entonces lo ocultaba a nuestra vista, con un arroyuelo que, en ese punto, venía a rendir al mar sus aguas transparentes.
Bien —dijo—, el problema del agua ya está resuelto—. Si remontamos el curso del arroyo, no hemos de tardar en encontrar alguna fruta que nos acomode.

—Una cosa, mi lady —preguntó Iker un tanto inquieto—, ¿hay en esta selva animales peligrosos, de los que debamos guardarnos?

—La verdad —replicó ella con un gracioso mohín— es que no tengo ni idea, porque no sé dónde estamos. Si es como en la isla de Crokinole, solo hay que tener cuidado con los varanos y las víboras cornudas.

—¿Los qué?

—Los varanos son unos lagartos de un tamaño considerable. Llegan a tener dos o tres metros de largo y son capaces de cazar un búfalo (que, dicho sea de paso, enfadado, tampoco es moco de pavo)

—Entonces —replicó Iker temblando—, si no os importa, seguid sin mí. Yo iré a cuidar el bote, lo vaya a arrastrar la marea.

—Como quieras. Pero ten cuidado con la arena. Las víboras cornudas se entierran en ella y no hay forma de verlas hasta que no las pisas. Para entonces, ya suele ser tarde.

Se rascó Iker la cabeza, lleno de vacilaciones.

—Mejor sigo con vosotros —dijo al fin— vaya a ser que me necesitéis. Pero, ¿no sería mejor ir por dentro del arroyo?

—Sería una idea estupenda, de no ser por las sanguijuelas.

—¿Sangui qué? —preguntó el chico aún más alarmado.

—Las sanguijuelas —respondió lady Victoria, sin poder contener la risa, ante el enfado creciente del chico, que se daba ya a los demonios—. Son una especie de negros gusanos acuáticos que se te pegan a la piel y te chupan la sangre, a poco que te descuides. Los han usado médicos y barberos para sangrar a los enfermos. Dicen que así se les purifica la sangre y se les extraen los malos humores. El doctor Roberts todavía lo hace en la isla, pero yo las odio. Me dan un asco infinito.

—Pues estamos arreglados.

—¡Ah! Se me olvidaba. Si veis un platanero, antes de coger la fruta, aseguraos de que no se ocultan arañas entre los racimos. Su picadura es muy peligrosa.

—¡No te digo! —replicó Iker ya al borde del pánico absoluto, mientras una irónica sonrisa atravesaba el rostro pecoso de lady Victoria.

—Todo eso es falso, ¿verdad? Lo decís para asustarnos —preguntó el muchacho desasosegado.

—En absoluto —replicó ella con frialdad.

—Entonces, ¿de qué os reís?

—De tu miedo —y sin decir más empezó a internarse en la jungla.

Anduvimos unos metros por entre los árboles de la rivera del arroyuelo, cuando Lady Victoria, desprendiendo del cinto un cuchillo de marinero que traía a la espalda, sopesó la vegetación que tenía alrededor y dirigiéndose a un arbusto parecido al brezo que por allí había, segó de él una rama gruesa y recta, a cuya punta anudó el cuchillo con unas lianas de que se había provisto, formando un a modo de lanzón corto.

—Esto ayudará a disuadir a alguno de nuestros amigos de la selva, si se ponen pesados —dijo con humor.

—Como sean del tamaño de los que vimos frente a la cueva de los enanos, en la que desde entonces llamamos “playa de los Dinosaurios”, les puede servir de mondadientes —replicó Iker con un tono bastante más sombrío.

—¡Ah! ¡Dinosaurios! He leído historias sobre ellos, pero, en verdad, no los he visto nunca.

—Pues yo sí —contestó Iker con voz tan lúgubre que ensombreció el humor de la muchacha.

—Y eso sin contar el tamaño del Kraken —intervine deseoso de hacerme notar en aquella pelea de gallos— que ocasión tuve de medirlo bien de cerca.

—Sí. Por fuera… y por dentro —fue el comentario de Iker ante el que Lady Victoria estalló en una cristalina carcajada que aclaró en buena parte la densa atmósfera que parecía haberse instaurado entre nosotros.

Según tenía para mí, deberíamos llevar andando algunas horas, sin que las dichosas frutas hubieran aparecido o sin que las pocas que habíamos hallado merecieran la aprobación de la chica, en unos casos por su mal sabor, en otras por no estar todavía en sazón o porque, en fin, podían producir disentería.

Pensando que, si no frutas, hallaríamos tal vez alguna seta comestible, hacía rato que había dejado de mirar a los árboles, por entre los que avanzábamos en silencio, para concentrarme en buscar por el suelo, cuando en medio de unas matas rastreras percibí el movimiento sinuoso de lo que podía ser una culebra de buen tamaño. Me detuve en seco e hice que Victoria se aproximara, señalándole mi descubrimiento.

—Una pitón reticulada. Pero apenas una cría. No creo que te haga nada. El problema es…

—¿Qué? —la apremió Iker.

—La madre. No debe andar lejos.

No pude dejar de aplaudir a lady Victoria por la extensión de sus conocimientos.

—No tiene ninguna importancia —replicó ella riendo—. Como os he dicho en la isla de Crokinole no hay mucho con que entretenerse. Por fortuna mi padre posee una vastísima biblioteca… que nadie conoce como yo.

—¡Una biblioteca! —exclamé con entusiasmo—. Seguro que en ella hay libros de historias que cuentan historias de libros que preservar de la furia iconoclasta de los ratones. Precisamente en mi calidad de preservador de libros titulado…

Por el rabillo del ojo observé que Iker se disponía a poner fin con algún exabrupto a una conversación que sin duda lo hastiaba, pero no hubo ocasión para ello: en ese momento llegó hasta nosotros un rumor de quejas y una angustiosa llamada de socorro.

Corrimos los tres hacia el lugar de la jungla de donde parecían provenir los gritos de auxilio y arribamos de improviso a un pequeño claro, de forma casi circular, en cuyo centro se alzaba una enorme ceiba, de la cual colgaba una trampa en forma de red por entre cuyos nudos asomaban una pierna de muchacho, una pata y un rabo de lagartija y un gorro frigio de enano.

—¡Lucas, Matías…! Pero ¿qué hacéis ahí? —preguntó Iker con asombro.

En vez de contestar, los angustiados prisioneros se limitaron a señalar al pie de árbol, mientras gritaban:

—¡La serpiente! ¡Cuidado!

Y es que, en efecto, la que debía ser madre de la cría que poco antes habíamos visto, y que vendría a medir unos respetables cuatro o cinco metros de larga, tanteaba la forma de trepar por el tronco de la ceiba, buscando una presa fácil en los prisioneros, forzosamente inmóviles en el seno de la red.

—Coged palos, piedras o lo que sea y seguidme —ordenó lady Victoria.

Y, casi sin dar lugar a que la obedeciéramos, se lanzó gritando hacia la serpiente, mientras esgrimía el lanzón que se había fabricado.

La imitamos nosotros y, antes de que llegáramos, el reptil asustado se desenroscó del árbol y huyó en dirección a donde su cría la aguardaba.

—¡Bajadnos de aquí, por favor! ¡Nos vamos a descoyuntar! —suplicó Matías.

Satisfacer su petición no era, sin embargo tarea fácil. La forma más obvia, que implicaba trepar hasta la rama de la ceiba de la que colgaba la red y cortar la liana que la sostenía para que esta cayera al suelo, tropezaba con dos inconvenientes: la altura a la que la red colgaba, que determinaría una caída para nada liviana a quienes estaban apresados en su interior y la multitud de aceradas espinas que defendían el tronco de la ceiba hasta los dos tercios de su altura, que dificultaba la tarea de trepar por él.

Buscaban Iker y Lady Victoria el modo de afrontar el rescate, rascándose pensativos la cabeza, cuando el asunto se solucionó por sí solo, aunque quizás no de la mejor manera para todos los atrapados. La liana que sostenía la red, demasiado envejecida y desgastada, no pudo aguantar el peso, ni el movimiento con que los apresados por ella buscaban liberarse o, en su defecto, adoptar una postura más cómoda, se partió en dos con un leve crujido y dio con su contenido en el suelo, en medio de las correspondientes expresiones de alivio y satisfacción de quienes quedaron arriba y del barullo de quejidos y lamentos de quienes cayeron en la parte de abajo.

Capítulo 6: Lady Victoria Clara de Crokinole (final)

Nos arrojaron sin ningún miramiento al fondo de un oscuro y mal ventilado calabozo en el que no había manera de saber si era día o noche, a no ser que algún pájaro cantara en sus cercanías, y permanecimos en él no sé cuanto tiempo.

Se desesperaba Iker midiendo a zancadas —pocas, desde luego— el largo de nuestra prisión, cuando un murmullo de voces que provenían del exterior del calabozo, hizo que nos aproximáramos a la entrada y pusiéramos el oído.

La puerta de nuestra cárcel tenía en su parte superior una rejilla para la vigilancia de los presos que carecía de compuerta, por lo que permitía también observar el exterior desde ella. El problema era que, por la altura en que se hallaba situada, ni Iker, ni menos yo, podíamos alcanzarla.
Al final, Iker acabó por izarme sobre sus hombros y pude seguir la extraña escena que allí tenía lugar.

Lady Victoria Clara de Crokinole, portando una bandeja con un lujoso servicio completo de té, descendía por las empinadas escaleras de caracol ante la atónita mirada del único guardián que habían dejado a las puertas de nuestro calabozo.

—A nadie, por muy pirata que sea —dijo—, se le puede privar del sagrado derecho a tomar el té de las cinco, ¿no creéis?

—Por supuesto, mi Lady, y menos a sus carceleros —replicó el guardián con un guiño cómplice.

—¡Oh! ¡Disculpad! ¡Qué tonta soy! No había caído. Pero tomad una tacita y servíos de esas deliciosas pastas de la señora Huttington.

No se hizo de rogar el vigilante y bebió con fruición el té que Lady Victoria le ofrecía, al tiempo que tomaba un buen puñado de pastas que engulló sin ninguna británica flema.

Casi antes de que aquellas llegaran a su estómago, el guardia yacía en el suelo, tendido cuan largo era, sumido, al parecer, en un plácido y profundo sueño. Registró Lady Victoria sus ropas y, al poco, provista de una gran llave de hierro, se aproximó a la puerta del calabozo.

El asombro que me causó lo que estaba sucediendo me paralizó por completo y, cuando la muchacha abrió la puerta, se encontró de sopetón con Iker y conmigo, formando una torre humana. Dio este un respingo por la sorpresa, ante el que me fue imposible guardar el equilibrio y lo arrastré en mi caída, de forma que los dos acabamos en el suelo, rezongando, hechos un ovillo.

—¡Silencio, estúpidos! —chistó imperiosa Lady Victoria, por más que ninguno de los dos, todavía mudos por lo ocurrido, hubiéramos desplegado los labios.

—¡Corred! Id por esa galería de la izquierda —dijo señalando la negra boca de un túnel que se abría por donde ella indicaba—, tras algunas vueltas, os llevará hasta un embarcadero. He dejado abierta la reja que lo protege y en él encontraréis un pequeño bote de remos con una vela; ocultas bajo una lona hay algunas provisiones. Salid a remo aprovechando la bajamar hasta mar abierto, disimulados entre las muchas barcas de pesca que faenan por la ría y, una vez fuera, desplegad la vela y buscad vuestro navío.
Y, sin darnos tiempo a que pudiéramos agradecerle su gesto, emprendió veloz retirada escaleras de caracol arriba.

No dio sus indicaciones Lady Victoria a sordos o a lerdos, de modo que, antes de que acabara ella de desaparecer por arriba, nos sumimos nosotros en la galería que descendía hasta el embarcadero, bien que, como nos advirtiera, no sin girar una y otra vez sobre sí misma, en lo que parecía un laberinto de Minotauro.

Nos dábamos al diablo por el tiempo que estábamos tardando en llegar al barco prometido por el temor a que, durante él, se descubriera nuestra fuga y se organizara una persecución que, sin duda, dificultaría, si es que no hacía fracasar, el bien tramado plan de la hija de Lord Crokinole.

Creíamos ya habernos perdido definitivamente, cuando a la vuelta de un último giro de la galería, nos hallamos de improviso al pie del agua, aunque todavía en el interior del túnel y a pocos metros de donde estábamos vimos el bote, que se mecía blandamente con la corriente.

Saltamos a su interior, empuñó Iker los remos y yo el timón de espadilla que lo gobernaba y, poco a poco, nos separamos del malecón, nos situamos en el centro del canal y enseguida salimos a cielo abierto.

Tenía razón Lady Victoria en que el trasiego de atafifes, falcados, chinchorros, masteleros de gavias y otras muchas clases de barcos de transporte y pesca que pululaban por la ría, faenando en unos casos o transportando las más variopintas mercancías en otros, facilitaban nuestra fuga, máxime cuando Iker se había deshecho de la elegante casaca que le proporcionara el gobernador para acudir a la cena y ensuciado la camisa y las polainas durante el periplo por la interminable galería que tuvimos que recorrer desde nuestro negro calabozo. Había pasado así de aparentar un noble cortesano a ofrecerse a los ojos de cualquiera como miserable grumete.

Nos deslizamos, pues, por el brazo de mar, suavemente arrastrados por la resaca con que la marea alta se retiraba del interior de la isla y salimos a una gran dársena en que fondeaba la inmensa balandra de Lord Crokinole, con su amenazante fila de bocas de fuego y un gran ajetreo de marinería en la cubierta.

—¡Achís! —y el estornudo removió la lona que tapaba las supuestas provisiones de que nos había surtido Lady Victoria para facilitar nuestra huida.

—Te has constipado, Benavides —dijo Iker que, de espaldas al bote y con los ojos fijos en la balandra, en cuya borda se hallaba inscrito el nombre de Victoria en letras doradas, me atribuyó erróneamente la paternidad del estornudo.

—Mucho me temo, señor Iker, que no he estornudado yo. Ha sido el saco de provisiones —repliqué trémulo.

Se giró el muchacho incrédulo a tiempo de ver como el saco se agitaba y de su boca emergía una cascada de rizos pelirrojos cubiertos apenas por un gorro de grumete, hasta quedar fuera y ante nosotros la delgada figura de la mismísima Lady Victoria Clara de Crokinole en hábitos de marinero.

—Cuando alguien estornuda, Mr. Iker, se le dice ¡Jesús! Y podéis cerrar la boca; no os vaya a saltar dentro algún pez volador —nos reconvino la chica airada.

—Pero, ¿qué haces…hacéis aquí, mi Lady? ¿Cómo habéis llegado y vestida de ese modo? —preguntó Iker entre titubeos por el asombro.

—Son varias preguntas. Lo correcto es hacer las preguntas de una en una y dar lugar a que se respondan. Empezando por la segunda, es bien fácil: os mandé ir al bote por el camino más largo. De hecho, cuando llegasteis acababa dejarlo en el embarcadero, al que yo había acudido por una ruta mucho más corta. En cuanto al cambio de ropa, tened en cuenta que la corte de mi padre es ceremoniosa por demás y cada momento del día requiere la vestimenta adecuada. Cambiar de ropa es un ejercicio que tengo muy ensayado. Te sorprenderías la rapidez con que soy capaz de hacerlo. ¿Que por qué he venido? Pues porque la corte de mi padre amén de ceremoniosa es enormemente aburrida. La isla ofrece pocas oportunidades de distracción, como él mismo dice, de modo que participar en vuestra aventura y conocer a esas criaturas maravillosas con las que navegáis y a las que habitan en la Sima Desconocida es una tentación demasiado poderosa para una romántica incurable como yo.

—Pero, replicó Iker, vuestro padre pensará que os hemos secuestrado y nos perseguirá con encarnizamiento.

—Sin ninguna duda, darling —contestó ella con frialdad—. De todas formas tal persecución era inevitable. Una vez mi padre ha tenido constancia de que El Temido anda merodeando las aguas de la isla, no habría de tardar mucho en hacerse a la mar para enfrentarlo, pero, mientras piense que estoy en vuestro barco, no tratará de hundirlo y, tal vez, su presencia pueda ser de ayuda, si hay que luchar con los sicarios de esa Croma o como se llame. Por otra parte, necesitaré algún medio para volver a la isla cuando la aventura acabe y no se me ocurre otro mejor que la Victoria…

Y añadió:

—Además, según os he visto manejar el bote, vosotros solos no tardaríais en iros a pique, si no halláis ballenas jorobadas que os remolquen. Precisáis de alguien que sepa navegar a vela y conozca estas aguas para escapar de la persecución de Lord Crokinole y encontrar vuestro barco.

Y sin dar lugar a más plática ni a que nosotros acabáramos de cerrar la boca, izó la vela, asió el timón y puso proa a mar abierto.

Capítulo 6: Lady Victoria Clara de Crokinole (2ª parte)

—Está como un tronco —oí entre sueños que decía una voz femenina.

—Y ¿qué será ese raro muñeco que tiene al lado? —dijo otra, refiriéndose, sin duda, a mí.

Abrió en ese momento Iker los ojos, aunque cegado al parecer por el brillo de un sol ya bastante alto en el horizonte, no podía distinguir con nitidez a las dos jóvenes que tenía delante y que lo observaban muertas de curiosidad.

—Es el señor Iker —intervine de manera quizás algo brusca para aclarar la situación, ante el tardío despertar del chico— y yo soy Benavides, preservador de libros titulado.

Sorprendidas, las muchachas dieron un respingo y una de ellas exclamó:

—¡Anda, si habla!

—¿Qué otra cosa puedo hacer, si solo estoy hecho de cemento y palabras? —les pregunté. Pero ellas, mudas todavía por el asombro, no pudieron desplegar los labios.

—Ya os explicaré más tarde todo lo mejor que sepa, pero ahora creo que necesitamos con urgencia agua y algo de comer, a ser posible. Al menos yo —intervino Iker.

—Tenéis que disculparnos —dijo una de ellas—. La sorpresa de hallaros de este modo ha hecho que nos olvidemos de los más elementales deberes de socorro y cortesía. Leonor —añadió dirigiéndose a su compañera—, alcánzale al señor la frasca de agua y mira qué hay en tu cesta con que podamos aliviar el apetito del caballero.

—Creo que la señora Huttington, la cocinera, puso en ella unos emparedados de jamón y queso y un poco de dulce de membrillo. Con eso bastará —contestó la aludida.

Tras saciar su sed, engulló el chico casi con desesperación la comida que las damas le tendieron y, cuando se sintió satisfecho, preguntó:

—¿Qué sitio es este?

—¿No lo sabéis? Pues, ¿cómo habéis llegado hasta aquí? Os comunico que estáis en la isla de Crokinole, del Imperio Británico de su Majestad. La gobierna en su nombre Lord Alfred de Crokinole, su descubridor y mi padre. Y yo soy Lady Victoria Clara de Crokinole.

Lady Victoria Clara era una muchacha de la misma edad de Iker, tirando a pelirroja, con cabello ondulado, ojos azules, rostro pecoso de inequívoco perfil británico, piel clara y figura estilizada. Vestía, sin embargo de forma extrañamente anticuada, con un vestido de moaré azul celeste, que le llegaba a mitad de la pierna, medias también azules y negros zapatitos de charol; llevaba cuello de encajes y un complicado sombrero desde el que caían como en cascada sus bucles rojizos.

—Y vosotros —preguntó al fin—, ¿quienes sois y de dónde venís?

Correspondió Iker contando nuestra historia, aunque sin dar muchos detalles. Explicó que, durante una tormenta, habíamos sido arrastrados desde la cubierta de nuestro barco por un golpe de mar y cómo habíamos sobrevivido flotando en un medio barril. Narró también nuestro incidente con el tiburón y las ballenas jorobadas y que estas nos habían empujado hacia aquellas costas, bien en contra de nuestra voluntad, ya que solo aspirábamos a reintegrarnos a nuestro barco, en compañía de nuestros amigos y completar la misión que había dado origen a la travesía.

—Sin duda —dijo Victoria Clara— hay en vuestra historia muchos puntos oscuros, que suscitan mi curiosidad y detalles que habría que esclarecer. Pero mejor será dejarlo para cuando os hayáis repuesto por completo de vuestras fatigas y en presencia de mi padre. Si vuestra historia lo conmueve, seguro que se prestará a ayudaros.

—Bueno —replicó Iker— aquí el que sabe contar historias es el amigo Benavides. Que él se las entienda con Lord Crokinole.

—¿Qué es —preguntó Leonor—, una especie de rapsoda?

—Algo así —confirmé sin querer entrar en profundidades en ese momento.

—Pero… una cosa, ¿no seréis piratas, por casualidad? Lo digo porque mi padre odia a los piratas. Se pasa el día persiguiéndolos, los combate desde su balandra y, si los coge, los hace ahorcar, colgados de una antena en su propio navío.

Cruzamos Iker y yo una significativa mirada que, por fortuna, pasó desapercibida para las damas.

—La verdad —prosiguió Lady Victoria—, yo no entiendo muy bien a qué viene esa fijación contra los piratas que tiene mi padre. A algunos los encuentro hasta fascinantes…

—No debéis hablar así, my Lady; vuestro padre se disgustaría terriblemente, si os oyera.

—Ya lo sé, Leonor. Pero es lo que pienso y una Lady tiene el derecho y hasta la obligación de decir siempre lo que piensa.

—Allá vos, señora.

—Pero dejemos esta enojosa conversación que ya hemos tenido muchas veces. Leonor es mi institutriz y se toma demasiado en serio su trabajo —dijo lady Victoria, dirigiéndose a nosotros—. Ahora lo que importa es conducir a estos caballeros o lo que sean a presencia de Lord Crokinole para que él vea de poner remedio a su miserable y angustiosa situación.

Ya bastante recuperados, seguimos a las damas por un empinado sendero que nos alejaba de la playa y, tras una extenuante subida, alcanzamos lo que parecía el punto más alto de la isla. Desde él pudimos percatarnos de que no era excesivamente grande, pero presentaba algunas singularidades: tenía un perfil redondo que conformaba un círculo casi prefecto y estaba atravesada por un brazo de mar en espiral que, entrando por nuestra izquierda, la recorría toda hasta culminar en su centro, donde surgía, en medio de él, una especie de pequeña isla, asimismo redonda, que constituía el corazón de la mayor. Podía llegarse a esta bien por tierra, orillando el brazo de mar por una rivera altísima y cubierta de una vegetación lujuriosa, poblada de especies tropicales o subtropicales que sazonaban su verde intenso con el pintoresco colorido de la multitud de sus flores, bien recorriendo el brazo de mar o —y esa fue la ruta que Lady Victoria Clara tomó, por más rápida— en línea recta, cruzando los distintos puentes colgantes, que permitían salvar por varios puntos el terrible y caprichoso abismo que el empuje de las olas había abierto en el interior de la isla de Crokinole.

El palacio de Lord Crokinole se alzaba en la cúpula de círculo interior de la isla. Coronaba una ciudadela amurallada en la que se agolpaba la mayor parte de su población, aunque dispersas por la rivera del brazo de mar se veían blanquear también aldehuelas y caseríos en torno a extensos y feraces campos de cultivo. Multitud de barcas de pesca se cruzaban navegando por aquel, entre el puerto que rodeaba la ciudadela y el mar abierto, cuyo horizonte se hundía diáfano hasta donde alcanzaba la vista.

Lady Victoria Clara nos condujo por las empinadas callejuelas, llenas de animación a aquellas horas, en las que parecían celebrarse ferias perpetuas, según el trasiego de mercancías que había en ellas y arribamos a las puertas del palacio de su padre, el señor gobernador.

Nos recibió con amabilidad al escuchar de labios de sus hija la historia de nuestro encuentro y, tras asignarnos un recoleto cuartito en el que reposar de nuestras fatigas, nos emplazó para la hora de la cena, después de la cual habría —dijo— tiempo para tratar de cuantos asuntos fuera menester.

Poco antes de la hora convenida, un criado hizo entrega a Iker, con mucha prosopopeya, de una indumentaria adecuada para la cena solemne con las autoridades de la isla. Vestido, pues, con camisa blanca de lino, casaca azul celeste, polainas a juego, medias de seda y zapatos de hebilla, nos encaminamos, precedidos de un ceremonioso mayordomo enviado en nuestra busca, al salón de banquetes del palacio.

Sirvieron una opípara cena a base de los más exquisitos pescados y frutos de mar, aderezados de mil diferentes maneras y culminada por la infinita variedad de raras frutas tropicales que abundaban en la isla. Al finalizar, los caballeros nos salimos al salón de fumar, aunque ninguno fumó y las damas se retiraron juntas a otra estancia.

—Y bien, Mr. Aiker —solicitó Lord Crokinole—, ¿podéis dar cuenta a la ilustre concurrencia de quién sois y qué os ha traído a este humilde rincón del Imperio Británico?

Un poco azorado, Iker repitió, algo ampliada, la historia que contara a Lady Victoria, a quien, por cierto, percibí, oculta tras un espeso cortinaje que tapaba una amplia balconada abierta al jardín del palacio, siguiendo atentamente el desarrollo de nuestra reunión.

—Os guía, desde luego, un noble y alto propósito —dijo Crokinole así que Iker hubo concluido—. Sois dignos de que se os ayude cuanto esté en nuestra mano para que podáis coronar vuestro empeño con el éxito que merecéis, haciendo desvanecer el terrible peligro que amenaza a tan singulares criaturas. Mañana temprano veremos qué se puede hacer y en qué modo ayudaros. Ahora solo es hora de descanso y esparcimiento, algo para lo que en esta isla no tenemos muchas oportunidades. Por cierto, he sabido que vuestro acompañante es un hábil rapsoda, ¿podría tal vez narrarnos alguna entretenida historia con que matar el tedio de estas horas?

—¡Oh! ¡Sí! Por supuesto —exclamé complacido—, aunque no soy lo que se dice en verdad rapsoda, sino preservador de libros. Tengo precisamente uno que viene aquí como de molde y que si sus señorías me dan licencia, puedo decirles.

Asintieron todos y animado por ellos comencé:

—El libro se titula La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey, lo compuso Mary Anne Shaffer y dice…

Durante más de dos horas, los concurrentes siguieron la historia atentamente y con murmullos de aceptación. Al terminar, se hizo un silencio momentáneo roto por unos tímidos aplausos al principio, que después se hicieron generales y nutridos.

Lord Crokinole, como reflexionando en voz alta, dijo:

—Una bella historia, sin duda. Y muy británica: solo a un inglés se le ocurriría hacer un pastel de piel de patata y ¡comérselo después!

La carcajada de los presentes interrumpió por un instante el hilo de sus reflexiones, mas, acallándolas, continuó:

—Pero hay un par de cosas que me parecen inverosímiles: los teutones a las puertas de Inglaterra y dueños de las islas del Canal… ¡Imposible! ¡Lord Wellington y el Almirante Nelson no lo hubieran consentido jamás! En cuanto a una sociedad literaria en un sitio tan rústico como Guernsey…

—Sin embargo —le interrumpí creyéndome en el deber de defender mi libro—, una sociedad literaria se puede formar en cualquier parte. Precisamente, yo atiendo una en El Temido constituida solo por tres gallinas y algunos polluelos…

En ese momento, un rojo de cólera hasta el borde de la apoplejía Lord Crokinole estalló:

—¿El Temido es vuestro barco? ¡Pero entonces vosotros sois piratas! ¡Traidores! ¡Falsarios! Sin duda ese tunante capitán Laurel anda tramando un golpe de mano en contra de la isla y os ha enviado a explorar el terreno y espiar nuestras defensas. ¡Guardias, prended a estos infames!

Antes de que hubiéramos podido hacer el menor movimiento de huida, se nos echaron encima cinco o seis soldados que esgrimían contra nosotros enormes mosquetes con sus bayonetas de cubo debidamente caladas y ante los que no nos quedó sino darnos presos.

—Llevadlos al calabozo, hasta que, en su momento, instruyamos contra ellos el correspondiente sumario —ordenó Lord Crokinole, ya algo más flemático.

Mientras a empellones nos conducían por una estrecha escalera de caracol abajo, camino del calabozo, Iker, bastante irritado y en un tono que me recordó al de las hadas, se volvió hacia mí y suspirando me dijo:

—Benavides, está visto que no sabes tener la boca cerrada.

Capítulo 6: Lady Victoria Clara de Crokinole (1ª parte)

Después de superado el peligroso enfrentamiento con el monstruo que servía de cobijo al bueno del señor Pontoppidan, tuvimos un tiempo de navegación reposada en el que, merced al impulso de las corrientes y al de una generosa brisa que redondeaba con suavidad nuestras velas, de la mayor a la cangreja, logramos recorrer bastantes millas marinas. Sin embargo, ante imposibilidad de determinar nuestra posición de manera precisa, pues no alcanzábamos a atisbar las estrellas, fui incapaz de anotar el número exacto en el cuaderno de bitácora.

Fueron días tranquilos en los que la facilidad del cabotaje nos permitió también largos ratos de ocio que compartí, como siempre, con mis queridas gallinas de la Sociedad Literaria, aunque en esta ocasión no les dije ningún libro en concreto, sino que las mantuve harto entretenidas —también a los polluelos, aunque parezca mentira— con la narración de mi particular enfrentamiento con el monstruo, la descripción de su pavoroso interior y las historias del señor Pontoppidan y los otros visitantes de sus entrañas.

He de confesar, sin embargo, que, por una vez, me superó la vanidad y en mi relato exageré ligeramente el papel que había jugado en los acontecimientos, atribuyéndome algún detalle menor, como la autoría del plan para escapar del interior del Microcosmus y liberar el barco de su mortal abrazo. Exageración inocente que me granjeó un aumento considerable en la estimación de la gallinas, así como en la de los polluelos, siempre más dificultosa de conseguir.

Aparecieron pronto, sin embargo, las primeras señales de que la situación podía cambiar. El ambiente se enfrió de súbito; una cortina de nubes negras se corrió sobre el hasta entonces despejado horizonte; el viento aumentó poco a poco la intensidad y su dirección se hizo errática, soplando en veloces rachas cada vez más fuertes.

El capitán Laurel, por intermedio de Matías, ordenó arriar las velas y fiar el rumbo al impulso de las corrientes, en tanto Yoguina, firmemente asida al timón, procuraba amenguar los bandazos a que la fuerza de las olas nos obligaban, al batir inmisericordes contra la borda del barco.

Se redobló la fuerza del oleaje, por lo que hubo que sujetar cualquier objeto exento, al que los vaivenes de la nave pudieran convertir en un peligro cierto para la tripulación. Casi a la vez, Iker y yo nos apercibimos de que el medio barril que en el puente se usaba de asiento, rodaba de un lado para otro y amenazaba seriamente la integridad de Yoguina, quien podía esquivarlo a duras penas, mientras sujetaba con fuerza la rueda del gobernalle.

Nos lanzamos a por él al unísono y, justo cuando lo acercábamos a la borda de babor para amarrarlo con algún pedazo de cabo suelto, una ola terrorífica barrió el puente y la cubierta, sin que ni él ni yo, ensordecidos por el fragor de la tormenta, oyéramos el clamor de advertencia que emergió de las gargantas de cuantos en ella se hallaban en ese momento.
Solo sé que, de improviso, me sentí arrojado por una fuerza sobrehumana, en compañía de Iker y el medio barril, a lo hondo de aquel crespo mar embravecido y oscuro.

Quiso la fortuna que, en medio de la caída, me agarrara, de modo casi instintivo, al bendito tonel, cuya flotabilidad me izó con rapidez a la superficie. Cuando pude, en medio de las tinieblas, mirar en derredor, vi que casi al lado el chico braceaba con desesperación para mantener la cabeza fuera del agua.

—Aquí, señor Iker —le grité lo más alto que pude para que mi voz se sobrepusiera al ruido del oleaje, la lluvia y los truenos que nos cercaban.

Se asió el muchacho al barril como pudo y ambos nos pusimos a escudriñar las tinieblas con fruición en busca de nuestro navío, al tiempo que no parábamos de gritar pidiendo socorro.

La oscuridad, sin embargo, parecía acrecentarse desde el nivel del mar en el que nos hallábamos, razón por la que solo pudimos percibir a El Temido bajo la forma de una mancha de sombra que se alejaba de nosotros, mientras creíamos oír un rumor de voces que gritaba:

—¡Gente al agua!

Nos vimos de ese modo solos, en medio de un piélago embravecido, cuya fuerza, sin embargo, empezaba a decaer.

Amainó, en fin, la tormenta y la calma a que dio paso nos permitió recuperar algunas fuerzas por medio de un ligero sueño, para el que fuimos turnándonos: mientras uno dormía en el interior medio seco del tonel, el otro desde fuera procuraba mantenerlo a flote, a salvo de la ya suave mecida de las olas.

Cuando amanecía y, a punto de terminar mi tercer turno para conseguir que el medio tonel flotara en vertical, una inquietante aleta, con forma de triángulo negro, emergió no muy lejos de donde nos hallábamos, empezó a dar vueltas a nuestro alrededor y a trazar círculos cada vez más estrechos.

—Señor Iker —le avisé tiritando más de miedo que por el frío—, tenemos un problema.

—¿Qué pasa?—preguntó todavía medio dormido el chico, mientras intentaba ponerse bruscamente de pie y hacía oscilar con cierto peligro el ya de por sí inestable barril.

—Mire —respondí y mi dedo señaló aquella aleta que cada vez nadaba más próxima a nosotros—, aunque no creo que tenga excesivo interés en mí. Me parece que viene sobre todo por usted.

—Es posibl e—replicó fríamente—, pero tampoco te asegures demasiado. Los tiburones, y esa aleta parece pertenecer a uno, son capaces de tragar cualquier cosa. A veces se les sigue la pista del trayecto que recorren por los objetos que se encuentran en su estómago. Lo leí en un álbum de cromos de animales. Es la única colección que he logrado completar nunca. Bueno, esa y los cromos de la Liga.

Las palabras de Iker no hicieron sino duplicar mi miedo: si antes temía solo por él, ahora tenía miedo por los dos a partes iguales.

—Y ¿qué podemos hacer?c—le pregunté angustiado.

—Poca cosa, por el momento. Sube al tonel e intentemos permanecer lo más quietos posibles. Dicen que es el ruido del chapoteo en el agua lo que los ayuda a localizar a sus presas en la superficie. Aunque mucho me temo que este nos tiene ya bien localizados.

El escualo, en efecto, había abandonado su natación circular alrededor de nuestro frágil esquife y se dirigía derechamente hacia él. Lo rozó al pasar con el dorso e hizo que se agitara con violencia sobre el agua, pero, por fortuna, no llegó a volcarse, mientras ambos, acurrucados en el fondo, nos asíamos con fuerza a su borde superior. Ni siquiera nos atrevimos a asomarnos para comprobar su tamaño. El ruido que produjo al rozar el barril y el instante eterno que duró el rozamiento, nos hizo suponer que sus dimensiones estarían cerca de rondar lo monstruoso.

No sé muy bien por qué motivo, el enorme tiburón se apartó un trecho bastante largo, se sumergió en el agua, debió girarse debajo, volvió a emerger y enfiló de nuevo hacia nosotros. Pero, cuando ya veíamos como inevitable un encuentro frontal con la bestia que nos conduciría indefectiblemente a pique, sucedió algo extraordinario: una enorme masa negra, de la que sobresalía un gran chorro de vapor y agua en forma de coliflor, subió a la superficie y se interpuso en la trayectoria rectilínea con la que el tiburón perseguía colisionar contra el medio barril.

—-¡Es una ballena jorobada! —exclamó Iker alborozado.

—¿No saldremos de Herodes para caer en Pilatos? —pregunté escamado, tras mi pasada aventura con el Kraken.

—No creo. Las jorobadas son inofensivas. El problema es si logrará salvarnos de los ataques del tiburón. ¡Mira! —y apuntó con el dedo al extremo opuesto en el que la ballena flotaba dulcemente, agitando apenas sus largas aletas pectorales y mostrando al sol el ancho agrupamiento de unas como verrugas que le recorrían la enorme cabeza y parte del dorso.

Por donde Iker señalaba, el tiburón venía de nuevo a la carga a gran velocidad, y se dirigía con derechura, hacia el punto en que nos hallábamos, pero, mucho antes de que pudiera alcanzarnos, otra gigantesca jorobada subió a la superficie e interpuso su enorme masa entre el escualo y el medio barril. Volvió aquel a sumergirse y aunque teníamos la esperanza de que, frustrado por la presencia de las yubartas, hubiera abandonado la cacería, también nos poníamos en lo peor: temíamos que fuera solo una retirada provisional en busca de un hueco en el parapeto que los cetáceos habían erigido por el que llegar hacia sus presas, que, por desgracia, éramos nosotros.

Lo mismo debieron pensar las ballenas porque de improviso iniciaron un extraño movimiento circular alrededor del tonel, ni tan cerca que el desplazamiento del agua pusiera en peligro su estabilidad, ni tan lejos que ofreciera resquicio al tiburón para aproximarse.

Debió, en fin, la bestia asumir la inutilidad de su intento y renunciar a su malévolo propósito, porque vimos su aleta dorsal a lo lejos emprender una trayectoria que la apartaba de donde nos hallábamos de manera definitiva.
Al notarlo las ballenas, alteraron su danza circular y nadaron en paralelo, empujando el barril suavemente hacia adelante entre ellas, impulsado por el agua que ambas desplazaban.

Nos mantuvimos así el día todo. Avanzábamos de forma rectilínea, en lo que parecía una dirección predeterminada hasta que, ya a la dudosa luz del crepúsculo, atisbamos el perfil azulado de costa en el horizonte.

Nos abrazamos aliviados, sin saber si nos hallábamos en las inmediaciones de alguna isla o de tierra firme, cuando un impulso imprevisto, propiciado por las ballenas, arrojó nuestro singular esquife por encima de lo que parecían unos arrecifes de coral. Quedamos flotando pacíficamente en medio de una pequeña ensenada, al fondo de la cual brillaba la arena negruzca de una playa no demasiado ancha por la que se diseminaban promontorios de rocas también oscuras.

La subida de la marea fue acercándonos muy poco a poco a la orilla, hasta que, cuando ya estábamos a punto de hacer pie, una ola solitaria, aparecida de improviso en medio de la tranquila ensenada, arrojó el barril hacia un pequeño risco y lo astilló contra las piedras.

Braceamos con fuerza hasta salvar el trecho que nos separaba de terreno seco y tras internarnos algo más en tierra para no ser arrastrados nuevamente al mar si descendía la marea, nos dejamos caer en el suelo. Agotados por los trabajos y las impresiones del día, nos quedamos enseguida profundamente dormidos.

Capítulo 5: La cueva del Microcosmus (2ª parte)

Transitábamos ya casi por el centro del paso entre ambos, cuando notamos una gran agitación bajo la quilla y una torre de espuma emergió justo delante de nosotros. De la horrible cabeza que la coronaba surgieron dos  larguísimos tentáculos que se enrollaron en cada una de las rocas, formando con el cuerpo una infranqueable barrera, al tiempo que una decena de brazos algo más cortos trepaban por la borda y tanteaban en la cubierta como a la búsqueda de algo, deteniendo por completo la marcha del barco.

—Matías —gritó con desesperación el capitán—, arme a a la tripulación con hachas y espontones y vamos a hacer rodajas los brazos de ese calamar o lo que sea. Nos servirán de cena esta noche. ¡Iker, Lucas, al sollado, como habíamos convenido!

—¡Pero, capitán…! —protestaron estos.

—¡Si no os marcháis inmediatamente os haré juzgar por insubordinación!

Tuvieron los chicos que plegarse a la autoridad del capitán y, de mala gana, bajaron a ocultarse, en tanto el resto de los tripulantes se armaba siguiendo las indicaciones del pirata.

—¡Benavides, no te quedes ahí parado como un lelo y ayuda!

La orden de Melusina resonó con tal firmeza que, sin saber muy bien lo que hacía, ni dar resquicio a que pudiera oponerme, me vi de súbito con un hacha de abordaje en las manos corriendo hacia uno de aquellos horribles tentáculos que serpenteaba ciego por entre las tablas.

Lo golpeé con toda la fuerza que fui capaz de imprimir al hacha, pero en vez de conseguir que esta lo seccionara, rebotó contra la coriácea piel que lo cubría y escapó de mis manos, yendo a parar unos pasos más atrás de donde, ya indefenso, en esos momentos me encontraba.

Se elevó hacia donde yo estaba la punta negra de aquel tentáculo, provisto de rosadas ventosas, y, sin darme tiempo a huir, hizo presa en mí y me rodeó con fuerza, dejándome incapacitado para cualquier movimiento.

—Mr. Benavides, be strong!

Widerstenhen Sie!

Procedían las voces de aliento de dos muñecos de cuyos cuerpos troncocónicos de cemento emergía una cabeza con forma asimismo de tiesto de flores invertido y a los que se unían por medio de cordeles unos a modo de manos y piernas de la misma forma, pero más pequeños. Se trataba de Mister Tim y Frau Tina, la singular y veterana pareja de Villa Vidinha que, cuando no ejercían de piratas, daban amablemente la bienvenida a sus visitantes al pie de la escalera que conducía a la entrada principal, en calidad de mayordomo y ama de llaves de la casa, según acreditaban sus respectivas indumentarias.

Se lanzaron ambos con determinación contra el monstruo, provistos de sendas hachas con las que golpearon varias veces el tentáculo que me apresaba, con bastante más fuerza de la que yo empleara, aunque con no mucho mejor resultado.

Tan embebidos estaban en su noble y valeroso intento de liberarme que casi no se apercibieron de que otros dos brazos de la bestia se aproximaban a ellos por su espalda y terminaron también por apresarlos:

Achtung, darling! —gritó frau Tina, aunque ya demasiado tarde.

De improviso, los tres gigantescos apéndices se izaron a la vez y sus presas fuimos transportadas hacia la cima de lo que nos había parecido antes torre de espuma, en la que una boca de grandes proporciones se abrió como la negra entrada de una caverna, dejándonos caer dentro, sobre una superficie mullida y gelatinosa.

Caímos los tres juntos en un amasijo de piernas y brazos y, cuando intentábamos ponernos en pie, la superficie aquella se elevó hacia la curva bóveda de la gruta, al tiempo que una sustancia amarillenta la volvía resbaladiza en extremo, hasta el punto de hacer que nos deslizáramos irremisiblemente por el todavía más oscuro agujero que se abría a su fondo.

Tras una prolongada caída libre a lo largo del fétido túnel, vinimos a dar en una enorme concavidad de paredes y suelo blandos y techo altísimo, iluminada por verdosa fosforescencia, en un extremo de la cual brillaba también una luz blanca.

Así que pudimos rehacernos de la caída y ayudándonos mutuamente a caminar por la inestable superficie de la nueva caverna nos dirigimos, de manera casi instintiva, hacia aquel punto de luz.

La tal superficie estaba inundada de un líquido verdoso que apenas nos cubría los pies y en el que sobrenadaban toda clase de pintorescos objetos: restos de velas y cabos, maderas, cabillas de timón, platos y cubiertos, armas variopintas y hasta algún libro.

Chapoteando en aquel caldo repulsivo y esquivando de cualquier forma los enseres que sobre él flotaban, llegamos al lugar de donde provenía la luz y en el que, para nuestra sorpresa, hallamos, iluminada por un fanal de barco, la figura de un anciano de luenga barba blanca y muy crecidas greñas asimismo canosas que, sentado a una mesa de tres patas, escribía sobre pergamino con una pluma de ave.

—¡Vaya! —exclamó así que se apercibió de nuestra presencia al levantar casualmente los ojos de su escrito—. No es frecuente recibir visitas en este lugar. Pero no creáis que sois los únicos. Me consta que el primero en pasar por aquí (de eso debe hacer ya bastante tiempo) fue un profeta antiguo. Tenía la costumbre de solo prever desgracias, hasta el punto de que sus coetáneos llegaron a pensar que, en realidad, las atraía; así que en una travesía por mar donde las cosas empezaron a ponerse feas, la tripulación decidió tirarlo por la borda para evitar que el barco entero se perdiera. Nada más llegado al agua, el monstruo se lo tragó. Dicen que solo pasó aquí tres días, pero tengo para mí que debieron ser bastantes más. No se sale del vientre de este bicho así como así. También pasaron por aquí un viejo carpintero y su hijo, un chico de cabeza tan dura que parecía hecha de madera y al que, de vez en cuando, la nariz le crecía de un modo extraordinario…

—¿Y tú quién erres? —preguntó la voz tajante de Frau Tina con su inseparable deje gutural.

—Eso, who are you, Sire?—corroboró el británico acento de Mr. Tim.

—Mi historia es larga —replicó el anciano—, pero como aquí dentro el tiempo cuenta poco porque hay poco que hacer, creo que podré entreteneros un rato con ella. Mi nombre —prosiguió diciendo— es Pierre Denys Pontoppidan y soy de profesión malacologista, que en román paladino viene a querer decir que me dedico al estudio de esos seres misteriosos y fascinantes que son los moluscos y, en particular, los llamados cefalópodos. Desde pequeño me sentí atraído por las historias que los marineros contaban del mayor de estos animales jamás vistos: el kraken. Recogí sobre él cuanto material pude hallar, en forma de descripciones científicas, como la de Linneo, que lo catalogó en la primera edición de su Systema Natruae con el nombre de Microcosmus Sepia. Ignoro por qué, aunque alguna sospecha me ronda al respecto, lo excluyó de la segunda edición de su libro. Compilé también simples cuentos, leyendas y rumores y con todo ello compuse una gigantesca Historia Natural del Kraken, en la que recogía la noticia de ser el responsable del hundimiento en una sola noche de siete barcos americanos frente a las costas de Florida. Mi obra tuvo un eco sin precedentes: universidades y sociedades científicas se me disputaban y no paraba de impartir en ellas charlas y conferencias muy bien remuneradas. Mas en mi propio éxito se cimentó también el principio de mi desgracia: la envidia, que impregna toda actividad humana, se agudiza en los cenáculos académicos e intelectuales, de donde debiera haber sido erradicada para siempre. Un grupo de malacólogos, celosos de mi fama, sobornaron a tripulantes supervivientes de los barcos hundidos en Florida, quienes testificaron que su naufragio trajo causa en una súbita tormenta tropical, desatada de improviso sobre tales lugares. ¡Una tormenta tropical! ¡Valiente sandez! Pero lo cierto es que mi celebridad se esfumó tan deprisa como había llegado y me hallé en poco tiempo pobre, hambriento y despreciado por todos los círculos científicos que antes me aplaudieron. Pudieron tramar mi ruina, mas no pudieron doblegarme, ni consiguieron que abjurara de mis convicciones. Invertí el poco dinero que me llegó de una inesperada herencia en botar un pequeño balandro y me hice navegante solitario; crucé todos los mares conocidos y algunos ignotos y, tras muchos años, obtuve al fin mi recompensa: el Microcosmus engulló mi barco y a mí con él y, desde entonces habito su interior, escudriño sus secretos y compongo con ellos la obra definitiva sobre el monstruo del Leviatán, sobre el abominable Caribdis, sobre la suma, en fin, de todas las gigantescas y terribles criaturas marinas. Mas no perdono a la humanidad que, incrédula y envidiosa, me despreció y humilló. Tengo determinado que no se ha de beneficiar de mis descubrimientos. Hay saberes que los hombres no merecen, así que los profundos y maravillosos secretos del Kraken jamás verán la luz; permanecerán por siempre aquí, pues es justo que nunca abandonen el estómago mismo de su dueño. Mas decidme —preguntó el viejo, mudando de súbito de asunto—, ¿quiénes sois vosotros y qué habéis venido a hacer aquí? ¡No pretenderéis destruir esta magnífica criatura, sin par en la Naturaleza!

—Nosotros solo querrer salir limpiamente de kraken y salvar barrco —replicó frau Tina.

Of course, Sire —corroboró Mr. Tim.

—Bueno —replicó Pontoppidan pensativo—, de aquí salir se puede, como hicieron el profeta, el carpintero y su hijo. Yo conozco al menos dos vías para eso, pero ninguna de las dos es limpia. Aunque, al menos, una de ellas os ayudará también a salvar el barco.

—Si Herr Pontoppidan tenerrr amabilidad explicarnos plan, nosotros luego hacer mucho deprisa.

—¿Está armado vuestro barco?

—Yes, Sire, ¡con diez cañones por banda!

—Tendremos entonces que aumentar la temperatura en ese punto del estómago del monstruo —dijo el anciano señalando hacia una protuberancia que sobresalía de un pliegue de la pared blanquecina de la caverna—. Cuando la criatura note el calor liberará el barco por unos momentos, sumergiéndose en busca de agua fría, mas no ha de tardar mucho en emerger de nuevo para volver a atrapar su presa. Si vuestros amigos aprovechan el momento para lanzarle una andanada que logre hacerle algo de daño, el monstruo intentará ocultarse y emprender la huida y ahí tendréis la oportunidad de escapar.

—¿Cómo? —pregunté un tanto escéptico ante un plan que se me antojaba bastante disparatado y sujeto a múltiples imponderables que podrían hacerlo fracasar y que el animal se hundiera para siempre con nosotros dentro.

—Solo tenéis que prender un fuego en la protuberancia y correr después hacia la galería que veis a vuestra izquierda. Si todo sale como espero, desde ella hallaréis la forma de dejar al monstruo.

—Pero, ¿con qué vamos a encender fuego? Además está todo mojado. Tardará mucho en arder cualquier cosa que pretendamos quemar —objeté de nuevo.

—Un poco de fe, mi escéptico amigo —replicó el anciano—. Ahí tengo yesca y pedernal con que podréis prender esas tablas que flotan en el suelo. En cuanto a la humedad, proviene del líquido que hay en él. Es ácido y bastante inflamable, así que de lo único que tenéis que preocuparos es de no salir ardiendo también vosotros.

—En cuanto a eso —dijo Mr Tim—, no problem. Nosotros no combustibles.

Tomó el mayordomo la yesca y el pedernal que el viejo nos tendía y en poco tiempo hizo prender una llama azulada en unas madera, cubiertas de algas muertas, que frau Tina había acumulado junto a la protuberancia.

Nos encaminamos, siguiendo las indicaciones del viejo, por la galería en cuestión que resultó ser extremadamente corta y desembocar en un negro agujero que no dejaba adivinar lo que ocultaba en su fondo.

Notamos de pronto que el animal se sumergía, de lo que colegimos que había liberado al barco, mas pronto volvió a subir buscando la superficie para hacer de nuevo presa en él.

Los cañones de una de las bandas de El Temido retumbaron con estruendo y percibimos una fuerte sacudida en la criatura, que empezó a sumergirse de nuevo. De lo profundo del agujero que se hundía a nuestros pies vimos entonces emerger una marea negra proyectada hacia arriba con enorme fuerza.

—¡Es la tinta! ¡Saltad! —grito Mr. Tim al tiempo que nos arrastraba al chorro de líquido negro, el cual nos empujó violentamente al exterior del monstruo y hasta nos elevó por encima de la superficie del mar, a la que volvimos a caer, a pocas brazas de nuestro barco, la boca de cuyos cañones de la banda de babor podíamos ver humear todavía.

Estaba tan aturdido por la increíble peripecia que acabábamos de vivir que, mientras sobrenadaba en la oscura mancha, a la espera de que nuestros compañeros vinieran a rescatarnos, solo una idea se me pasaba por la cabeza:

—¡Lástima de tinta! —pensaba—. ¡La de libros que se podrían escribir con ella!

Capítulo 4: Un velero bergantín (2ª parte)

—¡Soltad amarra de sotavento! ¡Levad anclas! —la voz de Matías resonaba por toda la cubierta con matiz menos aflautado del habitual—. ¡Amurad los foques del bauprés! Yoguina, ¡cuarta del timón a estribor! ¡Enanos, Willy, a lo bicheros y apartad la proa del pantalán! Cavo, Valga: ¡izad drizas y tensad escotas de la cangreja! ¡Navegamos de ceñida hasta la bocana del puerto y después avante a toda!

El fiel seguimiento de las órdenes de Matías y la pericia de Yoguina con el timón hicieron que con un ligero cabeceo, El Temido abandonara lentamente el abrigo de la dársena, enfilara la proa a través de la bocana y se lanzara en fin a navegar en mar abierto.

Apenas dejamos atrás unos peligrosos bajíos próximos a aquella, Matías ordenó soltar el trapo. Empujada por una recia brisa de popa, la quilla parecía más sobrevolar que cortar el agua; el bergantín avanzaba a toda vela, mientras la luna rielaba en el mar y el viento gemía en la lona, alzando blandas olas de azul y plata.

—¡Esta noche me trae a la memoria la primera vez que atravesamos el estrecho de los Dardanelos! —exclamó melancólico el capitán Laurel, quien, tras retirarse por unos instantes a su cámara, acababa de reaparecer en el puente.


—Navegábamos con Asia a un lado, Europa al otro y, al frente, las tenues luces de Estambul —prosiguió, mientras se alejaba de mí golpeando rítmicamente con su muleta las tablas del puente y tarareaba una cancioncilla, cuya letra yo desconocía y de la que ya no me acuerdo.

Al amanecer, el tiempo había cambiado. El viento de popa, que hinchó las velas durante toda la noche, dio paso a una calma chicha que las aflojó, dejándolas colgar fláccidas bajo sus vergas, detuvo la hasta entonces alegre marcha del navío y fió su rumbo al capricho de las corrientes marinas.

Como, en principio, la corriente seguía impulsándonos con dirección nornordeste, que coincidía con el rumbo que Yoguina había trazado, nos tomamos la situación como un mero respiro y, sin preocuparnos demasiado por ella, cada cual en el barco se entregó al ocio que más le plugo.


—Benavides —me sorprendió por detrás la voz chillona de Petra, mientras, subido en la tapa de un medio barril que rodaba por el puente para oficiar de banqueta y acodado en la borda, contemplaba pensativo el calmo mar turquesa—, nos debes uno de tus libros desde hace días.


—¡Oh! ¡Sí! —repliqué—. Lo prometido es deuda. Y este es un momento tan bueno como cualquier otro para saldarla, si a las señoras gallinas les parece.

—Desde luego —asintió Petra—. Y ¿qué libro nos vas decir?

—Una novela negra.

Quedaron un tanto desconcertadas las gallinas y tras una breve pausa, Purpurina preguntó extrañada:

—¿Y por qué está pintada de ese color tan raro? No se verá nada. ¡Mejor harían en pintarla de rosa!

—Entonces sería otra cosa distinta —contesté, sin querer ir más allá en mis explicaciones.

—¡Pues de color arcoíris! Se vería mucho más alegre —volvió a sugerir Purpurina.

—¡Ejem…! Me temo que también cambiaría mucho.

Intervino Petra en ese momento, con un gesto displicente hacia la primera:

—¡Pero qué ignorante eres! Se llaman novelas de negras porque las protagonistas son gallinas de Guinea, como nosotras. ¡Me encanta! ¡Gracias, Benavides!

El dictamen de Petra entusiasmó tanto a sus compañeras que las tres, excitadísimas, se pusieron a hablar a la vez y elevaron progresivamente el tono de voz hasta dar en un concierto de agudos e ininteligibles cacareos.
Aprovecharon el resquicio que el momentáneo descuido de sus madres les permitía los inquietos polluelos, abandonaron sus respectivos regazos y se diseminaron por el puente alborotando a su sabor, trepando entre las cabillas de la rueda del timón o subiéndose a un rollo de cabo acalabrotado que reposaba en el suelo. Amenazaban ya con invadir la cámara en que dormía el Capitán Laurel y provocar, si lo despertaban, una auténtica tragedia griega, cuando las gallinas reaccionaron y, con no poco trabajo, lograron devolverlos a sus lugares de partida.

—Me temo, señoras, que están muy equivocadas —dije cuando se restauró la calma y las gallinas, todavía jadeantes por el esfuerzo, se recostaron sobre las tablas de la cubierta—. Se llaman novelas negras a las que tratan de crímenes, asesinatos y cosas por el estilo.

—¿Asesinatos de gallinas? —preguntó extrañada Perla—. ¡Pues como no sea para hacer caldo…!

—No. Asesinatos en general —respondí ya al borde de agotar la reconocida “paciencia Benavides”

—Asesinatos en general. ¡Qué buen título para una novela negra de esas!— asintió Petra reflexiva—. ¿De qué va?

—No, señoras, no. Yerran de nuevo —dije mientras resoplaba con resignación—. Se titula Los crímenes de Alicia.

—Y, si ya sabemos quién es el asesino, ¿qué interés tiene? —inquirió Purpurina con displicencia.

—Bueno —repliqué—, en realidad Alicia no mata a nadie. Es solo la protagonista de una divertida historia en que persiguiendo a un conejo, encuentra una finca llena de personajes singulares que decide llamar “El País de las Maravillas”.

—¿Algo así como Villa Vidinha? —me interrumpió Perla.

—Quizás un poco más grande —repliqué—. En otra ocasión, cruzó de lado un espejo y se encontró de nuevo con otros extraños seres de esos. Pero en el libro que voy a decirles, si me dejan, no se cuentan tales historias.

—¡Oh! ¡Sí! Dilo ya, por favor. ¡Estamos impacientes! —suplicaron las gallinas al unísono.

Obedeciendo sus ruegos les “dije” el relato de un autor argentino que narra los crímenes ocurridos en el seno de una sociedad dedicada a estudiar la obra de Lewis Carroll, el autor de Alicia… Al terminar, al cabo de casi tres horas, Perla, tras un breve instante de reflexión, dijo:

—La verdad, no se me alcanza qué tienen que ver los crímenes esos con el libro del País de las Maravillas, ni siquiera con quien le contó tales historias a Alicia, ni menos, con ella misma.

—¡Bueno! —sugirió Purpurina—. Es como si contara lo que ella habría visto si, al entrar en el espejo, hubiera vuelto la cabeza y mirado hacia atrás.

—Es una forma de verlo, sí —repliqué.

—De todas formas —zanjó Petra ante mi desconcierto—, el libro ese se me antoja muy poco “ficciosímil”.

En ese momento, la vigía subida a la cofa del palo de mesana —una anodina y silenciosa mariquita con camisa de franela roja con lunares negros y negro pañuelo a la cabeza, con la que resultaba imposible mantener una conversación de dos minutos sin que intercalara en ellos más de cincuenta hipidos, productos de su desmedida afición al grog— gritó con voz estentórea:

—¡Está virando la proa! ¡Perdemos…¡hip!… el rumbo!

—¡Maldita mariquita borracha! —replicó el capitán Laurel—. ¡Ya has vuelto a darle al grog!¡Cualquier día de estos te mando pasear por la tabla!

—Me temo, capitán —intervino a la sazón Yoguina—, que, en este caso, la vigía está en lo cierto. Estamos perdiendo el rumbo.

—Pero, ¿por qué? —preguntó desconcertado Matías, que acababa de sumarse a la conversación—. Seguimos en calma chicha.

—No sabría decirlo —replicó la piloto—. Pudiera tratarse de una más o menos leve sinuosidad de la corriente… ¡Oh, Dios mío…!

—¿O qué? —interrogó preocupado Laurel.

—O estamos entrando en el extremo levógiro del pequeño Maelstrom que hay en el centro del Mar Interior y de cuyo peligro nos advirtió el Mago.