Capítulo 10: El emir de Bagdasco y la Gruta de las Sirenas (2ª parte)

Abriéndonos paso, poco menos que a codazos, por el intrincado laberinto de callejuelas de la ciudad, conseguimos arribar, por fin, a las puertas del palacio, ante cuyos dos robustos y marciales guardias, provistos de aceradas moharras, se identificó el capitán Laurel, al tiempo que pidió ser recibido por el Dragut para resolver un asunto urgente.

Habían pasado ya más de dos horas desde nuestro recado y Batrús ibn Muqadas seguía sin hacernos llegar respuesta alguna, ni señales de vida, para desesperación de una lady Victoria, que se daba ya a los diablos con tanta demora.

—Tranquilizaos, mi lady —intentó calmarla el capitán—, estas gentes son así. Tienen sus propios ritmos, que no coinciden con los nuestros. No hacernos esperar sería humillante para ellos.

—Y hacerlo —replicó ella vivamente— lo es para nosotros.

—Bueno, es lo que se pretende. Pero que nos tengan aquí es señal de que, tarde o temprano (más tarde mientras más en consideración nos tengan), nos van a recibir. En caso contrario nos habrían dado una respuesta rápida: nos habrían echado a patadas ya hace rato.

Por un tiempo, las palabras del capitán calmaron la impaciencia y el desasosiego de la inglesa y cuando, ante la tardanza empezaban estos a aflorar de nuevo, apareció en la puerta lo que debía ser, según lo lujoso de sus atavíos a la morisca, un alto funcionario de la corte.

—Mis señores —dijo con mucha ceremonia dirigiéndose, obsequioso, a nosotros—, el poderoso y magnánimo Betrus ibn Muqadas al Dragut, a quien Allah guarde muchos años en esta tierra y por siempre en el paraíso, os ruega que me acompañéis al interior de su humilde palacio y templéis vuestro ánimo y serenéis vuestro espíritu a fin de haceros dignos de hallaros ante su magnificente presencia.

Le contestó Laurel con una profunda reverencia y haciendo señas para que le siguiéramos, el pulido cortesano nos precedió por el dédalo de patios, jardines y estancias que constituían el palacio del Dragut. Estaban estas revestidas de yeserías que dibujaban bellos motivos geométricos o florales y en las partes más nobles, cubiertas con pan de oro. Se adornaban con jarrones de una cerámica fina de fondos blancos y vetas esmeraldas que, en ocasiones, traslucían la imagen de pájaros exóticos, y cubrían el suelo coloridas alfombras persas en que la tupida lana y la suave seda china formaban el terciopelo para urdimbres y tramas tejidas con con delicados hilos de algodón.
Los patios ofrecían en su centro el fresco rumor de fuentes, cada cual más lujosa, rodeadas por esculturas en mármol de distintos colores, de leones, panteras y hasta elefantes, casi a tamaño natural.

Al fondo del último de estos patios, al que se abrían otras tres estancias, semejantes a la muchas que habíamos atravesado, y en el centro del cual desgranaba su claro chorro de agua una fuente enmarcada por las esculturas de cuatro enormes hipopótanmos, se levantaba una puerta de madera de cedro, cuajada de tallas de hojas de acanto. Daba acceso a un jardín espléndido, dentro del cual, en medio de un redondo bosquecillo de limoneros, cuyos frutos añadían reflejos dorados a los rayos de sol que se les colaban por entre las ramas, nos aguardaba el Dragut con una pose hierática de faraón egipcio.

Era un viejo sumamente delgado y bastante alto, de mandíbula cuadrada y gesto altanero que se afanaba en transmitir, sin conseguirlo, un aire de franqueza y cordialidad y esa lucha entre lo que quería aparentar y lo que parecía ser despertaba en quien se aproximara a él una desconfianza instintiva, como la de quien se sienta al lado de una serpiente dormida. Vestía larga aljuba blanca, recamada de hilos de oro y encima un pesado manto rojo con bordados en plata, pero llevaba la cabeza descubierta, sin turbante, ni fez alguno.

Mientras nos aproximábamos al emir, oí que el capitán Laurel se dirigía a lady Victoria en voz baja.

—Mi Lady, absteneos de preguntar nada. El Dragut hablará y hablará y a través de su cháchara interminable obtendremos toda la información que precisamos. Si lo interrogáis, no os dirá una sola verdad. ¡Ah! También odia que se le interrumpa. Si lo hacéis, no volverá a abrir la boca y seremos expulsados del palacio de malas maneras.

—Mi querido y viejo amigo Laurel —dijo el emir así que nos aproximamos a donde se hallaba, viniendo hacia nosotros con los brazos abiertos—. ¡Dichosos los ojos que te ven tras tantos años de ausencia! —y le estampó un beso en cada mejilla.

Nos acomodamos todos en derredor de él a la sombra de los limoneros, sobre unos cojines de seda verde que se hallaban dispersos por el suelo y, sin reparar, en principio en los demás, atento solo al capitán, preguntó:

—Y ¿qué nueva aventura te trae otra vez por aquí?

—En realidad, ninguna. Solo pasaba por las cercanías de Bagdasco a bordo de El Temido y pensé que sería oportuno hacerte una visita para recuperar recuerdos y renovar amistades que el paso del tiempo va enfriando poco a poco.

—Bien dices, amigo mío. Siempre es bueno reafirmar los lazos que nos unen a quienes nos son afectos y mira tú, qué casualidad, en el corto espacio de dos días, dos viejos amigos (aunque no sé si hago bien diciéndote esto, pues me consta que no mantienes con la otra persona lo que se dice relaciones cordiales) han venido a verme con idéntico propósito: renovar su amistad. No parece sino que algún genio amigable haya escapado de su lámpara y ande esparciendo amistad por el mundo. Pues sí, mi estimado Laurel, ayer mismo estuvo sentado conmigo lord Alfred de Crokinole, pero, la verdad, como padecía una horrible jaqueca, apenas pude atenderle como imponen los sagrados deberes de la hospitalidad. Encargué a Boulos que se ocupara de él. ¡Ah! Disculpa, sin dudas tú ignoras que Boulos Ibn Alkanisas es mi visir desde hace… en realidad, no sé cuánto, pues no recuerdo haberlo nombrado nunca. Simplemente empezó a venir por aquí, un día hacía una tareíta, otro día otra y así fue liberándome de las pesadas cargas del gobierno y dejándome libre para que me dedicara a lo que en los últimos tiempos viene siendo mi gran pasión: recorrer una y otra vez el azul infinito a bordo del Al Shabn, mi magnífico velero de cuatro mástiles, en compañía de amigos con los que, lejos de la impertinente y celosa vigilancia de alfaquíes, ayatolás, ulemas y almuecines, nos entregamos a los placeres del vino, que si están proscritos aquí en la tierra es porque deben reservarse, como las huríes, para ser disfrutados en el paraíso. En fin, mantengo con Boulos una relación mutuamente beneficiosa, pues, si él me libera de enfadosas obligaciones, lo hace a costa de prosperar y haber acumulado una notable fortuna en muy poco tiempo. Hasta ha llegado a mis oídos que se está construyendo un palacio para rivalizar con el mío. Lo cual deben ser solo malintencionadas habladurías de gentes envidiosas de la prosperidad que Allah le ha concedido, pues Boulos es leal y eso sería delito de alta traición. Sí me consta que gran parte de esa fortuna la obtiene el visir del comercio de esclavos, pero se trata de un negocio que yo le cedí en monopolio, como pago de sus muchos servicios, porque a mí ya me fatigaba demasiado. Eso y la explotación de un café, de no muy buena fama en la isla, al que llaman La Gruta de las Sirenas, que no sé si le reportará mucho beneficio… Pero lo que peor llevo de él es que no ha parado hasta meter en palacio a su tercera mujer, Irina bn Alsiyad. La ha nombrado gobernanta de mi harén y, de momento, lo que ha conseguido es soliviantarme todo el gineceo y que mis trescientas mujeres anden a la gresca las unas con las otras, hasta el punto de que hace más de dos meses que me niego a llamar a ninguna, porque, las últimas veces que lo hice, se pasaron la noche quejándose de las restantes y todas de la gobernanta. De modo que ya solo bajo a la cámara de la última y más humilde de ellas. Una que tiene un nombre extraño, del que nunca me acuerdo, que viene a significar algo así como “la que nació en una hermosa ciudad”. Pero no creáis, que la joven es también taimada: la primera noche que pasé con ella, le pedí que me contara una historia. Lo hizo y me entretuvo tanto que, al terminar, le pedí que me contara otra. Empezó la segunda y, cuando se hallaba en lo más interesante, se detuvo alegando ser ya muy tarde —y es verdad que casi estaba amaneciendo—, que estaba cansada y que proseguiría la siguiente noche. Pasé el día consumido por la impaciencia y, cuando volví con ella, remató la historia comenzada en tan tampoco tiempo que le pedí que iniciara una nueva. Y así andamos desde entonces, hace ya más de treinta días, en que yo acudo cada noche a oír la media historia que termina y la media que principia. La verdad es que ya empiezo a estar un poco harto del asunto y si vuelvo puntualmente es más que nada por la curiosidad de saber qué dirá cuando se le hayan acabado las historias, que alguna vez tendrá que ser, digo yo…

—Largo lo fiais. Si es como en el libro de cuentos que yo preservo, la cosa se puede prolongar a más de mil noches. ¡Casi tres años todavía…! —exclamé, sin poder contenerme, olvidando la advertencia del capitán.