Capítulo 8: El esqueleto del Capitán Achab (final)

—¡Eso no! —suplicó mi madre—. ¿Qué quieres obtener para frenar esa horrible maldición? Te daré la mitad de mi reino, si es ese tu deseo.

—De momento —respondió Croma—, no me interesa. Tengo otros proyectos. Pero, sí, en efecto, hay una manera de evitar tan desagradable incidente.

—¿Cuál? —preguntó ella ansiosa.

—Que antes de que él o ella se claven la espina, te la claves tú. Así se cumplirá de una vez mi venganza y tu condena.
Quedó pensativa mi madre unos instantes y, después, sobreponiéndose a su angustia, con un inmenso esfuerzo, concedió:

—Está bien. Sea. Pero déjame, al menos, disfrutar de mi hijo algún tiempo. Dilata el plazo de tu venganza hasta el que yo tuve marcado y consiénteme en esperar hasta que cumpla quince años. Te lo suplico por esa sangre que, a pesar de todo, compartimos.

—De acuerdo, querida —respondió riendo la bruja—. Eso servirá de paso para prolongar tu agonía, pero que sean solo siete. Ni un día más. Si el de su séptimo cumpleaños no te has clavado tú la espina, se la clavará tu hijo y se verá condenado a dormir por siempre.

Dicho lo cual se desvaneció de manera tan misteriosa como había entrado y a mi madre, presa de angustia y dolor, le tomó un profundo desmayo.

Cuando al día siguiente, con las primeras luces del alba, recobró el sentido, pensó haber sufrido una pesadilla y suspiró con cierto alivio, mas, al incorporarse, una mueca de pánico se dibujó en su rostro: a su lado, abierta, yacía la cajita de oro acolchada de terciopelo rojo, con la aguja de cactus en su interior.

Nací yo a los pocos meses, pero una sombra de melancolía veló para mi madre la alegría por mi nacimiento. Desde el principio, aun sin advertírmelo, me fue preparando para la separación que inevitablemente se habría de producir a los pocos años. Se distanciaba con eso de mi padre que creía que la historia de la maldición de Croma era solo fruto de un delirio de ella y que actuaba, por tanto, como si nada fuera a ocurrir, embarcándose en continuas y larguísimas expediciones para limpiar los mares de lo que él llamaba la lacra de la piratería, contra la que cada vez estaba más obsesionado. Decía que su erradicación era tarea que tenía encomendada personalmente por el Lord Mayor del Almirantazgo, por cuyo cumplimiento habría de obtener multitud de premios y honores, quizás hasta el de ser nombrado Caballero Comendador de la Orden del Imperio Británico. ¡Menuda gansada!

La víspera de mi séptimo aniversario —el peor día de mi vida—, mi madre me hizo acudir a su cámara y, encerradas en ella las dos a solas, me contó la historia de la terrible maldición que sobre mí pesaba, mostrándome la dichosa cajita de oro. Le pedí desesperada que la arrojara al mar y así ni ella ni yo correríamos el riesgo de pincharnos, pero negó con la cabeza:

—Si no es esta espina será cualquier otra. No merece la pena.

Hice ademán de arrebatársela, para arrojarla yo, ante la inutilidad de mis esfuerzos por convencerla, y en el forcejeo, haciendo que pareciera fortuito, se clavó la espina en la yema del dedo pulgar de su mano izquierda.

Cayó fulminada y apenas tocado el suelo, su respiración se hizo más tranquila y suave, se le cerraron los ojos, como si le pesaran los párpados y se hubiera sumergido de improviso en un sueño profundo.

Antes de quedarse dormida del todo y, al ver que me inclinaba sobre ella, reuniendo sus últimas fuerzas, alcanzó a murmurar:

—Sé valiente.

—Entonces —dije alzando la voz por la sorpresa— lo que pretendéis al uniros a nuestra expedición es…

—Asegurarme de que, como creen los sabios esos que decís, la cercanía de Iker y Lucas, así como sus palabras tranquilizadoras servirán para romper la última conexión que Croma la Maldita tiene con este mundo a través de Yogui y, si no…

—¿Qué?

—Tendré que matar a ese perro —dijo y me mostró una afiladísima daga de acero brillante y rica empuñadura que llevaba oculta entre las ropas.

Me asustó la determinación que pensé hallar en su mirada, pero no me dio tiempo a replicarle nada, ni siquiera a intentar disuadirla de su oscuro propósito, aduciendo la inocencia de Yogui, en quien ella quería descargar su impotencia, su frustración y su odio, porque Iker, en ese momento, se volvió hacia nosotros:

—Si no os dais más prisa y os acercáis al grupo, terminaréis por perderos en el manglar. Dejad los cuentos para mejor ocasión.

Así que, encogiéndome de hombros, apreté el paso. Nuestro camino por el islote se hacía lento y trabajoso pues, por momentos, este se empinaba más y más y el suelo se volvía más legamoso y resbaladizo.

—No entiendo nada —dijo, al fin, Laurel tras unos momentos de extenuante marcha—. El agua, o lo que sea, debería descender por la pendiente por la que nosotros estamos subiendo y el piso secarse poco a poco, pero es justo al revés: el líquido aumenta cada metro que subimos.

—Y huele cada vez peor —apostillé.

—Sí. Eso también.

—Parece que no falta mucho para la cumbre de este montículo. Se ve algo que brilla por encima de la vegetación del manglar—observó Lucas, que se había adelantado unos metros.

La perspicaz observación de este nos animó a proseguir la subida, hasta que, finalmente, nos hallamos en medio de un claro entre los árboles, que culminaba nuestro ascenso, y en el que se nos ofreció ante los ojos un espectáculo singular y terrible.

Estaba el islote coronado por un enorme agujero circular, cuyo fondo no se acertaba a distinguir. y, clavado por debajo de él, un gran arpón de punta serrada, como los que usaban los balleneros para atrapar a sus presas. Colgaban del arpón los restos de un grueso cabo, a cuyo extremo se anudaban las ruinas de bote en que yacían revueltos los huesos de un número indeterminado de cadáveres humanos. Su ropa, hecha jirones, revelaba su condición de marineros. Entre el arpón y la barca, con el cabo enrollado en la cintura, yacía otro cadáver. El esqueleto milagrosamente intacto, dejaba ver que a su antiguo dueño le habían sustituido una de sus piernas por otra de palo. Los huesos se le habían aligerado tanto, que su mano, semejante a una hoja seca y quebradiza, no paraba de agitarse por el viento, como invitando a que le siguieran a los desgraciados tripulantes del bote. Ese mismo viento, a su paso por entre las ramas del manglar, producía un curioso sonido que, aguzando el oído, parecía silbar:

—¡Por allá resopla!

Nos estremecimos todos ante fenómeno tan extraño y, mudos y desconcertados, permanecimos un instante contemplándolo.
—Creo que sé lo que es esto —dijo, al fin, Laurel pensativo —. No estamos en un islote, sino sobre los restos de la gran ballena blanca, de Moby Dick y del capitán Achab y su tripulación. Consiguieron herir de muerte al cetáceo, pero este aún tuvo fuerzas suficientes para arrastrarlos a las profundidades. Ese fuerte cabo de cuerda ligó en la muerte el destino de todos ellos.

Se aproximó al cadáver de Achab, le desató la pata de palo, la colocó en su propio muñón y asiendo su vieja muleta probó a andar:

—¡Por vida de Satanás! ¡La muleta que fue de John Silver el Largo y la pata de caoba del capitán Achab! ¡Nunca hubo pirata tan bien provisto en toda la redondez de los siete mares!

Y riendo, reemprendió ágilmente la marcha de regreso hacia donde el bajel nos aguardaba.

Capítulo 8: El esqueleto del Capitán Achab (2ª parte)

Fue así que nos introdujimos en aquel banco de niebla y ordenó el capitán navegación silenciosa, tanto para no ser oídos desde la balandra inglesa, como para acertar a evitarla en caso de que de manera inadvertida se aproximara a nosotros.

Salvo Yoguina, que seguía asiendo con firmeza el timón y Willy y Wally que sondaban permanentemente la profundidad de agua, no fuéramos a darnos del bruces con algunos bajíos velados por la niebla, los demás permanecíamos asomados por la borda, a ambos lados de la quilla, escrutando su espesa capa, por si algún obstáculo imprevisto emergía ante nosotros y nos ponía en riesgo de colisión.

Pasaban los minutos con lentitud, sin que, pese a nuestro esfuerzo, acertáramos a columbrar algo distinto a la tupida bruma marina que nos envolvía y que, a cada instante, parecía volverse más sólida, cuando, de improviso, la proa del barco tropezó con algún obstáculo que, ni nosotros habíamos visto, ni la sonda había detectado en la forma de elevación del fondo marino.

Lo más llamativo del caso es que el sonido del impacto del casco de nuestro buque, con lo que quiera que fuera que hubiéramos chocado, no era el característico de la madera contra roca, ni el desgarrador chirrido de una quilla al hendir y hundirse en un banco de arena. Había sonado un golpe contra algo blando, podría decirse que orgánico, como si estuviéramos atravesando un inmenso y apretado cardumen de sardinas, solo que el barco había quedado aprisionado en él y detenido su marcha por completo.

La inercia de esta, pese a su escasa velocidad, nos empujó a unos contra otros y dio en el suelo con no pocos de nosotros, entre una sordina de quejas y gruñidos, mientras nos poníamos de nuevo en pie.

—¡Silencio!— volvió a ordenar el capitán.

—¿Contra qué habremos chocado? —preguntó, ansioso, Matías en voz queda—. Esto es muy raro.

—No lo sé. Lo mejor será bajar a comprobarlo —le replicó aquel en idéntico tono.

Casi por señas, se armó una expedición a la que se apuntaron los chicos y a la que el capitán, que habría de comandarla, me conminó a unirme para actuar como testigo y consignar cuanto en ella descubriéramos en el cuaderno de bitácora.

Tendimos una red desde la borda, por la que descendimos hasta depositarnos en una especie de légamo lechoso, con un fuerte olor a pescado podrido, sobre el que, más que andar, podía chapotearse. De él crecía una vegetación frondosa, a modo de manglares, por la que nos internamos, subiendo poco a poco desde la raya del agua, donde nuestro barco había encallado, pero sin pisar nunca suelo seco.

Nos movíamos despacio, trabajosamente y en silencio, porque nos sentíamos envueltos por una atmósfera solemne, casi como de catedral gótica, y por más de media hora proseguimos nuestro vacilante camino.

—No sé por qué —dijo al fin el capitán Laurel, cuya marcha era más trabajosa que la de ninguno, pues iba dando camballadas, cada vez que la punta de su muleta se hundía casi hasta la mitad en aquel fango blancuzco— tengo la sensación de que estamos en un islote, aunque de gran tamaño. Lo que me extraña es que estos manglares, o lo que sean, no parecen provenir de ninguna lengua de agua, sea dulce, procedente de algún río del interior o salada, traída aquí por la pleamar. El agua, si es que este asqueroso líquido lo es, mana desde el interior.

Las palabras del capitán fueron como una señal y los cinco rompimos a charlar, más que nada para disipar la atmósfera opresiva que se cernía sobre la isla aquella, seguros de que nadie podría oírnos desde fuera, pues la intrincada vegetación que la cubría por completo taparía el ruido de nuestras voces.

—Lady Victoria —pregunté, para deshacerme de una duda que, desde hacía horas, venía royéndome el ánimo—, ¿qué sabéis de Croma? Hablando con vuestro padre afirmasteis ser conocedores de sus desmanes y trapacerías y hasta estar concernidos ambos por ellos, y de manera bien directa.

—Es algo —replicó— que no me gustaría que se supiera de momento, así que solo os lo diré si prometéis guardarlo en secreto hasta que yo os autorice a difundirlo.

—Mi lady: soy un pozo de discreción; nada de lo que me digáis contaré sin vuestro permiso.
Tras asegurarse de que ni Iker, Lucas o el capitán podían oírnos, pues marchaban algo más adelantados, empezó su relato:

—Croma, cuyo nombre real yo también ignoro, es una prima segunda de mi abuela, la reina Talía de Minos, antiguo nombre de la isla de Crokinole. Por tradición familiar, al ser la pariente viva más próxima, estaba destinada a ser la madrina del heredero de la corona, así como su tutora y regente del reino en el caso de que sus padres murieran antes de su mayoría de edad. Mi abuelo, sin embargo, decidió romper esa tradición y encomendó esa misión a uno de sus ministros, que le inspiraba más confianza que ella. Irritada por eso, Croma esperó a los fastos que se celebraron con motivo del nacimiento del heredero real, mi madre en este caso, y la obsequió con la consabida maldición de que al cumplir quince años habría de pincharse con la espina de un extraño cactus, a resultas de lo cual, permanecería dormida hasta que la despertase el beso de algún príncipe enamorado. Al llegar el momento y, tal como la bruja tenía previsto, el accidente se produjo y mi madre se sumió en un profundo sueño. Pasaron los años sin que la situación cambiara en nada, pues no había príncipe, enamorado o no, que quisiera dejarse ver por Minos y, cuando ya mi abuelo desesperaba de haber quien heredara su trono, apareció por sus playas un arruinado aristócrata inglés, que, para restablecer su fortuna, se había dado, sin mucho éxito al parecer, al ejercicio de la piratería…

—¿Vuestro padre fue entonces pirata? —la interrumpí—. No lo entiendo.

—¿Por qué? Dicen que no hay peor cuña que la de la misma madera, o que el mayor de los furtivos con frecuencia resulta ser el mejor guardabosques.

—Sea como sea —prosiguió—, decidió probar suerte con el encantamiento y la tuvo: despertó a la reina, se enamoraron ambos y él recuperó título y crédito con las riquezas de la isla, que, para asegurarla, puso bajo el Imperio británico, obteniendo para sus antiguos reyes el de gobernadores independientes y a perpetuidad. Pasaron los años y en la ya llamada isla de Crokinole solo se respiraba felicidad, y, más aún, cuando se supo que mi madre, la reina gobernadora, estaba embarazada y se anunciaba el nacimiento de un heredero al trono.
Poco antes de que eso sucediera, una oscura noche del mes de noviembre, en que el viento azotaba las costas de la isla, levantaba olas inmensas que parecían iban a engullirla en su totalidad o doblaba y quebraba árboles centenarios en su interior, Croma, a quien mi abuelo había forzado a abandonar Crokinole para siempre, irrumpió, sin embargo, en la cámara real, donde mi madre descansaba. Le dio la dolorosa noticia de que no consideraba cumplida del todo su venganza, y añadió a su maldición un toque de cruel refinamiento: tendió a mi madre una alargada cajita de oro con la tapa abierta, en cuyo interior acolchado de terciopelo rojo se veía una larguísima y puntiaguda espina negra de cactus.

—A los cinco años de edad, tu heredero tendrá un “accidente” análogo al que tú tuviste con una espina como esta. Solo que, en esta ocasión, no habrá beso de príncipe o princesa que pueda despertarlo. He avanzado mucho en el cultivo de mis “cactus cobra” y he conseguido depurar su veneno de ese pequeño inconveniente.