Capítulo 12: El Reino del Espejo (2ª parte)

—Mi Lord —respondió aquel—, el señor Richmond ha debido beber durante su turno de vigía en la cofa del palo mayor. Se obstina en cantar que hay tierra a la vista por estribor. Su Excelencia mismo puede comprobar que, en el horizonte despejado, no se atisba el menor indicio de ello. No obstante, él sigue erre que erre, añadiendo a su error el pecado de la obstinación.

—Pero, señor —intervino el reo—, yo juro que no he probado una gota y que desde la cofa se aprecia tierra con toda claridad. Mandad a alguien que lo compruebe y, si miento, que se me doble la tanda de azotes.

—¿Para qué hemos de comprobar lo que estamos viendo con nuestros ojos? Callaos y limitaos a recibir el castigo impuesto, sin necesidad de dobleces —sentenció el señor Layermoore, poco dispuesto a que nadie cuestionara su autoridad.

—Un momento, señor Layermoore —abogó Lord Crokinole—. No es bueno precipitarse en los castigos. Lo cierto es que, si se mira hacia estribor hay algo extraño en la línea del horizonte. Parece como si en un punto, las olas chocaran contra sí mismas.

—Ciertamente —respondió aquel—, pero bien puede ser el efecto de dos corrientes marinas enfrentadas.

—También Pog Clinc ve dos lunas y eso no normal.

La intervención del Chester, señalando hacia babor y estribor donde dos recién salidas lunas vespertinas se enfrentaban idénticas la una a la otra, nos sobrecogió a todos.

—¡Cielos! ¡Es verdad! ¿Qué ocurre? —exclamó desconcertado el señor Layermoore.

—Enviad alguien a la cofa y que nos cuente lo que desde allí se ve —ordenó el excapitán Kidd.

A una señal del segundo de a bordo, se destacó un marinero que trepó ágilmente por los obenques y, una vez arriba, gritó:

—¡Tierra a la vista por estribor! ¡A menos de una milla!

Si ya la revelación de la presencia de dos lunas nos había dejado en suspenso y confusos, la observación del vigía terminó por desconcertarnos del todo. A esa distancia era materialmente imposible que, incluso desde el puente, en un día claro como aquel, dejáramos de ver la costa a simple vista y con toda nitidez; sin embargo, esta no se aparecía a nuestros ojos por parte alguna.

—No se quiebren la cabeza vuestras señorías —dijo a la sazón un viejo marinero, que chupaba una añosa pipa de arcilla, sostenida entre sus desdentadas encías, recostado contra la amura de babor—, estamos pasando frente al Reino del Espejo, o, mejor habría que decir de los Espejos, famoso, tanto por el que la reina guarda en su cámara, capaz de identificar a la dama más bella de él, como por este que tenemos delante y que lo protege, ocultándolo, de visitantes indeseados.

—¡Claro! —exclamó Lord Crokinole—. ¡Un espejo! Eso explicaría el misterio de las dos lunas. Aunque hay cosas que no entiendo bien: si es un espejo lo que tenemos delante, ¿dónde se sostiene? Y, ¿por qué no refleja nuestro barco?

—Bueno —replicó el marinero—. No se sostiene en ninguna parte, bien porque es un espejo mágico o porque, en realidad, como dicen algunos, se trata de un fenómeno natural, semejante a los espejismos del desierto que, a veces, se dan también en alta mar. Y, en cuanto al reflejo del barco, puede que no estemos en el ángulo adecuado o porque, en efecto, sea un espejo mágico.

—En cualquier caso, no vamos a tener ocasión de comprobarlo. De detrás de ese espejo, o lo que sea, salieron los botes de los secuestradores de los tripulantes de El Temido. Si no han venido a por nosotros, debe ser porque todavía no nos han visto, así que fondearemos aquí la Victoria y haremos una discreta visita de incógnito a ese extraño reino.

Arrojamos al agua el dory en el que exploramos la situación de El Temido y, los mismos que habíamos regresado en él, enfilamos directamente el punto del horizonte en el que los vigías de nuestro buque nos indicaban la presencia de tierra a una milla escasa de distancia.

El rítmico bogar de los marineros, comandados por el señor Terophontax, nos condujo en poco tiempo al lugar donde las olas parecían chocar contra sí mismas, pero al llegar a él nada extraño percibimos. Por el contrario, el oleaje continuaba mansamente su camino hacia la orilla y ya veíamos dibujarse con claridad la línea de la playa. Fuera espejo mágico o fenómeno de refracción natural del aire, habíamos atravesado la barrera, sin notar choque o sacudida de ninguna clase.
En frente de nosotros se abría una ancha y solitaria ensenada, de aguas tranquilas, sin obstáculo aparente para llegar a la orilla.

—Mi Lord —preguntó el señor Terophontax—, ¿por qué no volvemos al buque y lo fondeamos en esta ensenada? Parece un lugar seguro y a propósito.

—Mejor seguimos nosotros. Después de la ilusión del espejo, no sé con qué otros trampantojos más podemos encontrarnos y, a lo peor, en este caso, la tranquilidad es asimismo ilusoria y acabemos por entrar en una rada erizada de bajíos y arrecifes, de la que después nos resulte difícil salir con bien.

No se cumplieron los temores de Lord Crokinole: la bahía resultó tranquila por demás, así que no mucho después nos hallábamos desembarcando en una espaciosa playa, en cuyas dunas venía a morir un denso bosquecillo de pinos de copa redonda. Pisando sus agujas, nos internamos en la isla hasta alcanzar un camino de tierra que serpenteaba desde la costa hacia el interior.

Llegó hasta nosotros un rumor de quejas, de modo que, por prudencia, decidimos ocultarnos en la espesura y, al poco, atisbamos la figura de un enano que subía el último repecho del camino, antes de coronar el pequeño altiplano desde el que lo observábamos.

Avanzaba el enano lastrado por la carga del descomunal queso que transportaba a la espalda, de casi el mismo volumen que él y, entre jadeos, venía rezongando:

—¡Negra suerte la mía, indigna de un ministro! La reina, dizque ofendida por nuestra inutilidad, me ha ordenado que no comparezca ante ella hasta que no encuentre quien quiera hacerse cargo de este enorme queso y pagar los cuantiosos impuestos que se devengarían por la inmensa cantidad que de él dejara de comer. Pero ¡si ya no queda nadie en el reino! ¿A quién demonios se lo voy a colocar!

—¡Pog Clinc come queso! ¡Pog Clinc come queso!

Y el Chester irrumpió en medio del camino, dando saltos de alegría, para asombro de enano ante tan extraña criatura.

Miró el recién llegado al cerdito con cierto recelo, pero debió sobreponerse a él la voluntad de endosar el queso de cualquier modo, así que se limitó a advertir:

—Puedes comer el queso que quieras, pero te he de cobrar el impuesto establecido para el que dejes de comer y ten en cuenta que el queso es casi de tu tamaño y debe pesar tanto como tú. ¿Tienes dinero para pagar el impuesto?

—Tratándose de queso para Pog Clinc, si hay que pagar algo, yo lo pagaré —dijo Crokinole, emergiendo de detrás del pino en que se hallaba oculto, seguido, para mayor sorpresa del enano, por todos los demás.

—No sé quiénes seáis, pero, si estáis dispuesto a pagar, ¡adelante!

Le tendió el queso al cerdo y extrajo de sus ropas una libreta pequeña y un lápiz gordo, con el que se preparó para calcular el impuesto que habría de pagarse por el que este no fuera capaz de comer.

Se abalanzó Pog Clinc sobre él y en menos tiempo del que se tarda en pestañear devoró tres cuartas partes del queso, tras lo cual dijo:

—Pog Clinc guarda resto para cuando más hambre.

—Lo siento —replicó el enano—, pero la cosa no funciona así: ahora he de hacer complejos cálculos para establecer la proporción que no se ha comido, en relación con la consumida, para determinar el importe de la cuota bruta, a la que se añadirían los recargos correspondientes, lo cual nos darán la cuota líquida resultante, que es lo que deberéis satisfacerme en el acto. De lo contrario os tendré que cobrar además los intereses de demora, cuyo cálculo, a su vez, me llevaría un tiempo que habría que sumar a la demora y tomarme a continuación otro rato más para calcular los nuevos intereses y así sucesivamente, por lo menos hasta la hora de la cena. La ley es la ley.

Dicho lo cual se enfrascó en complejas operaciones aritméticas, en el transcurso de las cuales, mientras las iba musitando, su expresión pasó de una mirada astuta con una despectiva sonrisa, a una frente que trasudaba, un rostro demudado y un rictus de pánico en la boca.

—¡No puede ser! —decía para sí—. He debido errar los instrumentos del cálculo usando un multiplicador pequeño y un multiplicando grande. Veamos.

Guardó en sus bolsillos el lápiz y la libreta que antes había sacado y, tras buscar en ellos, extrajo una libreta gorda y un lápiz diminuto.

—Ahora —murmuró— con el multiplicando grande y el multiplicador pequeño, la cosa debe variar y obtendremos el resultado correcto… pero ¿cómo es posible? ¡Es el mismo!

Tras repasar los números varias veces, se volvió resignadamente hacia nosotros y, con la voz a punto de quebrársele por el llanto, reconoció:

—De acuerdo con mis cálculos, la Hacienda Real le debe al cerdito el valor de un cuarto de queso… ¡Al final, no solo no he logrado recaudar, sino que hemos entrado en pérdidas! Y, encima, como no tengo aquí el dinero para pagar, he de volver a palacio por él y calcular los intereses de demora, que ahora corren en mi contra, por el tiempo que tarde, una y otra vez, por lo menos hasta la hora de la cena. La ley es la ley. ¡La reina me mandará cortar la cabeza por esto!

—¡Pero Pog Clinc no quiere dinero! ¡Pog Clinc cambia por cuarto de queso que falta!

Suspiraba ya de alivio el enano, pensando que solo tendría que dar cuenta del queso perdido, cuando intervino de nuevo en la conversación Lord Crokinole:

 

(continuará…)

Capítulo 11: El capitán Kidd (3ª parte)

—Y ahora que Pog Clinc trabaja para ti, ¿cómo Pog Clinc te llama?

Recordé que, en efecto, no había tenido ocasión de decirle mi nombre:

—Puedes llamarme capitán Crokinole.

—Capitán Coki…, capitán Kidd; Pog Clinc llama capitán Kidd. Más sencillo.

No me pareció mal la idea, además de por la simplificación fonética, porque el nuevo nombre permitiría que el ilustre apellido de mis antepasados no circulara por los siete mares, mientras mi recién estrenada capitanía transitaba por la delgada línea entre el corsariado y la piratería por la que habría de moverse, si quería obtener beneficios reales en aquella empresa.

—Sí; capitán Kidd puede ser un buen nombre —corroboré.

Llegamos a Plymouth aquella misma noche. Preguntando a algunos de los escasos viandantes que transitaban la calle a esas horas, nos encaminaron al puerto y, tras descartar otros tres buques, divisamos La Hispaniola amarrada en un extremo del muelle.

Me acercaba a la pasarela de acceso con decisión, dispuesto a hacer valer mi autoridad como capitán y trabar conocimiento con la tripulación, cuando un súbito empellón de Pog Clinc me arrojó al suelo, en medio de unas bateas llenas de pescado medio podrido y vísceras de otros, destripados para evitar que se pudrieran con rapidez.

—¡Qué manía la tuya de arrastrarme a la inmundicia! —no pude menos de exclamar, reprendiéndole tan abrupta maniobra.

Me tapó la boca con una de sus manitas delanteras y señaló hacia el frente, donde tres figuras encapotadas paseaban no muy lejos del barco, aparentando cierta indiferencia:

—Jack Sheppard y sus hombres delante barco. Pog Clinc distrae y tú sube. Después Pog Clinc también sube.

Sin darme tiempo a decir nada más, emprendió una tan alocada carrera hacia donde los tres hombres fingían pasear distraídamente, que solo pudieron percatarse de ella cuando Pog Clinc les pasó por delante de las narices, alborotando para atraer su atención.

—¡Es el maldito cerdo Chester! —exclamó uno.

Echaron todos a correr en pos de él; lo condujo su curso hasta el final del muelle y, sin la más mínima vacilación, saltó a la fría negrura de unas olas que mecían suavemente las embarcaciones amarradas a los norayes.

En la persecución del cerdito y mientras escrutaban inútilmente en su búsqueda el negro mar del malecón, olvidaron la pasarela, momento que aproveché para colarme por ella y llamar la atención de un vigía que dormitaba con descuido junto a la rueda del gobernalle.

—¡Ah del barco! —grité lo más reciamente que pude.

—¿Quién va? —preguntó un aún somnoliento vigía.

—Sube a bordo el capitán Crokinole, puesto al mando de este barco corsario por su armador, Lord Montagu, Conde de Sandwich. Aquí están mis credenciales. Tenga la bondad de hacer subir al puente a mi segundo, el señor John Hawkins.

—Aquí está John Hawkins —dijo a mis espaldas la voz irritada de un marinero malencarado y con una roja cicatriz que le cruzaba el rostro de izquierda a derecha, pasando justo por el entrecejo, según pude constatar al darme la vuelta.

El marinero hizo un claro gesto de repugnancia por el mal olor que mi persona desprendía y que traía causa en las involuntarias visitas a la zahúrda y a la batea de desperdicios de pescado.
Ignorando sus claros ademanes de desagrado y sin mediar palabra, le tendí las credenciales que llevaba, que el demoró en comprobar largo rato a la débil luz de un pequeño fanal, que otro de los marineros sostenía en alto. Ignoro si la prolongada demora obedeció a la poca luz que el fanal proporcionaba o a la escasa pericia lectora del señor John Hawkins.

En tanto revisaba este los documentos que le había tendido, noté que mis perseguidores merodeaban por los alrededores del navío, descubierta ya la treta de Pog Clinc y conscientes de que no había logrado interceptarme, como era su propósito, para impedir que subiera a él.

—Vayámonos de aquí. Ya nada podemos hacer. ¡Ese maldito cerdo me ha hecho perder un beneficio que tenía casi en la mano! ¡Habrá que vigilar el navío hasta que zarpe! —les oí decir mientras se retiraban discretamente y se perdían en la oscuridad del malecón.

Terminó el segundo la inspección de los documentos y me los devolvió, a excepción de la carta lacrada que venía a su nombre y que guardó en el bolsillo interior de la ajada casaca verde botella que vestía.

—Estamos a sus órdenes, capitán Crokinole —dijo con una cierta decepción, que no supo ocultar.

—Puede llamarme capitán Kidd —le repliqué—. Zarpamos inmediatamente.

Se elevó, al oír mi orden, un murmullo de disgusto entre la marinería, que cristalizó en la exclamación del segundo:

—¿Ahora mismo? ¡Imposible! ¡El barco no está avituallado!

— ¡No importa! Lo avituallaremos mañana en Torquay y partiremos de nuevo desde allí, tras completar el embarque de las provisiones…

No había terminado de hablar, cuando la atención de los tripulantes de la Hispaniola se vio distraída por alguien que, tras haber trepado con agilidad por la quilla del barco, una vez a bordo, se dejó caer exhausto sobre las tablas de cubierta.

—¡Nos abordan! —gritaron algunos.

—¡Es un polizón! —dijeron al unísono dos fornidos marineros que se precipitaron sobre el intruso, quien se defendía de ellos bravamente y en silencio.

—¡Quietos, señores! —les ordené—. ¡Déjenlo en paz! Les presento a mi ayuda de cámara, el señor Pog Clinc.

Y señalé al cerdito que, mirando todavía furioso a sus dos captores, se sacudía del cuerpo las últimas gotas de agua del mar.

Hicieron algunos ademán de reír, ante la figura un tanto grotesca de Pog Clinc, pero la fría mirada que se encendió en los ojos del Chester les heló a todos la sonrisa en los labios.

Pese a la reticencia de sus tripulantes, la Hispaniola se hizo aquella misma noche a la mar. Se trataba de una goleta de velacho de solo dos mástiles, con unos veinticinco metros de eslora y seis o siete de manga, de alrededor de doscientas toneladas. Se aparejaba con foques y velas de estay y resultaba maniobrable y ligera, sobre todo en la navegación de ceñida. Estaba armada con dieciséis cañones y componían su tripulación veinticinco marineros, más Pog Clinc y yo. Debía su nombre a haber sido capturada a los españoles por un navío de línea de la armada inglesa, en tareas de corsario. Rebautizada con él —ignoro cuál fue el originario—, la Armada se la vendió a Lord Sandwich, quien decidió emplearla en análogas labores a las que se dedicaba el buque que la había capturado.

El oficio de corsario no dio, sin embargo, el rendimiento que era de esperar. Atrapamos, ciertamente, algunas presas extranjeras, sobre todo francesas, y las llevamos a puerto para que las negociara Lord Sandwich, pero, en vez de llegarnos los beneficios que esperábamos por ellas, se nos notificaba que, al parecer, tales presas habían sido capturadas justo días después de entrar en vigor una tregua o de que se hubiera firmado la paz con Francia y, por tanto, la captura se consideraba un acto de piratería y no una legítima acción de guerra. Eso obligaba supuestamente a devolver los barcos y hasta a indemnizar a sus propietarios. Tales noticias venían siempre en una misiva, que firmaba nuestro armador, envueltas en infinidad de lamentos sobre las cuantiosas pérdidas que la Hispaniola le estaba causando, con la sugerencia de que la usáramos para otro tipo de actividad más lucrativa. Era una clara incitación —casi una orden— a que nos diéramos de lleno al ejercicio de la piratería.

Así que no nos quedó más remedio que abandonar el teatro de nuestro corsariado, por otro menos confuso entre guerras y paces, en el que llevar a cabo con más tranquilidad actividades ya decididamente piráticas.

Llegamos a estas aguas y nuestra suerte cambió en ellas de modo radical. En muy poco tiempo de cabotaje logramos abordar varios mercantes provistos de las mercancías más ricas y variadas: telas lujosas, especias, joyas, aves exóticas de colorido plumaje y algunos lingotes de metales preciosos. Con ello terminamos por ganar una notoriedad que nos granjeó el respeto y la admiración del resto de los piratas que infectaban estos mares.

Comerciamos con el fruto de nuestras rapiñas, hasta convertirlo todo en doblones de oro puro que guardamos en un cofre y tan solo nos quedó en la bodega un cargamento de cacao y azúcar, elaborados como chocolates de las más diversas formas y sabores, que no quisimos vender porque la tripulación gustaba de ellos de modo extraordinario, hasta el punto de casi no comer otra cosa.
Solo Pog Clinc permanecía ajeno a tan insano hábito alimenticio y fiel a su ración de queso, que guardaba en un barril en la bodega, junto al dinero y los chocolates.

Gracias a él, tuve conocimiento del motín que la tripulación estaba tramando a nuestras espaldas: con ocasión de ir por un poco de queso para comer y hallándose el barril que lo contenía ya en las últimas, Pog Clinc cayó en su fondo, viéndose imposibilitado de trepar por sus paredes, resbaladizas por demás, a causa del aceite con que se impregnaba su corteza para mejor conservarlo. Iba a pedir socorro para salir de tan embarazosa situación, pero un rumor de voces lo detuvo. De ese modo pudo oír una conversación entre el señor Hawkins y otros tripulantes de la Hispaniola, en la que le pareció entender que aquellos traidores tenían la intención, siguiendo las instrucciones que lord Sandwich les impartiera, de apoderarse de las monedas de oro y dejarnos en alguna isla desierta o, a falta de ella, arrojarnos directamente por la borda.

Aguardó Pog Clinc a que los conspiradores abandonaran la bodega, hizo oscilar después el barril hasta volcarlo y escapó de su bienhadada prisión sin reclamar auxilio de nadie. Luego, con toda urgencia, vino a verme en secreto a mi cámara, donde entre la excitación y su media lengua, no me fue fácil llegar a entender lo que estaba ocurriendo en el barco.

Cuando, por fin, logré hacerme cargo y, tomando consejo con él, decidimos que nuestra única esperanza de salvación pasaba por apoderarnos del cofre de los doblones y esconderlo, de manera que pudiéramos negociarla a cambio del tesoro.

Aprovechando que estábamos fondeados en una pequeña rada, perteneciente a una isla de la que, en verdad, lo ignorábamos todo, pues habíamos sido arrastrados por las corrientes, en medio de una calma chicha, y llegados a ella en plena oscuridad de la luna nueva, Pog Clinc se ofreció a hurtar el cofre, cargarlo en un bote y llevarlo a tierra, donde buscaría un sitio secreto y apropósito para ocultarlo.

Hicímoslo así y, pensando no ser ni oídos, ni vistos, en medio de unas tan espesas tinieblas que hasta el ruido de nuestros pasos amortiguaban, sacamos entre los dos el arcón de la bodega, y lo cargamos en un bote que, encostado en el barco, estaba ya preparado para la aguada que supuestamente pretendíamos hacer al siguiente día. Descendió hasta él Pog Clinc y en silencio largó las amarras y se alejó del barco en dirección a la orilla.

Hacía rato que Pog Clinc debía haber embarrancado el esquife en la playa y arrastrado el cofre por ella hasta internarse en la jungla, en busca del mejor escondite para el tesoro, y yo seguía allí, inmóvil, escrutando la oscuridad, como si así pudiera adelantar el final de la peligrosa misión que el cerdito había emprendido. De pronto, una algarabía de risas se elevó a mis espaldas y la recia voz de John Hawkins tronó:

—Negocio concluido; nos vamos. ¡Levad anclas!

Capítulo 11: El capitán Kidd (2ª parte)

Terminadas las exequias, hice enganchar de nuevo el faetón y emprendí el mismo camino que poco antes había llevado a mi padre a las puertas de Hinchingbrooke House, donde no resultó nada fácil que consintieran en recibirme.

Cuando así fue, tras no pocos ruegos, conminaciones, insultos y peleas con los lacayos que guardaban la mansión, en que hasta me vi en el trance de ser arrojado al barro de la explanada que había delante del edificio y que servía de estacionamiento donde los carruajes aguardaban el fin de la visita de sus dueños, me condujeron ante la presencia del conde de Sandwich. Era un anciano de ojos vivarachos en un rostro redondeado, provisto de una enorme nariz y abultados mofletes teñidos de rojo, que dejaban traslucir sutiles venillas azules. Vestía su grueso corpachón de manera ridícula y anticuada, con una larga casaca azul, ribeteada en oro, polainas a juego, medias blancas y zapatos de charol con hebillas doradas. Para rematar tan grotesca figura, tapaba su más que notable calvicie con una peluca empolvada de aladares rizados, como la de un presidente de audiencia.

Como era de esperar, negó cuanto mi padre había manifestado en su lecho de muerte y yo le expuse:

—Son solo delirios de un pobre moribundo —me dijo—. Parece mentira que os hayáis tomado la molestia de venir hasta aquí en tan penosa circunstancia, solo para eso. Bastaba con haberme puesto unas letras.

—Sin embargo —apunté de farol, pues no había tenido ocasión de hablar con ellos y, para bien decir, ni tan siquiera sabía quiénes eran, en realidad—, sus compañeros de juegos ratifican la historia punto por punto y coinciden en todos los detalles…

—¡Insidias de malos perdedores, fruto del despecho! —gritó demasiado airadamente Montagu, lo que me hizo sospechar que el dardo, lanzado casi al azar, había hecho blanco.

—A lo mejor es cuestión de ir expandiendo el rumor. Solo con la difusión de la sospecha, vuestros próximos invitados estarán sobre aviso, de manera que os resultará imposible repetir la traza. Eso sin contar el punto al que podría llegar vuestra reputación, si el asunto llegara a comentarse, como es probable que suceda, en la Cámara de los Lores.

Aquella postrer amenaza fue un éxito rotundo, de modo que la actitud de lord Sandwich mudó por completo.

—Bien está —dijo en un tono, en apariencia más conciliador—. Contra la calumnia, la inocencia no tiene defensa posible, así que busquemos una vía de acuerdo que nos evite a ambos una lucha descarnada que a nada ha de conducirnos. Como sería deshonroso no cobrar deudas de juego y, para que vos no quedéis en la miseria a consecuencia de las que vuestro padre contrajo por su mala cabeza, os propongo una solución, si os place.

Asentí, invitándolo a continuar por la curiosidad de saber a dónde quería llevarme, y el prosiguió:

—Lord Crokinole me ponderó en varias ocasiones durante los días pasados vuestras sorprendentes habilidades como marino, así que podríais poneros al mando de un navío que tengo en el puerto de Plymouth, perfectamente aparejado, con la dotación completa y para el que en su día solicité, y me ha sido concedida, una patente de corso, lo suficientemente generosa como para que podamos ambos obtener buenos réditos con poca inversión por vuestra parte.

Tras meditarlo unos breves instantes y sabedor de lo delicado de mi situación y del mucho riesgo de fracasar si llevaba mis presiones contra Lord Sandwich más allá, acepté su propuesta, a condición de que los beneficios netos se repartieran en tres partes iguales: una para mí, otra para la tripulación y la tercera para él y que me proveyera, además, de una cantidad para hacer frente a los primeros gastos.

Asintió sin poner objeciones y me ofreció sesenta libras, además de un buen caballo de monta a cambio del faetón y su tiro, aunque, decía él, estos ya le pertenecían por habérselos ganado en buena lid a mi padre.

Partí de ese modo al día siguiente, camino de Plymouth, con la bolsa repleta, a lomos de un razonable bayo, que elegí de entre los que tenía en sus cuadras y Lord Sandwich consintió que eligiera. Pensaba venderlo antes de embarcarme y obtener por él al menos otras diez libras. Llevaba también en la faltriquera mi nombramiento como capitán del navío Hispaniola, la patente de corso y una misiva de aquel para un tal John Hawkins, mi segundo de abordo en el barco.

Al anochecer del tercer día de viaje, mientras atravesaba —creo— los parajes de Lydford, me condujo el camino que traía hasta un estrecho puentecillo de madera por el que se cruzaba el río, que corría por debajo, formando una profunda garganta, en medio de un frondoso boscaje.
Al final del puentecillo, recostado contra uno de los postes que le servía de puntal y vuelto de espaldas, había un hombre joven que miraba hacia el agua con postura indolente.

Poco antes de llegar al punto donde se hallaba, se irguió en toda su estatura —que era considerable—, extrajo una pistola de entre sus ropas, me encañonó de frente, y dijo mirándome con fijeza:

—Os ruego me excuséis por abordaros sin haber sido presentados, pero sería conveniente para vuestra seguridad y la mía que descendierais de esa montura: en mi caso, para que no caigáis en la tentación de espolearla e intentéis atropellarme y daros a la fuga; en el vuestro, porque mi habilidad con esta arma es notoria y así que hicierais el más mínimo intento de ello, os hallaríais, antes de daros cuenta, con un tercer ojo entre los otros dos, con el que, para vuestra desgracia, nada llegaríais a ver.

Decidí no arriesgarme a verificar si la puntería con la pistola de que hacía gala aquel sujeto era cierta o se trataba de mera jactancia, así que descendí de mi montura lentamente, como me pedía.

—Y ahora —continuó él— pese a que os habéis portado como un auténtico caballero, debo, sin embargo, acabar con vuestra vida por dos razones, que, desde luego, entenderéis: la primera porque es la manera más fácil y segura para mí de conseguir las sesenta libras que lleváis en la bolsa, sin que nadie pueda acusarme por ello, librándome así de recorrer el transitado camino de Tyburn hacia la horca; la segunda…

Pese a la certeza del bandido, ni llegué a entender del todo la primera de las razones, ni a conocer la segunda; una piedra de regular tamaño, lanzada con buen tino desde la copa de una de las grandes hayas que bordeaban el sendero, debajo de la cual habíase situado, le impactó en la parte de atrás de la cabeza y lo dejó tendido en el suelo cuan largo era.

Me adueñé al instante de la pistola, que, en su caída, había rodado por las tablas del puentecillo hasta quedar a mis pies, sin que por milagro hubiera llegado a dispararse. Fue un gesto perfectamente inútil, pues el dueño del arma seguía inmóvil e inconsciente.

Distrajo de él mi atención un rumor de hojas agitándose que sonó en la copa del haya y ver cómo de ella descendía una especie de enano lampiño, de piel muy blanca, hocico achatado y grandes orejas puntiagudas que se doblaban sobre sí mismas: un perfecto ejemplar, erguido sobre sus patas traseras, de cerdito blanco de Chester.

Para mayor asombro mío, la criatura se acercó al yacente y, como si lo estuviera en verdad oyendo, le dijo:

—Tú mala gente, Jack Sheppard. Tú robas queso Pog Clinc.

Después, se volvió hacia mí y con muestras de honda excitación me conminó:

—Huir con Pog Clinc. Jack Sheppard despierta pronto. Gente de Jack Sheppard cerca y busca a los dos.

Después de eso, sin preocuparse de si le seguía o no, se internó en el bosque.

Corrí tras de él y, pese a hacerlo todo lo deprisa que me dieron de si las piernas, presas aún de algunos calambres por la larga cabalgada del día, estuve a punto de perderlo en más de una ocasión. Lo alcancé, por fin, cuando detuvo su carrera al llegar a un claro entre los árboles, en el que se levantaba una edificación rectangular, de techo bajo, rodeada de una valla que cercaba un auténtico lodazal, lleno de excrementos y a la que se accedía por una única entrada, asimismo de muy escasa altura.

—Esconder aquí —dijo escuetamente Pog Clinc. Y se dispuso a introducirse en ella.

—¿Aquí? —pregunté sin poder evitar un estremecimiento por el asco que me producía el lugar—. ¡Pero, si es una zahúrda!

—¡Sí! —replicó aquel sonriente—. Más difícil que en un pajar, encuentras aguja en un acerico. Lugar más difícil de encontrar un cerdo: entre muchos…. ¡en zahúrda!

—Pero… ¡yo no soy un cerdo! —objeté.

—Tú no cerdo. Pero tú ocultas en el fondo. Ningún hombre registra fondo de zahúrda. ¡Huele mal!

Rezongando, pese a reconocer la lógica impecable del razonamiento de Pog Clinc, me introduje en la nauseabunda cochinera; aunque era cierto que olía mal, he de admitir que reinaba en su interior un calorcito agradable, y, de no haber sido por las chinches, hasta hubiera pasado una noche confortable. A su mitad, mi sueño se vio interrumpido por la conversación de dos hombres que, antorcha en mano, buscaron en ella, aunque someramente:

—Aquí no está. Solo hay cerdos. ¡Puaf! ¡Qué peste…! —les oí decir, mientras se perdían en la oscuridad.

A la mañana siguiente, reanudé mi camino hacia Plymouth, acompañado por el cerdito que se negó con obstinación a separarse de mí, alegando, con su peculiar jerga, que aún no me podía considerar a salvo de las insidias de famoso bandolero Jack Sheppard y que, pues me había salvado la vida, era responsable de mí, en virtud de no sé qué extraño código ético que debía cumplir a rajatabla. A la vista de eso, para no pecar de desagradecido, lo invité a unirse a la tripulación de la Hispaniola que yo iba a capitanear, con un sueldo proporcional a los resultados de nuestras labores de corsario, propuesta que, ni que decir tiene, aceptó con el mayor entusiasmo y solo objetó a la cuestión del salario:

—Pog Clinc no quiere dinero. Dinero no bueno. Pog Clinc quiere queso por trabajo.

De modo que prometí darle como paga todo el queso que pudiera comer, pero él negó con la cabeza:

—Pog Clinc no come todo. Pog Clinc siempre guarda queso para cuando más hambre. Pog Clinc quiere un stone de queso cada siete días.

—Está bien —concedí, a sabiendas de la dificultad de conseguir catorce libras semanales de queso en altamar, pero Dios proveería.

Capítulo 11: El capitán Kidd (1ª parte)

Ya en el costado de la Victoria, puesto Lord Crokinole un pie en el estribo de la escala para izarse a su cubierta, se volvió hacia nosotros:

—¿Podía pediros un favor?

Y ante la muda aquiescencia de todos prosiguió:

—Sabes, Victoria, que ni el señor Layermoor, ni el señor Terophontax son lo que se dice dechados de amenos conversadores, así que para paliar el aburrimiento que provocan las muchas horas de navegación tranquila, ¿os importaría que me acompañara en la última etapa de este viaje mister Benavides? Ya tuvo ocasión de mostrarme en la isla de Crokinole sus asombrosas facultades como rapsoda y quisiera poder disfrutar de ellas.

Miraron todos hacia mí, por ver cuál era mi reacción, así que solo tuve que hacer un leve gesto de asentimiento.

—Si él acepta… —dijo el capitán Laurel, todavía dubitativo.

—Yo puedo encargarme en su ausencia del cuaderno de bitácora —terció lady Victoria— y, si no queda más remedio, de leerles alguna cosa a sus gallinas de la Sociedad Literaria.

De ese modo, al grito de «permiso concedido para subir a bordo» y ayudado por el señor Terophontax, ingresé en la cubierta de la Victoria, una balandra de guerra de tres palos, mesana mayor y trinquete, y velas cuadras, de unos veinte o veinticinco metros de manga y ocho de eslora. Estaba dotada de una tripulación de ochenta hombres y dos docenas de soldados británicos, apiñados en la cubierta, cuyas famosas casacas rojas refulgían a la luz del amanecer, y armada con veinte cañones, la mayoría de dieciocho, pero algunos también de veinticuatro libras, según me fue mostrando lord Crokinole.

En el entrepuente se hallaban las dependencias privativas del capitán, mucho más espaciosas y amuebladas con más lujo que las de nuestro bergantín, tanto que daban lugar a dos cámaras, una más pequeña y recoleta, que era la habitualmente ocupada por lady Victoria, cuando acompañaba a su padre; la segunda, mayor, estaba dotada de una amplia cama cubierta con un dosel, donde aquel dormía.

Me acomodaron en la primera de ellas y apenas concluyeron las maniobras de desatraque, así que nos vimos en mar abierto, navegando con tranquilidad sobre un mar calmo, como plato de sopa, bajo un sereno cielo azul, se me pidió que pasara a la habitación de lord Crokinole.

Me recibió envuelto en un amplio batín de seda verde, sentado en una mesita de caoba que había en una esquina, al lado de un ventanal corrido, cubierto con coloridas vidrieras, en cuyo dibujo reconocí una esquemática representación de la isla de Crokinole. Tenía en la mano una copa de jerez, que se había escanciado de una botella de cristal tallado.

Hizo señas de que tomara asiento junto a él en la mesilla y paladeó con delectación un poco del líquido aquel que, herido por los rayos de sol que se filtraban por el ventanal, devolvía reflejos de un dorado intenso:

—Nada mejor que un trago de buen jerez para tomar en medio de una mar en calma.

No volvió a hablar después de eso, permaneciendo en silencio, sumido en profundas reflexiones, así que me atreví a preguntar al poco rato:

—¿Es cierto que, pese a vuestra inquina contra los piratas en general, fuisteis uno de ellos, antes que gobernador de Crokinole?

Como quien despierta de un sueño, levantó su rostro hacia mí, se me quedó mirando de hito en hito y dijo:

—Sin duda, os lo ha debido contar lady Victoria. Ya se sabe que la discreción no es una de las muchas virtudes que la adornan. Pero, en fin, así es, en efecto. Aunque, bien mirado, tampoco tiene nada de extraño: el camino entre la piratería y la nobleza inglesa ha sido intensamente transitado, en ambos sentidos, a lo largo de la historia. En mi caso, aunque nací aristócrata inglés, terminé por ser más conocido por mi sobrenombre pirata: el de «capitán Kidd».

—Y ¿cuál es la peripecia que os condujo de una condición a otra, siendo ambas tan diferentes, si me está permitido preguntarlo?

—Desde luego que puedes. Pasó todo hace tanto tiempo que estas no son ya nada más que historias viejas que solo sirven para ser contadas junto al fuego y entretener a los muchachos en los largos atardeceres del invierno. Nací, único heredero de una antigua y aristocrática familia, en Devonshire. Mi padre, lord Crokinole —no llegué a conocer a mi madre, pues murió de sobreparto, al poco de mi nacimiento—, era dueño de una cuantiosa fortuna, sostenida en rentas procedentes de explotaciones agrícolas, ganaderas y de algunos barcos de pesca, amarrados en puertos de Plymouth y la bahía de Tor. Como buen aristócrata inglés, se aburría mortalmente entre cacería del zorro y cacería del zorro en Berry Pomeroy Castle, un palacio estilo Tudor que mi familia había alquilado hacía bastantes años a Edward Seymour, el cuarto baronet del castillo y duque de Somerset. Por ese motivo, se mostró radiante de felicidad cuando un correo le trajo la invitación de John Montagu, quinto conde de Sandwich, para participar en una de sus célebres partidas de billar, juego al que era muy aficionado, en Hinchingbrooke House, del condado de Huntingdonshire, no lejos de Cambridge. Hacia allá se encaminó alegremente a bordo de un faetón cubierto una mañana de abril y de allí volvió unas semanas después arruinado, triste y tan enfermo que, a los dos días de su retorno, expiró. El día de antes de tan infausto acontecimiento, me hizo llamar a su presencia y solicitó le perdonara por la penosa y hasta desesperada situación en que me dejaba, cuyas causas tuvo a bien explicarme. Al parecer, según había podido concluir él reflexionando sobre el asunto en el duro viaje de vuelta a Berry Pomeroy, todo había sido un astuto plan, tramado por Montagu, para hacerse con sus riquezas y las de otro par de hidalgos rurales, que también habían sido invitados por este, haciendo trampas en el juego del billar.

«Confieso —dijo mi padre— que me costó mucho entender el modo en que habíamos sido engañados, pues no se me alcanzaba a mí que, fuera de en el cómputo de las carambolas, que Montegu siempre dejaba en nuestras manos, se pudiera trampear en este juego. Finalmente comprendí que la clave estaba en las comidas. Empezábamos las partidas muy temprano y, para no tener que interrumpirlas, lord Sandwich nos hacía servir a media mañana, como tentempié, un plato de su invención, que podía comerse sin dejar de jugar, consistente en dos lonchas de carne de ternera asada en su grasa, con una rebanada de pan blanco en medio. Haciendo memoria, recordé que, antes de las comidas, Montagu solo permitía apuestas de escaso valor y que, en ese periodo, los triunfos se repartían de manera bastante aleatoria entre todos. Después, la situación cambiaba: el juego de todos nosotros se volvía menos consistente, en tanto el de Sandwich se mantenía regular y este empezaba a redoblar el valor de sus apuestas. La razón se me aparece ahora como evidente: el plato que le servían a él y que —decía—, en honor a su título, habría de llamarse Sandwich, difería del nuestro en que, pues alegaba que el exceso de carne le iba mal a su hígado, por prescripción de su médico, en vez de llevar las dos lonchas de ternera, llevaba solo una, en medio de dos rebanadas de pan. Nos dolíamos los demás de ello y nos deleitábamos con nuestra comida, ignorantes de que, a la vez, nos estábamos acarreando la propia ruina: al reanudar el juego, nuestras manos estaban manchadas de grasa (ya que Montagu evitaba que dispusiéramos de algún paño o lienzo para secarlas y hubiera sido contrario a la etiqueta limpiarlas en nuestras casacas), de modo que resbalaban por el taco, perdiendo precisión y eficacia, en tanto las suyas, enjutas, lograban golpes atinados.»

»No te digo todo esto —añadió mi padre, con voz cada vez más débil— solo para justificarme, sino para que evites, en cuanto sea posible, las lamentables consecuencias de mi torpeza. Así que puedas, deberás visitar al infame Montagu y usar lo que te he contado sobre él para impedir que el patrimonio de los Crokinole pase a sus manos avarientas o, al menos, se remedie, como sea, el estado de triste indigencia en que quedas.»

»Agotado por el esfuerzo y por el peso de la impotencia y la pena, le tomó un profundo desmayo, del que no llegó a recobrarse.