Capítulo 2: Reencuentros (2ª parte)

—¡Descuidadas nos tienes, Benavides! —oí de pronto decir a Petra, la gallina guinea que, junto con sus dos compañeras y los respectivos pollitos amarillos de las tres, habitaban un amplio nidal, a la sombra del pequeño olivo, al que, en esos momentos se aproximaba toda la comitiva con gran pompa y ceremonia.

—Tienen que disculparme, señoras, pero ando en ocupaciones que se me antojan de mucho fuste, aunque no crean que las echo en olvido. Precisamente acabo estos días de preservar un libro que…

—¡Pero si son nada menos que Iker y Lucas! —gritaron casi al unísono las otras dos gallinas, con el consiguiente alboroto de los polluelos, que abandonaron sus correspondientes regazos gritando:

—¡Son Iker y Lucas! ¡Son Iker y Lucas!

—¡Basta ya!— tronó Petra, consiguiendo un silencio momentáneo de los inquietos polluelos.

—Pero, mamá, son Iker y Lucas —se quejó con amargura Borja Mari—. ¡Queremos conocer a nuestros héroes!

—Precisamente porque son Iker y Lucas, no debéis molestarlos. Para héroes, ya tenéis a Matías que todos los días os cuenta la historia.

—¡Jo, mamá, pero no es lo mismo! Ellos son de la casa. Y Luzbela, la pollita pequeña de Purpurina, decía que no existían, que todo eran invenciones y fábulas de Matías para meternos miedo con la bruja Croma y que no alborotáramos más de la cuenta. Y ahora, fíjate: están ahí al lado. ¡Anda! ¡Déjanos que vayamos a verlos!

El suspiro resignado de Petra fue interpretado como señal de aquiescencia por los polluelos, que se lanzaron en tropel sobre sus héroes.

—¡Venga, Luzbela, tócalos!— decía Borja Mari con una admiración no exenta de cierta sorna—. ¡Ves como no son imaginaciones de viejo Matías! ¡Existen y están aquí! ¡Yo, de mayor, seré como ellos!

No pudieron menos que reírse Iker y Lucas al verse tachados de “mayores” y, cuando al fin consiguieron liberarse del enjambre de crías que les trepaba por las piernas y hasta se les subía a los hombros, se acercaron a un zángano de grueso abdomen, quien, recién despierto, al parecer, del sueño inducido por una botella de hidromiel que, medio vacía, yacía a su lado, los observaba lleno de curiosidad, como si no acabara de reconocerlos.

—¡Qué demonios! —exclamó al fin, poniéndose en pie de un salto, a pesar de su nada desdeñable volumen abdominal, comparable, desde luego, al mío—. ¡Iker y Lucas aquí!—Y corrió hacia ellos intentando atraer su atención con gestos diríase un tanto estrafalarios.

Debieron percatarse de inmediato los chicos, por cuanto salieron asimismo a su encuentro y los tres acabaron trabados en un fuerte abrazo.

—¿Y qué tal van las cosas en la colmena?— preguntó Iker, así que hubieron terminado las efusiones y los saludos de rigor.

—¡Buff! —resopló aquel—. De mal en peor, ¡qué queréis que os diga! Fijaos hasta qué punto ha llegado la cosa que Maya dice que ya no quiere ser más reina; que es una institución anticuada, caduca y decadente. Ahora quiere ser Presidenta Hereditaria de la República Independiente de Colmena. ¡Y no para ahí la cosa! Ha ordenado que, como para nosotros el sexo, más que con la reproducción, tiene que ver con la división del trabajo, a partir de ya, cada uno tiene libertad de elegir el suyo, pero, para que el nombre no condicione y se vuelva al antiguo régimen, tenemos que decidir entre ser abejos o zánganas. Yo ya no entiendo nada, pero como veo que aquí solo viven bien las crías, he decidido fundar con Wally el Partido Zangolotino. Eso sí, cuando lo encuentre, porque no hay quien dé con él.

Y, levantando la voz, se puso a llamarlo hasta con desesperación:

—¿Dónde estás, Wally?

Abandonaban al quejoso zángano en la búsqueda de su desaparecido compañero, cuando atrajo su atención una pareja de cien pies, vestidos de faralaes, como salidos de una película española de las antiguas, ella con la cabeza coronada por una recia peineta de carey, con el cuello envuelto en sartas de perlas y él bajo un cordobés color de caramelo, pulido y torneado.

—¡Cavo, Valga! —los llamó Lucas, haciendo gala de extraordinaria memoria infantil—.¿Qué tal marchan las famosas sevillanas corraleras?

—¡Oh! —replicó la hembra de ciempiés—, desde que logramos pasar a la segunda, la verdad es que han dejado de tener mayor interés para nosotros. Ahora aspiramos a metas más altas. Si alguien nos cantara una, podríamos mostrar nuestros enormes progresos en el noble arte de la petenera flamenca.

Se quedaron todos mirando a Matías, quien, al parecer, había dado muestras en una ocasión anterior de dominio de ciertos palos del cante, pero este, enrojeciendo, negó con la cabeza. Tuve entonces que intervenir, bien a mi pesar, pues se trata de una clase de lucimiento personal a la que, dada mi extrema modestia, soy bastante reacio, y, sacando mi mejor ceceo de Puerto Real, entoné

Quien te puzo petenera

no zupo ponerte nombre,

que te debió d’haber puetto

que te debió d’haber puetto

la perdición de loz hombre.

Los ciempiés, en medio del compás sesquilátero de mi cantar, esbozaron, uno hacia la izquierda y otro hacia la derecha, él un paso rodazán y ella otro sostenido, a resulta de los cuales su multitud de pies, valgos los unos y cavos los otros, vinieron a quedar tan estrechamente entrelazados, que nos llevó más de un cuarto de hora separarlos, en medio de sus grititos, quejidos o los atropellados consejos de los circunstantes que se obstinaban en que desenredáramos la madeja, cada uno a su modo y todos diferentes entre sí. Vino a generarse de esta forma una enorme confusión sobre la que se alzó, una vez más contra mí, la voz hiriente y algo arguardentosa, podría decirse— de Maeve:

—Ya la has vuelto a liar, Benavides.

Hallaron los chicos graciosa la ocurrencia de hada y rompieron a reír y, tras ellos, el resto
de los presentes que terminaron por soltar a los desgraciados ciempiés, quienes, finalmente, se desenredaron por sí solos en el suelo, del que se levantaron con los rostros arrebolados por el esfuerzo.

—Debiera daros vergüenza —dijo una enorme oruga verde que reposaba sobre el muro del arriate, acompañada de su pareja—. A vuestra edad y no os cansáis de hacer el ridículo.

—Mira que te gusta meterte con la gente —terció esta—. A ti qué te importa lo que ellos hagan. Cada vez pareces más una vieja metomentodo y amargada.

—¡Es lo que da la compañía! —replicó más airada aún la primera—. Si no tuviera que aguantarte pegado a mí todo el día, puede que no estuviera de tal mal humor. ¡Le agrias el talante a cualquiera!

—Pero, ¿no son Morreo y Careta, la pareja sentimental, que vivían siempre entre arrumacos? —preguntó Lucas extrañado.

—Sí —respondió Matías—, pero desde que cayeron en la cuenta de que su amor no solo no era imposible, sino lo más lógico y normal del mundo, andan así. ¡No paran de reñir!

—Cuando uno no se enamora de otro, sino del amor, suelen pasar estas cosas —se me escapó el lucimiento, sin poderlo evitar.

—Metafísico estás, Benavides —dijo Melusina, aguándome un tanto la fiesta.

—Será que no come —completó Maeve. Y las dos rieron a carcajadas sin poderse contener, en medio del desconcierto de los otros concurrentes que no acertaban a adivinar el motivo de su risa.

No queriendo pasar más adelante, preguntaron los chicos por el resto de sus conocidos de Villa Vidinha a Matías, quien les dio sucinta noticia de casi todos ellos:

—“El árbol Pavo Real, como siempre, aparece de vez en cuando, hace ostentación de sus hojas multicolores, rezonga un poco y vuelve a sumirse en la pared. Adelfo Lágrimas anda atrancado desde hace un año en los primeros versos de su Oda a a la experiencia árborea, preguntándose si todo lo que se predica de árbol puede predicarse también de arbusto. Creo que tú, Lucas, tuviste mucho que ver en ese problema lógico-existencial que es lo que ahora lo mantiene en perenne angustia ”.
“La vieja parra no para de contar a quien quiera oírla cómo inventó la moda en el Resort Paraíso y se queja porque nadie se lo reconoce, ni la mencionan en la historia por ello; en cuanto al pobre Plátano Calvo, ya no está entre nosotros: obstinado en su cruzada contra la lacra del aprendizaje memorístico y en su descubrimiento de la pedagogía del olvido, ya que no le era posible olvidar su nombre, pensó que tal vez podría olvidarse de respirar. Cuando casi lo había conseguido, se secó”.

“Frau Tina y Míster Tim continúan ejerciendo eficazmente sus labores de mayordomo y ama de llaves, dando la bienvenida con solemnidad a cuantos arriban a Villa Vidinha, eso sí, con sus insufribles acentos germano y británico y el parlamento de las flores anda enfrascado en sus sesiones y debates que acaban casi siempre como el Rosario de la Aurora. En fin, Villa Vidinha mantiene intactas sus rutinas de siempre y deja escurrir el tiempo, ansiando volver a veros y añorando al bueno de Yogui”—concluyó la lagartija, mientras una nube de llanto velaba durante unos segundo sus ojos saltones.

Apenas concluida la relación de Matías y en vista de que el amanecer quería despuntar sus primeras luces por el levante, los chicos, seguidos de las hadas, optaron por retirarse a descansar y recuperar algunas fuerzas con que enfrentar las emociones que les aguardaban al siguiente día, el de la función del Pequeño Circo del Gran Ta-Morlán.