Capítulo 13: La Costa de los Dinosaurios (2ª parte)

—No —respondió el Gris—, son Pog Clinc, el bribón de mi antiguo ayudante, que desapareció hace ya tiempo y al que creíamos devorado por algún dinosaurio, y el señor Benavides, uno de esos enanos que se dedica a preservar libros del hambre siempre insatisfecha de los ratones de biblioteca. Pero ellos nos traen noticias ciertas y excelentes: dicen que, casi con toda seguridad, Iker y los demás se han infiltrado ya en la Cueva de los Enanos.

—En tal caso, deberíamos dar cuenta a Merlín de esa circunstancia, para que ponga en marcha su plan.

—Precisamente a eso se debe nuestra venida, querido Snorri.

—Pero no os quedéis en la puerta. La luz del candil puede atraer a los siluros. El que nos descubrieran ahora sería fatal para nuestro intento.

Siguiendo la indicación del albino, nos apretujamos los cuatro, junto con la ingente cantidad de documentos rúnicos de toda laya esparcidos por la estrecha oquedad de piedra, y accionó de nuevo el mecanismo que cerraba la puerta. La claustrofóbica sensación de agobio que entonces me invadió me hizo recordar el chusco episodio de la topera de Villa Vidinha, de cuyo atoramiento solo pudo sacarme el polvo de hadas.

De eso, para mí, debía hacer más de un siglo, aunque cabía la posibilidad, según le tenía oído a Matías de cómo iba el tiempo en el interior de la sima, de que hubiera sucedido tan solo unas noches antes. Pero habían de venir aún más estrecheces.

Snorri Saknussenn, tras requerir la ayuda de Pog Clinc, subió con agilidad a su mesa de trabajo, levantó una tapa de pergamino, pintado con el color de la roca, disimulada en el techo, y nos invitó a seguirle en el ascenso por lo que no parecía sino una oscura y estrecha chimenea.

—Es un camino incómodo —dijo—, pero es la vía más segura para llegar a Merlín y su troupe circense.

Trepábamos con mucho trabajo por el angosto pasadizo; Pog Clinc ayudaba y sostenía el ascenso del mago Gris y Snorri Saknussenn y yo nos sosteníamos mutuamente, agarrándonos a los tiznados salientes de piedra de lava.

—Yo pensaba que el carácter volcánico del Pico Ocejón era solo una apariencia, cuando se observa su cara sur, pero por esta chimenea y lo negra que se me han puesto las manos de escalar por su pared, no parece sino que sea volcán auténtico y aun que ha tenido erupción no hace mucho —dije en un instante en que nos detuvimos a recuperar el perdido aliento.

Se volvió hacia mí el Gris y, con una sonrisa condescendiente, replicó:

—Es el secreto de la Sima Desconocida. Aquí las cosas son cada vez lo que parecen. Por eso solo hay que saber mirarlas para sacar de ellas, como de los penachos de nubes que cruzan por el claro cielo de verano, un mundo nuevo y cambiante en cada momento. A esto, en alguna ocasión, se le ha llamado magia.

Reanudada nuestra ascensión, acabamos por atisbar su fin bajo la forma de un claro de luz acuosa que, con figura de círculo, se recortaba sobre nuestras cabezas, al tiempo que nos caía encima una fina lluvia de mínimas gotículas. Llegamos al interior de una galería, cuya boca tapaba la espesa cortina que formaba la impetuosa corriente de las chorreras de Despeñaelagua, dejándose caer, en medio de florecidos campanones amarillos, desde casi setenta metros de altura. Servía esta de entrada a una amplia caverna de techo altísimo y paredes rugosas, de cuyo techo se desprendían calcáreas estalactitas de caprichoso dibujo. Se alzaba en su fondo una especie de anfiteatro de piedra y por él se hallaban esparcidas las figuras familiares del elenco artístico del circo del Gran Ta-Morlán.

—¡Albricias, viejo amigo! —exclamó el mago Gris, aproximándose al centro del rocoso anfiteatro, donde permanecía sentado en tosco escabel un abatido Merlín—. Aquellos a quienes aguardábamos acaban de llegar.

—Si me hubierais dado semejante noticia solo hace unos días —respondió— me habría alegrado sobremanera. Mas ahora…

—Pues ¿qué ocurre? —preguntó un desconcertado Snorri Saknusen.

—Sucede que todo nuestro plan descansaba en la clave de bóveda de propiciar desde dentro de la Sima una carga feroz contra los siluros por parte de las Caballeras de la Mesa, pero estas no moverán un dedo contra nadie si no es por indicación de la reina y la reina permanece, de un tiempo a esta parte, absorta en la contemplación de una rara flor de loto azul que alguien le ha proporcionado, sin oír ni hablar a nadie. He probado con todos los recursos de mi magia, pero he sido incapaz de conseguir que levante los ojos de la dichosa flor, o que responda ni media palabra a mis súplicas… ¡Ya no sé qué hacer! ¿Acaso puede la vuestra sacar a la reina de su ensimismamiento?

El mago Gris y Saknussenn negaron tristemente con la cabeza:

—Yo, en realidad, nunca he gozado de los dones de la magia. Solo soy un erudito —dijo este.

—Y yo he olvidado, a causa de mis muchos años, casi todos los conjuros y fórmulas mágicas que alguna vez dominé. La única magia que ahora puedo hacer, son las croquetas de boletus, que, eso sí, me salen riquísimas.

—Pero enano raro si sabe —dijo Pog Clinc de manera inesperada, para asombro de los tres magos, señalándome con el dedo.

—¿Cómo…? —preguntaron casi al unísono.

—Sí. Enano raro despierta piratas contándole historia de libro en castillo de arpías.

Me miraron de modo tan apremiante que no tuve sino que narrarles el desencantamiento de la tripulación de El Temido, siguiendo la feliz intuición de Yoguina y su fe en el poder de las palabras.

—Podría funcionar —musitó para sí Merlín pensativo—. Desde luego, nada perdemos por intentarlo.

Se levantó de su escabel y emprendimos la marcha sin dilación alguna. Nos escoltaban los tres antiguos payasos, recuperados ya sus hábitos primitivos de caballeros medievales, cuya apoltronada vida reciente, sin embargo, les había ensanchado las cinturas y aflojado las carnes, de manera que soportaban con dificultad el peso de sus armaduras y estas dejaban escapar por algunas de sus articulaciones vergonzantes rollos de grasa.

Buscando no ser descubiertos, nos reintrodujimos en la sima por excéntricas y oscuras galerías y nos deslizamos por toboganes inverosímiles. Trazamos de este modo un recorrido laberíntico, durante el cual acabé por perder toda noción de dónde me hallaba y del tiempo que había durado paseo tan intrincado y tenebroso.

Hicimos, por fin, nuestra entrada en la cámara real, una inmensa caverna de techo altísimo y perfil redondo, a la que se accedía por una curiosa arcada en forma de ojiva y a cuyo fondo, bajo un amplio dosel de seda dorada y elevados sobre un pedestal de imponente altura, se veían los tronos del rey y de la reina, de piedra tallada, con innumerables volutas, acantos y otros muchos dibujos geométricos o florales. Delante de ellos, en dos semicírculos separados entre sí por un ancho pasillo central, formaba en marcial silencio el ejercito de las Caballeras de la Mesa Redonda.

—¡Merlín, ya era hora! —dijo el rey, así que nos vio entrar, al tiempo que se lanzaba, casi trastabillando, escaleras abajo de su alto trono—. ¡Desde no sé hace cuánto te esperaba como agua de mayo!

—Nunca es tarde, si la dicha es buena. ¿Hay algo nuevo por aquí?

—Todo sigue igual, pero esto es un infierno. Desde que le dieron esa maldita flor azul, la reina no ha vuelto a desplegar los labios y, si eso no es malo del todo, pues, en ocasiones tiene tendencia a hablar más de la cuenta sin dejar meter baza a nadie en la conversación, también se hace pesado no tener a quien dirigirse. ¿Cómo se puede reinar con este silencio ominoso? ¿A quién le voy a dar órdenes, si nadie me escucha? ¡Tienes que hacer algo, Merlín, o terminaré por volverme loco!

—El poder tiene eso —dije incapaz de contenerme—, si no hay sobre quien ejercerlo, no sabe a nada.

Detuvo el rey su descenso de súbito y, mirándome de hito en hito, preguntó con desprecio:

—Y este idiota ¿quién es?

Me sentí un poco corrido y un mucho humillado. Cuando iba a musitar no sé bien qué en mi defensa, Merlín se adelantó a replicar las insolentes palabras reales con cierta respetuosa sorna:

—Majestad, «este idiota» es nuestra última esperanza para despertar a la reina y movilizar a las caballeras.

—¿Ah sí? ¿Y cómo piensa hacerlo? —replicó entre titubeos, claramente arrepentido de su anterior arrebato verbal.

—Tiene sus métodos, que ya ha probado con éxito en ocasión precedente.

—Le diré un libro de los muchos que preservo en mi memoria. Suele bastar para que los afectados recuperen su interés por algo que no sea la flor de loto azul

—Empieza, pues, cuanto antes, si no te importa. Estoy impaciente por contemplar ese prodigio —y en su voz se percibía aún un eco de escepticismo.

—Está bien: se titula La cólera de Iker, me lo enseñó Matías, y dice:
«Me llamo Yogui. Soy un westy de catorce años. Si, como dicen, cada año de la vida de un perro es como siete en la vida de un hombre, se podía decir que ya tengo noventa y ocho años a mis espaldas. Pero eso son paparruchas…».

Cuando terminé de decir el libro, pude apercibirme de que Merlín, Saknusen y el Gris me miraban con los ojos arrasados en lágrimas, el rey se removía un poco azorado, lanzando furibundas ojeadas a lo caballeros y expayasos, de quienes el relato sorprendía una conversación en la que se referían en términos poco adecuados tanto al rey, como a la reina, y esta, de modo desabrido se dirigió a él:

—Y tú pretendías resolver esta crisis apoyándote en semejantes fantasmones, buenos para nada…

—Pero, querida —le interrumpió tímidamente el monarca—, yo no sabía…

—¡Silencio! ¡Ya hablaremos después tú y yo y esos supuestos caballeros! —a los que, por cierto, hizo palidecer con solo referirse a ellos—. Ahora vamos a lo que importa: ¡A mí las Caballeras de la Mesa Redonda! ¡Vuestra reina os necesita!

Se levantaron las caballeras como una sola mujer a su llamado y se dispuso a ordenarlas para la batalla.

—Majestad, un momento, por favor —la interpeló Merlín.

—Sí, viejo mago —replicó con cierta altivez, quizás connatural en ella.

—Hay noticias de que disponemos de fuerzas leales infiltradas en el interior de la Cueva de los Enanos y otro contingente, compuesto por aguerridos marineros y soldados de casacas rojas, al mando de un vicealmirante, en la playa de los Dinosaurios, muy cerca de la entrada. Quizás sería conveniente coordinar la acción de los tres cuerpos, de manera que el ejército enemigo se disperse y, no sabiendo a qué frente acudir, se genere en él la confusión y el caos. La victoria será más sencilla y menos costosa de ese modo.

—Estás en lo cierto, pero ¿cómo vamos a coordinarnos?

—Estos dos amigos —dijo señalándonos a Pog Clinc y a mí— han venido con las tropas de refuerzo. Cada uno de ellos puede dirigirse a una y advertirles de que, a nuestra señal, desencadenen el ataque.

—¿Señal? ¿Qué señal?

—Cualquiera valdrá. Por ejemplo, tres toques largos del Cuerno de Carga. Su eco resonará por todos los túneles y cavernas de la Sima y será fácilmente oído por todos.

—También por los siluros —respondió la reina.

—Sí. Pero solo nosotros sabremos lo que significa: orden de acción inmediata.
En lo que a mi atañía, el plan de Merlín presentaba un serio inconveniente, que pudiera dar con él al traste por completo: lo ignoraba todo sobre la geografía de la Sima Desconocida, de modo que no encontraba el modo de llegar a la Cueva de los Enanos y, una vez en ella, de hallar a mis compañeros de viaje para ponerlos al corriente de nuestros propósitos.

—Es cierto —replicó el mago pensativo—. Puede que no haya otra solución: dado que tú no sabes llegar, que sean nuestros propios enemigos quienes te conduzcan allá. No es difícil, solo tendrás que hacer lo que yo te diga…

Siguiendo aquellas instrucciones, vestido con ajado disfraz de enano minero que Merlín sacó no sé muy bien de dónde, cuyas groseras costuras, fruncidas con hilo de cáñamo, se clavaban en mis carnes de modo inmisericorde, recorrimos en sentido inverso la estrecha chimenea que desembocaba en la cueva de Snorri. Desde ella nos separamos en dos grupos: Pog Clinc y el Mago Gris partieron hacia el Bosque de los Hongos, y de ahí llegarían a la Playa de los Dinosaurios, para prevenir a Lord Crokinole de lo que se iba a hacer y en qué modo ellos deberían colaborar; Saknussenn y yo cogimos una galería lateral que, tras no pocas idas y venidas, vueltas y revueltas, nos llevó a una una boca de túnel a medio tapar por lo que parecía había sido un desprendimiento de algunas rocas del techo, debido, al parecer, a las frecuentes labores mineras que en torno a ella se venían realizando.

—Dadme tiempo para regresar y haced lo convenido —me dijo el erudito albino.

Aguardé unos minutos y cuando me percaté de que ya se hallaba a distancia prudencial, grité a pleno pulmón:

—¡Una esmeralda arcoíris! ¡Una esmeralda arcoíris! ¡Es enorme y perfecta! ¡Será una piedra poderosa!

Quebró mi grito la tranquilidad casi monacal que se respiraba en la cueva, cuyo silencio solo se veía truncado por el rítmico y espaciado golpeteo de los picos al chocar contra las paredes de piedra. Se formó en torno a mí un barullo que, arrancando en los enanos y siluros que tenía más próximos, fue extendiéndose como una ola por el interior de la caverna, hasta alcanzar el último de sus rincones.

—Mantenla tapada —me decían algunos—; si la hiere un rayo de luz, aunque sea de una vela, puede saltar por los aires.

Enseguida me rodearon media docena de siluros malencarados que, apuntándome con sus toscos lanzones, me obligaron a caminar junto a ellos para llevarme a presencia del visir, en tanto yo apretaba entre mis manos un modesto canto rodado que, envuelto en un légamo pegajoso, había recogido del suelo un momento antes.

Capítulo 12: El Reino del Espejo (3ª parte)

—Bien está que paguéis con el cuarto de queso restante la deuda que la Real Hacienda tiene con Pog Clinc, mas yo no estoy dispuesto a perdonar los correspondientes intereses de demora…

—¡Pero esto es mi ruina! —se lamentó el desgraciado ministro.

—Aunque tal vez podamos encontrar un medio de compensarlo —dijo el aristócrata inglés con astucia.

Lo miró interrogativamente el enano y aquel prosiguió:

—Es posible que estuviera dispuesto a liberaros del pago, si advirtiera en vos una decidida disposición a informarnos de cuanto necesitemos saber y a ayudarnos en la consecución de nuestros propósitos que, desde ya os aseguro, son del todo legítimos.

—En tal caso —respondió el enano— estoy abierto a colaborar en cuanto necesitéis.

—Pues dad por condonada la deuda.

Rompió a reír entonces el ministro de la Real Hacienda:

—La verdad es que me siento como quien ha engañado a un niño. Os habría contado cuanto sé de cualquier modo; de un tiempo a esta parte pasan cosas muy raras en el reino, que soy incapaz de callar.

—Tampoco yo —contestó Lord Crokinole— os hubiera exigido de verdad el pago, así que no debéis tener cargo de conciencia por ello. Y ahora, si no os importa, ¿podríais decirnos qué está pasando en el reino? Me da a mí que tiene mucho que ver con el asunto que nos ha traído a nosotros hasta sus costas.

—Bueno —dijo el enano bajando la voz, después de echar una ojeada recelosa alrededor para asegurarse de que nadie, salvo nosotros, lo oía—, pues yo creo que ella se las está apañando de algún modo para regresar.

Nos miramos unos a otros en silencio y, por fin, tras unos instantes de desconcierto, Lord Crokinole se atrevió a preguntar:

—Y ¿quién es ella?

Como lamentándose de nuestra supina ignorancia, respondió con cierta impaciencia en la voz:

—¡Quién va a ser! La Madrastra, la Reina Madre, la Bruja… ¡Croma!

Lanzamos al unísono un ¡oh! sorprendido; noté que un fuerte estremecimiento recorría a las miembros de la Sociedad Literaria del Green Garden, que se hallaban a mi lado, desde los picos hasta las colas. Los polluelos, que entonces empezaban a asomar tímidamente las cabezas, se arrebujaron unos con otros y se ocultaron de nuevo bajo las alas de sus madres.

—¡Imposible! —dijo Petra—. Yo misma la vi dormida por el veneno de sus propios cactus cobra, o como quiera que se llamen, igual que al bueno de Yogui, en Villa Vidinha.

—Tal vez —replicó el enano—. Pero ¿puedes asegurar que aún sigue allí?

—No, ciertamente. Hace mucho tiempo que no husmeamos por el castillo. Los cactus han ido creciendo en demasía y ahora lo cubren por completo, formando una maleza espesa y enmarañada, en la que nadie quiere penetrar para no pincharse con ellos y caer también en ese raro sueño mortal, aunque está por ver que esas espinas tuvieran algún efecto en nosotros que, al fin y al cabo, somos de cemento.

—Pues yo te digo que las consecuencias del veneno no deben ser permanentes en ella. A lo peor es como los encantadores esos de serpientes que dicen que son inmunes al de las cobras, porque desde chicos se los van poniendo en pocas cantidades y termina por no afectarles.

—Sea como sea —intervino Lord Crokinole—, ¿qué te hace pensar que está de vuelta?

—El espejo —contestó el enano—, ¡ha vuelto a funcionar!

Y ante el mudo gesto de interrogación que todos debimos componer en el rostro, animándole a que se explicara, dijo a renglón seguido:

—«En mi opinión, todo empezó con la visita de la embajada del país ese tan raro… Bagdasco, o algo así, creo que se llamaba. La capitaneaba un extraño moro chepudo, de barba rala, como hilera de hormigas borrachas, con la cabeza cubierta por lo que parecía un turbante marrón y que, al final, resultó ser su larguísima cabellera, que le daba un par de vueltas a la cabeza y se sujetaba después en el cráneo, rematada por una especie de moña o pompón. Se reunió el tal moro en secreto con la reina y, al cabo de una pieza, compareció esta y anunció con gran contento a toda la corte que el espejo había vuelto a hablar, confirmándola como la más bella del Reino.

—Pero eso ya os lo dije yo —intervino el príncipe, un tanto molesto por quedar fuera de la reunión y no haber sido invitado a presenciar el milagro de la resurrección del espejo.

—Sí —replicó la reina con un cierto desprecio—, mas vos lo decíais por lógica y así no me vale. ¡Ahora lo ha dicho la magia!

—¡Pero la reparación del espejo os habrá costado un ojo de la cara! Ya sabéis como andan las finanzas del reino desde que se fugaron los ratones y no hay a quien cobrarles el impuesto por el queso que se deja de comer.

—¡No tanto! —dijo la reina orgullosa de sí—. Solo la concesión de algunos terrenitos al lado de la playa, para montar un pequeño negocio de venta de flores a los turistas. ¡Hay que diversificar las fuentes de financiación del reino! Estáis cayendo en la obsolescencia, querido.

Quedó el príncipe un tanto molesto y bastante escamado, así que me llamó aparte y me pidió que vigilara a aquel moro atrabiliario y su supuesto negocio de venta de flores a los turistas, razón por la que me dirigí a la costa en su seguimiento.

Lo primero que al llegar allí me sorprendió fue el enorme castillo, mitad palacio, mitad cárcel, que había aparecido de repente en los famosos terrenos de la playa donados por la reina. Y lo que acabó de alarmarme fue que la entrada estuviera protegida por enormes cactus cobra, de aquellos que cultivaba la malvada Reina Madre para fabricar sus venenos».

La nueva mención a los cactus cobra hizo que Lord Crokinole se estremeciera, pero como permaneció en silencio, el enano, tras una pausa, prosiguió con su relato:

»Precisamente por su gran tamaño, creados sin duda para disuadir la entrada o salida de personas de la talla de adultos normales, presentaban multitud de huecos, que ofrecían a quienes no la alcanzamos, la oportunidad de colarnos por entre ellos.

Fue lo que hice y, de ese modo, me hallé, tras atravesar una puerta en forma de arco, en lo que parecía un cuadrado patio de armas, al que daba una ancha escalera de piedra que, supuse, debía conducir al área noble.

Subí por ella, disimulándome lo mejor que pude entre los balastros de mármol que formaban la imponente baranda que la flanqueaba por ambos lados, y llegué a un oscuro corredor, al que daban varias puertas, procedente de una de las cuales, situada en el centro del pasillo, se oía un rumor de voces.

Determinó mi buena suerte que dicha puerta se hallara solo a medio cerrar, de manera que pude atisbar, a través de la hienda que permanecía entreabierta, lo que en ella se cocía: hablaba el moro jorobado con un espejo en el que, sin embargo, no se reflejaba la habitación aquella, sino una enorme cámara vacía, aunque en su fondo parecían moverse unas sombras; iluminadas por decenas de antorchas, miles de gemas de todas las clases formas y tamaños producían una auténtica sinfonía de destellos multicolores. De su centro, emergía la voz estridente, ya un tanto cascada, de la Reina Madre:

—Necesito —decía— más gente aquí. Tus estúpidos siluros no sirven para buscar piedras. Son perezosos y apenas dan para vigilar y los enanos esclavos son ya demasiado viejos y están acostumbrados a buscarlas con mucha parsimonia. El tiempo se me acaba y necesito encontrar una nueva esmeralda arcoíris, con la que podré recuperar mi poder, sin necesidad de seguir habitando los sueños de este estúpido perro envenenado, desde el que poco puedo hacer, aparte de controlar a los esclavos. ¡Y para colmo, tú pierdes todo un precioso cargamento de súbditos de Bagdasco porque alguien quebró el tanque de las sirenas y los prisioneros escaparon!

—No os preocupéis, mi ama —contestó el moro—, mis vigías me avisan de que se aproximan dos barcos, sin duda repletos de fornidos marineros y puede que hasta soldados, que, una vez capturados y rendidos esclavos, nos han de venir como de perlas para buscar esa rara alhaja que pretendéis y con la que recuperaréis vuestro poder y sojuzgaréis a todos los habitantes de la Sima Desconocida.

—Sí, eso lo primero. Después también a los de fuera.

Debió de recrearse sobremanera la bruja en su ambición, pues su voz sonó ahora en extremo complacida.

No quise oír más y me volví por donde había venido, consiguiendo abandonar aquel castillo sin tropiezo alguno. Me dirigí entonces a palacio, pero, cuando fui a dar cuenta al príncipe de los resultados de la misión que me había encomendado, no me prestó atención alguna, embebido como estaba en la contemplación de una flor de loto azul que le habían regalado, de la que emergía una hipnotizadora multitud de fascinantes imágenes y sonidos embriagadores.

Lo dejé por imposible y me dirigí a la cámara de la reina para contarle lo que sucedía, pero ella, no solo no le dio mayor importancia, sino que además me reprochó que hubiera acechado a sus ilustres huéspedes y me castigó por ello, enviándome a cobrar impuestos por el queso mayor de las queserías del reino, que es el que traía a la espalda cuando nos hemos encontrado, y que ha devorado casi en su totalidad vuestro amigo el cerdito».

Tras una breve pausa, en la que intentamos hacernos cargo de las implicaciones de la historia del enano, Lord Crokinole tomó la palabra:

—No creo que sea aventurado en exceso suponer que a nuestros compañeros de El Temido los tienen cautivos en ese castillo-palacio. ¿Podrías llevarnos hasta él? ¡Hemos de liberarlos de cualquier modo!

Asintió el enano y nos pusimos en marcha con presteza hacia aquel extraño lugar, al que llegamos en poco tiempo, pues se hallaba en las inmediaciones de la playa en la que habíamos desembarcado.

La vista del castillo-prisión producía escalofríos: parecía, pese a haber aparecido hacía poco, muy viejo y transmitía una deprimente sensación de abandono y decadencia. Contribuían a ella las ramas y hojas, densamente pobladas de espinas, de los cactus, que lo envolvían de arriba abajo, trepando por entre las negras piedras de sus muros y almenas y agarrándose con fuerza a los salientes de una cornisa que lo circundaba por completo, de la que emergían aladas estatuas de gárgolas horribles.

Estábamos a punto de abandonar la protección del bosquecillo de pinos y adentrarnos en el pequeño llano de dunas, próximo a la playa, en cuyo centro se alzaba el castillo, cuando detuvo nuestra marcha un espantoso graznido que retumbó en sus murallas. Al fijar la vista en ellas, en busca de su origen, nos apercibimos horrorizados de que lo que habíamos tomado por estatuas de gárgolas eran en realidad arpías de negro plumaje, narices ganchudas y bocas desdentadas que terminaban en agudos picos, como astas, con potentes y aceradas garras que remataban manos y pies deformes.

—¿Qué clase de pájaros son esos? —preguntó, intrigada, Purpurina—. Son muy grandes para cuervos.

—Arpías —respondí—, unas criaturas legendarias que salen de vez en cuando en antiguos relatos. Quizás un día, si tenemos tiempo, os diga alguno de ellos.

Capítulo 11: El capitán Kidd (final)

Me giré con brusquedad, solo para encontrarme de frente con tres amenazadoras bocas de pistolas que el señor Haukins y otros dos compañeros suyos esgrimían y con las que me conminaban a que me diera preso. Asentí, aparentando docilidad y en cuanto noté que la tensión de su vigilancia se relajaba un poco, volví la cabeza y grité a todo pulmón, con la esperanza de que Pog Clinc me oyera:

—¡Ponte a salvo! ¡No vuelvas al barco y lleva el tesoro a buen recaudo! ¡Volveré a buscarte, lo prometo!

Para mi mayor desconcierto, los hombres que me vigilaban no hicieron asomo de silenciarme, antes al contrario, redoblaron sus risas y sus rechiflas.

—Con respecto a Pog Clinc, tanto nos da que vuelva, como que no. Es más, si no lo hace, será trabajo que ahorraremos. En cuanto al tesoro, hace ya días que los doblones auténticos se guardan en la caja de las monedas de chocolate y son estas la que han ido a parar al fondo del cofre. Si Pog Clinc comiera algo distinto al queso, tendría con qué entretenerse antes de morir de aburrimiento y abandono en esa asquerosa isla. Por lo que a usted se refiere, seguimos escrupulosamente las instrucciones que nos dio Lord Sandwich, que usted mismo me entregó en aquel sobre lacrado: en él nos decía que si tenía la habilidad y osadía necesarias para esquivar las asechanzas del bandido Jack Sheppard y su tropa, le diéramos la oportunidad de ver cómo se desempeñaba al mando del barco, y, si lo hacía bien, lo aguantáramos hasta obtener unos beneficios razonables, después de lo cual, deberíamos deshacernos de usted de la manera que se nos antojara. Así, tales beneficios solo habrían de repartirse entre él y nosotros, como hemos venido haciendo desde siempre, en los muchos años que llevamos al servicio de Lord Sandwich. Y ahora, si no le importa, tenga la bondad de acompañar a estos señores hasta su nuevo camarote, en la sentina del buque, en tanto decidimos qué destino darle.

Pasé ignoro cuánto tiempo sumido en la profunda oscuridad que reinaba en el vientre del navío, en la que lo único que llegaba a percibir del exterior era la mayor o menor agitación del mar, que se transmitía inmediatamente a las tablas del buque y de ahí a mi propio cuerpo, obligado a permanecer en posición semiyacente por la estrechez de hediondo cubículo al que se me había arrojado.

Por fin, a la luz dudosa de un crepúsculo que en esos momentos no sabía si matutino o vespertino, vinieron a buscarme y me condujeron a mi propio camarote, ocupado ahora por el señor Hawkins.

—Va a tener, capitán, ocasión de rendirnos, quiera que no, un último servicio. Para volver a Plymouth tenemos que pasar necesariamente por la vecindad de los Promontorios del Microcosmus y aquí al amigo Peter Jotha —y al decirlo señaló a un sujeto bajo, de ojos un poco estrábicos, nariz chata y aplastada y una delgada barba pelirroja, quien, al sentirse aludido, sonrió, dejando ver unas muy poco pobladas encías, en cada una de las cuales morían de soledad un par dientes muy torcidos y negros— se le ha ocurrido que para pasar con más seguridad, podemos ponerle al monstruo un señuelo en forma de almadía, encima de la cual ira usted, mi capitán. En tanto el Kraken se entretiene con ella y da cuenta de su Excelencia, nosotros podremos atravesar tranquilamente sus aguas, rodeando uno de los promontorios. Ingenioso, ¿verdad?

No me tomé la molestia de responder palabra, así que, en medio de la algarabía de los piratas, se echó al agua una frágil balsa, compuesta de no más de cuatro pedazos de uno de los mástiles de repuesto, unidos de mala manera entre sí por un par de cabos medio podridos y se me obligó a subir a ella, sobre la que solo podía mantenerme en un inestable equilibrio.

Arrastró la Hispaniola la balsa durante un trecho y, cuando notaron que la había cogido la corriente y la empujaba hacia el centro del paso por entre los dos promontorios, arrojaron la amarra y viraron a babor con idea de rodear uno de ellos y bordearlo por fuera.

El truco de la almadía fue, sin embargo, un fatal error de los piratas: quizás porque carecía de calado, no llamó en absoluto la atención del monstruo, quien debió confundirla con unos simples troncos que flotaban en la mar. Lo vi llegar hasta cerca de la superficie, pasar en toda su enorme longitud por debajo de la balsa, sin tocarla, ni reparar para nada en ella y doblar la prominencia marina, emergiendo justo por detrás de la Hispaniola, a la que apresó con sus múltiples tentáculos, deshizo como si fuera un azucarillo y engulló con toda la tripulación y su carga al completo. En solo unos breves minutos, el orgulloso barco de Lord Sandwich había quedado reducido a unos cuantos pedazos de tablas y algunos cabos rotos sobrenadando en las oscuras aguas que circundaban ambos promontorios.»

—¡Vaya! —dije casi para mí—. ¡Otro brillante capítulo para el tratado malacológico del señor Pontoppiden!

—¿Perdón, Mr. Benavides?

—Disculpad. Solo son cosas mías, sin importancia. Recordaba, a propósito de vuestro cuento, cierta ennegrecedora experiencia que tuvimos algunos tripulantes de El Temido con el Microcosmus.

Tras esta casi involuntaria digresión, Lord Crokinole prosiguió con su relato, del que, pese a haberme invitado a su barco en calidad de rapsoda, había acabado por transformarme en atento auditorio:

«El capricho de las olas y de las corrientes fue zarandeando la balsa de un sitio a otro, sin que pudiera yo gobernarla en forma alguna ni tener el control de a dónde me llevaba. Temía, con razón, que de no empujarme pronto a alguna orilla, acabaría por perecer de hambre y sed, o por ser pasto de algunas de las inquietantes criaturas marinas que, de cuando en cuando, se aproximaban y cuyas oscuras aletas triangulares veía emerger y dar vueltas en torno a ella.

Quiso, no obstante, la fortuna que, con vida y entero aún, la almadía fuera arrastrada por el oleaje hasta las costas de la isla de Crokinole, que entonces se llamaba de Minos, aunque no de manera tan suave que no se hiciera pedazos contra los arrecifes y me viera obligado a nadar hasta una ensenada de regular tamaño, en la embocadura de una ría, por donde trasegaban multitud de embarcaciones de muy diversos calados y oficios.

Fui socorrido con presteza y llevado hasta la ciudad ante las autoridades de la isla, una vez que di cuenta de mi patria y calidad, usando mi nombre verdadero y no el seudónimo de capitán Kidd, al que hice quedar por muerto de manera definitiva, por temor a que se me reconociera como pirata y hubiera allí también cuentas pendientes con la justicia por ello.

En el camino, me refirieron la triste situación en que aquel reino se hallaba, con la heredera al trono víctima de un hechizo que la mantenía sumida en un profundo sueño del que solo podría despertarla el beso de un apuesto príncipe, que, lamentablemente, no acababa de aparecer.
Cuando fui presentado al anciano rey Minos como un aristócrata inglés, que había naufragado no lejos de las costas de la isla, este, despertándose de súbito del sopor en que se hallaba sumido, me preguntó si mi familia estaba entroncaba, aunque fuera de manera remota, con alguna casa real.
Recordé entones que mi padre solía contar que, entre nuestros antecesores, se encontraba no sé qué oscuro príncipe sajón, lo cual acabó de despertar el entusiasmo de su Majestad, quien, levantándose del trono con una ligereza absolutamente impropia de sus muchos años, exclamó:

—Vayamos sin dilación a la cámara real en que mi hija reposa y, al menos, hagamos la prueba. Algo me dice que esta puede ser la buena. También es la única ocasión que se nos ha presentado en hace ya no sé cuántos años.

Mientras recorríamos los laberínticos pasillos del castillo de Minos me asaltaron multitud de dudas y vacilaciones e hicieron presa de mi ánimo algunos pensamientos insidiosos:

—Si en tantos años como ha que duerme —me decía— la princesa, no se ha despertado con el beso de algún príncipe, pese a la enorme recompensa que ello traería aparejada, solo puede ser por dos motivos: o el asunto de beso no funciona para deshacer ese hechizo y, en realidad, no está dormida, sino muerta en vida; o la princesa es fea cono un sapo y no ha habido príncipe que haya querido besarla.

Ambos temores resultaron, sin embargo, infundados: la princesa no es que fuera una belleza de cuento, pero los cabellos pelirrojos que ondeaban sobre la lujosa almohada, la piel pecosa del rostro de nariz ligeramente respingona, los firmes labios de color rosa pálido y la más que regular figura que se traslucía a través de las finísimas sábanas de Holanda con que estaba tapada, la hacían sumamente atractiva, incluso antes de contemplar la inteligente y risueña mirada que habría de exhibir una vez abiertos los ojos.

No me entretuve en muchas consideraciones y, con cierto embarazo por la expectación que se creaba a mi alrededor, puse mis labios encima de los de la durmiente, quien reaccionó inmediatamente, abrió los párpados de par en par y, mirando en torno, preguntó extrañada, sin saber todavía muy bien dónde se hallaba:

—¿Qué pasa? ¿Es que me he dormido?

Lo demás de la historia lo conoce de sobra. Nos enamoramos, nos casamos, nació Lady Victoria y después surgieron las complicaciones que ya sabe, tras esa nueva intervención de la maldita Croma en la vida de los reyes de Minos. A raíz de ella, volví a Inglaterra para negociar su adscripción al Imperio, cambiando el antiguo nombre de la isla por el mío y el título de reyes por el de gobernadores perpetuos, aunque los miembros de la familia real mantengan el de reyes-gobernadores, que será el que un día, Dios mediante, ostentará Lady Victoria. En mi vuelta a Inglaterra, quise ajustar cuentas con el duque de Sandwich, pero supe que el señor Montagu había fallecido solo unos meses antes y sus bienes y títulos divididos entre sus muchos hijos, por lo que hallé inútil cualquier tipo de venganza. Me limité a entrar en contacto con el Almirantazgo para solicitar un nombramiento naval y el permiso para batir estas aguas, luchando contra la piratería., tan abundante entonces en ellas, aunque ya casi solo queda vuestro escurridizo capitán Laurel, con quien no he conseguido hacerme en todos estos años. Perseguía con ello, además de mi venganza, tener ocasión de hallar la isla en que quedó el bueno de Pog Clinc y saldar la inmensa deuda de gratitud que con él tengo contraída por los muchos servicios prestados y sacrificios realizados en mi nombre. Pero hasta ahora no he tenido suerte y sigo sin conocer cuál ha sido su destino, después de tantos años.»

—Pues, en verdad, nunca se ha encontrado muy lejos. Nos topamos con él en un islote a poco más de un día de navegación de la isla de Crokinole, al que arribamos cuando Lady Victoria nos liberó del calabozo. Aún sigue custodiando el tesoro, sin saber que sus monedas son de chocolate; lo cierto es que se muestra muy tenaz en el empeño y espera con paciencia vuestro retorno.

La alegría y la sorpresa por las noticias que le daba se desbordaron en el rostro de Lord Crokinole, siempre contenido a la hora de expresar emociones: prometió rescatarlo de su islote en cuanto fuera posible en el viaje de vuelta y darle a comer todo el queso del mundo.

En ese instante, sin embargo, acabó con nuestro entretenido encuentro el señor Terophontax, al irrumpir en la cámara con una alarmante noticia:

—Señor, El Temido se encuentra a la deriva delante de nosotros. No se ve a ninguno de sus tripulantes. Enteramente parece un buque fantasma.

Capítulo 8: El esqueleto del Capitán Achab (final)

—¡Eso no! —suplicó mi madre—. ¿Qué quieres obtener para frenar esa horrible maldición? Te daré la mitad de mi reino, si es ese tu deseo.

—De momento —respondió Croma—, no me interesa. Tengo otros proyectos. Pero, sí, en efecto, hay una manera de evitar tan desagradable incidente.

—¿Cuál? —preguntó ella ansiosa.

—Que antes de que él o ella se claven la espina, te la claves tú. Así se cumplirá de una vez mi venganza y tu condena.
Quedó pensativa mi madre unos instantes y, después, sobreponiéndose a su angustia, con un inmenso esfuerzo, concedió:

—Está bien. Sea. Pero déjame, al menos, disfrutar de mi hijo algún tiempo. Dilata el plazo de tu venganza hasta el que yo tuve marcado y consiénteme en esperar hasta que cumpla quince años. Te lo suplico por esa sangre que, a pesar de todo, compartimos.

—De acuerdo, querida —respondió riendo la bruja—. Eso servirá de paso para prolongar tu agonía, pero que sean solo siete. Ni un día más. Si el de su séptimo cumpleaños no te has clavado tú la espina, se la clavará tu hijo y se verá condenado a dormir por siempre.

Dicho lo cual se desvaneció de manera tan misteriosa como había entrado y a mi madre, presa de angustia y dolor, le tomó un profundo desmayo.

Cuando al día siguiente, con las primeras luces del alba, recobró el sentido, pensó haber sufrido una pesadilla y suspiró con cierto alivio, mas, al incorporarse, una mueca de pánico se dibujó en su rostro: a su lado, abierta, yacía la cajita de oro acolchada de terciopelo rojo, con la aguja de cactus en su interior.

Nací yo a los pocos meses, pero una sombra de melancolía veló para mi madre la alegría por mi nacimiento. Desde el principio, aun sin advertírmelo, me fue preparando para la separación que inevitablemente se habría de producir a los pocos años. Se distanciaba con eso de mi padre que creía que la historia de la maldición de Croma era solo fruto de un delirio de ella y que actuaba, por tanto, como si nada fuera a ocurrir, embarcándose en continuas y larguísimas expediciones para limpiar los mares de lo que él llamaba la lacra de la piratería, contra la que cada vez estaba más obsesionado. Decía que su erradicación era tarea que tenía encomendada personalmente por el Lord Mayor del Almirantazgo, por cuyo cumplimiento habría de obtener multitud de premios y honores, quizás hasta el de ser nombrado Caballero Comendador de la Orden del Imperio Británico. ¡Menuda gansada!

La víspera de mi séptimo aniversario —el peor día de mi vida—, mi madre me hizo acudir a su cámara y, encerradas en ella las dos a solas, me contó la historia de la terrible maldición que sobre mí pesaba, mostrándome la dichosa cajita de oro. Le pedí desesperada que la arrojara al mar y así ni ella ni yo correríamos el riesgo de pincharnos, pero negó con la cabeza:

—Si no es esta espina será cualquier otra. No merece la pena.

Hice ademán de arrebatársela, para arrojarla yo, ante la inutilidad de mis esfuerzos por convencerla, y en el forcejeo, haciendo que pareciera fortuito, se clavó la espina en la yema del dedo pulgar de su mano izquierda.

Cayó fulminada y apenas tocado el suelo, su respiración se hizo más tranquila y suave, se le cerraron los ojos, como si le pesaran los párpados y se hubiera sumergido de improviso en un sueño profundo.

Antes de quedarse dormida del todo y, al ver que me inclinaba sobre ella, reuniendo sus últimas fuerzas, alcanzó a murmurar:

—Sé valiente.

—Entonces —dije alzando la voz por la sorpresa— lo que pretendéis al uniros a nuestra expedición es…

—Asegurarme de que, como creen los sabios esos que decís, la cercanía de Iker y Lucas, así como sus palabras tranquilizadoras servirán para romper la última conexión que Croma la Maldita tiene con este mundo a través de Yogui y, si no…

—¿Qué?

—Tendré que matar a ese perro —dijo y me mostró una afiladísima daga de acero brillante y rica empuñadura que llevaba oculta entre las ropas.

Me asustó la determinación que pensé hallar en su mirada, pero no me dio tiempo a replicarle nada, ni siquiera a intentar disuadirla de su oscuro propósito, aduciendo la inocencia de Yogui, en quien ella quería descargar su impotencia, su frustración y su odio, porque Iker, en ese momento, se volvió hacia nosotros:

—Si no os dais más prisa y os acercáis al grupo, terminaréis por perderos en el manglar. Dejad los cuentos para mejor ocasión.

Así que, encogiéndome de hombros, apreté el paso. Nuestro camino por el islote se hacía lento y trabajoso pues, por momentos, este se empinaba más y más y el suelo se volvía más legamoso y resbaladizo.

—No entiendo nada —dijo, al fin, Laurel tras unos momentos de extenuante marcha—. El agua, o lo que sea, debería descender por la pendiente por la que nosotros estamos subiendo y el piso secarse poco a poco, pero es justo al revés: el líquido aumenta cada metro que subimos.

—Y huele cada vez peor —apostillé.

—Sí. Eso también.

—Parece que no falta mucho para la cumbre de este montículo. Se ve algo que brilla por encima de la vegetación del manglar—observó Lucas, que se había adelantado unos metros.

La perspicaz observación de este nos animó a proseguir la subida, hasta que, finalmente, nos hallamos en medio de un claro entre los árboles, que culminaba nuestro ascenso, y en el que se nos ofreció ante los ojos un espectáculo singular y terrible.

Estaba el islote coronado por un enorme agujero circular, cuyo fondo no se acertaba a distinguir. y, clavado por debajo de él, un gran arpón de punta serrada, como los que usaban los balleneros para atrapar a sus presas. Colgaban del arpón los restos de un grueso cabo, a cuyo extremo se anudaban las ruinas de bote en que yacían revueltos los huesos de un número indeterminado de cadáveres humanos. Su ropa, hecha jirones, revelaba su condición de marineros. Entre el arpón y la barca, con el cabo enrollado en la cintura, yacía otro cadáver. El esqueleto milagrosamente intacto, dejaba ver que a su antiguo dueño le habían sustituido una de sus piernas por otra de palo. Los huesos se le habían aligerado tanto, que su mano, semejante a una hoja seca y quebradiza, no paraba de agitarse por el viento, como invitando a que le siguieran a los desgraciados tripulantes del bote. Ese mismo viento, a su paso por entre las ramas del manglar, producía un curioso sonido que, aguzando el oído, parecía silbar:

—¡Por allá resopla!

Nos estremecimos todos ante fenómeno tan extraño y, mudos y desconcertados, permanecimos un instante contemplándolo.
—Creo que sé lo que es esto —dijo, al fin, Laurel pensativo —. No estamos en un islote, sino sobre los restos de la gran ballena blanca, de Moby Dick y del capitán Achab y su tripulación. Consiguieron herir de muerte al cetáceo, pero este aún tuvo fuerzas suficientes para arrastrarlos a las profundidades. Ese fuerte cabo de cuerda ligó en la muerte el destino de todos ellos.

Se aproximó al cadáver de Achab, le desató la pata de palo, la colocó en su propio muñón y asiendo su vieja muleta probó a andar:

—¡Por vida de Satanás! ¡La muleta que fue de John Silver el Largo y la pata de caoba del capitán Achab! ¡Nunca hubo pirata tan bien provisto en toda la redondez de los siete mares!

Y riendo, reemprendió ágilmente la marcha de regreso hacia donde el bajel nos aguardaba.

Capítulo 8: El esqueleto del Capitán Achab (2ª parte)

Fue así que nos introdujimos en aquel banco de niebla y ordenó el capitán navegación silenciosa, tanto para no ser oídos desde la balandra inglesa, como para acertar a evitarla en caso de que de manera inadvertida se aproximara a nosotros.

Salvo Yoguina, que seguía asiendo con firmeza el timón y Willy y Wally que sondaban permanentemente la profundidad de agua, no fuéramos a darnos del bruces con algunos bajíos velados por la niebla, los demás permanecíamos asomados por la borda, a ambos lados de la quilla, escrutando su espesa capa, por si algún obstáculo imprevisto emergía ante nosotros y nos ponía en riesgo de colisión.

Pasaban los minutos con lentitud, sin que, pese a nuestro esfuerzo, acertáramos a columbrar algo distinto a la tupida bruma marina que nos envolvía y que, a cada instante, parecía volverse más sólida, cuando, de improviso, la proa del barco tropezó con algún obstáculo que, ni nosotros habíamos visto, ni la sonda había detectado en la forma de elevación del fondo marino.

Lo más llamativo del caso es que el sonido del impacto del casco de nuestro buque, con lo que quiera que fuera que hubiéramos chocado, no era el característico de la madera contra roca, ni el desgarrador chirrido de una quilla al hendir y hundirse en un banco de arena. Había sonado un golpe contra algo blando, podría decirse que orgánico, como si estuviéramos atravesando un inmenso y apretado cardumen de sardinas, solo que el barco había quedado aprisionado en él y detenido su marcha por completo.

La inercia de esta, pese a su escasa velocidad, nos empujó a unos contra otros y dio en el suelo con no pocos de nosotros, entre una sordina de quejas y gruñidos, mientras nos poníamos de nuevo en pie.

—¡Silencio!— volvió a ordenar el capitán.

—¿Contra qué habremos chocado? —preguntó, ansioso, Matías en voz queda—. Esto es muy raro.

—No lo sé. Lo mejor será bajar a comprobarlo —le replicó aquel en idéntico tono.

Casi por señas, se armó una expedición a la que se apuntaron los chicos y a la que el capitán, que habría de comandarla, me conminó a unirme para actuar como testigo y consignar cuanto en ella descubriéramos en el cuaderno de bitácora.

Tendimos una red desde la borda, por la que descendimos hasta depositarnos en una especie de légamo lechoso, con un fuerte olor a pescado podrido, sobre el que, más que andar, podía chapotearse. De él crecía una vegetación frondosa, a modo de manglares, por la que nos internamos, subiendo poco a poco desde la raya del agua, donde nuestro barco había encallado, pero sin pisar nunca suelo seco.

Nos movíamos despacio, trabajosamente y en silencio, porque nos sentíamos envueltos por una atmósfera solemne, casi como de catedral gótica, y por más de media hora proseguimos nuestro vacilante camino.

—No sé por qué —dijo al fin el capitán Laurel, cuya marcha era más trabajosa que la de ninguno, pues iba dando camballadas, cada vez que la punta de su muleta se hundía casi hasta la mitad en aquel fango blancuzco— tengo la sensación de que estamos en un islote, aunque de gran tamaño. Lo que me extraña es que estos manglares, o lo que sean, no parecen provenir de ninguna lengua de agua, sea dulce, procedente de algún río del interior o salada, traída aquí por la pleamar. El agua, si es que este asqueroso líquido lo es, mana desde el interior.

Las palabras del capitán fueron como una señal y los cinco rompimos a charlar, más que nada para disipar la atmósfera opresiva que se cernía sobre la isla aquella, seguros de que nadie podría oírnos desde fuera, pues la intrincada vegetación que la cubría por completo taparía el ruido de nuestras voces.

—Lady Victoria —pregunté, para deshacerme de una duda que, desde hacía horas, venía royéndome el ánimo—, ¿qué sabéis de Croma? Hablando con vuestro padre afirmasteis ser conocedores de sus desmanes y trapacerías y hasta estar concernidos ambos por ellos, y de manera bien directa.

—Es algo —replicó— que no me gustaría que se supiera de momento, así que solo os lo diré si prometéis guardarlo en secreto hasta que yo os autorice a difundirlo.

—Mi lady: soy un pozo de discreción; nada de lo que me digáis contaré sin vuestro permiso.
Tras asegurarse de que ni Iker, Lucas o el capitán podían oírnos, pues marchaban algo más adelantados, empezó su relato:

—Croma, cuyo nombre real yo también ignoro, es una prima segunda de mi abuela, la reina Talía de Minos, antiguo nombre de la isla de Crokinole. Por tradición familiar, al ser la pariente viva más próxima, estaba destinada a ser la madrina del heredero de la corona, así como su tutora y regente del reino en el caso de que sus padres murieran antes de su mayoría de edad. Mi abuelo, sin embargo, decidió romper esa tradición y encomendó esa misión a uno de sus ministros, que le inspiraba más confianza que ella. Irritada por eso, Croma esperó a los fastos que se celebraron con motivo del nacimiento del heredero real, mi madre en este caso, y la obsequió con la consabida maldición de que al cumplir quince años habría de pincharse con la espina de un extraño cactus, a resultas de lo cual, permanecería dormida hasta que la despertase el beso de algún príncipe enamorado. Al llegar el momento y, tal como la bruja tenía previsto, el accidente se produjo y mi madre se sumió en un profundo sueño. Pasaron los años sin que la situación cambiara en nada, pues no había príncipe, enamorado o no, que quisiera dejarse ver por Minos y, cuando ya mi abuelo desesperaba de haber quien heredara su trono, apareció por sus playas un arruinado aristócrata inglés, que, para restablecer su fortuna, se había dado, sin mucho éxito al parecer, al ejercicio de la piratería…

—¿Vuestro padre fue entonces pirata? —la interrumpí—. No lo entiendo.

—¿Por qué? Dicen que no hay peor cuña que la de la misma madera, o que el mayor de los furtivos con frecuencia resulta ser el mejor guardabosques.

—Sea como sea —prosiguió—, decidió probar suerte con el encantamiento y la tuvo: despertó a la reina, se enamoraron ambos y él recuperó título y crédito con las riquezas de la isla, que, para asegurarla, puso bajo el Imperio británico, obteniendo para sus antiguos reyes el de gobernadores independientes y a perpetuidad. Pasaron los años y en la ya llamada isla de Crokinole solo se respiraba felicidad, y, más aún, cuando se supo que mi madre, la reina gobernadora, estaba embarazada y se anunciaba el nacimiento de un heredero al trono.
Poco antes de que eso sucediera, una oscura noche del mes de noviembre, en que el viento azotaba las costas de la isla, levantaba olas inmensas que parecían iban a engullirla en su totalidad o doblaba y quebraba árboles centenarios en su interior, Croma, a quien mi abuelo había forzado a abandonar Crokinole para siempre, irrumpió, sin embargo, en la cámara real, donde mi madre descansaba. Le dio la dolorosa noticia de que no consideraba cumplida del todo su venganza, y añadió a su maldición un toque de cruel refinamiento: tendió a mi madre una alargada cajita de oro con la tapa abierta, en cuyo interior acolchado de terciopelo rojo se veía una larguísima y puntiaguda espina negra de cactus.

—A los cinco años de edad, tu heredero tendrá un “accidente” análogo al que tú tuviste con una espina como esta. Solo que, en esta ocasión, no habrá beso de príncipe o princesa que pueda despertarlo. He avanzado mucho en el cultivo de mis “cactus cobra” y he conseguido depurar su veneno de ese pequeño inconveniente.