—No —respondió el Gris—, son Pog Clinc, el bribón de mi antiguo ayudante, que desapareció hace ya tiempo y al que creíamos devorado por algún dinosaurio, y el señor Benavides, uno de esos enanos que se dedica a preservar libros del hambre siempre insatisfecha de los ratones de biblioteca. Pero ellos nos traen noticias ciertas y excelentes: dicen que, casi con toda seguridad, Iker y los demás se han infiltrado ya en la Cueva de los Enanos.
—En tal caso, deberíamos dar cuenta a Merlín de esa circunstancia, para que ponga en marcha su plan.
—Precisamente a eso se debe nuestra venida, querido Snorri.
—Pero no os quedéis en la puerta. La luz del candil puede atraer a los siluros. El que nos descubrieran ahora sería fatal para nuestro intento.
Siguiendo la indicación del albino, nos apretujamos los cuatro, junto con la ingente cantidad de documentos rúnicos de toda laya esparcidos por la estrecha oquedad de piedra, y accionó de nuevo el mecanismo que cerraba la puerta. La claustrofóbica sensación de agobio que entonces me invadió me hizo recordar el chusco episodio de la topera de Villa Vidinha, de cuyo atoramiento solo pudo sacarme el polvo de hadas.
De eso, para mí, debía hacer más de un siglo, aunque cabía la posibilidad, según le tenía oído a Matías de cómo iba el tiempo en el interior de la sima, de que hubiera sucedido tan solo unas noches antes. Pero habían de venir aún más estrecheces.
Snorri Saknussenn, tras requerir la ayuda de Pog Clinc, subió con agilidad a su mesa de trabajo, levantó una tapa de pergamino, pintado con el color de la roca, disimulada en el techo, y nos invitó a seguirle en el ascenso por lo que no parecía sino una oscura y estrecha chimenea.
—Es un camino incómodo —dijo—, pero es la vía más segura para llegar a Merlín y su troupe circense.
Trepábamos con mucho trabajo por el angosto pasadizo; Pog Clinc ayudaba y sostenía el ascenso del mago Gris y Snorri Saknussenn y yo nos sosteníamos mutuamente, agarrándonos a los tiznados salientes de piedra de lava.
—Yo pensaba que el carácter volcánico del Pico Ocejón era solo una apariencia, cuando se observa su cara sur, pero por esta chimenea y lo negra que se me han puesto las manos de escalar por su pared, no parece sino que sea volcán auténtico y aun que ha tenido erupción no hace mucho —dije en un instante en que nos detuvimos a recuperar el perdido aliento.
Se volvió hacia mí el Gris y, con una sonrisa condescendiente, replicó:
—Es el secreto de la Sima Desconocida. Aquí las cosas son cada vez lo que parecen. Por eso solo hay que saber mirarlas para sacar de ellas, como de los penachos de nubes que cruzan por el claro cielo de verano, un mundo nuevo y cambiante en cada momento. A esto, en alguna ocasión, se le ha llamado magia.
Reanudada nuestra ascensión, acabamos por atisbar su fin bajo la forma de un claro de luz acuosa que, con figura de círculo, se recortaba sobre nuestras cabezas, al tiempo que nos caía encima una fina lluvia de mínimas gotículas. Llegamos al interior de una galería, cuya boca tapaba la espesa cortina que formaba la impetuosa corriente de las chorreras de Despeñaelagua, dejándose caer, en medio de florecidos campanones amarillos, desde casi setenta metros de altura. Servía esta de entrada a una amplia caverna de techo altísimo y paredes rugosas, de cuyo techo se desprendían calcáreas estalactitas de caprichoso dibujo. Se alzaba en su fondo una especie de anfiteatro de piedra y por él se hallaban esparcidas las figuras familiares del elenco artístico del circo del Gran Ta-Morlán.
—¡Albricias, viejo amigo! —exclamó el mago Gris, aproximándose al centro del rocoso anfiteatro, donde permanecía sentado en tosco escabel un abatido Merlín—. Aquellos a quienes aguardábamos acaban de llegar.
—Si me hubierais dado semejante noticia solo hace unos días —respondió— me habría alegrado sobremanera. Mas ahora…
—Pues ¿qué ocurre? —preguntó un desconcertado Snorri Saknusen.
—Sucede que todo nuestro plan descansaba en la clave de bóveda de propiciar desde dentro de la Sima una carga feroz contra los siluros por parte de las Caballeras de la Mesa, pero estas no moverán un dedo contra nadie si no es por indicación de la reina y la reina permanece, de un tiempo a esta parte, absorta en la contemplación de una rara flor de loto azul que alguien le ha proporcionado, sin oír ni hablar a nadie. He probado con todos los recursos de mi magia, pero he sido incapaz de conseguir que levante los ojos de la dichosa flor, o que responda ni media palabra a mis súplicas… ¡Ya no sé qué hacer! ¿Acaso puede la vuestra sacar a la reina de su ensimismamiento?
El mago Gris y Saknussenn negaron tristemente con la cabeza:
—Yo, en realidad, nunca he gozado de los dones de la magia. Solo soy un erudito —dijo este.
—Y yo he olvidado, a causa de mis muchos años, casi todos los conjuros y fórmulas mágicas que alguna vez dominé. La única magia que ahora puedo hacer, son las croquetas de boletus, que, eso sí, me salen riquísimas.
—Pero enano raro si sabe —dijo Pog Clinc de manera inesperada, para asombro de los tres magos, señalándome con el dedo.
—¿Cómo…? —preguntaron casi al unísono.
—Sí. Enano raro despierta piratas contándole historia de libro en castillo de arpías.
Me miraron de modo tan apremiante que no tuve sino que narrarles el desencantamiento de la tripulación de El Temido, siguiendo la feliz intuición de Yoguina y su fe en el poder de las palabras.
—Podría funcionar —musitó para sí Merlín pensativo—. Desde luego, nada perdemos por intentarlo.
Se levantó de su escabel y emprendimos la marcha sin dilación alguna. Nos escoltaban los tres antiguos payasos, recuperados ya sus hábitos primitivos de caballeros medievales, cuya apoltronada vida reciente, sin embargo, les había ensanchado las cinturas y aflojado las carnes, de manera que soportaban con dificultad el peso de sus armaduras y estas dejaban escapar por algunas de sus articulaciones vergonzantes rollos de grasa.
Buscando no ser descubiertos, nos reintrodujimos en la sima por excéntricas y oscuras galerías y nos deslizamos por toboganes inverosímiles. Trazamos de este modo un recorrido laberíntico, durante el cual acabé por perder toda noción de dónde me hallaba y del tiempo que había durado paseo tan intrincado y tenebroso.
Hicimos, por fin, nuestra entrada en la cámara real, una inmensa caverna de techo altísimo y perfil redondo, a la que se accedía por una curiosa arcada en forma de ojiva y a cuyo fondo, bajo un amplio dosel de seda dorada y elevados sobre un pedestal de imponente altura, se veían los tronos del rey y de la reina, de piedra tallada, con innumerables volutas, acantos y otros muchos dibujos geométricos o florales. Delante de ellos, en dos semicírculos separados entre sí por un ancho pasillo central, formaba en marcial silencio el ejercito de las Caballeras de la Mesa Redonda.
—¡Merlín, ya era hora! —dijo el rey, así que nos vio entrar, al tiempo que se lanzaba, casi trastabillando, escaleras abajo de su alto trono—. ¡Desde no sé hace cuánto te esperaba como agua de mayo!
—Nunca es tarde, si la dicha es buena. ¿Hay algo nuevo por aquí?
—Todo sigue igual, pero esto es un infierno. Desde que le dieron esa maldita flor azul, la reina no ha vuelto a desplegar los labios y, si eso no es malo del todo, pues, en ocasiones tiene tendencia a hablar más de la cuenta sin dejar meter baza a nadie en la conversación, también se hace pesado no tener a quien dirigirse. ¿Cómo se puede reinar con este silencio ominoso? ¿A quién le voy a dar órdenes, si nadie me escucha? ¡Tienes que hacer algo, Merlín, o terminaré por volverme loco!
—El poder tiene eso —dije incapaz de contenerme—, si no hay sobre quien ejercerlo, no sabe a nada.
Detuvo el rey su descenso de súbito y, mirándome de hito en hito, preguntó con desprecio:
—Y este idiota ¿quién es?
Me sentí un poco corrido y un mucho humillado. Cuando iba a musitar no sé bien qué en mi defensa, Merlín se adelantó a replicar las insolentes palabras reales con cierta respetuosa sorna:
—Majestad, «este idiota» es nuestra última esperanza para despertar a la reina y movilizar a las caballeras.
—¿Ah sí? ¿Y cómo piensa hacerlo? —replicó entre titubeos, claramente arrepentido de su anterior arrebato verbal.
—Tiene sus métodos, que ya ha probado con éxito en ocasión precedente.
—Le diré un libro de los muchos que preservo en mi memoria. Suele bastar para que los afectados recuperen su interés por algo que no sea la flor de loto azul
—Empieza, pues, cuanto antes, si no te importa. Estoy impaciente por contemplar ese prodigio —y en su voz se percibía aún un eco de escepticismo.
—Está bien: se titula La cólera de Iker, me lo enseñó Matías, y dice:
«Me llamo Yogui. Soy un westy de catorce años. Si, como dicen, cada año de la vida de un perro es como siete en la vida de un hombre, se podía decir que ya tengo noventa y ocho años a mis espaldas. Pero eso son paparruchas…».
Cuando terminé de decir el libro, pude apercibirme de que Merlín, Saknusen y el Gris me miraban con los ojos arrasados en lágrimas, el rey se removía un poco azorado, lanzando furibundas ojeadas a lo caballeros y expayasos, de quienes el relato sorprendía una conversación en la que se referían en términos poco adecuados tanto al rey, como a la reina, y esta, de modo desabrido se dirigió a él:
—Y tú pretendías resolver esta crisis apoyándote en semejantes fantasmones, buenos para nada…
—Pero, querida —le interrumpió tímidamente el monarca—, yo no sabía…
—¡Silencio! ¡Ya hablaremos después tú y yo y esos supuestos caballeros! —a los que, por cierto, hizo palidecer con solo referirse a ellos—. Ahora vamos a lo que importa: ¡A mí las Caballeras de la Mesa Redonda! ¡Vuestra reina os necesita!
Se levantaron las caballeras como una sola mujer a su llamado y se dispuso a ordenarlas para la batalla.
—Majestad, un momento, por favor —la interpeló Merlín.
—Sí, viejo mago —replicó con cierta altivez, quizás connatural en ella.
—Hay noticias de que disponemos de fuerzas leales infiltradas en el interior de la Cueva de los Enanos y otro contingente, compuesto por aguerridos marineros y soldados de casacas rojas, al mando de un vicealmirante, en la playa de los Dinosaurios, muy cerca de la entrada. Quizás sería conveniente coordinar la acción de los tres cuerpos, de manera que el ejército enemigo se disperse y, no sabiendo a qué frente acudir, se genere en él la confusión y el caos. La victoria será más sencilla y menos costosa de ese modo.
—Estás en lo cierto, pero ¿cómo vamos a coordinarnos?
—Estos dos amigos —dijo señalándonos a Pog Clinc y a mí— han venido con las tropas de refuerzo. Cada uno de ellos puede dirigirse a una y advertirles de que, a nuestra señal, desencadenen el ataque.
—¿Señal? ¿Qué señal?
—Cualquiera valdrá. Por ejemplo, tres toques largos del Cuerno de Carga. Su eco resonará por todos los túneles y cavernas de la Sima y será fácilmente oído por todos.
—También por los siluros —respondió la reina.
—Sí. Pero solo nosotros sabremos lo que significa: orden de acción inmediata.
En lo que a mi atañía, el plan de Merlín presentaba un serio inconveniente, que pudiera dar con él al traste por completo: lo ignoraba todo sobre la geografía de la Sima Desconocida, de modo que no encontraba el modo de llegar a la Cueva de los Enanos y, una vez en ella, de hallar a mis compañeros de viaje para ponerlos al corriente de nuestros propósitos.
—Es cierto —replicó el mago pensativo—. Puede que no haya otra solución: dado que tú no sabes llegar, que sean nuestros propios enemigos quienes te conduzcan allá. No es difícil, solo tendrás que hacer lo que yo te diga…
Siguiendo aquellas instrucciones, vestido con ajado disfraz de enano minero que Merlín sacó no sé muy bien de dónde, cuyas groseras costuras, fruncidas con hilo de cáñamo, se clavaban en mis carnes de modo inmisericorde, recorrimos en sentido inverso la estrecha chimenea que desembocaba en la cueva de Snorri. Desde ella nos separamos en dos grupos: Pog Clinc y el Mago Gris partieron hacia el Bosque de los Hongos, y de ahí llegarían a la Playa de los Dinosaurios, para prevenir a Lord Crokinole de lo que se iba a hacer y en qué modo ellos deberían colaborar; Saknussenn y yo cogimos una galería lateral que, tras no pocas idas y venidas, vueltas y revueltas, nos llevó a una una boca de túnel a medio tapar por lo que parecía había sido un desprendimiento de algunas rocas del techo, debido, al parecer, a las frecuentes labores mineras que en torno a ella se venían realizando.
—Dadme tiempo para regresar y haced lo convenido —me dijo el erudito albino.
Aguardé unos minutos y cuando me percaté de que ya se hallaba a distancia prudencial, grité a pleno pulmón:
—¡Una esmeralda arcoíris! ¡Una esmeralda arcoíris! ¡Es enorme y perfecta! ¡Será una piedra poderosa!
Quebró mi grito la tranquilidad casi monacal que se respiraba en la cueva, cuyo silencio solo se veía truncado por el rítmico y espaciado golpeteo de los picos al chocar contra las paredes de piedra. Se formó en torno a mí un barullo que, arrancando en los enanos y siluros que tenía más próximos, fue extendiéndose como una ola por el interior de la caverna, hasta alcanzar el último de sus rincones.
—Mantenla tapada —me decían algunos—; si la hiere un rayo de luz, aunque sea de una vela, puede saltar por los aires.
Enseguida me rodearon media docena de siluros malencarados que, apuntándome con sus toscos lanzones, me obligaron a caminar junto a ellos para llevarme a presencia del visir, en tanto yo apretaba entre mis manos un modesto canto rodado que, envuelto en un légamo pegajoso, había recogido del suelo un momento antes.