Capítulo 12: El Reino del Espejo (2ª parte)

—Mi Lord —respondió aquel—, el señor Richmond ha debido beber durante su turno de vigía en la cofa del palo mayor. Se obstina en cantar que hay tierra a la vista por estribor. Su Excelencia mismo puede comprobar que, en el horizonte despejado, no se atisba el menor indicio de ello. No obstante, él sigue erre que erre, añadiendo a su error el pecado de la obstinación.

—Pero, señor —intervino el reo—, yo juro que no he probado una gota y que desde la cofa se aprecia tierra con toda claridad. Mandad a alguien que lo compruebe y, si miento, que se me doble la tanda de azotes.

—¿Para qué hemos de comprobar lo que estamos viendo con nuestros ojos? Callaos y limitaos a recibir el castigo impuesto, sin necesidad de dobleces —sentenció el señor Layermoore, poco dispuesto a que nadie cuestionara su autoridad.

—Un momento, señor Layermoore —abogó Lord Crokinole—. No es bueno precipitarse en los castigos. Lo cierto es que, si se mira hacia estribor hay algo extraño en la línea del horizonte. Parece como si en un punto, las olas chocaran contra sí mismas.

—Ciertamente —respondió aquel—, pero bien puede ser el efecto de dos corrientes marinas enfrentadas.

—También Pog Clinc ve dos lunas y eso no normal.

La intervención del Chester, señalando hacia babor y estribor donde dos recién salidas lunas vespertinas se enfrentaban idénticas la una a la otra, nos sobrecogió a todos.

—¡Cielos! ¡Es verdad! ¿Qué ocurre? —exclamó desconcertado el señor Layermoore.

—Enviad alguien a la cofa y que nos cuente lo que desde allí se ve —ordenó el excapitán Kidd.

A una señal del segundo de a bordo, se destacó un marinero que trepó ágilmente por los obenques y, una vez arriba, gritó:

—¡Tierra a la vista por estribor! ¡A menos de una milla!

Si ya la revelación de la presencia de dos lunas nos había dejado en suspenso y confusos, la observación del vigía terminó por desconcertarnos del todo. A esa distancia era materialmente imposible que, incluso desde el puente, en un día claro como aquel, dejáramos de ver la costa a simple vista y con toda nitidez; sin embargo, esta no se aparecía a nuestros ojos por parte alguna.

—No se quiebren la cabeza vuestras señorías —dijo a la sazón un viejo marinero, que chupaba una añosa pipa de arcilla, sostenida entre sus desdentadas encías, recostado contra la amura de babor—, estamos pasando frente al Reino del Espejo, o, mejor habría que decir de los Espejos, famoso, tanto por el que la reina guarda en su cámara, capaz de identificar a la dama más bella de él, como por este que tenemos delante y que lo protege, ocultándolo, de visitantes indeseados.

—¡Claro! —exclamó Lord Crokinole—. ¡Un espejo! Eso explicaría el misterio de las dos lunas. Aunque hay cosas que no entiendo bien: si es un espejo lo que tenemos delante, ¿dónde se sostiene? Y, ¿por qué no refleja nuestro barco?

—Bueno —replicó el marinero—. No se sostiene en ninguna parte, bien porque es un espejo mágico o porque, en realidad, como dicen algunos, se trata de un fenómeno natural, semejante a los espejismos del desierto que, a veces, se dan también en alta mar. Y, en cuanto al reflejo del barco, puede que no estemos en el ángulo adecuado o porque, en efecto, sea un espejo mágico.

—En cualquier caso, no vamos a tener ocasión de comprobarlo. De detrás de ese espejo, o lo que sea, salieron los botes de los secuestradores de los tripulantes de El Temido. Si no han venido a por nosotros, debe ser porque todavía no nos han visto, así que fondearemos aquí la Victoria y haremos una discreta visita de incógnito a ese extraño reino.

Arrojamos al agua el dory en el que exploramos la situación de El Temido y, los mismos que habíamos regresado en él, enfilamos directamente el punto del horizonte en el que los vigías de nuestro buque nos indicaban la presencia de tierra a una milla escasa de distancia.

El rítmico bogar de los marineros, comandados por el señor Terophontax, nos condujo en poco tiempo al lugar donde las olas parecían chocar contra sí mismas, pero al llegar a él nada extraño percibimos. Por el contrario, el oleaje continuaba mansamente su camino hacia la orilla y ya veíamos dibujarse con claridad la línea de la playa. Fuera espejo mágico o fenómeno de refracción natural del aire, habíamos atravesado la barrera, sin notar choque o sacudida de ninguna clase.
En frente de nosotros se abría una ancha y solitaria ensenada, de aguas tranquilas, sin obstáculo aparente para llegar a la orilla.

—Mi Lord —preguntó el señor Terophontax—, ¿por qué no volvemos al buque y lo fondeamos en esta ensenada? Parece un lugar seguro y a propósito.

—Mejor seguimos nosotros. Después de la ilusión del espejo, no sé con qué otros trampantojos más podemos encontrarnos y, a lo peor, en este caso, la tranquilidad es asimismo ilusoria y acabemos por entrar en una rada erizada de bajíos y arrecifes, de la que después nos resulte difícil salir con bien.

No se cumplieron los temores de Lord Crokinole: la bahía resultó tranquila por demás, así que no mucho después nos hallábamos desembarcando en una espaciosa playa, en cuyas dunas venía a morir un denso bosquecillo de pinos de copa redonda. Pisando sus agujas, nos internamos en la isla hasta alcanzar un camino de tierra que serpenteaba desde la costa hacia el interior.

Llegó hasta nosotros un rumor de quejas, de modo que, por prudencia, decidimos ocultarnos en la espesura y, al poco, atisbamos la figura de un enano que subía el último repecho del camino, antes de coronar el pequeño altiplano desde el que lo observábamos.

Avanzaba el enano lastrado por la carga del descomunal queso que transportaba a la espalda, de casi el mismo volumen que él y, entre jadeos, venía rezongando:

—¡Negra suerte la mía, indigna de un ministro! La reina, dizque ofendida por nuestra inutilidad, me ha ordenado que no comparezca ante ella hasta que no encuentre quien quiera hacerse cargo de este enorme queso y pagar los cuantiosos impuestos que se devengarían por la inmensa cantidad que de él dejara de comer. Pero ¡si ya no queda nadie en el reino! ¿A quién demonios se lo voy a colocar!

—¡Pog Clinc come queso! ¡Pog Clinc come queso!

Y el Chester irrumpió en medio del camino, dando saltos de alegría, para asombro de enano ante tan extraña criatura.

Miró el recién llegado al cerdito con cierto recelo, pero debió sobreponerse a él la voluntad de endosar el queso de cualquier modo, así que se limitó a advertir:

—Puedes comer el queso que quieras, pero te he de cobrar el impuesto establecido para el que dejes de comer y ten en cuenta que el queso es casi de tu tamaño y debe pesar tanto como tú. ¿Tienes dinero para pagar el impuesto?

—Tratándose de queso para Pog Clinc, si hay que pagar algo, yo lo pagaré —dijo Crokinole, emergiendo de detrás del pino en que se hallaba oculto, seguido, para mayor sorpresa del enano, por todos los demás.

—No sé quiénes seáis, pero, si estáis dispuesto a pagar, ¡adelante!

Le tendió el queso al cerdo y extrajo de sus ropas una libreta pequeña y un lápiz gordo, con el que se preparó para calcular el impuesto que habría de pagarse por el que este no fuera capaz de comer.

Se abalanzó Pog Clinc sobre él y en menos tiempo del que se tarda en pestañear devoró tres cuartas partes del queso, tras lo cual dijo:

—Pog Clinc guarda resto para cuando más hambre.

—Lo siento —replicó el enano—, pero la cosa no funciona así: ahora he de hacer complejos cálculos para establecer la proporción que no se ha comido, en relación con la consumida, para determinar el importe de la cuota bruta, a la que se añadirían los recargos correspondientes, lo cual nos darán la cuota líquida resultante, que es lo que deberéis satisfacerme en el acto. De lo contrario os tendré que cobrar además los intereses de demora, cuyo cálculo, a su vez, me llevaría un tiempo que habría que sumar a la demora y tomarme a continuación otro rato más para calcular los nuevos intereses y así sucesivamente, por lo menos hasta la hora de la cena. La ley es la ley.

Dicho lo cual se enfrascó en complejas operaciones aritméticas, en el transcurso de las cuales, mientras las iba musitando, su expresión pasó de una mirada astuta con una despectiva sonrisa, a una frente que trasudaba, un rostro demudado y un rictus de pánico en la boca.

—¡No puede ser! —decía para sí—. He debido errar los instrumentos del cálculo usando un multiplicador pequeño y un multiplicando grande. Veamos.

Guardó en sus bolsillos el lápiz y la libreta que antes había sacado y, tras buscar en ellos, extrajo una libreta gorda y un lápiz diminuto.

—Ahora —murmuró— con el multiplicando grande y el multiplicador pequeño, la cosa debe variar y obtendremos el resultado correcto… pero ¿cómo es posible? ¡Es el mismo!

Tras repasar los números varias veces, se volvió resignadamente hacia nosotros y, con la voz a punto de quebrársele por el llanto, reconoció:

—De acuerdo con mis cálculos, la Hacienda Real le debe al cerdito el valor de un cuarto de queso… ¡Al final, no solo no he logrado recaudar, sino que hemos entrado en pérdidas! Y, encima, como no tengo aquí el dinero para pagar, he de volver a palacio por él y calcular los intereses de demora, que ahora corren en mi contra, por el tiempo que tarde, una y otra vez, por lo menos hasta la hora de la cena. La ley es la ley. ¡La reina me mandará cortar la cabeza por esto!

—¡Pero Pog Clinc no quiere dinero! ¡Pog Clinc cambia por cuarto de queso que falta!

Suspiraba ya de alivio el enano, pensando que solo tendría que dar cuenta del queso perdido, cuando intervino de nuevo en la conversación Lord Crokinole:

 

(continuará…)

Capítulo 12: El Reino del Espejo (1ª parte)

Cuando Lord Crokinole, el señor Terophontax, cuatro soldados británicos y yo mismo nos izamos a la cubierta de El Temido, no pudimos reprimir un escalofrío en la espalda ante la desasosegante sensación de soledad que esta producía. Nadie se veía en la cofa, nadie a las jarcias, nadie en el puente ni nadie en las cámaras. No había tampoco rastro de lucha, ni indicio de que los tripulantes hubieran sufrido alguna clase de violencia para verse obligados a abandonar la nave.

Nos cruzábamos entre nosotros, para explicar aquel páramo, las más alocadas hipótesis que, al poco, nosotros mismos íbamos descartando una por una: que si una ola gigantesca, que si un silencioso monstruo marino, que si alguna súbita epidemia… Y en esas nos hallábamos cuando, de improviso, saltó en la sentina el clamor de un tumulto de cacareos, aleteos y gruñidos, y hacia él nos dirigimos todo lo deprisa que nos dieron de sí las piernas.

El sollado estaba oscuro, como boca de lobo, así que solo pudimos percibir al descender hasta él un torbellino de plumas que giraban, atacando con denuedo a una figura que, en el centro les hacía frente con fiereza, soportando con entrecortados gruñidos la lluvia de picotazos, golpes y arañazos que contra ella se prodigaban. Al principio, nuestra irrupción no hizo sino aumentar el caos, pues todos nos vimos agredidos por aquellas furias aladas y nos defendíamos de ellas cada cual como podía, devolviendo de cualquier modo golpes por picotazos, de suerte que la bodega del barco se transformó en campo de Agramante.

—¡Quieto todo el mundo! —gritó el señor Terophontax, que, a la vista del caos que allí se estaba montando, había salido de la bodega y vuelto a entrar en ella con un fanal prendido.

A su voz, nos detuvimos todos, tirios y troyanos, e iniciamos una especie de rueda de reconocimientos que, de haberse producido antes, nos hubiera librado de alguna que otra magulladura o de más de un arañazo:

—Benavides, ¿por que no avisas? —preguntó una irritadísima Petra, que junto con las otras dos gallinas y sus múltiples polluelos habían formado el más animoso frente de la lucha.

—¡Pog Clinc! ¿Como diablos…?

—¡Capitán Kid…!

Y rompimos todos a hablar a la vez, con lo que, por lo pacífico, casi retornamos al maremagnun del que acabábamos de salir.

—¡A ver, por favor, más despacio y con orden, que podamos enterarnos de todo! —casi suplicó lord Crokinole.

Se adelantaron entonces las gallinas, a las que con un gesto dimos preferencia, por parecernos las testigos más próximas de lo ocurrido a los otros tripulantes del barco:

—Navegábamos con un mar tan plano que hasta la muchacha pelirroja tuvo tiempo de venir con nosotros, como le había prometido a Benavides y decirnos la historia del Polligato

—¿El qué? —interrumpió Lord Crokinole.

—El Polligato, una extraña criatura que no sabe si es pollo o gato, hasta que un búho le hace ver que es las dos cosas o ninguna de las dos, porque no es nada más que un dibujo. Es una bonita historia. Nosotras salimos en ella.

—Pero a mí ese no me la da —interrumpió Purpurina—. Es un disimulado que se quiere merendar nuestros polluelos. ¡Si lo sabré yo!

—¡Anda ya! —terció Perla—. ¡Si no tiene medio guantazo y es un desgraciado!

—¡Mosquita muerta, eso es lo que es! ¡Y fíate tú de las mosquitas muertas!

—Yo creo que solo es alguien confundido por la urgencia de identidades que prima hoy en día —intervino filosófica Petra.

—No entiendo nada —se desesperaba el excapitán Kid, en tanto el resto de los circunstantes ponían cara de lo mismo.

Como la cosa amenazaba con encallarse, tuve que intervenir:

—Se trata de una historia que me contó Matías y que mientras decidía si debía preservarla o no, guardé entre las páginas del cuaderno de bitácora, donde la hallaría Lady Victoria. A falta de otra cosa, debió pensar que sería buena idea usarla para entretener a los miembros de la Sociedad Literaria. Pero no tiene mayor importancia. Petra, prosigue, por favor, con tu cuento.

—Pues a lo que iba: nos había leído ya lady Victoria el pasaje en que nosotras salimos y que nos pinta tan a lo vivo que mismamente parece que nos estuviéramos viendo…, yo llevando del ala a mi Borja Mari…, cuando nos distrajo del cuento una voz que pedía permiso para subir al barco. Todos los que alcanzábamos nos pusimos a mirar por la borda y recuerdo que los polluelos empezaron a desbandarse y corretear, como suelen, de un lado para otro, sin dejar de preguntar con atropello: «¿Quién es, mami? ¿Quién es?». Los mandé callar en lo que yo misma me informaba y vi que rodeaban el bergantín cinco o seis barcas tripuladas por bellas floristas, portando unas bateas planas, repletas de flores azules. Lo más curioso es que ni veíamos entonces, ni habíamos visto antes, tierra alguna de donde las barcas se hubieran hecho a la mar y, cuando el capitán Laurel miró hacia arriba para reprochar a la Mariquita vigía que no nos hubiera dado aviso de que estas se aproximaban, la halló, como siempre, dormida junto a su inseparable botella de grog. Al final, la calma y serenidad que transmitían las floristas y la belleza de las flores que se apreciaban en sus bateas, hizo que el capitán Laurel, a ruegos del resto de la tripulación, consintiera en que aquellas se izaran a bordo. No bien se hallaron en el barco, empezaron a repartir entre cuantos aquí nos hallábamos lo que nos dijeron eran flores de loto azul, que ofrecían como regalo de bienvenida a su mundo. Nos dijeron que, para apreciarlas del todo, era preciso fijar intensamente los ojos en ellas y veríamos emerger de sus delicados pétalos azules una hipnotizadora multitud de fascinantes imágenes y embriagadores sonidos. Intenté hacer lo que se nos decía, pero, la verdad, ni vi, ni oí nada, y me percaté de que a Perla y Purpurina le pasaba lo mismo. Digo yo que sería porque, como nuestros ojos no están uno junto al otro, sino cada uno a un lado de la cabeza, nos resultaba imposible fijar en la flor los dos a la vez.

»Al poco tiempo, nuestros compañeros, privados de consciencia y sin oponer resistencia alguna, fueron conducidos a las barcas por unos extraños y enormes peces negros, salidos quién sabe de dónde, que caminaban erguidos sobre piernas delgadas, bastante torpes, y por debajo de cuyas aletas ventrales asomaban unos cortos brazuelos. No pudimos ver más porque, asustadas y temiendo por los polluelos, vinimos a refugiarnos a la bodega, en la que permanecimos ocultas un buen rato. Al cabo de un tiempo, oímos ruido en la cubierta —sin duda se trataba de vosotros— pero, temiendo fueran los peces que venían de nuevo en nuestra busca, procuramos retirarnos más hacia el vientre de la nave y ahí fuimos sorprendidas y atacadas por este bicho tan raro, al que ya antes trajeron al barco, de donde huyó, pero que, en la oscuridad de la sentina, no sabíamos quién, ni qué era, por lo que nos defendimos de él lo mejor que supimos.

Concluyó la gallina su relato, que nos suscitó dudas nuevas, sin reafirmar ninguna de nuestras antiguas certezas y todos miramos interrogativamente a Pog Clinc, quien arguyó:

—Pog Clinc no sabe nada. Pog Clinc en bodega de barco para buscar queso, mientras piratas buscan tesoro de capitán Kidd y Pog Clinc encierra en cueva. Ellos salen de ahí sin que Pog Clinc sepa cómo y barco zarpa con Pog Clinc dentro. Pog Clinc pide perdón capitán Kidd porque Pog Clinc ya no guarda tesoro.

Enternecido, Lord Crokinole, lo puso al corriente de lo sucedido desde que, llevando el cofre con las monedas de chocolate, se internó en el islote para ocultarlo, tras de lo cual el cerdito se limitó a encogerse de hombros:

—Pog Clinc hace su trabajo. No culpa de Pog Clinc. Pog Clinc quiere queso.

Se echó a reír el antiguo capitán Kidd y prometió nombrar al Chester interventor mayor de la industria quesera de la isla de Crokinole. Cuando, después no pocos esfuerzos para explicárselo, entendió este la naturaleza del cargo, se mostró muy satisfecho y no paraba de bailotear, salmodiando:

—Pog Clinc guardará mucho queso. Pog Clinc comerá mucho queso.

Anclamos El Temido para que no lo arrastraran el oleaje o las corrientes y volvimos a la Victoria, en la que, según el barullo que, a medida que nos aproximábamos, llegaba a nuestros oídos, parecía reinar un clima semejante al que habíamos vivido en el bergantín.

Los gritos de una encolerizada discusión entre los marineros cruzaban la cubierta de un cabo a otro:

—Así me hagáis azotar mil veces, yo he visto lo que he visto y no me he de desdecir de ello —gritaba un irritado marinero, en quien, despojado de su camisa y con el torso desnudo, otro dos se aprestaban a cumplir la tanda de azotes a que había sido condenado por el segundo de a bordo y oficial al mando de la balandra, el señor Layermoore.

—¿Qué está sucediendo aquí? —preguntó imperativo Lord Crokinole.

Capítulo 11: El capitán Kidd (final)

Me giré con brusquedad, solo para encontrarme de frente con tres amenazadoras bocas de pistolas que el señor Haukins y otros dos compañeros suyos esgrimían y con las que me conminaban a que me diera preso. Asentí, aparentando docilidad y en cuanto noté que la tensión de su vigilancia se relajaba un poco, volví la cabeza y grité a todo pulmón, con la esperanza de que Pog Clinc me oyera:

—¡Ponte a salvo! ¡No vuelvas al barco y lleva el tesoro a buen recaudo! ¡Volveré a buscarte, lo prometo!

Para mi mayor desconcierto, los hombres que me vigilaban no hicieron asomo de silenciarme, antes al contrario, redoblaron sus risas y sus rechiflas.

—Con respecto a Pog Clinc, tanto nos da que vuelva, como que no. Es más, si no lo hace, será trabajo que ahorraremos. En cuanto al tesoro, hace ya días que los doblones auténticos se guardan en la caja de las monedas de chocolate y son estas la que han ido a parar al fondo del cofre. Si Pog Clinc comiera algo distinto al queso, tendría con qué entretenerse antes de morir de aburrimiento y abandono en esa asquerosa isla. Por lo que a usted se refiere, seguimos escrupulosamente las instrucciones que nos dio Lord Sandwich, que usted mismo me entregó en aquel sobre lacrado: en él nos decía que si tenía la habilidad y osadía necesarias para esquivar las asechanzas del bandido Jack Sheppard y su tropa, le diéramos la oportunidad de ver cómo se desempeñaba al mando del barco, y, si lo hacía bien, lo aguantáramos hasta obtener unos beneficios razonables, después de lo cual, deberíamos deshacernos de usted de la manera que se nos antojara. Así, tales beneficios solo habrían de repartirse entre él y nosotros, como hemos venido haciendo desde siempre, en los muchos años que llevamos al servicio de Lord Sandwich. Y ahora, si no le importa, tenga la bondad de acompañar a estos señores hasta su nuevo camarote, en la sentina del buque, en tanto decidimos qué destino darle.

Pasé ignoro cuánto tiempo sumido en la profunda oscuridad que reinaba en el vientre del navío, en la que lo único que llegaba a percibir del exterior era la mayor o menor agitación del mar, que se transmitía inmediatamente a las tablas del buque y de ahí a mi propio cuerpo, obligado a permanecer en posición semiyacente por la estrechez de hediondo cubículo al que se me había arrojado.

Por fin, a la luz dudosa de un crepúsculo que en esos momentos no sabía si matutino o vespertino, vinieron a buscarme y me condujeron a mi propio camarote, ocupado ahora por el señor Hawkins.

—Va a tener, capitán, ocasión de rendirnos, quiera que no, un último servicio. Para volver a Plymouth tenemos que pasar necesariamente por la vecindad de los Promontorios del Microcosmus y aquí al amigo Peter Jotha —y al decirlo señaló a un sujeto bajo, de ojos un poco estrábicos, nariz chata y aplastada y una delgada barba pelirroja, quien, al sentirse aludido, sonrió, dejando ver unas muy poco pobladas encías, en cada una de las cuales morían de soledad un par dientes muy torcidos y negros— se le ha ocurrido que para pasar con más seguridad, podemos ponerle al monstruo un señuelo en forma de almadía, encima de la cual ira usted, mi capitán. En tanto el Kraken se entretiene con ella y da cuenta de su Excelencia, nosotros podremos atravesar tranquilamente sus aguas, rodeando uno de los promontorios. Ingenioso, ¿verdad?

No me tomé la molestia de responder palabra, así que, en medio de la algarabía de los piratas, se echó al agua una frágil balsa, compuesta de no más de cuatro pedazos de uno de los mástiles de repuesto, unidos de mala manera entre sí por un par de cabos medio podridos y se me obligó a subir a ella, sobre la que solo podía mantenerme en un inestable equilibrio.

Arrastró la Hispaniola la balsa durante un trecho y, cuando notaron que la había cogido la corriente y la empujaba hacia el centro del paso por entre los dos promontorios, arrojaron la amarra y viraron a babor con idea de rodear uno de ellos y bordearlo por fuera.

El truco de la almadía fue, sin embargo, un fatal error de los piratas: quizás porque carecía de calado, no llamó en absoluto la atención del monstruo, quien debió confundirla con unos simples troncos que flotaban en la mar. Lo vi llegar hasta cerca de la superficie, pasar en toda su enorme longitud por debajo de la balsa, sin tocarla, ni reparar para nada en ella y doblar la prominencia marina, emergiendo justo por detrás de la Hispaniola, a la que apresó con sus múltiples tentáculos, deshizo como si fuera un azucarillo y engulló con toda la tripulación y su carga al completo. En solo unos breves minutos, el orgulloso barco de Lord Sandwich había quedado reducido a unos cuantos pedazos de tablas y algunos cabos rotos sobrenadando en las oscuras aguas que circundaban ambos promontorios.»

—¡Vaya! —dije casi para mí—. ¡Otro brillante capítulo para el tratado malacológico del señor Pontoppiden!

—¿Perdón, Mr. Benavides?

—Disculpad. Solo son cosas mías, sin importancia. Recordaba, a propósito de vuestro cuento, cierta ennegrecedora experiencia que tuvimos algunos tripulantes de El Temido con el Microcosmus.

Tras esta casi involuntaria digresión, Lord Crokinole prosiguió con su relato, del que, pese a haberme invitado a su barco en calidad de rapsoda, había acabado por transformarme en atento auditorio:

«El capricho de las olas y de las corrientes fue zarandeando la balsa de un sitio a otro, sin que pudiera yo gobernarla en forma alguna ni tener el control de a dónde me llevaba. Temía, con razón, que de no empujarme pronto a alguna orilla, acabaría por perecer de hambre y sed, o por ser pasto de algunas de las inquietantes criaturas marinas que, de cuando en cuando, se aproximaban y cuyas oscuras aletas triangulares veía emerger y dar vueltas en torno a ella.

Quiso, no obstante, la fortuna que, con vida y entero aún, la almadía fuera arrastrada por el oleaje hasta las costas de la isla de Crokinole, que entonces se llamaba de Minos, aunque no de manera tan suave que no se hiciera pedazos contra los arrecifes y me viera obligado a nadar hasta una ensenada de regular tamaño, en la embocadura de una ría, por donde trasegaban multitud de embarcaciones de muy diversos calados y oficios.

Fui socorrido con presteza y llevado hasta la ciudad ante las autoridades de la isla, una vez que di cuenta de mi patria y calidad, usando mi nombre verdadero y no el seudónimo de capitán Kidd, al que hice quedar por muerto de manera definitiva, por temor a que se me reconociera como pirata y hubiera allí también cuentas pendientes con la justicia por ello.

En el camino, me refirieron la triste situación en que aquel reino se hallaba, con la heredera al trono víctima de un hechizo que la mantenía sumida en un profundo sueño del que solo podría despertarla el beso de un apuesto príncipe, que, lamentablemente, no acababa de aparecer.
Cuando fui presentado al anciano rey Minos como un aristócrata inglés, que había naufragado no lejos de las costas de la isla, este, despertándose de súbito del sopor en que se hallaba sumido, me preguntó si mi familia estaba entroncaba, aunque fuera de manera remota, con alguna casa real.
Recordé entones que mi padre solía contar que, entre nuestros antecesores, se encontraba no sé qué oscuro príncipe sajón, lo cual acabó de despertar el entusiasmo de su Majestad, quien, levantándose del trono con una ligereza absolutamente impropia de sus muchos años, exclamó:

—Vayamos sin dilación a la cámara real en que mi hija reposa y, al menos, hagamos la prueba. Algo me dice que esta puede ser la buena. También es la única ocasión que se nos ha presentado en hace ya no sé cuántos años.

Mientras recorríamos los laberínticos pasillos del castillo de Minos me asaltaron multitud de dudas y vacilaciones e hicieron presa de mi ánimo algunos pensamientos insidiosos:

—Si en tantos años como ha que duerme —me decía— la princesa, no se ha despertado con el beso de algún príncipe, pese a la enorme recompensa que ello traería aparejada, solo puede ser por dos motivos: o el asunto de beso no funciona para deshacer ese hechizo y, en realidad, no está dormida, sino muerta en vida; o la princesa es fea cono un sapo y no ha habido príncipe que haya querido besarla.

Ambos temores resultaron, sin embargo, infundados: la princesa no es que fuera una belleza de cuento, pero los cabellos pelirrojos que ondeaban sobre la lujosa almohada, la piel pecosa del rostro de nariz ligeramente respingona, los firmes labios de color rosa pálido y la más que regular figura que se traslucía a través de las finísimas sábanas de Holanda con que estaba tapada, la hacían sumamente atractiva, incluso antes de contemplar la inteligente y risueña mirada que habría de exhibir una vez abiertos los ojos.

No me entretuve en muchas consideraciones y, con cierto embarazo por la expectación que se creaba a mi alrededor, puse mis labios encima de los de la durmiente, quien reaccionó inmediatamente, abrió los párpados de par en par y, mirando en torno, preguntó extrañada, sin saber todavía muy bien dónde se hallaba:

—¿Qué pasa? ¿Es que me he dormido?

Lo demás de la historia lo conoce de sobra. Nos enamoramos, nos casamos, nació Lady Victoria y después surgieron las complicaciones que ya sabe, tras esa nueva intervención de la maldita Croma en la vida de los reyes de Minos. A raíz de ella, volví a Inglaterra para negociar su adscripción al Imperio, cambiando el antiguo nombre de la isla por el mío y el título de reyes por el de gobernadores perpetuos, aunque los miembros de la familia real mantengan el de reyes-gobernadores, que será el que un día, Dios mediante, ostentará Lady Victoria. En mi vuelta a Inglaterra, quise ajustar cuentas con el duque de Sandwich, pero supe que el señor Montagu había fallecido solo unos meses antes y sus bienes y títulos divididos entre sus muchos hijos, por lo que hallé inútil cualquier tipo de venganza. Me limité a entrar en contacto con el Almirantazgo para solicitar un nombramiento naval y el permiso para batir estas aguas, luchando contra la piratería., tan abundante entonces en ellas, aunque ya casi solo queda vuestro escurridizo capitán Laurel, con quien no he conseguido hacerme en todos estos años. Perseguía con ello, además de mi venganza, tener ocasión de hallar la isla en que quedó el bueno de Pog Clinc y saldar la inmensa deuda de gratitud que con él tengo contraída por los muchos servicios prestados y sacrificios realizados en mi nombre. Pero hasta ahora no he tenido suerte y sigo sin conocer cuál ha sido su destino, después de tantos años.»

—Pues, en verdad, nunca se ha encontrado muy lejos. Nos topamos con él en un islote a poco más de un día de navegación de la isla de Crokinole, al que arribamos cuando Lady Victoria nos liberó del calabozo. Aún sigue custodiando el tesoro, sin saber que sus monedas son de chocolate; lo cierto es que se muestra muy tenaz en el empeño y espera con paciencia vuestro retorno.

La alegría y la sorpresa por las noticias que le daba se desbordaron en el rostro de Lord Crokinole, siempre contenido a la hora de expresar emociones: prometió rescatarlo de su islote en cuanto fuera posible en el viaje de vuelta y darle a comer todo el queso del mundo.

En ese instante, sin embargo, acabó con nuestro entretenido encuentro el señor Terophontax, al irrumpir en la cámara con una alarmante noticia:

—Señor, El Temido se encuentra a la deriva delante de nosotros. No se ve a ninguno de sus tripulantes. Enteramente parece un buque fantasma.

Capítulo 9: La isla de los tres Robinsones (final)

Al percatarse de la presencia en el cuarto del resto de nosotros, hizo ademán de apoderarse de su sable, depositado, junto con sus ropas de día, en una silla a los pies del camastro, pero Lucas, anduvo más rápido y se hizo con él y con una pistola que debajo estaba oculta. Lo encañonó con ella y, con voz firme, le pidió:

—Milord, mejor quédese en cama por ahora, que aún falta mucho para clarear el día.

No pudimos menos que reírnos todos de la ocurrencia del muchacho, salvo lord Crokinole que, furioso y humillado, exclamó:

—¡Malditos piratas…!

Ni siquiera volvió a abrir la boca, mientras Maeve y Melusina lo ataban con fuerza a la cama del capitán para evitar que nos causara problemas en tanto poníamos el bergantín a salvo del buque inglés y llegábamos a la bahía, donde nos aguardaban nuestros compañeros. Allí nos aconsejaríamos con ellos sobre lo que procedía hacer con el cautivo.

Nos recibieron los otros tripulantes de nuestro barco con muestras de gran alegría y el capitán Laurel no pudo reprimir un gesto de satisfacción cuando subió a la nave, en compañía de los demás, tras izar a bordo los toneles llenos de agua. Se ensombreció, sin embargo, su rostro al divisar en el horizonte las velas de la Victoria que se mantenía al pairo a una distancia prudencial de nosotros.

—¿Os vienen siguiendo?—preguntó extrañado.

—No parece que le quede otro remedio, capitán —respondió Yoguina—. Venga a ver esto.

Lo condujo, seguidos los dos por el resto del comando, hasta su propia cámara, a cuya entrada le mostró la cama, en la que, amarrado con firmeza, nuestro prisionero se debatía inútilmente contra sus ligaduras.

—¡Voto a Bríos! ¿Cómo lo habéis conseguido?

—De pura casualidad. Lo encontramos durmiendo en esa cámara, sin que hayamos tenido tiempo ni ocasión de esclarecer las razones por las que estaba allí.

—Y la chica ¿qué dice de esto?

—Tampoco nada de momento.

—Dejadme un instante a solas con él. Intentaré resolver esta situación y neutralizar el peligro que supone tener a esa maldita balandra colgada de nuestra chepa en una conversación de marino a marino, si es posible.

Atendiendo su deseo, los dejamos conversar cara a cara por espacio de más de una hora.  Durante ese lapso de tiempo se alternaron periodos en que el diálogo transcurría en un tono normal y hasta bajo, con otros, cada vez más frecuente, en que ambos interlocutores parecían enardecerse, elevaban la voz y terminaban por gritarse e insultarse el uno al otro.

Al cabo de un rato, el capitán Laurel abandonó bufando la cámara:

—¡Maldita mula inglesa testaruda! Se empeña en que tenemos secuestrada a su hija y que no ha de parar hasta rescatarla, así lo arrojemos a lo profundo del océano.

—Puede que sea bueno que hable con él lady Victoria —sugirió Yoguina.

—No creo. Cuando se lo he dicho, me ha contestado que sabe que la tenemos coaccionada bajo algún tipo de amenaza y que, por tanto, no ha de creer nada de cuanto ella le diga que se aparte un punto de su idea. Así que lo mejor será dejarlo madurar en su cárcel, atado a la cama, y esta noche, antes de partir en la oscuridad para evitar a la balandra inglesa, veremos qué hacer con él.

Con las luces del crepúsculo y en tanto la oficialidad y el resto de la tripulación se ocupaban de la maniobra de desatraque, me hallaba en la antecámara del capitán, aprovechando los últimos rayos de sol que por los ventanales de ella se filtraban, para hacer algunas anotaciones en el cuaderno de bitácora de que se me había responsabilizado, cuando la puerta de estancia empezó a abrirse lentamente y con mucha cautela se introdujo por ella lady Victoria.

Sin mirar hacia donde me hallaba, lo que le impidió, al parecer, percatarse de mi presencia, se dirigió al camastro que seguía sirviendo de prisión a lord Alfred, quien, tras su turbulenta entrevista con el capitán Laurel, se removía inquieto en el lecho, presa de un desasosegado sueño.

Lo removió en silencio la muchacha y abrió aquel los ojos sobresaltado:

—¿Qué…? —acertó a exclamar.

Lo contuvo lady Victoria con un gesto, llevándose el dedo índice a los labios:

—Padre, escúchame, por favor…

—¡Pronto! ¡Libérame y huyamos! ¡La Victoria no puede estar muy lejos y, una vez en ella, podremos dar cuenta de este cascarón de nuez pirata!

—¡Te liberaré, sí, pero deja de engañarte de una vez! Sabes que estoy aquí por voluntad propia, y no forzada. Y lo estoy porque tengo que asumir una tarea que debieras haber realizado tú hace mucho tiempo. Pero sigues obstinado en negar los hechos para tranquilizar tu conciencia. Como no creíste a madre cuando te contó la visita de Croma y que su maldición seguía viva, para mí o para ella, decidiste pensar que lo que sucedió fue solo un accidente, que se clavó esa vieja espina de cactus por azar o por su obsesión con la bruja. En tu fuero interno sabes bien que no es así y proyectas tu frustración y tu odio contra ti mismo por ello hacia los piratas. En el fondo, sin embargo, los envidias. Quisieras vivir la vida libre que ellos viven y no la tuya, lastrada por la carga opresiva de tus remordimientos por lo que debiste hacer para salvar a tu esposa y a tu hija y no hiciste. ¿A qué si no abandonar tu espaciosa cámara en la Victoria y venirte a dormir en el estrecho habitáculo del capitán Laurel? Si no fuera porque sé que, en el fondo, la culpa no te deja vivir, diría que eres patético. Pero aún puedes redimirte, al menos, ante mis ojos. ¡Ayúdame en mi venganza de Croma!

Puesto por Victoria ante el espejo de su propia realidad, por el rostro duro y acerado de lord Crokinole se escurrían lagrimones como naranjas.

—Bien está. ¿Qué quieres que haga? —respondió al fin entre hipidos.

—Solo cesa de hostigarnos y mantente a distancia de manera discreta. Ayúdanos a sortear algún peligro, llegado el caso y, sobre todo, en la dura batalla final que habremos de trabar contra el espíritu de esa maldita bruja y sus fieles seguidores, en la que tu concurso y el de tus hombres será seguramente imprescindible.

Consintió en todo el aristócrata inglés, empeñando, incluso, su palabra.

Para sorpresa mía, que pensaba haber asistido de incógnito a tan singular entrevista, lady Victoria me conminó:

—Benavides, ayúdame a desatarlo, adelántate para ver si está despejada la ruta hasta la red y si está junto a ella, al pie del barco, el cayuco, como Lunes me tiene prometido.

—Pero —le repliqué desconcertado— a esta hora todos deben estar en cubierta, aprestándose para abandonar la isla. Será imposible llegar hasta la red y descender hasta el cayuco, sin que nos vean.

—Haz lo que te digo y no discutas —ordenó ella.

Me deslicé fuera de la cámara y curiosamente, aunque la cubierta y el puente hervían de actividad, se concentraba toda en el lado de estribor, en el extremo opuesto a donde la red colgaba del costado del buque.

Les hice la seña convenida y los tres, sorteando al resto de la tripulación, descendimos hasta el cayuco.

—Llevadlo a la playa. Allí enviarán a recogerlo de la balandra.

—Perfecto —replicó Viernes.

—Y, por cierto —inquirió lady Victoria—, ¿vosotros os quedaréis en la isla?

—Sí —dijo Lunes riendo—. Aunque algo habrá que cambiar las cosas. Daremos un golpe de estado y confinaremos durante un tiempo a las tres naciones en un espacio pequeño a ver si, con la proximidad, aprenden a convivir, aunque no sé…

—¿Y eso? —pregunté

—Le he oído decir con mucho convencimiento al señor Def, por ejemplo, que, para vivir con otros, se funda una comuna, no se naufraga en una isla desierta.

Mientras el cayuco ponía rumbo a la costa, trepamos nosotros por la red y al llegar arriba nos encontramos con que todos miraban alejarse al bote con gesto de alivio.

—¿Por qué esta comedia? —pregunté al fin extrañado.

—Para no humillar más a lord Crokinole —respondió el capitán Laurel—. No había ninguna necesidad.

Capítulo 9: La isla de los tres Robinsones (2ª parte)

—¿Dónde está tu compañera?

—Se había bebido una botella de grog y debió de quedarse dormida en la cofa. Por eso no vio aproximarse la chalupa y no dio la alarma.

—¡Maldita borracha! ¡La mandaré colgar del palo de mesana por esta negligencia, si recuperamos el navío!

—Antes de llevarse el barco, me arrojaron al agua cerca de la costa para que os dijera que solo os lo devolverían si entregáis a la chica y que ya os avisarán de algún modo de las condiciones para el intercambio.

—Rápido, Benavides, haz venir a lady Victoria y a los muchachos. Tenemos que formar consejo y ver cómo solventamos este negocio.

Corriendo todo lo que mis más bien cortas piernas me permitían, subí de nuevo hasta el claro y, con voz entrecortada por la fatiga, les expuse los acontecimientos en la esquina donde el ágape se celebraba.

Se levantaron con rapidez los comensales y los muchachos, seguidos por los nativos, se precipitaron aguas abajo del riachuelo, llegando a adonde Laurel nos esperaba en un quítame allá esas pajas. Allí les pusieron al corriente de los pormenores del secuestro.

—Y ¿qué podemos hacer? —preguntó Iker con desespero.

Me percaté en ese momento de que Lunes, el refugiado del conjuro, hacía un gesto de complicidad a lady Victoria y ambos se apartaban un trecho del lugar donde los demás se devanaban los sesos para recuperar el barco.

Los seguí con sigilo y pude así oír la interesante conversación que en voz baja mantuvieron:

—El barco que ha capturado al vuestro —decía el nativo— está fondeado en una pequeña rada que hay al otro extremo de la isla a medio día de marcha de aquí. Lo descubrimos ayer mientras buscábamos presas para la comida que hoy hemos compartido. El problema es que, desde tierra, es inaccesible.

—Habrán llevado allí a El Temido, pero ¿cómo llegar a ellos?

— Hay una forma cómoda y rápida de aproximarnos a los buques.

—¿Cuál?

—Nuestro cayuco. Si lo manejamos además nosotros y vosotros os ocultáis en su fondo, podremos acercarnos de noche, bordeando la costa, a los barcos anclados, sin levantar sospechas y liberar el vuestro con un golpe de mano.

—Creo que no hay otra solución… ¡Capitán! Nuestro amigo Lunes tiene un atrevido plan que puede que tenga éxito. Sobre todo, si contamos también con la ayuda de Melusina y Maeve.

Tardamos muy poco en armar el comando que habría de liberar a El Temido y que estaba integrado por los tres refugiados, Iker, Lucas y lady Victoria; Yoguina, que debía pilotar el navío, si conseguíamos recuperarlo, hasta la bahía donde esperarían los demás, las hadas y yo mismo, que me ofrecí voluntario para oficiar de cronista puntual de los acontecimientos, como era mi obligación.

A pocos metros del claro de las secuoyas, de la que no nos habíamos apercibido porque la ocultaba una espesa cortina de enramadas, había una espaciosa playa de arena blanca, en un extremo de la cual se encontraba amarrado el cayuco de los nativos, una embarcación larga y estrecha, semejante a una canoa, de no mucho calado.

Para pasar más desapercibidos, Maeve y Melusina redujeron el tamaño de los chicos y así pudimos disimularnos todos en el fondo del bote, en tanto los nativos, empuñando cada uno su remo, empezaron a bogar para separarnos de la orilla.

Doblamos, al cabo de poco tiempo, la punta de un pequeño saliente de rocas y apareció entonces ante nuestros ojos el resguardado puertecillo natural, en cuyas tranquilas aguas flotaban, anclados a su fondo y mecidos con blandura por un oleaje suave y rumoroso, El Temido y la Victoria.

Aprovechando las sombras del atardecer, que ya empezaban a cernirse sobre la isla y el escaso calado del cayuco, navegamos pegados a la costa. Pudimos observar que nuestros enemigos tenían descuidada por completo la vigilancia de aquel costado del barco, orientado hacia poniente, en el que se hallaba la isla, pues la tenían concentrada en la punta norte, por donde ellos se habían aproximado y hecho presa en el bergantín.

—Melusina, Maeve —dijo lady Victoria en un susurro—, encostada a la mampara de popa está todavía la red que usamos para descender en el islote del Capitán Achab. Volad hasta allí y dejadla caer, para que podamos trepar por ella.

—¿Quién vive? —tronó en ese momento la voz de un vigía que, con un fanal en la mano intentaba inútilmente identificar a los dueños de las voces, cuyos susurros había creído percibir.

—Nosotros no ilegales. Nosotros papeles —gritaron los nativos agitando unos imaginarios que el vigía no podía ver por la oscuridad reinante.

—¡Marchaos y no molestéis más o abordaremos el cayuco!

—¡A la orden, mi almirante! ¡Ahora mismo! —dijo Viernes riendo y sin que ninguno hiciera el más mínimo movimiento para retirarse del casco.

El vigía, sin embargo, se había dado por satisfecho y se alejaba silbando hacia el otro costado del buque.

Cuando nos apercibimos de que aquel abandonaba su ronda y, creyéndose libre de enemigas asechanzas, se refugiaba en el castillo de popa dispuesto a descabezar un sueñecillo, Maeve y Melusina emprendieron su vuelo con un sigilo tal que ni siquiera dejaba oír el tenue murmullo del batir de sus alas translúcidas.

Con no poco trabajo consiguieron las hadas descolgar de nuevo la red desde la amura de babor y por ella trepamos todos. Ya en cubierta y recuperado su tamaño normal, los chicos neutralizaron al marinero inglés que dormitaba junto a la rueda del timón, del que se hizo cargo Yoguina, mientras Maeve y Melusina volaron hasta la cofa, donde descubrieron, todavía durmiendo y sin haber salido de su estado de embriaguez, a la mariquita vigía.

No sé si por desidia o por exceso de confianza, sus captores no habían anclado a El Temido al fondo de la rada, sino que se habían limitado a tender un cabo que lo mantenía quieto y unido a la balandra inglesa. Lo cortamos a hachazos y, desplegando solo foque y trinquete para aprovechar la brisa de poniente, enfilamos la proa hacia la salida del puerto natural, de modo que, cuando desde la Victoria dieron los primeros gritos de alarma, habíamos alcanzado ya una ventaja bastante apreciable, que aumentó porque el navío inglés demoró de manera incomprensible el inicio de las maniobras de levado de anclas y de despliegue del velamen. Más extrañeza aún nos causó percatarnos de que, pese a estar a tiro, los soldados ingleses se mantenían quietos, acodados a la borda, con los mosquetes aprestados, contemplando cómo nos alejábamos de ellos poco a poco, pero sin hacer un solo disparo.

—Tal vez habrán reconocido a lady Victoria y se abstienen de disparar para no herirla —sugirió Yoguina, extrañada por la facilidad con que nos salíamos con nuestro propósito.

Aún especulábamos en torno a ello, aportando cada uno su opinión sobre el negocio, cuando Maeve y Melusina, que habían realizado una rápida inspección de todo el barco para cerciorarse de que no quedaban más enemigos dentro, llegaron volando raudas al puente:

—Tenemos un problema serio —dijo Maeve—. Durmiendo. En la cámara del capitán.

—Pero, ¿qué sucede? —preguntó alarmada Yoguina.

—¡Venid!

Bajamos todos en tropel y entramos en el estrecho habitáculo en que otrora se retiraba a descansar el capitán Laurel. Ocupando su catre, se restregaba los ojos, cubierto con un gorro de dormir terminado en borla y vistiendo un ridículo camisón blanco, despierto, sin duda, por nuestra ruidosa irrupción, el mismísimo lord Alfred de Crokinole.

—¡Pero… papá! —exclamó sorprendida su hija.

—¡Victoria! ¿Cómo…?

Capítulo 8: El esqueleto el Capitán Achab (primera parte)

Lo que peor llevaba era la orden de silencio absoluto que el capitán Laurel había impuesto, mientras navegábamos por aquel banco de niebla. Los jirones que envolvían el navío casi hasta ensordecer el ruido de la quilla, mientras cortaba el débil oleaje, se hacían cada vez más espesos y nos impedían ya columbrar la tranquila lámina de agua por la que nos deslizábamos, empujados por la corriente. Más que navegar, hubiérase dicho que volábamos entre nubes.

Todo empezó cuando, tras constatar la falta de juicio de Pog Clinc y la inutilidad del tesoro que guardaba, abandonamos la isla y reemprendimos el rumbo nor-noroeste que nos recomendara Merlín, en busca de nuestro destino.

Acodado en la balaustrada de madera que separaba el puente de la cubierta, conversaba con Matías, mientras contemplaba cómo bromeaban Iker, Lucas y Lady Victoria.

—Con los muchos días de navegación que llevamos, es de suponer que los padres de estos chicos deben estar desesperados buscándolos. Incluso han debido ya acudir a las autoridades para denunciar el caso.

—¡Bah! —replicó él—. En cuanto a eso no es de preocupar. No olvides que estamos en el interior de la sima y en las simas el tiempo se comporta de manera caprichosa: lo que, para nosotros, son horas o días, fuera de ella son apenas minutos. Hay quienes afirman haber pasado tres días en el interior de una, sin que, para los que aguardaban fuera, hubieran transcurrido más de media hora.

—Qué curioso —dije pensativo—. Pasa lo mismo que con las historias: el tiempo no discurre igual para quienes viven dentro de ellas, que para quienes las leen u oyen contar…

Interrumpió lo que podía haber sido una notable disertación el aviso de nuestras vigías, haciendo notar que unas velas familiares se dejaban ver por la aleta de babor, cuando no hacía mucho que habíamos abandonado la rada donde El Temido estuvo fondeado.

—Es la Victoria. No cabe duda —dijo el capitán, tras observarla con un catalejo—. Está más cerca de lo que quisiera. Ha debido ceñir por la costa de la isla y solo cuando hemos salido a mar abierto se ha dejado ver porque no le quedaba más remedio. Sin duda planeaba un golpe de mano para apoderarse del bajel, sin poner en peligro a la muchacha. No le daremos ese gusto. Contramaestre: ¡a toda vela!

Dejó Matías nuestro tranquilo coloquio y corrió de un lado a otro del puente, vociferando e impartiendo órdenes que pusieron en movimiento a toda la marinería y convirtieron la cubierta en un activo hormiguero, donde cada uno de dirigía a sus ocupaciones
Emprendimos entonces una veloz huida, largando todo el trapo, al amparo de una suave brisa que henchía nuestras velas y, durante un breve lapso de tiempo, pareció que nos despegábamos del navío inglés, poniendo agua de por medio. Pronto se hizo evidente, sin embargo, que la Victoria recortaba con rapidez la ventaja que le sacábamos, hasta colocarse a poco más del largo de un tiro de cañón, momento en que lanzó un disparo de aviso. Se hundió la bala en el mar, bastante antes de llegar a nuestro buque.

—Capitán, están izando banderas de señales —advirtió la mariquita vigía.

Pegó el ojo de nuevo el capitán al catalejo y leyó el código de señales de las banderas.

—Quieren parlamentar.

—Valga, Cabo, contestadles por el mismo medio que accedemos a que un bote con no más de tres tripulantes se aproxime hasta un tiro de pistola del bergantín. Desde esa distancia podremos hablar de manera cómoda y segura para ambas partes —ordenó, dirigiéndose a los ciempiés, quienes le obedecieron con presteza.

Pronto vimos destacarse de la balandra un pequeño caique, empujado por dos remeros, en cuyo centro destacaba la imponente figura de Lord Crokinole, en uniforme de gala y luciendo un bicornio de vicealmirante, adornado con negra pluma de avestruz y ribeteado por una cinta dorada en todo su perímetro.

Cuando llegaron a la distancia acordada, el inglés, ayudándose de una enorme bocina que multiplicaba el sonido de su voz, nos gritó:

—Capitán Laurel, si me devuelve sana y salva a mi hija, secuestrada a traición por los felones piratas Iker y Benavides, prometo dejar marchar libremente vuestro navío, a donde quiera que vayáis.

Le replicó el capitán, sin necesidad de recurrir a tal artilugio:

—Creo, milord, que andáis errado en vuestras noticias. La chica no ha sido secuestrada por nadie, sino que ha venido aquí por propia voluntad. Incluso sin ser invitada.

—Entregádmela en ese caso y no se hable más.

Negó con la cabeza el capitán Laurel y contestó.

—Me temo que eso ya no va a ser posible. Pidió ingresar en la Cofradía de Bucaneros del Mar Interior y fue admitida como tal; un miembro de esta cofradía no puede ser obligado a abandonar su navío, bajo ninguna circunstancia. Son las leyes de la piratería, por las que nos regimos en este barco y que no vamos a desobedecer para dar gusto a un inglesito por muy vicealmirante o lord nosecuantos que sea.

—¿Mi hija, pirata? —gritó excitado el inglés—. ¿Qué le habéis hecho para convencerla y obligarla a traicionar de ese modo a su padre?

—¿Yo? Nada —y el capitán Laurel se encogió de hombros.

—¿Podría, al menos, hablar con ella? Solo he de creer tamaña sarta de disparates como salen de vuestra maldita boca de pirata, si mi hija en persona me los confirma.

—Por supuesto —dijo Laurel. Y dirigiéndose a Yoguina: —Haz venir a Lady Victoria.

No fue preciso, sin embargo que esta la buscara, pues ella avanzó resuelta hasta la borda de popa, donde el parlamento tenía lugar, bien que, antes de llegar, se aproximó a mí disimuladamente y, tendiéndome un pequeño pistolete, me dijo por lo bajo.

—Cuando yo os dé la señal, disparad al aire. Hacedme este pequeño favor en pago de vuestra liberación del calabozo de mi padre. Permaneced atento y llevad cuidado de no herir a nadie.

Cuando Lady Victoria se ofreció a la vista de su progenitor, este, presa de la mayor irritación, le preguntó ávido:

—¿Es cierto cuanto dicen estos sucios piratas?

—Sí —contestó ella—. Y en cuanto a limpieza, se dan los puños a probar con tus marineros.

—Entonces, ¿estás dispuestas a seguir con ellos? —volvió a preguntar el inglés, ignorando la provocación de ella.

Asintió Lady Victoria y, desconcertado, insistió:

—¿Por qué?

—Lo sabes igual que yo, papá. Estamos directamente concernidos por el propósito que les guía, y alguna culpa nos cabe del mal que pretenden evitar.

—¡Eso son paparruchas! Y, si persistes en tu actitud y sigues con ellos, te desheredaré.

—Pero, papá, no puedes. Tú solo eres albacea y administrador de los bienes de mi madre hasta mi mayoría de edad. No puedes impedir que reciba una herencia que era suya y no tuya. Leí vuestras capitulaciones matrimoniales y la copia del testamento de madre que guardas en la caja fuerte de la biblioteca de palacio.

—¡Maldita mocosa sabihonda! ¡Haz lo que te venga en gana, pero olvídate de que tienes padre! —gritó lord Crokinole, al tiempo que ordenaba con un gesto imperativo a sus marineros bogar de regreso a la Victoria.

Apenas se habían alejado unas brazas de nosotros, cuando la chica me hizo la señal convenida, así que, con la boca del pistolete mirando al cielo, apreté el gatillo.

El disparo sobrecogió a todo el mundo y, en particular, al inglés quien, asustado, se arrojó al fondo de su barca.

—No han tirado contra nosotros —apuntó uno de los marineros—. Más bien parece un disparo fortuito.

—¡Ya lo entiendo! —exclamó—. Lady Victoria ha dicho esas cosas tan horribles porque nos mantenían amenazados a punta de pistola. Al terminar la conversación, el torpe pirata que nos apuntaba ha debido relajarse y se le ha escapado el tiro. ¡Remad de prisa! ¡No quiero volver a perder de vista ese maldito bajel!¡He de recuperar a mi hija!

—Pero, ¿qué haces, Benavides? ¡Ya has vuelto a meter la pata! —me recriminaron las hadas, al sorprenderme con el pistolete todavía humeante en las manos.

Se volvieron todos hacia mí y, cuando el reproche contra mi persona amenazaba con generalizarse, se alzó serena la voz de lady Victoria.
—Yo le di el arma y le pedí que la disparara a mi señal.

—Y ¿por qué motivo, mi lady? —preguntó desconcertado el capitán Laurel.

—Para que ocurriera lo que ha sucedido: que mi padre crea que voy obligada con vosotros y se mantenga cerca de El Temido.
Y ante la muda interrogación de cuantos la rodeaban, con un gesto de fastidio como quien tiene que explicar lo obvio, prosiguió:

—De este modo, si necesitamos ayuda que, si no me equivoco sobre el peligro a que vamos a enfrentarnos, la vamos a necesitar quieras que no, podrá echarnos una mano. Y porque, además, como ya tuve ocasión de decirle a Iker, cuando la aventura termine, habré de procurarme el modo de volver a Crokinole y pienso que La Victoria es el más cómodo y adecuado que me puedo proporcionar.

—Y ¿cómo estabais tan segura de que lord Crokinole iba a reaccionar de acuerdo con vuestros designios?

—No lo estaba. Pero todo el mundo tiende a elegir la interpretación de los hechos que mejor se acomoda a sus deseos y confiaba en que él hiciera lo mismo, como así ha sido.

Suspiró con resignación el capitán Laurel y por la expresión de su rostro me da que, por primera y única vez en su vida, tuvo un pensamiento de conmiseración hacia su mortal enemigo, el vicealmirante inglés.

—Como no me fío de que Lord Crokinole deje de intentar algún golpe de mano procurando vuestro rescate, sin tener que ayudarnos, creo que lo mejor será mantener su balandra a distancia. Así que, contramaestre, ordene izar la velas. Reemprendemos la marcha a todo trapo.

—Creo —corroboró Yoguina, que no dejaba de escrutar el horizonte desde su puesto frente al timón— que lo mejor será dirigirnos hacia ese banco de niebla que se divisa hacia popa. Si logramos adentrarnos en él, antes de que nos alcance la Victoria, la perderemos por un tiempo.

—Pues allá que vamos —ordenó Laurel.

Capítulo 7: El guardián del tesoro (final)

—¡Iker! —exclamó sorprendido—. Así que al final os han encontrado. Me alegro. En cuanto a ti, Benavides, te esperan unas cuantas páginas por rellenar del cuaderno de bitácora. Y ¿quién es esa muchacha pelirroja vestida de marinero?

Nos mirábamos unos a otros, sin decidirnos a responder, cuando Lady Victoria avanzó resuelta hacia Laurel y le dijo encarándolo con orgullo:

—Mi nombres es Lady Victoria Clara de Crokinole…

—¡Cuánto honor. Una aristócrata en mi barco…! —replicó Laurel con ironía.
Parecía que iba a proseguir burlándose de la muchacha, que enrojecía de indignación, cuando al reconocer el apellido, se vio transportado por un insano ataque de furia:

—¿Crokinole? ¿No seréis pariente de Alfred de Crokinole, comandante de la balandra Victoria?

—Es mi padre —dijo resueltamente la chica.

—¡Maldita sea! ¡Rayos y centellas! ¡Por diez mil diablos! ¡Sois una infame espía de vuestro padre, que pretende a toda costa capturar mi barco! Pero no lo conseguirá. ¡Al agua con ella y que vuelva a nado a su maldita isla, si no es pasto antes de los tiburones!

—¡Al agua con ella! ¿Al agua con ella! —gritaron casi al unísono el resto de los piratas, contagiados por la cólera de Laurel.

—No puedo consentirlo, capitán —terció Iker en ese momento—. Ella nos salvó y nos ha traído hasta aquí arrostrando la ira de su padre. No podemos darle ese pago.

—Pues entonces, ¡al agua contigo también, por cien mil truenos y tormentas!

La actitud amenazante de parte de la tripulación, encabezada por la mariquita borracha, aproximándose con no muy buenas intenciones hacia donde Iker y lady Victoria se hallaban, hizo que hasta la chica, habitualmente fría y segura de sí misma, temiera un tanto por su suerte. Acudieron en auxilio de ambos Lucas y Matías y, cuando todo parecía indicar que se iba a producir un enfrentamiento de incierto resultado entre las dos facciones de los tripulantes de El Temido, la voz de Yoguina se sobrepuso al ruido que unos y otros formaban entre amenazas e improperios

—¡Quietos todos! —gritó—. Capitán, la chica ha venido a este barco de manera voluntaria, quiero decir que no está aquí en calidad de prisionera o de botín de abordaje. ¿Me equivoco?

—No —replicó Laurel—. Pero no entiendo a dónde quieres ir a parar.

—Pues a que si ha venido por su voluntad, solo puede interpretarse que lo hace como postulante para ingresar en la Ilustre Cofradía de Bucaneros de Mar Interior, ¿no es así muchacha?

—Así es —contestó ella, asiéndose a la tabla de salvación que creía percibir tras las palabras de la joven lagartija.

—Pues entonces es la propia cofradía en pleno y no el capitán quien tiene potestad para decidir si la chica puede quedarse o no. Yo voto que sí.

—¡Y yo! ¡Y yo también! —gritaron las hadas y a ellas se sumaron las gallinas y poco a poco el resto de los tripulantes, hasta que solo quedó la obstinada opinión contraria del capitán.

—El resultado es abrumador —prosiguió Yoguina—, así que proclamo a Lady Victoria miembro de pleno derecho de nuestra ilustre cofradía.

La proclamación fue acogida con el desatado entusiasmo de los mismos que momentos antes estaban dispuesto a arrojarla por la borda.

Laurel, profundamente irritado, se refugió en su camarote con un portazo, musitando para sí.

—Me da que nos hemos de arrepentir de esta decisión.

—¡Se escapa! —gritó el hada Melusina, al ver que Pog Clinc, aprovechando que la confusión del momento había relajado la atención de sus vigilantes, se había zafado de ellos, arrojado por la borda y, desde el mar, nadaba velozmente en dirección a la costa.

—¡Que alguien lo siga! ¡Al bote! —gritó el capitán Laurel, de vuelta a puente, olvidado, al parecer, del incidente con lady Victoria.

Fue esta la primera en reaccionar y seguida de las hadas, de Iker, de Lucas y de Matías, se deslizaron hasta el bote encostado al navío y emprendieron bogando la persecución del cerdo.

—¡Humm! —murmuró el capitán Laurel, contemplando cómo el esquife se separaba del bajel y acortaba la distancia con el huido—. Se llame como se llame su padre, la chica vale.

Casi dos horas tardaron los perseguidores en retornar al barco y, cuando lo hicieron, el prisionero no los acompañaba.

Interrogado sobre el particular, Matías contó la singular peripecia que había sufrido su improvisada expedición.

“No logramos alcanzar a Pog antes de que llegara la orilla, así que nos vimos obligados a seguir sus huellas por la selva, en la que se internó de inmediato. Bien es verdad que fue dejando un rastro bastante evidente, quizás a propósito. Lo cierto es que se movía con tal celeridad por lo más intrincado de la jungla que, pese a que destacamos a las hadas para que no lo perdieran de vista, ni siquiera ellas lograron darle alcance. Después, en fin, de un buen rato de persecución, vimos que se detenía en un claro, junto a un promontorio de roca que se elevaba en medio de él y ante el que el cerdo se tumbó a descansar, fatigado por la larga carrera que hasta allí lo había conducido.

—Pog Clinc no puede más —dijo exhausto—. Pog Clinc se rinde.

Llegamos junto a él y Lady Victoria y la hadas se quedaron mirando fijamente la roca:

—¡Está hueca! —exclamaron a la vez.

—Dentro tesoro. Pog Clinc entrega. Y diciendo eso, manipuló un resorte oculto no sé muy bien dónde que hizo que una enorme piedra redonda se deslizara, dando una vuelta sobre sí misma, y dejara al descubierto la negra entrada de una cueva.

Azuzados por la curiosidad y de manera quizás algo precipitada, nos introdujimos por ella y en el fondo logramos percibir, en medio de la húmeda oscuridad reinante, la silueta de un enorme cofre abierto, en cuyo interior se encendían destellos dorados por la escasa luz que le llegaba desde la entrada.

Se aproximó Lucas a él y extendió la mano para tocarlo, pero antes, al parecer, de llegar a donde se hallaba, la piedra de la boca de la caverna volvió a girar sobre sí misma y taponó la abertura, haciendo aún más densa la penumbra que nos rodeaba. Incluso a través de la gruesa roca nos llegó la voz de Pog, que se regodeaba de su triunfo:

—¡Disfrutar tesoro, disfrutar tesoro! Vosotros mucho tiempo para disfrutar tesoro—. Y se alejó riendo de la cueva.

Intentamos empujar la pesada roca que nos taponaba la salida con todas nuestras fuerzas, pero no logramos moverla ni un ápice, pues encajaba con firmeza en la abertura.

Empezábamos a desesperarnos ante la inutilidad de nuestros esfuerzos, cuando Lady Victoria nos advirtió:

—No está oscuro del todo. Por algún sitio se cuela un poco de luz. ¡Quizás la cueva tiene una segunda entrada!

Siguiendo el débil halo que, en efecto, iluminaba apenas la caverna, avanzamos, dejando a la izquierda la oquedad en que el cofre reposaba, por una estrecha galería abierta en su fondo y encontramos el resquicio por donde la luz entraba.

Para nuestra decepción se trataba de una pequeña grieta que horadaba la pared de piedra, por entre cuyas estrechas paredes ni siquiera yo en condiciones normales podría haberme escurrido.

—¡El polvo de hadas! ¿Lo lleváis encima? —exclamó Lucas, preso de súbita inspiración, dirigiéndose a ellas.

—Siempre lo llevo encima —respondió Meve.

—Pues empequeñece a Matías para que salga por ahí, vuelva a la entrada y accione el resorte que mueve la piedra.

—¡Es verdad! ¡Matías puede hacerlo! — corroboró Iker con entusiasmo.

—Sería una bonita manera de devolverme el favor por haberos sacado de la trampa colgante —insistió Lady Victoria.

Me puso Maeve los polvos y pude escurrirme por la grieta con cierta facilidad, de modo que vine a salir en la parte de atrás del gigantesco montículo de piedra hueca.

Lo que ya no resultó tan fácil fue dar con el resorte, sobre todo porque a mitad de mi búsqueda una inquietante sombra se proyectó sobre el suelo, tapando la mía. Anduve, por fortuna, rápido de reflejos y pude pegarme a la pared exterior de la cueva, ocultándome bajo un estrecho saliente, solo un segundo antes de que el ataque del halcón peregrino le llevara a arañar con sus garras el pedazo de suelo que yo había ocupado.

Se posó el ave unos metros más adelante y permaneció durante unos minutos, que se me hicieron eternos, escrutando con la penetrante mirada de sus redondos ojuelos amarillos la rendija de piedra en la que estaba oculto. Finalmente, desde dentro de la cueva, resonaros las voces de mis compañeros, inquiriendo el motivo por el que no acababa de abrir la entrada y, asustado por ellas, el halcón alzó el vuelo y se perdió por el horizonte.

Se encontraba el resorte disimulado entre unas piedrecitas del suelo, de modo que pude liberar con facilidad la roca que tapaba la entrada y los presos abandonaron la caverna, restregándose los ojos, deslumbrados por el brillante sol del mediodía, al pasar de la oscuridad reinante en aquella a la luz del exterior.

Tomamos consejo sobre lo que convenía hacer, si buscar a Pog Clinc o llevarnos el tesoro de vuelta al barco.

—Ninguna de las dos cosas merece la pena. Si Pog Clinc quiere quedarse en la isla es muy libre de hacerlo y en cuanto al tesoro… no vale nada —dijo a la sazón Lucas.

—¿Son falsas las monedas?—preguntó Iker intrigado.

—Más que eso. De hecho no sé por qué Clinc lampaba por comida distinta de las bananas. Podía haberse comido el tesoro entero: son monedas de chocolate.

—¡Bueno! Pues llevémoslas y nos las comemos nosotros.

—¡Bah! Ya están rancias —respondió Lucas, cuyo labio inferior aparecía orlado por una mancha negruzca. Y los dos se echaron a reír”.

Capítulo 6: Lady Victoria Clara de Crokinole (2ª parte)

—Está como un tronco —oí entre sueños que decía una voz femenina.

—Y ¿qué será ese raro muñeco que tiene al lado? —dijo otra, refiriéndose, sin duda, a mí.

Abrió en ese momento Iker los ojos, aunque cegado al parecer por el brillo de un sol ya bastante alto en el horizonte, no podía distinguir con nitidez a las dos jóvenes que tenía delante y que lo observaban muertas de curiosidad.

—Es el señor Iker —intervine de manera quizás algo brusca para aclarar la situación, ante el tardío despertar del chico— y yo soy Benavides, preservador de libros titulado.

Sorprendidas, las muchachas dieron un respingo y una de ellas exclamó:

—¡Anda, si habla!

—¿Qué otra cosa puedo hacer, si solo estoy hecho de cemento y palabras? —les pregunté. Pero ellas, mudas todavía por el asombro, no pudieron desplegar los labios.

—Ya os explicaré más tarde todo lo mejor que sepa, pero ahora creo que necesitamos con urgencia agua y algo de comer, a ser posible. Al menos yo —intervino Iker.

—Tenéis que disculparnos —dijo una de ellas—. La sorpresa de hallaros de este modo ha hecho que nos olvidemos de los más elementales deberes de socorro y cortesía. Leonor —añadió dirigiéndose a su compañera—, alcánzale al señor la frasca de agua y mira qué hay en tu cesta con que podamos aliviar el apetito del caballero.

—Creo que la señora Huttington, la cocinera, puso en ella unos emparedados de jamón y queso y un poco de dulce de membrillo. Con eso bastará —contestó la aludida.

Tras saciar su sed, engulló el chico casi con desesperación la comida que las damas le tendieron y, cuando se sintió satisfecho, preguntó:

—¿Qué sitio es este?

—¿No lo sabéis? Pues, ¿cómo habéis llegado hasta aquí? Os comunico que estáis en la isla de Crokinole, del Imperio Británico de su Majestad. La gobierna en su nombre Lord Alfred de Crokinole, su descubridor y mi padre. Y yo soy Lady Victoria Clara de Crokinole.

Lady Victoria Clara era una muchacha de la misma edad de Iker, tirando a pelirroja, con cabello ondulado, ojos azules, rostro pecoso de inequívoco perfil británico, piel clara y figura estilizada. Vestía, sin embargo de forma extrañamente anticuada, con un vestido de moaré azul celeste, que le llegaba a mitad de la pierna, medias también azules y negros zapatitos de charol; llevaba cuello de encajes y un complicado sombrero desde el que caían como en cascada sus bucles rojizos.

—Y vosotros —preguntó al fin—, ¿quienes sois y de dónde venís?

Correspondió Iker contando nuestra historia, aunque sin dar muchos detalles. Explicó que, durante una tormenta, habíamos sido arrastrados desde la cubierta de nuestro barco por un golpe de mar y cómo habíamos sobrevivido flotando en un medio barril. Narró también nuestro incidente con el tiburón y las ballenas jorobadas y que estas nos habían empujado hacia aquellas costas, bien en contra de nuestra voluntad, ya que solo aspirábamos a reintegrarnos a nuestro barco, en compañía de nuestros amigos y completar la misión que había dado origen a la travesía.

—Sin duda —dijo Victoria Clara— hay en vuestra historia muchos puntos oscuros, que suscitan mi curiosidad y detalles que habría que esclarecer. Pero mejor será dejarlo para cuando os hayáis repuesto por completo de vuestras fatigas y en presencia de mi padre. Si vuestra historia lo conmueve, seguro que se prestará a ayudaros.

—Bueno —replicó Iker— aquí el que sabe contar historias es el amigo Benavides. Que él se las entienda con Lord Crokinole.

—¿Qué es —preguntó Leonor—, una especie de rapsoda?

—Algo así —confirmé sin querer entrar en profundidades en ese momento.

—Pero… una cosa, ¿no seréis piratas, por casualidad? Lo digo porque mi padre odia a los piratas. Se pasa el día persiguiéndolos, los combate desde su balandra y, si los coge, los hace ahorcar, colgados de una antena en su propio navío.

Cruzamos Iker y yo una significativa mirada que, por fortuna, pasó desapercibida para las damas.

—La verdad —prosiguió Lady Victoria—, yo no entiendo muy bien a qué viene esa fijación contra los piratas que tiene mi padre. A algunos los encuentro hasta fascinantes…

—No debéis hablar así, my Lady; vuestro padre se disgustaría terriblemente, si os oyera.

—Ya lo sé, Leonor. Pero es lo que pienso y una Lady tiene el derecho y hasta la obligación de decir siempre lo que piensa.

—Allá vos, señora.

—Pero dejemos esta enojosa conversación que ya hemos tenido muchas veces. Leonor es mi institutriz y se toma demasiado en serio su trabajo —dijo lady Victoria, dirigiéndose a nosotros—. Ahora lo que importa es conducir a estos caballeros o lo que sean a presencia de Lord Crokinole para que él vea de poner remedio a su miserable y angustiosa situación.

Ya bastante recuperados, seguimos a las damas por un empinado sendero que nos alejaba de la playa y, tras una extenuante subida, alcanzamos lo que parecía el punto más alto de la isla. Desde él pudimos percatarnos de que no era excesivamente grande, pero presentaba algunas singularidades: tenía un perfil redondo que conformaba un círculo casi prefecto y estaba atravesada por un brazo de mar en espiral que, entrando por nuestra izquierda, la recorría toda hasta culminar en su centro, donde surgía, en medio de él, una especie de pequeña isla, asimismo redonda, que constituía el corazón de la mayor. Podía llegarse a esta bien por tierra, orillando el brazo de mar por una rivera altísima y cubierta de una vegetación lujuriosa, poblada de especies tropicales o subtropicales que sazonaban su verde intenso con el pintoresco colorido de la multitud de sus flores, bien recorriendo el brazo de mar o —y esa fue la ruta que Lady Victoria Clara tomó, por más rápida— en línea recta, cruzando los distintos puentes colgantes, que permitían salvar por varios puntos el terrible y caprichoso abismo que el empuje de las olas había abierto en el interior de la isla de Crokinole.

El palacio de Lord Crokinole se alzaba en la cúpula de círculo interior de la isla. Coronaba una ciudadela amurallada en la que se agolpaba la mayor parte de su población, aunque dispersas por la rivera del brazo de mar se veían blanquear también aldehuelas y caseríos en torno a extensos y feraces campos de cultivo. Multitud de barcas de pesca se cruzaban navegando por aquel, entre el puerto que rodeaba la ciudadela y el mar abierto, cuyo horizonte se hundía diáfano hasta donde alcanzaba la vista.

Lady Victoria Clara nos condujo por las empinadas callejuelas, llenas de animación a aquellas horas, en las que parecían celebrarse ferias perpetuas, según el trasiego de mercancías que había en ellas y arribamos a las puertas del palacio de su padre, el señor gobernador.

Nos recibió con amabilidad al escuchar de labios de sus hija la historia de nuestro encuentro y, tras asignarnos un recoleto cuartito en el que reposar de nuestras fatigas, nos emplazó para la hora de la cena, después de la cual habría —dijo— tiempo para tratar de cuantos asuntos fuera menester.

Poco antes de la hora convenida, un criado hizo entrega a Iker, con mucha prosopopeya, de una indumentaria adecuada para la cena solemne con las autoridades de la isla. Vestido, pues, con camisa blanca de lino, casaca azul celeste, polainas a juego, medias de seda y zapatos de hebilla, nos encaminamos, precedidos de un ceremonioso mayordomo enviado en nuestra busca, al salón de banquetes del palacio.

Sirvieron una opípara cena a base de los más exquisitos pescados y frutos de mar, aderezados de mil diferentes maneras y culminada por la infinita variedad de raras frutas tropicales que abundaban en la isla. Al finalizar, los caballeros nos salimos al salón de fumar, aunque ninguno fumó y las damas se retiraron juntas a otra estancia.

—Y bien, Mr. Aiker —solicitó Lord Crokinole—, ¿podéis dar cuenta a la ilustre concurrencia de quién sois y qué os ha traído a este humilde rincón del Imperio Británico?

Un poco azorado, Iker repitió, algo ampliada, la historia que contara a Lady Victoria, a quien, por cierto, percibí, oculta tras un espeso cortinaje que tapaba una amplia balconada abierta al jardín del palacio, siguiendo atentamente el desarrollo de nuestra reunión.

—Os guía, desde luego, un noble y alto propósito —dijo Crokinole así que Iker hubo concluido—. Sois dignos de que se os ayude cuanto esté en nuestra mano para que podáis coronar vuestro empeño con el éxito que merecéis, haciendo desvanecer el terrible peligro que amenaza a tan singulares criaturas. Mañana temprano veremos qué se puede hacer y en qué modo ayudaros. Ahora solo es hora de descanso y esparcimiento, algo para lo que en esta isla no tenemos muchas oportunidades. Por cierto, he sabido que vuestro acompañante es un hábil rapsoda, ¿podría tal vez narrarnos alguna entretenida historia con que matar el tedio de estas horas?

—¡Oh! ¡Sí! Por supuesto —exclamé complacido—, aunque no soy lo que se dice en verdad rapsoda, sino preservador de libros. Tengo precisamente uno que viene aquí como de molde y que si sus señorías me dan licencia, puedo decirles.

Asintieron todos y animado por ellos comencé:

—El libro se titula La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey, lo compuso Mary Anne Shaffer y dice…

Durante más de dos horas, los concurrentes siguieron la historia atentamente y con murmullos de aceptación. Al terminar, se hizo un silencio momentáneo roto por unos tímidos aplausos al principio, que después se hicieron generales y nutridos.

Lord Crokinole, como reflexionando en voz alta, dijo:

—Una bella historia, sin duda. Y muy británica: solo a un inglés se le ocurriría hacer un pastel de piel de patata y ¡comérselo después!

La carcajada de los presentes interrumpió por un instante el hilo de sus reflexiones, mas, acallándolas, continuó:

—Pero hay un par de cosas que me parecen inverosímiles: los teutones a las puertas de Inglaterra y dueños de las islas del Canal… ¡Imposible! ¡Lord Wellington y el Almirante Nelson no lo hubieran consentido jamás! En cuanto a una sociedad literaria en un sitio tan rústico como Guernsey…

—Sin embargo —le interrumpí creyéndome en el deber de defender mi libro—, una sociedad literaria se puede formar en cualquier parte. Precisamente, yo atiendo una en El Temido constituida solo por tres gallinas y algunos polluelos…

En ese momento, un rojo de cólera hasta el borde de la apoplejía Lord Crokinole estalló:

—¿El Temido es vuestro barco? ¡Pero entonces vosotros sois piratas! ¡Traidores! ¡Falsarios! Sin duda ese tunante capitán Laurel anda tramando un golpe de mano en contra de la isla y os ha enviado a explorar el terreno y espiar nuestras defensas. ¡Guardias, prended a estos infames!

Antes de que hubiéramos podido hacer el menor movimiento de huida, se nos echaron encima cinco o seis soldados que esgrimían contra nosotros enormes mosquetes con sus bayonetas de cubo debidamente caladas y ante los que no nos quedó sino darnos presos.

—Llevadlos al calabozo, hasta que, en su momento, instruyamos contra ellos el correspondiente sumario —ordenó Lord Crokinole, ya algo más flemático.

Mientras a empellones nos conducían por una estrecha escalera de caracol abajo, camino del calabozo, Iker, bastante irritado y en un tono que me recordó al de las hadas, se volvió hacia mí y suspirando me dijo:

—Benavides, está visto que no sabes tener la boca cerrada.

Capítulo 6: Lady Victoria Clara de Crokinole (1ª parte)

Después de superado el peligroso enfrentamiento con el monstruo que servía de cobijo al bueno del señor Pontoppidan, tuvimos un tiempo de navegación reposada en el que, merced al impulso de las corrientes y al de una generosa brisa que redondeaba con suavidad nuestras velas, de la mayor a la cangreja, logramos recorrer bastantes millas marinas. Sin embargo, ante imposibilidad de determinar nuestra posición de manera precisa, pues no alcanzábamos a atisbar las estrellas, fui incapaz de anotar el número exacto en el cuaderno de bitácora.

Fueron días tranquilos en los que la facilidad del cabotaje nos permitió también largos ratos de ocio que compartí, como siempre, con mis queridas gallinas de la Sociedad Literaria, aunque en esta ocasión no les dije ningún libro en concreto, sino que las mantuve harto entretenidas —también a los polluelos, aunque parezca mentira— con la narración de mi particular enfrentamiento con el monstruo, la descripción de su pavoroso interior y las historias del señor Pontoppidan y los otros visitantes de sus entrañas.

He de confesar, sin embargo, que, por una vez, me superó la vanidad y en mi relato exageré ligeramente el papel que había jugado en los acontecimientos, atribuyéndome algún detalle menor, como la autoría del plan para escapar del interior del Microcosmus y liberar el barco de su mortal abrazo. Exageración inocente que me granjeó un aumento considerable en la estimación de la gallinas, así como en la de los polluelos, siempre más dificultosa de conseguir.

Aparecieron pronto, sin embargo, las primeras señales de que la situación podía cambiar. El ambiente se enfrió de súbito; una cortina de nubes negras se corrió sobre el hasta entonces despejado horizonte; el viento aumentó poco a poco la intensidad y su dirección se hizo errática, soplando en veloces rachas cada vez más fuertes.

El capitán Laurel, por intermedio de Matías, ordenó arriar las velas y fiar el rumbo al impulso de las corrientes, en tanto Yoguina, firmemente asida al timón, procuraba amenguar los bandazos a que la fuerza de las olas nos obligaban, al batir inmisericordes contra la borda del barco.

Se redobló la fuerza del oleaje, por lo que hubo que sujetar cualquier objeto exento, al que los vaivenes de la nave pudieran convertir en un peligro cierto para la tripulación. Casi a la vez, Iker y yo nos apercibimos de que el medio barril que en el puente se usaba de asiento, rodaba de un lado para otro y amenazaba seriamente la integridad de Yoguina, quien podía esquivarlo a duras penas, mientras sujetaba con fuerza la rueda del gobernalle.

Nos lanzamos a por él al unísono y, justo cuando lo acercábamos a la borda de babor para amarrarlo con algún pedazo de cabo suelto, una ola terrorífica barrió el puente y la cubierta, sin que ni él ni yo, ensordecidos por el fragor de la tormenta, oyéramos el clamor de advertencia que emergió de las gargantas de cuantos en ella se hallaban en ese momento.
Solo sé que, de improviso, me sentí arrojado por una fuerza sobrehumana, en compañía de Iker y el medio barril, a lo hondo de aquel crespo mar embravecido y oscuro.

Quiso la fortuna que, en medio de la caída, me agarrara, de modo casi instintivo, al bendito tonel, cuya flotabilidad me izó con rapidez a la superficie. Cuando pude, en medio de las tinieblas, mirar en derredor, vi que casi al lado el chico braceaba con desesperación para mantener la cabeza fuera del agua.

—Aquí, señor Iker —le grité lo más alto que pude para que mi voz se sobrepusiera al ruido del oleaje, la lluvia y los truenos que nos cercaban.

Se asió el muchacho al barril como pudo y ambos nos pusimos a escudriñar las tinieblas con fruición en busca de nuestro navío, al tiempo que no parábamos de gritar pidiendo socorro.

La oscuridad, sin embargo, parecía acrecentarse desde el nivel del mar en el que nos hallábamos, razón por la que solo pudimos percibir a El Temido bajo la forma de una mancha de sombra que se alejaba de nosotros, mientras creíamos oír un rumor de voces que gritaba:

—¡Gente al agua!

Nos vimos de ese modo solos, en medio de un piélago embravecido, cuya fuerza, sin embargo, empezaba a decaer.

Amainó, en fin, la tormenta y la calma a que dio paso nos permitió recuperar algunas fuerzas por medio de un ligero sueño, para el que fuimos turnándonos: mientras uno dormía en el interior medio seco del tonel, el otro desde fuera procuraba mantenerlo a flote, a salvo de la ya suave mecida de las olas.

Cuando amanecía y, a punto de terminar mi tercer turno para conseguir que el medio tonel flotara en vertical, una inquietante aleta, con forma de triángulo negro, emergió no muy lejos de donde nos hallábamos, empezó a dar vueltas a nuestro alrededor y a trazar círculos cada vez más estrechos.

—Señor Iker —le avisé tiritando más de miedo que por el frío—, tenemos un problema.

—¿Qué pasa?—preguntó todavía medio dormido el chico, mientras intentaba ponerse bruscamente de pie y hacía oscilar con cierto peligro el ya de por sí inestable barril.

—Mire —respondí y mi dedo señaló aquella aleta que cada vez nadaba más próxima a nosotros—, aunque no creo que tenga excesivo interés en mí. Me parece que viene sobre todo por usted.

—Es posibl e—replicó fríamente—, pero tampoco te asegures demasiado. Los tiburones, y esa aleta parece pertenecer a uno, son capaces de tragar cualquier cosa. A veces se les sigue la pista del trayecto que recorren por los objetos que se encuentran en su estómago. Lo leí en un álbum de cromos de animales. Es la única colección que he logrado completar nunca. Bueno, esa y los cromos de la Liga.

Las palabras de Iker no hicieron sino duplicar mi miedo: si antes temía solo por él, ahora tenía miedo por los dos a partes iguales.

—Y ¿qué podemos hacer?c—le pregunté angustiado.

—Poca cosa, por el momento. Sube al tonel e intentemos permanecer lo más quietos posibles. Dicen que es el ruido del chapoteo en el agua lo que los ayuda a localizar a sus presas en la superficie. Aunque mucho me temo que este nos tiene ya bien localizados.

El escualo, en efecto, había abandonado su natación circular alrededor de nuestro frágil esquife y se dirigía derechamente hacia él. Lo rozó al pasar con el dorso e hizo que se agitara con violencia sobre el agua, pero, por fortuna, no llegó a volcarse, mientras ambos, acurrucados en el fondo, nos asíamos con fuerza a su borde superior. Ni siquiera nos atrevimos a asomarnos para comprobar su tamaño. El ruido que produjo al rozar el barril y el instante eterno que duró el rozamiento, nos hizo suponer que sus dimensiones estarían cerca de rondar lo monstruoso.

No sé muy bien por qué motivo, el enorme tiburón se apartó un trecho bastante largo, se sumergió en el agua, debió girarse debajo, volvió a emerger y enfiló de nuevo hacia nosotros. Pero, cuando ya veíamos como inevitable un encuentro frontal con la bestia que nos conduciría indefectiblemente a pique, sucedió algo extraordinario: una enorme masa negra, de la que sobresalía un gran chorro de vapor y agua en forma de coliflor, subió a la superficie y se interpuso en la trayectoria rectilínea con la que el tiburón perseguía colisionar contra el medio barril.

—-¡Es una ballena jorobada! —exclamó Iker alborozado.

—¿No saldremos de Herodes para caer en Pilatos? —pregunté escamado, tras mi pasada aventura con el Kraken.

—No creo. Las jorobadas son inofensivas. El problema es si logrará salvarnos de los ataques del tiburón. ¡Mira! —y apuntó con el dedo al extremo opuesto en el que la ballena flotaba dulcemente, agitando apenas sus largas aletas pectorales y mostrando al sol el ancho agrupamiento de unas como verrugas que le recorrían la enorme cabeza y parte del dorso.

Por donde Iker señalaba, el tiburón venía de nuevo a la carga a gran velocidad, y se dirigía con derechura, hacia el punto en que nos hallábamos, pero, mucho antes de que pudiera alcanzarnos, otra gigantesca jorobada subió a la superficie e interpuso su enorme masa entre el escualo y el medio barril. Volvió aquel a sumergirse y aunque teníamos la esperanza de que, frustrado por la presencia de las yubartas, hubiera abandonado la cacería, también nos poníamos en lo peor: temíamos que fuera solo una retirada provisional en busca de un hueco en el parapeto que los cetáceos habían erigido por el que llegar hacia sus presas, que, por desgracia, éramos nosotros.

Lo mismo debieron pensar las ballenas porque de improviso iniciaron un extraño movimiento circular alrededor del tonel, ni tan cerca que el desplazamiento del agua pusiera en peligro su estabilidad, ni tan lejos que ofreciera resquicio al tiburón para aproximarse.

Debió, en fin, la bestia asumir la inutilidad de su intento y renunciar a su malévolo propósito, porque vimos su aleta dorsal a lo lejos emprender una trayectoria que la apartaba de donde nos hallábamos de manera definitiva.
Al notarlo las ballenas, alteraron su danza circular y nadaron en paralelo, empujando el barril suavemente hacia adelante entre ellas, impulsado por el agua que ambas desplazaban.

Nos mantuvimos así el día todo. Avanzábamos de forma rectilínea, en lo que parecía una dirección predeterminada hasta que, ya a la dudosa luz del crepúsculo, atisbamos el perfil azulado de costa en el horizonte.

Nos abrazamos aliviados, sin saber si nos hallábamos en las inmediaciones de alguna isla o de tierra firme, cuando un impulso imprevisto, propiciado por las ballenas, arrojó nuestro singular esquife por encima de lo que parecían unos arrecifes de coral. Quedamos flotando pacíficamente en medio de una pequeña ensenada, al fondo de la cual brillaba la arena negruzca de una playa no demasiado ancha por la que se diseminaban promontorios de rocas también oscuras.

La subida de la marea fue acercándonos muy poco a poco a la orilla, hasta que, cuando ya estábamos a punto de hacer pie, una ola solitaria, aparecida de improviso en medio de la tranquila ensenada, arrojó el barril hacia un pequeño risco y lo astilló contra las piedras.

Braceamos con fuerza hasta salvar el trecho que nos separaba de terreno seco y tras internarnos algo más en tierra para no ser arrastrados nuevamente al mar si descendía la marea, nos dejamos caer en el suelo. Agotados por los trabajos y las impresiones del día, nos quedamos enseguida profundamente dormidos.

Capítulo 5: La cueva del Microcosmus (2ª parte)

Transitábamos ya casi por el centro del paso entre ambos, cuando notamos una gran agitación bajo la quilla y una torre de espuma emergió justo delante de nosotros. De la horrible cabeza que la coronaba surgieron dos  larguísimos tentáculos que se enrollaron en cada una de las rocas, formando con el cuerpo una infranqueable barrera, al tiempo que una decena de brazos algo más cortos trepaban por la borda y tanteaban en la cubierta como a la búsqueda de algo, deteniendo por completo la marcha del barco.

—Matías —gritó con desesperación el capitán—, arme a a la tripulación con hachas y espontones y vamos a hacer rodajas los brazos de ese calamar o lo que sea. Nos servirán de cena esta noche. ¡Iker, Lucas, al sollado, como habíamos convenido!

—¡Pero, capitán…! —protestaron estos.

—¡Si no os marcháis inmediatamente os haré juzgar por insubordinación!

Tuvieron los chicos que plegarse a la autoridad del capitán y, de mala gana, bajaron a ocultarse, en tanto el resto de los tripulantes se armaba siguiendo las indicaciones del pirata.

—¡Benavides, no te quedes ahí parado como un lelo y ayuda!

La orden de Melusina resonó con tal firmeza que, sin saber muy bien lo que hacía, ni dar resquicio a que pudiera oponerme, me vi de súbito con un hacha de abordaje en las manos corriendo hacia uno de aquellos horribles tentáculos que serpenteaba ciego por entre las tablas.

Lo golpeé con toda la fuerza que fui capaz de imprimir al hacha, pero en vez de conseguir que esta lo seccionara, rebotó contra la coriácea piel que lo cubría y escapó de mis manos, yendo a parar unos pasos más atrás de donde, ya indefenso, en esos momentos me encontraba.

Se elevó hacia donde yo estaba la punta negra de aquel tentáculo, provisto de rosadas ventosas, y, sin darme tiempo a huir, hizo presa en mí y me rodeó con fuerza, dejándome incapacitado para cualquier movimiento.

—Mr. Benavides, be strong!

Widerstenhen Sie!

Procedían las voces de aliento de dos muñecos de cuyos cuerpos troncocónicos de cemento emergía una cabeza con forma asimismo de tiesto de flores invertido y a los que se unían por medio de cordeles unos a modo de manos y piernas de la misma forma, pero más pequeños. Se trataba de Mister Tim y Frau Tina, la singular y veterana pareja de Villa Vidinha que, cuando no ejercían de piratas, daban amablemente la bienvenida a sus visitantes al pie de la escalera que conducía a la entrada principal, en calidad de mayordomo y ama de llaves de la casa, según acreditaban sus respectivas indumentarias.

Se lanzaron ambos con determinación contra el monstruo, provistos de sendas hachas con las que golpearon varias veces el tentáculo que me apresaba, con bastante más fuerza de la que yo empleara, aunque con no mucho mejor resultado.

Tan embebidos estaban en su noble y valeroso intento de liberarme que casi no se apercibieron de que otros dos brazos de la bestia se aproximaban a ellos por su espalda y terminaron también por apresarlos:

Achtung, darling! —gritó frau Tina, aunque ya demasiado tarde.

De improviso, los tres gigantescos apéndices se izaron a la vez y sus presas fuimos transportadas hacia la cima de lo que nos había parecido antes torre de espuma, en la que una boca de grandes proporciones se abrió como la negra entrada de una caverna, dejándonos caer dentro, sobre una superficie mullida y gelatinosa.

Caímos los tres juntos en un amasijo de piernas y brazos y, cuando intentábamos ponernos en pie, la superficie aquella se elevó hacia la curva bóveda de la gruta, al tiempo que una sustancia amarillenta la volvía resbaladiza en extremo, hasta el punto de hacer que nos deslizáramos irremisiblemente por el todavía más oscuro agujero que se abría a su fondo.

Tras una prolongada caída libre a lo largo del fétido túnel, vinimos a dar en una enorme concavidad de paredes y suelo blandos y techo altísimo, iluminada por verdosa fosforescencia, en un extremo de la cual brillaba también una luz blanca.

Así que pudimos rehacernos de la caída y ayudándonos mutuamente a caminar por la inestable superficie de la nueva caverna nos dirigimos, de manera casi instintiva, hacia aquel punto de luz.

La tal superficie estaba inundada de un líquido verdoso que apenas nos cubría los pies y en el que sobrenadaban toda clase de pintorescos objetos: restos de velas y cabos, maderas, cabillas de timón, platos y cubiertos, armas variopintas y hasta algún libro.

Chapoteando en aquel caldo repulsivo y esquivando de cualquier forma los enseres que sobre él flotaban, llegamos al lugar de donde provenía la luz y en el que, para nuestra sorpresa, hallamos, iluminada por un fanal de barco, la figura de un anciano de luenga barba blanca y muy crecidas greñas asimismo canosas que, sentado a una mesa de tres patas, escribía sobre pergamino con una pluma de ave.

—¡Vaya! —exclamó así que se apercibió de nuestra presencia al levantar casualmente los ojos de su escrito—. No es frecuente recibir visitas en este lugar. Pero no creáis que sois los únicos. Me consta que el primero en pasar por aquí (de eso debe hacer ya bastante tiempo) fue un profeta antiguo. Tenía la costumbre de solo prever desgracias, hasta el punto de que sus coetáneos llegaron a pensar que, en realidad, las atraía; así que en una travesía por mar donde las cosas empezaron a ponerse feas, la tripulación decidió tirarlo por la borda para evitar que el barco entero se perdiera. Nada más llegado al agua, el monstruo se lo tragó. Dicen que solo pasó aquí tres días, pero tengo para mí que debieron ser bastantes más. No se sale del vientre de este bicho así como así. También pasaron por aquí un viejo carpintero y su hijo, un chico de cabeza tan dura que parecía hecha de madera y al que, de vez en cuando, la nariz le crecía de un modo extraordinario…

—¿Y tú quién erres? —preguntó la voz tajante de Frau Tina con su inseparable deje gutural.

—Eso, who are you, Sire?—corroboró el británico acento de Mr. Tim.

—Mi historia es larga —replicó el anciano—, pero como aquí dentro el tiempo cuenta poco porque hay poco que hacer, creo que podré entreteneros un rato con ella. Mi nombre —prosiguió diciendo— es Pierre Denys Pontoppidan y soy de profesión malacologista, que en román paladino viene a querer decir que me dedico al estudio de esos seres misteriosos y fascinantes que son los moluscos y, en particular, los llamados cefalópodos. Desde pequeño me sentí atraído por las historias que los marineros contaban del mayor de estos animales jamás vistos: el kraken. Recogí sobre él cuanto material pude hallar, en forma de descripciones científicas, como la de Linneo, que lo catalogó en la primera edición de su Systema Natruae con el nombre de Microcosmus Sepia. Ignoro por qué, aunque alguna sospecha me ronda al respecto, lo excluyó de la segunda edición de su libro. Compilé también simples cuentos, leyendas y rumores y con todo ello compuse una gigantesca Historia Natural del Kraken, en la que recogía la noticia de ser el responsable del hundimiento en una sola noche de siete barcos americanos frente a las costas de Florida. Mi obra tuvo un eco sin precedentes: universidades y sociedades científicas se me disputaban y no paraba de impartir en ellas charlas y conferencias muy bien remuneradas. Mas en mi propio éxito se cimentó también el principio de mi desgracia: la envidia, que impregna toda actividad humana, se agudiza en los cenáculos académicos e intelectuales, de donde debiera haber sido erradicada para siempre. Un grupo de malacólogos, celosos de mi fama, sobornaron a tripulantes supervivientes de los barcos hundidos en Florida, quienes testificaron que su naufragio trajo causa en una súbita tormenta tropical, desatada de improviso sobre tales lugares. ¡Una tormenta tropical! ¡Valiente sandez! Pero lo cierto es que mi celebridad se esfumó tan deprisa como había llegado y me hallé en poco tiempo pobre, hambriento y despreciado por todos los círculos científicos que antes me aplaudieron. Pudieron tramar mi ruina, mas no pudieron doblegarme, ni consiguieron que abjurara de mis convicciones. Invertí el poco dinero que me llegó de una inesperada herencia en botar un pequeño balandro y me hice navegante solitario; crucé todos los mares conocidos y algunos ignotos y, tras muchos años, obtuve al fin mi recompensa: el Microcosmus engulló mi barco y a mí con él y, desde entonces habito su interior, escudriño sus secretos y compongo con ellos la obra definitiva sobre el monstruo del Leviatán, sobre el abominable Caribdis, sobre la suma, en fin, de todas las gigantescas y terribles criaturas marinas. Mas no perdono a la humanidad que, incrédula y envidiosa, me despreció y humilló. Tengo determinado que no se ha de beneficiar de mis descubrimientos. Hay saberes que los hombres no merecen, así que los profundos y maravillosos secretos del Kraken jamás verán la luz; permanecerán por siempre aquí, pues es justo que nunca abandonen el estómago mismo de su dueño. Mas decidme —preguntó el viejo, mudando de súbito de asunto—, ¿quiénes sois vosotros y qué habéis venido a hacer aquí? ¡No pretenderéis destruir esta magnífica criatura, sin par en la Naturaleza!

—Nosotros solo querrer salir limpiamente de kraken y salvar barrco —replicó frau Tina.

Of course, Sire —corroboró Mr. Tim.

—Bueno —replicó Pontoppidan pensativo—, de aquí salir se puede, como hicieron el profeta, el carpintero y su hijo. Yo conozco al menos dos vías para eso, pero ninguna de las dos es limpia. Aunque, al menos, una de ellas os ayudará también a salvar el barco.

—Si Herr Pontoppidan tenerrr amabilidad explicarnos plan, nosotros luego hacer mucho deprisa.

—¿Está armado vuestro barco?

—Yes, Sire, ¡con diez cañones por banda!

—Tendremos entonces que aumentar la temperatura en ese punto del estómago del monstruo —dijo el anciano señalando hacia una protuberancia que sobresalía de un pliegue de la pared blanquecina de la caverna—. Cuando la criatura note el calor liberará el barco por unos momentos, sumergiéndose en busca de agua fría, mas no ha de tardar mucho en emerger de nuevo para volver a atrapar su presa. Si vuestros amigos aprovechan el momento para lanzarle una andanada que logre hacerle algo de daño, el monstruo intentará ocultarse y emprender la huida y ahí tendréis la oportunidad de escapar.

—¿Cómo? —pregunté un tanto escéptico ante un plan que se me antojaba bastante disparatado y sujeto a múltiples imponderables que podrían hacerlo fracasar y que el animal se hundiera para siempre con nosotros dentro.

—Solo tenéis que prender un fuego en la protuberancia y correr después hacia la galería que veis a vuestra izquierda. Si todo sale como espero, desde ella hallaréis la forma de dejar al monstruo.

—Pero, ¿con qué vamos a encender fuego? Además está todo mojado. Tardará mucho en arder cualquier cosa que pretendamos quemar —objeté de nuevo.

—Un poco de fe, mi escéptico amigo —replicó el anciano—. Ahí tengo yesca y pedernal con que podréis prender esas tablas que flotan en el suelo. En cuanto a la humedad, proviene del líquido que hay en él. Es ácido y bastante inflamable, así que de lo único que tenéis que preocuparos es de no salir ardiendo también vosotros.

—En cuanto a eso —dijo Mr Tim—, no problem. Nosotros no combustibles.

Tomó el mayordomo la yesca y el pedernal que el viejo nos tendía y en poco tiempo hizo prender una llama azulada en unas madera, cubiertas de algas muertas, que frau Tina había acumulado junto a la protuberancia.

Nos encaminamos, siguiendo las indicaciones del viejo, por la galería en cuestión que resultó ser extremadamente corta y desembocar en un negro agujero que no dejaba adivinar lo que ocultaba en su fondo.

Notamos de pronto que el animal se sumergía, de lo que colegimos que había liberado al barco, mas pronto volvió a subir buscando la superficie para hacer de nuevo presa en él.

Los cañones de una de las bandas de El Temido retumbaron con estruendo y percibimos una fuerte sacudida en la criatura, que empezó a sumergirse de nuevo. De lo profundo del agujero que se hundía a nuestros pies vimos entonces emerger una marea negra proyectada hacia arriba con enorme fuerza.

—¡Es la tinta! ¡Saltad! —grito Mr. Tim al tiempo que nos arrastraba al chorro de líquido negro, el cual nos empujó violentamente al exterior del monstruo y hasta nos elevó por encima de la superficie del mar, a la que volvimos a caer, a pocas brazas de nuestro barco, la boca de cuyos cañones de la banda de babor podíamos ver humear todavía.

Estaba tan aturdido por la increíble peripecia que acabábamos de vivir que, mientras sobrenadaba en la oscura mancha, a la espera de que nuestros compañeros vinieran a rescatarnos, solo una idea se me pasaba por la cabeza:

—¡Lástima de tinta! —pensaba—. ¡La de libros que se podrían escribir con ella!