Capítulo 11: El capitán Kidd (final)

Me giré con brusquedad, solo para encontrarme de frente con tres amenazadoras bocas de pistolas que el señor Haukins y otros dos compañeros suyos esgrimían y con las que me conminaban a que me diera preso. Asentí, aparentando docilidad y en cuanto noté que la tensión de su vigilancia se relajaba un poco, volví la cabeza y grité a todo pulmón, con la esperanza de que Pog Clinc me oyera:

—¡Ponte a salvo! ¡No vuelvas al barco y lleva el tesoro a buen recaudo! ¡Volveré a buscarte, lo prometo!

Para mi mayor desconcierto, los hombres que me vigilaban no hicieron asomo de silenciarme, antes al contrario, redoblaron sus risas y sus rechiflas.

—Con respecto a Pog Clinc, tanto nos da que vuelva, como que no. Es más, si no lo hace, será trabajo que ahorraremos. En cuanto al tesoro, hace ya días que los doblones auténticos se guardan en la caja de las monedas de chocolate y son estas la que han ido a parar al fondo del cofre. Si Pog Clinc comiera algo distinto al queso, tendría con qué entretenerse antes de morir de aburrimiento y abandono en esa asquerosa isla. Por lo que a usted se refiere, seguimos escrupulosamente las instrucciones que nos dio Lord Sandwich, que usted mismo me entregó en aquel sobre lacrado: en él nos decía que si tenía la habilidad y osadía necesarias para esquivar las asechanzas del bandido Jack Sheppard y su tropa, le diéramos la oportunidad de ver cómo se desempeñaba al mando del barco, y, si lo hacía bien, lo aguantáramos hasta obtener unos beneficios razonables, después de lo cual, deberíamos deshacernos de usted de la manera que se nos antojara. Así, tales beneficios solo habrían de repartirse entre él y nosotros, como hemos venido haciendo desde siempre, en los muchos años que llevamos al servicio de Lord Sandwich. Y ahora, si no le importa, tenga la bondad de acompañar a estos señores hasta su nuevo camarote, en la sentina del buque, en tanto decidimos qué destino darle.

Pasé ignoro cuánto tiempo sumido en la profunda oscuridad que reinaba en el vientre del navío, en la que lo único que llegaba a percibir del exterior era la mayor o menor agitación del mar, que se transmitía inmediatamente a las tablas del buque y de ahí a mi propio cuerpo, obligado a permanecer en posición semiyacente por la estrechez de hediondo cubículo al que se me había arrojado.

Por fin, a la luz dudosa de un crepúsculo que en esos momentos no sabía si matutino o vespertino, vinieron a buscarme y me condujeron a mi propio camarote, ocupado ahora por el señor Hawkins.

—Va a tener, capitán, ocasión de rendirnos, quiera que no, un último servicio. Para volver a Plymouth tenemos que pasar necesariamente por la vecindad de los Promontorios del Microcosmus y aquí al amigo Peter Jotha —y al decirlo señaló a un sujeto bajo, de ojos un poco estrábicos, nariz chata y aplastada y una delgada barba pelirroja, quien, al sentirse aludido, sonrió, dejando ver unas muy poco pobladas encías, en cada una de las cuales morían de soledad un par dientes muy torcidos y negros— se le ha ocurrido que para pasar con más seguridad, podemos ponerle al monstruo un señuelo en forma de almadía, encima de la cual ira usted, mi capitán. En tanto el Kraken se entretiene con ella y da cuenta de su Excelencia, nosotros podremos atravesar tranquilamente sus aguas, rodeando uno de los promontorios. Ingenioso, ¿verdad?

No me tomé la molestia de responder palabra, así que, en medio de la algarabía de los piratas, se echó al agua una frágil balsa, compuesta de no más de cuatro pedazos de uno de los mástiles de repuesto, unidos de mala manera entre sí por un par de cabos medio podridos y se me obligó a subir a ella, sobre la que solo podía mantenerme en un inestable equilibrio.

Arrastró la Hispaniola la balsa durante un trecho y, cuando notaron que la había cogido la corriente y la empujaba hacia el centro del paso por entre los dos promontorios, arrojaron la amarra y viraron a babor con idea de rodear uno de ellos y bordearlo por fuera.

El truco de la almadía fue, sin embargo, un fatal error de los piratas: quizás porque carecía de calado, no llamó en absoluto la atención del monstruo, quien debió confundirla con unos simples troncos que flotaban en la mar. Lo vi llegar hasta cerca de la superficie, pasar en toda su enorme longitud por debajo de la balsa, sin tocarla, ni reparar para nada en ella y doblar la prominencia marina, emergiendo justo por detrás de la Hispaniola, a la que apresó con sus múltiples tentáculos, deshizo como si fuera un azucarillo y engulló con toda la tripulación y su carga al completo. En solo unos breves minutos, el orgulloso barco de Lord Sandwich había quedado reducido a unos cuantos pedazos de tablas y algunos cabos rotos sobrenadando en las oscuras aguas que circundaban ambos promontorios.»

—¡Vaya! —dije casi para mí—. ¡Otro brillante capítulo para el tratado malacológico del señor Pontoppiden!

—¿Perdón, Mr. Benavides?

—Disculpad. Solo son cosas mías, sin importancia. Recordaba, a propósito de vuestro cuento, cierta ennegrecedora experiencia que tuvimos algunos tripulantes de El Temido con el Microcosmus.

Tras esta casi involuntaria digresión, Lord Crokinole prosiguió con su relato, del que, pese a haberme invitado a su barco en calidad de rapsoda, había acabado por transformarme en atento auditorio:

«El capricho de las olas y de las corrientes fue zarandeando la balsa de un sitio a otro, sin que pudiera yo gobernarla en forma alguna ni tener el control de a dónde me llevaba. Temía, con razón, que de no empujarme pronto a alguna orilla, acabaría por perecer de hambre y sed, o por ser pasto de algunas de las inquietantes criaturas marinas que, de cuando en cuando, se aproximaban y cuyas oscuras aletas triangulares veía emerger y dar vueltas en torno a ella.

Quiso, no obstante, la fortuna que, con vida y entero aún, la almadía fuera arrastrada por el oleaje hasta las costas de la isla de Crokinole, que entonces se llamaba de Minos, aunque no de manera tan suave que no se hiciera pedazos contra los arrecifes y me viera obligado a nadar hasta una ensenada de regular tamaño, en la embocadura de una ría, por donde trasegaban multitud de embarcaciones de muy diversos calados y oficios.

Fui socorrido con presteza y llevado hasta la ciudad ante las autoridades de la isla, una vez que di cuenta de mi patria y calidad, usando mi nombre verdadero y no el seudónimo de capitán Kidd, al que hice quedar por muerto de manera definitiva, por temor a que se me reconociera como pirata y hubiera allí también cuentas pendientes con la justicia por ello.

En el camino, me refirieron la triste situación en que aquel reino se hallaba, con la heredera al trono víctima de un hechizo que la mantenía sumida en un profundo sueño del que solo podría despertarla el beso de un apuesto príncipe, que, lamentablemente, no acababa de aparecer.
Cuando fui presentado al anciano rey Minos como un aristócrata inglés, que había naufragado no lejos de las costas de la isla, este, despertándose de súbito del sopor en que se hallaba sumido, me preguntó si mi familia estaba entroncaba, aunque fuera de manera remota, con alguna casa real.
Recordé entones que mi padre solía contar que, entre nuestros antecesores, se encontraba no sé qué oscuro príncipe sajón, lo cual acabó de despertar el entusiasmo de su Majestad, quien, levantándose del trono con una ligereza absolutamente impropia de sus muchos años, exclamó:

—Vayamos sin dilación a la cámara real en que mi hija reposa y, al menos, hagamos la prueba. Algo me dice que esta puede ser la buena. También es la única ocasión que se nos ha presentado en hace ya no sé cuántos años.

Mientras recorríamos los laberínticos pasillos del castillo de Minos me asaltaron multitud de dudas y vacilaciones e hicieron presa de mi ánimo algunos pensamientos insidiosos:

—Si en tantos años como ha que duerme —me decía— la princesa, no se ha despertado con el beso de algún príncipe, pese a la enorme recompensa que ello traería aparejada, solo puede ser por dos motivos: o el asunto de beso no funciona para deshacer ese hechizo y, en realidad, no está dormida, sino muerta en vida; o la princesa es fea cono un sapo y no ha habido príncipe que haya querido besarla.

Ambos temores resultaron, sin embargo, infundados: la princesa no es que fuera una belleza de cuento, pero los cabellos pelirrojos que ondeaban sobre la lujosa almohada, la piel pecosa del rostro de nariz ligeramente respingona, los firmes labios de color rosa pálido y la más que regular figura que se traslucía a través de las finísimas sábanas de Holanda con que estaba tapada, la hacían sumamente atractiva, incluso antes de contemplar la inteligente y risueña mirada que habría de exhibir una vez abiertos los ojos.

No me entretuve en muchas consideraciones y, con cierto embarazo por la expectación que se creaba a mi alrededor, puse mis labios encima de los de la durmiente, quien reaccionó inmediatamente, abrió los párpados de par en par y, mirando en torno, preguntó extrañada, sin saber todavía muy bien dónde se hallaba:

—¿Qué pasa? ¿Es que me he dormido?

Lo demás de la historia lo conoce de sobra. Nos enamoramos, nos casamos, nació Lady Victoria y después surgieron las complicaciones que ya sabe, tras esa nueva intervención de la maldita Croma en la vida de los reyes de Minos. A raíz de ella, volví a Inglaterra para negociar su adscripción al Imperio, cambiando el antiguo nombre de la isla por el mío y el título de reyes por el de gobernadores perpetuos, aunque los miembros de la familia real mantengan el de reyes-gobernadores, que será el que un día, Dios mediante, ostentará Lady Victoria. En mi vuelta a Inglaterra, quise ajustar cuentas con el duque de Sandwich, pero supe que el señor Montagu había fallecido solo unos meses antes y sus bienes y títulos divididos entre sus muchos hijos, por lo que hallé inútil cualquier tipo de venganza. Me limité a entrar en contacto con el Almirantazgo para solicitar un nombramiento naval y el permiso para batir estas aguas, luchando contra la piratería., tan abundante entonces en ellas, aunque ya casi solo queda vuestro escurridizo capitán Laurel, con quien no he conseguido hacerme en todos estos años. Perseguía con ello, además de mi venganza, tener ocasión de hallar la isla en que quedó el bueno de Pog Clinc y saldar la inmensa deuda de gratitud que con él tengo contraída por los muchos servicios prestados y sacrificios realizados en mi nombre. Pero hasta ahora no he tenido suerte y sigo sin conocer cuál ha sido su destino, después de tantos años.»

—Pues, en verdad, nunca se ha encontrado muy lejos. Nos topamos con él en un islote a poco más de un día de navegación de la isla de Crokinole, al que arribamos cuando Lady Victoria nos liberó del calabozo. Aún sigue custodiando el tesoro, sin saber que sus monedas son de chocolate; lo cierto es que se muestra muy tenaz en el empeño y espera con paciencia vuestro retorno.

La alegría y la sorpresa por las noticias que le daba se desbordaron en el rostro de Lord Crokinole, siempre contenido a la hora de expresar emociones: prometió rescatarlo de su islote en cuanto fuera posible en el viaje de vuelta y darle a comer todo el queso del mundo.

En ese instante, sin embargo, acabó con nuestro entretenido encuentro el señor Terophontax, al irrumpir en la cámara con una alarmante noticia:

—Señor, El Temido se encuentra a la deriva delante de nosotros. No se ve a ninguno de sus tripulantes. Enteramente parece un buque fantasma.

Capítulo 11: El capitán Kidd (3ª parte)

—Y ahora que Pog Clinc trabaja para ti, ¿cómo Pog Clinc te llama?

Recordé que, en efecto, no había tenido ocasión de decirle mi nombre:

—Puedes llamarme capitán Crokinole.

—Capitán Coki…, capitán Kidd; Pog Clinc llama capitán Kidd. Más sencillo.

No me pareció mal la idea, además de por la simplificación fonética, porque el nuevo nombre permitiría que el ilustre apellido de mis antepasados no circulara por los siete mares, mientras mi recién estrenada capitanía transitaba por la delgada línea entre el corsariado y la piratería por la que habría de moverse, si quería obtener beneficios reales en aquella empresa.

—Sí; capitán Kidd puede ser un buen nombre —corroboré.

Llegamos a Plymouth aquella misma noche. Preguntando a algunos de los escasos viandantes que transitaban la calle a esas horas, nos encaminaron al puerto y, tras descartar otros tres buques, divisamos La Hispaniola amarrada en un extremo del muelle.

Me acercaba a la pasarela de acceso con decisión, dispuesto a hacer valer mi autoridad como capitán y trabar conocimiento con la tripulación, cuando un súbito empellón de Pog Clinc me arrojó al suelo, en medio de unas bateas llenas de pescado medio podrido y vísceras de otros, destripados para evitar que se pudrieran con rapidez.

—¡Qué manía la tuya de arrastrarme a la inmundicia! —no pude menos de exclamar, reprendiéndole tan abrupta maniobra.

Me tapó la boca con una de sus manitas delanteras y señaló hacia el frente, donde tres figuras encapotadas paseaban no muy lejos del barco, aparentando cierta indiferencia:

—Jack Sheppard y sus hombres delante barco. Pog Clinc distrae y tú sube. Después Pog Clinc también sube.

Sin darme tiempo a decir nada más, emprendió una tan alocada carrera hacia donde los tres hombres fingían pasear distraídamente, que solo pudieron percatarse de ella cuando Pog Clinc les pasó por delante de las narices, alborotando para atraer su atención.

—¡Es el maldito cerdo Chester! —exclamó uno.

Echaron todos a correr en pos de él; lo condujo su curso hasta el final del muelle y, sin la más mínima vacilación, saltó a la fría negrura de unas olas que mecían suavemente las embarcaciones amarradas a los norayes.

En la persecución del cerdito y mientras escrutaban inútilmente en su búsqueda el negro mar del malecón, olvidaron la pasarela, momento que aproveché para colarme por ella y llamar la atención de un vigía que dormitaba con descuido junto a la rueda del gobernalle.

—¡Ah del barco! —grité lo más reciamente que pude.

—¿Quién va? —preguntó un aún somnoliento vigía.

—Sube a bordo el capitán Crokinole, puesto al mando de este barco corsario por su armador, Lord Montagu, Conde de Sandwich. Aquí están mis credenciales. Tenga la bondad de hacer subir al puente a mi segundo, el señor John Hawkins.

—Aquí está John Hawkins —dijo a mis espaldas la voz irritada de un marinero malencarado y con una roja cicatriz que le cruzaba el rostro de izquierda a derecha, pasando justo por el entrecejo, según pude constatar al darme la vuelta.

El marinero hizo un claro gesto de repugnancia por el mal olor que mi persona desprendía y que traía causa en las involuntarias visitas a la zahúrda y a la batea de desperdicios de pescado.
Ignorando sus claros ademanes de desagrado y sin mediar palabra, le tendí las credenciales que llevaba, que el demoró en comprobar largo rato a la débil luz de un pequeño fanal, que otro de los marineros sostenía en alto. Ignoro si la prolongada demora obedeció a la poca luz que el fanal proporcionaba o a la escasa pericia lectora del señor John Hawkins.

En tanto revisaba este los documentos que le había tendido, noté que mis perseguidores merodeaban por los alrededores del navío, descubierta ya la treta de Pog Clinc y conscientes de que no había logrado interceptarme, como era su propósito, para impedir que subiera a él.

—Vayámonos de aquí. Ya nada podemos hacer. ¡Ese maldito cerdo me ha hecho perder un beneficio que tenía casi en la mano! ¡Habrá que vigilar el navío hasta que zarpe! —les oí decir mientras se retiraban discretamente y se perdían en la oscuridad del malecón.

Terminó el segundo la inspección de los documentos y me los devolvió, a excepción de la carta lacrada que venía a su nombre y que guardó en el bolsillo interior de la ajada casaca verde botella que vestía.

—Estamos a sus órdenes, capitán Crokinole —dijo con una cierta decepción, que no supo ocultar.

—Puede llamarme capitán Kidd —le repliqué—. Zarpamos inmediatamente.

Se elevó, al oír mi orden, un murmullo de disgusto entre la marinería, que cristalizó en la exclamación del segundo:

—¿Ahora mismo? ¡Imposible! ¡El barco no está avituallado!

— ¡No importa! Lo avituallaremos mañana en Torquay y partiremos de nuevo desde allí, tras completar el embarque de las provisiones…

No había terminado de hablar, cuando la atención de los tripulantes de la Hispaniola se vio distraída por alguien que, tras haber trepado con agilidad por la quilla del barco, una vez a bordo, se dejó caer exhausto sobre las tablas de cubierta.

—¡Nos abordan! —gritaron algunos.

—¡Es un polizón! —dijeron al unísono dos fornidos marineros que se precipitaron sobre el intruso, quien se defendía de ellos bravamente y en silencio.

—¡Quietos, señores! —les ordené—. ¡Déjenlo en paz! Les presento a mi ayuda de cámara, el señor Pog Clinc.

Y señalé al cerdito que, mirando todavía furioso a sus dos captores, se sacudía del cuerpo las últimas gotas de agua del mar.

Hicieron algunos ademán de reír, ante la figura un tanto grotesca de Pog Clinc, pero la fría mirada que se encendió en los ojos del Chester les heló a todos la sonrisa en los labios.

Pese a la reticencia de sus tripulantes, la Hispaniola se hizo aquella misma noche a la mar. Se trataba de una goleta de velacho de solo dos mástiles, con unos veinticinco metros de eslora y seis o siete de manga, de alrededor de doscientas toneladas. Se aparejaba con foques y velas de estay y resultaba maniobrable y ligera, sobre todo en la navegación de ceñida. Estaba armada con dieciséis cañones y componían su tripulación veinticinco marineros, más Pog Clinc y yo. Debía su nombre a haber sido capturada a los españoles por un navío de línea de la armada inglesa, en tareas de corsario. Rebautizada con él —ignoro cuál fue el originario—, la Armada se la vendió a Lord Sandwich, quien decidió emplearla en análogas labores a las que se dedicaba el buque que la había capturado.

El oficio de corsario no dio, sin embargo, el rendimiento que era de esperar. Atrapamos, ciertamente, algunas presas extranjeras, sobre todo francesas, y las llevamos a puerto para que las negociara Lord Sandwich, pero, en vez de llegarnos los beneficios que esperábamos por ellas, se nos notificaba que, al parecer, tales presas habían sido capturadas justo días después de entrar en vigor una tregua o de que se hubiera firmado la paz con Francia y, por tanto, la captura se consideraba un acto de piratería y no una legítima acción de guerra. Eso obligaba supuestamente a devolver los barcos y hasta a indemnizar a sus propietarios. Tales noticias venían siempre en una misiva, que firmaba nuestro armador, envueltas en infinidad de lamentos sobre las cuantiosas pérdidas que la Hispaniola le estaba causando, con la sugerencia de que la usáramos para otro tipo de actividad más lucrativa. Era una clara incitación —casi una orden— a que nos diéramos de lleno al ejercicio de la piratería.

Así que no nos quedó más remedio que abandonar el teatro de nuestro corsariado, por otro menos confuso entre guerras y paces, en el que llevar a cabo con más tranquilidad actividades ya decididamente piráticas.

Llegamos a estas aguas y nuestra suerte cambió en ellas de modo radical. En muy poco tiempo de cabotaje logramos abordar varios mercantes provistos de las mercancías más ricas y variadas: telas lujosas, especias, joyas, aves exóticas de colorido plumaje y algunos lingotes de metales preciosos. Con ello terminamos por ganar una notoriedad que nos granjeó el respeto y la admiración del resto de los piratas que infectaban estos mares.

Comerciamos con el fruto de nuestras rapiñas, hasta convertirlo todo en doblones de oro puro que guardamos en un cofre y tan solo nos quedó en la bodega un cargamento de cacao y azúcar, elaborados como chocolates de las más diversas formas y sabores, que no quisimos vender porque la tripulación gustaba de ellos de modo extraordinario, hasta el punto de casi no comer otra cosa.
Solo Pog Clinc permanecía ajeno a tan insano hábito alimenticio y fiel a su ración de queso, que guardaba en un barril en la bodega, junto al dinero y los chocolates.

Gracias a él, tuve conocimiento del motín que la tripulación estaba tramando a nuestras espaldas: con ocasión de ir por un poco de queso para comer y hallándose el barril que lo contenía ya en las últimas, Pog Clinc cayó en su fondo, viéndose imposibilitado de trepar por sus paredes, resbaladizas por demás, a causa del aceite con que se impregnaba su corteza para mejor conservarlo. Iba a pedir socorro para salir de tan embarazosa situación, pero un rumor de voces lo detuvo. De ese modo pudo oír una conversación entre el señor Hawkins y otros tripulantes de la Hispaniola, en la que le pareció entender que aquellos traidores tenían la intención, siguiendo las instrucciones que lord Sandwich les impartiera, de apoderarse de las monedas de oro y dejarnos en alguna isla desierta o, a falta de ella, arrojarnos directamente por la borda.

Aguardó Pog Clinc a que los conspiradores abandonaran la bodega, hizo oscilar después el barril hasta volcarlo y escapó de su bienhadada prisión sin reclamar auxilio de nadie. Luego, con toda urgencia, vino a verme en secreto a mi cámara, donde entre la excitación y su media lengua, no me fue fácil llegar a entender lo que estaba ocurriendo en el barco.

Cuando, por fin, logré hacerme cargo y, tomando consejo con él, decidimos que nuestra única esperanza de salvación pasaba por apoderarnos del cofre de los doblones y esconderlo, de manera que pudiéramos negociarla a cambio del tesoro.

Aprovechando que estábamos fondeados en una pequeña rada, perteneciente a una isla de la que, en verdad, lo ignorábamos todo, pues habíamos sido arrastrados por las corrientes, en medio de una calma chicha, y llegados a ella en plena oscuridad de la luna nueva, Pog Clinc se ofreció a hurtar el cofre, cargarlo en un bote y llevarlo a tierra, donde buscaría un sitio secreto y apropósito para ocultarlo.

Hicímoslo así y, pensando no ser ni oídos, ni vistos, en medio de unas tan espesas tinieblas que hasta el ruido de nuestros pasos amortiguaban, sacamos entre los dos el arcón de la bodega, y lo cargamos en un bote que, encostado en el barco, estaba ya preparado para la aguada que supuestamente pretendíamos hacer al siguiente día. Descendió hasta él Pog Clinc y en silencio largó las amarras y se alejó del barco en dirección a la orilla.

Hacía rato que Pog Clinc debía haber embarrancado el esquife en la playa y arrastrado el cofre por ella hasta internarse en la jungla, en busca del mejor escondite para el tesoro, y yo seguía allí, inmóvil, escrutando la oscuridad, como si así pudiera adelantar el final de la peligrosa misión que el cerdito había emprendido. De pronto, una algarabía de risas se elevó a mis espaldas y la recia voz de John Hawkins tronó:

—Negocio concluido; nos vamos. ¡Levad anclas!

Capítulo 11: El capitán Kidd (2ª parte)

Terminadas las exequias, hice enganchar de nuevo el faetón y emprendí el mismo camino que poco antes había llevado a mi padre a las puertas de Hinchingbrooke House, donde no resultó nada fácil que consintieran en recibirme.

Cuando así fue, tras no pocos ruegos, conminaciones, insultos y peleas con los lacayos que guardaban la mansión, en que hasta me vi en el trance de ser arrojado al barro de la explanada que había delante del edificio y que servía de estacionamiento donde los carruajes aguardaban el fin de la visita de sus dueños, me condujeron ante la presencia del conde de Sandwich. Era un anciano de ojos vivarachos en un rostro redondeado, provisto de una enorme nariz y abultados mofletes teñidos de rojo, que dejaban traslucir sutiles venillas azules. Vestía su grueso corpachón de manera ridícula y anticuada, con una larga casaca azul, ribeteada en oro, polainas a juego, medias blancas y zapatos de charol con hebillas doradas. Para rematar tan grotesca figura, tapaba su más que notable calvicie con una peluca empolvada de aladares rizados, como la de un presidente de audiencia.

Como era de esperar, negó cuanto mi padre había manifestado en su lecho de muerte y yo le expuse:

—Son solo delirios de un pobre moribundo —me dijo—. Parece mentira que os hayáis tomado la molestia de venir hasta aquí en tan penosa circunstancia, solo para eso. Bastaba con haberme puesto unas letras.

—Sin embargo —apunté de farol, pues no había tenido ocasión de hablar con ellos y, para bien decir, ni tan siquiera sabía quiénes eran, en realidad—, sus compañeros de juegos ratifican la historia punto por punto y coinciden en todos los detalles…

—¡Insidias de malos perdedores, fruto del despecho! —gritó demasiado airadamente Montagu, lo que me hizo sospechar que el dardo, lanzado casi al azar, había hecho blanco.

—A lo mejor es cuestión de ir expandiendo el rumor. Solo con la difusión de la sospecha, vuestros próximos invitados estarán sobre aviso, de manera que os resultará imposible repetir la traza. Eso sin contar el punto al que podría llegar vuestra reputación, si el asunto llegara a comentarse, como es probable que suceda, en la Cámara de los Lores.

Aquella postrer amenaza fue un éxito rotundo, de modo que la actitud de lord Sandwich mudó por completo.

—Bien está —dijo en un tono, en apariencia más conciliador—. Contra la calumnia, la inocencia no tiene defensa posible, así que busquemos una vía de acuerdo que nos evite a ambos una lucha descarnada que a nada ha de conducirnos. Como sería deshonroso no cobrar deudas de juego y, para que vos no quedéis en la miseria a consecuencia de las que vuestro padre contrajo por su mala cabeza, os propongo una solución, si os place.

Asentí, invitándolo a continuar por la curiosidad de saber a dónde quería llevarme, y el prosiguió:

—Lord Crokinole me ponderó en varias ocasiones durante los días pasados vuestras sorprendentes habilidades como marino, así que podríais poneros al mando de un navío que tengo en el puerto de Plymouth, perfectamente aparejado, con la dotación completa y para el que en su día solicité, y me ha sido concedida, una patente de corso, lo suficientemente generosa como para que podamos ambos obtener buenos réditos con poca inversión por vuestra parte.

Tras meditarlo unos breves instantes y sabedor de lo delicado de mi situación y del mucho riesgo de fracasar si llevaba mis presiones contra Lord Sandwich más allá, acepté su propuesta, a condición de que los beneficios netos se repartieran en tres partes iguales: una para mí, otra para la tripulación y la tercera para él y que me proveyera, además, de una cantidad para hacer frente a los primeros gastos.

Asintió sin poner objeciones y me ofreció sesenta libras, además de un buen caballo de monta a cambio del faetón y su tiro, aunque, decía él, estos ya le pertenecían por habérselos ganado en buena lid a mi padre.

Partí de ese modo al día siguiente, camino de Plymouth, con la bolsa repleta, a lomos de un razonable bayo, que elegí de entre los que tenía en sus cuadras y Lord Sandwich consintió que eligiera. Pensaba venderlo antes de embarcarme y obtener por él al menos otras diez libras. Llevaba también en la faltriquera mi nombramiento como capitán del navío Hispaniola, la patente de corso y una misiva de aquel para un tal John Hawkins, mi segundo de abordo en el barco.

Al anochecer del tercer día de viaje, mientras atravesaba —creo— los parajes de Lydford, me condujo el camino que traía hasta un estrecho puentecillo de madera por el que se cruzaba el río, que corría por debajo, formando una profunda garganta, en medio de un frondoso boscaje.
Al final del puentecillo, recostado contra uno de los postes que le servía de puntal y vuelto de espaldas, había un hombre joven que miraba hacia el agua con postura indolente.

Poco antes de llegar al punto donde se hallaba, se irguió en toda su estatura —que era considerable—, extrajo una pistola de entre sus ropas, me encañonó de frente, y dijo mirándome con fijeza:

—Os ruego me excuséis por abordaros sin haber sido presentados, pero sería conveniente para vuestra seguridad y la mía que descendierais de esa montura: en mi caso, para que no caigáis en la tentación de espolearla e intentéis atropellarme y daros a la fuga; en el vuestro, porque mi habilidad con esta arma es notoria y así que hicierais el más mínimo intento de ello, os hallaríais, antes de daros cuenta, con un tercer ojo entre los otros dos, con el que, para vuestra desgracia, nada llegaríais a ver.

Decidí no arriesgarme a verificar si la puntería con la pistola de que hacía gala aquel sujeto era cierta o se trataba de mera jactancia, así que descendí de mi montura lentamente, como me pedía.

—Y ahora —continuó él— pese a que os habéis portado como un auténtico caballero, debo, sin embargo, acabar con vuestra vida por dos razones, que, desde luego, entenderéis: la primera porque es la manera más fácil y segura para mí de conseguir las sesenta libras que lleváis en la bolsa, sin que nadie pueda acusarme por ello, librándome así de recorrer el transitado camino de Tyburn hacia la horca; la segunda…

Pese a la certeza del bandido, ni llegué a entender del todo la primera de las razones, ni a conocer la segunda; una piedra de regular tamaño, lanzada con buen tino desde la copa de una de las grandes hayas que bordeaban el sendero, debajo de la cual habíase situado, le impactó en la parte de atrás de la cabeza y lo dejó tendido en el suelo cuan largo era.

Me adueñé al instante de la pistola, que, en su caída, había rodado por las tablas del puentecillo hasta quedar a mis pies, sin que por milagro hubiera llegado a dispararse. Fue un gesto perfectamente inútil, pues el dueño del arma seguía inmóvil e inconsciente.

Distrajo de él mi atención un rumor de hojas agitándose que sonó en la copa del haya y ver cómo de ella descendía una especie de enano lampiño, de piel muy blanca, hocico achatado y grandes orejas puntiagudas que se doblaban sobre sí mismas: un perfecto ejemplar, erguido sobre sus patas traseras, de cerdito blanco de Chester.

Para mayor asombro mío, la criatura se acercó al yacente y, como si lo estuviera en verdad oyendo, le dijo:

—Tú mala gente, Jack Sheppard. Tú robas queso Pog Clinc.

Después, se volvió hacia mí y con muestras de honda excitación me conminó:

—Huir con Pog Clinc. Jack Sheppard despierta pronto. Gente de Jack Sheppard cerca y busca a los dos.

Después de eso, sin preocuparse de si le seguía o no, se internó en el bosque.

Corrí tras de él y, pese a hacerlo todo lo deprisa que me dieron de si las piernas, presas aún de algunos calambres por la larga cabalgada del día, estuve a punto de perderlo en más de una ocasión. Lo alcancé, por fin, cuando detuvo su carrera al llegar a un claro entre los árboles, en el que se levantaba una edificación rectangular, de techo bajo, rodeada de una valla que cercaba un auténtico lodazal, lleno de excrementos y a la que se accedía por una única entrada, asimismo de muy escasa altura.

—Esconder aquí —dijo escuetamente Pog Clinc. Y se dispuso a introducirse en ella.

—¿Aquí? —pregunté sin poder evitar un estremecimiento por el asco que me producía el lugar—. ¡Pero, si es una zahúrda!

—¡Sí! —replicó aquel sonriente—. Más difícil que en un pajar, encuentras aguja en un acerico. Lugar más difícil de encontrar un cerdo: entre muchos…. ¡en zahúrda!

—Pero… ¡yo no soy un cerdo! —objeté.

—Tú no cerdo. Pero tú ocultas en el fondo. Ningún hombre registra fondo de zahúrda. ¡Huele mal!

Rezongando, pese a reconocer la lógica impecable del razonamiento de Pog Clinc, me introduje en la nauseabunda cochinera; aunque era cierto que olía mal, he de admitir que reinaba en su interior un calorcito agradable, y, de no haber sido por las chinches, hasta hubiera pasado una noche confortable. A su mitad, mi sueño se vio interrumpido por la conversación de dos hombres que, antorcha en mano, buscaron en ella, aunque someramente:

—Aquí no está. Solo hay cerdos. ¡Puaf! ¡Qué peste…! —les oí decir, mientras se perdían en la oscuridad.

A la mañana siguiente, reanudé mi camino hacia Plymouth, acompañado por el cerdito que se negó con obstinación a separarse de mí, alegando, con su peculiar jerga, que aún no me podía considerar a salvo de las insidias de famoso bandolero Jack Sheppard y que, pues me había salvado la vida, era responsable de mí, en virtud de no sé qué extraño código ético que debía cumplir a rajatabla. A la vista de eso, para no pecar de desagradecido, lo invité a unirse a la tripulación de la Hispaniola que yo iba a capitanear, con un sueldo proporcional a los resultados de nuestras labores de corsario, propuesta que, ni que decir tiene, aceptó con el mayor entusiasmo y solo objetó a la cuestión del salario:

—Pog Clinc no quiere dinero. Dinero no bueno. Pog Clinc quiere queso por trabajo.

De modo que prometí darle como paga todo el queso que pudiera comer, pero él negó con la cabeza:

—Pog Clinc no come todo. Pog Clinc siempre guarda queso para cuando más hambre. Pog Clinc quiere un stone de queso cada siete días.

—Está bien —concedí, a sabiendas de la dificultad de conseguir catorce libras semanales de queso en altamar, pero Dios proveería.