Capítulo 13: La Costa de los Dinosaurios (2ª parte)

—No —respondió el Gris—, son Pog Clinc, el bribón de mi antiguo ayudante, que desapareció hace ya tiempo y al que creíamos devorado por algún dinosaurio, y el señor Benavides, uno de esos enanos que se dedica a preservar libros del hambre siempre insatisfecha de los ratones de biblioteca. Pero ellos nos traen noticias ciertas y excelentes: dicen que, casi con toda seguridad, Iker y los demás se han infiltrado ya en la Cueva de los Enanos.

—En tal caso, deberíamos dar cuenta a Merlín de esa circunstancia, para que ponga en marcha su plan.

—Precisamente a eso se debe nuestra venida, querido Snorri.

—Pero no os quedéis en la puerta. La luz del candil puede atraer a los siluros. El que nos descubrieran ahora sería fatal para nuestro intento.

Siguiendo la indicación del albino, nos apretujamos los cuatro, junto con la ingente cantidad de documentos rúnicos de toda laya esparcidos por la estrecha oquedad de piedra, y accionó de nuevo el mecanismo que cerraba la puerta. La claustrofóbica sensación de agobio que entonces me invadió me hizo recordar el chusco episodio de la topera de Villa Vidinha, de cuyo atoramiento solo pudo sacarme el polvo de hadas.

De eso, para mí, debía hacer más de un siglo, aunque cabía la posibilidad, según le tenía oído a Matías de cómo iba el tiempo en el interior de la sima, de que hubiera sucedido tan solo unas noches antes. Pero habían de venir aún más estrecheces.

Snorri Saknussenn, tras requerir la ayuda de Pog Clinc, subió con agilidad a su mesa de trabajo, levantó una tapa de pergamino, pintado con el color de la roca, disimulada en el techo, y nos invitó a seguirle en el ascenso por lo que no parecía sino una oscura y estrecha chimenea.

—Es un camino incómodo —dijo—, pero es la vía más segura para llegar a Merlín y su troupe circense.

Trepábamos con mucho trabajo por el angosto pasadizo; Pog Clinc ayudaba y sostenía el ascenso del mago Gris y Snorri Saknussenn y yo nos sosteníamos mutuamente, agarrándonos a los tiznados salientes de piedra de lava.

—Yo pensaba que el carácter volcánico del Pico Ocejón era solo una apariencia, cuando se observa su cara sur, pero por esta chimenea y lo negra que se me han puesto las manos de escalar por su pared, no parece sino que sea volcán auténtico y aun que ha tenido erupción no hace mucho —dije en un instante en que nos detuvimos a recuperar el perdido aliento.

Se volvió hacia mí el Gris y, con una sonrisa condescendiente, replicó:

—Es el secreto de la Sima Desconocida. Aquí las cosas son cada vez lo que parecen. Por eso solo hay que saber mirarlas para sacar de ellas, como de los penachos de nubes que cruzan por el claro cielo de verano, un mundo nuevo y cambiante en cada momento. A esto, en alguna ocasión, se le ha llamado magia.

Reanudada nuestra ascensión, acabamos por atisbar su fin bajo la forma de un claro de luz acuosa que, con figura de círculo, se recortaba sobre nuestras cabezas, al tiempo que nos caía encima una fina lluvia de mínimas gotículas. Llegamos al interior de una galería, cuya boca tapaba la espesa cortina que formaba la impetuosa corriente de las chorreras de Despeñaelagua, dejándose caer, en medio de florecidos campanones amarillos, desde casi setenta metros de altura. Servía esta de entrada a una amplia caverna de techo altísimo y paredes rugosas, de cuyo techo se desprendían calcáreas estalactitas de caprichoso dibujo. Se alzaba en su fondo una especie de anfiteatro de piedra y por él se hallaban esparcidas las figuras familiares del elenco artístico del circo del Gran Ta-Morlán.

—¡Albricias, viejo amigo! —exclamó el mago Gris, aproximándose al centro del rocoso anfiteatro, donde permanecía sentado en tosco escabel un abatido Merlín—. Aquellos a quienes aguardábamos acaban de llegar.

—Si me hubierais dado semejante noticia solo hace unos días —respondió— me habría alegrado sobremanera. Mas ahora…

—Pues ¿qué ocurre? —preguntó un desconcertado Snorri Saknusen.

—Sucede que todo nuestro plan descansaba en la clave de bóveda de propiciar desde dentro de la Sima una carga feroz contra los siluros por parte de las Caballeras de la Mesa, pero estas no moverán un dedo contra nadie si no es por indicación de la reina y la reina permanece, de un tiempo a esta parte, absorta en la contemplación de una rara flor de loto azul que alguien le ha proporcionado, sin oír ni hablar a nadie. He probado con todos los recursos de mi magia, pero he sido incapaz de conseguir que levante los ojos de la dichosa flor, o que responda ni media palabra a mis súplicas… ¡Ya no sé qué hacer! ¿Acaso puede la vuestra sacar a la reina de su ensimismamiento?

El mago Gris y Saknussenn negaron tristemente con la cabeza:

—Yo, en realidad, nunca he gozado de los dones de la magia. Solo soy un erudito —dijo este.

—Y yo he olvidado, a causa de mis muchos años, casi todos los conjuros y fórmulas mágicas que alguna vez dominé. La única magia que ahora puedo hacer, son las croquetas de boletus, que, eso sí, me salen riquísimas.

—Pero enano raro si sabe —dijo Pog Clinc de manera inesperada, para asombro de los tres magos, señalándome con el dedo.

—¿Cómo…? —preguntaron casi al unísono.

—Sí. Enano raro despierta piratas contándole historia de libro en castillo de arpías.

Me miraron de modo tan apremiante que no tuve sino que narrarles el desencantamiento de la tripulación de El Temido, siguiendo la feliz intuición de Yoguina y su fe en el poder de las palabras.

—Podría funcionar —musitó para sí Merlín pensativo—. Desde luego, nada perdemos por intentarlo.

Se levantó de su escabel y emprendimos la marcha sin dilación alguna. Nos escoltaban los tres antiguos payasos, recuperados ya sus hábitos primitivos de caballeros medievales, cuya apoltronada vida reciente, sin embargo, les había ensanchado las cinturas y aflojado las carnes, de manera que soportaban con dificultad el peso de sus armaduras y estas dejaban escapar por algunas de sus articulaciones vergonzantes rollos de grasa.

Buscando no ser descubiertos, nos reintrodujimos en la sima por excéntricas y oscuras galerías y nos deslizamos por toboganes inverosímiles. Trazamos de este modo un recorrido laberíntico, durante el cual acabé por perder toda noción de dónde me hallaba y del tiempo que había durado paseo tan intrincado y tenebroso.

Hicimos, por fin, nuestra entrada en la cámara real, una inmensa caverna de techo altísimo y perfil redondo, a la que se accedía por una curiosa arcada en forma de ojiva y a cuyo fondo, bajo un amplio dosel de seda dorada y elevados sobre un pedestal de imponente altura, se veían los tronos del rey y de la reina, de piedra tallada, con innumerables volutas, acantos y otros muchos dibujos geométricos o florales. Delante de ellos, en dos semicírculos separados entre sí por un ancho pasillo central, formaba en marcial silencio el ejercito de las Caballeras de la Mesa Redonda.

—¡Merlín, ya era hora! —dijo el rey, así que nos vio entrar, al tiempo que se lanzaba, casi trastabillando, escaleras abajo de su alto trono—. ¡Desde no sé hace cuánto te esperaba como agua de mayo!

—Nunca es tarde, si la dicha es buena. ¿Hay algo nuevo por aquí?

—Todo sigue igual, pero esto es un infierno. Desde que le dieron esa maldita flor azul, la reina no ha vuelto a desplegar los labios y, si eso no es malo del todo, pues, en ocasiones tiene tendencia a hablar más de la cuenta sin dejar meter baza a nadie en la conversación, también se hace pesado no tener a quien dirigirse. ¿Cómo se puede reinar con este silencio ominoso? ¿A quién le voy a dar órdenes, si nadie me escucha? ¡Tienes que hacer algo, Merlín, o terminaré por volverme loco!

—El poder tiene eso —dije incapaz de contenerme—, si no hay sobre quien ejercerlo, no sabe a nada.

Detuvo el rey su descenso de súbito y, mirándome de hito en hito, preguntó con desprecio:

—Y este idiota ¿quién es?

Me sentí un poco corrido y un mucho humillado. Cuando iba a musitar no sé bien qué en mi defensa, Merlín se adelantó a replicar las insolentes palabras reales con cierta respetuosa sorna:

—Majestad, «este idiota» es nuestra última esperanza para despertar a la reina y movilizar a las caballeras.

—¿Ah sí? ¿Y cómo piensa hacerlo? —replicó entre titubeos, claramente arrepentido de su anterior arrebato verbal.

—Tiene sus métodos, que ya ha probado con éxito en ocasión precedente.

—Le diré un libro de los muchos que preservo en mi memoria. Suele bastar para que los afectados recuperen su interés por algo que no sea la flor de loto azul

—Empieza, pues, cuanto antes, si no te importa. Estoy impaciente por contemplar ese prodigio —y en su voz se percibía aún un eco de escepticismo.

—Está bien: se titula La cólera de Iker, me lo enseñó Matías, y dice:
«Me llamo Yogui. Soy un westy de catorce años. Si, como dicen, cada año de la vida de un perro es como siete en la vida de un hombre, se podía decir que ya tengo noventa y ocho años a mis espaldas. Pero eso son paparruchas…».

Cuando terminé de decir el libro, pude apercibirme de que Merlín, Saknusen y el Gris me miraban con los ojos arrasados en lágrimas, el rey se removía un poco azorado, lanzando furibundas ojeadas a lo caballeros y expayasos, de quienes el relato sorprendía una conversación en la que se referían en términos poco adecuados tanto al rey, como a la reina, y esta, de modo desabrido se dirigió a él:

—Y tú pretendías resolver esta crisis apoyándote en semejantes fantasmones, buenos para nada…

—Pero, querida —le interrumpió tímidamente el monarca—, yo no sabía…

—¡Silencio! ¡Ya hablaremos después tú y yo y esos supuestos caballeros! —a los que, por cierto, hizo palidecer con solo referirse a ellos—. Ahora vamos a lo que importa: ¡A mí las Caballeras de la Mesa Redonda! ¡Vuestra reina os necesita!

Se levantaron las caballeras como una sola mujer a su llamado y se dispuso a ordenarlas para la batalla.

—Majestad, un momento, por favor —la interpeló Merlín.

—Sí, viejo mago —replicó con cierta altivez, quizás connatural en ella.

—Hay noticias de que disponemos de fuerzas leales infiltradas en el interior de la Cueva de los Enanos y otro contingente, compuesto por aguerridos marineros y soldados de casacas rojas, al mando de un vicealmirante, en la playa de los Dinosaurios, muy cerca de la entrada. Quizás sería conveniente coordinar la acción de los tres cuerpos, de manera que el ejército enemigo se disperse y, no sabiendo a qué frente acudir, se genere en él la confusión y el caos. La victoria será más sencilla y menos costosa de ese modo.

—Estás en lo cierto, pero ¿cómo vamos a coordinarnos?

—Estos dos amigos —dijo señalándonos a Pog Clinc y a mí— han venido con las tropas de refuerzo. Cada uno de ellos puede dirigirse a una y advertirles de que, a nuestra señal, desencadenen el ataque.

—¿Señal? ¿Qué señal?

—Cualquiera valdrá. Por ejemplo, tres toques largos del Cuerno de Carga. Su eco resonará por todos los túneles y cavernas de la Sima y será fácilmente oído por todos.

—También por los siluros —respondió la reina.

—Sí. Pero solo nosotros sabremos lo que significa: orden de acción inmediata.
En lo que a mi atañía, el plan de Merlín presentaba un serio inconveniente, que pudiera dar con él al traste por completo: lo ignoraba todo sobre la geografía de la Sima Desconocida, de modo que no encontraba el modo de llegar a la Cueva de los Enanos y, una vez en ella, de hallar a mis compañeros de viaje para ponerlos al corriente de nuestros propósitos.

—Es cierto —replicó el mago pensativo—. Puede que no haya otra solución: dado que tú no sabes llegar, que sean nuestros propios enemigos quienes te conduzcan allá. No es difícil, solo tendrás que hacer lo que yo te diga…

Siguiendo aquellas instrucciones, vestido con ajado disfraz de enano minero que Merlín sacó no sé muy bien de dónde, cuyas groseras costuras, fruncidas con hilo de cáñamo, se clavaban en mis carnes de modo inmisericorde, recorrimos en sentido inverso la estrecha chimenea que desembocaba en la cueva de Snorri. Desde ella nos separamos en dos grupos: Pog Clinc y el Mago Gris partieron hacia el Bosque de los Hongos, y de ahí llegarían a la Playa de los Dinosaurios, para prevenir a Lord Crokinole de lo que se iba a hacer y en qué modo ellos deberían colaborar; Saknussenn y yo cogimos una galería lateral que, tras no pocas idas y venidas, vueltas y revueltas, nos llevó a una una boca de túnel a medio tapar por lo que parecía había sido un desprendimiento de algunas rocas del techo, debido, al parecer, a las frecuentes labores mineras que en torno a ella se venían realizando.

—Dadme tiempo para regresar y haced lo convenido —me dijo el erudito albino.

Aguardé unos minutos y cuando me percaté de que ya se hallaba a distancia prudencial, grité a pleno pulmón:

—¡Una esmeralda arcoíris! ¡Una esmeralda arcoíris! ¡Es enorme y perfecta! ¡Será una piedra poderosa!

Quebró mi grito la tranquilidad casi monacal que se respiraba en la cueva, cuyo silencio solo se veía truncado por el rítmico y espaciado golpeteo de los picos al chocar contra las paredes de piedra. Se formó en torno a mí un barullo que, arrancando en los enanos y siluros que tenía más próximos, fue extendiéndose como una ola por el interior de la caverna, hasta alcanzar el último de sus rincones.

—Mantenla tapada —me decían algunos—; si la hiere un rayo de luz, aunque sea de una vela, puede saltar por los aires.

Enseguida me rodearon media docena de siluros malencarados que, apuntándome con sus toscos lanzones, me obligaron a caminar junto a ellos para llevarme a presencia del visir, en tanto yo apretaba entre mis manos un modesto canto rodado que, envuelto en un légamo pegajoso, había recogido del suelo un momento antes.

Capítulo 12: El Reino del Espejo (final)

—¡Oh, sí! —respondió Perla—. Al fin y al cabo, tienen plumas como nosotras, así que algo nos tienen que tocar. Siempre es bueno conocer la historia de la parentela. Da para presumir con las amigas.

Tras un breve conciliábulo, trazamos un plan para el rescate del resto de los tripulantes de El Temido: como sería imposible que Lord Crokinole, el señor Terophontax y los cuatro soldados, por su tamaño, pudieran atravesar el llano de dunas sin ser descubiertos por las arpías, ni penetrar en el castillo, sin correr el riesgo de envenenarse con las espinas de los cactus cobra, decidimos que compondríamos la expedición solamente el enano, que conocía en parte el terreno, Pog Clinc, y yo mismo.

—Podríamos también acompañaros —terció Petra—. Nadie va a sospechar de unas gallinas picoteando de un lado a otro en busca de gusanos.

—Me parece bien —intervino Lord Crokinole—, siempre que dejéis los polluelos a nuestro cuidado. Solo os servirán de estorbo y con su constante alboroto pueden dar al traste con vuestro empeño.

Aceptaron aquellas de mala gana, pues no gustaban de ir a ninguna parte dejando atrás a sus crías, pero sabedoras de lo fundado del temor del inglés, de modo que en poco tiempo nos lanzábamos a la aventura.

Dividimos en dos columnas nuestro pequeño grupo, compuesta la primera por Petra, Perla y Purpurina que se aproximaron al castillo en descubierta, atrayendo así la atención de las arpías, quienes se limitaron a concentrar su mirada en ellas, observándolas picotear aquí y allá, pero sin sospechar que su presencia pudiera suponerles ningún tipo de amenaza.

Pog-Clinc, el enano y yo reptamos en silencio por las dunas, al amparo de una oscuridad que se había apoderado poco a poco de la playa, tras hundir el sol en el horizonte marino sus últimos reflejos rojizos. Alcanzamos enseguida el arco de entrada al castillo y nos deslizamos con cautela por entre los huecos que se abrían en las ramas y espinas de los cactus, hasta llegar al patio de armas de que habló aquel, lugar en el que nos hallábamos a salvo de la vigilancia de las horribles criaturas, mitad personas, mitad aves, que se limitaban a observar el exterior de la fortaleza.

Frente a la entrada se levantaba la majestuosa escalinata que conducía a la zona residencial y a su lado, una estrecha portezuela, con dintel redondeado, debía dar paso a las prisiones, calabozos y mazmorras de los sótanos.

Lo más escondidamente que nos fue posible, nos fuimos deslizando, uno a uno, los seis expedicionarios; descendimos por una estrecha escalerilla de caracol que al cabo de no sé cuántas vueltas y revueltas nos condujo a una oscura sala, de techo muy bajo, de la que salía un canal de aguas negras y malolientes que debía desembocar en el mar. Se agolpaban en ellas, caminando erguidos, un buen número de aquellos peces que ya tuvimos ocasión de ver en la Gruta de las Sirenas, y que con tanta precisión nos describiera Petra, como autores del aprisionamiento de nuestros camaradas de El Temido.

De una bocina colocada en el centro de la bóveda de piedra caliza que sustentaba el techo, salía una voz bastante deformada por la distancia:

—Como los prisioneros, atrapados por el sortilegio de la flor de loto azul, no precisan vigilancia, os ordeno que vayáis al mar y no regreséis hasta traer noticias ciertas del otro barco, cuya tripulación, compuesta por marineros fornidos y soldados de casacas rojas, nos será de más provecho para nuestro propósito que los desharrapados piratas-muñecos que hemos capturado hasta ahora.

Trabajo me costó contener y silenciar a Perla, que, muy ofendida por verse tratada de ese modo, rezongaba:

—¡Habrase visto! ¡Y este quién se cree que es para insultar así a una digna gallina, miembra fundadora de la Sociedad Literaria del Green Garden y que siempre ha dormido en el palo más alto de en cuantos gallineros ha puesto huevos! Si es el morito ese que dicen, ¡ya le daré yo desharrapamiento cuando tenga ocasión de echármelo a la cara!

Una vez calmada la gallina y así que los peces se fueron arrojando a las negras aguas del canal, iniciamos con harta cautela el camino de un oscuro corredor, carente de todo tipo de iluminación, que, nos pareció, debía conducir a las mazmorras del castillo.

Cuando habíamos ya avanzado un buen trecho, tanteando las paredes a fin de evitar tropiezos, Pog Clinc, que encabezaba la marcha, se detuvo en seco y eso provocó que los demás, que caminábamos en hileras, chocáramos unos con otros. Se levantó un airado coro de lamentos ayes y protestas que el cerdito silenció de manera perentoria:

—¡Silencio! Pog Clinc oye algo.

Callamos todos y, en efecto, pudimos apercibirnos de los roces de unas leves pisadas contra las piedras del suelo; en cuanto estas se aproximaron lo suficiente, saltó sobre quien las producía, entablándose entre ellos una lucha muda y feroz.

—¡Deteneos! —grité al iluminar un débil rayo de luz procedente de la boca del corredor por un instante a los contendientes—. ¡Es Matías!

—¡Pero, si es el maldito cerdo de la isla! —exclamó este al reconocer a la criatura que tenía sobre sí y que con sus pesadas piernas sobre ellas, inmovilizaba sus patitas delanteras—. ¡Yoguina, ayuda!

—No hace falta —le dije por lo bajo—; no hay ningún peligro. ¡Somos nosotros!

—¿Vosotros? ¿Quiénes sois vosotros?

A fin de tranquilizar a la vieja lagartija y a su hija, que se había aproximado al débil rescoldo de luz en auxilio de su padre, tuve que hacerles un apresurado resumen de la cadena de acontecimientos que nos había conducido hasta allí en busca de los cautivos, a lo que ella correspondió gentilmente, poniéndonos al tanto de las circunstancias que les habían permitido huir de su prisión:

—Imagino que por los mismos motivos que en las gallinas, en nosotros tampoco tuvo mayor efecto la visión de las flores y su supuesta corte de imágenes fascinantes y sonidos embriagadores. Eso nos permitió apercibirnos de la subida al barco de los malditos siluros y de cómo estos apresaban a nuestros compañeros. Bastó el cruce de una mirada entre Yoguina y yo para que nos pusiéramos de acuerdo en fingir que estábamos, como ellos, bajo el embrujo de los lotos azules, y los seguimos dócilmente, buscando la ocasión de poderlos liberar. Nos arrojaron a todos a un calabozo que hay un poco más adelante en este mismo corredor, cuya puerta ni siquiera se han molestado en cerrar y al que nadie vigila tampoco. Tras un montón de vanos intentos de ambos por lograr que el resto de los prisioneros volvieran en su ser, decidimos huir de la prisión en busca de la ayuda de la Victoria, pues está claro que habrá que llevárselos de aquí primero, aunque sea a la fuerza, y tratar después de que recuperen la consciencia. Así que procuremos salir y asaltar luego este castillo con los soldados y marineros de Lord Crokinole para rescatarlos y llevarlos a donde los curen.

—Espera, papá —dijo Yoguina—, ahora que Benavides está con nosotros, quizás haya otra forma más rápida de lograr nuestro propósito.

—¿A qué te refieres? —preguntó Matías intrigado.

—Bueno, creo que la libertad de los prisioneros pasa por atraer su atención más poderosamente lo que lo hacen las fascinantes imágenes y los embriagadores sonidos que desprenden las flores de loto azul en quienes fijan sus sentidos en ella. Solo la mezcla de naturaleza y arte, de física y espíritu, que tienen las aladas palabras, puede derrotar el poder de esas flores. Si Benavides les dice uno de sus libros, es posible que su inclinación vire hacia él, y se aleje de los lotos.

Se me quedaron todos mirando con el mudo propósito de que opinara sobre la sugerencia de Yoguina y, tras meditarlo unos instantes, admití:

—Quizás funcione. Supongo que nada perdemos por probar.

Nos adentramos, siguiendo a las lagartijas, aún más en el oscuro corredor, de modo que al poco tiempo vinimos a parar a las puertas del amplio calabozo en que posaban nuestros amigos, todos ellos en una admirable quietud, contemplando con arrobamiento cada cual su flor, de cuyos pétalos emanaba un reflejo azulado que les iluminaba levemente el rostro. Fuera de eso, la oscuridad era total en la prisión, en la que no se advertía ventana o tragaluz alguno y cuyo ambiente estaba por ello sumamente enrarecido.

Avancé con decisión hasta situarme en el centro de la estancia y, sin mayores preliminares, me dispuse a decirles, subyugado quizás por la oscura atmósfera del calabozo, la singular historia que lleva por título El libro de las cosas perdidas, que compuso John Connoly, en el que un chico de doce años se recupera de la pérdida de su madre y restituye su equilibrio mental sumergiéndose, a través del susurro de unos libros, en un territorio fantástico donde adquieren cruda realidad los cuentos tradicionales y los imaginados terrores y monstruos de la infancia, que consigue atravesar triunfante.

A medida que la narración avanzaba, noté cómo los oyentes iban poco a poco dejando deslizarse hasta el suelo a sus flores de loto, hasta que, llegando ya casi al final, uno de los enanos, dijo en voz alta:

—Pero ese libro está equivocado. Nosotros ya no trabajábamos en la minería cuando vino Blancanieves. Éramos jardineros.

—Y, si hubiera sido tan gorda y tragaldabas como la pintan ahí, no la hubiéramos admitido en casa. Es más, entonces se esmeraba mucho y nos tenía muy bien atendidos —dijo otro.

—Pues lo que es ahora —intervino el que nos había acompañado—, aunque sigue sin estar gorda, no para de exigirnos que recaudemos impuestos para ella. Y eso que ya se ha quedado sin nadie a quien cobrárselos. No habrá desarrollado la glotonería, pero sí la codicia. ¡Y no sé qué es peor!

Cayeron entonces los enanos en la cuenta de quién les hablaba y corrieron a abrazarse los tres que habían llegado a bordo de El Temido con su cuarto compañero; quedaron asimismo muy asombrados cuando supieron dónde se hallaban, pues en ningún momento se habían percatado de que el barco navegaba por las proximidades del Reino del Espejo.

Cuando el resto de los muñecos piratas recuperó del todo la consciencia, se extrañaron también sobremanera de hallarse en aquella oscura prisión y hubo que hacerles relación pormenorizada de los sucesos que los habían llevado a ellos hasta allí y a nosotros en su seguimiento. Fue mayor aún su sorpresa e indignación cuando les dijimos quiénes eran sus captores y el malvado propósito con el que habían sido capturados.

Propuso Iker, preso de su cólera connatural, asaltar el castillo y tomar venganza cumplida en el visir Boulos ibn Alkanisas, haciéndolo prisionero y enviándolo a Bagdasco debidamente aherrojado, moción a la que se sumó con entusiasmo el capitán Laurel y el resto de su tripulación, pero con la que no se mostraron conformes Lucas y Lady Victoria, quienes tras conferenciar en voz baja, en medio del alboroto con que los demás se aprestaba a poner en marcha los designio de Iker, se dirigieron a ellos:

—Si no estamos equivocados, nuestra intención primera es dirigirnos a la Cueva de los Enanos en el sur de la Sima Desconocida, liberar a los esclavos de Croma y aliviar las pesadillas de Yogui, por medio de las cuales la bruja controla a su gente e intenta conseguir las esmeraldas arcoíris que han de propiciar su retorno, ¿no?

—Así es, en efecto —concedió Matías—. Pero ¿a dónde queréis ir a parar?

—Pues que, si nuestra intención es llegar allí y el propósito del visir es llevarnos, lo más natural es dejarnos llevar y sorprenderlos después desde dentro, que siempre será más fácil que forzar la entrada de una cueva, que con poco se defiende. En otras palabras, lo que nosotros proponemos es que nos quedemos aquí, nos comportemos como si nuestra voluntad siguiera sojuzgada por nuestros enemigos y permitamos que nos conduzcan a la Cueva de los Enanos. Una vez en ella, atacaremos simultáneamente desde dentro y desde fuera, lo cual nos dará más posibilidades de éxito.

—Y ¿qué haremos con El Temido? —preguntó inquieto el capitán Laurel.

—Creo —replicó Lady Victoria— que mi padre puede destacar algunos marineros para que lo tripulen, de manera que los dos barcos lleguen juntos a la Costa o Playa de los Dinosaurios, como vosotros la llamáis. Sería conveniente que quienes habéis venido en nuestro rescate, os volváis con lord Crokinole y ayudéis en la maniobra de El Temido.

Tras debatirlo unos minutos, el plan de Lucas y Lady Victoria acabó por imponerse, pues a casi todos nos pareció que, por osado, ponía el triunfo más al alcance de la mano.

Retornábamos ya los expedicionarios al exterior de la fortaleza donde nos aguardaba Lord Crokinole; los prisioneros volvían a su lugar y tomaban de nuevo en las manos las flores de loto, aunque evitando ahora mirar fijamente sus pétalos, cuando oí decir a Iker, refiriéndose a ellas con voz llena de ira y desprecio:

—¡Bah! ¡Son como los malditos móviles!

Capítulo 10: El emir de Bagdasco y la Gruta de la Sirenas (final)

Betrus ibn Muqadas el Dragut calló en ese preciso instante; su mirada, hasta entonces cálida y risueña, se tornó gélida y su rostro compuso un gesto frío y duro. Se limitó a batir las palmas, sin añadir media palabra más, y ocho o diez jenízaros, provistos de curvos alfanjes y amenazantes moharras, se abalanzaron contra nosotros y, en medio de insultos y empellones, nos llevaron de vuelta a las puertas del palacio, arrojándonos, sin miramiento alguno, al polvo del camino.

—Este maldito enano —se exasperó Laurel— no sabe tener la boca cerrada.

Asentían los demás, espesando la atmósfera a mi alrededor, cuando esta se esclareció de súbito por la risa cristalina de lady Victoria:

—No creo que pudiéramos sacarle mucho más sobre mi padre y, la verdad, a mí ya empezaba aburrirme con el cuento de sus disputas conyugales, que con trescientas esposas, puede ser el de nunca acabar.

Rompieron a reír también Iker, Lucas y Matías y, al final, todos terminamos de la misma manera.
Nos cortó en seco la risa una voz a la que oímos decir a nuestras espaldas:

—Sin duda, la entrevista con mi señor el emir Betrus ibn Muqadas al Dragut, amén de provechosa, ha debido resultar divertida, según lo risueño que andan sus honorables invitados.

La irónica observación provenía de un moro chepudo, vestido con una chilaba gris macilenta que, de lejos, no parecía demasiado limpia, con el rostro recorrido por una barba rala, como hilera de hormigas beodas, que se espesaba algo en la barbilla y por debajo de la nariz. Al principio pensé que llevaba un turbante marrón, pero, al repararlo más despacio, me percaté de que se trataba de su enmarañado y largo cabello castaño que le daba vuelta a toda la cabeza y se sujetaba arriba con un moño en forma de pompón.

Iba el capitán Laurel a devolverle como se merecía el cumplido, pero el moro se adelantó:

—Excusadme por haberme dirigido a vosotros sin antes presentarme: soy Boulos ibn Alkanisas, visir del todopoderoso Betrus Ibn Muqadas al Dragut, emir de Bagdasco y favorito de Allah, quien nos lo preserve por siempre entre nosotros. Por lo que veo —prosiguió— el emir os ha hecho expulsar de su presencia porque habéis debido tener la osadía de interrumpir su sabio y entretenido parlamento. En realidad, esto no debiera preocuparos demasiado. Solo lo sabrán los jenízaros “jetatores”, que son un cuerpo de la guardia especial para eso, por lo que se llaman así, y vosotros. Al emir se le habrá olvidado y dirá que no os ha podido atender debidamente porque tenía jaqueca. A mí mismo me lo ha hecho ya varias veces en que he osado interrumpirle y ayer, sin ir más lejos, expulsó del mismo modo a un lord inglés que había venido a visitarlo.

—Y a propósito de ese lord inglés, ¿sabéis qué ha sido de él? —preguntó Matías, antes de que Lady Victoria, que parecía dispuesta a ello, llegara siquiera a abrir la boca, para impedir que esta, de interrogar al visir, revelara su condición y ello pudiera provocar algún incidente con aquellos sujetos tan tiquismiquis.

—Supongo que se habrá marchado por donde vino. Yo lo recogí aquí, me disculpé con él en nombre del emir y le aconsejé que, para calmar su mal humor y su despecho, se diera un relajante paseo por la ciudad, en el que no debía faltar una visita al maravilloso café apodado La Gruta de las Sirenas. Pocos lugares como este para hacerse una idea aquí en la tierra de cómo debe ser el paraíso que Allah nos tiene reservado a los creyentes allá en el cielo. Lo mismo os recomiendo a vosotros. Podéis decir que vais de mi parte. Os prestarán una atención más esmerada.

Y, sin añadir nada más, se introdujo en la litera de la que había descendido, dio una orden a sus porteadores y, abriéndose paso entre los jenízaros “jetatores”, se introdujo en el palacio y se perdió por el dédalo de sus estancias.

Volvimos a sumergirnos en las bullangueras calles de la ciudad y, tras preguntar a varios viandantes, dimos con el famoso café, que se encontraba en una de las callejuelas anejas al puerto, en un barrio en el que establecimientos del mismo tipo competían entre sí para atraerse una clientela formada en su mayoría por tripulantes de embarcaciones de pesca o por la ruda marinería de los muchos mercantes que navegaban aquellas aguas. Presentaba este, sin embargo, algunas características que lo singularizaban de manera notoria. Tenía la entrada el aspecto de una gruta natural —y aun podía serlo en efecto—, con el techo altísimo y erizado de puntiagudas estalactitas de cal o, al menos, pintadas de blanco. El suelo por el contrario habíase alisado en el centro, formando un ancho espacio circular que debía servir de escenario para las atracciones y espectáculos que un obsequioso anfitrión prometía inolvidables, entre continuas reverencias a los clientes e hiperbólicas alabanzas al local.

Y no empezó mal la cosa: una vez acomodados sobre unos mullidos cojines alrededor de una mesita que ocupaba la casi totalidad de una gruta lateral, desde la que teníamos una espléndida vista del proscenio, nos sirvieron un té moruno, que debía estar delicioso, pues mis compañeros lo sorbieron con fruición. Al poco tiempo, tres hermosas bayaderas ejecutaron sobre el escenario una tan sensual y frenética danza del vientre, que me hizo temer se les soltaran las bisagras de la cintura en medio de sus espasmódicas sacudidas. Apareció tras ellas el introductor que nos había recibido a la entrada del café y anunció su número estrella. Íbamos a ser de los pocos afortunados mortales que tendrían ocasión de escuchar de cerca el canto de las sirenas y de aplaudir su singular armonía, capaz de hechizar a cualquier hombre y, llegado el caso, de hacerle perder la memoria, el entendimiento y la voluntad.

El elogio del presentador despertó un murmullo irónico entre la concurrencia, habituada a las exageraciones con que recibía al público en las puertas de café, pero pronto pudimos comprobar que, en absoluto, hablaba en broma.

Empujado por unos fornidos asistentes, se colocó delante de la platea un gran acuario translúcido, de aguas un tanto turbias y cubierto con un velo transparente de color rojizo, montado sobre una plataforma de madera provista de ruedas. En su interior se atisbaban unas criaturas. mitad humanas y mitad peces, que se deslizaban con ligereza lo mismo en la superficie que en el fondo del agua.

A una orden de alguien oculto en las sombras, se asomaron al exterior del tanque y dejaron ver rostros de bellas facciones regulares, aunque un tanto inexpresivas, y ondeantes cabellos dorados que les descendían por los hombros; con una voz dulcísima, entonaron un extraño y melodioso canto, hecho tan solo de sonidos armónicos, que no parecían pertenecer a ninguna lengua humana.

Aquellos sonidos fueron haciéndose más y más bajos, hasta el punto de que, en un momento dado, dejé de percibirlos, pese a que veía moverse aún las bocas de las sirenas.

Miré, extrañado, alrededor para saber si mis compañeros notaban lo mismo que yo, pero me encontré con que Matías, Iker, Lucas y el capitán seguían atentos y hasta embobados ese extraño canto; en el otro extremo de la mesa, lady Victoria volvía los ojos de un lado a otro, mostrando un desconcierto idéntico al mío. De improviso, se levantaron los cuatro, al unísono con el resto del público y, moviéndose de un modo bastante mecánico e inconsciente, formaron una fila que empezó a avanzar hacia el fondo de la gruta, jaleada por la misma voz que dirigía la actuación de las sirenas y que, ahora que la oía con más nitidez, me pareció identificar como la del visir Boulos ibn Alkanisas.

A una muda señal de lady Victoria, nos unimos a la hilera, fingiendo padecer idéntico trastorno que nuestros camaradas. Avanzó esta pesadamente, encaminándose hacia una nueva gruta cuya angosta entrada, que tan solo permitía el paso de uno en uno, se veía al fondo del escenario. Según nos acercábamos a ella, observé que, una vez el caminante traspasaba la entrada, era arrastrado por unas manos poderosas y se perdía por el interior de un largo y oscuro túnel que se adivinaba detrás.

Estaba nuestro grupo en las inmediaciones de la gruta, con el capitán Laurel a la cabeza, cuando lady Victoria, que se hallaba en las proximidades del tanque, extrajo de entre sus ropas el pistolete que tan familiar me era y apuntando hacia él hizo fuego. La reverberación del disparo resonó en las paredes de la cueva y las vibraciones de su eco agrandaron el agujero que el impacto de la bala había hecho en el vidrio que conformaba sus paredes, de modo que estas se resquebrajaron. La presión remató la tarea: el cristal se hizo añicos y un agua fétida se desparramó por el suelo, mojándonos los pies. Cayeron también las sirenas, cuyo canto cesó de repente, sustituido por unos agudos chillidos, que ya sí podía oír, y que resultaban bastante desagradables. En ese momento se desató el caos. Los clientes que habían formado la fila espabilaron todos a una y tras unos instantes de desconcierto, y sin saber muy bien por qué, emprendieron una alocada carrera en todas direcciones, gritando, atropellando mesas, banquetas, asientos y a los pocos mozos del local que pretendían detenerlos o incluso guarecerse de ellos y no lo hacían con suficiente rapidez. Para impedir que el capitán, Iker, Lucas y Matías hicieran lo mismo, lady Victoria les dio una orden tajante:

—¡Por aquí! ¡Seguidme!

Y se encaminó con decisión hacia la abertura por la que habían desaparecido algunos de los infelices subyugados por el canto de las sirenas.

Empezamos a recorrer una angosta galería, a la que daban infinidad de pequeñas grutas provistas de puertas enrejadas en las que se apiñaban multitud de desgraciados, seducidos por las ondinas y cautivados por el malvado visir como materia prima para su lucrativa industria del tráfico de esclavos, que colocaría después en quién sabe qué desconocidos y perversos mercados.

Pasábamos por delante de uno de aquellos calabozos, el de mayor tamaño y más abarrotado de presos, cuando una voz que emergió de él detuvo nuestra carrera en seco:

—¡Victoria, aquí!

Sacando las manos por entre las rejas y medio aplastado por otros prisioneros también suplicantes por su libertad, se encontraba lord Alfred de Crokinole, haciendo desesperados intentos por llamar nuestra atención.

Nos dirigíamos hacia esa oscura cárcel y buscábamos el modo de abrir la reja de hierro que la cerraba para liberar a sus ocupantes, cuando una extraña criatura, con forma de pez, pero dotado de piernas y unas manos a modo de garfios asomadas al final de unos cortos brazos que nacían por encima de sus aletas pectorales, se interpuso entre aquella y nosotros, esgrimiendo un pesado lanzón con el que apuntaba a lady Victoria.

Con un golpe rápido y seco de su muleta que le acertó de lleno en la cabeza, el capitán abatió al extraño pez, al tiempo que exclamaba:

—¡Vaya, la muleta del viejo John Silver no ha perdido ni un ápice de su contundencia!

Mientras todos reíamos la broma del capitán, lady Victoria no se entretuvo un segundo: se agachó sobre la criatura y registró su cuerpo hasta hallar, debajo de una de las aletas, una llave herrumbrosa con la que abrió la puerta de la prisión de lord Alfred, permitiendo que escaparan a su vez el resto de los reclusos.

Sin detenerse en explicaciones o efusividades, padre e hija reemprendieron la marcha, seguidos de los demás. La galería que traíamos desembocaba cerca del puerto, en un muelle paralelo a él y medio oculto, por el que debían entrar y salir de la isla sin ser vistos los barcos esclavistas.

Cuando intentábamos orientarnos, para localizar la chalupa con los marineros de la Victoria, vimos emerger de la cueva a media docena de aquellos extraños peces, armados de sus correspondientes lanzones, con el visir Boulos Ibn Alkanisas a la cabeza, quienes hicieron ademán de venir en nuestra persecución, en el momento justo en que divisamos el bote y rompimos a gritar para llamar a sus tripulantes en nuestro auxilio.

Se acercaron estos, esgrimiendo las armas de que pudieron hacerse, y se unieron a nosotros, de forma que osamos hacer frente a nuestros perseguidores.

Ante el súbito cambio en la correlación de fuerzas, se detuvo el visir y mandó parar a su guardia; adoptó una actitud obsequiosa, incluso un tanto servil, y se dirigió a nosotros diciendo:

—No teníais por qué huir. Solo quería disculparme por lo que no ha sido nada más que un desagradable malentendido. Idos en paz y ¡ojalá que no guardéis un mal recuerdo de vuestra visita a la isla de Bagdasco! Espero volver a veros pronto por aquí.

—¿Qué demonios fuiste a hacer a Bagdasco, papá? —preguntó una irritadísima lady Victoria, apenas el recio bogar de los tripulantes de la chalupa nos sacó por la bocana del puerto, en dirección a nuestros buques respectivos.

—A propósito de la historia de Merlín sobre los extraños seres que estaban atacando la Sima Desconocida, recordé viejos rumores que había oído en una de mis visitas anteriores al emir de Bagdasco sobre grandes peces anfibios y sirenas, cuyo canto trastorna a los hombres y los esclaviza.

—¿Hay alguna relación entre ellos? —inquirió Matías.

—Al parecer, son lo mismo en el fondo. Las sirenas son las hembras de los siluros. Su apariencia humana es solo un disfraz. La única diferencia es que su piel es más sensible, se reseca antes y, por ello, soportan peor estar fuera del agua. En fin, siempre es bueno saber a qué ha de enfrentarse uno, antes de entrar en batalla.

—Desde luego —terció entonces lady Victoria— algo importante hemos aprendido sobre ellos.

—¿Qué? —preguntaron al unísono Iker y Lucas

—Que su canto solo vuelve idiotas al sexo masculino. Ni a mí, que soy mujer, ni a Benavides, que está hecho solo de palabras y argamasa, pudo enajenarnos y, gracias a eso, estamos todos libres ahora.

—Eso es cierto —intervino Laurel—; pero no sabemos qué pasaría si, amén de sirenas, hubieran cantado también siluros.

—¿Por qué no lo hicieron, entonces?

—Porque, en Bagdasco, la presencia de una mujer como cliente de un café, y menos vestida de hombre, es impensable y, por eso, nuestro amigo el visir Ibn Alkanisas, que no podía imaginar que se contara una entre su auditorio, ha visto truncados sus planes.

—Pues, en cualquier caso, ¡menos mal que vine! —apostilló lady Victoria con toda intención, dirigiéndose en particular al viejo pirata.

Capítulo 9: La isla de los tres Robinsones (2ª parte)

—¿Dónde está tu compañera?

—Se había bebido una botella de grog y debió de quedarse dormida en la cofa. Por eso no vio aproximarse la chalupa y no dio la alarma.

—¡Maldita borracha! ¡La mandaré colgar del palo de mesana por esta negligencia, si recuperamos el navío!

—Antes de llevarse el barco, me arrojaron al agua cerca de la costa para que os dijera que solo os lo devolverían si entregáis a la chica y que ya os avisarán de algún modo de las condiciones para el intercambio.

—Rápido, Benavides, haz venir a lady Victoria y a los muchachos. Tenemos que formar consejo y ver cómo solventamos este negocio.

Corriendo todo lo que mis más bien cortas piernas me permitían, subí de nuevo hasta el claro y, con voz entrecortada por la fatiga, les expuse los acontecimientos en la esquina donde el ágape se celebraba.

Se levantaron con rapidez los comensales y los muchachos, seguidos por los nativos, se precipitaron aguas abajo del riachuelo, llegando a adonde Laurel nos esperaba en un quítame allá esas pajas. Allí les pusieron al corriente de los pormenores del secuestro.

—Y ¿qué podemos hacer? —preguntó Iker con desespero.

Me percaté en ese momento de que Lunes, el refugiado del conjuro, hacía un gesto de complicidad a lady Victoria y ambos se apartaban un trecho del lugar donde los demás se devanaban los sesos para recuperar el barco.

Los seguí con sigilo y pude así oír la interesante conversación que en voz baja mantuvieron:

—El barco que ha capturado al vuestro —decía el nativo— está fondeado en una pequeña rada que hay al otro extremo de la isla a medio día de marcha de aquí. Lo descubrimos ayer mientras buscábamos presas para la comida que hoy hemos compartido. El problema es que, desde tierra, es inaccesible.

—Habrán llevado allí a El Temido, pero ¿cómo llegar a ellos?

— Hay una forma cómoda y rápida de aproximarnos a los buques.

—¿Cuál?

—Nuestro cayuco. Si lo manejamos además nosotros y vosotros os ocultáis en su fondo, podremos acercarnos de noche, bordeando la costa, a los barcos anclados, sin levantar sospechas y liberar el vuestro con un golpe de mano.

—Creo que no hay otra solución… ¡Capitán! Nuestro amigo Lunes tiene un atrevido plan que puede que tenga éxito. Sobre todo, si contamos también con la ayuda de Melusina y Maeve.

Tardamos muy poco en armar el comando que habría de liberar a El Temido y que estaba integrado por los tres refugiados, Iker, Lucas y lady Victoria; Yoguina, que debía pilotar el navío, si conseguíamos recuperarlo, hasta la bahía donde esperarían los demás, las hadas y yo mismo, que me ofrecí voluntario para oficiar de cronista puntual de los acontecimientos, como era mi obligación.

A pocos metros del claro de las secuoyas, de la que no nos habíamos apercibido porque la ocultaba una espesa cortina de enramadas, había una espaciosa playa de arena blanca, en un extremo de la cual se encontraba amarrado el cayuco de los nativos, una embarcación larga y estrecha, semejante a una canoa, de no mucho calado.

Para pasar más desapercibidos, Maeve y Melusina redujeron el tamaño de los chicos y así pudimos disimularnos todos en el fondo del bote, en tanto los nativos, empuñando cada uno su remo, empezaron a bogar para separarnos de la orilla.

Doblamos, al cabo de poco tiempo, la punta de un pequeño saliente de rocas y apareció entonces ante nuestros ojos el resguardado puertecillo natural, en cuyas tranquilas aguas flotaban, anclados a su fondo y mecidos con blandura por un oleaje suave y rumoroso, El Temido y la Victoria.

Aprovechando las sombras del atardecer, que ya empezaban a cernirse sobre la isla y el escaso calado del cayuco, navegamos pegados a la costa. Pudimos observar que nuestros enemigos tenían descuidada por completo la vigilancia de aquel costado del barco, orientado hacia poniente, en el que se hallaba la isla, pues la tenían concentrada en la punta norte, por donde ellos se habían aproximado y hecho presa en el bergantín.

—Melusina, Maeve —dijo lady Victoria en un susurro—, encostada a la mampara de popa está todavía la red que usamos para descender en el islote del Capitán Achab. Volad hasta allí y dejadla caer, para que podamos trepar por ella.

—¿Quién vive? —tronó en ese momento la voz de un vigía que, con un fanal en la mano intentaba inútilmente identificar a los dueños de las voces, cuyos susurros había creído percibir.

—Nosotros no ilegales. Nosotros papeles —gritaron los nativos agitando unos imaginarios que el vigía no podía ver por la oscuridad reinante.

—¡Marchaos y no molestéis más o abordaremos el cayuco!

—¡A la orden, mi almirante! ¡Ahora mismo! —dijo Viernes riendo y sin que ninguno hiciera el más mínimo movimiento para retirarse del casco.

El vigía, sin embargo, se había dado por satisfecho y se alejaba silbando hacia el otro costado del buque.

Cuando nos apercibimos de que aquel abandonaba su ronda y, creyéndose libre de enemigas asechanzas, se refugiaba en el castillo de popa dispuesto a descabezar un sueñecillo, Maeve y Melusina emprendieron su vuelo con un sigilo tal que ni siquiera dejaba oír el tenue murmullo del batir de sus alas translúcidas.

Con no poco trabajo consiguieron las hadas descolgar de nuevo la red desde la amura de babor y por ella trepamos todos. Ya en cubierta y recuperado su tamaño normal, los chicos neutralizaron al marinero inglés que dormitaba junto a la rueda del timón, del que se hizo cargo Yoguina, mientras Maeve y Melusina volaron hasta la cofa, donde descubrieron, todavía durmiendo y sin haber salido de su estado de embriaguez, a la mariquita vigía.

No sé si por desidia o por exceso de confianza, sus captores no habían anclado a El Temido al fondo de la rada, sino que se habían limitado a tender un cabo que lo mantenía quieto y unido a la balandra inglesa. Lo cortamos a hachazos y, desplegando solo foque y trinquete para aprovechar la brisa de poniente, enfilamos la proa hacia la salida del puerto natural, de modo que, cuando desde la Victoria dieron los primeros gritos de alarma, habíamos alcanzado ya una ventaja bastante apreciable, que aumentó porque el navío inglés demoró de manera incomprensible el inicio de las maniobras de levado de anclas y de despliegue del velamen. Más extrañeza aún nos causó percatarnos de que, pese a estar a tiro, los soldados ingleses se mantenían quietos, acodados a la borda, con los mosquetes aprestados, contemplando cómo nos alejábamos de ellos poco a poco, pero sin hacer un solo disparo.

—Tal vez habrán reconocido a lady Victoria y se abstienen de disparar para no herirla —sugirió Yoguina, extrañada por la facilidad con que nos salíamos con nuestro propósito.

Aún especulábamos en torno a ello, aportando cada uno su opinión sobre el negocio, cuando Maeve y Melusina, que habían realizado una rápida inspección de todo el barco para cerciorarse de que no quedaban más enemigos dentro, llegaron volando raudas al puente:

—Tenemos un problema serio —dijo Maeve—. Durmiendo. En la cámara del capitán.

—Pero, ¿qué sucede? —preguntó alarmada Yoguina.

—¡Venid!

Bajamos todos en tropel y entramos en el estrecho habitáculo en que otrora se retiraba a descansar el capitán Laurel. Ocupando su catre, se restregaba los ojos, cubierto con un gorro de dormir terminado en borla y vistiendo un ridículo camisón blanco, despierto, sin duda, por nuestra ruidosa irrupción, el mismísimo lord Alfred de Crokinole.

—¡Pero… papá! —exclamó sorprendida su hija.

—¡Victoria! ¿Cómo…?

Capítulo 9: La isla de los tres Robinsones (1ª parte)

—La carta esférica dice que esa isla, a la que no asigna ningún nombre, está desierta, pero desde aquí se divisan varias columnas de humo. Parece como si en ellas ardiera el fuego de algunos hogares.

Yoguina se mostraba desconcertada por el asunto, mientras el capitán Laurel escrutaba con detenimiento una costa hasta la que asomaba espesa vegetación, tras la que nada podía advertirse, sin dejar de ir y venir al mapa.

—Podrían ser nativos de islas vecinas que acuden a esta para oficiar sangrientos rituales —osé sugerir, al tiempo que mis palabras encendían mi propio miedo—. De hecho puede leerse algo parecido en algunos libros famosos…

—¡Y dale con los libros! —terció Maeve—. A lo mejor es solo que la carta tiene un error o que su información esta desfasada.

—Es lo más probable —apuntó Matías.

—No sé yo —intervino de nuevo el capitán—. Lo cierto es que no nos queda más remedio que comprobarlo por nosotros mismos. Las pipas están casi vacías, así que tendremos que hacer una aguada en esa isla, porque no sabemos cuánto tardaremos en llegar a la próxima, ni si será más o menos hostil que esta, de la que no nos consta que lo sea en absoluto. El litoral, al menos, parece bastante tranquilo y pacífico.

Dejando, pues, solo a las mariquitas vigías al cuidado del barco, con el encargo de observar atentamente el horizonte por si veían aparecer las velas cuadras de la Victoria (de quien, por cierto, no habíamos tenido noticia alguna desde que nos internáramos en el banco de niebla que cobijaba al islote del Capitán Achab), nos dirigimos el resto de la tripulación, con los dos botes cargados con las pipas, a la orilla, en un punto donde habíamos advertido que desembocaba la corriente de agua dulce de un pequeño riachuelo.

Desembarcamos en las cercanías, en una playa de guijarros y arena negruzca y, cuando bajábamos los toneles para hacer nuestra aguada, una voz salió de la espesura:

—No pretenderéis llevaros gratis el agua de mi riachuelo.

Quedamos sobrecogidos y paralizados, cuando desde otro punto de la jungla, emergió una nueva voz, más recia, si cabe, que la anterior:

—¿Cómo tu riachuelo? Dirás: nuestro riachuelo.

—Según todos los convenios internacionales, yo también tengo derecho al agua y nadie puede reclamar la propiedad de un curso de agua, ni de sus riberas, hasta una distancia de seis metros desde la orilla —dijo una tercera.

—¡Cállate imbécil! —replicó la primera—. Así no hay quien haga negocio, ni que les podamos sacar algo a los turistas.

—No insultes. Esto puede desembocar en un incidente diplomático entre nuestras dos naciones. Además, tú, luego, no repartes.

—¡Señores, quienes sean —exclamó entonces, irritado, el capitán Laurel, echando mano de su pistola—, pueden tener claro que, de ninguna manera vamos a pagar por el agua; y, si quieren dinero nuestro, que, por cierto, no llevamos, tendrán que venir a cobrarlo!

—Dinero no —respondió la voz—. Aquí no hay dónde gastarlo, así que no sirve. Pensaba en algo que nos pueda ser útil, como armas, herramientas o provisiones. Lo que se dice comercio justo; un intercambio ecuánime, un quid pro quo o, más bien, do ut des.

—No daremos nada.

—Entonces tenderemos que elevar una queja —insistió la tercera voz.

—O, mejor —apuntó la primera—, envenenar el agua.

—Pero, si hacemos eso —dijo el segundo—, nosotros tampoco podremos beberla.

—No seas estúpido: la corriente llevará el veneno aguas abajo. Si bebemos de la de arriba nada nos pasará.

—Yo, en cualquier caso, protesto. Me parece un atentado indigno…, pero, si con ello se cobra, exijo mi parte.

—¿Crees que serán capaces, capitán? —peguntó inquieta Yoguina

—Es posible —replicó este—. Pero el remedio es fácil. También nosotros buscaremos el agua más arriba. Y así, de paso, podremos trabar conocimiento con huéspedes tan amables.

A una orden del capitán nos fuimos adentrando en la jungla, remontando el curso del riachuelo. Marchábamos trabajosamente, lastrados por el peso, aun vacíos, de los toneles destinados a albergar el agua y por lo apretado de la vegetación ribereña, en la que menudeaban las zarzas, juncos y otras plantas espinosas que, de continuo, nos herían, perforando incluso nuestras ropas.

Contrariado por la lentitud, el capitán optó por dejar a algunos rezagados al cuidado de las pipas y lanzó al resto, a cuyo frente él mismo iba, a una descubierta en busca de las misteriosas voces que poblaban la isla.

Llegamos por fin a un claro, en cuyo centro se alzaban tres frondosas secuoyas, cada una de las cuales estaba coronada por una rústica edificación hecha con restos de naufragios, palmas y ramones de otros árboles. Descendieron de ellas, apenas nos vieron llegar, tres curiosos personajes con las caras cubiertas de una tupida pelambre oscura, vestidos con pieles, cuyas cabezas estaban tocadas por sendos gorros, asimismo de piel. La uniformidad de sus atuendos y el color de las cabelleras hacía que solo pudieran diferenciarse por ligeras diferencias de estatura o por la superior presencia de mechones grises en la sotabarba de unos u otros.

—Sean bienvenidos, mis señores, si son gente de paz —dijo uno de ellos, que parecía de mayor edad y cuya voz identificamos como la primera de las que nos pidieron peaje por el agua del riachuelo.

—Mi nombre es Pedro de Montaraz y los otros que aquí veis son Daniel Serkik y el señor Def. Somos náufragos y altos dignatarios de las tres naciones en que se divide Isla Desierta.

—¡Ahora me lo explico! —dijo el capitán Laurel riendo, al tiempo que daba una palmada en la frente—. Cuando leí la carta esférica interpreté que a esta isla no se le atribuía ningún nombre y que se consideraba deshabitada, pero lo que, en realidad, ponía en la carta era el nombre de la isla: Isla Desierta.

Reímos todos ante el gracioso equívoco y el capitán, recuperando de súbito una seriedad que cortó en seco nuestras carcajadas, prosiguió:

—Lo que no entiendo es lo de las tres naciones. ¿Dónde están sus habitantes?

—Los tenéis delante —respondió el señor Def.

—¿A todos?

—A todos menos a aquellos tres nativos, que llegaron en un cayuco hace cosa de un mes y a los que, a falta de mejor nombre, hemos bautizado como Lunes, Miércoles y Viernes —apuntó Serkik, señalando a un grupo de tres negros que, en un extremo del claro y alrededor de una hoguera, charlaban alegremente, vigilando codiciosos el espeto en el que se asaba algún animalejo que debían haber cazado y bebían una especie de cerveza en tanto aguardaban a que estuviera en su punto para dar buena cuenta de él.

Iker, Lucas y lady Victoria atraídos por el olor que emanaba el asado y su sazón a base de hierbas aromáticas, se aproximaron al grupo, sin poder resistirse, con la esperanza de que aquellos compartieran su delicioso banquete.

Al notar la circunstancia, uno de los negros se puso en pie y encarándose con los muchachos los conminó:

—¡Tú racista! ¡Tú discriminas a mí!

—Pero, ¿qué dices? —preguntó Lucas extrañado—. Si no hemos hecho nada.

—Te he lanzado —le replicó el negro—un potente conjuro mágico que sirve para hacer que el hombre blanco se arrodille. Por lo menos eso fue lo que nos dijo el moro que nos vendió el cayuco. Y, a veces, es verdad que funciona.

—No me extraña —respondió Lady Victoria—, pero nosotros solo queríamos compartir un poco de ese excelente asado. ¡Huele que alimenta!

—Si solo es eso —dijo otro de los negros desde la hoguera—, sentaos que hay de sobra para todos.

Y los chicos se unieron decididamente a la fiesta.

—Y vosotros —preguntó el capitán Laurel a los náufragos—, ¿no participáis?

—No, por Dios ¡qué asco! —dijo Serkik—. ¡Somos veganos!

—¿A qué nación pertenecen ellos? —preguntó Laurel, señalando hacia los nativos.

—Todavía a ninguna —replicó el señor Def—. Hay serias discrepancias entre los cuerpos diplomáticos de nuestras tres naciones sobre los criterios para la asignación a cada una de nuevos pobladores. Entretanto se resuelven, los tenemos confinados en aquella esquina del claro con el estatuto provisional de refugiados.

Se encogió de hombros el capitán y mudó de asunto:

—En cuanto al impuesto sobre el agua…

De Montaraz lo interrumpió:

—Impuesto, que fea palabra. En mi nación lo consideramos más bien un canon.

—Pero esa no es la técnica fiscal adecuada, querido amigo. Lo correcto —dijo Serkik— es denominarlo una tasa, como hacemos nosotros.

—Lamento discrepar de mis estimados colegas, pero su verdadera naturaleza es, según la entendemos, la de un gravamen —terció el señor Def.

—Bueno está —replicó el capitán—, pero ¿por dónde van las fronteras entre las tres naciones? Lo digo por saber de cuál de ellas tomamos el agua y si, en consecuencia, hay que pagar tasa, canon o gravamen.

Se miraron desconcertados los robinsones, hasta que, por fin, Serkik alcanzó a decir:

—Fronteras, lo que se dice fronteras, no tenemos. En realidad, una nación es un sentimiento, y ¿quién le puede poner límites al sentimiento?

—Es cierto. Muy bien observado —señaló el capitán—. Al sentimiento, ni se le ponen límites, ni se le pagan cánones, tasas o gravámenes. Así que, con vuestro permiso, voy a ordenar a mi tripulación que llenen las pipas del riachuelo. ¿Podéis decirle a los chicos que se bajen a la playa cuando terminen la comida con los “refugiados”?

Turbados y mudos quedaron los tres habitantes de Isla Desierta, hasta que, por fin, el señor Def acertó a articular:

—Pues también es verdad. No se me había ocurrido…

Llenamos las pipas sin que los habitantes de las tres naciones nos pusieran nuevos inconvenientes y, a mitad de nuestro descenso, cuando nos dirigíamos a los botes, nos sorprendió una de las mariquitas vigías, que, exhausta, se llegó hasta donde el capitán estaba, acompañado de Matías, Yoguina y yo.

—Capitán —gritó casi atragantándose por la ansiedad y la urgencia—, ¡el bergantín! ¡Han capturado el bergantín! Vinieron bordeando la costa en una chalupa seis marineros ingleses y otros tantos soldados y me redujeron.

Capítulo 7: El guardián del tesoro (final)

—¡Iker! —exclamó sorprendido—. Así que al final os han encontrado. Me alegro. En cuanto a ti, Benavides, te esperan unas cuantas páginas por rellenar del cuaderno de bitácora. Y ¿quién es esa muchacha pelirroja vestida de marinero?

Nos mirábamos unos a otros, sin decidirnos a responder, cuando Lady Victoria avanzó resuelta hacia Laurel y le dijo encarándolo con orgullo:

—Mi nombres es Lady Victoria Clara de Crokinole…

—¡Cuánto honor. Una aristócrata en mi barco…! —replicó Laurel con ironía.
Parecía que iba a proseguir burlándose de la muchacha, que enrojecía de indignación, cuando al reconocer el apellido, se vio transportado por un insano ataque de furia:

—¿Crokinole? ¿No seréis pariente de Alfred de Crokinole, comandante de la balandra Victoria?

—Es mi padre —dijo resueltamente la chica.

—¡Maldita sea! ¡Rayos y centellas! ¡Por diez mil diablos! ¡Sois una infame espía de vuestro padre, que pretende a toda costa capturar mi barco! Pero no lo conseguirá. ¡Al agua con ella y que vuelva a nado a su maldita isla, si no es pasto antes de los tiburones!

—¡Al agua con ella! ¿Al agua con ella! —gritaron casi al unísono el resto de los piratas, contagiados por la cólera de Laurel.

—No puedo consentirlo, capitán —terció Iker en ese momento—. Ella nos salvó y nos ha traído hasta aquí arrostrando la ira de su padre. No podemos darle ese pago.

—Pues entonces, ¡al agua contigo también, por cien mil truenos y tormentas!

La actitud amenazante de parte de la tripulación, encabezada por la mariquita borracha, aproximándose con no muy buenas intenciones hacia donde Iker y lady Victoria se hallaban, hizo que hasta la chica, habitualmente fría y segura de sí misma, temiera un tanto por su suerte. Acudieron en auxilio de ambos Lucas y Matías y, cuando todo parecía indicar que se iba a producir un enfrentamiento de incierto resultado entre las dos facciones de los tripulantes de El Temido, la voz de Yoguina se sobrepuso al ruido que unos y otros formaban entre amenazas e improperios

—¡Quietos todos! —gritó—. Capitán, la chica ha venido a este barco de manera voluntaria, quiero decir que no está aquí en calidad de prisionera o de botín de abordaje. ¿Me equivoco?

—No —replicó Laurel—. Pero no entiendo a dónde quieres ir a parar.

—Pues a que si ha venido por su voluntad, solo puede interpretarse que lo hace como postulante para ingresar en la Ilustre Cofradía de Bucaneros de Mar Interior, ¿no es así muchacha?

—Así es —contestó ella, asiéndose a la tabla de salvación que creía percibir tras las palabras de la joven lagartija.

—Pues entonces es la propia cofradía en pleno y no el capitán quien tiene potestad para decidir si la chica puede quedarse o no. Yo voto que sí.

—¡Y yo! ¡Y yo también! —gritaron las hadas y a ellas se sumaron las gallinas y poco a poco el resto de los tripulantes, hasta que solo quedó la obstinada opinión contraria del capitán.

—El resultado es abrumador —prosiguió Yoguina—, así que proclamo a Lady Victoria miembro de pleno derecho de nuestra ilustre cofradía.

La proclamación fue acogida con el desatado entusiasmo de los mismos que momentos antes estaban dispuesto a arrojarla por la borda.

Laurel, profundamente irritado, se refugió en su camarote con un portazo, musitando para sí.

—Me da que nos hemos de arrepentir de esta decisión.

—¡Se escapa! —gritó el hada Melusina, al ver que Pog Clinc, aprovechando que la confusión del momento había relajado la atención de sus vigilantes, se había zafado de ellos, arrojado por la borda y, desde el mar, nadaba velozmente en dirección a la costa.

—¡Que alguien lo siga! ¡Al bote! —gritó el capitán Laurel, de vuelta a puente, olvidado, al parecer, del incidente con lady Victoria.

Fue esta la primera en reaccionar y seguida de las hadas, de Iker, de Lucas y de Matías, se deslizaron hasta el bote encostado al navío y emprendieron bogando la persecución del cerdo.

—¡Humm! —murmuró el capitán Laurel, contemplando cómo el esquife se separaba del bajel y acortaba la distancia con el huido—. Se llame como se llame su padre, la chica vale.

Casi dos horas tardaron los perseguidores en retornar al barco y, cuando lo hicieron, el prisionero no los acompañaba.

Interrogado sobre el particular, Matías contó la singular peripecia que había sufrido su improvisada expedición.

“No logramos alcanzar a Pog antes de que llegara la orilla, así que nos vimos obligados a seguir sus huellas por la selva, en la que se internó de inmediato. Bien es verdad que fue dejando un rastro bastante evidente, quizás a propósito. Lo cierto es que se movía con tal celeridad por lo más intrincado de la jungla que, pese a que destacamos a las hadas para que no lo perdieran de vista, ni siquiera ellas lograron darle alcance. Después, en fin, de un buen rato de persecución, vimos que se detenía en un claro, junto a un promontorio de roca que se elevaba en medio de él y ante el que el cerdo se tumbó a descansar, fatigado por la larga carrera que hasta allí lo había conducido.

—Pog Clinc no puede más —dijo exhausto—. Pog Clinc se rinde.

Llegamos junto a él y Lady Victoria y la hadas se quedaron mirando fijamente la roca:

—¡Está hueca! —exclamaron a la vez.

—Dentro tesoro. Pog Clinc entrega. Y diciendo eso, manipuló un resorte oculto no sé muy bien dónde que hizo que una enorme piedra redonda se deslizara, dando una vuelta sobre sí misma, y dejara al descubierto la negra entrada de una cueva.

Azuzados por la curiosidad y de manera quizás algo precipitada, nos introdujimos por ella y en el fondo logramos percibir, en medio de la húmeda oscuridad reinante, la silueta de un enorme cofre abierto, en cuyo interior se encendían destellos dorados por la escasa luz que le llegaba desde la entrada.

Se aproximó Lucas a él y extendió la mano para tocarlo, pero antes, al parecer, de llegar a donde se hallaba, la piedra de la boca de la caverna volvió a girar sobre sí misma y taponó la abertura, haciendo aún más densa la penumbra que nos rodeaba. Incluso a través de la gruesa roca nos llegó la voz de Pog, que se regodeaba de su triunfo:

—¡Disfrutar tesoro, disfrutar tesoro! Vosotros mucho tiempo para disfrutar tesoro—. Y se alejó riendo de la cueva.

Intentamos empujar la pesada roca que nos taponaba la salida con todas nuestras fuerzas, pero no logramos moverla ni un ápice, pues encajaba con firmeza en la abertura.

Empezábamos a desesperarnos ante la inutilidad de nuestros esfuerzos, cuando Lady Victoria nos advirtió:

—No está oscuro del todo. Por algún sitio se cuela un poco de luz. ¡Quizás la cueva tiene una segunda entrada!

Siguiendo el débil halo que, en efecto, iluminaba apenas la caverna, avanzamos, dejando a la izquierda la oquedad en que el cofre reposaba, por una estrecha galería abierta en su fondo y encontramos el resquicio por donde la luz entraba.

Para nuestra decepción se trataba de una pequeña grieta que horadaba la pared de piedra, por entre cuyas estrechas paredes ni siquiera yo en condiciones normales podría haberme escurrido.

—¡El polvo de hadas! ¿Lo lleváis encima? —exclamó Lucas, preso de súbita inspiración, dirigiéndose a ellas.

—Siempre lo llevo encima —respondió Meve.

—Pues empequeñece a Matías para que salga por ahí, vuelva a la entrada y accione el resorte que mueve la piedra.

—¡Es verdad! ¡Matías puede hacerlo! — corroboró Iker con entusiasmo.

—Sería una bonita manera de devolverme el favor por haberos sacado de la trampa colgante —insistió Lady Victoria.

Me puso Maeve los polvos y pude escurrirme por la grieta con cierta facilidad, de modo que vine a salir en la parte de atrás del gigantesco montículo de piedra hueca.

Lo que ya no resultó tan fácil fue dar con el resorte, sobre todo porque a mitad de mi búsqueda una inquietante sombra se proyectó sobre el suelo, tapando la mía. Anduve, por fortuna, rápido de reflejos y pude pegarme a la pared exterior de la cueva, ocultándome bajo un estrecho saliente, solo un segundo antes de que el ataque del halcón peregrino le llevara a arañar con sus garras el pedazo de suelo que yo había ocupado.

Se posó el ave unos metros más adelante y permaneció durante unos minutos, que se me hicieron eternos, escrutando con la penetrante mirada de sus redondos ojuelos amarillos la rendija de piedra en la que estaba oculto. Finalmente, desde dentro de la cueva, resonaros las voces de mis compañeros, inquiriendo el motivo por el que no acababa de abrir la entrada y, asustado por ellas, el halcón alzó el vuelo y se perdió por el horizonte.

Se encontraba el resorte disimulado entre unas piedrecitas del suelo, de modo que pude liberar con facilidad la roca que tapaba la entrada y los presos abandonaron la caverna, restregándose los ojos, deslumbrados por el brillante sol del mediodía, al pasar de la oscuridad reinante en aquella a la luz del exterior.

Tomamos consejo sobre lo que convenía hacer, si buscar a Pog Clinc o llevarnos el tesoro de vuelta al barco.

—Ninguna de las dos cosas merece la pena. Si Pog Clinc quiere quedarse en la isla es muy libre de hacerlo y en cuanto al tesoro… no vale nada —dijo a la sazón Lucas.

—¿Son falsas las monedas?—preguntó Iker intrigado.

—Más que eso. De hecho no sé por qué Clinc lampaba por comida distinta de las bananas. Podía haberse comido el tesoro entero: son monedas de chocolate.

—¡Bueno! Pues llevémoslas y nos las comemos nosotros.

—¡Bah! Ya están rancias —respondió Lucas, cuyo labio inferior aparecía orlado por una mancha negruzca. Y los dos se echaron a reír”.

Capítulo 7: El guardián del tesoro (2ª parte)

Se apresuró Lady Victoria a desanudar, cuchillo en mano, los nudos de la red y así que todos los prisioneros estuvieron liberados y constatamos que en buen estado de salud —por más que alguno quejoso y magullado—, nos dispusimos a dar y recibir las explicaciones correspondientes a encuentro tan inesperado por ambas partes.

Fue así como supimos que después de nuestra caída y no bien el estado de la mar dio lugar para ello, El Temido había virado en redondo y vuelto a recorrer la zona en donde suponían sus tripulantes que habíamos sido arrastrados al agua.

La falta de resultado determinó que fuera aumentando de manera paulatina el radio del círculo en que buscaba y eso le llevó a costear, por fortuna de noche, la isla circular, en la que habían visto fondeada a la balandra inglesa.

No poco trabajo costó persuadir al capitán Laurel de que no era el momento adecuado de entrar en la rada y aprovechar su inmovilidad para cañonearla, abordarla y dejarla anclada de una vez y para siempre al fondo del mar.

Convencido al fin de que lo importante para el objetivo que perseguía el viaje era hallar a Iker y de que mientras más se demorara el hallazgo, más difícil sería lograrlo, pasaron de largo y tras algún tiempo de navegación arribaron a la isla en que nos hallábamos por una bahía situada justo en el extremo opuesto de aquel por el que habíamos llegado nosotros.

Viraban ya para volver al mar, mas advirtieron indicios de que la isla no estaba deshabitada como parecía, y, pensando que tal vez podía tratarse de nosotros, decidieron dar una batida en ella por ver de hallarnos.
De ese modo, Lucas, Matías y los tres enanos se habían internado en la jungla, caminado por ella durante horas, sin encontrar a nadie y ya pensaban en volver a El Temido, cuando tuvieron la desgracia de que alguno de ellos —no estaba claro quién, pues todos se exculpaban a sí y acusaban a los demás— pisara en un lugar indebido desde el que se disparó el mecanismo que activaba la trampa de la que, de manera tan oportuna, los acabábamos de rescatar.

Se disponía Iker a narrar nuestra singular peripecia, cuando Lucas, sin dar lugar a ello y señalando a Victoria, preguntó:

—Y la marinera pelirroja, ¿quién es y de dónde ha salido?

Antes de que Iker tuviera ocasión de abrir la boca, se adelantó Lady Victoria y, con el rostro encendido por el enojo, reprendió a los chicos:

—No me parece adecuado que interroguéis a terceros sobre mí, hallándome yo presente. En cuanto a Iker, ha sido un completo grosero interesándose por vuestra historia, antes de presentarme a vosotros y dar lugar a que pudierais agradecerme cuanto en vuestro auxilio acabo de hacer. Yo soy Lady Victoria Clara de Crokinole, hija de Lord Alfred de Crokinole, gobernador de la isla que lleva su nombre y comandante de la balandra Victoria, de la Armada Real de su Majestad.

—¡La hija del comandante de la Victoria! ¡Estáis locos! ¡Cómo la habéis traído hasta aquí! —exclamó Matías alarmado.

—Si nos dejáis explicarnos unos y otros —replicó Iker, ahíto de tanto reproche—, tal vez llegaríais a saber que nosotros no la hemos traído. Más bien ella nos ha traído a nosotros.

Pudo Iker finalmente narrar toda las peripecias que habíamos sufrido desde que aquel golpe de mar nos barriera de la cubierta de El Temido, hasta el reciente y oportuno rescate de los compañeros apresados en la misteriosa trampa en que habían caído mientras nos buscaban.

—Lo que procede entonces —dijo Matías, una vez que Iker hubo concluido su relato y tras unos breves instantes de reflexión— es volver al barco y reiniciar nuestro camino. Bien que me gustaría hallar al autor de este endemoniado garlito y medirle las costillas en pago de lo que las mías han sufrido. Pero, mejor será dejarlo por ahora. Y cuando volvamos al barco, habrá que ver cómo reacciona el capitán Laurel cuando conozca la identidad de nuestra acompañante… No sé si, tal vez, fuera mejor ocultársela.

—¡Me niego! —respondió a la sazón Lady Victoria de nuevo enojada—. No tengo necesidad de ocultar nada a nadie, ni menos de humillarme escondiendo mi identidad ante un simple pirata.

—Pero, mi lady —intervine para aquietarla—, el capitán Laurel es muy capaz de dejaros abandonada en la isla.

—¡Veremos! —replicó ella arrogante.

Se encogieron de hombros los presentes ante la tozudez de la muchacha y emprendimos el regreso a nuestro navío, azuzados por las ganas de saber en qué vendría a parar el choque que de manera inevitable se habría de producir entre Lady Victoria y el capitán Laurel.

—Más nos vale caminar con precaución y mirando dónde ponemos los pies —advirtió Lady Victoria ya más calmada—. O mucho me equivoco o la trampa en que caísteis no ha de ser la única que armara quien la armó.
Asentimos todos y, en efecto, hicimos los pasos más cautelosos, aun a costa de ralentizar sobremanera nuestra marcha. No habíamos recorrido mucha distancia con aquel andar que parecía cansino, cuando casi todos a la vez notamos un leve crujido de la maleza, inequívoca señal de que no estábamos solos.

—¡A tu izquierda, Iker! —grito Lady Victoria y ambos, seguidos de Lucas y Matías, emprendieron una veloz carrera por la jungla en pos de algo que solo alcanzábamos a percibir en la forma del movimiento que su curso atropellado provocaba en la vegetación.

La carrera se detuvo bruscamente, cuando en medio de un crujido de plantas secas, oímos que nuestro perseguido exhalaba un grito de desesperación.

—¡Maldita! —le escuchamos decir—. Pog Clinc no recuerda trampa.

Llegamos los enanos y yo al punto en que los otros detuvieron su persecución, al pie de una honda fosa, antes disimulada por una capa de ramas cortadas que cubrían la boca, en cuyo fondo, un cerdo blanco de resina o cemento, al igual que la mayoría de nosotros, cubierto de pieles y con el ojo izquierdo tapado por un parche, se afanaba en vano por salir del profundo agujero al que lo había conducido su alocada huida.

Desde dentro de su fosa, el cerdito nos miraba aterrorizado, con su único ojo desmesuradamente abierto.

—Pog Clinc pide perdón honorables marineros. Pog Clinc no sabía…

Logramos sacarlo del agujero haciendo caer en el hoyo algunos troncos secos que había alrededor, por los que trepó ágilmente. Al llegar arriba hizo un nuevo intento de fuga que fue abortado por los enanos, quienes terminaron por sujetarlo con fuerza, hasta dejarlo inmovilizado por completo.

—¡Soltar Pog Clinc! —clamaba—. Si soltar Pog Clinc, Pog Clinc lleva cueva del tesoro.¡Bueno, también si dar queso! Pog Clinc mucha hambre y mucho tiempo sin comer queso, solo banana.

—Lo mejor será llevarlo a presencia del capitán. Él sabrá que hacer con este prisionero, a quien el mucho tiempo de soledad y abandono en esta isla han debido reblandecer el cerebro —sugirió Matías, ante el desconcierto evidente que las palabras y el comportamiento del cerdo habían provocado en todos los presente.

Emprendimos el camino hacia la ensenada en que El Temido se hallaba fondeado, abandonando nuestro bote salvador en la playa y, tras algunas horas de penosa marcha, no fuéramos a caer en otra de las trampas de Pog Clinc que hasta él hubiera olvidado, divisamos primero los mástiles del bergantín y finalmente su casco al completo meciéndose con suavidad sobre las olas.

Fuimos Iker y yo objeto de un cariñoso recibimiento por parte de sus tripulantes y obligados a contar una y otra vez la peripecia de nuestro naufragio, solicitados por las gallinas de la Sociedad Literaria, siempre ávidas de historias.

Ante el clamor que todos producían, hablando a la vez, riendo y felicitándose, el capitán Laurel abandonó su camarote y salió a cubierta a la vez que Matías y los enanos se dirigían en su busca conduciendo a nuestro prisionero, de manera que ambos se dieron casi de bruces, se detuvieron unos momentos, mirándose con fijeza mutuamente y, por fin, el capitán Laurel exclamó:

—¡Pog Clinc, viejo bribón, te hacía desaparecido hace muchos años, desde que el capitán Kidd te dejó en una isla para que protegieras su tesoro!

—Pog Clinc cumple órdenes. Nadie toca tesoro capitán Kidd.

—Así que fue en esta isla. Nunca supimos dónde. Kidd se llevó el secreto a la tumba.

—¡Capitán Kidd no muerto! ¡Capitán Kidd vuelve por tesoro y lleva Pog Clinc comer queso! Capitan Kidd promete Pog Clinc. Capitán Kidd siempre cumple promesa.

Solo en ese instante, se apercibió Laurel de que también estábamos en el barco, Iker, Lady Victoria y yo.

Capítulo 7: El guardián del tesoro (1ª parte)

Pese a la capacidad de resistencia, rayana en la tozudez, de que Lady Victoria Clara de Crokinole hacía gala, el sueño terminó por rendirla, como a todos. Se había pasado horas y horas manejando el timón y la vela de manera simultánea, sin consentir que la releváramos en el gobierno de una u otro ni un solo instante. Tan solo aceptaba, si amainaba algo la brisa o viraba el viento a un rumbo distinto al que ella había elegido, que ayudáramos bogando a mantener la marcha del bote.

Al final, sin embargo, vino a quedarse dormida en medio de una calma chicha que detuvo casi por completo el curso del barco e hizo inútil cualquier intento de dirigirlo. El sueño impidió que ni ella ni nosotros nos apercibiéramos de que una poderosa corriente impulsaba el esquife hasta hacerlo encallar con suavidad en los arenosos bajíos de una playa abierta. Después, la bajamar se llevó el ribete de olas mar adentro y, cuando despertamos, la barca reposaba a casi cien metros de la orilla.

—Se me hace que ni entre los tres podremos arrastrar el bote hasta hacerlo reflotar —dijo Lady Victoria contrariada—. Así que mejor aprovechamos las horas que faltan para que suba de nuevo la marea en explorar los alrededores de la playa, buscar agua y, si es posible, algo de fruta fresca, antes de hacernos de nuevo a la mar.

Ni se nos pasó por la imaginación discutir el liderazgo que de manera completamente natural había asumido la muchacha, pues tanto Iker como yo reconocíamos su mayor experiencia y superior conocimiento en aquel extraño entorno en que nos hallábamos.

Cosa distinta era la viabilidad de su plan, pues frente a nosotros, el terreno se elevaba en una escarpada montaña verde que hacía impracticable el intento de abandonar la playa.

No arredró eso a la intrépida inglesita quien, tras mirar a uno y otro lado, calibrando pensativa ambas rutas, señaló hacia levante:

—Para allá —ordenó. Y no la engañó su instinto o su capacidad de observación, pues tras recorrer trabajosamente un amplio trecho, dimos, al volver un recodo que hasta entonces lo ocultaba a nuestra vista, con un arroyuelo que, en ese punto, venía a rendir al mar sus aguas transparentes.
Bien —dijo—, el problema del agua ya está resuelto—. Si remontamos el curso del arroyo, no hemos de tardar en encontrar alguna fruta que nos acomode.

—Una cosa, mi lady —preguntó Iker un tanto inquieto—, ¿hay en esta selva animales peligrosos, de los que debamos guardarnos?

—La verdad —replicó ella con un gracioso mohín— es que no tengo ni idea, porque no sé dónde estamos. Si es como en la isla de Crokinole, solo hay que tener cuidado con los varanos y las víboras cornudas.

—¿Los qué?

—Los varanos son unos lagartos de un tamaño considerable. Llegan a tener dos o tres metros de largo y son capaces de cazar un búfalo (que, dicho sea de paso, enfadado, tampoco es moco de pavo)

—Entonces —replicó Iker temblando—, si no os importa, seguid sin mí. Yo iré a cuidar el bote, lo vaya a arrastrar la marea.

—Como quieras. Pero ten cuidado con la arena. Las víboras cornudas se entierran en ella y no hay forma de verlas hasta que no las pisas. Para entonces, ya suele ser tarde.

Se rascó Iker la cabeza, lleno de vacilaciones.

—Mejor sigo con vosotros —dijo al fin— vaya a ser que me necesitéis. Pero, ¿no sería mejor ir por dentro del arroyo?

—Sería una idea estupenda, de no ser por las sanguijuelas.

—¿Sangui qué? —preguntó el chico aún más alarmado.

—Las sanguijuelas —respondió lady Victoria, sin poder contener la risa, ante el enfado creciente del chico, que se daba ya a los demonios—. Son una especie de negros gusanos acuáticos que se te pegan a la piel y te chupan la sangre, a poco que te descuides. Los han usado médicos y barberos para sangrar a los enfermos. Dicen que así se les purifica la sangre y se les extraen los malos humores. El doctor Roberts todavía lo hace en la isla, pero yo las odio. Me dan un asco infinito.

—Pues estamos arreglados.

—¡Ah! Se me olvidaba. Si veis un platanero, antes de coger la fruta, aseguraos de que no se ocultan arañas entre los racimos. Su picadura es muy peligrosa.

—¡No te digo! —replicó Iker ya al borde del pánico absoluto, mientras una irónica sonrisa atravesaba el rostro pecoso de lady Victoria.

—Todo eso es falso, ¿verdad? Lo decís para asustarnos —preguntó el muchacho desasosegado.

—En absoluto —replicó ella con frialdad.

—Entonces, ¿de qué os reís?

—De tu miedo —y sin decir más empezó a internarse en la jungla.

Anduvimos unos metros por entre los árboles de la rivera del arroyuelo, cuando Lady Victoria, desprendiendo del cinto un cuchillo de marinero que traía a la espalda, sopesó la vegetación que tenía alrededor y dirigiéndose a un arbusto parecido al brezo que por allí había, segó de él una rama gruesa y recta, a cuya punta anudó el cuchillo con unas lianas de que se había provisto, formando un a modo de lanzón corto.

—Esto ayudará a disuadir a alguno de nuestros amigos de la selva, si se ponen pesados —dijo con humor.

—Como sean del tamaño de los que vimos frente a la cueva de los enanos, en la que desde entonces llamamos “playa de los Dinosaurios”, les puede servir de mondadientes —replicó Iker con un tono bastante más sombrío.

—¡Ah! ¡Dinosaurios! He leído historias sobre ellos, pero, en verdad, no los he visto nunca.

—Pues yo sí —contestó Iker con voz tan lúgubre que ensombreció el humor de la muchacha.

—Y eso sin contar el tamaño del Kraken —intervine deseoso de hacerme notar en aquella pelea de gallos— que ocasión tuve de medirlo bien de cerca.

—Sí. Por fuera… y por dentro —fue el comentario de Iker ante el que Lady Victoria estalló en una cristalina carcajada que aclaró en buena parte la densa atmósfera que parecía haberse instaurado entre nosotros.

Según tenía para mí, deberíamos llevar andando algunas horas, sin que las dichosas frutas hubieran aparecido o sin que las pocas que habíamos hallado merecieran la aprobación de la chica, en unos casos por su mal sabor, en otras por no estar todavía en sazón o porque, en fin, podían producir disentería.

Pensando que, si no frutas, hallaríamos tal vez alguna seta comestible, hacía rato que había dejado de mirar a los árboles, por entre los que avanzábamos en silencio, para concentrarme en buscar por el suelo, cuando en medio de unas matas rastreras percibí el movimiento sinuoso de lo que podía ser una culebra de buen tamaño. Me detuve en seco e hice que Victoria se aproximara, señalándole mi descubrimiento.

—Una pitón reticulada. Pero apenas una cría. No creo que te haga nada. El problema es…

—¿Qué? —la apremió Iker.

—La madre. No debe andar lejos.

No pude dejar de aplaudir a lady Victoria por la extensión de sus conocimientos.

—No tiene ninguna importancia —replicó ella riendo—. Como os he dicho en la isla de Crokinole no hay mucho con que entretenerse. Por fortuna mi padre posee una vastísima biblioteca… que nadie conoce como yo.

—¡Una biblioteca! —exclamé con entusiasmo—. Seguro que en ella hay libros de historias que cuentan historias de libros que preservar de la furia iconoclasta de los ratones. Precisamente en mi calidad de preservador de libros titulado…

Por el rabillo del ojo observé que Iker se disponía a poner fin con algún exabrupto a una conversación que sin duda lo hastiaba, pero no hubo ocasión para ello: en ese momento llegó hasta nosotros un rumor de quejas y una angustiosa llamada de socorro.

Corrimos los tres hacia el lugar de la jungla de donde parecían provenir los gritos de auxilio y arribamos de improviso a un pequeño claro, de forma casi circular, en cuyo centro se alzaba una enorme ceiba, de la cual colgaba una trampa en forma de red por entre cuyos nudos asomaban una pierna de muchacho, una pata y un rabo de lagartija y un gorro frigio de enano.

—¡Lucas, Matías…! Pero ¿qué hacéis ahí? —preguntó Iker con asombro.

En vez de contestar, los angustiados prisioneros se limitaron a señalar al pie de árbol, mientras gritaban:

—¡La serpiente! ¡Cuidado!

Y es que, en efecto, la que debía ser madre de la cría que poco antes habíamos visto, y que vendría a medir unos respetables cuatro o cinco metros de larga, tanteaba la forma de trepar por el tronco de la ceiba, buscando una presa fácil en los prisioneros, forzosamente inmóviles en el seno de la red.

—Coged palos, piedras o lo que sea y seguidme —ordenó lady Victoria.

Y, casi sin dar lugar a que la obedeciéramos, se lanzó gritando hacia la serpiente, mientras esgrimía el lanzón que se había fabricado.

La imitamos nosotros y, antes de que llegáramos, el reptil asustado se desenroscó del árbol y huyó en dirección a donde su cría la aguardaba.

—¡Bajadnos de aquí, por favor! ¡Nos vamos a descoyuntar! —suplicó Matías.

Satisfacer su petición no era, sin embargo tarea fácil. La forma más obvia, que implicaba trepar hasta la rama de la ceiba de la que colgaba la red y cortar la liana que la sostenía para que esta cayera al suelo, tropezaba con dos inconvenientes: la altura a la que la red colgaba, que determinaría una caída para nada liviana a quienes estaban apresados en su interior y la multitud de aceradas espinas que defendían el tronco de la ceiba hasta los dos tercios de su altura, que dificultaba la tarea de trepar por él.

Buscaban Iker y Lady Victoria el modo de afrontar el rescate, rascándose pensativos la cabeza, cuando el asunto se solucionó por sí solo, aunque quizás no de la mejor manera para todos los atrapados. La liana que sostenía la red, demasiado envejecida y desgastada, no pudo aguantar el peso, ni el movimiento con que los apresados por ella buscaban liberarse o, en su defecto, adoptar una postura más cómoda, se partió en dos con un leve crujido y dio con su contenido en el suelo, en medio de las correspondientes expresiones de alivio y satisfacción de quienes quedaron arriba y del barullo de quejidos y lamentos de quienes cayeron en la parte de abajo.

Capítulo 6: Lady Victoria Clara de Crokinole (final)

Nos arrojaron sin ningún miramiento al fondo de un oscuro y mal ventilado calabozo en el que no había manera de saber si era día o noche, a no ser que algún pájaro cantara en sus cercanías, y permanecimos en él no sé cuanto tiempo.

Se desesperaba Iker midiendo a zancadas —pocas, desde luego— el largo de nuestra prisión, cuando un murmullo de voces que provenían del exterior del calabozo, hizo que nos aproximáramos a la entrada y pusiéramos el oído.

La puerta de nuestra cárcel tenía en su parte superior una rejilla para la vigilancia de los presos que carecía de compuerta, por lo que permitía también observar el exterior desde ella. El problema era que, por la altura en que se hallaba situada, ni Iker, ni menos yo, podíamos alcanzarla.
Al final, Iker acabó por izarme sobre sus hombros y pude seguir la extraña escena que allí tenía lugar.

Lady Victoria Clara de Crokinole, portando una bandeja con un lujoso servicio completo de té, descendía por las empinadas escaleras de caracol ante la atónita mirada del único guardián que habían dejado a las puertas de nuestro calabozo.

—A nadie, por muy pirata que sea —dijo—, se le puede privar del sagrado derecho a tomar el té de las cinco, ¿no creéis?

—Por supuesto, mi Lady, y menos a sus carceleros —replicó el guardián con un guiño cómplice.

—¡Oh! ¡Disculpad! ¡Qué tonta soy! No había caído. Pero tomad una tacita y servíos de esas deliciosas pastas de la señora Huttington.

No se hizo de rogar el vigilante y bebió con fruición el té que Lady Victoria le ofrecía, al tiempo que tomaba un buen puñado de pastas que engulló sin ninguna británica flema.

Casi antes de que aquellas llegaran a su estómago, el guardia yacía en el suelo, tendido cuan largo era, sumido, al parecer, en un plácido y profundo sueño. Registró Lady Victoria sus ropas y, al poco, provista de una gran llave de hierro, se aproximó a la puerta del calabozo.

El asombro que me causó lo que estaba sucediendo me paralizó por completo y, cuando la muchacha abrió la puerta, se encontró de sopetón con Iker y conmigo, formando una torre humana. Dio este un respingo por la sorpresa, ante el que me fue imposible guardar el equilibrio y lo arrastré en mi caída, de forma que los dos acabamos en el suelo, rezongando, hechos un ovillo.

—¡Silencio, estúpidos! —chistó imperiosa Lady Victoria, por más que ninguno de los dos, todavía mudos por lo ocurrido, hubiéramos desplegado los labios.

—¡Corred! Id por esa galería de la izquierda —dijo señalando la negra boca de un túnel que se abría por donde ella indicaba—, tras algunas vueltas, os llevará hasta un embarcadero. He dejado abierta la reja que lo protege y en él encontraréis un pequeño bote de remos con una vela; ocultas bajo una lona hay algunas provisiones. Salid a remo aprovechando la bajamar hasta mar abierto, disimulados entre las muchas barcas de pesca que faenan por la ría y, una vez fuera, desplegad la vela y buscad vuestro navío.
Y, sin darnos tiempo a que pudiéramos agradecerle su gesto, emprendió veloz retirada escaleras de caracol arriba.

No dio sus indicaciones Lady Victoria a sordos o a lerdos, de modo que, antes de que acabara ella de desaparecer por arriba, nos sumimos nosotros en la galería que descendía hasta el embarcadero, bien que, como nos advirtiera, no sin girar una y otra vez sobre sí misma, en lo que parecía un laberinto de Minotauro.

Nos dábamos al diablo por el tiempo que estábamos tardando en llegar al barco prometido por el temor a que, durante él, se descubriera nuestra fuga y se organizara una persecución que, sin duda, dificultaría, si es que no hacía fracasar, el bien tramado plan de la hija de Lord Crokinole.

Creíamos ya habernos perdido definitivamente, cuando a la vuelta de un último giro de la galería, nos hallamos de improviso al pie del agua, aunque todavía en el interior del túnel y a pocos metros de donde estábamos vimos el bote, que se mecía blandamente con la corriente.

Saltamos a su interior, empuñó Iker los remos y yo el timón de espadilla que lo gobernaba y, poco a poco, nos separamos del malecón, nos situamos en el centro del canal y enseguida salimos a cielo abierto.

Tenía razón Lady Victoria en que el trasiego de atafifes, falcados, chinchorros, masteleros de gavias y otras muchas clases de barcos de transporte y pesca que pululaban por la ría, faenando en unos casos o transportando las más variopintas mercancías en otros, facilitaban nuestra fuga, máxime cuando Iker se había deshecho de la elegante casaca que le proporcionara el gobernador para acudir a la cena y ensuciado la camisa y las polainas durante el periplo por la interminable galería que tuvimos que recorrer desde nuestro negro calabozo. Había pasado así de aparentar un noble cortesano a ofrecerse a los ojos de cualquiera como miserable grumete.

Nos deslizamos, pues, por el brazo de mar, suavemente arrastrados por la resaca con que la marea alta se retiraba del interior de la isla y salimos a una gran dársena en que fondeaba la inmensa balandra de Lord Crokinole, con su amenazante fila de bocas de fuego y un gran ajetreo de marinería en la cubierta.

—¡Achís! —y el estornudo removió la lona que tapaba las supuestas provisiones de que nos había surtido Lady Victoria para facilitar nuestra huida.

—Te has constipado, Benavides —dijo Iker que, de espaldas al bote y con los ojos fijos en la balandra, en cuya borda se hallaba inscrito el nombre de Victoria en letras doradas, me atribuyó erróneamente la paternidad del estornudo.

—Mucho me temo, señor Iker, que no he estornudado yo. Ha sido el saco de provisiones —repliqué trémulo.

Se giró el muchacho incrédulo a tiempo de ver como el saco se agitaba y de su boca emergía una cascada de rizos pelirrojos cubiertos apenas por un gorro de grumete, hasta quedar fuera y ante nosotros la delgada figura de la mismísima Lady Victoria Clara de Crokinole en hábitos de marinero.

—Cuando alguien estornuda, Mr. Iker, se le dice ¡Jesús! Y podéis cerrar la boca; no os vaya a saltar dentro algún pez volador —nos reconvino la chica airada.

—Pero, ¿qué haces…hacéis aquí, mi Lady? ¿Cómo habéis llegado y vestida de ese modo? —preguntó Iker entre titubeos por el asombro.

—Son varias preguntas. Lo correcto es hacer las preguntas de una en una y dar lugar a que se respondan. Empezando por la segunda, es bien fácil: os mandé ir al bote por el camino más largo. De hecho, cuando llegasteis acababa dejarlo en el embarcadero, al que yo había acudido por una ruta mucho más corta. En cuanto al cambio de ropa, tened en cuenta que la corte de mi padre es ceremoniosa por demás y cada momento del día requiere la vestimenta adecuada. Cambiar de ropa es un ejercicio que tengo muy ensayado. Te sorprenderías la rapidez con que soy capaz de hacerlo. ¿Que por qué he venido? Pues porque la corte de mi padre amén de ceremoniosa es enormemente aburrida. La isla ofrece pocas oportunidades de distracción, como él mismo dice, de modo que participar en vuestra aventura y conocer a esas criaturas maravillosas con las que navegáis y a las que habitan en la Sima Desconocida es una tentación demasiado poderosa para una romántica incurable como yo.

—Pero, replicó Iker, vuestro padre pensará que os hemos secuestrado y nos perseguirá con encarnizamiento.

—Sin ninguna duda, darling —contestó ella con frialdad—. De todas formas tal persecución era inevitable. Una vez mi padre ha tenido constancia de que El Temido anda merodeando las aguas de la isla, no habría de tardar mucho en hacerse a la mar para enfrentarlo, pero, mientras piense que estoy en vuestro barco, no tratará de hundirlo y, tal vez, su presencia pueda ser de ayuda, si hay que luchar con los sicarios de esa Croma o como se llame. Por otra parte, necesitaré algún medio para volver a la isla cuando la aventura acabe y no se me ocurre otro mejor que la Victoria…

Y añadió:

—Además, según os he visto manejar el bote, vosotros solos no tardaríais en iros a pique, si no halláis ballenas jorobadas que os remolquen. Precisáis de alguien que sepa navegar a vela y conozca estas aguas para escapar de la persecución de Lord Crokinole y encontrar vuestro barco.

Y sin dar lugar a más plática ni a que nosotros acabáramos de cerrar la boca, izó la vela, asió el timón y puso proa a mar abierto.

Capítulo 6: Lady Victoria Clara de Crokinole (2ª parte)

—Está como un tronco —oí entre sueños que decía una voz femenina.

—Y ¿qué será ese raro muñeco que tiene al lado? —dijo otra, refiriéndose, sin duda, a mí.

Abrió en ese momento Iker los ojos, aunque cegado al parecer por el brillo de un sol ya bastante alto en el horizonte, no podía distinguir con nitidez a las dos jóvenes que tenía delante y que lo observaban muertas de curiosidad.

—Es el señor Iker —intervine de manera quizás algo brusca para aclarar la situación, ante el tardío despertar del chico— y yo soy Benavides, preservador de libros titulado.

Sorprendidas, las muchachas dieron un respingo y una de ellas exclamó:

—¡Anda, si habla!

—¿Qué otra cosa puedo hacer, si solo estoy hecho de cemento y palabras? —les pregunté. Pero ellas, mudas todavía por el asombro, no pudieron desplegar los labios.

—Ya os explicaré más tarde todo lo mejor que sepa, pero ahora creo que necesitamos con urgencia agua y algo de comer, a ser posible. Al menos yo —intervino Iker.

—Tenéis que disculparnos —dijo una de ellas—. La sorpresa de hallaros de este modo ha hecho que nos olvidemos de los más elementales deberes de socorro y cortesía. Leonor —añadió dirigiéndose a su compañera—, alcánzale al señor la frasca de agua y mira qué hay en tu cesta con que podamos aliviar el apetito del caballero.

—Creo que la señora Huttington, la cocinera, puso en ella unos emparedados de jamón y queso y un poco de dulce de membrillo. Con eso bastará —contestó la aludida.

Tras saciar su sed, engulló el chico casi con desesperación la comida que las damas le tendieron y, cuando se sintió satisfecho, preguntó:

—¿Qué sitio es este?

—¿No lo sabéis? Pues, ¿cómo habéis llegado hasta aquí? Os comunico que estáis en la isla de Crokinole, del Imperio Británico de su Majestad. La gobierna en su nombre Lord Alfred de Crokinole, su descubridor y mi padre. Y yo soy Lady Victoria Clara de Crokinole.

Lady Victoria Clara era una muchacha de la misma edad de Iker, tirando a pelirroja, con cabello ondulado, ojos azules, rostro pecoso de inequívoco perfil británico, piel clara y figura estilizada. Vestía, sin embargo de forma extrañamente anticuada, con un vestido de moaré azul celeste, que le llegaba a mitad de la pierna, medias también azules y negros zapatitos de charol; llevaba cuello de encajes y un complicado sombrero desde el que caían como en cascada sus bucles rojizos.

—Y vosotros —preguntó al fin—, ¿quienes sois y de dónde venís?

Correspondió Iker contando nuestra historia, aunque sin dar muchos detalles. Explicó que, durante una tormenta, habíamos sido arrastrados desde la cubierta de nuestro barco por un golpe de mar y cómo habíamos sobrevivido flotando en un medio barril. Narró también nuestro incidente con el tiburón y las ballenas jorobadas y que estas nos habían empujado hacia aquellas costas, bien en contra de nuestra voluntad, ya que solo aspirábamos a reintegrarnos a nuestro barco, en compañía de nuestros amigos y completar la misión que había dado origen a la travesía.

—Sin duda —dijo Victoria Clara— hay en vuestra historia muchos puntos oscuros, que suscitan mi curiosidad y detalles que habría que esclarecer. Pero mejor será dejarlo para cuando os hayáis repuesto por completo de vuestras fatigas y en presencia de mi padre. Si vuestra historia lo conmueve, seguro que se prestará a ayudaros.

—Bueno —replicó Iker— aquí el que sabe contar historias es el amigo Benavides. Que él se las entienda con Lord Crokinole.

—¿Qué es —preguntó Leonor—, una especie de rapsoda?

—Algo así —confirmé sin querer entrar en profundidades en ese momento.

—Pero… una cosa, ¿no seréis piratas, por casualidad? Lo digo porque mi padre odia a los piratas. Se pasa el día persiguiéndolos, los combate desde su balandra y, si los coge, los hace ahorcar, colgados de una antena en su propio navío.

Cruzamos Iker y yo una significativa mirada que, por fortuna, pasó desapercibida para las damas.

—La verdad —prosiguió Lady Victoria—, yo no entiendo muy bien a qué viene esa fijación contra los piratas que tiene mi padre. A algunos los encuentro hasta fascinantes…

—No debéis hablar así, my Lady; vuestro padre se disgustaría terriblemente, si os oyera.

—Ya lo sé, Leonor. Pero es lo que pienso y una Lady tiene el derecho y hasta la obligación de decir siempre lo que piensa.

—Allá vos, señora.

—Pero dejemos esta enojosa conversación que ya hemos tenido muchas veces. Leonor es mi institutriz y se toma demasiado en serio su trabajo —dijo lady Victoria, dirigiéndose a nosotros—. Ahora lo que importa es conducir a estos caballeros o lo que sean a presencia de Lord Crokinole para que él vea de poner remedio a su miserable y angustiosa situación.

Ya bastante recuperados, seguimos a las damas por un empinado sendero que nos alejaba de la playa y, tras una extenuante subida, alcanzamos lo que parecía el punto más alto de la isla. Desde él pudimos percatarnos de que no era excesivamente grande, pero presentaba algunas singularidades: tenía un perfil redondo que conformaba un círculo casi prefecto y estaba atravesada por un brazo de mar en espiral que, entrando por nuestra izquierda, la recorría toda hasta culminar en su centro, donde surgía, en medio de él, una especie de pequeña isla, asimismo redonda, que constituía el corazón de la mayor. Podía llegarse a esta bien por tierra, orillando el brazo de mar por una rivera altísima y cubierta de una vegetación lujuriosa, poblada de especies tropicales o subtropicales que sazonaban su verde intenso con el pintoresco colorido de la multitud de sus flores, bien recorriendo el brazo de mar o —y esa fue la ruta que Lady Victoria Clara tomó, por más rápida— en línea recta, cruzando los distintos puentes colgantes, que permitían salvar por varios puntos el terrible y caprichoso abismo que el empuje de las olas había abierto en el interior de la isla de Crokinole.

El palacio de Lord Crokinole se alzaba en la cúpula de círculo interior de la isla. Coronaba una ciudadela amurallada en la que se agolpaba la mayor parte de su población, aunque dispersas por la rivera del brazo de mar se veían blanquear también aldehuelas y caseríos en torno a extensos y feraces campos de cultivo. Multitud de barcas de pesca se cruzaban navegando por aquel, entre el puerto que rodeaba la ciudadela y el mar abierto, cuyo horizonte se hundía diáfano hasta donde alcanzaba la vista.

Lady Victoria Clara nos condujo por las empinadas callejuelas, llenas de animación a aquellas horas, en las que parecían celebrarse ferias perpetuas, según el trasiego de mercancías que había en ellas y arribamos a las puertas del palacio de su padre, el señor gobernador.

Nos recibió con amabilidad al escuchar de labios de sus hija la historia de nuestro encuentro y, tras asignarnos un recoleto cuartito en el que reposar de nuestras fatigas, nos emplazó para la hora de la cena, después de la cual habría —dijo— tiempo para tratar de cuantos asuntos fuera menester.

Poco antes de la hora convenida, un criado hizo entrega a Iker, con mucha prosopopeya, de una indumentaria adecuada para la cena solemne con las autoridades de la isla. Vestido, pues, con camisa blanca de lino, casaca azul celeste, polainas a juego, medias de seda y zapatos de hebilla, nos encaminamos, precedidos de un ceremonioso mayordomo enviado en nuestra busca, al salón de banquetes del palacio.

Sirvieron una opípara cena a base de los más exquisitos pescados y frutos de mar, aderezados de mil diferentes maneras y culminada por la infinita variedad de raras frutas tropicales que abundaban en la isla. Al finalizar, los caballeros nos salimos al salón de fumar, aunque ninguno fumó y las damas se retiraron juntas a otra estancia.

—Y bien, Mr. Aiker —solicitó Lord Crokinole—, ¿podéis dar cuenta a la ilustre concurrencia de quién sois y qué os ha traído a este humilde rincón del Imperio Británico?

Un poco azorado, Iker repitió, algo ampliada, la historia que contara a Lady Victoria, a quien, por cierto, percibí, oculta tras un espeso cortinaje que tapaba una amplia balconada abierta al jardín del palacio, siguiendo atentamente el desarrollo de nuestra reunión.

—Os guía, desde luego, un noble y alto propósito —dijo Crokinole así que Iker hubo concluido—. Sois dignos de que se os ayude cuanto esté en nuestra mano para que podáis coronar vuestro empeño con el éxito que merecéis, haciendo desvanecer el terrible peligro que amenaza a tan singulares criaturas. Mañana temprano veremos qué se puede hacer y en qué modo ayudaros. Ahora solo es hora de descanso y esparcimiento, algo para lo que en esta isla no tenemos muchas oportunidades. Por cierto, he sabido que vuestro acompañante es un hábil rapsoda, ¿podría tal vez narrarnos alguna entretenida historia con que matar el tedio de estas horas?

—¡Oh! ¡Sí! Por supuesto —exclamé complacido—, aunque no soy lo que se dice en verdad rapsoda, sino preservador de libros. Tengo precisamente uno que viene aquí como de molde y que si sus señorías me dan licencia, puedo decirles.

Asintieron todos y animado por ellos comencé:

—El libro se titula La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey, lo compuso Mary Anne Shaffer y dice…

Durante más de dos horas, los concurrentes siguieron la historia atentamente y con murmullos de aceptación. Al terminar, se hizo un silencio momentáneo roto por unos tímidos aplausos al principio, que después se hicieron generales y nutridos.

Lord Crokinole, como reflexionando en voz alta, dijo:

—Una bella historia, sin duda. Y muy británica: solo a un inglés se le ocurriría hacer un pastel de piel de patata y ¡comérselo después!

La carcajada de los presentes interrumpió por un instante el hilo de sus reflexiones, mas, acallándolas, continuó:

—Pero hay un par de cosas que me parecen inverosímiles: los teutones a las puertas de Inglaterra y dueños de las islas del Canal… ¡Imposible! ¡Lord Wellington y el Almirante Nelson no lo hubieran consentido jamás! En cuanto a una sociedad literaria en un sitio tan rústico como Guernsey…

—Sin embargo —le interrumpí creyéndome en el deber de defender mi libro—, una sociedad literaria se puede formar en cualquier parte. Precisamente, yo atiendo una en El Temido constituida solo por tres gallinas y algunos polluelos…

En ese momento, un rojo de cólera hasta el borde de la apoplejía Lord Crokinole estalló:

—¿El Temido es vuestro barco? ¡Pero entonces vosotros sois piratas! ¡Traidores! ¡Falsarios! Sin duda ese tunante capitán Laurel anda tramando un golpe de mano en contra de la isla y os ha enviado a explorar el terreno y espiar nuestras defensas. ¡Guardias, prended a estos infames!

Antes de que hubiéramos podido hacer el menor movimiento de huida, se nos echaron encima cinco o seis soldados que esgrimían contra nosotros enormes mosquetes con sus bayonetas de cubo debidamente caladas y ante los que no nos quedó sino darnos presos.

—Llevadlos al calabozo, hasta que, en su momento, instruyamos contra ellos el correspondiente sumario —ordenó Lord Crokinole, ya algo más flemático.

Mientras a empellones nos conducían por una estrecha escalera de caracol abajo, camino del calabozo, Iker, bastante irritado y en un tono que me recordó al de las hadas, se volvió hacia mí y suspirando me dijo:

—Benavides, está visto que no sabes tener la boca cerrada.