—La carta esférica dice que esa isla, a la que no asigna ningún nombre, está desierta, pero desde aquí se divisan varias columnas de humo. Parece como si en ellas ardiera el fuego de algunos hogares.
Yoguina se mostraba desconcertada por el asunto, mientras el capitán Laurel escrutaba con detenimiento una costa hasta la que asomaba espesa vegetación, tras la que nada podía advertirse, sin dejar de ir y venir al mapa.
—Podrían ser nativos de islas vecinas que acuden a esta para oficiar sangrientos rituales —osé sugerir, al tiempo que mis palabras encendían mi propio miedo—. De hecho puede leerse algo parecido en algunos libros famosos…
—¡Y dale con los libros! —terció Maeve—. A lo mejor es solo que la carta tiene un error o que su información esta desfasada.
—Es lo más probable —apuntó Matías.
—No sé yo —intervino de nuevo el capitán—. Lo cierto es que no nos queda más remedio que comprobarlo por nosotros mismos. Las pipas están casi vacías, así que tendremos que hacer una aguada en esa isla, porque no sabemos cuánto tardaremos en llegar a la próxima, ni si será más o menos hostil que esta, de la que no nos consta que lo sea en absoluto. El litoral, al menos, parece bastante tranquilo y pacífico.
Dejando, pues, solo a las mariquitas vigías al cuidado del barco, con el encargo de observar atentamente el horizonte por si veían aparecer las velas cuadras de la Victoria (de quien, por cierto, no habíamos tenido noticia alguna desde que nos internáramos en el banco de niebla que cobijaba al islote del Capitán Achab), nos dirigimos el resto de la tripulación, con los dos botes cargados con las pipas, a la orilla, en un punto donde habíamos advertido que desembocaba la corriente de agua dulce de un pequeño riachuelo.
Desembarcamos en las cercanías, en una playa de guijarros y arena negruzca y, cuando bajábamos los toneles para hacer nuestra aguada, una voz salió de la espesura:
—No pretenderéis llevaros gratis el agua de mi riachuelo.
Quedamos sobrecogidos y paralizados, cuando desde otro punto de la jungla, emergió una nueva voz, más recia, si cabe, que la anterior:
—¿Cómo tu riachuelo? Dirás: nuestro riachuelo.
—Según todos los convenios internacionales, yo también tengo derecho al agua y nadie puede reclamar la propiedad de un curso de agua, ni de sus riberas, hasta una distancia de seis metros desde la orilla —dijo una tercera.
—¡Cállate imbécil! —replicó la primera—. Así no hay quien haga negocio, ni que les podamos sacar algo a los turistas.
—No insultes. Esto puede desembocar en un incidente diplomático entre nuestras dos naciones. Además, tú, luego, no repartes.
—¡Señores, quienes sean —exclamó entonces, irritado, el capitán Laurel, echando mano de su pistola—, pueden tener claro que, de ninguna manera vamos a pagar por el agua; y, si quieren dinero nuestro, que, por cierto, no llevamos, tendrán que venir a cobrarlo!
—Dinero no —respondió la voz—. Aquí no hay dónde gastarlo, así que no sirve. Pensaba en algo que nos pueda ser útil, como armas, herramientas o provisiones. Lo que se dice comercio justo; un intercambio ecuánime, un quid pro quo o, más bien, do ut des.
—No daremos nada.
—Entonces tenderemos que elevar una queja —insistió la tercera voz.
—O, mejor —apuntó la primera—, envenenar el agua.
—Pero, si hacemos eso —dijo el segundo—, nosotros tampoco podremos beberla.
—No seas estúpido: la corriente llevará el veneno aguas abajo. Si bebemos de la de arriba nada nos pasará.
—Yo, en cualquier caso, protesto. Me parece un atentado indigno…, pero, si con ello se cobra, exijo mi parte.
—¿Crees que serán capaces, capitán? —peguntó inquieta Yoguina
—Es posible —replicó este—. Pero el remedio es fácil. También nosotros buscaremos el agua más arriba. Y así, de paso, podremos trabar conocimiento con huéspedes tan amables.
A una orden del capitán nos fuimos adentrando en la jungla, remontando el curso del riachuelo. Marchábamos trabajosamente, lastrados por el peso, aun vacíos, de los toneles destinados a albergar el agua y por lo apretado de la vegetación ribereña, en la que menudeaban las zarzas, juncos y otras plantas espinosas que, de continuo, nos herían, perforando incluso nuestras ropas.
Contrariado por la lentitud, el capitán optó por dejar a algunos rezagados al cuidado de las pipas y lanzó al resto, a cuyo frente él mismo iba, a una descubierta en busca de las misteriosas voces que poblaban la isla.
Llegamos por fin a un claro, en cuyo centro se alzaban tres frondosas secuoyas, cada una de las cuales estaba coronada por una rústica edificación hecha con restos de naufragios, palmas y ramones de otros árboles. Descendieron de ellas, apenas nos vieron llegar, tres curiosos personajes con las caras cubiertas de una tupida pelambre oscura, vestidos con pieles, cuyas cabezas estaban tocadas por sendos gorros, asimismo de piel. La uniformidad de sus atuendos y el color de las cabelleras hacía que solo pudieran diferenciarse por ligeras diferencias de estatura o por la superior presencia de mechones grises en la sotabarba de unos u otros.
—Sean bienvenidos, mis señores, si son gente de paz —dijo uno de ellos, que parecía de mayor edad y cuya voz identificamos como la primera de las que nos pidieron peaje por el agua del riachuelo.
—Mi nombre es Pedro de Montaraz y los otros que aquí veis son Daniel Serkik y el señor Def. Somos náufragos y altos dignatarios de las tres naciones en que se divide Isla Desierta.
—¡Ahora me lo explico! —dijo el capitán Laurel riendo, al tiempo que daba una palmada en la frente—. Cuando leí la carta esférica interpreté que a esta isla no se le atribuía ningún nombre y que se consideraba deshabitada, pero lo que, en realidad, ponía en la carta era el nombre de la isla: Isla Desierta.
Reímos todos ante el gracioso equívoco y el capitán, recuperando de súbito una seriedad que cortó en seco nuestras carcajadas, prosiguió:
—Lo que no entiendo es lo de las tres naciones. ¿Dónde están sus habitantes?
—Los tenéis delante —respondió el señor Def.
—¿A todos?
—A todos menos a aquellos tres nativos, que llegaron en un cayuco hace cosa de un mes y a los que, a falta de mejor nombre, hemos bautizado como Lunes, Miércoles y Viernes —apuntó Serkik, señalando a un grupo de tres negros que, en un extremo del claro y alrededor de una hoguera, charlaban alegremente, vigilando codiciosos el espeto en el que se asaba algún animalejo que debían haber cazado y bebían una especie de cerveza en tanto aguardaban a que estuviera en su punto para dar buena cuenta de él.
Iker, Lucas y lady Victoria atraídos por el olor que emanaba el asado y su sazón a base de hierbas aromáticas, se aproximaron al grupo, sin poder resistirse, con la esperanza de que aquellos compartieran su delicioso banquete.
Al notar la circunstancia, uno de los negros se puso en pie y encarándose con los muchachos los conminó:
—¡Tú racista! ¡Tú discriminas a mí!
—Pero, ¿qué dices? —preguntó Lucas extrañado—. Si no hemos hecho nada.
—Te he lanzado —le replicó el negro—un potente conjuro mágico que sirve para hacer que el hombre blanco se arrodille. Por lo menos eso fue lo que nos dijo el moro que nos vendió el cayuco. Y, a veces, es verdad que funciona.
—No me extraña —respondió Lady Victoria—, pero nosotros solo queríamos compartir un poco de ese excelente asado. ¡Huele que alimenta!
—Si solo es eso —dijo otro de los negros desde la hoguera—, sentaos que hay de sobra para todos.
Y los chicos se unieron decididamente a la fiesta.
—Y vosotros —preguntó el capitán Laurel a los náufragos—, ¿no participáis?
—No, por Dios ¡qué asco! —dijo Serkik—. ¡Somos veganos!
—¿A qué nación pertenecen ellos? —preguntó Laurel, señalando hacia los nativos.
—Todavía a ninguna —replicó el señor Def—. Hay serias discrepancias entre los cuerpos diplomáticos de nuestras tres naciones sobre los criterios para la asignación a cada una de nuevos pobladores. Entretanto se resuelven, los tenemos confinados en aquella esquina del claro con el estatuto provisional de refugiados.
Se encogió de hombros el capitán y mudó de asunto:
—En cuanto al impuesto sobre el agua…
De Montaraz lo interrumpió:
—Impuesto, que fea palabra. En mi nación lo consideramos más bien un canon.
—Pero esa no es la técnica fiscal adecuada, querido amigo. Lo correcto —dijo Serkik— es denominarlo una tasa, como hacemos nosotros.
—Lamento discrepar de mis estimados colegas, pero su verdadera naturaleza es, según la entendemos, la de un gravamen —terció el señor Def.
—Bueno está —replicó el capitán—, pero ¿por dónde van las fronteras entre las tres naciones? Lo digo por saber de cuál de ellas tomamos el agua y si, en consecuencia, hay que pagar tasa, canon o gravamen.
Se miraron desconcertados los robinsones, hasta que, por fin, Serkik alcanzó a decir:
—Fronteras, lo que se dice fronteras, no tenemos. En realidad, una nación es un sentimiento, y ¿quién le puede poner límites al sentimiento?
—Es cierto. Muy bien observado —señaló el capitán—. Al sentimiento, ni se le ponen límites, ni se le pagan cánones, tasas o gravámenes. Así que, con vuestro permiso, voy a ordenar a mi tripulación que llenen las pipas del riachuelo. ¿Podéis decirle a los chicos que se bajen a la playa cuando terminen la comida con los “refugiados”?
Turbados y mudos quedaron los tres habitantes de Isla Desierta, hasta que, por fin, el señor Def acertó a articular:
—Pues también es verdad. No se me había ocurrido…
Llenamos las pipas sin que los habitantes de las tres naciones nos pusieran nuevos inconvenientes y, a mitad de nuestro descenso, cuando nos dirigíamos a los botes, nos sorprendió una de las mariquitas vigías, que, exhausta, se llegó hasta donde el capitán estaba, acompañado de Matías, Yoguina y yo.
—Capitán —gritó casi atragantándose por la ansiedad y la urgencia—, ¡el bergantín! ¡Han capturado el bergantín! Vinieron bordeando la costa en una chalupa seis marineros ingleses y otros tantos soldados y me redujeron.