Capítulo 11: El capitán Kidd (2ª parte)

Terminadas las exequias, hice enganchar de nuevo el faetón y emprendí el mismo camino que poco antes había llevado a mi padre a las puertas de Hinchingbrooke House, donde no resultó nada fácil que consintieran en recibirme.

Cuando así fue, tras no pocos ruegos, conminaciones, insultos y peleas con los lacayos que guardaban la mansión, en que hasta me vi en el trance de ser arrojado al barro de la explanada que había delante del edificio y que servía de estacionamiento donde los carruajes aguardaban el fin de la visita de sus dueños, me condujeron ante la presencia del conde de Sandwich. Era un anciano de ojos vivarachos en un rostro redondeado, provisto de una enorme nariz y abultados mofletes teñidos de rojo, que dejaban traslucir sutiles venillas azules. Vestía su grueso corpachón de manera ridícula y anticuada, con una larga casaca azul, ribeteada en oro, polainas a juego, medias blancas y zapatos de charol con hebillas doradas. Para rematar tan grotesca figura, tapaba su más que notable calvicie con una peluca empolvada de aladares rizados, como la de un presidente de audiencia.

Como era de esperar, negó cuanto mi padre había manifestado en su lecho de muerte y yo le expuse:

—Son solo delirios de un pobre moribundo —me dijo—. Parece mentira que os hayáis tomado la molestia de venir hasta aquí en tan penosa circunstancia, solo para eso. Bastaba con haberme puesto unas letras.

—Sin embargo —apunté de farol, pues no había tenido ocasión de hablar con ellos y, para bien decir, ni tan siquiera sabía quiénes eran, en realidad—, sus compañeros de juegos ratifican la historia punto por punto y coinciden en todos los detalles…

—¡Insidias de malos perdedores, fruto del despecho! —gritó demasiado airadamente Montagu, lo que me hizo sospechar que el dardo, lanzado casi al azar, había hecho blanco.

—A lo mejor es cuestión de ir expandiendo el rumor. Solo con la difusión de la sospecha, vuestros próximos invitados estarán sobre aviso, de manera que os resultará imposible repetir la traza. Eso sin contar el punto al que podría llegar vuestra reputación, si el asunto llegara a comentarse, como es probable que suceda, en la Cámara de los Lores.

Aquella postrer amenaza fue un éxito rotundo, de modo que la actitud de lord Sandwich mudó por completo.

—Bien está —dijo en un tono, en apariencia más conciliador—. Contra la calumnia, la inocencia no tiene defensa posible, así que busquemos una vía de acuerdo que nos evite a ambos una lucha descarnada que a nada ha de conducirnos. Como sería deshonroso no cobrar deudas de juego y, para que vos no quedéis en la miseria a consecuencia de las que vuestro padre contrajo por su mala cabeza, os propongo una solución, si os place.

Asentí, invitándolo a continuar por la curiosidad de saber a dónde quería llevarme, y el prosiguió:

—Lord Crokinole me ponderó en varias ocasiones durante los días pasados vuestras sorprendentes habilidades como marino, así que podríais poneros al mando de un navío que tengo en el puerto de Plymouth, perfectamente aparejado, con la dotación completa y para el que en su día solicité, y me ha sido concedida, una patente de corso, lo suficientemente generosa como para que podamos ambos obtener buenos réditos con poca inversión por vuestra parte.

Tras meditarlo unos breves instantes y sabedor de lo delicado de mi situación y del mucho riesgo de fracasar si llevaba mis presiones contra Lord Sandwich más allá, acepté su propuesta, a condición de que los beneficios netos se repartieran en tres partes iguales: una para mí, otra para la tripulación y la tercera para él y que me proveyera, además, de una cantidad para hacer frente a los primeros gastos.

Asintió sin poner objeciones y me ofreció sesenta libras, además de un buen caballo de monta a cambio del faetón y su tiro, aunque, decía él, estos ya le pertenecían por habérselos ganado en buena lid a mi padre.

Partí de ese modo al día siguiente, camino de Plymouth, con la bolsa repleta, a lomos de un razonable bayo, que elegí de entre los que tenía en sus cuadras y Lord Sandwich consintió que eligiera. Pensaba venderlo antes de embarcarme y obtener por él al menos otras diez libras. Llevaba también en la faltriquera mi nombramiento como capitán del navío Hispaniola, la patente de corso y una misiva de aquel para un tal John Hawkins, mi segundo de abordo en el barco.

Al anochecer del tercer día de viaje, mientras atravesaba —creo— los parajes de Lydford, me condujo el camino que traía hasta un estrecho puentecillo de madera por el que se cruzaba el río, que corría por debajo, formando una profunda garganta, en medio de un frondoso boscaje.
Al final del puentecillo, recostado contra uno de los postes que le servía de puntal y vuelto de espaldas, había un hombre joven que miraba hacia el agua con postura indolente.

Poco antes de llegar al punto donde se hallaba, se irguió en toda su estatura —que era considerable—, extrajo una pistola de entre sus ropas, me encañonó de frente, y dijo mirándome con fijeza:

—Os ruego me excuséis por abordaros sin haber sido presentados, pero sería conveniente para vuestra seguridad y la mía que descendierais de esa montura: en mi caso, para que no caigáis en la tentación de espolearla e intentéis atropellarme y daros a la fuga; en el vuestro, porque mi habilidad con esta arma es notoria y así que hicierais el más mínimo intento de ello, os hallaríais, antes de daros cuenta, con un tercer ojo entre los otros dos, con el que, para vuestra desgracia, nada llegaríais a ver.

Decidí no arriesgarme a verificar si la puntería con la pistola de que hacía gala aquel sujeto era cierta o se trataba de mera jactancia, así que descendí de mi montura lentamente, como me pedía.

—Y ahora —continuó él— pese a que os habéis portado como un auténtico caballero, debo, sin embargo, acabar con vuestra vida por dos razones, que, desde luego, entenderéis: la primera porque es la manera más fácil y segura para mí de conseguir las sesenta libras que lleváis en la bolsa, sin que nadie pueda acusarme por ello, librándome así de recorrer el transitado camino de Tyburn hacia la horca; la segunda…

Pese a la certeza del bandido, ni llegué a entender del todo la primera de las razones, ni a conocer la segunda; una piedra de regular tamaño, lanzada con buen tino desde la copa de una de las grandes hayas que bordeaban el sendero, debajo de la cual habíase situado, le impactó en la parte de atrás de la cabeza y lo dejó tendido en el suelo cuan largo era.

Me adueñé al instante de la pistola, que, en su caída, había rodado por las tablas del puentecillo hasta quedar a mis pies, sin que por milagro hubiera llegado a dispararse. Fue un gesto perfectamente inútil, pues el dueño del arma seguía inmóvil e inconsciente.

Distrajo de él mi atención un rumor de hojas agitándose que sonó en la copa del haya y ver cómo de ella descendía una especie de enano lampiño, de piel muy blanca, hocico achatado y grandes orejas puntiagudas que se doblaban sobre sí mismas: un perfecto ejemplar, erguido sobre sus patas traseras, de cerdito blanco de Chester.

Para mayor asombro mío, la criatura se acercó al yacente y, como si lo estuviera en verdad oyendo, le dijo:

—Tú mala gente, Jack Sheppard. Tú robas queso Pog Clinc.

Después, se volvió hacia mí y con muestras de honda excitación me conminó:

—Huir con Pog Clinc. Jack Sheppard despierta pronto. Gente de Jack Sheppard cerca y busca a los dos.

Después de eso, sin preocuparse de si le seguía o no, se internó en el bosque.

Corrí tras de él y, pese a hacerlo todo lo deprisa que me dieron de si las piernas, presas aún de algunos calambres por la larga cabalgada del día, estuve a punto de perderlo en más de una ocasión. Lo alcancé, por fin, cuando detuvo su carrera al llegar a un claro entre los árboles, en el que se levantaba una edificación rectangular, de techo bajo, rodeada de una valla que cercaba un auténtico lodazal, lleno de excrementos y a la que se accedía por una única entrada, asimismo de muy escasa altura.

—Esconder aquí —dijo escuetamente Pog Clinc. Y se dispuso a introducirse en ella.

—¿Aquí? —pregunté sin poder evitar un estremecimiento por el asco que me producía el lugar—. ¡Pero, si es una zahúrda!

—¡Sí! —replicó aquel sonriente—. Más difícil que en un pajar, encuentras aguja en un acerico. Lugar más difícil de encontrar un cerdo: entre muchos…. ¡en zahúrda!

—Pero… ¡yo no soy un cerdo! —objeté.

—Tú no cerdo. Pero tú ocultas en el fondo. Ningún hombre registra fondo de zahúrda. ¡Huele mal!

Rezongando, pese a reconocer la lógica impecable del razonamiento de Pog Clinc, me introduje en la nauseabunda cochinera; aunque era cierto que olía mal, he de admitir que reinaba en su interior un calorcito agradable, y, de no haber sido por las chinches, hasta hubiera pasado una noche confortable. A su mitad, mi sueño se vio interrumpido por la conversación de dos hombres que, antorcha en mano, buscaron en ella, aunque someramente:

—Aquí no está. Solo hay cerdos. ¡Puaf! ¡Qué peste…! —les oí decir, mientras se perdían en la oscuridad.

A la mañana siguiente, reanudé mi camino hacia Plymouth, acompañado por el cerdito que se negó con obstinación a separarse de mí, alegando, con su peculiar jerga, que aún no me podía considerar a salvo de las insidias de famoso bandolero Jack Sheppard y que, pues me había salvado la vida, era responsable de mí, en virtud de no sé qué extraño código ético que debía cumplir a rajatabla. A la vista de eso, para no pecar de desagradecido, lo invité a unirse a la tripulación de la Hispaniola que yo iba a capitanear, con un sueldo proporcional a los resultados de nuestras labores de corsario, propuesta que, ni que decir tiene, aceptó con el mayor entusiasmo y solo objetó a la cuestión del salario:

—Pog Clinc no quiere dinero. Dinero no bueno. Pog Clinc quiere queso por trabajo.

De modo que prometí darle como paga todo el queso que pudiera comer, pero él negó con la cabeza:

—Pog Clinc no come todo. Pog Clinc siempre guarda queso para cuando más hambre. Pog Clinc quiere un stone de queso cada siete días.

—Está bien —concedí, a sabiendas de la dificultad de conseguir catorce libras semanales de queso en altamar, pero Dios proveería.