Capítulo 12: El Reino del Espejo (2ª parte)

—Mi Lord —respondió aquel—, el señor Richmond ha debido beber durante su turno de vigía en la cofa del palo mayor. Se obstina en cantar que hay tierra a la vista por estribor. Su Excelencia mismo puede comprobar que, en el horizonte despejado, no se atisba el menor indicio de ello. No obstante, él sigue erre que erre, añadiendo a su error el pecado de la obstinación.

—Pero, señor —intervino el reo—, yo juro que no he probado una gota y que desde la cofa se aprecia tierra con toda claridad. Mandad a alguien que lo compruebe y, si miento, que se me doble la tanda de azotes.

—¿Para qué hemos de comprobar lo que estamos viendo con nuestros ojos? Callaos y limitaos a recibir el castigo impuesto, sin necesidad de dobleces —sentenció el señor Layermoore, poco dispuesto a que nadie cuestionara su autoridad.

—Un momento, señor Layermoore —abogó Lord Crokinole—. No es bueno precipitarse en los castigos. Lo cierto es que, si se mira hacia estribor hay algo extraño en la línea del horizonte. Parece como si en un punto, las olas chocaran contra sí mismas.

—Ciertamente —respondió aquel—, pero bien puede ser el efecto de dos corrientes marinas enfrentadas.

—También Pog Clinc ve dos lunas y eso no normal.

La intervención del Chester, señalando hacia babor y estribor donde dos recién salidas lunas vespertinas se enfrentaban idénticas la una a la otra, nos sobrecogió a todos.

—¡Cielos! ¡Es verdad! ¿Qué ocurre? —exclamó desconcertado el señor Layermoore.

—Enviad alguien a la cofa y que nos cuente lo que desde allí se ve —ordenó el excapitán Kidd.

A una señal del segundo de a bordo, se destacó un marinero que trepó ágilmente por los obenques y, una vez arriba, gritó:

—¡Tierra a la vista por estribor! ¡A menos de una milla!

Si ya la revelación de la presencia de dos lunas nos había dejado en suspenso y confusos, la observación del vigía terminó por desconcertarnos del todo. A esa distancia era materialmente imposible que, incluso desde el puente, en un día claro como aquel, dejáramos de ver la costa a simple vista y con toda nitidez; sin embargo, esta no se aparecía a nuestros ojos por parte alguna.

—No se quiebren la cabeza vuestras señorías —dijo a la sazón un viejo marinero, que chupaba una añosa pipa de arcilla, sostenida entre sus desdentadas encías, recostado contra la amura de babor—, estamos pasando frente al Reino del Espejo, o, mejor habría que decir de los Espejos, famoso, tanto por el que la reina guarda en su cámara, capaz de identificar a la dama más bella de él, como por este que tenemos delante y que lo protege, ocultándolo, de visitantes indeseados.

—¡Claro! —exclamó Lord Crokinole—. ¡Un espejo! Eso explicaría el misterio de las dos lunas. Aunque hay cosas que no entiendo bien: si es un espejo lo que tenemos delante, ¿dónde se sostiene? Y, ¿por qué no refleja nuestro barco?

—Bueno —replicó el marinero—. No se sostiene en ninguna parte, bien porque es un espejo mágico o porque, en realidad, como dicen algunos, se trata de un fenómeno natural, semejante a los espejismos del desierto que, a veces, se dan también en alta mar. Y, en cuanto al reflejo del barco, puede que no estemos en el ángulo adecuado o porque, en efecto, sea un espejo mágico.

—En cualquier caso, no vamos a tener ocasión de comprobarlo. De detrás de ese espejo, o lo que sea, salieron los botes de los secuestradores de los tripulantes de El Temido. Si no han venido a por nosotros, debe ser porque todavía no nos han visto, así que fondearemos aquí la Victoria y haremos una discreta visita de incógnito a ese extraño reino.

Arrojamos al agua el dory en el que exploramos la situación de El Temido y, los mismos que habíamos regresado en él, enfilamos directamente el punto del horizonte en el que los vigías de nuestro buque nos indicaban la presencia de tierra a una milla escasa de distancia.

El rítmico bogar de los marineros, comandados por el señor Terophontax, nos condujo en poco tiempo al lugar donde las olas parecían chocar contra sí mismas, pero al llegar a él nada extraño percibimos. Por el contrario, el oleaje continuaba mansamente su camino hacia la orilla y ya veíamos dibujarse con claridad la línea de la playa. Fuera espejo mágico o fenómeno de refracción natural del aire, habíamos atravesado la barrera, sin notar choque o sacudida de ninguna clase.
En frente de nosotros se abría una ancha y solitaria ensenada, de aguas tranquilas, sin obstáculo aparente para llegar a la orilla.

—Mi Lord —preguntó el señor Terophontax—, ¿por qué no volvemos al buque y lo fondeamos en esta ensenada? Parece un lugar seguro y a propósito.

—Mejor seguimos nosotros. Después de la ilusión del espejo, no sé con qué otros trampantojos más podemos encontrarnos y, a lo peor, en este caso, la tranquilidad es asimismo ilusoria y acabemos por entrar en una rada erizada de bajíos y arrecifes, de la que después nos resulte difícil salir con bien.

No se cumplieron los temores de Lord Crokinole: la bahía resultó tranquila por demás, así que no mucho después nos hallábamos desembarcando en una espaciosa playa, en cuyas dunas venía a morir un denso bosquecillo de pinos de copa redonda. Pisando sus agujas, nos internamos en la isla hasta alcanzar un camino de tierra que serpenteaba desde la costa hacia el interior.

Llegó hasta nosotros un rumor de quejas, de modo que, por prudencia, decidimos ocultarnos en la espesura y, al poco, atisbamos la figura de un enano que subía el último repecho del camino, antes de coronar el pequeño altiplano desde el que lo observábamos.

Avanzaba el enano lastrado por la carga del descomunal queso que transportaba a la espalda, de casi el mismo volumen que él y, entre jadeos, venía rezongando:

—¡Negra suerte la mía, indigna de un ministro! La reina, dizque ofendida por nuestra inutilidad, me ha ordenado que no comparezca ante ella hasta que no encuentre quien quiera hacerse cargo de este enorme queso y pagar los cuantiosos impuestos que se devengarían por la inmensa cantidad que de él dejara de comer. Pero ¡si ya no queda nadie en el reino! ¿A quién demonios se lo voy a colocar!

—¡Pog Clinc come queso! ¡Pog Clinc come queso!

Y el Chester irrumpió en medio del camino, dando saltos de alegría, para asombro de enano ante tan extraña criatura.

Miró el recién llegado al cerdito con cierto recelo, pero debió sobreponerse a él la voluntad de endosar el queso de cualquier modo, así que se limitó a advertir:

—Puedes comer el queso que quieras, pero te he de cobrar el impuesto establecido para el que dejes de comer y ten en cuenta que el queso es casi de tu tamaño y debe pesar tanto como tú. ¿Tienes dinero para pagar el impuesto?

—Tratándose de queso para Pog Clinc, si hay que pagar algo, yo lo pagaré —dijo Crokinole, emergiendo de detrás del pino en que se hallaba oculto, seguido, para mayor sorpresa del enano, por todos los demás.

—No sé quiénes seáis, pero, si estáis dispuesto a pagar, ¡adelante!

Le tendió el queso al cerdo y extrajo de sus ropas una libreta pequeña y un lápiz gordo, con el que se preparó para calcular el impuesto que habría de pagarse por el que este no fuera capaz de comer.

Se abalanzó Pog Clinc sobre él y en menos tiempo del que se tarda en pestañear devoró tres cuartas partes del queso, tras lo cual dijo:

—Pog Clinc guarda resto para cuando más hambre.

—Lo siento —replicó el enano—, pero la cosa no funciona así: ahora he de hacer complejos cálculos para establecer la proporción que no se ha comido, en relación con la consumida, para determinar el importe de la cuota bruta, a la que se añadirían los recargos correspondientes, lo cual nos darán la cuota líquida resultante, que es lo que deberéis satisfacerme en el acto. De lo contrario os tendré que cobrar además los intereses de demora, cuyo cálculo, a su vez, me llevaría un tiempo que habría que sumar a la demora y tomarme a continuación otro rato más para calcular los nuevos intereses y así sucesivamente, por lo menos hasta la hora de la cena. La ley es la ley.

Dicho lo cual se enfrascó en complejas operaciones aritméticas, en el transcurso de las cuales, mientras las iba musitando, su expresión pasó de una mirada astuta con una despectiva sonrisa, a una frente que trasudaba, un rostro demudado y un rictus de pánico en la boca.

—¡No puede ser! —decía para sí—. He debido errar los instrumentos del cálculo usando un multiplicador pequeño y un multiplicando grande. Veamos.

Guardó en sus bolsillos el lápiz y la libreta que antes había sacado y, tras buscar en ellos, extrajo una libreta gorda y un lápiz diminuto.

—Ahora —murmuró— con el multiplicando grande y el multiplicador pequeño, la cosa debe variar y obtendremos el resultado correcto… pero ¿cómo es posible? ¡Es el mismo!

Tras repasar los números varias veces, se volvió resignadamente hacia nosotros y, con la voz a punto de quebrársele por el llanto, reconoció:

—De acuerdo con mis cálculos, la Hacienda Real le debe al cerdito el valor de un cuarto de queso… ¡Al final, no solo no he logrado recaudar, sino que hemos entrado en pérdidas! Y, encima, como no tengo aquí el dinero para pagar, he de volver a palacio por él y calcular los intereses de demora, que ahora corren en mi contra, por el tiempo que tarde, una y otra vez, por lo menos hasta la hora de la cena. La ley es la ley. ¡La reina me mandará cortar la cabeza por esto!

—¡Pero Pog Clinc no quiere dinero! ¡Pog Clinc cambia por cuarto de queso que falta!

Suspiraba ya de alivio el enano, pensando que solo tendría que dar cuenta del queso perdido, cuando intervino de nuevo en la conversación Lord Crokinole:

 

(continuará…)

Capítulo 12: El Reino del Espejo (1ª parte)

Cuando Lord Crokinole, el señor Terophontax, cuatro soldados británicos y yo mismo nos izamos a la cubierta de El Temido, no pudimos reprimir un escalofrío en la espalda ante la desasosegante sensación de soledad que esta producía. Nadie se veía en la cofa, nadie a las jarcias, nadie en el puente ni nadie en las cámaras. No había tampoco rastro de lucha, ni indicio de que los tripulantes hubieran sufrido alguna clase de violencia para verse obligados a abandonar la nave.

Nos cruzábamos entre nosotros, para explicar aquel páramo, las más alocadas hipótesis que, al poco, nosotros mismos íbamos descartando una por una: que si una ola gigantesca, que si un silencioso monstruo marino, que si alguna súbita epidemia… Y en esas nos hallábamos cuando, de improviso, saltó en la sentina el clamor de un tumulto de cacareos, aleteos y gruñidos, y hacia él nos dirigimos todo lo deprisa que nos dieron de sí las piernas.

El sollado estaba oscuro, como boca de lobo, así que solo pudimos percibir al descender hasta él un torbellino de plumas que giraban, atacando con denuedo a una figura que, en el centro les hacía frente con fiereza, soportando con entrecortados gruñidos la lluvia de picotazos, golpes y arañazos que contra ella se prodigaban. Al principio, nuestra irrupción no hizo sino aumentar el caos, pues todos nos vimos agredidos por aquellas furias aladas y nos defendíamos de ellas cada cual como podía, devolviendo de cualquier modo golpes por picotazos, de suerte que la bodega del barco se transformó en campo de Agramante.

—¡Quieto todo el mundo! —gritó el señor Terophontax, que, a la vista del caos que allí se estaba montando, había salido de la bodega y vuelto a entrar en ella con un fanal prendido.

A su voz, nos detuvimos todos, tirios y troyanos, e iniciamos una especie de rueda de reconocimientos que, de haberse producido antes, nos hubiera librado de alguna que otra magulladura o de más de un arañazo:

—Benavides, ¿por que no avisas? —preguntó una irritadísima Petra, que junto con las otras dos gallinas y sus múltiples polluelos habían formado el más animoso frente de la lucha.

—¡Pog Clinc! ¿Como diablos…?

—¡Capitán Kid…!

Y rompimos todos a hablar a la vez, con lo que, por lo pacífico, casi retornamos al maremagnun del que acabábamos de salir.

—¡A ver, por favor, más despacio y con orden, que podamos enterarnos de todo! —casi suplicó lord Crokinole.

Se adelantaron entonces las gallinas, a las que con un gesto dimos preferencia, por parecernos las testigos más próximas de lo ocurrido a los otros tripulantes del barco:

—Navegábamos con un mar tan plano que hasta la muchacha pelirroja tuvo tiempo de venir con nosotros, como le había prometido a Benavides y decirnos la historia del Polligato

—¿El qué? —interrumpió Lord Crokinole.

—El Polligato, una extraña criatura que no sabe si es pollo o gato, hasta que un búho le hace ver que es las dos cosas o ninguna de las dos, porque no es nada más que un dibujo. Es una bonita historia. Nosotras salimos en ella.

—Pero a mí ese no me la da —interrumpió Purpurina—. Es un disimulado que se quiere merendar nuestros polluelos. ¡Si lo sabré yo!

—¡Anda ya! —terció Perla—. ¡Si no tiene medio guantazo y es un desgraciado!

—¡Mosquita muerta, eso es lo que es! ¡Y fíate tú de las mosquitas muertas!

—Yo creo que solo es alguien confundido por la urgencia de identidades que prima hoy en día —intervino filosófica Petra.

—No entiendo nada —se desesperaba el excapitán Kid, en tanto el resto de los circunstantes ponían cara de lo mismo.

Como la cosa amenazaba con encallarse, tuve que intervenir:

—Se trata de una historia que me contó Matías y que mientras decidía si debía preservarla o no, guardé entre las páginas del cuaderno de bitácora, donde la hallaría Lady Victoria. A falta de otra cosa, debió pensar que sería buena idea usarla para entretener a los miembros de la Sociedad Literaria. Pero no tiene mayor importancia. Petra, prosigue, por favor, con tu cuento.

—Pues a lo que iba: nos había leído ya lady Victoria el pasaje en que nosotras salimos y que nos pinta tan a lo vivo que mismamente parece que nos estuviéramos viendo…, yo llevando del ala a mi Borja Mari…, cuando nos distrajo del cuento una voz que pedía permiso para subir al barco. Todos los que alcanzábamos nos pusimos a mirar por la borda y recuerdo que los polluelos empezaron a desbandarse y corretear, como suelen, de un lado para otro, sin dejar de preguntar con atropello: «¿Quién es, mami? ¿Quién es?». Los mandé callar en lo que yo misma me informaba y vi que rodeaban el bergantín cinco o seis barcas tripuladas por bellas floristas, portando unas bateas planas, repletas de flores azules. Lo más curioso es que ni veíamos entonces, ni habíamos visto antes, tierra alguna de donde las barcas se hubieran hecho a la mar y, cuando el capitán Laurel miró hacia arriba para reprochar a la Mariquita vigía que no nos hubiera dado aviso de que estas se aproximaban, la halló, como siempre, dormida junto a su inseparable botella de grog. Al final, la calma y serenidad que transmitían las floristas y la belleza de las flores que se apreciaban en sus bateas, hizo que el capitán Laurel, a ruegos del resto de la tripulación, consintiera en que aquellas se izaran a bordo. No bien se hallaron en el barco, empezaron a repartir entre cuantos aquí nos hallábamos lo que nos dijeron eran flores de loto azul, que ofrecían como regalo de bienvenida a su mundo. Nos dijeron que, para apreciarlas del todo, era preciso fijar intensamente los ojos en ellas y veríamos emerger de sus delicados pétalos azules una hipnotizadora multitud de fascinantes imágenes y embriagadores sonidos. Intenté hacer lo que se nos decía, pero, la verdad, ni vi, ni oí nada, y me percaté de que a Perla y Purpurina le pasaba lo mismo. Digo yo que sería porque, como nuestros ojos no están uno junto al otro, sino cada uno a un lado de la cabeza, nos resultaba imposible fijar en la flor los dos a la vez.

»Al poco tiempo, nuestros compañeros, privados de consciencia y sin oponer resistencia alguna, fueron conducidos a las barcas por unos extraños y enormes peces negros, salidos quién sabe de dónde, que caminaban erguidos sobre piernas delgadas, bastante torpes, y por debajo de cuyas aletas ventrales asomaban unos cortos brazuelos. No pudimos ver más porque, asustadas y temiendo por los polluelos, vinimos a refugiarnos a la bodega, en la que permanecimos ocultas un buen rato. Al cabo de un tiempo, oímos ruido en la cubierta —sin duda se trataba de vosotros— pero, temiendo fueran los peces que venían de nuevo en nuestra busca, procuramos retirarnos más hacia el vientre de la nave y ahí fuimos sorprendidas y atacadas por este bicho tan raro, al que ya antes trajeron al barco, de donde huyó, pero que, en la oscuridad de la sentina, no sabíamos quién, ni qué era, por lo que nos defendimos de él lo mejor que supimos.

Concluyó la gallina su relato, que nos suscitó dudas nuevas, sin reafirmar ninguna de nuestras antiguas certezas y todos miramos interrogativamente a Pog Clinc, quien arguyó:

—Pog Clinc no sabe nada. Pog Clinc en bodega de barco para buscar queso, mientras piratas buscan tesoro de capitán Kidd y Pog Clinc encierra en cueva. Ellos salen de ahí sin que Pog Clinc sepa cómo y barco zarpa con Pog Clinc dentro. Pog Clinc pide perdón capitán Kidd porque Pog Clinc ya no guarda tesoro.

Enternecido, Lord Crokinole, lo puso al corriente de lo sucedido desde que, llevando el cofre con las monedas de chocolate, se internó en el islote para ocultarlo, tras de lo cual el cerdito se limitó a encogerse de hombros:

—Pog Clinc hace su trabajo. No culpa de Pog Clinc. Pog Clinc quiere queso.

Se echó a reír el antiguo capitán Kidd y prometió nombrar al Chester interventor mayor de la industria quesera de la isla de Crokinole. Cuando, después no pocos esfuerzos para explicárselo, entendió este la naturaleza del cargo, se mostró muy satisfecho y no paraba de bailotear, salmodiando:

—Pog Clinc guardará mucho queso. Pog Clinc comerá mucho queso.

Anclamos El Temido para que no lo arrastraran el oleaje o las corrientes y volvimos a la Victoria, en la que, según el barullo que, a medida que nos aproximábamos, llegaba a nuestros oídos, parecía reinar un clima semejante al que habíamos vivido en el bergantín.

Los gritos de una encolerizada discusión entre los marineros cruzaban la cubierta de un cabo a otro:

—Así me hagáis azotar mil veces, yo he visto lo que he visto y no me he de desdecir de ello —gritaba un irritado marinero, en quien, despojado de su camisa y con el torso desnudo, otro dos se aprestaban a cumplir la tanda de azotes a que había sido condenado por el segundo de a bordo y oficial al mando de la balandra, el señor Layermoore.

—¿Qué está sucediendo aquí? —preguntó imperativo Lord Crokinole.

Capítulo 9: La isla de los tres Robinsones (2ª parte)

—¿Dónde está tu compañera?

—Se había bebido una botella de grog y debió de quedarse dormida en la cofa. Por eso no vio aproximarse la chalupa y no dio la alarma.

—¡Maldita borracha! ¡La mandaré colgar del palo de mesana por esta negligencia, si recuperamos el navío!

—Antes de llevarse el barco, me arrojaron al agua cerca de la costa para que os dijera que solo os lo devolverían si entregáis a la chica y que ya os avisarán de algún modo de las condiciones para el intercambio.

—Rápido, Benavides, haz venir a lady Victoria y a los muchachos. Tenemos que formar consejo y ver cómo solventamos este negocio.

Corriendo todo lo que mis más bien cortas piernas me permitían, subí de nuevo hasta el claro y, con voz entrecortada por la fatiga, les expuse los acontecimientos en la esquina donde el ágape se celebraba.

Se levantaron con rapidez los comensales y los muchachos, seguidos por los nativos, se precipitaron aguas abajo del riachuelo, llegando a adonde Laurel nos esperaba en un quítame allá esas pajas. Allí les pusieron al corriente de los pormenores del secuestro.

—Y ¿qué podemos hacer? —preguntó Iker con desespero.

Me percaté en ese momento de que Lunes, el refugiado del conjuro, hacía un gesto de complicidad a lady Victoria y ambos se apartaban un trecho del lugar donde los demás se devanaban los sesos para recuperar el barco.

Los seguí con sigilo y pude así oír la interesante conversación que en voz baja mantuvieron:

—El barco que ha capturado al vuestro —decía el nativo— está fondeado en una pequeña rada que hay al otro extremo de la isla a medio día de marcha de aquí. Lo descubrimos ayer mientras buscábamos presas para la comida que hoy hemos compartido. El problema es que, desde tierra, es inaccesible.

—Habrán llevado allí a El Temido, pero ¿cómo llegar a ellos?

— Hay una forma cómoda y rápida de aproximarnos a los buques.

—¿Cuál?

—Nuestro cayuco. Si lo manejamos además nosotros y vosotros os ocultáis en su fondo, podremos acercarnos de noche, bordeando la costa, a los barcos anclados, sin levantar sospechas y liberar el vuestro con un golpe de mano.

—Creo que no hay otra solución… ¡Capitán! Nuestro amigo Lunes tiene un atrevido plan que puede que tenga éxito. Sobre todo, si contamos también con la ayuda de Melusina y Maeve.

Tardamos muy poco en armar el comando que habría de liberar a El Temido y que estaba integrado por los tres refugiados, Iker, Lucas y lady Victoria; Yoguina, que debía pilotar el navío, si conseguíamos recuperarlo, hasta la bahía donde esperarían los demás, las hadas y yo mismo, que me ofrecí voluntario para oficiar de cronista puntual de los acontecimientos, como era mi obligación.

A pocos metros del claro de las secuoyas, de la que no nos habíamos apercibido porque la ocultaba una espesa cortina de enramadas, había una espaciosa playa de arena blanca, en un extremo de la cual se encontraba amarrado el cayuco de los nativos, una embarcación larga y estrecha, semejante a una canoa, de no mucho calado.

Para pasar más desapercibidos, Maeve y Melusina redujeron el tamaño de los chicos y así pudimos disimularnos todos en el fondo del bote, en tanto los nativos, empuñando cada uno su remo, empezaron a bogar para separarnos de la orilla.

Doblamos, al cabo de poco tiempo, la punta de un pequeño saliente de rocas y apareció entonces ante nuestros ojos el resguardado puertecillo natural, en cuyas tranquilas aguas flotaban, anclados a su fondo y mecidos con blandura por un oleaje suave y rumoroso, El Temido y la Victoria.

Aprovechando las sombras del atardecer, que ya empezaban a cernirse sobre la isla y el escaso calado del cayuco, navegamos pegados a la costa. Pudimos observar que nuestros enemigos tenían descuidada por completo la vigilancia de aquel costado del barco, orientado hacia poniente, en el que se hallaba la isla, pues la tenían concentrada en la punta norte, por donde ellos se habían aproximado y hecho presa en el bergantín.

—Melusina, Maeve —dijo lady Victoria en un susurro—, encostada a la mampara de popa está todavía la red que usamos para descender en el islote del Capitán Achab. Volad hasta allí y dejadla caer, para que podamos trepar por ella.

—¿Quién vive? —tronó en ese momento la voz de un vigía que, con un fanal en la mano intentaba inútilmente identificar a los dueños de las voces, cuyos susurros había creído percibir.

—Nosotros no ilegales. Nosotros papeles —gritaron los nativos agitando unos imaginarios que el vigía no podía ver por la oscuridad reinante.

—¡Marchaos y no molestéis más o abordaremos el cayuco!

—¡A la orden, mi almirante! ¡Ahora mismo! —dijo Viernes riendo y sin que ninguno hiciera el más mínimo movimiento para retirarse del casco.

El vigía, sin embargo, se había dado por satisfecho y se alejaba silbando hacia el otro costado del buque.

Cuando nos apercibimos de que aquel abandonaba su ronda y, creyéndose libre de enemigas asechanzas, se refugiaba en el castillo de popa dispuesto a descabezar un sueñecillo, Maeve y Melusina emprendieron su vuelo con un sigilo tal que ni siquiera dejaba oír el tenue murmullo del batir de sus alas translúcidas.

Con no poco trabajo consiguieron las hadas descolgar de nuevo la red desde la amura de babor y por ella trepamos todos. Ya en cubierta y recuperado su tamaño normal, los chicos neutralizaron al marinero inglés que dormitaba junto a la rueda del timón, del que se hizo cargo Yoguina, mientras Maeve y Melusina volaron hasta la cofa, donde descubrieron, todavía durmiendo y sin haber salido de su estado de embriaguez, a la mariquita vigía.

No sé si por desidia o por exceso de confianza, sus captores no habían anclado a El Temido al fondo de la rada, sino que se habían limitado a tender un cabo que lo mantenía quieto y unido a la balandra inglesa. Lo cortamos a hachazos y, desplegando solo foque y trinquete para aprovechar la brisa de poniente, enfilamos la proa hacia la salida del puerto natural, de modo que, cuando desde la Victoria dieron los primeros gritos de alarma, habíamos alcanzado ya una ventaja bastante apreciable, que aumentó porque el navío inglés demoró de manera incomprensible el inicio de las maniobras de levado de anclas y de despliegue del velamen. Más extrañeza aún nos causó percatarnos de que, pese a estar a tiro, los soldados ingleses se mantenían quietos, acodados a la borda, con los mosquetes aprestados, contemplando cómo nos alejábamos de ellos poco a poco, pero sin hacer un solo disparo.

—Tal vez habrán reconocido a lady Victoria y se abstienen de disparar para no herirla —sugirió Yoguina, extrañada por la facilidad con que nos salíamos con nuestro propósito.

Aún especulábamos en torno a ello, aportando cada uno su opinión sobre el negocio, cuando Maeve y Melusina, que habían realizado una rápida inspección de todo el barco para cerciorarse de que no quedaban más enemigos dentro, llegaron volando raudas al puente:

—Tenemos un problema serio —dijo Maeve—. Durmiendo. En la cámara del capitán.

—Pero, ¿qué sucede? —preguntó alarmada Yoguina.

—¡Venid!

Bajamos todos en tropel y entramos en el estrecho habitáculo en que otrora se retiraba a descansar el capitán Laurel. Ocupando su catre, se restregaba los ojos, cubierto con un gorro de dormir terminado en borla y vistiendo un ridículo camisón blanco, despierto, sin duda, por nuestra ruidosa irrupción, el mismísimo lord Alfred de Crokinole.

—¡Pero… papá! —exclamó sorprendida su hija.

—¡Victoria! ¿Cómo…?

Capítulo 8: El esqueleto el Capitán Achab (primera parte)

Lo que peor llevaba era la orden de silencio absoluto que el capitán Laurel había impuesto, mientras navegábamos por aquel banco de niebla. Los jirones que envolvían el navío casi hasta ensordecer el ruido de la quilla, mientras cortaba el débil oleaje, se hacían cada vez más espesos y nos impedían ya columbrar la tranquila lámina de agua por la que nos deslizábamos, empujados por la corriente. Más que navegar, hubiérase dicho que volábamos entre nubes.

Todo empezó cuando, tras constatar la falta de juicio de Pog Clinc y la inutilidad del tesoro que guardaba, abandonamos la isla y reemprendimos el rumbo nor-noroeste que nos recomendara Merlín, en busca de nuestro destino.

Acodado en la balaustrada de madera que separaba el puente de la cubierta, conversaba con Matías, mientras contemplaba cómo bromeaban Iker, Lucas y Lady Victoria.

—Con los muchos días de navegación que llevamos, es de suponer que los padres de estos chicos deben estar desesperados buscándolos. Incluso han debido ya acudir a las autoridades para denunciar el caso.

—¡Bah! —replicó él—. En cuanto a eso no es de preocupar. No olvides que estamos en el interior de la sima y en las simas el tiempo se comporta de manera caprichosa: lo que, para nosotros, son horas o días, fuera de ella son apenas minutos. Hay quienes afirman haber pasado tres días en el interior de una, sin que, para los que aguardaban fuera, hubieran transcurrido más de media hora.

—Qué curioso —dije pensativo—. Pasa lo mismo que con las historias: el tiempo no discurre igual para quienes viven dentro de ellas, que para quienes las leen u oyen contar…

Interrumpió lo que podía haber sido una notable disertación el aviso de nuestras vigías, haciendo notar que unas velas familiares se dejaban ver por la aleta de babor, cuando no hacía mucho que habíamos abandonado la rada donde El Temido estuvo fondeado.

—Es la Victoria. No cabe duda —dijo el capitán, tras observarla con un catalejo—. Está más cerca de lo que quisiera. Ha debido ceñir por la costa de la isla y solo cuando hemos salido a mar abierto se ha dejado ver porque no le quedaba más remedio. Sin duda planeaba un golpe de mano para apoderarse del bajel, sin poner en peligro a la muchacha. No le daremos ese gusto. Contramaestre: ¡a toda vela!

Dejó Matías nuestro tranquilo coloquio y corrió de un lado a otro del puente, vociferando e impartiendo órdenes que pusieron en movimiento a toda la marinería y convirtieron la cubierta en un activo hormiguero, donde cada uno de dirigía a sus ocupaciones
Emprendimos entonces una veloz huida, largando todo el trapo, al amparo de una suave brisa que henchía nuestras velas y, durante un breve lapso de tiempo, pareció que nos despegábamos del navío inglés, poniendo agua de por medio. Pronto se hizo evidente, sin embargo, que la Victoria recortaba con rapidez la ventaja que le sacábamos, hasta colocarse a poco más del largo de un tiro de cañón, momento en que lanzó un disparo de aviso. Se hundió la bala en el mar, bastante antes de llegar a nuestro buque.

—Capitán, están izando banderas de señales —advirtió la mariquita vigía.

Pegó el ojo de nuevo el capitán al catalejo y leyó el código de señales de las banderas.

—Quieren parlamentar.

—Valga, Cabo, contestadles por el mismo medio que accedemos a que un bote con no más de tres tripulantes se aproxime hasta un tiro de pistola del bergantín. Desde esa distancia podremos hablar de manera cómoda y segura para ambas partes —ordenó, dirigiéndose a los ciempiés, quienes le obedecieron con presteza.

Pronto vimos destacarse de la balandra un pequeño caique, empujado por dos remeros, en cuyo centro destacaba la imponente figura de Lord Crokinole, en uniforme de gala y luciendo un bicornio de vicealmirante, adornado con negra pluma de avestruz y ribeteado por una cinta dorada en todo su perímetro.

Cuando llegaron a la distancia acordada, el inglés, ayudándose de una enorme bocina que multiplicaba el sonido de su voz, nos gritó:

—Capitán Laurel, si me devuelve sana y salva a mi hija, secuestrada a traición por los felones piratas Iker y Benavides, prometo dejar marchar libremente vuestro navío, a donde quiera que vayáis.

Le replicó el capitán, sin necesidad de recurrir a tal artilugio:

—Creo, milord, que andáis errado en vuestras noticias. La chica no ha sido secuestrada por nadie, sino que ha venido aquí por propia voluntad. Incluso sin ser invitada.

—Entregádmela en ese caso y no se hable más.

Negó con la cabeza el capitán Laurel y contestó.

—Me temo que eso ya no va a ser posible. Pidió ingresar en la Cofradía de Bucaneros del Mar Interior y fue admitida como tal; un miembro de esta cofradía no puede ser obligado a abandonar su navío, bajo ninguna circunstancia. Son las leyes de la piratería, por las que nos regimos en este barco y que no vamos a desobedecer para dar gusto a un inglesito por muy vicealmirante o lord nosecuantos que sea.

—¿Mi hija, pirata? —gritó excitado el inglés—. ¿Qué le habéis hecho para convencerla y obligarla a traicionar de ese modo a su padre?

—¿Yo? Nada —y el capitán Laurel se encogió de hombros.

—¿Podría, al menos, hablar con ella? Solo he de creer tamaña sarta de disparates como salen de vuestra maldita boca de pirata, si mi hija en persona me los confirma.

—Por supuesto —dijo Laurel. Y dirigiéndose a Yoguina: —Haz venir a Lady Victoria.

No fue preciso, sin embargo que esta la buscara, pues ella avanzó resuelta hasta la borda de popa, donde el parlamento tenía lugar, bien que, antes de llegar, se aproximó a mí disimuladamente y, tendiéndome un pequeño pistolete, me dijo por lo bajo.

—Cuando yo os dé la señal, disparad al aire. Hacedme este pequeño favor en pago de vuestra liberación del calabozo de mi padre. Permaneced atento y llevad cuidado de no herir a nadie.

Cuando Lady Victoria se ofreció a la vista de su progenitor, este, presa de la mayor irritación, le preguntó ávido:

—¿Es cierto cuanto dicen estos sucios piratas?

—Sí —contestó ella—. Y en cuanto a limpieza, se dan los puños a probar con tus marineros.

—Entonces, ¿estás dispuestas a seguir con ellos? —volvió a preguntar el inglés, ignorando la provocación de ella.

Asintió Lady Victoria y, desconcertado, insistió:

—¿Por qué?

—Lo sabes igual que yo, papá. Estamos directamente concernidos por el propósito que les guía, y alguna culpa nos cabe del mal que pretenden evitar.

—¡Eso son paparruchas! Y, si persistes en tu actitud y sigues con ellos, te desheredaré.

—Pero, papá, no puedes. Tú solo eres albacea y administrador de los bienes de mi madre hasta mi mayoría de edad. No puedes impedir que reciba una herencia que era suya y no tuya. Leí vuestras capitulaciones matrimoniales y la copia del testamento de madre que guardas en la caja fuerte de la biblioteca de palacio.

—¡Maldita mocosa sabihonda! ¡Haz lo que te venga en gana, pero olvídate de que tienes padre! —gritó lord Crokinole, al tiempo que ordenaba con un gesto imperativo a sus marineros bogar de regreso a la Victoria.

Apenas se habían alejado unas brazas de nosotros, cuando la chica me hizo la señal convenida, así que, con la boca del pistolete mirando al cielo, apreté el gatillo.

El disparo sobrecogió a todo el mundo y, en particular, al inglés quien, asustado, se arrojó al fondo de su barca.

—No han tirado contra nosotros —apuntó uno de los marineros—. Más bien parece un disparo fortuito.

—¡Ya lo entiendo! —exclamó—. Lady Victoria ha dicho esas cosas tan horribles porque nos mantenían amenazados a punta de pistola. Al terminar la conversación, el torpe pirata que nos apuntaba ha debido relajarse y se le ha escapado el tiro. ¡Remad de prisa! ¡No quiero volver a perder de vista ese maldito bajel!¡He de recuperar a mi hija!

—Pero, ¿qué haces, Benavides? ¡Ya has vuelto a meter la pata! —me recriminaron las hadas, al sorprenderme con el pistolete todavía humeante en las manos.

Se volvieron todos hacia mí y, cuando el reproche contra mi persona amenazaba con generalizarse, se alzó serena la voz de lady Victoria.
—Yo le di el arma y le pedí que la disparara a mi señal.

—Y ¿por qué motivo, mi lady? —preguntó desconcertado el capitán Laurel.

—Para que ocurriera lo que ha sucedido: que mi padre crea que voy obligada con vosotros y se mantenga cerca de El Temido.
Y ante la muda interrogación de cuantos la rodeaban, con un gesto de fastidio como quien tiene que explicar lo obvio, prosiguió:

—De este modo, si necesitamos ayuda que, si no me equivoco sobre el peligro a que vamos a enfrentarnos, la vamos a necesitar quieras que no, podrá echarnos una mano. Y porque, además, como ya tuve ocasión de decirle a Iker, cuando la aventura termine, habré de procurarme el modo de volver a Crokinole y pienso que La Victoria es el más cómodo y adecuado que me puedo proporcionar.

—Y ¿cómo estabais tan segura de que lord Crokinole iba a reaccionar de acuerdo con vuestros designios?

—No lo estaba. Pero todo el mundo tiende a elegir la interpretación de los hechos que mejor se acomoda a sus deseos y confiaba en que él hiciera lo mismo, como así ha sido.

Suspiró con resignación el capitán Laurel y por la expresión de su rostro me da que, por primera y única vez en su vida, tuvo un pensamiento de conmiseración hacia su mortal enemigo, el vicealmirante inglés.

—Como no me fío de que Lord Crokinole deje de intentar algún golpe de mano procurando vuestro rescate, sin tener que ayudarnos, creo que lo mejor será mantener su balandra a distancia. Así que, contramaestre, ordene izar la velas. Reemprendemos la marcha a todo trapo.

—Creo —corroboró Yoguina, que no dejaba de escrutar el horizonte desde su puesto frente al timón— que lo mejor será dirigirnos hacia ese banco de niebla que se divisa hacia popa. Si logramos adentrarnos en él, antes de que nos alcance la Victoria, la perderemos por un tiempo.

—Pues allá que vamos —ordenó Laurel.