—El perfil de esa isla me resulta familiar —dijo el capitán Laurel, tras unos días de tranquila navegación, con un brillo extraño en los ojos. Contemplábamos, sin embargo, una costa bastante anodina que dibujaba un paisaje de pequeñas calas con playitas cubiertas de negros guijarros y enmarcadas por altos acantilados formados de rocas lisas y también oscuras, semejantes a la pizarra. Golpeaban contra ellos las olas y, al romper sus crestas de blanca espuma, el agua perdía los reflejos azulados y adquiría también en sus inmediaciones tonos negruzcos.
—Capitán, ¡hip! —se oyó la voz de la mariquita vigía—. ¡Se acerca una chalupa por estribor!
La barcaza, movida por el potente impulso de sus cuatro remeros, acababa de doblar un pequeño cabo y se aproximaba rauda a donde, navegando al pairo, se ubicaba El Temido. Desde ella, provisto de un portavoz de latón dorado, un fornido marinero de tez rubicunda gritaba rítmicamente:
—¡Permiso para subir a bordo! ¡Permiso para subir a bordo!
—¿Para qué, marinero? —preguntó Laurel.
—Necesito hablar con lady Victoria Clara de Crokinole. Es urgente.
Se asomaban en esos momentos los chicos por la borda para averiguar qué ocurría, y la inglesita exclamó:
—¡Pero si es Henry Terophontax!
—¿Quién? —inquirió Iker.
—El contramaestre de la Victoria. ¡Déjelo subir, capitán!
Se izó a bordo un marinero de piel recolorada y pecosa, con un ralo cabello rubio, un tanto pasado de peso, quien, todavía jadeante por el esfuerzo de trepar al barco, así que se halló en presencia de lady Victoria, alcanzó a decir:
—Mi lady, su padre, lord Crokinole, ha… ¡desaparecido!
—¡Dios Santo! ¿Qué ha pasado?
—No lo sabemos con exactitud —respondió el marino ya algo más entero—. Arribamos a esta isla ayer por la tarde y, nada más llegar, lord Crokinole tomó un bote con cuatro remeros y se encaminó a un puerto que hay tras ese cabo que terminamos de doblar y frente al que nuestro buque está fondeado. Los marineros que lo acompañaron cuentan que el capitán les pidió que lo aguardaran allí, sin bajar a tierra bajo ningún concepto, que él no habría de demorar mucho su regreso. Transcurrieron las horas, sin embargo, y la noche se hizo por todo el mundo sin que hubiera vuelto, ni dado ninguna noticia de sí. Lo esperaron hasta el amanecer, momento en que, en vista de que no aparecía, decidieron regresar al barco y dar cuenta al segundo oficial, el señor Robert Layermoore, que usted bien conoce ,y a mí mismo, de lo ocurrido. No sabiendo muy bien qué hacer y por si ustedes supieran algo que nosotros ignoráramos, me ha enviado esta mañana para hacer las averiguaciones pertinentes, en su caso, notificarle la desaparición y ver si ordena alguna cosa.
—Te agradezco mucho la información. Por ahora, volved a la Victoria, manteneos algo apartados de la costa y estad alerta para evitar ataques por sorpresa, vaya a ser la desaparición de mi padre el preludio de uno de ellos. Desde aquí intentaré, con la ayuda de estos amigos, descubrir lo que le ha ocurrido a lord Crokinole y, si fuera preciso, su rescate. Caso de necesitar de vosotros, ya os lo haré saber.
—¡Aguardad, milady! —pidió el capitán Laurel—. Tal vez estos marineros y su chalupa nos sean más útiles aquí, si queréis encontrar a vuestro padre.
—¿Y eso? —inquirió ella, haciéndose eco de una pregunta que nos rondaba a todos por la cabeza.
—Ya decía yo que el perfil de esta isla me resulta a familiar y acabo de recordar por qué. Me parece que estamos en las costas de Bagdasco, en los dominios del emir Betrus ibn Muqadas al Dragut, un antiguo corsario beréber, aunque de origen turco, que con las riquezas que acumuló en sus correrías y que mejor no saber cómo obtuvo, se retiró a estas costas y fundó su emirato. Es un antiguo conocido mío y, puede que también de lord Crokinole, quien, si insistió en bajar aquí a tierra, sería para hablar con él, tratar algún asunto o, simplemente saludarlo. Así que es posible que el emir pueda darnos alguna pista sobre su paradero. Creo que al señor Terophomtax no le importará acercarnos al muelle y, cuando hayamos concluido nuestras pesquisas, devolvernos a bordo de El Temido.
—Por supuesto —se apresuró a ofrecerse este—. Si lady Victoria no tiene ningún inconveniente…
—¡Desde luego que no! ¡Vayamos cuanto antes!
—Pero, mi lady —objetó el capitán—, en sociedades como la bagdascense, la presencia de mujeres en ciertos círculos sociales no está muy bien vista…
—Capitán —replicó ella con un gesto de cansancio—, no voy a discutir de las características antropológicas de la sociedad de Bagdasco, porque no es el momento. Pero esa chalupa y sus tripulantes pertenecen a la Victoria. En ausencia de lord Crokinole, yo ostento el mando de la balandra, así que iré en ella, aunque sea vestida de marinero para no herir susceptibilidades históricas o religiosas. Eso sin contar con que el desaparecido es mi padre y a mí, más que a nadie, me concierne su búsqueda y su rescate.
Se encogió de hombros el capitán Laurel y haciendo un gesto para que lo siguieran Iker, Lucas y Matías, se fue a embarcar en la chalupa.
—¡Benavides, ven tú también con nosotros! —ordenó, ignoro por qué motivo, lady Victoria.
—¡Buff! ¡Menudo carácter! —rezongó el viejo pirata, mientras bajaba a ocupar su puesto en la barcaza—. Cada día entiendo mejor la propensión viajera de lord Crokinole.
Remaron con diligencia los marinos ingleses y en poco más de una hora encostaron la chalupa en el malecón del muelle de un bullicioso puerto, no muy grande, pero con un trasiego constante de barcos de todo tipo, repletos de viajeros y mercancías.
Ya al aproximarnos a la orilla, una vez doblada la punta de tierra que nos separaba de donde había quedado El Temido, pudimos hacernos cargo del encanto de la capital de la isla de Bagdasco, del mismo nombre que aquella. Desde la lontananza se divisaban esbeltos minaretes redondos, terminados en cúpulas pintadas de azul que parecían vigilar el blanco muro de sus mezquitas. A su lado, se arracimaban de manera caótica cientos de casitas, terminadas en terrazas y de paredes encaladas en las que se reflejaba el sol hasta hacer daño a los ojos. Era tal el abarrotamiento con que las viviendas se agolpaban unas con otras que resultaba imposible, incluso desde lejos, adivinar el trazado de las calles y la organización interna de la ciudad. Al fondo, en su punto más prominente, se apreciaba el inmenso palacio del Dragut, cercado por una fuerte muralla, poco elevada, aunque protegida por cuatro enormes torres octogonales. Detrás brillaban varias decenas de domos dorados, entre los que se intercalaban espaciosos jardines, pero solo se alcanzaba a vislumbrar de ellos las copas de sus árboles más altos.
Dejamos atrás el puerto (donde se quedaron aguardándonos el señor Terophontax y el resto de los marineros de la Victoria) y nos internamos en el caos pintoresco y colorido de las callejuelas de Bagdasco. La ciudad entera era un mercado al aire libre, cubierto por infinidad de toldos de colores chillones y en la que se daban cita todos los ruidos y olores posibles del mar, el desierto y la jungla: balidos, mugidos, gruñidos y relinchos de toda clase de ganado se mezclaban con el gorjeo y el canto de miles de aves multicolores y la música de chirimías, dulzainas y tamboriles; el olor salino del pescado fresco y del queso se unía al aroma de las especias exóticas, las flores deslumbrantes y las hierbas aromáticas. De todo ofrecían unos comerciantes solícitos en el batiburrillo de una sucesión interminable de bancos y barracas y por todas partes se escuchaba la letanía sin término de regateos monocordes.