Capítulo 12: El Reino del Espejo (final)

—¡Oh, sí! —respondió Perla—. Al fin y al cabo, tienen plumas como nosotras, así que algo nos tienen que tocar. Siempre es bueno conocer la historia de la parentela. Da para presumir con las amigas.

Tras un breve conciliábulo, trazamos un plan para el rescate del resto de los tripulantes de El Temido: como sería imposible que Lord Crokinole, el señor Terophontax y los cuatro soldados, por su tamaño, pudieran atravesar el llano de dunas sin ser descubiertos por las arpías, ni penetrar en el castillo, sin correr el riesgo de envenenarse con las espinas de los cactus cobra, decidimos que compondríamos la expedición solamente el enano, que conocía en parte el terreno, Pog Clinc, y yo mismo.

—Podríamos también acompañaros —terció Petra—. Nadie va a sospechar de unas gallinas picoteando de un lado a otro en busca de gusanos.

—Me parece bien —intervino Lord Crokinole—, siempre que dejéis los polluelos a nuestro cuidado. Solo os servirán de estorbo y con su constante alboroto pueden dar al traste con vuestro empeño.

Aceptaron aquellas de mala gana, pues no gustaban de ir a ninguna parte dejando atrás a sus crías, pero sabedoras de lo fundado del temor del inglés, de modo que en poco tiempo nos lanzábamos a la aventura.

Dividimos en dos columnas nuestro pequeño grupo, compuesta la primera por Petra, Perla y Purpurina que se aproximaron al castillo en descubierta, atrayendo así la atención de las arpías, quienes se limitaron a concentrar su mirada en ellas, observándolas picotear aquí y allá, pero sin sospechar que su presencia pudiera suponerles ningún tipo de amenaza.

Pog-Clinc, el enano y yo reptamos en silencio por las dunas, al amparo de una oscuridad que se había apoderado poco a poco de la playa, tras hundir el sol en el horizonte marino sus últimos reflejos rojizos. Alcanzamos enseguida el arco de entrada al castillo y nos deslizamos con cautela por entre los huecos que se abrían en las ramas y espinas de los cactus, hasta llegar al patio de armas de que habló aquel, lugar en el que nos hallábamos a salvo de la vigilancia de las horribles criaturas, mitad personas, mitad aves, que se limitaban a observar el exterior de la fortaleza.

Frente a la entrada se levantaba la majestuosa escalinata que conducía a la zona residencial y a su lado, una estrecha portezuela, con dintel redondeado, debía dar paso a las prisiones, calabozos y mazmorras de los sótanos.

Lo más escondidamente que nos fue posible, nos fuimos deslizando, uno a uno, los seis expedicionarios; descendimos por una estrecha escalerilla de caracol que al cabo de no sé cuántas vueltas y revueltas nos condujo a una oscura sala, de techo muy bajo, de la que salía un canal de aguas negras y malolientes que debía desembocar en el mar. Se agolpaban en ellas, caminando erguidos, un buen número de aquellos peces que ya tuvimos ocasión de ver en la Gruta de las Sirenas, y que con tanta precisión nos describiera Petra, como autores del aprisionamiento de nuestros camaradas de El Temido.

De una bocina colocada en el centro de la bóveda de piedra caliza que sustentaba el techo, salía una voz bastante deformada por la distancia:

—Como los prisioneros, atrapados por el sortilegio de la flor de loto azul, no precisan vigilancia, os ordeno que vayáis al mar y no regreséis hasta traer noticias ciertas del otro barco, cuya tripulación, compuesta por marineros fornidos y soldados de casacas rojas, nos será de más provecho para nuestro propósito que los desharrapados piratas-muñecos que hemos capturado hasta ahora.

Trabajo me costó contener y silenciar a Perla, que, muy ofendida por verse tratada de ese modo, rezongaba:

—¡Habrase visto! ¡Y este quién se cree que es para insultar así a una digna gallina, miembra fundadora de la Sociedad Literaria del Green Garden y que siempre ha dormido en el palo más alto de en cuantos gallineros ha puesto huevos! Si es el morito ese que dicen, ¡ya le daré yo desharrapamiento cuando tenga ocasión de echármelo a la cara!

Una vez calmada la gallina y así que los peces se fueron arrojando a las negras aguas del canal, iniciamos con harta cautela el camino de un oscuro corredor, carente de todo tipo de iluminación, que, nos pareció, debía conducir a las mazmorras del castillo.

Cuando habíamos ya avanzado un buen trecho, tanteando las paredes a fin de evitar tropiezos, Pog Clinc, que encabezaba la marcha, se detuvo en seco y eso provocó que los demás, que caminábamos en hileras, chocáramos unos con otros. Se levantó un airado coro de lamentos ayes y protestas que el cerdito silenció de manera perentoria:

—¡Silencio! Pog Clinc oye algo.

Callamos todos y, en efecto, pudimos apercibirnos de los roces de unas leves pisadas contra las piedras del suelo; en cuanto estas se aproximaron lo suficiente, saltó sobre quien las producía, entablándose entre ellos una lucha muda y feroz.

—¡Deteneos! —grité al iluminar un débil rayo de luz procedente de la boca del corredor por un instante a los contendientes—. ¡Es Matías!

—¡Pero, si es el maldito cerdo de la isla! —exclamó este al reconocer a la criatura que tenía sobre sí y que con sus pesadas piernas sobre ellas, inmovilizaba sus patitas delanteras—. ¡Yoguina, ayuda!

—No hace falta —le dije por lo bajo—; no hay ningún peligro. ¡Somos nosotros!

—¿Vosotros? ¿Quiénes sois vosotros?

A fin de tranquilizar a la vieja lagartija y a su hija, que se había aproximado al débil rescoldo de luz en auxilio de su padre, tuve que hacerles un apresurado resumen de la cadena de acontecimientos que nos había conducido hasta allí en busca de los cautivos, a lo que ella correspondió gentilmente, poniéndonos al tanto de las circunstancias que les habían permitido huir de su prisión:

—Imagino que por los mismos motivos que en las gallinas, en nosotros tampoco tuvo mayor efecto la visión de las flores y su supuesta corte de imágenes fascinantes y sonidos embriagadores. Eso nos permitió apercibirnos de la subida al barco de los malditos siluros y de cómo estos apresaban a nuestros compañeros. Bastó el cruce de una mirada entre Yoguina y yo para que nos pusiéramos de acuerdo en fingir que estábamos, como ellos, bajo el embrujo de los lotos azules, y los seguimos dócilmente, buscando la ocasión de poderlos liberar. Nos arrojaron a todos a un calabozo que hay un poco más adelante en este mismo corredor, cuya puerta ni siquiera se han molestado en cerrar y al que nadie vigila tampoco. Tras un montón de vanos intentos de ambos por lograr que el resto de los prisioneros volvieran en su ser, decidimos huir de la prisión en busca de la ayuda de la Victoria, pues está claro que habrá que llevárselos de aquí primero, aunque sea a la fuerza, y tratar después de que recuperen la consciencia. Así que procuremos salir y asaltar luego este castillo con los soldados y marineros de Lord Crokinole para rescatarlos y llevarlos a donde los curen.

—Espera, papá —dijo Yoguina—, ahora que Benavides está con nosotros, quizás haya otra forma más rápida de lograr nuestro propósito.

—¿A qué te refieres? —preguntó Matías intrigado.

—Bueno, creo que la libertad de los prisioneros pasa por atraer su atención más poderosamente lo que lo hacen las fascinantes imágenes y los embriagadores sonidos que desprenden las flores de loto azul en quienes fijan sus sentidos en ella. Solo la mezcla de naturaleza y arte, de física y espíritu, que tienen las aladas palabras, puede derrotar el poder de esas flores. Si Benavides les dice uno de sus libros, es posible que su inclinación vire hacia él, y se aleje de los lotos.

Se me quedaron todos mirando con el mudo propósito de que opinara sobre la sugerencia de Yoguina y, tras meditarlo unos instantes, admití:

—Quizás funcione. Supongo que nada perdemos por probar.

Nos adentramos, siguiendo a las lagartijas, aún más en el oscuro corredor, de modo que al poco tiempo vinimos a parar a las puertas del amplio calabozo en que posaban nuestros amigos, todos ellos en una admirable quietud, contemplando con arrobamiento cada cual su flor, de cuyos pétalos emanaba un reflejo azulado que les iluminaba levemente el rostro. Fuera de eso, la oscuridad era total en la prisión, en la que no se advertía ventana o tragaluz alguno y cuyo ambiente estaba por ello sumamente enrarecido.

Avancé con decisión hasta situarme en el centro de la estancia y, sin mayores preliminares, me dispuse a decirles, subyugado quizás por la oscura atmósfera del calabozo, la singular historia que lleva por título El libro de las cosas perdidas, que compuso John Connoly, en el que un chico de doce años se recupera de la pérdida de su madre y restituye su equilibrio mental sumergiéndose, a través del susurro de unos libros, en un territorio fantástico donde adquieren cruda realidad los cuentos tradicionales y los imaginados terrores y monstruos de la infancia, que consigue atravesar triunfante.

A medida que la narración avanzaba, noté cómo los oyentes iban poco a poco dejando deslizarse hasta el suelo a sus flores de loto, hasta que, llegando ya casi al final, uno de los enanos, dijo en voz alta:

—Pero ese libro está equivocado. Nosotros ya no trabajábamos en la minería cuando vino Blancanieves. Éramos jardineros.

—Y, si hubiera sido tan gorda y tragaldabas como la pintan ahí, no la hubiéramos admitido en casa. Es más, entonces se esmeraba mucho y nos tenía muy bien atendidos —dijo otro.

—Pues lo que es ahora —intervino el que nos había acompañado—, aunque sigue sin estar gorda, no para de exigirnos que recaudemos impuestos para ella. Y eso que ya se ha quedado sin nadie a quien cobrárselos. No habrá desarrollado la glotonería, pero sí la codicia. ¡Y no sé qué es peor!

Cayeron entonces los enanos en la cuenta de quién les hablaba y corrieron a abrazarse los tres que habían llegado a bordo de El Temido con su cuarto compañero; quedaron asimismo muy asombrados cuando supieron dónde se hallaban, pues en ningún momento se habían percatado de que el barco navegaba por las proximidades del Reino del Espejo.

Cuando el resto de los muñecos piratas recuperó del todo la consciencia, se extrañaron también sobremanera de hallarse en aquella oscura prisión y hubo que hacerles relación pormenorizada de los sucesos que los habían llevado a ellos hasta allí y a nosotros en su seguimiento. Fue mayor aún su sorpresa e indignación cuando les dijimos quiénes eran sus captores y el malvado propósito con el que habían sido capturados.

Propuso Iker, preso de su cólera connatural, asaltar el castillo y tomar venganza cumplida en el visir Boulos ibn Alkanisas, haciéndolo prisionero y enviándolo a Bagdasco debidamente aherrojado, moción a la que se sumó con entusiasmo el capitán Laurel y el resto de su tripulación, pero con la que no se mostraron conformes Lucas y Lady Victoria, quienes tras conferenciar en voz baja, en medio del alboroto con que los demás se aprestaba a poner en marcha los designio de Iker, se dirigieron a ellos:

—Si no estamos equivocados, nuestra intención primera es dirigirnos a la Cueva de los Enanos en el sur de la Sima Desconocida, liberar a los esclavos de Croma y aliviar las pesadillas de Yogui, por medio de las cuales la bruja controla a su gente e intenta conseguir las esmeraldas arcoíris que han de propiciar su retorno, ¿no?

—Así es, en efecto —concedió Matías—. Pero ¿a dónde queréis ir a parar?

—Pues que, si nuestra intención es llegar allí y el propósito del visir es llevarnos, lo más natural es dejarnos llevar y sorprenderlos después desde dentro, que siempre será más fácil que forzar la entrada de una cueva, que con poco se defiende. En otras palabras, lo que nosotros proponemos es que nos quedemos aquí, nos comportemos como si nuestra voluntad siguiera sojuzgada por nuestros enemigos y permitamos que nos conduzcan a la Cueva de los Enanos. Una vez en ella, atacaremos simultáneamente desde dentro y desde fuera, lo cual nos dará más posibilidades de éxito.

—Y ¿qué haremos con El Temido? —preguntó inquieto el capitán Laurel.

—Creo —replicó Lady Victoria— que mi padre puede destacar algunos marineros para que lo tripulen, de manera que los dos barcos lleguen juntos a la Costa o Playa de los Dinosaurios, como vosotros la llamáis. Sería conveniente que quienes habéis venido en nuestro rescate, os volváis con lord Crokinole y ayudéis en la maniobra de El Temido.

Tras debatirlo unos minutos, el plan de Lucas y Lady Victoria acabó por imponerse, pues a casi todos nos pareció que, por osado, ponía el triunfo más al alcance de la mano.

Retornábamos ya los expedicionarios al exterior de la fortaleza donde nos aguardaba Lord Crokinole; los prisioneros volvían a su lugar y tomaban de nuevo en las manos las flores de loto, aunque evitando ahora mirar fijamente sus pétalos, cuando oí decir a Iker, refiriéndose a ellas con voz llena de ira y desprecio:

—¡Bah! ¡Son como los malditos móviles!

Capítulo 10: El emir de Bagdasco y la Gruta de la Sirenas (final)

Betrus ibn Muqadas el Dragut calló en ese preciso instante; su mirada, hasta entonces cálida y risueña, se tornó gélida y su rostro compuso un gesto frío y duro. Se limitó a batir las palmas, sin añadir media palabra más, y ocho o diez jenízaros, provistos de curvos alfanjes y amenazantes moharras, se abalanzaron contra nosotros y, en medio de insultos y empellones, nos llevaron de vuelta a las puertas del palacio, arrojándonos, sin miramiento alguno, al polvo del camino.

—Este maldito enano —se exasperó Laurel— no sabe tener la boca cerrada.

Asentían los demás, espesando la atmósfera a mi alrededor, cuando esta se esclareció de súbito por la risa cristalina de lady Victoria:

—No creo que pudiéramos sacarle mucho más sobre mi padre y, la verdad, a mí ya empezaba aburrirme con el cuento de sus disputas conyugales, que con trescientas esposas, puede ser el de nunca acabar.

Rompieron a reír también Iker, Lucas y Matías y, al final, todos terminamos de la misma manera.
Nos cortó en seco la risa una voz a la que oímos decir a nuestras espaldas:

—Sin duda, la entrevista con mi señor el emir Betrus ibn Muqadas al Dragut, amén de provechosa, ha debido resultar divertida, según lo risueño que andan sus honorables invitados.

La irónica observación provenía de un moro chepudo, vestido con una chilaba gris macilenta que, de lejos, no parecía demasiado limpia, con el rostro recorrido por una barba rala, como hilera de hormigas beodas, que se espesaba algo en la barbilla y por debajo de la nariz. Al principio pensé que llevaba un turbante marrón, pero, al repararlo más despacio, me percaté de que se trataba de su enmarañado y largo cabello castaño que le daba vuelta a toda la cabeza y se sujetaba arriba con un moño en forma de pompón.

Iba el capitán Laurel a devolverle como se merecía el cumplido, pero el moro se adelantó:

—Excusadme por haberme dirigido a vosotros sin antes presentarme: soy Boulos ibn Alkanisas, visir del todopoderoso Betrus Ibn Muqadas al Dragut, emir de Bagdasco y favorito de Allah, quien nos lo preserve por siempre entre nosotros. Por lo que veo —prosiguió— el emir os ha hecho expulsar de su presencia porque habéis debido tener la osadía de interrumpir su sabio y entretenido parlamento. En realidad, esto no debiera preocuparos demasiado. Solo lo sabrán los jenízaros “jetatores”, que son un cuerpo de la guardia especial para eso, por lo que se llaman así, y vosotros. Al emir se le habrá olvidado y dirá que no os ha podido atender debidamente porque tenía jaqueca. A mí mismo me lo ha hecho ya varias veces en que he osado interrumpirle y ayer, sin ir más lejos, expulsó del mismo modo a un lord inglés que había venido a visitarlo.

—Y a propósito de ese lord inglés, ¿sabéis qué ha sido de él? —preguntó Matías, antes de que Lady Victoria, que parecía dispuesta a ello, llegara siquiera a abrir la boca, para impedir que esta, de interrogar al visir, revelara su condición y ello pudiera provocar algún incidente con aquellos sujetos tan tiquismiquis.

—Supongo que se habrá marchado por donde vino. Yo lo recogí aquí, me disculpé con él en nombre del emir y le aconsejé que, para calmar su mal humor y su despecho, se diera un relajante paseo por la ciudad, en el que no debía faltar una visita al maravilloso café apodado La Gruta de las Sirenas. Pocos lugares como este para hacerse una idea aquí en la tierra de cómo debe ser el paraíso que Allah nos tiene reservado a los creyentes allá en el cielo. Lo mismo os recomiendo a vosotros. Podéis decir que vais de mi parte. Os prestarán una atención más esmerada.

Y, sin añadir nada más, se introdujo en la litera de la que había descendido, dio una orden a sus porteadores y, abriéndose paso entre los jenízaros “jetatores”, se introdujo en el palacio y se perdió por el dédalo de sus estancias.

Volvimos a sumergirnos en las bullangueras calles de la ciudad y, tras preguntar a varios viandantes, dimos con el famoso café, que se encontraba en una de las callejuelas anejas al puerto, en un barrio en el que establecimientos del mismo tipo competían entre sí para atraerse una clientela formada en su mayoría por tripulantes de embarcaciones de pesca o por la ruda marinería de los muchos mercantes que navegaban aquellas aguas. Presentaba este, sin embargo, algunas características que lo singularizaban de manera notoria. Tenía la entrada el aspecto de una gruta natural —y aun podía serlo en efecto—, con el techo altísimo y erizado de puntiagudas estalactitas de cal o, al menos, pintadas de blanco. El suelo por el contrario habíase alisado en el centro, formando un ancho espacio circular que debía servir de escenario para las atracciones y espectáculos que un obsequioso anfitrión prometía inolvidables, entre continuas reverencias a los clientes e hiperbólicas alabanzas al local.

Y no empezó mal la cosa: una vez acomodados sobre unos mullidos cojines alrededor de una mesita que ocupaba la casi totalidad de una gruta lateral, desde la que teníamos una espléndida vista del proscenio, nos sirvieron un té moruno, que debía estar delicioso, pues mis compañeros lo sorbieron con fruición. Al poco tiempo, tres hermosas bayaderas ejecutaron sobre el escenario una tan sensual y frenética danza del vientre, que me hizo temer se les soltaran las bisagras de la cintura en medio de sus espasmódicas sacudidas. Apareció tras ellas el introductor que nos había recibido a la entrada del café y anunció su número estrella. Íbamos a ser de los pocos afortunados mortales que tendrían ocasión de escuchar de cerca el canto de las sirenas y de aplaudir su singular armonía, capaz de hechizar a cualquier hombre y, llegado el caso, de hacerle perder la memoria, el entendimiento y la voluntad.

El elogio del presentador despertó un murmullo irónico entre la concurrencia, habituada a las exageraciones con que recibía al público en las puertas de café, pero pronto pudimos comprobar que, en absoluto, hablaba en broma.

Empujado por unos fornidos asistentes, se colocó delante de la platea un gran acuario translúcido, de aguas un tanto turbias y cubierto con un velo transparente de color rojizo, montado sobre una plataforma de madera provista de ruedas. En su interior se atisbaban unas criaturas. mitad humanas y mitad peces, que se deslizaban con ligereza lo mismo en la superficie que en el fondo del agua.

A una orden de alguien oculto en las sombras, se asomaron al exterior del tanque y dejaron ver rostros de bellas facciones regulares, aunque un tanto inexpresivas, y ondeantes cabellos dorados que les descendían por los hombros; con una voz dulcísima, entonaron un extraño y melodioso canto, hecho tan solo de sonidos armónicos, que no parecían pertenecer a ninguna lengua humana.

Aquellos sonidos fueron haciéndose más y más bajos, hasta el punto de que, en un momento dado, dejé de percibirlos, pese a que veía moverse aún las bocas de las sirenas.

Miré, extrañado, alrededor para saber si mis compañeros notaban lo mismo que yo, pero me encontré con que Matías, Iker, Lucas y el capitán seguían atentos y hasta embobados ese extraño canto; en el otro extremo de la mesa, lady Victoria volvía los ojos de un lado a otro, mostrando un desconcierto idéntico al mío. De improviso, se levantaron los cuatro, al unísono con el resto del público y, moviéndose de un modo bastante mecánico e inconsciente, formaron una fila que empezó a avanzar hacia el fondo de la gruta, jaleada por la misma voz que dirigía la actuación de las sirenas y que, ahora que la oía con más nitidez, me pareció identificar como la del visir Boulos ibn Alkanisas.

A una muda señal de lady Victoria, nos unimos a la hilera, fingiendo padecer idéntico trastorno que nuestros camaradas. Avanzó esta pesadamente, encaminándose hacia una nueva gruta cuya angosta entrada, que tan solo permitía el paso de uno en uno, se veía al fondo del escenario. Según nos acercábamos a ella, observé que, una vez el caminante traspasaba la entrada, era arrastrado por unas manos poderosas y se perdía por el interior de un largo y oscuro túnel que se adivinaba detrás.

Estaba nuestro grupo en las inmediaciones de la gruta, con el capitán Laurel a la cabeza, cuando lady Victoria, que se hallaba en las proximidades del tanque, extrajo de entre sus ropas el pistolete que tan familiar me era y apuntando hacia él hizo fuego. La reverberación del disparo resonó en las paredes de la cueva y las vibraciones de su eco agrandaron el agujero que el impacto de la bala había hecho en el vidrio que conformaba sus paredes, de modo que estas se resquebrajaron. La presión remató la tarea: el cristal se hizo añicos y un agua fétida se desparramó por el suelo, mojándonos los pies. Cayeron también las sirenas, cuyo canto cesó de repente, sustituido por unos agudos chillidos, que ya sí podía oír, y que resultaban bastante desagradables. En ese momento se desató el caos. Los clientes que habían formado la fila espabilaron todos a una y tras unos instantes de desconcierto, y sin saber muy bien por qué, emprendieron una alocada carrera en todas direcciones, gritando, atropellando mesas, banquetas, asientos y a los pocos mozos del local que pretendían detenerlos o incluso guarecerse de ellos y no lo hacían con suficiente rapidez. Para impedir que el capitán, Iker, Lucas y Matías hicieran lo mismo, lady Victoria les dio una orden tajante:

—¡Por aquí! ¡Seguidme!

Y se encaminó con decisión hacia la abertura por la que habían desaparecido algunos de los infelices subyugados por el canto de las sirenas.

Empezamos a recorrer una angosta galería, a la que daban infinidad de pequeñas grutas provistas de puertas enrejadas en las que se apiñaban multitud de desgraciados, seducidos por las ondinas y cautivados por el malvado visir como materia prima para su lucrativa industria del tráfico de esclavos, que colocaría después en quién sabe qué desconocidos y perversos mercados.

Pasábamos por delante de uno de aquellos calabozos, el de mayor tamaño y más abarrotado de presos, cuando una voz que emergió de él detuvo nuestra carrera en seco:

—¡Victoria, aquí!

Sacando las manos por entre las rejas y medio aplastado por otros prisioneros también suplicantes por su libertad, se encontraba lord Alfred de Crokinole, haciendo desesperados intentos por llamar nuestra atención.

Nos dirigíamos hacia esa oscura cárcel y buscábamos el modo de abrir la reja de hierro que la cerraba para liberar a sus ocupantes, cuando una extraña criatura, con forma de pez, pero dotado de piernas y unas manos a modo de garfios asomadas al final de unos cortos brazos que nacían por encima de sus aletas pectorales, se interpuso entre aquella y nosotros, esgrimiendo un pesado lanzón con el que apuntaba a lady Victoria.

Con un golpe rápido y seco de su muleta que le acertó de lleno en la cabeza, el capitán abatió al extraño pez, al tiempo que exclamaba:

—¡Vaya, la muleta del viejo John Silver no ha perdido ni un ápice de su contundencia!

Mientras todos reíamos la broma del capitán, lady Victoria no se entretuvo un segundo: se agachó sobre la criatura y registró su cuerpo hasta hallar, debajo de una de las aletas, una llave herrumbrosa con la que abrió la puerta de la prisión de lord Alfred, permitiendo que escaparan a su vez el resto de los reclusos.

Sin detenerse en explicaciones o efusividades, padre e hija reemprendieron la marcha, seguidos de los demás. La galería que traíamos desembocaba cerca del puerto, en un muelle paralelo a él y medio oculto, por el que debían entrar y salir de la isla sin ser vistos los barcos esclavistas.

Cuando intentábamos orientarnos, para localizar la chalupa con los marineros de la Victoria, vimos emerger de la cueva a media docena de aquellos extraños peces, armados de sus correspondientes lanzones, con el visir Boulos Ibn Alkanisas a la cabeza, quienes hicieron ademán de venir en nuestra persecución, en el momento justo en que divisamos el bote y rompimos a gritar para llamar a sus tripulantes en nuestro auxilio.

Se acercaron estos, esgrimiendo las armas de que pudieron hacerse, y se unieron a nosotros, de forma que osamos hacer frente a nuestros perseguidores.

Ante el súbito cambio en la correlación de fuerzas, se detuvo el visir y mandó parar a su guardia; adoptó una actitud obsequiosa, incluso un tanto servil, y se dirigió a nosotros diciendo:

—No teníais por qué huir. Solo quería disculparme por lo que no ha sido nada más que un desagradable malentendido. Idos en paz y ¡ojalá que no guardéis un mal recuerdo de vuestra visita a la isla de Bagdasco! Espero volver a veros pronto por aquí.

—¿Qué demonios fuiste a hacer a Bagdasco, papá? —preguntó una irritadísima lady Victoria, apenas el recio bogar de los tripulantes de la chalupa nos sacó por la bocana del puerto, en dirección a nuestros buques respectivos.

—A propósito de la historia de Merlín sobre los extraños seres que estaban atacando la Sima Desconocida, recordé viejos rumores que había oído en una de mis visitas anteriores al emir de Bagdasco sobre grandes peces anfibios y sirenas, cuyo canto trastorna a los hombres y los esclaviza.

—¿Hay alguna relación entre ellos? —inquirió Matías.

—Al parecer, son lo mismo en el fondo. Las sirenas son las hembras de los siluros. Su apariencia humana es solo un disfraz. La única diferencia es que su piel es más sensible, se reseca antes y, por ello, soportan peor estar fuera del agua. En fin, siempre es bueno saber a qué ha de enfrentarse uno, antes de entrar en batalla.

—Desde luego —terció entonces lady Victoria— algo importante hemos aprendido sobre ellos.

—¿Qué? —preguntaron al unísono Iker y Lucas

—Que su canto solo vuelve idiotas al sexo masculino. Ni a mí, que soy mujer, ni a Benavides, que está hecho solo de palabras y argamasa, pudo enajenarnos y, gracias a eso, estamos todos libres ahora.

—Eso es cierto —intervino Laurel—; pero no sabemos qué pasaría si, amén de sirenas, hubieran cantado también siluros.

—¿Por qué no lo hicieron, entonces?

—Porque, en Bagdasco, la presencia de una mujer como cliente de un café, y menos vestida de hombre, es impensable y, por eso, nuestro amigo el visir Ibn Alkanisas, que no podía imaginar que se contara una entre su auditorio, ha visto truncados sus planes.

—Pues, en cualquier caso, ¡menos mal que vine! —apostilló lady Victoria con toda intención, dirigiéndose en particular al viejo pirata.

Capítulo 10: El emir de Bagdasco y la Gruta de las Sirenas (2ª parte)

Abriéndonos paso, poco menos que a codazos, por el intrincado laberinto de callejuelas de la ciudad, conseguimos arribar, por fin, a las puertas del palacio, ante cuyos dos robustos y marciales guardias, provistos de aceradas moharras, se identificó el capitán Laurel, al tiempo que pidió ser recibido por el Dragut para resolver un asunto urgente.

Habían pasado ya más de dos horas desde nuestro recado y Batrús ibn Muqadas seguía sin hacernos llegar respuesta alguna, ni señales de vida, para desesperación de una lady Victoria, que se daba ya a los diablos con tanta demora.

—Tranquilizaos, mi lady —intentó calmarla el capitán—, estas gentes son así. Tienen sus propios ritmos, que no coinciden con los nuestros. No hacernos esperar sería humillante para ellos.

—Y hacerlo —replicó ella vivamente— lo es para nosotros.

—Bueno, es lo que se pretende. Pero que nos tengan aquí es señal de que, tarde o temprano (más tarde mientras más en consideración nos tengan), nos van a recibir. En caso contrario nos habrían dado una respuesta rápida: nos habrían echado a patadas ya hace rato.

Por un tiempo, las palabras del capitán calmaron la impaciencia y el desasosiego de la inglesa y cuando, ante la tardanza empezaban estos a aflorar de nuevo, apareció en la puerta lo que debía ser, según lo lujoso de sus atavíos a la morisca, un alto funcionario de la corte.

—Mis señores —dijo con mucha ceremonia dirigiéndose, obsequioso, a nosotros—, el poderoso y magnánimo Betrus ibn Muqadas al Dragut, a quien Allah guarde muchos años en esta tierra y por siempre en el paraíso, os ruega que me acompañéis al interior de su humilde palacio y templéis vuestro ánimo y serenéis vuestro espíritu a fin de haceros dignos de hallaros ante su magnificente presencia.

Le contestó Laurel con una profunda reverencia y haciendo señas para que le siguiéramos, el pulido cortesano nos precedió por el dédalo de patios, jardines y estancias que constituían el palacio del Dragut. Estaban estas revestidas de yeserías que dibujaban bellos motivos geométricos o florales y en las partes más nobles, cubiertas con pan de oro. Se adornaban con jarrones de una cerámica fina de fondos blancos y vetas esmeraldas que, en ocasiones, traslucían la imagen de pájaros exóticos, y cubrían el suelo coloridas alfombras persas en que la tupida lana y la suave seda china formaban el terciopelo para urdimbres y tramas tejidas con con delicados hilos de algodón.
Los patios ofrecían en su centro el fresco rumor de fuentes, cada cual más lujosa, rodeadas por esculturas en mármol de distintos colores, de leones, panteras y hasta elefantes, casi a tamaño natural.

Al fondo del último de estos patios, al que se abrían otras tres estancias, semejantes a la muchas que habíamos atravesado, y en el centro del cual desgranaba su claro chorro de agua una fuente enmarcada por las esculturas de cuatro enormes hipopótanmos, se levantaba una puerta de madera de cedro, cuajada de tallas de hojas de acanto. Daba acceso a un jardín espléndido, dentro del cual, en medio de un redondo bosquecillo de limoneros, cuyos frutos añadían reflejos dorados a los rayos de sol que se les colaban por entre las ramas, nos aguardaba el Dragut con una pose hierática de faraón egipcio.

Era un viejo sumamente delgado y bastante alto, de mandíbula cuadrada y gesto altanero que se afanaba en transmitir, sin conseguirlo, un aire de franqueza y cordialidad y esa lucha entre lo que quería aparentar y lo que parecía ser despertaba en quien se aproximara a él una desconfianza instintiva, como la de quien se sienta al lado de una serpiente dormida. Vestía larga aljuba blanca, recamada de hilos de oro y encima un pesado manto rojo con bordados en plata, pero llevaba la cabeza descubierta, sin turbante, ni fez alguno.

Mientras nos aproximábamos al emir, oí que el capitán Laurel se dirigía a lady Victoria en voz baja.

—Mi Lady, absteneos de preguntar nada. El Dragut hablará y hablará y a través de su cháchara interminable obtendremos toda la información que precisamos. Si lo interrogáis, no os dirá una sola verdad. ¡Ah! También odia que se le interrumpa. Si lo hacéis, no volverá a abrir la boca y seremos expulsados del palacio de malas maneras.

—Mi querido y viejo amigo Laurel —dijo el emir así que nos aproximamos a donde se hallaba, viniendo hacia nosotros con los brazos abiertos—. ¡Dichosos los ojos que te ven tras tantos años de ausencia! —y le estampó un beso en cada mejilla.

Nos acomodamos todos en derredor de él a la sombra de los limoneros, sobre unos cojines de seda verde que se hallaban dispersos por el suelo y, sin reparar, en principio en los demás, atento solo al capitán, preguntó:

—Y ¿qué nueva aventura te trae otra vez por aquí?

—En realidad, ninguna. Solo pasaba por las cercanías de Bagdasco a bordo de El Temido y pensé que sería oportuno hacerte una visita para recuperar recuerdos y renovar amistades que el paso del tiempo va enfriando poco a poco.

—Bien dices, amigo mío. Siempre es bueno reafirmar los lazos que nos unen a quienes nos son afectos y mira tú, qué casualidad, en el corto espacio de dos días, dos viejos amigos (aunque no sé si hago bien diciéndote esto, pues me consta que no mantienes con la otra persona lo que se dice relaciones cordiales) han venido a verme con idéntico propósito: renovar su amistad. No parece sino que algún genio amigable haya escapado de su lámpara y ande esparciendo amistad por el mundo. Pues sí, mi estimado Laurel, ayer mismo estuvo sentado conmigo lord Alfred de Crokinole, pero, la verdad, como padecía una horrible jaqueca, apenas pude atenderle como imponen los sagrados deberes de la hospitalidad. Encargué a Boulos que se ocupara de él. ¡Ah! Disculpa, sin dudas tú ignoras que Boulos Ibn Alkanisas es mi visir desde hace… en realidad, no sé cuánto, pues no recuerdo haberlo nombrado nunca. Simplemente empezó a venir por aquí, un día hacía una tareíta, otro día otra y así fue liberándome de las pesadas cargas del gobierno y dejándome libre para que me dedicara a lo que en los últimos tiempos viene siendo mi gran pasión: recorrer una y otra vez el azul infinito a bordo del Al Shabn, mi magnífico velero de cuatro mástiles, en compañía de amigos con los que, lejos de la impertinente y celosa vigilancia de alfaquíes, ayatolás, ulemas y almuecines, nos entregamos a los placeres del vino, que si están proscritos aquí en la tierra es porque deben reservarse, como las huríes, para ser disfrutados en el paraíso. En fin, mantengo con Boulos una relación mutuamente beneficiosa, pues, si él me libera de enfadosas obligaciones, lo hace a costa de prosperar y haber acumulado una notable fortuna en muy poco tiempo. Hasta ha llegado a mis oídos que se está construyendo un palacio para rivalizar con el mío. Lo cual deben ser solo malintencionadas habladurías de gentes envidiosas de la prosperidad que Allah le ha concedido, pues Boulos es leal y eso sería delito de alta traición. Sí me consta que gran parte de esa fortuna la obtiene el visir del comercio de esclavos, pero se trata de un negocio que yo le cedí en monopolio, como pago de sus muchos servicios, porque a mí ya me fatigaba demasiado. Eso y la explotación de un café, de no muy buena fama en la isla, al que llaman La Gruta de las Sirenas, que no sé si le reportará mucho beneficio… Pero lo que peor llevo de él es que no ha parado hasta meter en palacio a su tercera mujer, Irina bn Alsiyad. La ha nombrado gobernanta de mi harén y, de momento, lo que ha conseguido es soliviantarme todo el gineceo y que mis trescientas mujeres anden a la gresca las unas con las otras, hasta el punto de que hace más de dos meses que me niego a llamar a ninguna, porque, las últimas veces que lo hice, se pasaron la noche quejándose de las restantes y todas de la gobernanta. De modo que ya solo bajo a la cámara de la última y más humilde de ellas. Una que tiene un nombre extraño, del que nunca me acuerdo, que viene a significar algo así como “la que nació en una hermosa ciudad”. Pero no creáis, que la joven es también taimada: la primera noche que pasé con ella, le pedí que me contara una historia. Lo hizo y me entretuvo tanto que, al terminar, le pedí que me contara otra. Empezó la segunda y, cuando se hallaba en lo más interesante, se detuvo alegando ser ya muy tarde —y es verdad que casi estaba amaneciendo—, que estaba cansada y que proseguiría la siguiente noche. Pasé el día consumido por la impaciencia y, cuando volví con ella, remató la historia comenzada en tan tampoco tiempo que le pedí que iniciara una nueva. Y así andamos desde entonces, hace ya más de treinta días, en que yo acudo cada noche a oír la media historia que termina y la media que principia. La verdad es que ya empiezo a estar un poco harto del asunto y si vuelvo puntualmente es más que nada por la curiosidad de saber qué dirá cuando se le hayan acabado las historias, que alguna vez tendrá que ser, digo yo…

—Largo lo fiais. Si es como en el libro de cuentos que yo preservo, la cosa se puede prolongar a más de mil noches. ¡Casi tres años todavía…! —exclamé, sin poder contenerme, olvidando la advertencia del capitán.

Capítulo 10: El emir de Bagdasco y la Gruta de las Sirenas (1ª parte)

—El perfil de esa isla me resulta familiar —dijo el capitán Laurel, tras unos días de tranquila navegación, con un brillo extraño en los ojos. Contemplábamos, sin embargo, una costa bastante anodina que dibujaba un paisaje de pequeñas calas con playitas cubiertas de negros guijarros y enmarcadas por altos acantilados formados de rocas lisas y también oscuras, semejantes a la pizarra. Golpeaban contra ellos las olas y, al romper sus crestas de blanca espuma, el agua perdía los reflejos azulados y adquiría también en sus inmediaciones tonos negruzcos.

—Capitán, ¡hip! —se oyó la voz de la mariquita vigía—. ¡Se acerca una chalupa por estribor!

La barcaza, movida por el potente impulso de sus cuatro remeros, acababa de doblar un pequeño cabo y se aproximaba rauda a donde, navegando al pairo, se ubicaba El Temido. Desde ella, provisto de un portavoz de latón dorado, un fornido marinero de tez rubicunda gritaba rítmicamente:

—¡Permiso para subir a bordo! ¡Permiso para subir a bordo!

—¿Para qué, marinero? —preguntó Laurel.

—Necesito hablar con lady Victoria Clara de Crokinole. Es urgente.

Se asomaban en esos momentos los chicos por la borda para averiguar qué ocurría, y la inglesita exclamó:

—¡Pero si es Henry Terophontax!

—¿Quién? —inquirió Iker.

—El contramaestre de la Victoria. ¡Déjelo subir, capitán!

Se izó a bordo un marinero de piel recolorada y pecosa, con un ralo cabello rubio, un tanto pasado de peso, quien, todavía jadeante por el esfuerzo de trepar al barco, así que se halló en presencia de lady Victoria, alcanzó a decir:

—Mi lady, su padre, lord Crokinole, ha… ¡desaparecido!

—¡Dios Santo! ¿Qué ha pasado?

—No lo sabemos con exactitud —respondió el marino ya algo más entero—. Arribamos a esta isla ayer por la tarde y, nada más llegar, lord Crokinole tomó un bote con cuatro remeros y se encaminó a un puerto que hay tras ese cabo que terminamos de doblar y frente al que nuestro buque está fondeado. Los marineros que lo acompañaron cuentan que el capitán les pidió que lo aguardaran allí, sin bajar a tierra bajo ningún concepto, que él no habría de demorar mucho su regreso. Transcurrieron las horas, sin embargo, y la noche se hizo por todo el mundo sin que hubiera vuelto, ni dado ninguna noticia de sí. Lo esperaron hasta el amanecer, momento en que, en vista de que no aparecía, decidieron regresar al barco y dar cuenta al segundo oficial, el señor Robert Layermoore, que usted bien conoce ,y a mí mismo, de lo ocurrido. No sabiendo muy bien qué hacer y por si ustedes supieran algo que nosotros ignoráramos, me ha enviado esta mañana para hacer las averiguaciones pertinentes, en su caso, notificarle la desaparición y ver si ordena alguna cosa.

—Te agradezco mucho la información. Por ahora, volved a la Victoria, manteneos algo apartados de la costa y estad alerta para evitar ataques por sorpresa, vaya a ser la desaparición de mi padre el preludio de uno de ellos. Desde aquí intentaré, con la ayuda de estos amigos, descubrir lo que le ha ocurrido a lord Crokinole y, si fuera preciso, su rescate. Caso de necesitar de vosotros, ya os lo haré saber.

—¡Aguardad, milady! —pidió el capitán Laurel—. Tal vez estos marineros y su chalupa nos sean más útiles aquí, si queréis encontrar a vuestro padre.

—¿Y eso? —inquirió ella, haciéndose eco de una pregunta que nos rondaba a todos por la cabeza.

—Ya decía yo que el perfil de esta isla me resulta a familiar y acabo de recordar por qué. Me parece que estamos en las costas de Bagdasco, en los dominios del emir Betrus ibn Muqadas al Dragut, un antiguo corsario beréber, aunque de origen turco, que con las riquezas que acumuló en sus correrías y que mejor no saber cómo obtuvo, se retiró a estas costas y fundó su emirato. Es un antiguo conocido mío y, puede que también de lord Crokinole, quien, si insistió en bajar aquí a tierra, sería para hablar con él, tratar algún asunto o, simplemente saludarlo. Así que es posible que el emir pueda darnos alguna pista sobre su paradero. Creo que al señor Terophomtax no le importará acercarnos al muelle y, cuando hayamos concluido nuestras pesquisas, devolvernos a bordo de El Temido.

—Por supuesto —se apresuró a ofrecerse este—. Si lady Victoria no tiene ningún inconveniente…

—¡Desde luego que no! ¡Vayamos cuanto antes!

—Pero, mi lady —objetó el capitán—, en sociedades como la bagdascense, la presencia de mujeres en ciertos círculos sociales no está muy bien vista…

—Capitán —replicó ella con un gesto de cansancio—, no voy a discutir de las características antropológicas de la sociedad de Bagdasco, porque no es el momento. Pero esa chalupa y sus tripulantes pertenecen a la Victoria. En ausencia de lord Crokinole, yo ostento el mando de la balandra, así que iré en ella, aunque sea vestida de marinero para no herir susceptibilidades históricas o religiosas. Eso sin contar con que el desaparecido es mi padre y a mí, más que a nadie, me concierne su búsqueda y su rescate.

Se encogió de hombros el capitán Laurel y haciendo un gesto para que lo siguieran Iker, Lucas y Matías, se fue a embarcar en la chalupa.

—¡Benavides, ven tú también con nosotros! —ordenó, ignoro por qué motivo, lady Victoria.

—¡Buff! ¡Menudo carácter! —rezongó el viejo pirata, mientras bajaba a ocupar su puesto en la barcaza—. Cada día entiendo mejor la propensión viajera de lord Crokinole.

Remaron con diligencia los marinos ingleses y en poco más de una hora encostaron la chalupa en el malecón del muelle de un bullicioso puerto, no muy grande, pero con un trasiego constante de barcos de todo tipo, repletos de viajeros y mercancías.

Ya al aproximarnos a la orilla, una vez doblada la punta de tierra que nos separaba de donde había quedado El Temido, pudimos hacernos cargo del encanto de la capital de la isla de Bagdasco, del mismo nombre que aquella. Desde la lontananza se divisaban esbeltos minaretes redondos, terminados en cúpulas pintadas de azul que parecían vigilar el blanco muro de sus mezquitas. A su lado, se arracimaban de manera caótica cientos de casitas, terminadas en terrazas y de paredes encaladas en las que se reflejaba el sol hasta hacer daño a los ojos. Era tal el abarrotamiento con que las viviendas se agolpaban unas con otras que resultaba imposible, incluso desde lejos, adivinar el trazado de las calles y la organización interna de la ciudad. Al fondo, en su punto más prominente, se apreciaba el inmenso palacio del Dragut, cercado por una fuerte muralla, poco elevada, aunque protegida por cuatro enormes torres octogonales. Detrás brillaban varias decenas de domos dorados, entre los que se intercalaban espaciosos jardines, pero solo se alcanzaba a vislumbrar de ellos las copas de sus árboles más altos.

Dejamos atrás el puerto (donde se quedaron aguardándonos el señor Terophontax y el resto de los marineros de la Victoria) y nos internamos en el caos pintoresco y colorido de las callejuelas de Bagdasco. La ciudad entera era un mercado al aire libre, cubierto por infinidad de toldos de colores chillones y en la que se daban cita todos los ruidos y olores posibles del mar, el desierto y la jungla: balidos, mugidos, gruñidos y relinchos de toda clase de ganado se mezclaban con el gorjeo y el canto de miles de aves multicolores y la música de chirimías, dulzainas y tamboriles; el olor salino del pescado fresco y del queso se unía al aroma de las especias exóticas, las flores deslumbrantes y las hierbas aromáticas. De todo ofrecían unos comerciantes solícitos en el batiburrillo de una sucesión interminable de bancos y barracas y por todas partes se escuchaba la letanía sin término de regateos monocordes.

Capítulo 9: La isla de los tres Robinsones (final)

Al percatarse de la presencia en el cuarto del resto de nosotros, hizo ademán de apoderarse de su sable, depositado, junto con sus ropas de día, en una silla a los pies del camastro, pero Lucas, anduvo más rápido y se hizo con él y con una pistola que debajo estaba oculta. Lo encañonó con ella y, con voz firme, le pidió:

—Milord, mejor quédese en cama por ahora, que aún falta mucho para clarear el día.

No pudimos menos que reírnos todos de la ocurrencia del muchacho, salvo lord Crokinole que, furioso y humillado, exclamó:

—¡Malditos piratas…!

Ni siquiera volvió a abrir la boca, mientras Maeve y Melusina lo ataban con fuerza a la cama del capitán para evitar que nos causara problemas en tanto poníamos el bergantín a salvo del buque inglés y llegábamos a la bahía, donde nos aguardaban nuestros compañeros. Allí nos aconsejaríamos con ellos sobre lo que procedía hacer con el cautivo.

Nos recibieron los otros tripulantes de nuestro barco con muestras de gran alegría y el capitán Laurel no pudo reprimir un gesto de satisfacción cuando subió a la nave, en compañía de los demás, tras izar a bordo los toneles llenos de agua. Se ensombreció, sin embargo, su rostro al divisar en el horizonte las velas de la Victoria que se mantenía al pairo a una distancia prudencial de nosotros.

—¿Os vienen siguiendo?—preguntó extrañado.

—No parece que le quede otro remedio, capitán —respondió Yoguina—. Venga a ver esto.

Lo condujo, seguidos los dos por el resto del comando, hasta su propia cámara, a cuya entrada le mostró la cama, en la que, amarrado con firmeza, nuestro prisionero se debatía inútilmente contra sus ligaduras.

—¡Voto a Bríos! ¿Cómo lo habéis conseguido?

—De pura casualidad. Lo encontramos durmiendo en esa cámara, sin que hayamos tenido tiempo ni ocasión de esclarecer las razones por las que estaba allí.

—Y la chica ¿qué dice de esto?

—Tampoco nada de momento.

—Dejadme un instante a solas con él. Intentaré resolver esta situación y neutralizar el peligro que supone tener a esa maldita balandra colgada de nuestra chepa en una conversación de marino a marino, si es posible.

Atendiendo su deseo, los dejamos conversar cara a cara por espacio de más de una hora.  Durante ese lapso de tiempo se alternaron periodos en que el diálogo transcurría en un tono normal y hasta bajo, con otros, cada vez más frecuente, en que ambos interlocutores parecían enardecerse, elevaban la voz y terminaban por gritarse e insultarse el uno al otro.

Al cabo de un rato, el capitán Laurel abandonó bufando la cámara:

—¡Maldita mula inglesa testaruda! Se empeña en que tenemos secuestrada a su hija y que no ha de parar hasta rescatarla, así lo arrojemos a lo profundo del océano.

—Puede que sea bueno que hable con él lady Victoria —sugirió Yoguina.

—No creo. Cuando se lo he dicho, me ha contestado que sabe que la tenemos coaccionada bajo algún tipo de amenaza y que, por tanto, no ha de creer nada de cuanto ella le diga que se aparte un punto de su idea. Así que lo mejor será dejarlo madurar en su cárcel, atado a la cama, y esta noche, antes de partir en la oscuridad para evitar a la balandra inglesa, veremos qué hacer con él.

Con las luces del crepúsculo y en tanto la oficialidad y el resto de la tripulación se ocupaban de la maniobra de desatraque, me hallaba en la antecámara del capitán, aprovechando los últimos rayos de sol que por los ventanales de ella se filtraban, para hacer algunas anotaciones en el cuaderno de bitácora de que se me había responsabilizado, cuando la puerta de estancia empezó a abrirse lentamente y con mucha cautela se introdujo por ella lady Victoria.

Sin mirar hacia donde me hallaba, lo que le impidió, al parecer, percatarse de mi presencia, se dirigió al camastro que seguía sirviendo de prisión a lord Alfred, quien, tras su turbulenta entrevista con el capitán Laurel, se removía inquieto en el lecho, presa de un desasosegado sueño.

Lo removió en silencio la muchacha y abrió aquel los ojos sobresaltado:

—¿Qué…? —acertó a exclamar.

Lo contuvo lady Victoria con un gesto, llevándose el dedo índice a los labios:

—Padre, escúchame, por favor…

—¡Pronto! ¡Libérame y huyamos! ¡La Victoria no puede estar muy lejos y, una vez en ella, podremos dar cuenta de este cascarón de nuez pirata!

—¡Te liberaré, sí, pero deja de engañarte de una vez! Sabes que estoy aquí por voluntad propia, y no forzada. Y lo estoy porque tengo que asumir una tarea que debieras haber realizado tú hace mucho tiempo. Pero sigues obstinado en negar los hechos para tranquilizar tu conciencia. Como no creíste a madre cuando te contó la visita de Croma y que su maldición seguía viva, para mí o para ella, decidiste pensar que lo que sucedió fue solo un accidente, que se clavó esa vieja espina de cactus por azar o por su obsesión con la bruja. En tu fuero interno sabes bien que no es así y proyectas tu frustración y tu odio contra ti mismo por ello hacia los piratas. En el fondo, sin embargo, los envidias. Quisieras vivir la vida libre que ellos viven y no la tuya, lastrada por la carga opresiva de tus remordimientos por lo que debiste hacer para salvar a tu esposa y a tu hija y no hiciste. ¿A qué si no abandonar tu espaciosa cámara en la Victoria y venirte a dormir en el estrecho habitáculo del capitán Laurel? Si no fuera porque sé que, en el fondo, la culpa no te deja vivir, diría que eres patético. Pero aún puedes redimirte, al menos, ante mis ojos. ¡Ayúdame en mi venganza de Croma!

Puesto por Victoria ante el espejo de su propia realidad, por el rostro duro y acerado de lord Crokinole se escurrían lagrimones como naranjas.

—Bien está. ¿Qué quieres que haga? —respondió al fin entre hipidos.

—Solo cesa de hostigarnos y mantente a distancia de manera discreta. Ayúdanos a sortear algún peligro, llegado el caso y, sobre todo, en la dura batalla final que habremos de trabar contra el espíritu de esa maldita bruja y sus fieles seguidores, en la que tu concurso y el de tus hombres será seguramente imprescindible.

Consintió en todo el aristócrata inglés, empeñando, incluso, su palabra.

Para sorpresa mía, que pensaba haber asistido de incógnito a tan singular entrevista, lady Victoria me conminó:

—Benavides, ayúdame a desatarlo, adelántate para ver si está despejada la ruta hasta la red y si está junto a ella, al pie del barco, el cayuco, como Lunes me tiene prometido.

—Pero —le repliqué desconcertado— a esta hora todos deben estar en cubierta, aprestándose para abandonar la isla. Será imposible llegar hasta la red y descender hasta el cayuco, sin que nos vean.

—Haz lo que te digo y no discutas —ordenó ella.

Me deslicé fuera de la cámara y curiosamente, aunque la cubierta y el puente hervían de actividad, se concentraba toda en el lado de estribor, en el extremo opuesto a donde la red colgaba del costado del buque.

Les hice la seña convenida y los tres, sorteando al resto de la tripulación, descendimos hasta el cayuco.

—Llevadlo a la playa. Allí enviarán a recogerlo de la balandra.

—Perfecto —replicó Viernes.

—Y, por cierto —inquirió lady Victoria—, ¿vosotros os quedaréis en la isla?

—Sí —dijo Lunes riendo—. Aunque algo habrá que cambiar las cosas. Daremos un golpe de estado y confinaremos durante un tiempo a las tres naciones en un espacio pequeño a ver si, con la proximidad, aprenden a convivir, aunque no sé…

—¿Y eso? —pregunté

—Le he oído decir con mucho convencimiento al señor Def, por ejemplo, que, para vivir con otros, se funda una comuna, no se naufraga en una isla desierta.

Mientras el cayuco ponía rumbo a la costa, trepamos nosotros por la red y al llegar arriba nos encontramos con que todos miraban alejarse al bote con gesto de alivio.

—¿Por qué esta comedia? —pregunté al fin extrañado.

—Para no humillar más a lord Crokinole —respondió el capitán Laurel—. No había ninguna necesidad.

Capítulo 9: La isla de los tres Robinsones (2ª parte)

—¿Dónde está tu compañera?

—Se había bebido una botella de grog y debió de quedarse dormida en la cofa. Por eso no vio aproximarse la chalupa y no dio la alarma.

—¡Maldita borracha! ¡La mandaré colgar del palo de mesana por esta negligencia, si recuperamos el navío!

—Antes de llevarse el barco, me arrojaron al agua cerca de la costa para que os dijera que solo os lo devolverían si entregáis a la chica y que ya os avisarán de algún modo de las condiciones para el intercambio.

—Rápido, Benavides, haz venir a lady Victoria y a los muchachos. Tenemos que formar consejo y ver cómo solventamos este negocio.

Corriendo todo lo que mis más bien cortas piernas me permitían, subí de nuevo hasta el claro y, con voz entrecortada por la fatiga, les expuse los acontecimientos en la esquina donde el ágape se celebraba.

Se levantaron con rapidez los comensales y los muchachos, seguidos por los nativos, se precipitaron aguas abajo del riachuelo, llegando a adonde Laurel nos esperaba en un quítame allá esas pajas. Allí les pusieron al corriente de los pormenores del secuestro.

—Y ¿qué podemos hacer? —preguntó Iker con desespero.

Me percaté en ese momento de que Lunes, el refugiado del conjuro, hacía un gesto de complicidad a lady Victoria y ambos se apartaban un trecho del lugar donde los demás se devanaban los sesos para recuperar el barco.

Los seguí con sigilo y pude así oír la interesante conversación que en voz baja mantuvieron:

—El barco que ha capturado al vuestro —decía el nativo— está fondeado en una pequeña rada que hay al otro extremo de la isla a medio día de marcha de aquí. Lo descubrimos ayer mientras buscábamos presas para la comida que hoy hemos compartido. El problema es que, desde tierra, es inaccesible.

—Habrán llevado allí a El Temido, pero ¿cómo llegar a ellos?

— Hay una forma cómoda y rápida de aproximarnos a los buques.

—¿Cuál?

—Nuestro cayuco. Si lo manejamos además nosotros y vosotros os ocultáis en su fondo, podremos acercarnos de noche, bordeando la costa, a los barcos anclados, sin levantar sospechas y liberar el vuestro con un golpe de mano.

—Creo que no hay otra solución… ¡Capitán! Nuestro amigo Lunes tiene un atrevido plan que puede que tenga éxito. Sobre todo, si contamos también con la ayuda de Melusina y Maeve.

Tardamos muy poco en armar el comando que habría de liberar a El Temido y que estaba integrado por los tres refugiados, Iker, Lucas y lady Victoria; Yoguina, que debía pilotar el navío, si conseguíamos recuperarlo, hasta la bahía donde esperarían los demás, las hadas y yo mismo, que me ofrecí voluntario para oficiar de cronista puntual de los acontecimientos, como era mi obligación.

A pocos metros del claro de las secuoyas, de la que no nos habíamos apercibido porque la ocultaba una espesa cortina de enramadas, había una espaciosa playa de arena blanca, en un extremo de la cual se encontraba amarrado el cayuco de los nativos, una embarcación larga y estrecha, semejante a una canoa, de no mucho calado.

Para pasar más desapercibidos, Maeve y Melusina redujeron el tamaño de los chicos y así pudimos disimularnos todos en el fondo del bote, en tanto los nativos, empuñando cada uno su remo, empezaron a bogar para separarnos de la orilla.

Doblamos, al cabo de poco tiempo, la punta de un pequeño saliente de rocas y apareció entonces ante nuestros ojos el resguardado puertecillo natural, en cuyas tranquilas aguas flotaban, anclados a su fondo y mecidos con blandura por un oleaje suave y rumoroso, El Temido y la Victoria.

Aprovechando las sombras del atardecer, que ya empezaban a cernirse sobre la isla y el escaso calado del cayuco, navegamos pegados a la costa. Pudimos observar que nuestros enemigos tenían descuidada por completo la vigilancia de aquel costado del barco, orientado hacia poniente, en el que se hallaba la isla, pues la tenían concentrada en la punta norte, por donde ellos se habían aproximado y hecho presa en el bergantín.

—Melusina, Maeve —dijo lady Victoria en un susurro—, encostada a la mampara de popa está todavía la red que usamos para descender en el islote del Capitán Achab. Volad hasta allí y dejadla caer, para que podamos trepar por ella.

—¿Quién vive? —tronó en ese momento la voz de un vigía que, con un fanal en la mano intentaba inútilmente identificar a los dueños de las voces, cuyos susurros había creído percibir.

—Nosotros no ilegales. Nosotros papeles —gritaron los nativos agitando unos imaginarios que el vigía no podía ver por la oscuridad reinante.

—¡Marchaos y no molestéis más o abordaremos el cayuco!

—¡A la orden, mi almirante! ¡Ahora mismo! —dijo Viernes riendo y sin que ninguno hiciera el más mínimo movimiento para retirarse del casco.

El vigía, sin embargo, se había dado por satisfecho y se alejaba silbando hacia el otro costado del buque.

Cuando nos apercibimos de que aquel abandonaba su ronda y, creyéndose libre de enemigas asechanzas, se refugiaba en el castillo de popa dispuesto a descabezar un sueñecillo, Maeve y Melusina emprendieron su vuelo con un sigilo tal que ni siquiera dejaba oír el tenue murmullo del batir de sus alas translúcidas.

Con no poco trabajo consiguieron las hadas descolgar de nuevo la red desde la amura de babor y por ella trepamos todos. Ya en cubierta y recuperado su tamaño normal, los chicos neutralizaron al marinero inglés que dormitaba junto a la rueda del timón, del que se hizo cargo Yoguina, mientras Maeve y Melusina volaron hasta la cofa, donde descubrieron, todavía durmiendo y sin haber salido de su estado de embriaguez, a la mariquita vigía.

No sé si por desidia o por exceso de confianza, sus captores no habían anclado a El Temido al fondo de la rada, sino que se habían limitado a tender un cabo que lo mantenía quieto y unido a la balandra inglesa. Lo cortamos a hachazos y, desplegando solo foque y trinquete para aprovechar la brisa de poniente, enfilamos la proa hacia la salida del puerto natural, de modo que, cuando desde la Victoria dieron los primeros gritos de alarma, habíamos alcanzado ya una ventaja bastante apreciable, que aumentó porque el navío inglés demoró de manera incomprensible el inicio de las maniobras de levado de anclas y de despliegue del velamen. Más extrañeza aún nos causó percatarnos de que, pese a estar a tiro, los soldados ingleses se mantenían quietos, acodados a la borda, con los mosquetes aprestados, contemplando cómo nos alejábamos de ellos poco a poco, pero sin hacer un solo disparo.

—Tal vez habrán reconocido a lady Victoria y se abstienen de disparar para no herirla —sugirió Yoguina, extrañada por la facilidad con que nos salíamos con nuestro propósito.

Aún especulábamos en torno a ello, aportando cada uno su opinión sobre el negocio, cuando Maeve y Melusina, que habían realizado una rápida inspección de todo el barco para cerciorarse de que no quedaban más enemigos dentro, llegaron volando raudas al puente:

—Tenemos un problema serio —dijo Maeve—. Durmiendo. En la cámara del capitán.

—Pero, ¿qué sucede? —preguntó alarmada Yoguina.

—¡Venid!

Bajamos todos en tropel y entramos en el estrecho habitáculo en que otrora se retiraba a descansar el capitán Laurel. Ocupando su catre, se restregaba los ojos, cubierto con un gorro de dormir terminado en borla y vistiendo un ridículo camisón blanco, despierto, sin duda, por nuestra ruidosa irrupción, el mismísimo lord Alfred de Crokinole.

—¡Pero… papá! —exclamó sorprendida su hija.

—¡Victoria! ¿Cómo…?