Capítulo 13: La Costa de los Dinosaurios (2ª parte)

—No —respondió el Gris—, son Pog Clinc, el bribón de mi antiguo ayudante, que desapareció hace ya tiempo y al que creíamos devorado por algún dinosaurio, y el señor Benavides, uno de esos enanos que se dedica a preservar libros del hambre siempre insatisfecha de los ratones de biblioteca. Pero ellos nos traen noticias ciertas y excelentes: dicen que, casi con toda seguridad, Iker y los demás se han infiltrado ya en la Cueva de los Enanos.

—En tal caso, deberíamos dar cuenta a Merlín de esa circunstancia, para que ponga en marcha su plan.

—Precisamente a eso se debe nuestra venida, querido Snorri.

—Pero no os quedéis en la puerta. La luz del candil puede atraer a los siluros. El que nos descubrieran ahora sería fatal para nuestro intento.

Siguiendo la indicación del albino, nos apretujamos los cuatro, junto con la ingente cantidad de documentos rúnicos de toda laya esparcidos por la estrecha oquedad de piedra, y accionó de nuevo el mecanismo que cerraba la puerta. La claustrofóbica sensación de agobio que entonces me invadió me hizo recordar el chusco episodio de la topera de Villa Vidinha, de cuyo atoramiento solo pudo sacarme el polvo de hadas.

De eso, para mí, debía hacer más de un siglo, aunque cabía la posibilidad, según le tenía oído a Matías de cómo iba el tiempo en el interior de la sima, de que hubiera sucedido tan solo unas noches antes. Pero habían de venir aún más estrecheces.

Snorri Saknussenn, tras requerir la ayuda de Pog Clinc, subió con agilidad a su mesa de trabajo, levantó una tapa de pergamino, pintado con el color de la roca, disimulada en el techo, y nos invitó a seguirle en el ascenso por lo que no parecía sino una oscura y estrecha chimenea.

—Es un camino incómodo —dijo—, pero es la vía más segura para llegar a Merlín y su troupe circense.

Trepábamos con mucho trabajo por el angosto pasadizo; Pog Clinc ayudaba y sostenía el ascenso del mago Gris y Snorri Saknussenn y yo nos sosteníamos mutuamente, agarrándonos a los tiznados salientes de piedra de lava.

—Yo pensaba que el carácter volcánico del Pico Ocejón era solo una apariencia, cuando se observa su cara sur, pero por esta chimenea y lo negra que se me han puesto las manos de escalar por su pared, no parece sino que sea volcán auténtico y aun que ha tenido erupción no hace mucho —dije en un instante en que nos detuvimos a recuperar el perdido aliento.

Se volvió hacia mí el Gris y, con una sonrisa condescendiente, replicó:

—Es el secreto de la Sima Desconocida. Aquí las cosas son cada vez lo que parecen. Por eso solo hay que saber mirarlas para sacar de ellas, como de los penachos de nubes que cruzan por el claro cielo de verano, un mundo nuevo y cambiante en cada momento. A esto, en alguna ocasión, se le ha llamado magia.

Reanudada nuestra ascensión, acabamos por atisbar su fin bajo la forma de un claro de luz acuosa que, con figura de círculo, se recortaba sobre nuestras cabezas, al tiempo que nos caía encima una fina lluvia de mínimas gotículas. Llegamos al interior de una galería, cuya boca tapaba la espesa cortina que formaba la impetuosa corriente de las chorreras de Despeñaelagua, dejándose caer, en medio de florecidos campanones amarillos, desde casi setenta metros de altura. Servía esta de entrada a una amplia caverna de techo altísimo y paredes rugosas, de cuyo techo se desprendían calcáreas estalactitas de caprichoso dibujo. Se alzaba en su fondo una especie de anfiteatro de piedra y por él se hallaban esparcidas las figuras familiares del elenco artístico del circo del Gran Ta-Morlán.

—¡Albricias, viejo amigo! —exclamó el mago Gris, aproximándose al centro del rocoso anfiteatro, donde permanecía sentado en tosco escabel un abatido Merlín—. Aquellos a quienes aguardábamos acaban de llegar.

—Si me hubierais dado semejante noticia solo hace unos días —respondió— me habría alegrado sobremanera. Mas ahora…

—Pues ¿qué ocurre? —preguntó un desconcertado Snorri Saknusen.

—Sucede que todo nuestro plan descansaba en la clave de bóveda de propiciar desde dentro de la Sima una carga feroz contra los siluros por parte de las Caballeras de la Mesa, pero estas no moverán un dedo contra nadie si no es por indicación de la reina y la reina permanece, de un tiempo a esta parte, absorta en la contemplación de una rara flor de loto azul que alguien le ha proporcionado, sin oír ni hablar a nadie. He probado con todos los recursos de mi magia, pero he sido incapaz de conseguir que levante los ojos de la dichosa flor, o que responda ni media palabra a mis súplicas… ¡Ya no sé qué hacer! ¿Acaso puede la vuestra sacar a la reina de su ensimismamiento?

El mago Gris y Saknussenn negaron tristemente con la cabeza:

—Yo, en realidad, nunca he gozado de los dones de la magia. Solo soy un erudito —dijo este.

—Y yo he olvidado, a causa de mis muchos años, casi todos los conjuros y fórmulas mágicas que alguna vez dominé. La única magia que ahora puedo hacer, son las croquetas de boletus, que, eso sí, me salen riquísimas.

—Pero enano raro si sabe —dijo Pog Clinc de manera inesperada, para asombro de los tres magos, señalándome con el dedo.

—¿Cómo…? —preguntaron casi al unísono.

—Sí. Enano raro despierta piratas contándole historia de libro en castillo de arpías.

Me miraron de modo tan apremiante que no tuve sino que narrarles el desencantamiento de la tripulación de El Temido, siguiendo la feliz intuición de Yoguina y su fe en el poder de las palabras.

—Podría funcionar —musitó para sí Merlín pensativo—. Desde luego, nada perdemos por intentarlo.

Se levantó de su escabel y emprendimos la marcha sin dilación alguna. Nos escoltaban los tres antiguos payasos, recuperados ya sus hábitos primitivos de caballeros medievales, cuya apoltronada vida reciente, sin embargo, les había ensanchado las cinturas y aflojado las carnes, de manera que soportaban con dificultad el peso de sus armaduras y estas dejaban escapar por algunas de sus articulaciones vergonzantes rollos de grasa.

Buscando no ser descubiertos, nos reintrodujimos en la sima por excéntricas y oscuras galerías y nos deslizamos por toboganes inverosímiles. Trazamos de este modo un recorrido laberíntico, durante el cual acabé por perder toda noción de dónde me hallaba y del tiempo que había durado paseo tan intrincado y tenebroso.

Hicimos, por fin, nuestra entrada en la cámara real, una inmensa caverna de techo altísimo y perfil redondo, a la que se accedía por una curiosa arcada en forma de ojiva y a cuyo fondo, bajo un amplio dosel de seda dorada y elevados sobre un pedestal de imponente altura, se veían los tronos del rey y de la reina, de piedra tallada, con innumerables volutas, acantos y otros muchos dibujos geométricos o florales. Delante de ellos, en dos semicírculos separados entre sí por un ancho pasillo central, formaba en marcial silencio el ejercito de las Caballeras de la Mesa Redonda.

—¡Merlín, ya era hora! —dijo el rey, así que nos vio entrar, al tiempo que se lanzaba, casi trastabillando, escaleras abajo de su alto trono—. ¡Desde no sé hace cuánto te esperaba como agua de mayo!

—Nunca es tarde, si la dicha es buena. ¿Hay algo nuevo por aquí?

—Todo sigue igual, pero esto es un infierno. Desde que le dieron esa maldita flor azul, la reina no ha vuelto a desplegar los labios y, si eso no es malo del todo, pues, en ocasiones tiene tendencia a hablar más de la cuenta sin dejar meter baza a nadie en la conversación, también se hace pesado no tener a quien dirigirse. ¿Cómo se puede reinar con este silencio ominoso? ¿A quién le voy a dar órdenes, si nadie me escucha? ¡Tienes que hacer algo, Merlín, o terminaré por volverme loco!

—El poder tiene eso —dije incapaz de contenerme—, si no hay sobre quien ejercerlo, no sabe a nada.

Detuvo el rey su descenso de súbito y, mirándome de hito en hito, preguntó con desprecio:

—Y este idiota ¿quién es?

Me sentí un poco corrido y un mucho humillado. Cuando iba a musitar no sé bien qué en mi defensa, Merlín se adelantó a replicar las insolentes palabras reales con cierta respetuosa sorna:

—Majestad, «este idiota» es nuestra última esperanza para despertar a la reina y movilizar a las caballeras.

—¿Ah sí? ¿Y cómo piensa hacerlo? —replicó entre titubeos, claramente arrepentido de su anterior arrebato verbal.

—Tiene sus métodos, que ya ha probado con éxito en ocasión precedente.

—Le diré un libro de los muchos que preservo en mi memoria. Suele bastar para que los afectados recuperen su interés por algo que no sea la flor de loto azul

—Empieza, pues, cuanto antes, si no te importa. Estoy impaciente por contemplar ese prodigio —y en su voz se percibía aún un eco de escepticismo.

—Está bien: se titula La cólera de Iker, me lo enseñó Matías, y dice:
«Me llamo Yogui. Soy un westy de catorce años. Si, como dicen, cada año de la vida de un perro es como siete en la vida de un hombre, se podía decir que ya tengo noventa y ocho años a mis espaldas. Pero eso son paparruchas…».

Cuando terminé de decir el libro, pude apercibirme de que Merlín, Saknusen y el Gris me miraban con los ojos arrasados en lágrimas, el rey se removía un poco azorado, lanzando furibundas ojeadas a lo caballeros y expayasos, de quienes el relato sorprendía una conversación en la que se referían en términos poco adecuados tanto al rey, como a la reina, y esta, de modo desabrido se dirigió a él:

—Y tú pretendías resolver esta crisis apoyándote en semejantes fantasmones, buenos para nada…

—Pero, querida —le interrumpió tímidamente el monarca—, yo no sabía…

—¡Silencio! ¡Ya hablaremos después tú y yo y esos supuestos caballeros! —a los que, por cierto, hizo palidecer con solo referirse a ellos—. Ahora vamos a lo que importa: ¡A mí las Caballeras de la Mesa Redonda! ¡Vuestra reina os necesita!

Se levantaron las caballeras como una sola mujer a su llamado y se dispuso a ordenarlas para la batalla.

—Majestad, un momento, por favor —la interpeló Merlín.

—Sí, viejo mago —replicó con cierta altivez, quizás connatural en ella.

—Hay noticias de que disponemos de fuerzas leales infiltradas en el interior de la Cueva de los Enanos y otro contingente, compuesto por aguerridos marineros y soldados de casacas rojas, al mando de un vicealmirante, en la playa de los Dinosaurios, muy cerca de la entrada. Quizás sería conveniente coordinar la acción de los tres cuerpos, de manera que el ejército enemigo se disperse y, no sabiendo a qué frente acudir, se genere en él la confusión y el caos. La victoria será más sencilla y menos costosa de ese modo.

—Estás en lo cierto, pero ¿cómo vamos a coordinarnos?

—Estos dos amigos —dijo señalándonos a Pog Clinc y a mí— han venido con las tropas de refuerzo. Cada uno de ellos puede dirigirse a una y advertirles de que, a nuestra señal, desencadenen el ataque.

—¿Señal? ¿Qué señal?

—Cualquiera valdrá. Por ejemplo, tres toques largos del Cuerno de Carga. Su eco resonará por todos los túneles y cavernas de la Sima y será fácilmente oído por todos.

—También por los siluros —respondió la reina.

—Sí. Pero solo nosotros sabremos lo que significa: orden de acción inmediata.
En lo que a mi atañía, el plan de Merlín presentaba un serio inconveniente, que pudiera dar con él al traste por completo: lo ignoraba todo sobre la geografía de la Sima Desconocida, de modo que no encontraba el modo de llegar a la Cueva de los Enanos y, una vez en ella, de hallar a mis compañeros de viaje para ponerlos al corriente de nuestros propósitos.

—Es cierto —replicó el mago pensativo—. Puede que no haya otra solución: dado que tú no sabes llegar, que sean nuestros propios enemigos quienes te conduzcan allá. No es difícil, solo tendrás que hacer lo que yo te diga…

Siguiendo aquellas instrucciones, vestido con ajado disfraz de enano minero que Merlín sacó no sé muy bien de dónde, cuyas groseras costuras, fruncidas con hilo de cáñamo, se clavaban en mis carnes de modo inmisericorde, recorrimos en sentido inverso la estrecha chimenea que desembocaba en la cueva de Snorri. Desde ella nos separamos en dos grupos: Pog Clinc y el Mago Gris partieron hacia el Bosque de los Hongos, y de ahí llegarían a la Playa de los Dinosaurios, para prevenir a Lord Crokinole de lo que se iba a hacer y en qué modo ellos deberían colaborar; Saknussenn y yo cogimos una galería lateral que, tras no pocas idas y venidas, vueltas y revueltas, nos llevó a una una boca de túnel a medio tapar por lo que parecía había sido un desprendimiento de algunas rocas del techo, debido, al parecer, a las frecuentes labores mineras que en torno a ella se venían realizando.

—Dadme tiempo para regresar y haced lo convenido —me dijo el erudito albino.

Aguardé unos minutos y cuando me percaté de que ya se hallaba a distancia prudencial, grité a pleno pulmón:

—¡Una esmeralda arcoíris! ¡Una esmeralda arcoíris! ¡Es enorme y perfecta! ¡Será una piedra poderosa!

Quebró mi grito la tranquilidad casi monacal que se respiraba en la cueva, cuyo silencio solo se veía truncado por el rítmico y espaciado golpeteo de los picos al chocar contra las paredes de piedra. Se formó en torno a mí un barullo que, arrancando en los enanos y siluros que tenía más próximos, fue extendiéndose como una ola por el interior de la caverna, hasta alcanzar el último de sus rincones.

—Mantenla tapada —me decían algunos—; si la hiere un rayo de luz, aunque sea de una vela, puede saltar por los aires.

Enseguida me rodearon media docena de siluros malencarados que, apuntándome con sus toscos lanzones, me obligaron a caminar junto a ellos para llevarme a presencia del visir, en tanto yo apretaba entre mis manos un modesto canto rodado que, envuelto en un légamo pegajoso, había recogido del suelo un momento antes.

Capítulo 12: El Reino del Espejo (final)

—¡Oh, sí! —respondió Perla—. Al fin y al cabo, tienen plumas como nosotras, así que algo nos tienen que tocar. Siempre es bueno conocer la historia de la parentela. Da para presumir con las amigas.

Tras un breve conciliábulo, trazamos un plan para el rescate del resto de los tripulantes de El Temido: como sería imposible que Lord Crokinole, el señor Terophontax y los cuatro soldados, por su tamaño, pudieran atravesar el llano de dunas sin ser descubiertos por las arpías, ni penetrar en el castillo, sin correr el riesgo de envenenarse con las espinas de los cactus cobra, decidimos que compondríamos la expedición solamente el enano, que conocía en parte el terreno, Pog Clinc, y yo mismo.

—Podríamos también acompañaros —terció Petra—. Nadie va a sospechar de unas gallinas picoteando de un lado a otro en busca de gusanos.

—Me parece bien —intervino Lord Crokinole—, siempre que dejéis los polluelos a nuestro cuidado. Solo os servirán de estorbo y con su constante alboroto pueden dar al traste con vuestro empeño.

Aceptaron aquellas de mala gana, pues no gustaban de ir a ninguna parte dejando atrás a sus crías, pero sabedoras de lo fundado del temor del inglés, de modo que en poco tiempo nos lanzábamos a la aventura.

Dividimos en dos columnas nuestro pequeño grupo, compuesta la primera por Petra, Perla y Purpurina que se aproximaron al castillo en descubierta, atrayendo así la atención de las arpías, quienes se limitaron a concentrar su mirada en ellas, observándolas picotear aquí y allá, pero sin sospechar que su presencia pudiera suponerles ningún tipo de amenaza.

Pog-Clinc, el enano y yo reptamos en silencio por las dunas, al amparo de una oscuridad que se había apoderado poco a poco de la playa, tras hundir el sol en el horizonte marino sus últimos reflejos rojizos. Alcanzamos enseguida el arco de entrada al castillo y nos deslizamos con cautela por entre los huecos que se abrían en las ramas y espinas de los cactus, hasta llegar al patio de armas de que habló aquel, lugar en el que nos hallábamos a salvo de la vigilancia de las horribles criaturas, mitad personas, mitad aves, que se limitaban a observar el exterior de la fortaleza.

Frente a la entrada se levantaba la majestuosa escalinata que conducía a la zona residencial y a su lado, una estrecha portezuela, con dintel redondeado, debía dar paso a las prisiones, calabozos y mazmorras de los sótanos.

Lo más escondidamente que nos fue posible, nos fuimos deslizando, uno a uno, los seis expedicionarios; descendimos por una estrecha escalerilla de caracol que al cabo de no sé cuántas vueltas y revueltas nos condujo a una oscura sala, de techo muy bajo, de la que salía un canal de aguas negras y malolientes que debía desembocar en el mar. Se agolpaban en ellas, caminando erguidos, un buen número de aquellos peces que ya tuvimos ocasión de ver en la Gruta de las Sirenas, y que con tanta precisión nos describiera Petra, como autores del aprisionamiento de nuestros camaradas de El Temido.

De una bocina colocada en el centro de la bóveda de piedra caliza que sustentaba el techo, salía una voz bastante deformada por la distancia:

—Como los prisioneros, atrapados por el sortilegio de la flor de loto azul, no precisan vigilancia, os ordeno que vayáis al mar y no regreséis hasta traer noticias ciertas del otro barco, cuya tripulación, compuesta por marineros fornidos y soldados de casacas rojas, nos será de más provecho para nuestro propósito que los desharrapados piratas-muñecos que hemos capturado hasta ahora.

Trabajo me costó contener y silenciar a Perla, que, muy ofendida por verse tratada de ese modo, rezongaba:

—¡Habrase visto! ¡Y este quién se cree que es para insultar así a una digna gallina, miembra fundadora de la Sociedad Literaria del Green Garden y que siempre ha dormido en el palo más alto de en cuantos gallineros ha puesto huevos! Si es el morito ese que dicen, ¡ya le daré yo desharrapamiento cuando tenga ocasión de echármelo a la cara!

Una vez calmada la gallina y así que los peces se fueron arrojando a las negras aguas del canal, iniciamos con harta cautela el camino de un oscuro corredor, carente de todo tipo de iluminación, que, nos pareció, debía conducir a las mazmorras del castillo.

Cuando habíamos ya avanzado un buen trecho, tanteando las paredes a fin de evitar tropiezos, Pog Clinc, que encabezaba la marcha, se detuvo en seco y eso provocó que los demás, que caminábamos en hileras, chocáramos unos con otros. Se levantó un airado coro de lamentos ayes y protestas que el cerdito silenció de manera perentoria:

—¡Silencio! Pog Clinc oye algo.

Callamos todos y, en efecto, pudimos apercibirnos de los roces de unas leves pisadas contra las piedras del suelo; en cuanto estas se aproximaron lo suficiente, saltó sobre quien las producía, entablándose entre ellos una lucha muda y feroz.

—¡Deteneos! —grité al iluminar un débil rayo de luz procedente de la boca del corredor por un instante a los contendientes—. ¡Es Matías!

—¡Pero, si es el maldito cerdo de la isla! —exclamó este al reconocer a la criatura que tenía sobre sí y que con sus pesadas piernas sobre ellas, inmovilizaba sus patitas delanteras—. ¡Yoguina, ayuda!

—No hace falta —le dije por lo bajo—; no hay ningún peligro. ¡Somos nosotros!

—¿Vosotros? ¿Quiénes sois vosotros?

A fin de tranquilizar a la vieja lagartija y a su hija, que se había aproximado al débil rescoldo de luz en auxilio de su padre, tuve que hacerles un apresurado resumen de la cadena de acontecimientos que nos había conducido hasta allí en busca de los cautivos, a lo que ella correspondió gentilmente, poniéndonos al tanto de las circunstancias que les habían permitido huir de su prisión:

—Imagino que por los mismos motivos que en las gallinas, en nosotros tampoco tuvo mayor efecto la visión de las flores y su supuesta corte de imágenes fascinantes y sonidos embriagadores. Eso nos permitió apercibirnos de la subida al barco de los malditos siluros y de cómo estos apresaban a nuestros compañeros. Bastó el cruce de una mirada entre Yoguina y yo para que nos pusiéramos de acuerdo en fingir que estábamos, como ellos, bajo el embrujo de los lotos azules, y los seguimos dócilmente, buscando la ocasión de poderlos liberar. Nos arrojaron a todos a un calabozo que hay un poco más adelante en este mismo corredor, cuya puerta ni siquiera se han molestado en cerrar y al que nadie vigila tampoco. Tras un montón de vanos intentos de ambos por lograr que el resto de los prisioneros volvieran en su ser, decidimos huir de la prisión en busca de la ayuda de la Victoria, pues está claro que habrá que llevárselos de aquí primero, aunque sea a la fuerza, y tratar después de que recuperen la consciencia. Así que procuremos salir y asaltar luego este castillo con los soldados y marineros de Lord Crokinole para rescatarlos y llevarlos a donde los curen.

—Espera, papá —dijo Yoguina—, ahora que Benavides está con nosotros, quizás haya otra forma más rápida de lograr nuestro propósito.

—¿A qué te refieres? —preguntó Matías intrigado.

—Bueno, creo que la libertad de los prisioneros pasa por atraer su atención más poderosamente lo que lo hacen las fascinantes imágenes y los embriagadores sonidos que desprenden las flores de loto azul en quienes fijan sus sentidos en ella. Solo la mezcla de naturaleza y arte, de física y espíritu, que tienen las aladas palabras, puede derrotar el poder de esas flores. Si Benavides les dice uno de sus libros, es posible que su inclinación vire hacia él, y se aleje de los lotos.

Se me quedaron todos mirando con el mudo propósito de que opinara sobre la sugerencia de Yoguina y, tras meditarlo unos instantes, admití:

—Quizás funcione. Supongo que nada perdemos por probar.

Nos adentramos, siguiendo a las lagartijas, aún más en el oscuro corredor, de modo que al poco tiempo vinimos a parar a las puertas del amplio calabozo en que posaban nuestros amigos, todos ellos en una admirable quietud, contemplando con arrobamiento cada cual su flor, de cuyos pétalos emanaba un reflejo azulado que les iluminaba levemente el rostro. Fuera de eso, la oscuridad era total en la prisión, en la que no se advertía ventana o tragaluz alguno y cuyo ambiente estaba por ello sumamente enrarecido.

Avancé con decisión hasta situarme en el centro de la estancia y, sin mayores preliminares, me dispuse a decirles, subyugado quizás por la oscura atmósfera del calabozo, la singular historia que lleva por título El libro de las cosas perdidas, que compuso John Connoly, en el que un chico de doce años se recupera de la pérdida de su madre y restituye su equilibrio mental sumergiéndose, a través del susurro de unos libros, en un territorio fantástico donde adquieren cruda realidad los cuentos tradicionales y los imaginados terrores y monstruos de la infancia, que consigue atravesar triunfante.

A medida que la narración avanzaba, noté cómo los oyentes iban poco a poco dejando deslizarse hasta el suelo a sus flores de loto, hasta que, llegando ya casi al final, uno de los enanos, dijo en voz alta:

—Pero ese libro está equivocado. Nosotros ya no trabajábamos en la minería cuando vino Blancanieves. Éramos jardineros.

—Y, si hubiera sido tan gorda y tragaldabas como la pintan ahí, no la hubiéramos admitido en casa. Es más, entonces se esmeraba mucho y nos tenía muy bien atendidos —dijo otro.

—Pues lo que es ahora —intervino el que nos había acompañado—, aunque sigue sin estar gorda, no para de exigirnos que recaudemos impuestos para ella. Y eso que ya se ha quedado sin nadie a quien cobrárselos. No habrá desarrollado la glotonería, pero sí la codicia. ¡Y no sé qué es peor!

Cayeron entonces los enanos en la cuenta de quién les hablaba y corrieron a abrazarse los tres que habían llegado a bordo de El Temido con su cuarto compañero; quedaron asimismo muy asombrados cuando supieron dónde se hallaban, pues en ningún momento se habían percatado de que el barco navegaba por las proximidades del Reino del Espejo.

Cuando el resto de los muñecos piratas recuperó del todo la consciencia, se extrañaron también sobremanera de hallarse en aquella oscura prisión y hubo que hacerles relación pormenorizada de los sucesos que los habían llevado a ellos hasta allí y a nosotros en su seguimiento. Fue mayor aún su sorpresa e indignación cuando les dijimos quiénes eran sus captores y el malvado propósito con el que habían sido capturados.

Propuso Iker, preso de su cólera connatural, asaltar el castillo y tomar venganza cumplida en el visir Boulos ibn Alkanisas, haciéndolo prisionero y enviándolo a Bagdasco debidamente aherrojado, moción a la que se sumó con entusiasmo el capitán Laurel y el resto de su tripulación, pero con la que no se mostraron conformes Lucas y Lady Victoria, quienes tras conferenciar en voz baja, en medio del alboroto con que los demás se aprestaba a poner en marcha los designio de Iker, se dirigieron a ellos:

—Si no estamos equivocados, nuestra intención primera es dirigirnos a la Cueva de los Enanos en el sur de la Sima Desconocida, liberar a los esclavos de Croma y aliviar las pesadillas de Yogui, por medio de las cuales la bruja controla a su gente e intenta conseguir las esmeraldas arcoíris que han de propiciar su retorno, ¿no?

—Así es, en efecto —concedió Matías—. Pero ¿a dónde queréis ir a parar?

—Pues que, si nuestra intención es llegar allí y el propósito del visir es llevarnos, lo más natural es dejarnos llevar y sorprenderlos después desde dentro, que siempre será más fácil que forzar la entrada de una cueva, que con poco se defiende. En otras palabras, lo que nosotros proponemos es que nos quedemos aquí, nos comportemos como si nuestra voluntad siguiera sojuzgada por nuestros enemigos y permitamos que nos conduzcan a la Cueva de los Enanos. Una vez en ella, atacaremos simultáneamente desde dentro y desde fuera, lo cual nos dará más posibilidades de éxito.

—Y ¿qué haremos con El Temido? —preguntó inquieto el capitán Laurel.

—Creo —replicó Lady Victoria— que mi padre puede destacar algunos marineros para que lo tripulen, de manera que los dos barcos lleguen juntos a la Costa o Playa de los Dinosaurios, como vosotros la llamáis. Sería conveniente que quienes habéis venido en nuestro rescate, os volváis con lord Crokinole y ayudéis en la maniobra de El Temido.

Tras debatirlo unos minutos, el plan de Lucas y Lady Victoria acabó por imponerse, pues a casi todos nos pareció que, por osado, ponía el triunfo más al alcance de la mano.

Retornábamos ya los expedicionarios al exterior de la fortaleza donde nos aguardaba Lord Crokinole; los prisioneros volvían a su lugar y tomaban de nuevo en las manos las flores de loto, aunque evitando ahora mirar fijamente sus pétalos, cuando oí decir a Iker, refiriéndose a ellas con voz llena de ira y desprecio:

—¡Bah! ¡Son como los malditos móviles!

Capítulo 9: La isla de los tres Robinsones (1ª parte)

—La carta esférica dice que esa isla, a la que no asigna ningún nombre, está desierta, pero desde aquí se divisan varias columnas de humo. Parece como si en ellas ardiera el fuego de algunos hogares.

Yoguina se mostraba desconcertada por el asunto, mientras el capitán Laurel escrutaba con detenimiento una costa hasta la que asomaba espesa vegetación, tras la que nada podía advertirse, sin dejar de ir y venir al mapa.

—Podrían ser nativos de islas vecinas que acuden a esta para oficiar sangrientos rituales —osé sugerir, al tiempo que mis palabras encendían mi propio miedo—. De hecho puede leerse algo parecido en algunos libros famosos…

—¡Y dale con los libros! —terció Maeve—. A lo mejor es solo que la carta tiene un error o que su información esta desfasada.

—Es lo más probable —apuntó Matías.

—No sé yo —intervino de nuevo el capitán—. Lo cierto es que no nos queda más remedio que comprobarlo por nosotros mismos. Las pipas están casi vacías, así que tendremos que hacer una aguada en esa isla, porque no sabemos cuánto tardaremos en llegar a la próxima, ni si será más o menos hostil que esta, de la que no nos consta que lo sea en absoluto. El litoral, al menos, parece bastante tranquilo y pacífico.

Dejando, pues, solo a las mariquitas vigías al cuidado del barco, con el encargo de observar atentamente el horizonte por si veían aparecer las velas cuadras de la Victoria (de quien, por cierto, no habíamos tenido noticia alguna desde que nos internáramos en el banco de niebla que cobijaba al islote del Capitán Achab), nos dirigimos el resto de la tripulación, con los dos botes cargados con las pipas, a la orilla, en un punto donde habíamos advertido que desembocaba la corriente de agua dulce de un pequeño riachuelo.

Desembarcamos en las cercanías, en una playa de guijarros y arena negruzca y, cuando bajábamos los toneles para hacer nuestra aguada, una voz salió de la espesura:

—No pretenderéis llevaros gratis el agua de mi riachuelo.

Quedamos sobrecogidos y paralizados, cuando desde otro punto de la jungla, emergió una nueva voz, más recia, si cabe, que la anterior:

—¿Cómo tu riachuelo? Dirás: nuestro riachuelo.

—Según todos los convenios internacionales, yo también tengo derecho al agua y nadie puede reclamar la propiedad de un curso de agua, ni de sus riberas, hasta una distancia de seis metros desde la orilla —dijo una tercera.

—¡Cállate imbécil! —replicó la primera—. Así no hay quien haga negocio, ni que les podamos sacar algo a los turistas.

—No insultes. Esto puede desembocar en un incidente diplomático entre nuestras dos naciones. Además, tú, luego, no repartes.

—¡Señores, quienes sean —exclamó entonces, irritado, el capitán Laurel, echando mano de su pistola—, pueden tener claro que, de ninguna manera vamos a pagar por el agua; y, si quieren dinero nuestro, que, por cierto, no llevamos, tendrán que venir a cobrarlo!

—Dinero no —respondió la voz—. Aquí no hay dónde gastarlo, así que no sirve. Pensaba en algo que nos pueda ser útil, como armas, herramientas o provisiones. Lo que se dice comercio justo; un intercambio ecuánime, un quid pro quo o, más bien, do ut des.

—No daremos nada.

—Entonces tenderemos que elevar una queja —insistió la tercera voz.

—O, mejor —apuntó la primera—, envenenar el agua.

—Pero, si hacemos eso —dijo el segundo—, nosotros tampoco podremos beberla.

—No seas estúpido: la corriente llevará el veneno aguas abajo. Si bebemos de la de arriba nada nos pasará.

—Yo, en cualquier caso, protesto. Me parece un atentado indigno…, pero, si con ello se cobra, exijo mi parte.

—¿Crees que serán capaces, capitán? —peguntó inquieta Yoguina

—Es posible —replicó este—. Pero el remedio es fácil. También nosotros buscaremos el agua más arriba. Y así, de paso, podremos trabar conocimiento con huéspedes tan amables.

A una orden del capitán nos fuimos adentrando en la jungla, remontando el curso del riachuelo. Marchábamos trabajosamente, lastrados por el peso, aun vacíos, de los toneles destinados a albergar el agua y por lo apretado de la vegetación ribereña, en la que menudeaban las zarzas, juncos y otras plantas espinosas que, de continuo, nos herían, perforando incluso nuestras ropas.

Contrariado por la lentitud, el capitán optó por dejar a algunos rezagados al cuidado de las pipas y lanzó al resto, a cuyo frente él mismo iba, a una descubierta en busca de las misteriosas voces que poblaban la isla.

Llegamos por fin a un claro, en cuyo centro se alzaban tres frondosas secuoyas, cada una de las cuales estaba coronada por una rústica edificación hecha con restos de naufragios, palmas y ramones de otros árboles. Descendieron de ellas, apenas nos vieron llegar, tres curiosos personajes con las caras cubiertas de una tupida pelambre oscura, vestidos con pieles, cuyas cabezas estaban tocadas por sendos gorros, asimismo de piel. La uniformidad de sus atuendos y el color de las cabelleras hacía que solo pudieran diferenciarse por ligeras diferencias de estatura o por la superior presencia de mechones grises en la sotabarba de unos u otros.

—Sean bienvenidos, mis señores, si son gente de paz —dijo uno de ellos, que parecía de mayor edad y cuya voz identificamos como la primera de las que nos pidieron peaje por el agua del riachuelo.

—Mi nombre es Pedro de Montaraz y los otros que aquí veis son Daniel Serkik y el señor Def. Somos náufragos y altos dignatarios de las tres naciones en que se divide Isla Desierta.

—¡Ahora me lo explico! —dijo el capitán Laurel riendo, al tiempo que daba una palmada en la frente—. Cuando leí la carta esférica interpreté que a esta isla no se le atribuía ningún nombre y que se consideraba deshabitada, pero lo que, en realidad, ponía en la carta era el nombre de la isla: Isla Desierta.

Reímos todos ante el gracioso equívoco y el capitán, recuperando de súbito una seriedad que cortó en seco nuestras carcajadas, prosiguió:

—Lo que no entiendo es lo de las tres naciones. ¿Dónde están sus habitantes?

—Los tenéis delante —respondió el señor Def.

—¿A todos?

—A todos menos a aquellos tres nativos, que llegaron en un cayuco hace cosa de un mes y a los que, a falta de mejor nombre, hemos bautizado como Lunes, Miércoles y Viernes —apuntó Serkik, señalando a un grupo de tres negros que, en un extremo del claro y alrededor de una hoguera, charlaban alegremente, vigilando codiciosos el espeto en el que se asaba algún animalejo que debían haber cazado y bebían una especie de cerveza en tanto aguardaban a que estuviera en su punto para dar buena cuenta de él.

Iker, Lucas y lady Victoria atraídos por el olor que emanaba el asado y su sazón a base de hierbas aromáticas, se aproximaron al grupo, sin poder resistirse, con la esperanza de que aquellos compartieran su delicioso banquete.

Al notar la circunstancia, uno de los negros se puso en pie y encarándose con los muchachos los conminó:

—¡Tú racista! ¡Tú discriminas a mí!

—Pero, ¿qué dices? —preguntó Lucas extrañado—. Si no hemos hecho nada.

—Te he lanzado —le replicó el negro—un potente conjuro mágico que sirve para hacer que el hombre blanco se arrodille. Por lo menos eso fue lo que nos dijo el moro que nos vendió el cayuco. Y, a veces, es verdad que funciona.

—No me extraña —respondió Lady Victoria—, pero nosotros solo queríamos compartir un poco de ese excelente asado. ¡Huele que alimenta!

—Si solo es eso —dijo otro de los negros desde la hoguera—, sentaos que hay de sobra para todos.

Y los chicos se unieron decididamente a la fiesta.

—Y vosotros —preguntó el capitán Laurel a los náufragos—, ¿no participáis?

—No, por Dios ¡qué asco! —dijo Serkik—. ¡Somos veganos!

—¿A qué nación pertenecen ellos? —preguntó Laurel, señalando hacia los nativos.

—Todavía a ninguna —replicó el señor Def—. Hay serias discrepancias entre los cuerpos diplomáticos de nuestras tres naciones sobre los criterios para la asignación a cada una de nuevos pobladores. Entretanto se resuelven, los tenemos confinados en aquella esquina del claro con el estatuto provisional de refugiados.

Se encogió de hombros el capitán y mudó de asunto:

—En cuanto al impuesto sobre el agua…

De Montaraz lo interrumpió:

—Impuesto, que fea palabra. En mi nación lo consideramos más bien un canon.

—Pero esa no es la técnica fiscal adecuada, querido amigo. Lo correcto —dijo Serkik— es denominarlo una tasa, como hacemos nosotros.

—Lamento discrepar de mis estimados colegas, pero su verdadera naturaleza es, según la entendemos, la de un gravamen —terció el señor Def.

—Bueno está —replicó el capitán—, pero ¿por dónde van las fronteras entre las tres naciones? Lo digo por saber de cuál de ellas tomamos el agua y si, en consecuencia, hay que pagar tasa, canon o gravamen.

Se miraron desconcertados los robinsones, hasta que, por fin, Serkik alcanzó a decir:

—Fronteras, lo que se dice fronteras, no tenemos. En realidad, una nación es un sentimiento, y ¿quién le puede poner límites al sentimiento?

—Es cierto. Muy bien observado —señaló el capitán—. Al sentimiento, ni se le ponen límites, ni se le pagan cánones, tasas o gravámenes. Así que, con vuestro permiso, voy a ordenar a mi tripulación que llenen las pipas del riachuelo. ¿Podéis decirle a los chicos que se bajen a la playa cuando terminen la comida con los “refugiados”?

Turbados y mudos quedaron los tres habitantes de Isla Desierta, hasta que, por fin, el señor Def acertó a articular:

—Pues también es verdad. No se me había ocurrido…

Llenamos las pipas sin que los habitantes de las tres naciones nos pusieran nuevos inconvenientes y, a mitad de nuestro descenso, cuando nos dirigíamos a los botes, nos sorprendió una de las mariquitas vigías, que, exhausta, se llegó hasta donde el capitán estaba, acompañado de Matías, Yoguina y yo.

—Capitán —gritó casi atragantándose por la ansiedad y la urgencia—, ¡el bergantín! ¡Han capturado el bergantín! Vinieron bordeando la costa en una chalupa seis marineros ingleses y otros tantos soldados y me redujeron.

Capítulo 8: El esqueleto del Capitán Achab (final)

—¡Eso no! —suplicó mi madre—. ¿Qué quieres obtener para frenar esa horrible maldición? Te daré la mitad de mi reino, si es ese tu deseo.

—De momento —respondió Croma—, no me interesa. Tengo otros proyectos. Pero, sí, en efecto, hay una manera de evitar tan desagradable incidente.

—¿Cuál? —preguntó ella ansiosa.

—Que antes de que él o ella se claven la espina, te la claves tú. Así se cumplirá de una vez mi venganza y tu condena.
Quedó pensativa mi madre unos instantes y, después, sobreponiéndose a su angustia, con un inmenso esfuerzo, concedió:

—Está bien. Sea. Pero déjame, al menos, disfrutar de mi hijo algún tiempo. Dilata el plazo de tu venganza hasta el que yo tuve marcado y consiénteme en esperar hasta que cumpla quince años. Te lo suplico por esa sangre que, a pesar de todo, compartimos.

—De acuerdo, querida —respondió riendo la bruja—. Eso servirá de paso para prolongar tu agonía, pero que sean solo siete. Ni un día más. Si el de su séptimo cumpleaños no te has clavado tú la espina, se la clavará tu hijo y se verá condenado a dormir por siempre.

Dicho lo cual se desvaneció de manera tan misteriosa como había entrado y a mi madre, presa de angustia y dolor, le tomó un profundo desmayo.

Cuando al día siguiente, con las primeras luces del alba, recobró el sentido, pensó haber sufrido una pesadilla y suspiró con cierto alivio, mas, al incorporarse, una mueca de pánico se dibujó en su rostro: a su lado, abierta, yacía la cajita de oro acolchada de terciopelo rojo, con la aguja de cactus en su interior.

Nací yo a los pocos meses, pero una sombra de melancolía veló para mi madre la alegría por mi nacimiento. Desde el principio, aun sin advertírmelo, me fue preparando para la separación que inevitablemente se habría de producir a los pocos años. Se distanciaba con eso de mi padre que creía que la historia de la maldición de Croma era solo fruto de un delirio de ella y que actuaba, por tanto, como si nada fuera a ocurrir, embarcándose en continuas y larguísimas expediciones para limpiar los mares de lo que él llamaba la lacra de la piratería, contra la que cada vez estaba más obsesionado. Decía que su erradicación era tarea que tenía encomendada personalmente por el Lord Mayor del Almirantazgo, por cuyo cumplimiento habría de obtener multitud de premios y honores, quizás hasta el de ser nombrado Caballero Comendador de la Orden del Imperio Británico. ¡Menuda gansada!

La víspera de mi séptimo aniversario —el peor día de mi vida—, mi madre me hizo acudir a su cámara y, encerradas en ella las dos a solas, me contó la historia de la terrible maldición que sobre mí pesaba, mostrándome la dichosa cajita de oro. Le pedí desesperada que la arrojara al mar y así ni ella ni yo correríamos el riesgo de pincharnos, pero negó con la cabeza:

—Si no es esta espina será cualquier otra. No merece la pena.

Hice ademán de arrebatársela, para arrojarla yo, ante la inutilidad de mis esfuerzos por convencerla, y en el forcejeo, haciendo que pareciera fortuito, se clavó la espina en la yema del dedo pulgar de su mano izquierda.

Cayó fulminada y apenas tocado el suelo, su respiración se hizo más tranquila y suave, se le cerraron los ojos, como si le pesaran los párpados y se hubiera sumergido de improviso en un sueño profundo.

Antes de quedarse dormida del todo y, al ver que me inclinaba sobre ella, reuniendo sus últimas fuerzas, alcanzó a murmurar:

—Sé valiente.

—Entonces —dije alzando la voz por la sorpresa— lo que pretendéis al uniros a nuestra expedición es…

—Asegurarme de que, como creen los sabios esos que decís, la cercanía de Iker y Lucas, así como sus palabras tranquilizadoras servirán para romper la última conexión que Croma la Maldita tiene con este mundo a través de Yogui y, si no…

—¿Qué?

—Tendré que matar a ese perro —dijo y me mostró una afiladísima daga de acero brillante y rica empuñadura que llevaba oculta entre las ropas.

Me asustó la determinación que pensé hallar en su mirada, pero no me dio tiempo a replicarle nada, ni siquiera a intentar disuadirla de su oscuro propósito, aduciendo la inocencia de Yogui, en quien ella quería descargar su impotencia, su frustración y su odio, porque Iker, en ese momento, se volvió hacia nosotros:

—Si no os dais más prisa y os acercáis al grupo, terminaréis por perderos en el manglar. Dejad los cuentos para mejor ocasión.

Así que, encogiéndome de hombros, apreté el paso. Nuestro camino por el islote se hacía lento y trabajoso pues, por momentos, este se empinaba más y más y el suelo se volvía más legamoso y resbaladizo.

—No entiendo nada —dijo, al fin, Laurel tras unos momentos de extenuante marcha—. El agua, o lo que sea, debería descender por la pendiente por la que nosotros estamos subiendo y el piso secarse poco a poco, pero es justo al revés: el líquido aumenta cada metro que subimos.

—Y huele cada vez peor —apostillé.

—Sí. Eso también.

—Parece que no falta mucho para la cumbre de este montículo. Se ve algo que brilla por encima de la vegetación del manglar—observó Lucas, que se había adelantado unos metros.

La perspicaz observación de este nos animó a proseguir la subida, hasta que, finalmente, nos hallamos en medio de un claro entre los árboles, que culminaba nuestro ascenso, y en el que se nos ofreció ante los ojos un espectáculo singular y terrible.

Estaba el islote coronado por un enorme agujero circular, cuyo fondo no se acertaba a distinguir. y, clavado por debajo de él, un gran arpón de punta serrada, como los que usaban los balleneros para atrapar a sus presas. Colgaban del arpón los restos de un grueso cabo, a cuyo extremo se anudaban las ruinas de bote en que yacían revueltos los huesos de un número indeterminado de cadáveres humanos. Su ropa, hecha jirones, revelaba su condición de marineros. Entre el arpón y la barca, con el cabo enrollado en la cintura, yacía otro cadáver. El esqueleto milagrosamente intacto, dejaba ver que a su antiguo dueño le habían sustituido una de sus piernas por otra de palo. Los huesos se le habían aligerado tanto, que su mano, semejante a una hoja seca y quebradiza, no paraba de agitarse por el viento, como invitando a que le siguieran a los desgraciados tripulantes del bote. Ese mismo viento, a su paso por entre las ramas del manglar, producía un curioso sonido que, aguzando el oído, parecía silbar:

—¡Por allá resopla!

Nos estremecimos todos ante fenómeno tan extraño y, mudos y desconcertados, permanecimos un instante contemplándolo.
—Creo que sé lo que es esto —dijo, al fin, Laurel pensativo —. No estamos en un islote, sino sobre los restos de la gran ballena blanca, de Moby Dick y del capitán Achab y su tripulación. Consiguieron herir de muerte al cetáceo, pero este aún tuvo fuerzas suficientes para arrastrarlos a las profundidades. Ese fuerte cabo de cuerda ligó en la muerte el destino de todos ellos.

Se aproximó al cadáver de Achab, le desató la pata de palo, la colocó en su propio muñón y asiendo su vieja muleta probó a andar:

—¡Por vida de Satanás! ¡La muleta que fue de John Silver el Largo y la pata de caoba del capitán Achab! ¡Nunca hubo pirata tan bien provisto en toda la redondez de los siete mares!

Y riendo, reemprendió ágilmente la marcha de regreso hacia donde el bajel nos aguardaba.

Capítulo 8: El esqueleto del Capitán Achab (2ª parte)

Fue así que nos introdujimos en aquel banco de niebla y ordenó el capitán navegación silenciosa, tanto para no ser oídos desde la balandra inglesa, como para acertar a evitarla en caso de que de manera inadvertida se aproximara a nosotros.

Salvo Yoguina, que seguía asiendo con firmeza el timón y Willy y Wally que sondaban permanentemente la profundidad de agua, no fuéramos a darnos del bruces con algunos bajíos velados por la niebla, los demás permanecíamos asomados por la borda, a ambos lados de la quilla, escrutando su espesa capa, por si algún obstáculo imprevisto emergía ante nosotros y nos ponía en riesgo de colisión.

Pasaban los minutos con lentitud, sin que, pese a nuestro esfuerzo, acertáramos a columbrar algo distinto a la tupida bruma marina que nos envolvía y que, a cada instante, parecía volverse más sólida, cuando, de improviso, la proa del barco tropezó con algún obstáculo que, ni nosotros habíamos visto, ni la sonda había detectado en la forma de elevación del fondo marino.

Lo más llamativo del caso es que el sonido del impacto del casco de nuestro buque, con lo que quiera que fuera que hubiéramos chocado, no era el característico de la madera contra roca, ni el desgarrador chirrido de una quilla al hendir y hundirse en un banco de arena. Había sonado un golpe contra algo blando, podría decirse que orgánico, como si estuviéramos atravesando un inmenso y apretado cardumen de sardinas, solo que el barco había quedado aprisionado en él y detenido su marcha por completo.

La inercia de esta, pese a su escasa velocidad, nos empujó a unos contra otros y dio en el suelo con no pocos de nosotros, entre una sordina de quejas y gruñidos, mientras nos poníamos de nuevo en pie.

—¡Silencio!— volvió a ordenar el capitán.

—¿Contra qué habremos chocado? —preguntó, ansioso, Matías en voz queda—. Esto es muy raro.

—No lo sé. Lo mejor será bajar a comprobarlo —le replicó aquel en idéntico tono.

Casi por señas, se armó una expedición a la que se apuntaron los chicos y a la que el capitán, que habría de comandarla, me conminó a unirme para actuar como testigo y consignar cuanto en ella descubriéramos en el cuaderno de bitácora.

Tendimos una red desde la borda, por la que descendimos hasta depositarnos en una especie de légamo lechoso, con un fuerte olor a pescado podrido, sobre el que, más que andar, podía chapotearse. De él crecía una vegetación frondosa, a modo de manglares, por la que nos internamos, subiendo poco a poco desde la raya del agua, donde nuestro barco había encallado, pero sin pisar nunca suelo seco.

Nos movíamos despacio, trabajosamente y en silencio, porque nos sentíamos envueltos por una atmósfera solemne, casi como de catedral gótica, y por más de media hora proseguimos nuestro vacilante camino.

—No sé por qué —dijo al fin el capitán Laurel, cuya marcha era más trabajosa que la de ninguno, pues iba dando camballadas, cada vez que la punta de su muleta se hundía casi hasta la mitad en aquel fango blancuzco— tengo la sensación de que estamos en un islote, aunque de gran tamaño. Lo que me extraña es que estos manglares, o lo que sean, no parecen provenir de ninguna lengua de agua, sea dulce, procedente de algún río del interior o salada, traída aquí por la pleamar. El agua, si es que este asqueroso líquido lo es, mana desde el interior.

Las palabras del capitán fueron como una señal y los cinco rompimos a charlar, más que nada para disipar la atmósfera opresiva que se cernía sobre la isla aquella, seguros de que nadie podría oírnos desde fuera, pues la intrincada vegetación que la cubría por completo taparía el ruido de nuestras voces.

—Lady Victoria —pregunté, para deshacerme de una duda que, desde hacía horas, venía royéndome el ánimo—, ¿qué sabéis de Croma? Hablando con vuestro padre afirmasteis ser conocedores de sus desmanes y trapacerías y hasta estar concernidos ambos por ellos, y de manera bien directa.

—Es algo —replicó— que no me gustaría que se supiera de momento, así que solo os lo diré si prometéis guardarlo en secreto hasta que yo os autorice a difundirlo.

—Mi lady: soy un pozo de discreción; nada de lo que me digáis contaré sin vuestro permiso.
Tras asegurarse de que ni Iker, Lucas o el capitán podían oírnos, pues marchaban algo más adelantados, empezó su relato:

—Croma, cuyo nombre real yo también ignoro, es una prima segunda de mi abuela, la reina Talía de Minos, antiguo nombre de la isla de Crokinole. Por tradición familiar, al ser la pariente viva más próxima, estaba destinada a ser la madrina del heredero de la corona, así como su tutora y regente del reino en el caso de que sus padres murieran antes de su mayoría de edad. Mi abuelo, sin embargo, decidió romper esa tradición y encomendó esa misión a uno de sus ministros, que le inspiraba más confianza que ella. Irritada por eso, Croma esperó a los fastos que se celebraron con motivo del nacimiento del heredero real, mi madre en este caso, y la obsequió con la consabida maldición de que al cumplir quince años habría de pincharse con la espina de un extraño cactus, a resultas de lo cual, permanecería dormida hasta que la despertase el beso de algún príncipe enamorado. Al llegar el momento y, tal como la bruja tenía previsto, el accidente se produjo y mi madre se sumió en un profundo sueño. Pasaron los años sin que la situación cambiara en nada, pues no había príncipe, enamorado o no, que quisiera dejarse ver por Minos y, cuando ya mi abuelo desesperaba de haber quien heredara su trono, apareció por sus playas un arruinado aristócrata inglés, que, para restablecer su fortuna, se había dado, sin mucho éxito al parecer, al ejercicio de la piratería…

—¿Vuestro padre fue entonces pirata? —la interrumpí—. No lo entiendo.

—¿Por qué? Dicen que no hay peor cuña que la de la misma madera, o que el mayor de los furtivos con frecuencia resulta ser el mejor guardabosques.

—Sea como sea —prosiguió—, decidió probar suerte con el encantamiento y la tuvo: despertó a la reina, se enamoraron ambos y él recuperó título y crédito con las riquezas de la isla, que, para asegurarla, puso bajo el Imperio británico, obteniendo para sus antiguos reyes el de gobernadores independientes y a perpetuidad. Pasaron los años y en la ya llamada isla de Crokinole solo se respiraba felicidad, y, más aún, cuando se supo que mi madre, la reina gobernadora, estaba embarazada y se anunciaba el nacimiento de un heredero al trono.
Poco antes de que eso sucediera, una oscura noche del mes de noviembre, en que el viento azotaba las costas de la isla, levantaba olas inmensas que parecían iban a engullirla en su totalidad o doblaba y quebraba árboles centenarios en su interior, Croma, a quien mi abuelo había forzado a abandonar Crokinole para siempre, irrumpió, sin embargo, en la cámara real, donde mi madre descansaba. Le dio la dolorosa noticia de que no consideraba cumplida del todo su venganza, y añadió a su maldición un toque de cruel refinamiento: tendió a mi madre una alargada cajita de oro con la tapa abierta, en cuyo interior acolchado de terciopelo rojo se veía una larguísima y puntiaguda espina negra de cactus.

—A los cinco años de edad, tu heredero tendrá un “accidente” análogo al que tú tuviste con una espina como esta. Solo que, en esta ocasión, no habrá beso de príncipe o princesa que pueda despertarlo. He avanzado mucho en el cultivo de mis “cactus cobra” y he conseguido depurar su veneno de ese pequeño inconveniente.

Capítulo 8: El esqueleto el Capitán Achab (primera parte)

Lo que peor llevaba era la orden de silencio absoluto que el capitán Laurel había impuesto, mientras navegábamos por aquel banco de niebla. Los jirones que envolvían el navío casi hasta ensordecer el ruido de la quilla, mientras cortaba el débil oleaje, se hacían cada vez más espesos y nos impedían ya columbrar la tranquila lámina de agua por la que nos deslizábamos, empujados por la corriente. Más que navegar, hubiérase dicho que volábamos entre nubes.

Todo empezó cuando, tras constatar la falta de juicio de Pog Clinc y la inutilidad del tesoro que guardaba, abandonamos la isla y reemprendimos el rumbo nor-noroeste que nos recomendara Merlín, en busca de nuestro destino.

Acodado en la balaustrada de madera que separaba el puente de la cubierta, conversaba con Matías, mientras contemplaba cómo bromeaban Iker, Lucas y Lady Victoria.

—Con los muchos días de navegación que llevamos, es de suponer que los padres de estos chicos deben estar desesperados buscándolos. Incluso han debido ya acudir a las autoridades para denunciar el caso.

—¡Bah! —replicó él—. En cuanto a eso no es de preocupar. No olvides que estamos en el interior de la sima y en las simas el tiempo se comporta de manera caprichosa: lo que, para nosotros, son horas o días, fuera de ella son apenas minutos. Hay quienes afirman haber pasado tres días en el interior de una, sin que, para los que aguardaban fuera, hubieran transcurrido más de media hora.

—Qué curioso —dije pensativo—. Pasa lo mismo que con las historias: el tiempo no discurre igual para quienes viven dentro de ellas, que para quienes las leen u oyen contar…

Interrumpió lo que podía haber sido una notable disertación el aviso de nuestras vigías, haciendo notar que unas velas familiares se dejaban ver por la aleta de babor, cuando no hacía mucho que habíamos abandonado la rada donde El Temido estuvo fondeado.

—Es la Victoria. No cabe duda —dijo el capitán, tras observarla con un catalejo—. Está más cerca de lo que quisiera. Ha debido ceñir por la costa de la isla y solo cuando hemos salido a mar abierto se ha dejado ver porque no le quedaba más remedio. Sin duda planeaba un golpe de mano para apoderarse del bajel, sin poner en peligro a la muchacha. No le daremos ese gusto. Contramaestre: ¡a toda vela!

Dejó Matías nuestro tranquilo coloquio y corrió de un lado a otro del puente, vociferando e impartiendo órdenes que pusieron en movimiento a toda la marinería y convirtieron la cubierta en un activo hormiguero, donde cada uno de dirigía a sus ocupaciones
Emprendimos entonces una veloz huida, largando todo el trapo, al amparo de una suave brisa que henchía nuestras velas y, durante un breve lapso de tiempo, pareció que nos despegábamos del navío inglés, poniendo agua de por medio. Pronto se hizo evidente, sin embargo, que la Victoria recortaba con rapidez la ventaja que le sacábamos, hasta colocarse a poco más del largo de un tiro de cañón, momento en que lanzó un disparo de aviso. Se hundió la bala en el mar, bastante antes de llegar a nuestro buque.

—Capitán, están izando banderas de señales —advirtió la mariquita vigía.

Pegó el ojo de nuevo el capitán al catalejo y leyó el código de señales de las banderas.

—Quieren parlamentar.

—Valga, Cabo, contestadles por el mismo medio que accedemos a que un bote con no más de tres tripulantes se aproxime hasta un tiro de pistola del bergantín. Desde esa distancia podremos hablar de manera cómoda y segura para ambas partes —ordenó, dirigiéndose a los ciempiés, quienes le obedecieron con presteza.

Pronto vimos destacarse de la balandra un pequeño caique, empujado por dos remeros, en cuyo centro destacaba la imponente figura de Lord Crokinole, en uniforme de gala y luciendo un bicornio de vicealmirante, adornado con negra pluma de avestruz y ribeteado por una cinta dorada en todo su perímetro.

Cuando llegaron a la distancia acordada, el inglés, ayudándose de una enorme bocina que multiplicaba el sonido de su voz, nos gritó:

—Capitán Laurel, si me devuelve sana y salva a mi hija, secuestrada a traición por los felones piratas Iker y Benavides, prometo dejar marchar libremente vuestro navío, a donde quiera que vayáis.

Le replicó el capitán, sin necesidad de recurrir a tal artilugio:

—Creo, milord, que andáis errado en vuestras noticias. La chica no ha sido secuestrada por nadie, sino que ha venido aquí por propia voluntad. Incluso sin ser invitada.

—Entregádmela en ese caso y no se hable más.

Negó con la cabeza el capitán Laurel y contestó.

—Me temo que eso ya no va a ser posible. Pidió ingresar en la Cofradía de Bucaneros del Mar Interior y fue admitida como tal; un miembro de esta cofradía no puede ser obligado a abandonar su navío, bajo ninguna circunstancia. Son las leyes de la piratería, por las que nos regimos en este barco y que no vamos a desobedecer para dar gusto a un inglesito por muy vicealmirante o lord nosecuantos que sea.

—¿Mi hija, pirata? —gritó excitado el inglés—. ¿Qué le habéis hecho para convencerla y obligarla a traicionar de ese modo a su padre?

—¿Yo? Nada —y el capitán Laurel se encogió de hombros.

—¿Podría, al menos, hablar con ella? Solo he de creer tamaña sarta de disparates como salen de vuestra maldita boca de pirata, si mi hija en persona me los confirma.

—Por supuesto —dijo Laurel. Y dirigiéndose a Yoguina: —Haz venir a Lady Victoria.

No fue preciso, sin embargo que esta la buscara, pues ella avanzó resuelta hasta la borda de popa, donde el parlamento tenía lugar, bien que, antes de llegar, se aproximó a mí disimuladamente y, tendiéndome un pequeño pistolete, me dijo por lo bajo.

—Cuando yo os dé la señal, disparad al aire. Hacedme este pequeño favor en pago de vuestra liberación del calabozo de mi padre. Permaneced atento y llevad cuidado de no herir a nadie.

Cuando Lady Victoria se ofreció a la vista de su progenitor, este, presa de la mayor irritación, le preguntó ávido:

—¿Es cierto cuanto dicen estos sucios piratas?

—Sí —contestó ella—. Y en cuanto a limpieza, se dan los puños a probar con tus marineros.

—Entonces, ¿estás dispuestas a seguir con ellos? —volvió a preguntar el inglés, ignorando la provocación de ella.

Asintió Lady Victoria y, desconcertado, insistió:

—¿Por qué?

—Lo sabes igual que yo, papá. Estamos directamente concernidos por el propósito que les guía, y alguna culpa nos cabe del mal que pretenden evitar.

—¡Eso son paparruchas! Y, si persistes en tu actitud y sigues con ellos, te desheredaré.

—Pero, papá, no puedes. Tú solo eres albacea y administrador de los bienes de mi madre hasta mi mayoría de edad. No puedes impedir que reciba una herencia que era suya y no tuya. Leí vuestras capitulaciones matrimoniales y la copia del testamento de madre que guardas en la caja fuerte de la biblioteca de palacio.

—¡Maldita mocosa sabihonda! ¡Haz lo que te venga en gana, pero olvídate de que tienes padre! —gritó lord Crokinole, al tiempo que ordenaba con un gesto imperativo a sus marineros bogar de regreso a la Victoria.

Apenas se habían alejado unas brazas de nosotros, cuando la chica me hizo la señal convenida, así que, con la boca del pistolete mirando al cielo, apreté el gatillo.

El disparo sobrecogió a todo el mundo y, en particular, al inglés quien, asustado, se arrojó al fondo de su barca.

—No han tirado contra nosotros —apuntó uno de los marineros—. Más bien parece un disparo fortuito.

—¡Ya lo entiendo! —exclamó—. Lady Victoria ha dicho esas cosas tan horribles porque nos mantenían amenazados a punta de pistola. Al terminar la conversación, el torpe pirata que nos apuntaba ha debido relajarse y se le ha escapado el tiro. ¡Remad de prisa! ¡No quiero volver a perder de vista ese maldito bajel!¡He de recuperar a mi hija!

—Pero, ¿qué haces, Benavides? ¡Ya has vuelto a meter la pata! —me recriminaron las hadas, al sorprenderme con el pistolete todavía humeante en las manos.

Se volvieron todos hacia mí y, cuando el reproche contra mi persona amenazaba con generalizarse, se alzó serena la voz de lady Victoria.
—Yo le di el arma y le pedí que la disparara a mi señal.

—Y ¿por qué motivo, mi lady? —preguntó desconcertado el capitán Laurel.

—Para que ocurriera lo que ha sucedido: que mi padre crea que voy obligada con vosotros y se mantenga cerca de El Temido.
Y ante la muda interrogación de cuantos la rodeaban, con un gesto de fastidio como quien tiene que explicar lo obvio, prosiguió:

—De este modo, si necesitamos ayuda que, si no me equivoco sobre el peligro a que vamos a enfrentarnos, la vamos a necesitar quieras que no, podrá echarnos una mano. Y porque, además, como ya tuve ocasión de decirle a Iker, cuando la aventura termine, habré de procurarme el modo de volver a Crokinole y pienso que La Victoria es el más cómodo y adecuado que me puedo proporcionar.

—Y ¿cómo estabais tan segura de que lord Crokinole iba a reaccionar de acuerdo con vuestros designios?

—No lo estaba. Pero todo el mundo tiende a elegir la interpretación de los hechos que mejor se acomoda a sus deseos y confiaba en que él hiciera lo mismo, como así ha sido.

Suspiró con resignación el capitán Laurel y por la expresión de su rostro me da que, por primera y única vez en su vida, tuvo un pensamiento de conmiseración hacia su mortal enemigo, el vicealmirante inglés.

—Como no me fío de que Lord Crokinole deje de intentar algún golpe de mano procurando vuestro rescate, sin tener que ayudarnos, creo que lo mejor será mantener su balandra a distancia. Así que, contramaestre, ordene izar la velas. Reemprendemos la marcha a todo trapo.

—Creo —corroboró Yoguina, que no dejaba de escrutar el horizonte desde su puesto frente al timón— que lo mejor será dirigirnos hacia ese banco de niebla que se divisa hacia popa. Si logramos adentrarnos en él, antes de que nos alcance la Victoria, la perderemos por un tiempo.

—Pues allá que vamos —ordenó Laurel.

Capítulo 7: El guardián del tesoro (final)

—¡Iker! —exclamó sorprendido—. Así que al final os han encontrado. Me alegro. En cuanto a ti, Benavides, te esperan unas cuantas páginas por rellenar del cuaderno de bitácora. Y ¿quién es esa muchacha pelirroja vestida de marinero?

Nos mirábamos unos a otros, sin decidirnos a responder, cuando Lady Victoria avanzó resuelta hacia Laurel y le dijo encarándolo con orgullo:

—Mi nombres es Lady Victoria Clara de Crokinole…

—¡Cuánto honor. Una aristócrata en mi barco…! —replicó Laurel con ironía.
Parecía que iba a proseguir burlándose de la muchacha, que enrojecía de indignación, cuando al reconocer el apellido, se vio transportado por un insano ataque de furia:

—¿Crokinole? ¿No seréis pariente de Alfred de Crokinole, comandante de la balandra Victoria?

—Es mi padre —dijo resueltamente la chica.

—¡Maldita sea! ¡Rayos y centellas! ¡Por diez mil diablos! ¡Sois una infame espía de vuestro padre, que pretende a toda costa capturar mi barco! Pero no lo conseguirá. ¡Al agua con ella y que vuelva a nado a su maldita isla, si no es pasto antes de los tiburones!

—¡Al agua con ella! ¿Al agua con ella! —gritaron casi al unísono el resto de los piratas, contagiados por la cólera de Laurel.

—No puedo consentirlo, capitán —terció Iker en ese momento—. Ella nos salvó y nos ha traído hasta aquí arrostrando la ira de su padre. No podemos darle ese pago.

—Pues entonces, ¡al agua contigo también, por cien mil truenos y tormentas!

La actitud amenazante de parte de la tripulación, encabezada por la mariquita borracha, aproximándose con no muy buenas intenciones hacia donde Iker y lady Victoria se hallaban, hizo que hasta la chica, habitualmente fría y segura de sí misma, temiera un tanto por su suerte. Acudieron en auxilio de ambos Lucas y Matías y, cuando todo parecía indicar que se iba a producir un enfrentamiento de incierto resultado entre las dos facciones de los tripulantes de El Temido, la voz de Yoguina se sobrepuso al ruido que unos y otros formaban entre amenazas e improperios

—¡Quietos todos! —gritó—. Capitán, la chica ha venido a este barco de manera voluntaria, quiero decir que no está aquí en calidad de prisionera o de botín de abordaje. ¿Me equivoco?

—No —replicó Laurel—. Pero no entiendo a dónde quieres ir a parar.

—Pues a que si ha venido por su voluntad, solo puede interpretarse que lo hace como postulante para ingresar en la Ilustre Cofradía de Bucaneros de Mar Interior, ¿no es así muchacha?

—Así es —contestó ella, asiéndose a la tabla de salvación que creía percibir tras las palabras de la joven lagartija.

—Pues entonces es la propia cofradía en pleno y no el capitán quien tiene potestad para decidir si la chica puede quedarse o no. Yo voto que sí.

—¡Y yo! ¡Y yo también! —gritaron las hadas y a ellas se sumaron las gallinas y poco a poco el resto de los tripulantes, hasta que solo quedó la obstinada opinión contraria del capitán.

—El resultado es abrumador —prosiguió Yoguina—, así que proclamo a Lady Victoria miembro de pleno derecho de nuestra ilustre cofradía.

La proclamación fue acogida con el desatado entusiasmo de los mismos que momentos antes estaban dispuesto a arrojarla por la borda.

Laurel, profundamente irritado, se refugió en su camarote con un portazo, musitando para sí.

—Me da que nos hemos de arrepentir de esta decisión.

—¡Se escapa! —gritó el hada Melusina, al ver que Pog Clinc, aprovechando que la confusión del momento había relajado la atención de sus vigilantes, se había zafado de ellos, arrojado por la borda y, desde el mar, nadaba velozmente en dirección a la costa.

—¡Que alguien lo siga! ¡Al bote! —gritó el capitán Laurel, de vuelta a puente, olvidado, al parecer, del incidente con lady Victoria.

Fue esta la primera en reaccionar y seguida de las hadas, de Iker, de Lucas y de Matías, se deslizaron hasta el bote encostado al navío y emprendieron bogando la persecución del cerdo.

—¡Humm! —murmuró el capitán Laurel, contemplando cómo el esquife se separaba del bajel y acortaba la distancia con el huido—. Se llame como se llame su padre, la chica vale.

Casi dos horas tardaron los perseguidores en retornar al barco y, cuando lo hicieron, el prisionero no los acompañaba.

Interrogado sobre el particular, Matías contó la singular peripecia que había sufrido su improvisada expedición.

“No logramos alcanzar a Pog antes de que llegara la orilla, así que nos vimos obligados a seguir sus huellas por la selva, en la que se internó de inmediato. Bien es verdad que fue dejando un rastro bastante evidente, quizás a propósito. Lo cierto es que se movía con tal celeridad por lo más intrincado de la jungla que, pese a que destacamos a las hadas para que no lo perdieran de vista, ni siquiera ellas lograron darle alcance. Después, en fin, de un buen rato de persecución, vimos que se detenía en un claro, junto a un promontorio de roca que se elevaba en medio de él y ante el que el cerdo se tumbó a descansar, fatigado por la larga carrera que hasta allí lo había conducido.

—Pog Clinc no puede más —dijo exhausto—. Pog Clinc se rinde.

Llegamos junto a él y Lady Victoria y la hadas se quedaron mirando fijamente la roca:

—¡Está hueca! —exclamaron a la vez.

—Dentro tesoro. Pog Clinc entrega. Y diciendo eso, manipuló un resorte oculto no sé muy bien dónde que hizo que una enorme piedra redonda se deslizara, dando una vuelta sobre sí misma, y dejara al descubierto la negra entrada de una cueva.

Azuzados por la curiosidad y de manera quizás algo precipitada, nos introdujimos por ella y en el fondo logramos percibir, en medio de la húmeda oscuridad reinante, la silueta de un enorme cofre abierto, en cuyo interior se encendían destellos dorados por la escasa luz que le llegaba desde la entrada.

Se aproximó Lucas a él y extendió la mano para tocarlo, pero antes, al parecer, de llegar a donde se hallaba, la piedra de la boca de la caverna volvió a girar sobre sí misma y taponó la abertura, haciendo aún más densa la penumbra que nos rodeaba. Incluso a través de la gruesa roca nos llegó la voz de Pog, que se regodeaba de su triunfo:

—¡Disfrutar tesoro, disfrutar tesoro! Vosotros mucho tiempo para disfrutar tesoro—. Y se alejó riendo de la cueva.

Intentamos empujar la pesada roca que nos taponaba la salida con todas nuestras fuerzas, pero no logramos moverla ni un ápice, pues encajaba con firmeza en la abertura.

Empezábamos a desesperarnos ante la inutilidad de nuestros esfuerzos, cuando Lady Victoria nos advirtió:

—No está oscuro del todo. Por algún sitio se cuela un poco de luz. ¡Quizás la cueva tiene una segunda entrada!

Siguiendo el débil halo que, en efecto, iluminaba apenas la caverna, avanzamos, dejando a la izquierda la oquedad en que el cofre reposaba, por una estrecha galería abierta en su fondo y encontramos el resquicio por donde la luz entraba.

Para nuestra decepción se trataba de una pequeña grieta que horadaba la pared de piedra, por entre cuyas estrechas paredes ni siquiera yo en condiciones normales podría haberme escurrido.

—¡El polvo de hadas! ¿Lo lleváis encima? —exclamó Lucas, preso de súbita inspiración, dirigiéndose a ellas.

—Siempre lo llevo encima —respondió Meve.

—Pues empequeñece a Matías para que salga por ahí, vuelva a la entrada y accione el resorte que mueve la piedra.

—¡Es verdad! ¡Matías puede hacerlo! — corroboró Iker con entusiasmo.

—Sería una bonita manera de devolverme el favor por haberos sacado de la trampa colgante —insistió Lady Victoria.

Me puso Maeve los polvos y pude escurrirme por la grieta con cierta facilidad, de modo que vine a salir en la parte de atrás del gigantesco montículo de piedra hueca.

Lo que ya no resultó tan fácil fue dar con el resorte, sobre todo porque a mitad de mi búsqueda una inquietante sombra se proyectó sobre el suelo, tapando la mía. Anduve, por fortuna, rápido de reflejos y pude pegarme a la pared exterior de la cueva, ocultándome bajo un estrecho saliente, solo un segundo antes de que el ataque del halcón peregrino le llevara a arañar con sus garras el pedazo de suelo que yo había ocupado.

Se posó el ave unos metros más adelante y permaneció durante unos minutos, que se me hicieron eternos, escrutando con la penetrante mirada de sus redondos ojuelos amarillos la rendija de piedra en la que estaba oculto. Finalmente, desde dentro de la cueva, resonaros las voces de mis compañeros, inquiriendo el motivo por el que no acababa de abrir la entrada y, asustado por ellas, el halcón alzó el vuelo y se perdió por el horizonte.

Se encontraba el resorte disimulado entre unas piedrecitas del suelo, de modo que pude liberar con facilidad la roca que tapaba la entrada y los presos abandonaron la caverna, restregándose los ojos, deslumbrados por el brillante sol del mediodía, al pasar de la oscuridad reinante en aquella a la luz del exterior.

Tomamos consejo sobre lo que convenía hacer, si buscar a Pog Clinc o llevarnos el tesoro de vuelta al barco.

—Ninguna de las dos cosas merece la pena. Si Pog Clinc quiere quedarse en la isla es muy libre de hacerlo y en cuanto al tesoro… no vale nada —dijo a la sazón Lucas.

—¿Son falsas las monedas?—preguntó Iker intrigado.

—Más que eso. De hecho no sé por qué Clinc lampaba por comida distinta de las bananas. Podía haberse comido el tesoro entero: son monedas de chocolate.

—¡Bueno! Pues llevémoslas y nos las comemos nosotros.

—¡Bah! Ya están rancias —respondió Lucas, cuyo labio inferior aparecía orlado por una mancha negruzca. Y los dos se echaron a reír”.

Capítulo 7: El guardián del tesoro (2ª parte)

Se apresuró Lady Victoria a desanudar, cuchillo en mano, los nudos de la red y así que todos los prisioneros estuvieron liberados y constatamos que en buen estado de salud —por más que alguno quejoso y magullado—, nos dispusimos a dar y recibir las explicaciones correspondientes a encuentro tan inesperado por ambas partes.

Fue así como supimos que después de nuestra caída y no bien el estado de la mar dio lugar para ello, El Temido había virado en redondo y vuelto a recorrer la zona en donde suponían sus tripulantes que habíamos sido arrastrados al agua.

La falta de resultado determinó que fuera aumentando de manera paulatina el radio del círculo en que buscaba y eso le llevó a costear, por fortuna de noche, la isla circular, en la que habían visto fondeada a la balandra inglesa.

No poco trabajo costó persuadir al capitán Laurel de que no era el momento adecuado de entrar en la rada y aprovechar su inmovilidad para cañonearla, abordarla y dejarla anclada de una vez y para siempre al fondo del mar.

Convencido al fin de que lo importante para el objetivo que perseguía el viaje era hallar a Iker y de que mientras más se demorara el hallazgo, más difícil sería lograrlo, pasaron de largo y tras algún tiempo de navegación arribaron a la isla en que nos hallábamos por una bahía situada justo en el extremo opuesto de aquel por el que habíamos llegado nosotros.

Viraban ya para volver al mar, mas advirtieron indicios de que la isla no estaba deshabitada como parecía, y, pensando que tal vez podía tratarse de nosotros, decidieron dar una batida en ella por ver de hallarnos.
De ese modo, Lucas, Matías y los tres enanos se habían internado en la jungla, caminado por ella durante horas, sin encontrar a nadie y ya pensaban en volver a El Temido, cuando tuvieron la desgracia de que alguno de ellos —no estaba claro quién, pues todos se exculpaban a sí y acusaban a los demás— pisara en un lugar indebido desde el que se disparó el mecanismo que activaba la trampa de la que, de manera tan oportuna, los acabábamos de rescatar.

Se disponía Iker a narrar nuestra singular peripecia, cuando Lucas, sin dar lugar a ello y señalando a Victoria, preguntó:

—Y la marinera pelirroja, ¿quién es y de dónde ha salido?

Antes de que Iker tuviera ocasión de abrir la boca, se adelantó Lady Victoria y, con el rostro encendido por el enojo, reprendió a los chicos:

—No me parece adecuado que interroguéis a terceros sobre mí, hallándome yo presente. En cuanto a Iker, ha sido un completo grosero interesándose por vuestra historia, antes de presentarme a vosotros y dar lugar a que pudierais agradecerme cuanto en vuestro auxilio acabo de hacer. Yo soy Lady Victoria Clara de Crokinole, hija de Lord Alfred de Crokinole, gobernador de la isla que lleva su nombre y comandante de la balandra Victoria, de la Armada Real de su Majestad.

—¡La hija del comandante de la Victoria! ¡Estáis locos! ¡Cómo la habéis traído hasta aquí! —exclamó Matías alarmado.

—Si nos dejáis explicarnos unos y otros —replicó Iker, ahíto de tanto reproche—, tal vez llegaríais a saber que nosotros no la hemos traído. Más bien ella nos ha traído a nosotros.

Pudo Iker finalmente narrar toda las peripecias que habíamos sufrido desde que aquel golpe de mar nos barriera de la cubierta de El Temido, hasta el reciente y oportuno rescate de los compañeros apresados en la misteriosa trampa en que habían caído mientras nos buscaban.

—Lo que procede entonces —dijo Matías, una vez que Iker hubo concluido su relato y tras unos breves instantes de reflexión— es volver al barco y reiniciar nuestro camino. Bien que me gustaría hallar al autor de este endemoniado garlito y medirle las costillas en pago de lo que las mías han sufrido. Pero, mejor será dejarlo por ahora. Y cuando volvamos al barco, habrá que ver cómo reacciona el capitán Laurel cuando conozca la identidad de nuestra acompañante… No sé si, tal vez, fuera mejor ocultársela.

—¡Me niego! —respondió a la sazón Lady Victoria de nuevo enojada—. No tengo necesidad de ocultar nada a nadie, ni menos de humillarme escondiendo mi identidad ante un simple pirata.

—Pero, mi lady —intervine para aquietarla—, el capitán Laurel es muy capaz de dejaros abandonada en la isla.

—¡Veremos! —replicó ella arrogante.

Se encogieron de hombros los presentes ante la tozudez de la muchacha y emprendimos el regreso a nuestro navío, azuzados por las ganas de saber en qué vendría a parar el choque que de manera inevitable se habría de producir entre Lady Victoria y el capitán Laurel.

—Más nos vale caminar con precaución y mirando dónde ponemos los pies —advirtió Lady Victoria ya más calmada—. O mucho me equivoco o la trampa en que caísteis no ha de ser la única que armara quien la armó.
Asentimos todos y, en efecto, hicimos los pasos más cautelosos, aun a costa de ralentizar sobremanera nuestra marcha. No habíamos recorrido mucha distancia con aquel andar que parecía cansino, cuando casi todos a la vez notamos un leve crujido de la maleza, inequívoca señal de que no estábamos solos.

—¡A tu izquierda, Iker! —grito Lady Victoria y ambos, seguidos de Lucas y Matías, emprendieron una veloz carrera por la jungla en pos de algo que solo alcanzábamos a percibir en la forma del movimiento que su curso atropellado provocaba en la vegetación.

La carrera se detuvo bruscamente, cuando en medio de un crujido de plantas secas, oímos que nuestro perseguido exhalaba un grito de desesperación.

—¡Maldita! —le escuchamos decir—. Pog Clinc no recuerda trampa.

Llegamos los enanos y yo al punto en que los otros detuvieron su persecución, al pie de una honda fosa, antes disimulada por una capa de ramas cortadas que cubrían la boca, en cuyo fondo, un cerdo blanco de resina o cemento, al igual que la mayoría de nosotros, cubierto de pieles y con el ojo izquierdo tapado por un parche, se afanaba en vano por salir del profundo agujero al que lo había conducido su alocada huida.

Desde dentro de su fosa, el cerdito nos miraba aterrorizado, con su único ojo desmesuradamente abierto.

—Pog Clinc pide perdón honorables marineros. Pog Clinc no sabía…

Logramos sacarlo del agujero haciendo caer en el hoyo algunos troncos secos que había alrededor, por los que trepó ágilmente. Al llegar arriba hizo un nuevo intento de fuga que fue abortado por los enanos, quienes terminaron por sujetarlo con fuerza, hasta dejarlo inmovilizado por completo.

—¡Soltar Pog Clinc! —clamaba—. Si soltar Pog Clinc, Pog Clinc lleva cueva del tesoro.¡Bueno, también si dar queso! Pog Clinc mucha hambre y mucho tiempo sin comer queso, solo banana.

—Lo mejor será llevarlo a presencia del capitán. Él sabrá que hacer con este prisionero, a quien el mucho tiempo de soledad y abandono en esta isla han debido reblandecer el cerebro —sugirió Matías, ante el desconcierto evidente que las palabras y el comportamiento del cerdo habían provocado en todos los presente.

Emprendimos el camino hacia la ensenada en que El Temido se hallaba fondeado, abandonando nuestro bote salvador en la playa y, tras algunas horas de penosa marcha, no fuéramos a caer en otra de las trampas de Pog Clinc que hasta él hubiera olvidado, divisamos primero los mástiles del bergantín y finalmente su casco al completo meciéndose con suavidad sobre las olas.

Fuimos Iker y yo objeto de un cariñoso recibimiento por parte de sus tripulantes y obligados a contar una y otra vez la peripecia de nuestro naufragio, solicitados por las gallinas de la Sociedad Literaria, siempre ávidas de historias.

Ante el clamor que todos producían, hablando a la vez, riendo y felicitándose, el capitán Laurel abandonó su camarote y salió a cubierta a la vez que Matías y los enanos se dirigían en su busca conduciendo a nuestro prisionero, de manera que ambos se dieron casi de bruces, se detuvieron unos momentos, mirándose con fijeza mutuamente y, por fin, el capitán Laurel exclamó:

—¡Pog Clinc, viejo bribón, te hacía desaparecido hace muchos años, desde que el capitán Kidd te dejó en una isla para que protegieras su tesoro!

—Pog Clinc cumple órdenes. Nadie toca tesoro capitán Kidd.

—Así que fue en esta isla. Nunca supimos dónde. Kidd se llevó el secreto a la tumba.

—¡Capitán Kidd no muerto! ¡Capitán Kidd vuelve por tesoro y lleva Pog Clinc comer queso! Capitan Kidd promete Pog Clinc. Capitán Kidd siempre cumple promesa.

Solo en ese instante, se apercibió Laurel de que también estábamos en el barco, Iker, Lady Victoria y yo.

Capítulo 7: El guardián del tesoro (1ª parte)

Pese a la capacidad de resistencia, rayana en la tozudez, de que Lady Victoria Clara de Crokinole hacía gala, el sueño terminó por rendirla, como a todos. Se había pasado horas y horas manejando el timón y la vela de manera simultánea, sin consentir que la releváramos en el gobierno de una u otro ni un solo instante. Tan solo aceptaba, si amainaba algo la brisa o viraba el viento a un rumbo distinto al que ella había elegido, que ayudáramos bogando a mantener la marcha del bote.

Al final, sin embargo, vino a quedarse dormida en medio de una calma chicha que detuvo casi por completo el curso del barco e hizo inútil cualquier intento de dirigirlo. El sueño impidió que ni ella ni nosotros nos apercibiéramos de que una poderosa corriente impulsaba el esquife hasta hacerlo encallar con suavidad en los arenosos bajíos de una playa abierta. Después, la bajamar se llevó el ribete de olas mar adentro y, cuando despertamos, la barca reposaba a casi cien metros de la orilla.

—Se me hace que ni entre los tres podremos arrastrar el bote hasta hacerlo reflotar —dijo Lady Victoria contrariada—. Así que mejor aprovechamos las horas que faltan para que suba de nuevo la marea en explorar los alrededores de la playa, buscar agua y, si es posible, algo de fruta fresca, antes de hacernos de nuevo a la mar.

Ni se nos pasó por la imaginación discutir el liderazgo que de manera completamente natural había asumido la muchacha, pues tanto Iker como yo reconocíamos su mayor experiencia y superior conocimiento en aquel extraño entorno en que nos hallábamos.

Cosa distinta era la viabilidad de su plan, pues frente a nosotros, el terreno se elevaba en una escarpada montaña verde que hacía impracticable el intento de abandonar la playa.

No arredró eso a la intrépida inglesita quien, tras mirar a uno y otro lado, calibrando pensativa ambas rutas, señaló hacia levante:

—Para allá —ordenó. Y no la engañó su instinto o su capacidad de observación, pues tras recorrer trabajosamente un amplio trecho, dimos, al volver un recodo que hasta entonces lo ocultaba a nuestra vista, con un arroyuelo que, en ese punto, venía a rendir al mar sus aguas transparentes.
Bien —dijo—, el problema del agua ya está resuelto—. Si remontamos el curso del arroyo, no hemos de tardar en encontrar alguna fruta que nos acomode.

—Una cosa, mi lady —preguntó Iker un tanto inquieto—, ¿hay en esta selva animales peligrosos, de los que debamos guardarnos?

—La verdad —replicó ella con un gracioso mohín— es que no tengo ni idea, porque no sé dónde estamos. Si es como en la isla de Crokinole, solo hay que tener cuidado con los varanos y las víboras cornudas.

—¿Los qué?

—Los varanos son unos lagartos de un tamaño considerable. Llegan a tener dos o tres metros de largo y son capaces de cazar un búfalo (que, dicho sea de paso, enfadado, tampoco es moco de pavo)

—Entonces —replicó Iker temblando—, si no os importa, seguid sin mí. Yo iré a cuidar el bote, lo vaya a arrastrar la marea.

—Como quieras. Pero ten cuidado con la arena. Las víboras cornudas se entierran en ella y no hay forma de verlas hasta que no las pisas. Para entonces, ya suele ser tarde.

Se rascó Iker la cabeza, lleno de vacilaciones.

—Mejor sigo con vosotros —dijo al fin— vaya a ser que me necesitéis. Pero, ¿no sería mejor ir por dentro del arroyo?

—Sería una idea estupenda, de no ser por las sanguijuelas.

—¿Sangui qué? —preguntó el chico aún más alarmado.

—Las sanguijuelas —respondió lady Victoria, sin poder contener la risa, ante el enfado creciente del chico, que se daba ya a los demonios—. Son una especie de negros gusanos acuáticos que se te pegan a la piel y te chupan la sangre, a poco que te descuides. Los han usado médicos y barberos para sangrar a los enfermos. Dicen que así se les purifica la sangre y se les extraen los malos humores. El doctor Roberts todavía lo hace en la isla, pero yo las odio. Me dan un asco infinito.

—Pues estamos arreglados.

—¡Ah! Se me olvidaba. Si veis un platanero, antes de coger la fruta, aseguraos de que no se ocultan arañas entre los racimos. Su picadura es muy peligrosa.

—¡No te digo! —replicó Iker ya al borde del pánico absoluto, mientras una irónica sonrisa atravesaba el rostro pecoso de lady Victoria.

—Todo eso es falso, ¿verdad? Lo decís para asustarnos —preguntó el muchacho desasosegado.

—En absoluto —replicó ella con frialdad.

—Entonces, ¿de qué os reís?

—De tu miedo —y sin decir más empezó a internarse en la jungla.

Anduvimos unos metros por entre los árboles de la rivera del arroyuelo, cuando Lady Victoria, desprendiendo del cinto un cuchillo de marinero que traía a la espalda, sopesó la vegetación que tenía alrededor y dirigiéndose a un arbusto parecido al brezo que por allí había, segó de él una rama gruesa y recta, a cuya punta anudó el cuchillo con unas lianas de que se había provisto, formando un a modo de lanzón corto.

—Esto ayudará a disuadir a alguno de nuestros amigos de la selva, si se ponen pesados —dijo con humor.

—Como sean del tamaño de los que vimos frente a la cueva de los enanos, en la que desde entonces llamamos “playa de los Dinosaurios”, les puede servir de mondadientes —replicó Iker con un tono bastante más sombrío.

—¡Ah! ¡Dinosaurios! He leído historias sobre ellos, pero, en verdad, no los he visto nunca.

—Pues yo sí —contestó Iker con voz tan lúgubre que ensombreció el humor de la muchacha.

—Y eso sin contar el tamaño del Kraken —intervine deseoso de hacerme notar en aquella pelea de gallos— que ocasión tuve de medirlo bien de cerca.

—Sí. Por fuera… y por dentro —fue el comentario de Iker ante el que Lady Victoria estalló en una cristalina carcajada que aclaró en buena parte la densa atmósfera que parecía haberse instaurado entre nosotros.

Según tenía para mí, deberíamos llevar andando algunas horas, sin que las dichosas frutas hubieran aparecido o sin que las pocas que habíamos hallado merecieran la aprobación de la chica, en unos casos por su mal sabor, en otras por no estar todavía en sazón o porque, en fin, podían producir disentería.

Pensando que, si no frutas, hallaríamos tal vez alguna seta comestible, hacía rato que había dejado de mirar a los árboles, por entre los que avanzábamos en silencio, para concentrarme en buscar por el suelo, cuando en medio de unas matas rastreras percibí el movimiento sinuoso de lo que podía ser una culebra de buen tamaño. Me detuve en seco e hice que Victoria se aproximara, señalándole mi descubrimiento.

—Una pitón reticulada. Pero apenas una cría. No creo que te haga nada. El problema es…

—¿Qué? —la apremió Iker.

—La madre. No debe andar lejos.

No pude dejar de aplaudir a lady Victoria por la extensión de sus conocimientos.

—No tiene ninguna importancia —replicó ella riendo—. Como os he dicho en la isla de Crokinole no hay mucho con que entretenerse. Por fortuna mi padre posee una vastísima biblioteca… que nadie conoce como yo.

—¡Una biblioteca! —exclamé con entusiasmo—. Seguro que en ella hay libros de historias que cuentan historias de libros que preservar de la furia iconoclasta de los ratones. Precisamente en mi calidad de preservador de libros titulado…

Por el rabillo del ojo observé que Iker se disponía a poner fin con algún exabrupto a una conversación que sin duda lo hastiaba, pero no hubo ocasión para ello: en ese momento llegó hasta nosotros un rumor de quejas y una angustiosa llamada de socorro.

Corrimos los tres hacia el lugar de la jungla de donde parecían provenir los gritos de auxilio y arribamos de improviso a un pequeño claro, de forma casi circular, en cuyo centro se alzaba una enorme ceiba, de la cual colgaba una trampa en forma de red por entre cuyos nudos asomaban una pierna de muchacho, una pata y un rabo de lagartija y un gorro frigio de enano.

—¡Lucas, Matías…! Pero ¿qué hacéis ahí? —preguntó Iker con asombro.

En vez de contestar, los angustiados prisioneros se limitaron a señalar al pie de árbol, mientras gritaban:

—¡La serpiente! ¡Cuidado!

Y es que, en efecto, la que debía ser madre de la cría que poco antes habíamos visto, y que vendría a medir unos respetables cuatro o cinco metros de larga, tanteaba la forma de trepar por el tronco de la ceiba, buscando una presa fácil en los prisioneros, forzosamente inmóviles en el seno de la red.

—Coged palos, piedras o lo que sea y seguidme —ordenó lady Victoria.

Y, casi sin dar lugar a que la obedeciéramos, se lanzó gritando hacia la serpiente, mientras esgrimía el lanzón que se había fabricado.

La imitamos nosotros y, antes de que llegáramos, el reptil asustado se desenroscó del árbol y huyó en dirección a donde su cría la aguardaba.

—¡Bajadnos de aquí, por favor! ¡Nos vamos a descoyuntar! —suplicó Matías.

Satisfacer su petición no era, sin embargo tarea fácil. La forma más obvia, que implicaba trepar hasta la rama de la ceiba de la que colgaba la red y cortar la liana que la sostenía para que esta cayera al suelo, tropezaba con dos inconvenientes: la altura a la que la red colgaba, que determinaría una caída para nada liviana a quienes estaban apresados en su interior y la multitud de aceradas espinas que defendían el tronco de la ceiba hasta los dos tercios de su altura, que dificultaba la tarea de trepar por él.

Buscaban Iker y Lady Victoria el modo de afrontar el rescate, rascándose pensativos la cabeza, cuando el asunto se solucionó por sí solo, aunque quizás no de la mejor manera para todos los atrapados. La liana que sostenía la red, demasiado envejecida y desgastada, no pudo aguantar el peso, ni el movimiento con que los apresados por ella buscaban liberarse o, en su defecto, adoptar una postura más cómoda, se partió en dos con un leve crujido y dio con su contenido en el suelo, en medio de las correspondientes expresiones de alivio y satisfacción de quienes quedaron arriba y del barullo de quejidos y lamentos de quienes cayeron en la parte de abajo.

Capítulo 6: Lady Victoria Clara de Crokinole (final)

Nos arrojaron sin ningún miramiento al fondo de un oscuro y mal ventilado calabozo en el que no había manera de saber si era día o noche, a no ser que algún pájaro cantara en sus cercanías, y permanecimos en él no sé cuanto tiempo.

Se desesperaba Iker midiendo a zancadas —pocas, desde luego— el largo de nuestra prisión, cuando un murmullo de voces que provenían del exterior del calabozo, hizo que nos aproximáramos a la entrada y pusiéramos el oído.

La puerta de nuestra cárcel tenía en su parte superior una rejilla para la vigilancia de los presos que carecía de compuerta, por lo que permitía también observar el exterior desde ella. El problema era que, por la altura en que se hallaba situada, ni Iker, ni menos yo, podíamos alcanzarla.
Al final, Iker acabó por izarme sobre sus hombros y pude seguir la extraña escena que allí tenía lugar.

Lady Victoria Clara de Crokinole, portando una bandeja con un lujoso servicio completo de té, descendía por las empinadas escaleras de caracol ante la atónita mirada del único guardián que habían dejado a las puertas de nuestro calabozo.

—A nadie, por muy pirata que sea —dijo—, se le puede privar del sagrado derecho a tomar el té de las cinco, ¿no creéis?

—Por supuesto, mi Lady, y menos a sus carceleros —replicó el guardián con un guiño cómplice.

—¡Oh! ¡Disculpad! ¡Qué tonta soy! No había caído. Pero tomad una tacita y servíos de esas deliciosas pastas de la señora Huttington.

No se hizo de rogar el vigilante y bebió con fruición el té que Lady Victoria le ofrecía, al tiempo que tomaba un buen puñado de pastas que engulló sin ninguna británica flema.

Casi antes de que aquellas llegaran a su estómago, el guardia yacía en el suelo, tendido cuan largo era, sumido, al parecer, en un plácido y profundo sueño. Registró Lady Victoria sus ropas y, al poco, provista de una gran llave de hierro, se aproximó a la puerta del calabozo.

El asombro que me causó lo que estaba sucediendo me paralizó por completo y, cuando la muchacha abrió la puerta, se encontró de sopetón con Iker y conmigo, formando una torre humana. Dio este un respingo por la sorpresa, ante el que me fue imposible guardar el equilibrio y lo arrastré en mi caída, de forma que los dos acabamos en el suelo, rezongando, hechos un ovillo.

—¡Silencio, estúpidos! —chistó imperiosa Lady Victoria, por más que ninguno de los dos, todavía mudos por lo ocurrido, hubiéramos desplegado los labios.

—¡Corred! Id por esa galería de la izquierda —dijo señalando la negra boca de un túnel que se abría por donde ella indicaba—, tras algunas vueltas, os llevará hasta un embarcadero. He dejado abierta la reja que lo protege y en él encontraréis un pequeño bote de remos con una vela; ocultas bajo una lona hay algunas provisiones. Salid a remo aprovechando la bajamar hasta mar abierto, disimulados entre las muchas barcas de pesca que faenan por la ría y, una vez fuera, desplegad la vela y buscad vuestro navío.
Y, sin darnos tiempo a que pudiéramos agradecerle su gesto, emprendió veloz retirada escaleras de caracol arriba.

No dio sus indicaciones Lady Victoria a sordos o a lerdos, de modo que, antes de que acabara ella de desaparecer por arriba, nos sumimos nosotros en la galería que descendía hasta el embarcadero, bien que, como nos advirtiera, no sin girar una y otra vez sobre sí misma, en lo que parecía un laberinto de Minotauro.

Nos dábamos al diablo por el tiempo que estábamos tardando en llegar al barco prometido por el temor a que, durante él, se descubriera nuestra fuga y se organizara una persecución que, sin duda, dificultaría, si es que no hacía fracasar, el bien tramado plan de la hija de Lord Crokinole.

Creíamos ya habernos perdido definitivamente, cuando a la vuelta de un último giro de la galería, nos hallamos de improviso al pie del agua, aunque todavía en el interior del túnel y a pocos metros de donde estábamos vimos el bote, que se mecía blandamente con la corriente.

Saltamos a su interior, empuñó Iker los remos y yo el timón de espadilla que lo gobernaba y, poco a poco, nos separamos del malecón, nos situamos en el centro del canal y enseguida salimos a cielo abierto.

Tenía razón Lady Victoria en que el trasiego de atafifes, falcados, chinchorros, masteleros de gavias y otras muchas clases de barcos de transporte y pesca que pululaban por la ría, faenando en unos casos o transportando las más variopintas mercancías en otros, facilitaban nuestra fuga, máxime cuando Iker se había deshecho de la elegante casaca que le proporcionara el gobernador para acudir a la cena y ensuciado la camisa y las polainas durante el periplo por la interminable galería que tuvimos que recorrer desde nuestro negro calabozo. Había pasado así de aparentar un noble cortesano a ofrecerse a los ojos de cualquiera como miserable grumete.

Nos deslizamos, pues, por el brazo de mar, suavemente arrastrados por la resaca con que la marea alta se retiraba del interior de la isla y salimos a una gran dársena en que fondeaba la inmensa balandra de Lord Crokinole, con su amenazante fila de bocas de fuego y un gran ajetreo de marinería en la cubierta.

—¡Achís! —y el estornudo removió la lona que tapaba las supuestas provisiones de que nos había surtido Lady Victoria para facilitar nuestra huida.

—Te has constipado, Benavides —dijo Iker que, de espaldas al bote y con los ojos fijos en la balandra, en cuya borda se hallaba inscrito el nombre de Victoria en letras doradas, me atribuyó erróneamente la paternidad del estornudo.

—Mucho me temo, señor Iker, que no he estornudado yo. Ha sido el saco de provisiones —repliqué trémulo.

Se giró el muchacho incrédulo a tiempo de ver como el saco se agitaba y de su boca emergía una cascada de rizos pelirrojos cubiertos apenas por un gorro de grumete, hasta quedar fuera y ante nosotros la delgada figura de la mismísima Lady Victoria Clara de Crokinole en hábitos de marinero.

—Cuando alguien estornuda, Mr. Iker, se le dice ¡Jesús! Y podéis cerrar la boca; no os vaya a saltar dentro algún pez volador —nos reconvino la chica airada.

—Pero, ¿qué haces…hacéis aquí, mi Lady? ¿Cómo habéis llegado y vestida de ese modo? —preguntó Iker entre titubeos por el asombro.

—Son varias preguntas. Lo correcto es hacer las preguntas de una en una y dar lugar a que se respondan. Empezando por la segunda, es bien fácil: os mandé ir al bote por el camino más largo. De hecho, cuando llegasteis acababa dejarlo en el embarcadero, al que yo había acudido por una ruta mucho más corta. En cuanto al cambio de ropa, tened en cuenta que la corte de mi padre es ceremoniosa por demás y cada momento del día requiere la vestimenta adecuada. Cambiar de ropa es un ejercicio que tengo muy ensayado. Te sorprenderías la rapidez con que soy capaz de hacerlo. ¿Que por qué he venido? Pues porque la corte de mi padre amén de ceremoniosa es enormemente aburrida. La isla ofrece pocas oportunidades de distracción, como él mismo dice, de modo que participar en vuestra aventura y conocer a esas criaturas maravillosas con las que navegáis y a las que habitan en la Sima Desconocida es una tentación demasiado poderosa para una romántica incurable como yo.

—Pero, replicó Iker, vuestro padre pensará que os hemos secuestrado y nos perseguirá con encarnizamiento.

—Sin ninguna duda, darling —contestó ella con frialdad—. De todas formas tal persecución era inevitable. Una vez mi padre ha tenido constancia de que El Temido anda merodeando las aguas de la isla, no habría de tardar mucho en hacerse a la mar para enfrentarlo, pero, mientras piense que estoy en vuestro barco, no tratará de hundirlo y, tal vez, su presencia pueda ser de ayuda, si hay que luchar con los sicarios de esa Croma o como se llame. Por otra parte, necesitaré algún medio para volver a la isla cuando la aventura acabe y no se me ocurre otro mejor que la Victoria…

Y añadió:

—Además, según os he visto manejar el bote, vosotros solos no tardaríais en iros a pique, si no halláis ballenas jorobadas que os remolquen. Precisáis de alguien que sepa navegar a vela y conozca estas aguas para escapar de la persecución de Lord Crokinole y encontrar vuestro barco.

Y sin dar lugar a más plática ni a que nosotros acabáramos de cerrar la boca, izó la vela, asió el timón y puso proa a mar abierto.