Capítulo 5: La cueva del Microcosmus (2ª parte)

Transitábamos ya casi por el centro del paso entre ambos, cuando notamos una gran agitación bajo la quilla y una torre de espuma emergió justo delante de nosotros. De la horrible cabeza que la coronaba surgieron dos  larguísimos tentáculos que se enrollaron en cada una de las rocas, formando con el cuerpo una infranqueable barrera, al tiempo que una decena de brazos algo más cortos trepaban por la borda y tanteaban en la cubierta como a la búsqueda de algo, deteniendo por completo la marcha del barco.

—Matías —gritó con desesperación el capitán—, arme a a la tripulación con hachas y espontones y vamos a hacer rodajas los brazos de ese calamar o lo que sea. Nos servirán de cena esta noche. ¡Iker, Lucas, al sollado, como habíamos convenido!

—¡Pero, capitán…! —protestaron estos.

—¡Si no os marcháis inmediatamente os haré juzgar por insubordinación!

Tuvieron los chicos que plegarse a la autoridad del capitán y, de mala gana, bajaron a ocultarse, en tanto el resto de los tripulantes se armaba siguiendo las indicaciones del pirata.

—¡Benavides, no te quedes ahí parado como un lelo y ayuda!

La orden de Melusina resonó con tal firmeza que, sin saber muy bien lo que hacía, ni dar resquicio a que pudiera oponerme, me vi de súbito con un hacha de abordaje en las manos corriendo hacia uno de aquellos horribles tentáculos que serpenteaba ciego por entre las tablas.

Lo golpeé con toda la fuerza que fui capaz de imprimir al hacha, pero en vez de conseguir que esta lo seccionara, rebotó contra la coriácea piel que lo cubría y escapó de mis manos, yendo a parar unos pasos más atrás de donde, ya indefenso, en esos momentos me encontraba.

Se elevó hacia donde yo estaba la punta negra de aquel tentáculo, provisto de rosadas ventosas, y, sin darme tiempo a huir, hizo presa en mí y me rodeó con fuerza, dejándome incapacitado para cualquier movimiento.

—Mr. Benavides, be strong!

Widerstenhen Sie!

Procedían las voces de aliento de dos muñecos de cuyos cuerpos troncocónicos de cemento emergía una cabeza con forma asimismo de tiesto de flores invertido y a los que se unían por medio de cordeles unos a modo de manos y piernas de la misma forma, pero más pequeños. Se trataba de Mister Tim y Frau Tina, la singular y veterana pareja de Villa Vidinha que, cuando no ejercían de piratas, daban amablemente la bienvenida a sus visitantes al pie de la escalera que conducía a la entrada principal, en calidad de mayordomo y ama de llaves de la casa, según acreditaban sus respectivas indumentarias.

Se lanzaron ambos con determinación contra el monstruo, provistos de sendas hachas con las que golpearon varias veces el tentáculo que me apresaba, con bastante más fuerza de la que yo empleara, aunque con no mucho mejor resultado.

Tan embebidos estaban en su noble y valeroso intento de liberarme que casi no se apercibieron de que otros dos brazos de la bestia se aproximaban a ellos por su espalda y terminaron también por apresarlos:

Achtung, darling! —gritó frau Tina, aunque ya demasiado tarde.

De improviso, los tres gigantescos apéndices se izaron a la vez y sus presas fuimos transportadas hacia la cima de lo que nos había parecido antes torre de espuma, en la que una boca de grandes proporciones se abrió como la negra entrada de una caverna, dejándonos caer dentro, sobre una superficie mullida y gelatinosa.

Caímos los tres juntos en un amasijo de piernas y brazos y, cuando intentábamos ponernos en pie, la superficie aquella se elevó hacia la curva bóveda de la gruta, al tiempo que una sustancia amarillenta la volvía resbaladiza en extremo, hasta el punto de hacer que nos deslizáramos irremisiblemente por el todavía más oscuro agujero que se abría a su fondo.

Tras una prolongada caída libre a lo largo del fétido túnel, vinimos a dar en una enorme concavidad de paredes y suelo blandos y techo altísimo, iluminada por verdosa fosforescencia, en un extremo de la cual brillaba también una luz blanca.

Así que pudimos rehacernos de la caída y ayudándonos mutuamente a caminar por la inestable superficie de la nueva caverna nos dirigimos, de manera casi instintiva, hacia aquel punto de luz.

La tal superficie estaba inundada de un líquido verdoso que apenas nos cubría los pies y en el que sobrenadaban toda clase de pintorescos objetos: restos de velas y cabos, maderas, cabillas de timón, platos y cubiertos, armas variopintas y hasta algún libro.

Chapoteando en aquel caldo repulsivo y esquivando de cualquier forma los enseres que sobre él flotaban, llegamos al lugar de donde provenía la luz y en el que, para nuestra sorpresa, hallamos, iluminada por un fanal de barco, la figura de un anciano de luenga barba blanca y muy crecidas greñas asimismo canosas que, sentado a una mesa de tres patas, escribía sobre pergamino con una pluma de ave.

—¡Vaya! —exclamó así que se apercibió de nuestra presencia al levantar casualmente los ojos de su escrito—. No es frecuente recibir visitas en este lugar. Pero no creáis que sois los únicos. Me consta que el primero en pasar por aquí (de eso debe hacer ya bastante tiempo) fue un profeta antiguo. Tenía la costumbre de solo prever desgracias, hasta el punto de que sus coetáneos llegaron a pensar que, en realidad, las atraía; así que en una travesía por mar donde las cosas empezaron a ponerse feas, la tripulación decidió tirarlo por la borda para evitar que el barco entero se perdiera. Nada más llegado al agua, el monstruo se lo tragó. Dicen que solo pasó aquí tres días, pero tengo para mí que debieron ser bastantes más. No se sale del vientre de este bicho así como así. También pasaron por aquí un viejo carpintero y su hijo, un chico de cabeza tan dura que parecía hecha de madera y al que, de vez en cuando, la nariz le crecía de un modo extraordinario…

—¿Y tú quién erres? —preguntó la voz tajante de Frau Tina con su inseparable deje gutural.

—Eso, who are you, Sire?—corroboró el británico acento de Mr. Tim.

—Mi historia es larga —replicó el anciano—, pero como aquí dentro el tiempo cuenta poco porque hay poco que hacer, creo que podré entreteneros un rato con ella. Mi nombre —prosiguió diciendo— es Pierre Denys Pontoppidan y soy de profesión malacologista, que en román paladino viene a querer decir que me dedico al estudio de esos seres misteriosos y fascinantes que son los moluscos y, en particular, los llamados cefalópodos. Desde pequeño me sentí atraído por las historias que los marineros contaban del mayor de estos animales jamás vistos: el kraken. Recogí sobre él cuanto material pude hallar, en forma de descripciones científicas, como la de Linneo, que lo catalogó en la primera edición de su Systema Natruae con el nombre de Microcosmus Sepia. Ignoro por qué, aunque alguna sospecha me ronda al respecto, lo excluyó de la segunda edición de su libro. Compilé también simples cuentos, leyendas y rumores y con todo ello compuse una gigantesca Historia Natural del Kraken, en la que recogía la noticia de ser el responsable del hundimiento en una sola noche de siete barcos americanos frente a las costas de Florida. Mi obra tuvo un eco sin precedentes: universidades y sociedades científicas se me disputaban y no paraba de impartir en ellas charlas y conferencias muy bien remuneradas. Mas en mi propio éxito se cimentó también el principio de mi desgracia: la envidia, que impregna toda actividad humana, se agudiza en los cenáculos académicos e intelectuales, de donde debiera haber sido erradicada para siempre. Un grupo de malacólogos, celosos de mi fama, sobornaron a tripulantes supervivientes de los barcos hundidos en Florida, quienes testificaron que su naufragio trajo causa en una súbita tormenta tropical, desatada de improviso sobre tales lugares. ¡Una tormenta tropical! ¡Valiente sandez! Pero lo cierto es que mi celebridad se esfumó tan deprisa como había llegado y me hallé en poco tiempo pobre, hambriento y despreciado por todos los círculos científicos que antes me aplaudieron. Pudieron tramar mi ruina, mas no pudieron doblegarme, ni consiguieron que abjurara de mis convicciones. Invertí el poco dinero que me llegó de una inesperada herencia en botar un pequeño balandro y me hice navegante solitario; crucé todos los mares conocidos y algunos ignotos y, tras muchos años, obtuve al fin mi recompensa: el Microcosmus engulló mi barco y a mí con él y, desde entonces habito su interior, escudriño sus secretos y compongo con ellos la obra definitiva sobre el monstruo del Leviatán, sobre el abominable Caribdis, sobre la suma, en fin, de todas las gigantescas y terribles criaturas marinas. Mas no perdono a la humanidad que, incrédula y envidiosa, me despreció y humilló. Tengo determinado que no se ha de beneficiar de mis descubrimientos. Hay saberes que los hombres no merecen, así que los profundos y maravillosos secretos del Kraken jamás verán la luz; permanecerán por siempre aquí, pues es justo que nunca abandonen el estómago mismo de su dueño. Mas decidme —preguntó el viejo, mudando de súbito de asunto—, ¿quiénes sois vosotros y qué habéis venido a hacer aquí? ¡No pretenderéis destruir esta magnífica criatura, sin par en la Naturaleza!

—Nosotros solo querrer salir limpiamente de kraken y salvar barrco —replicó frau Tina.

Of course, Sire —corroboró Mr. Tim.

—Bueno —replicó Pontoppidan pensativo—, de aquí salir se puede, como hicieron el profeta, el carpintero y su hijo. Yo conozco al menos dos vías para eso, pero ninguna de las dos es limpia. Aunque, al menos, una de ellas os ayudará también a salvar el barco.

—Si Herr Pontoppidan tenerrr amabilidad explicarnos plan, nosotros luego hacer mucho deprisa.

—¿Está armado vuestro barco?

—Yes, Sire, ¡con diez cañones por banda!

—Tendremos entonces que aumentar la temperatura en ese punto del estómago del monstruo —dijo el anciano señalando hacia una protuberancia que sobresalía de un pliegue de la pared blanquecina de la caverna—. Cuando la criatura note el calor liberará el barco por unos momentos, sumergiéndose en busca de agua fría, mas no ha de tardar mucho en emerger de nuevo para volver a atrapar su presa. Si vuestros amigos aprovechan el momento para lanzarle una andanada que logre hacerle algo de daño, el monstruo intentará ocultarse y emprender la huida y ahí tendréis la oportunidad de escapar.

—¿Cómo? —pregunté un tanto escéptico ante un plan que se me antojaba bastante disparatado y sujeto a múltiples imponderables que podrían hacerlo fracasar y que el animal se hundiera para siempre con nosotros dentro.

—Solo tenéis que prender un fuego en la protuberancia y correr después hacia la galería que veis a vuestra izquierda. Si todo sale como espero, desde ella hallaréis la forma de dejar al monstruo.

—Pero, ¿con qué vamos a encender fuego? Además está todo mojado. Tardará mucho en arder cualquier cosa que pretendamos quemar —objeté de nuevo.

—Un poco de fe, mi escéptico amigo —replicó el anciano—. Ahí tengo yesca y pedernal con que podréis prender esas tablas que flotan en el suelo. En cuanto a la humedad, proviene del líquido que hay en él. Es ácido y bastante inflamable, así que de lo único que tenéis que preocuparos es de no salir ardiendo también vosotros.

—En cuanto a eso —dijo Mr Tim—, no problem. Nosotros no combustibles.

Tomó el mayordomo la yesca y el pedernal que el viejo nos tendía y en poco tiempo hizo prender una llama azulada en unas madera, cubiertas de algas muertas, que frau Tina había acumulado junto a la protuberancia.

Nos encaminamos, siguiendo las indicaciones del viejo, por la galería en cuestión que resultó ser extremadamente corta y desembocar en un negro agujero que no dejaba adivinar lo que ocultaba en su fondo.

Notamos de pronto que el animal se sumergía, de lo que colegimos que había liberado al barco, mas pronto volvió a subir buscando la superficie para hacer de nuevo presa en él.

Los cañones de una de las bandas de El Temido retumbaron con estruendo y percibimos una fuerte sacudida en la criatura, que empezó a sumergirse de nuevo. De lo profundo del agujero que se hundía a nuestros pies vimos entonces emerger una marea negra proyectada hacia arriba con enorme fuerza.

—¡Es la tinta! ¡Saltad! —grito Mr. Tim al tiempo que nos arrastraba al chorro de líquido negro, el cual nos empujó violentamente al exterior del monstruo y hasta nos elevó por encima de la superficie del mar, a la que volvimos a caer, a pocas brazas de nuestro barco, la boca de cuyos cañones de la banda de babor podíamos ver humear todavía.

Estaba tan aturdido por la increíble peripecia que acabábamos de vivir que, mientras sobrenadaba en la oscura mancha, a la espera de que nuestros compañeros vinieran a rescatarnos, solo una idea se me pasaba por la cabeza:

—¡Lástima de tinta! —pensaba—. ¡La de libros que se podrían escribir con ella!

Capítulo 5: La cueva del Microcosmus (1ª parte)

El pequeño gabinete de crisis, compuesto por Laurel, Yoguina, las hadas, Matías y los chicos, al que yo había sido invitado a participar en calidad de observador por la insistencia de las lagartijas, se reunió en la estrecha cámara, situada bajo el puente, donde el capitán se retiraba a descansar de vez en cuando.

La estancia, más espaciosa en apariencia de lo que en realidad era, merced a la luz que la inundaba procedente de una vidriera de cuarterones de tres hojas, estaba dispuesta longitudinalmente con respecto a la eslora del navío. Una mampara de madera la dividía en dos mitades: en la más hacia proa tan solo se veía un modesto catre, provisto de un delgado jergón de paja y un viejo baúl forrado de cuero, ya muy agrietado; la mitad de popa la amueblaban una delgada mesa clavada al suelo y unas cuantas sillas, que servían de comedor para el capitán y la oficialidad o de sala de consejos.

Mas, apenas nos dispusimos todos alrededor de ella, con el objeto de decidir el curso de nuestras acciones ante la, al parecer, peligrosa situación a que la calma chicha podía conducirnos, cuando resonó de nuevo la voz de la mariquita vigía:

—¡Capitán!..¡Hip!..¡Estamos recuperando el rumbo!

Corrimos todos hacia las vidrieras y pudimos comprobar que, en efecto, la popa se deslizaba sutilmente hacia estribor, señal de que la proa enfilaba con decisión el rumbo adecuado.

—Es lo que yo dije—apuntó Yoguina—. Son sinuosidades de la corriente.

—No estaría yo tan seguro —replicó Laurel con gesto preocupado—. Bien puede tratarse de otra cosa. Una situación terrible, me temo.

Y, ante la muda interrogación que advirtió en los rostros de todos los presentes, prosiguió:

—Un lejano antepasado mío, navegante empedernido por este y otros siete mares, se vio en una ocasión ante un angustioso dilema que los dioses del mar le propusieron: navegar hacia estribor con el riesgo de que enormes torbellinos de agua hicieran naufragar su embarcación y perderse él y toda su tripulación, o hacia babor y afrontar el destino inevitable de que un horrible monstruo devorara a una parte de ella. Así, creo que las oscilaciones de la corriente son el modo en que a nosotros se nos propone el mismo dilema. Si no hacemos nada, el extremo levógiro del torbellino nos llevará al centro del Maelstrom en el que quizás podamos salvar el barco o quizás no y vayamos todos a pique. Si, antes de que cambie de nuevo el rumbo de la corriente, amuramos foques e izamos la cangreja, no me cabe la menor duda de que una brisa de popa, o puede que un viento huracanado, nos ha de empujar por babor hacia las fauces de un terrible ser que pondrá en peligro cierto la integridad de alguno de nosotros.

—Y, ¿qué hizo tu antepasado? —preguntó ávido Lucas.

—Sacrificó a unos pocos por el bien de todos. Perdió la mitad de los marineros.

—¡Oh! ¡Sí! —intervine sin que nadie me hubiera preguntado y sin poderme contener—. Esa historia, o una parecida, se cuenta en…

—Ya te vale, Benavides —me interrumpió, como siempre, Maeve—. No está el horno para bollos eruditos.

—Lo importante —dijo un hasta entonces taciturno Iker— es decidir qué vamos a hacer nosotros.

Yoguina se adelantó a todos:

—Lo mismo que el antepasado del capitán. Si la nave se va a pique nuestra misión fracasará de todas todas. Si algunos sobreviven, podrán completarla. Por ello, sugiero que hagamos lo posible por mantener nuestro rumbo originario, siguiendo las instrucciones de Merlín y procuremos a toda costa preservar a Iker y a Lucas, que son los verdaderamente imprescindibles para que esta tenga éxito.

—Y ¿cómo haremos? —la interrogó el capitán Laurel.

—No sé —replicó ella—. Cuando conozcamos la naturaleza del peligro que hemos de afrontar, será el momento de decidirlo.

Protestaron con energía Iker y Lucas, alegando no necesitar ningún tipo de privilegio, ni protección especial y estar dispuestos a enfrentarse con lo que quiera que fuera a pie firme y hombro con hombro con el resto de los miembros de la tripulación, pero Matías intervino para convencerlos:

—Si vosotros no llegáis a la Playa de los Dinosaurios, cualquier sacrificio, amén del vuestro, habrá sido inútil. Así que en agradecimiento al de quienes no logren sobrevivir al peligro que nos aguarda, si alguno no sobrevive, deberíais seguir el plan de Yoguina.

Aceptaron los chicos, aunque a regañadientes, y, terminado el consejo, salimos a dar cuenta de lo tratado al resto de los tripulantes, que con gran expectación aguardaba en cubierta.

Los restantes piratas, antiguos pacíficos habitantes de Villa Vidinha, respaldaron con entusiasmo la propuesta que el capitán Laurel sometió también a la consideración de todos y, sin más tardar, Matías ordenó amurar los foques del bauprés e izar la cangreja, por más que en ese instante seguía sin moverse ni una brizna de viento.

No bien ejecutada la maniobra, notamos que las velas desplegadas comenzaban a henchirse por lo que nos pareció al principio una brisa ligera. Pronto, sin embargo, se transformó en un más que mediano lebeche que empujó alegremente a El Temido en dirección nornordeste, su rumbo originario.

Avanzaba el velero cada vez más de prisa hasta que se hizo notorio que su velocidad excedía a la que podía desarrollar por el mero impulso de viento sobre las lonas.

—¡Arriad las velas! —ordenó el capitán—. La velocidad a que el barco se mueve es señal de que no solo nos empuja el viento, sino también una fuerte corriente marina. Si seguimos así, perderemos el control de la nave.

El grito de la mariquita rasgó el manto de silencio que se había apoderado de todos nosotros:

—¡Hip!… ¡Tie… Tierra a la vista por babor!

Corrimos todos hacia la borda de babor y, apretujados en ella, vimos cómo, en la distancia, emergía de la mar lo que parecía un elevado promontorio de roca, en torno al cual batían las olas, rompiendo en remolinos de agua y espuma.

—¡Tierra también a estribor! ¡Hip! —volvió a gritar la vigía.

Al otro lado, en efecto, se alzaba otro promontorio, gemelo del primero, en tanto el barco enfilaba la proa justo al punto intermedio entre ambos, transmitiendo la sensación de que podríamos eludirlos sin mayores dificultades.

—Parece demasiado fácil —musitó Yoguina en ese instante, casi más para sí misma que para el resto de la tripulación.

Asintió el capitán Laurel:

—Nunca he oído hablar de este paso, ni lo he visto recogido en ninguna carta marina. Por otra parte, la proximidad de las dos rocas permite abrigar la sospecha de que ambas estén unidas por debajo de la superficie y el espacio entre ellas, a que parece dirigirnos la corriente, bien pueda estar poblado de peligrosos bajíos que nos hagan encallar. Sería quizás más prudentes intentar orillarlas por un lado o por otro.

—Pero no podemos apartarnos de la corriente. Navegamos con las velas arriadas y carecemos de remos con que cambiar el curso —advirtió Matías.

—Sondad por la proa —ordenó el capitán.

Al mandato de Matías, Willy y Wally intentaron medir la profundidad de mar, cuando nos hallábamos ya en las inmediaciones del paso.

—¡Capitán —gritó el primero—, la sonda se agota sin haber tocado fondo! ¡Debe haber más de cien brazas!

—En ese caso —replicó Laurel— tal vez no sea tan complicado pasar por en medio. Pues tenemos viento de popa, largad velas y que se acabe cuanto antes este mal trago. Me inquieta, no sé por qué, la negrura del agua entre los dos promontorios.

Capítulo 4: Un velero bergantín (2ª parte)

—¡Soltad amarra de sotavento! ¡Levad anclas! —la voz de Matías resonaba por toda la cubierta con matiz menos aflautado del habitual—. ¡Amurad los foques del bauprés! Yoguina, ¡cuarta del timón a estribor! ¡Enanos, Willy, a lo bicheros y apartad la proa del pantalán! Cavo, Valga: ¡izad drizas y tensad escotas de la cangreja! ¡Navegamos de ceñida hasta la bocana del puerto y después avante a toda!

El fiel seguimiento de las órdenes de Matías y la pericia de Yoguina con el timón hicieron que con un ligero cabeceo, El Temido abandonara lentamente el abrigo de la dársena, enfilara la proa a través de la bocana y se lanzara en fin a navegar en mar abierto.

Apenas dejamos atrás unos peligrosos bajíos próximos a aquella, Matías ordenó soltar el trapo. Empujada por una recia brisa de popa, la quilla parecía más sobrevolar que cortar el agua; el bergantín avanzaba a toda vela, mientras la luna rielaba en el mar y el viento gemía en la lona, alzando blandas olas de azul y plata.

—¡Esta noche me trae a la memoria la primera vez que atravesamos el estrecho de los Dardanelos! —exclamó melancólico el capitán Laurel, quien, tras retirarse por unos instantes a su cámara, acababa de reaparecer en el puente.


—Navegábamos con Asia a un lado, Europa al otro y, al frente, las tenues luces de Estambul —prosiguió, mientras se alejaba de mí golpeando rítmicamente con su muleta las tablas del puente y tarareaba una cancioncilla, cuya letra yo desconocía y de la que ya no me acuerdo.

Al amanecer, el tiempo había cambiado. El viento de popa, que hinchó las velas durante toda la noche, dio paso a una calma chicha que las aflojó, dejándolas colgar fláccidas bajo sus vergas, detuvo la hasta entonces alegre marcha del navío y fió su rumbo al capricho de las corrientes marinas.

Como, en principio, la corriente seguía impulsándonos con dirección nornordeste, que coincidía con el rumbo que Yoguina había trazado, nos tomamos la situación como un mero respiro y, sin preocuparnos demasiado por ella, cada cual en el barco se entregó al ocio que más le plugo.


—Benavides —me sorprendió por detrás la voz chillona de Petra, mientras, subido en la tapa de un medio barril que rodaba por el puente para oficiar de banqueta y acodado en la borda, contemplaba pensativo el calmo mar turquesa—, nos debes uno de tus libros desde hace días.


—¡Oh! ¡Sí! —repliqué—. Lo prometido es deuda. Y este es un momento tan bueno como cualquier otro para saldarla, si a las señoras gallinas les parece.

—Desde luego —asintió Petra—. Y ¿qué libro nos vas decir?

—Una novela negra.

Quedaron un tanto desconcertadas las gallinas y tras una breve pausa, Purpurina preguntó extrañada:

—¿Y por qué está pintada de ese color tan raro? No se verá nada. ¡Mejor harían en pintarla de rosa!

—Entonces sería otra cosa distinta —contesté, sin querer ir más allá en mis explicaciones.

—¡Pues de color arcoíris! Se vería mucho más alegre —volvió a sugerir Purpurina.

—¡Ejem…! Me temo que también cambiaría mucho.

Intervino Petra en ese momento, con un gesto displicente hacia la primera:

—¡Pero qué ignorante eres! Se llaman novelas de negras porque las protagonistas son gallinas de Guinea, como nosotras. ¡Me encanta! ¡Gracias, Benavides!

El dictamen de Petra entusiasmó tanto a sus compañeras que las tres, excitadísimas, se pusieron a hablar a la vez y elevaron progresivamente el tono de voz hasta dar en un concierto de agudos e ininteligibles cacareos.
Aprovecharon el resquicio que el momentáneo descuido de sus madres les permitía los inquietos polluelos, abandonaron sus respectivos regazos y se diseminaron por el puente alborotando a su sabor, trepando entre las cabillas de la rueda del timón o subiéndose a un rollo de cabo acalabrotado que reposaba en el suelo. Amenazaban ya con invadir la cámara en que dormía el Capitán Laurel y provocar, si lo despertaban, una auténtica tragedia griega, cuando las gallinas reaccionaron y, con no poco trabajo, lograron devolverlos a sus lugares de partida.

—Me temo, señoras, que están muy equivocadas —dije cuando se restauró la calma y las gallinas, todavía jadeantes por el esfuerzo, se recostaron sobre las tablas de la cubierta—. Se llaman novelas negras a las que tratan de crímenes, asesinatos y cosas por el estilo.

—¿Asesinatos de gallinas? —preguntó extrañada Perla—. ¡Pues como no sea para hacer caldo…!

—No. Asesinatos en general —respondí ya al borde de agotar la reconocida “paciencia Benavides”

—Asesinatos en general. ¡Qué buen título para una novela negra de esas!— asintió Petra reflexiva—. ¿De qué va?

—No, señoras, no. Yerran de nuevo —dije mientras resoplaba con resignación—. Se titula Los crímenes de Alicia.

—Y, si ya sabemos quién es el asesino, ¿qué interés tiene? —inquirió Purpurina con displicencia.

—Bueno —repliqué—, en realidad Alicia no mata a nadie. Es solo la protagonista de una divertida historia en que persiguiendo a un conejo, encuentra una finca llena de personajes singulares que decide llamar “El País de las Maravillas”.

—¿Algo así como Villa Vidinha? —me interrumpió Perla.

—Quizás un poco más grande —repliqué—. En otra ocasión, cruzó de lado un espejo y se encontró de nuevo con otros extraños seres de esos. Pero en el libro que voy a decirles, si me dejan, no se cuentan tales historias.

—¡Oh! ¡Sí! Dilo ya, por favor. ¡Estamos impacientes! —suplicaron las gallinas al unísono.

Obedeciendo sus ruegos les “dije” el relato de un autor argentino que narra los crímenes ocurridos en el seno de una sociedad dedicada a estudiar la obra de Lewis Carroll, el autor de Alicia… Al terminar, al cabo de casi tres horas, Perla, tras un breve instante de reflexión, dijo:

—La verdad, no se me alcanza qué tienen que ver los crímenes esos con el libro del País de las Maravillas, ni siquiera con quien le contó tales historias a Alicia, ni menos, con ella misma.

—¡Bueno! —sugirió Purpurina—. Es como si contara lo que ella habría visto si, al entrar en el espejo, hubiera vuelto la cabeza y mirado hacia atrás.

—Es una forma de verlo, sí —repliqué.

—De todas formas —zanjó Petra ante mi desconcierto—, el libro ese se me antoja muy poco “ficciosímil”.

En ese momento, la vigía subida a la cofa del palo de mesana —una anodina y silenciosa mariquita con camisa de franela roja con lunares negros y negro pañuelo a la cabeza, con la que resultaba imposible mantener una conversación de dos minutos sin que intercalara en ellos más de cincuenta hipidos, productos de su desmedida afición al grog— gritó con voz estentórea:

—¡Está virando la proa! ¡Perdemos…¡hip!… el rumbo!

—¡Maldita mariquita borracha! —replicó el capitán Laurel—. ¡Ya has vuelto a darle al grog!¡Cualquier día de estos te mando pasear por la tabla!

—Me temo, capitán —intervino a la sazón Yoguina—, que, en este caso, la vigía está en lo cierto. Estamos perdiendo el rumbo.

—Pero, ¿por qué? —preguntó desconcertado Matías, que acababa de sumarse a la conversación—. Seguimos en calma chicha.

—No sabría decirlo —replicó la piloto—. Pudiera tratarse de una más o menos leve sinuosidad de la corriente… ¡Oh, Dios mío…!

—¿O qué? —interrogó preocupado Laurel.

—O estamos entrando en el extremo levógiro del pequeño Maelstrom que hay en el centro del Mar Interior y de cuyo peligro nos advirtió el Mago.

Capítulo 4: Un velero bergantín (1ª parte)

En aquellos momentos pensaba que todos los habitantes de Villa Vidinha se habían vuelto locos de remate o les habían sorbido el seso el viejo barbián de Merlín —o Morlán o como, en verdad, se llamase— y su troupe de decadentes saltimbanquis.

Hasta donde yo llegaba, no había en Villa Vidinha, en plena campiña de Guadalajara, mar, ni lago en que emprender ninguna singladura a bordo de un barco de vela. Quizás algún pantano, pero, que yo supiera, quedaba bastante lejos de allí.

Tampoco acertaba a explicarme cómo, si el supuesto mar nacía en el interior de una sima, podía emerger para que una de sus orillas pudiera hallarse junto a la tapia del jardín, al pie del viejo laurel de copa redondeada, donde Iker se detuvo en su reencuentro con Villa Vidinha y preguntó a Matías si aún les hacía navegar. Y menos lograba entender, en definitiva, que una criatura de la sensatez e inteligencia que acreditaba Yoguina se dejara embaucar por tanto embeleco, procediera este de los vecinos del Green Garden o del bergante del mago manipulador, que delante mismo de nuestras narices nos había hecho ver la función del circo de manera tan diferente a como en realidad había ocurrido.

Cuando, en cualquier caso, y mientras regresábamos a casa después de ella, osé expresar mis prevenciones en voz alta, solo Melusina, en medio del entusiasmo desatado por la propuesta de Merlín en el resto de sus compañeros, me puso algún asunto. Se detuvo un instante meneando la cabeza como con conmiseración y me dijo:

—Serás muy leído, Benavides. ¡Pero qué poquito sabes de la vida…!

Fue así como, casi sin quererlo, me hallé a la noche siguiente haciendo cola, en compañía del resto de los habitantes del Green Garden, para trepar por el tronco del laurel de copa redondeada hacia no sabía bien dónde. Ya antes había visto subir a Yoguina, Matías y los chicos, quienes debidamente reducidos de tamaño por las hadas, habían hecho acto de presencia en el trastero de techo inusualmente bajo que comunicaba con la casa.

Se movían todos como presa de gran agitación y subían por el liso tallo del árbol con una agilidad pasmosa, impropia de las anatomías de que gozaban la mayor parte de ellos.

No fue mi caso, sin embargo. Cuando me llegó el turno de trepar noté que la escasa longitud de mis brazos impedía que pudiera rodearlo por completo y, en consecuencia, no hallaba punto de apoyo desde el que impulsar hacia arriba mi cuerpo con las piernas. 

  Después de tres o cuatro intentos vanos, en los que acabé en el punto de partida, tras deslizarme hacia abajo, sin poder aferrar el tronco en modo alguno, me vi de súbito alzado por una extraña fuerza que tiraba de mí desde la trabilla del pantalón, izándome entre ridículas oscilaciones. En una de estas reconocí a las hadas como las  propulsoras que me elevaban entre el jolgorio general de mis compañeros.

Empujado por ellas, atravesé la densa copa del árbol, de cuyo verde follaje emanaba un intenso perfume agrio y fui a dar con la baldeada cubierta de un barco velero que se mecía suavemente sobre las blandas olas de un mar turquesa, amarrado al blanco malecón de un muelle que parecía del todo idéntico a la tapia este del jardín.

El barco, a primera vista muy marinero, tendría unos cien pies de eslora y veinte o veinticinco de manga y, como buen bergantín, llevaba mayor, trinquete y un tendido bauprés en la proa. Sabiendo que se trataba de un bergantín, imaginaba yo que las  todavía enrolladas velas que colgaban de sus vergas en alto serían cuadras o, si acaso, cangreja, la que habría de largarse entre la botavara y el trinquete, y de cuchillo los foques que se amuraban entre este y el bauprés. Artillaban al buque veinte amenazantes cañones que mostraban su empavonada negrura, alineados diez en cada banda.

Cuando fui depositado sobre ella, la cubierta hervía de actividad. Corrían los habitantes de Villa Vidinha de un lado a otro, sin mucho orden ni concierto, al parecer. Lo que, sin embargo, me llamó de modo más poderoso la atención fue el cambio de aspecto e indumentaria que habían experimentado los antiguos muñecos de cemento. Conservaban apenas sus anteriores apariencias de gallinas, enanos, abejas, o insectos, pero todos ellos parecían haberse transmutado en la feroz tripulación de un barco pirata: sobre las cabezas llevaban bicornios, tricornios o, más generalmente, pañuelos de vivos colores añudados al cráneo y con uno de cuyos picos colgando sobre los hombros, a modo de trenza; vestían amplias camisas de lino, algunas de mangas acuchilladas, o desmangadas las más, y se cubrían las piernas con holgados calzones de cuero que sujetaban al cuerpo por medio de fajines de varias vueltas. Había hasta quien portaba parche en el ojo, aunque no vi ni pata de palo, ni brazo con garfio. Solo los ciempiés “bailaores” llevaban vendados algunos de los muchos que tenían. Pero se debía, sin duda, al accidente sufrido dos noches antes, en su vano intento de ejecutar la petenera flamenca.

Sobre el puente distinguí a Matías, con la cabeza cubierta por un pañuelo rojo, a Yoguina, que observaba el cielo usando un extraño instrumento, que parecía un anticuado sextante y a los chicos, mirándolo todo emocionados y expectantes ante lo que suponía una aventura completamente nueva para ellos. A su lado se alzaba la imponente figura de quien debía ser el capitán Laurel, alto, delgadísimo, apoyado sobre una única pierna y sostenido por una muleta, con su gigantesca cabeza cubierta por un tricornio verde, luciendo casaca asimismo verde mar sobre una camisa gris no demasiado limpia. 

Reparó Matías en mí en ese momento y me hizo señas para que me uniera a ellos en el puente. Me encaminé hacia allá y apenas subidos los pocos escalones que lo separaban de la cubierta, el capitán Laurel se me quedó mirando y exclamó:

—¡Llegas con retraso, marinero!¡Te esperan en la cocina!

—Lo siento, capitán—intervino entonces Yoguina—, pero no creo que las culinarias se encuentren entre las habilidades más destacadas del marinero Benavides.

—Y, entonces, ¿para qué sirve?

—Dado su oficio de preservador de libros titulado, yo lo pondría al cargo del cuaderno de bitácora.

—¡Humm! —exclamó Laurel—. ¿Cuaderno de bitácora? Nunca he tenido ninguno. Se me atrancan las palabras cuando intento escribir y no me sale nada. Puede ser una buena idea. Grumete —dijo dirigiéndose ahora a mí y no sé si degradándome—, llevarás el cuaderno de bitácora y no dejarás de anotar cuanto suceda en la singladura puntualmente ni un solo día. ¡De lo contrario, te hago pasar por la quilla!

Asentí, pues la orden del pirata no parecía admitir réplica alguna y de ese modo pasé a ser considerado el cronista de la expedición, lo cual me hizo sujeto de desprecio para una parte de los tripulantes del navío que hallaban mi trabajo perfectamente prescindible y me querrían ver en tareas de navegación más arduas. En cambio, me granjeó el respeto y la consideración de otros, sobre todo de las gallinas, que no dejaban de mirarme como enorgulleciéndose de mí.

De repente, Matías hizo sonar un un silbato, cuyo agudo sonido me levantó dolor de cabeza y toda la tripulación se volvió expectante hacia el puente, en espera de recibir las órdenes oportunas para iniciar la singladura:

—Tripulación de El Temido, mis bravos piratas—dijo el capitán Laurel con una voz de trueno que contrastaba fuertemente con su delgada anatomía—: como sabéis, vamos a emprender un viaje extraordinario, por completo distinto de los habituales escarceos en busca de la maldita balandra inglesa (a la que, si por azar, encontramos no nos hemos de privar de dejar algún recado en forma de bala de cañón). Mas nuestro propósito es otro en este momento. Es llevar a estos valientes muchachos a la otra orilla de este mar inexplorado, hasta la que dicen Playa de los Dinosaurios. Nunca el bergantín ha viajado tan lejos, e ignoramos los peligros que en este periplo nos acechan, pero no me cabe ninguna duda de que hasta el último grumete de esta valerosa tripulación va dar lo máximo de sí, a arrostrar con valor cualquier amenaza, cualquier calamidad que pueda sobrevenirnos para cumplir la arriesgada misión a que nos llama nuestro honor de piratas. ¡Contramaestre Matías —exclamó alzando a un más el tono de voz—, dé las órdenes de largar amarras! ¡Piloto Yoguina: trace el rumbo cierto y adelante en nombre de la Ilustre Cofradía de los  Bucaneros del Mar Interior!

Una nutrida salva de aplausos, a la que la encendida elocuencia del capitán hizo que hasta yo me sumara, saludó la arenga y, al mandato del contramaestre Matías, cada uno ocupó su puesto y nos aprestamos a emprender nuestra singular y dudosa travesía.