Capítulo 4: Un velero bergantín (2ª parte)

—¡Soltad amarra de sotavento! ¡Levad anclas! —la voz de Matías resonaba por toda la cubierta con matiz menos aflautado del habitual—. ¡Amurad los foques del bauprés! Yoguina, ¡cuarta del timón a estribor! ¡Enanos, Willy, a lo bicheros y apartad la proa del pantalán! Cavo, Valga: ¡izad drizas y tensad escotas de la cangreja! ¡Navegamos de ceñida hasta la bocana del puerto y después avante a toda!

El fiel seguimiento de las órdenes de Matías y la pericia de Yoguina con el timón hicieron que con un ligero cabeceo, El Temido abandonara lentamente el abrigo de la dársena, enfilara la proa a través de la bocana y se lanzara en fin a navegar en mar abierto.

Apenas dejamos atrás unos peligrosos bajíos próximos a aquella, Matías ordenó soltar el trapo. Empujada por una recia brisa de popa, la quilla parecía más sobrevolar que cortar el agua; el bergantín avanzaba a toda vela, mientras la luna rielaba en el mar y el viento gemía en la lona, alzando blandas olas de azul y plata.

—¡Esta noche me trae a la memoria la primera vez que atravesamos el estrecho de los Dardanelos! —exclamó melancólico el capitán Laurel, quien, tras retirarse por unos instantes a su cámara, acababa de reaparecer en el puente.


—Navegábamos con Asia a un lado, Europa al otro y, al frente, las tenues luces de Estambul —prosiguió, mientras se alejaba de mí golpeando rítmicamente con su muleta las tablas del puente y tarareaba una cancioncilla, cuya letra yo desconocía y de la que ya no me acuerdo.

Al amanecer, el tiempo había cambiado. El viento de popa, que hinchó las velas durante toda la noche, dio paso a una calma chicha que las aflojó, dejándolas colgar fláccidas bajo sus vergas, detuvo la hasta entonces alegre marcha del navío y fió su rumbo al capricho de las corrientes marinas.

Como, en principio, la corriente seguía impulsándonos con dirección nornordeste, que coincidía con el rumbo que Yoguina había trazado, nos tomamos la situación como un mero respiro y, sin preocuparnos demasiado por ella, cada cual en el barco se entregó al ocio que más le plugo.


—Benavides —me sorprendió por detrás la voz chillona de Petra, mientras, subido en la tapa de un medio barril que rodaba por el puente para oficiar de banqueta y acodado en la borda, contemplaba pensativo el calmo mar turquesa—, nos debes uno de tus libros desde hace días.


—¡Oh! ¡Sí! —repliqué—. Lo prometido es deuda. Y este es un momento tan bueno como cualquier otro para saldarla, si a las señoras gallinas les parece.

—Desde luego —asintió Petra—. Y ¿qué libro nos vas decir?

—Una novela negra.

Quedaron un tanto desconcertadas las gallinas y tras una breve pausa, Purpurina preguntó extrañada:

—¿Y por qué está pintada de ese color tan raro? No se verá nada. ¡Mejor harían en pintarla de rosa!

—Entonces sería otra cosa distinta —contesté, sin querer ir más allá en mis explicaciones.

—¡Pues de color arcoíris! Se vería mucho más alegre —volvió a sugerir Purpurina.

—¡Ejem…! Me temo que también cambiaría mucho.

Intervino Petra en ese momento, con un gesto displicente hacia la primera:

—¡Pero qué ignorante eres! Se llaman novelas de negras porque las protagonistas son gallinas de Guinea, como nosotras. ¡Me encanta! ¡Gracias, Benavides!

El dictamen de Petra entusiasmó tanto a sus compañeras que las tres, excitadísimas, se pusieron a hablar a la vez y elevaron progresivamente el tono de voz hasta dar en un concierto de agudos e ininteligibles cacareos.
Aprovecharon el resquicio que el momentáneo descuido de sus madres les permitía los inquietos polluelos, abandonaron sus respectivos regazos y se diseminaron por el puente alborotando a su sabor, trepando entre las cabillas de la rueda del timón o subiéndose a un rollo de cabo acalabrotado que reposaba en el suelo. Amenazaban ya con invadir la cámara en que dormía el Capitán Laurel y provocar, si lo despertaban, una auténtica tragedia griega, cuando las gallinas reaccionaron y, con no poco trabajo, lograron devolverlos a sus lugares de partida.

—Me temo, señoras, que están muy equivocadas —dije cuando se restauró la calma y las gallinas, todavía jadeantes por el esfuerzo, se recostaron sobre las tablas de la cubierta—. Se llaman novelas negras a las que tratan de crímenes, asesinatos y cosas por el estilo.

—¿Asesinatos de gallinas? —preguntó extrañada Perla—. ¡Pues como no sea para hacer caldo…!

—No. Asesinatos en general —respondí ya al borde de agotar la reconocida “paciencia Benavides”

—Asesinatos en general. ¡Qué buen título para una novela negra de esas!— asintió Petra reflexiva—. ¿De qué va?

—No, señoras, no. Yerran de nuevo —dije mientras resoplaba con resignación—. Se titula Los crímenes de Alicia.

—Y, si ya sabemos quién es el asesino, ¿qué interés tiene? —inquirió Purpurina con displicencia.

—Bueno —repliqué—, en realidad Alicia no mata a nadie. Es solo la protagonista de una divertida historia en que persiguiendo a un conejo, encuentra una finca llena de personajes singulares que decide llamar “El País de las Maravillas”.

—¿Algo así como Villa Vidinha? —me interrumpió Perla.

—Quizás un poco más grande —repliqué—. En otra ocasión, cruzó de lado un espejo y se encontró de nuevo con otros extraños seres de esos. Pero en el libro que voy a decirles, si me dejan, no se cuentan tales historias.

—¡Oh! ¡Sí! Dilo ya, por favor. ¡Estamos impacientes! —suplicaron las gallinas al unísono.

Obedeciendo sus ruegos les “dije” el relato de un autor argentino que narra los crímenes ocurridos en el seno de una sociedad dedicada a estudiar la obra de Lewis Carroll, el autor de Alicia… Al terminar, al cabo de casi tres horas, Perla, tras un breve instante de reflexión, dijo:

—La verdad, no se me alcanza qué tienen que ver los crímenes esos con el libro del País de las Maravillas, ni siquiera con quien le contó tales historias a Alicia, ni menos, con ella misma.

—¡Bueno! —sugirió Purpurina—. Es como si contara lo que ella habría visto si, al entrar en el espejo, hubiera vuelto la cabeza y mirado hacia atrás.

—Es una forma de verlo, sí —repliqué.

—De todas formas —zanjó Petra ante mi desconcierto—, el libro ese se me antoja muy poco “ficciosímil”.

En ese momento, la vigía subida a la cofa del palo de mesana —una anodina y silenciosa mariquita con camisa de franela roja con lunares negros y negro pañuelo a la cabeza, con la que resultaba imposible mantener una conversación de dos minutos sin que intercalara en ellos más de cincuenta hipidos, productos de su desmedida afición al grog— gritó con voz estentórea:

—¡Está virando la proa! ¡Perdemos…¡hip!… el rumbo!

—¡Maldita mariquita borracha! —replicó el capitán Laurel—. ¡Ya has vuelto a darle al grog!¡Cualquier día de estos te mando pasear por la tabla!

—Me temo, capitán —intervino a la sazón Yoguina—, que, en este caso, la vigía está en lo cierto. Estamos perdiendo el rumbo.

—Pero, ¿por qué? —preguntó desconcertado Matías, que acababa de sumarse a la conversación—. Seguimos en calma chicha.

—No sabría decirlo —replicó la piloto—. Pudiera tratarse de una más o menos leve sinuosidad de la corriente… ¡Oh, Dios mío…!

—¿O qué? —interrogó preocupado Laurel.

—O estamos entrando en el extremo levógiro del pequeño Maelstrom que hay en el centro del Mar Interior y de cuyo peligro nos advirtió el Mago.

Prólogo: El enano Benavides

—Por supuestísimo que no soy un ratón —dijo vivamente ofendido el enano Benavides.

—¡Hum! No sé. ¿Qué quieres que te diga? —respondía Petra, la mayor de las tres gallinas de guinea que ocupaban un amplio nidal sobre la verde hierba de Green Garden, rodeadas de una nube de polluelos amarillos que no paraban de dar vueltas alrededor o de entrar y salir de debajo de cada una de ellas—. ¡Borja Mari, que te he dicho que no te apartes! —se interrumpió para amonestar al más pequeño y osado de ellos, que buscaba incontinente explorar los alrededores.— ¡Jesús! ¡Qué sinapismo de crías! ¡A que llamo a la Raposa Rubia!

Ante la sola mención de la Raposa, los polluelos quedaron paralizados, se les erizaron los plumones de cuello y luego, de súbito, desaparecieron al unísono cobijados en sus madres.

—¡Uff! —dijo Purpurina, la más alejada de las tres—. ¡Qué descanso! ¡Es que así no hay quien concilie!

—Y volviendo a nuestro asunto —dijo Petra de nuevo—, no sé qué quieres que me parezcas, con esa mata de pelo gris que te cubre casi todo.

—Es la barba —replicó el enano—. Solo me crece cuando leo.

A las tres gallinas se les abrieron los ojos de par en par.

—¿Sabes leer? —preguntaron las tres a la vez y Perla, que hasta entonces había permanecido en silencio, prosiguió:

—¡Nunca habíamos conocido a nadie que supiera leer!

—Y no solo eso —continuó el enano—, hasta soy preservador de libros titulado.

—¿Qué quiere decir eso, que eres bobotecario?

Biblio, se dice bibliotecario —replicó Benavides—. Y no. No soy de esos. Los Bibliotecarios solo abren y cierran las bibliotecas, esconden los libros donde nadie los encuentre, salvo los ratones, y chistan a quienes rompen el silencio de iglesia que les gusta que haya en ellas. La labor de los preservadores es mucho más importante: preservamos los libros de los ratones, que son sus mayores enemigos.

—¿De los ratones de biblioteca? —se extrañó Petra.

—Es que sobre los ratones de biblioteca hay mucho mito. La gente se cree que son ratones eruditos, de nariz larga y gafitas redondas sin montura. Y no es así.

—¿Ah, no? —preguntó una de las gallinas.

—En realidad —continuó el enano— los ratones jamás leen un libro. Solo los roen. Después de pasar por ellos, abres uno y a lo mejor te encuentras una página reducida a una C capital, aunque bella, carcomida. Otras veces falta el principio de una frase o su final, aunque aquí nunca sabes si la ha roído un ratón o si es que el autor no ha querido o no ha sabido acabarla. Pero lo que más le gusta a los ratones son los complementos directos. Libros he visto a los que no les quedaba ninguno, porque se los habían comido todos. ¿Y qué es un libro sin sus complementos directos?

—Nada, desde luego —respondieron las gallinas, sin saber muy bien qué era eso de los complementos directos e ignorantes de que la pregunta de Benavides solo era una interrogación retórica.

Después de quedarse un momento observando en silencio a las gallinas, emitió un resignado suspiro.

—Pues para eso estamos los preservadores. Nosotros leemos el libro, lo tomamos en la memoria y ¡ya pueden venir roedores de papel, que ahí va a seguir mucho tiempo intacto, con sus complementos directos y todo! —dijo, señalándose la frente con su pequeño y regordete dedo índice.

—Pero, ¿qué haces después con los libros que preservas? —dijo Perla inquisitiva.

—¡Oh! Es muy fácil, se los digo a quien quiera oírlos.

Se miraron unas a otras las gallinas, intercambiándose torpes guiños de sus redondos ojuelos, hasta que, por fin, juntaron las cabezas y conferenciaron entre sí en voz queda durante unos pocos segundos.

—Es el caso —dijo Petra una vez concluido el conciliábulo— que nosotras hace tiempo que venimos constituyendo la Sociedad Literaria de Green Garden y acariciamos el proyecto de iniciar oficialmente la andadura de nuestra Sociedad fundando un club de lectura. Solo esperábamos, para constituirlo, a que aprendiéramos a leer. Pero si tú accedes a decirnos tus libros, igual ya no nos hace falta.

—No hay ningún problema —respondió Benavides—. Es mi trabajo. Además me vendría bien, porque a medida que aumentan los libros que guardo en mi memoria, noto que pierdo algo de sentido crítico. Discutir con alguien de libros puede ayudarme a recuperarlo.

—Y ¿tú solo preservas todos los libros? —preguntó Purpurina.

—Por supuesto que no. Los preservadores somos legión y cada uno se dedica a preservar una clase.

—¿Ah, sí? Y, ¿cuáles preservas tú?

Benavides se revolvió orgulloso:

—Solo libros de historias que cuentan historias de libros —y asintió para sí mismo como diciendo ahí queda eso.

Las gallinas se miraban unas a otras desconcertadas y sin acabar de entender a qué se refería el enano, hasta que Petra, carraspeando, osó proponer:

—¿Podrías decirnos alguno, por vía de ejemplo?

—Desde luego. Os puedo decir el primero que preservé. Se titula Don Quijote y empieza: «En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…»

Pasaron las gallinas la noche entera escuchando embobadas al enano y cuando este terminó, las tres lloraban a moco tendido, pero, en tanto Perla y Purpurina lloraban de risa, Petra lo hacía desconsoladamente.

—Es lo más gracioso que he oído nunca —decían, ente hipidos, las primeras.

—Y tú, ¿por qué lloras? —preguntó Benavides a la última.

—Es muy triste —respondió—. El protagonista si no lo he entendido mal, aprende de los libros a ser caballero andante y cuando sale del cuarto de sus libros a correr aventuras por el mundo, descubre entonces que el mundo no es real y se deja morir de pena…

Benavides asintió pensativo:

—Sí. Bien pudiera ser eso.

Matías, una lagartija que, de soltero, se pasaba la vida andurreando por todo el jardín y de quien se decía tener amistades hasta con las gentes de la casa, irrumpió, sin haber sido invitado, en la sesión de la sociedad literaria:

—Hace algún tiempo conocimos, el añorado Yogui, los chicos y yo, a un anciano caballero, muy parecido al que en ese libro se cuenta. Vive con un campesino graciosísimo en un molino que puede verse en los días claros desde la fachada norte, justo por delante del Pico, donde se encuentra la Sima Desconocida. Ahí dejamos al pobre Yogui para que reposara al cuido de unos enanos… 

—Ya está bien, papá, no seas pesado —le interrumpió una joven lagartija hembra de estlizado perfil y dulces ojos redondos que le acompañaba—. Has contado la historia cientos de veces. Todo el Green Garden la conoce de memoria y hasta fueron testigos de lo que ocurrió.

Matías se sonrojó como a quien pillan en alguna falta y parecía a punto de justificarse:

—Pero, Yoguina, hija…

—Yo no la conozco —terció entonces Benavides— y, si, como parece, es una historia que cuenta historias de libros, podía, tal vez, llegar a interesarme.

—Pero tú eres preservador de libros —dijo a la sazón Purpurina, un tanto molesta por la indebida interrupción de Matías en una sesión de la Sociedad Literaria en la que, según ella, solo las guineas podían intervenir—. Y lo que cuenta Matías no es nada más que una historia, no es un libro.

—¡Hum! —rezongó Petra—. Eso parece bastante evidente. Pero entonces —continuó filosófica—, yo me pregunto: si los libros cuentan historias, ¿qué diablos necesita una historia para llegar a ser un libro?

Callaron, al principio, las otras gallinas, no fuera a ser la pregunta de Petra una nueva interrogación retórica y quedar otra vez en ridículo, si se adelantaban a responderla, pero a la vista de que aquella seguía en silencio y mirando al vacío como en busca de respuesta, Perla osó avanzar, aunque todavía con cierta timidez:

—¿Que alguien la escriba, tal vez?

—No —respondió, categórico, Benavides—: es cuando la historia que alguien ha escrito se publica y se preserva. De ahí la importancia de nuestra misión.

—¿Y no será —dijo Yoguina al fin, con un irónico destello emergiendo de sus ojos francos— cuando haya quien que la lea?

—¿Me la contarás, de todos modos? —insistió el enano.

—¡Oh! Sí, por supuesto. Pero tal vez otro día. Hoy tenemos, Yoguina y yo, una importante empeño que cumplir —replicó Matías, dándose importancia—. ¡Hemos hablar con las hadas a propósito de lo que acaba de aparecer en el trastero de techo bajo en que vivimos! Da la sensación de que está a punto de ocurrir algo que va a traer al retortero otra vez a toda Villa Vidinha.

—Entonces, podría decirse, que es una historia que empieza, ¿no? —inquirió Benavides.

—Todo indica que así es.

—¿Puedo acompañaros? ¡Nunca he visto nacer una historia! ¡Siempre las he conocido ya concluidas!

Vaciló Matías por un instante, pero una muda indicación de Yoguina, que parecía haber cobrado cierta simpatía por el enano, lo llevó a decidirse, pues rara vez osaba hacer caso omiso de tales sugerencias.

—Solo que no sé si tanto volumen dará para escurrirse por la vieja topera que utilizaban Yogui y los chicos para llegar a la lámpara roja y, a través de ella, al salón de abajo—. Y Matías se quedó mirando al enano de hito en hito.

—¡Uff! No sabes la habilidad que tenemos los preservadores para escurrirnos entre pilas de libros, sin derribar ninguno. Podemos adelgazarnos hasta más que una lagartija.

—De hecho —intervino Petra— yo al principio pensaba que era un ratón. ¡Si seré tonta!

—Pues no se hable más —concluyó Yoguina—. ¡Para luego es tarde!

(Continuará)