Capítulo 9: La isla de los tres Robinsones (2ª parte)

—¿Dónde está tu compañera?

—Se había bebido una botella de grog y debió de quedarse dormida en la cofa. Por eso no vio aproximarse la chalupa y no dio la alarma.

—¡Maldita borracha! ¡La mandaré colgar del palo de mesana por esta negligencia, si recuperamos el navío!

—Antes de llevarse el barco, me arrojaron al agua cerca de la costa para que os dijera que solo os lo devolverían si entregáis a la chica y que ya os avisarán de algún modo de las condiciones para el intercambio.

—Rápido, Benavides, haz venir a lady Victoria y a los muchachos. Tenemos que formar consejo y ver cómo solventamos este negocio.

Corriendo todo lo que mis más bien cortas piernas me permitían, subí de nuevo hasta el claro y, con voz entrecortada por la fatiga, les expuse los acontecimientos en la esquina donde el ágape se celebraba.

Se levantaron con rapidez los comensales y los muchachos, seguidos por los nativos, se precipitaron aguas abajo del riachuelo, llegando a adonde Laurel nos esperaba en un quítame allá esas pajas. Allí les pusieron al corriente de los pormenores del secuestro.

—Y ¿qué podemos hacer? —preguntó Iker con desespero.

Me percaté en ese momento de que Lunes, el refugiado del conjuro, hacía un gesto de complicidad a lady Victoria y ambos se apartaban un trecho del lugar donde los demás se devanaban los sesos para recuperar el barco.

Los seguí con sigilo y pude así oír la interesante conversación que en voz baja mantuvieron:

—El barco que ha capturado al vuestro —decía el nativo— está fondeado en una pequeña rada que hay al otro extremo de la isla a medio día de marcha de aquí. Lo descubrimos ayer mientras buscábamos presas para la comida que hoy hemos compartido. El problema es que, desde tierra, es inaccesible.

—Habrán llevado allí a El Temido, pero ¿cómo llegar a ellos?

— Hay una forma cómoda y rápida de aproximarnos a los buques.

—¿Cuál?

—Nuestro cayuco. Si lo manejamos además nosotros y vosotros os ocultáis en su fondo, podremos acercarnos de noche, bordeando la costa, a los barcos anclados, sin levantar sospechas y liberar el vuestro con un golpe de mano.

—Creo que no hay otra solución… ¡Capitán! Nuestro amigo Lunes tiene un atrevido plan que puede que tenga éxito. Sobre todo, si contamos también con la ayuda de Melusina y Maeve.

Tardamos muy poco en armar el comando que habría de liberar a El Temido y que estaba integrado por los tres refugiados, Iker, Lucas y lady Victoria; Yoguina, que debía pilotar el navío, si conseguíamos recuperarlo, hasta la bahía donde esperarían los demás, las hadas y yo mismo, que me ofrecí voluntario para oficiar de cronista puntual de los acontecimientos, como era mi obligación.

A pocos metros del claro de las secuoyas, de la que no nos habíamos apercibido porque la ocultaba una espesa cortina de enramadas, había una espaciosa playa de arena blanca, en un extremo de la cual se encontraba amarrado el cayuco de los nativos, una embarcación larga y estrecha, semejante a una canoa, de no mucho calado.

Para pasar más desapercibidos, Maeve y Melusina redujeron el tamaño de los chicos y así pudimos disimularnos todos en el fondo del bote, en tanto los nativos, empuñando cada uno su remo, empezaron a bogar para separarnos de la orilla.

Doblamos, al cabo de poco tiempo, la punta de un pequeño saliente de rocas y apareció entonces ante nuestros ojos el resguardado puertecillo natural, en cuyas tranquilas aguas flotaban, anclados a su fondo y mecidos con blandura por un oleaje suave y rumoroso, El Temido y la Victoria.

Aprovechando las sombras del atardecer, que ya empezaban a cernirse sobre la isla y el escaso calado del cayuco, navegamos pegados a la costa. Pudimos observar que nuestros enemigos tenían descuidada por completo la vigilancia de aquel costado del barco, orientado hacia poniente, en el que se hallaba la isla, pues la tenían concentrada en la punta norte, por donde ellos se habían aproximado y hecho presa en el bergantín.

—Melusina, Maeve —dijo lady Victoria en un susurro—, encostada a la mampara de popa está todavía la red que usamos para descender en el islote del Capitán Achab. Volad hasta allí y dejadla caer, para que podamos trepar por ella.

—¿Quién vive? —tronó en ese momento la voz de un vigía que, con un fanal en la mano intentaba inútilmente identificar a los dueños de las voces, cuyos susurros había creído percibir.

—Nosotros no ilegales. Nosotros papeles —gritaron los nativos agitando unos imaginarios que el vigía no podía ver por la oscuridad reinante.

—¡Marchaos y no molestéis más o abordaremos el cayuco!

—¡A la orden, mi almirante! ¡Ahora mismo! —dijo Viernes riendo y sin que ninguno hiciera el más mínimo movimiento para retirarse del casco.

El vigía, sin embargo, se había dado por satisfecho y se alejaba silbando hacia el otro costado del buque.

Cuando nos apercibimos de que aquel abandonaba su ronda y, creyéndose libre de enemigas asechanzas, se refugiaba en el castillo de popa dispuesto a descabezar un sueñecillo, Maeve y Melusina emprendieron su vuelo con un sigilo tal que ni siquiera dejaba oír el tenue murmullo del batir de sus alas translúcidas.

Con no poco trabajo consiguieron las hadas descolgar de nuevo la red desde la amura de babor y por ella trepamos todos. Ya en cubierta y recuperado su tamaño normal, los chicos neutralizaron al marinero inglés que dormitaba junto a la rueda del timón, del que se hizo cargo Yoguina, mientras Maeve y Melusina volaron hasta la cofa, donde descubrieron, todavía durmiendo y sin haber salido de su estado de embriaguez, a la mariquita vigía.

No sé si por desidia o por exceso de confianza, sus captores no habían anclado a El Temido al fondo de la rada, sino que se habían limitado a tender un cabo que lo mantenía quieto y unido a la balandra inglesa. Lo cortamos a hachazos y, desplegando solo foque y trinquete para aprovechar la brisa de poniente, enfilamos la proa hacia la salida del puerto natural, de modo que, cuando desde la Victoria dieron los primeros gritos de alarma, habíamos alcanzado ya una ventaja bastante apreciable, que aumentó porque el navío inglés demoró de manera incomprensible el inicio de las maniobras de levado de anclas y de despliegue del velamen. Más extrañeza aún nos causó percatarnos de que, pese a estar a tiro, los soldados ingleses se mantenían quietos, acodados a la borda, con los mosquetes aprestados, contemplando cómo nos alejábamos de ellos poco a poco, pero sin hacer un solo disparo.

—Tal vez habrán reconocido a lady Victoria y se abstienen de disparar para no herirla —sugirió Yoguina, extrañada por la facilidad con que nos salíamos con nuestro propósito.

Aún especulábamos en torno a ello, aportando cada uno su opinión sobre el negocio, cuando Maeve y Melusina, que habían realizado una rápida inspección de todo el barco para cerciorarse de que no quedaban más enemigos dentro, llegaron volando raudas al puente:

—Tenemos un problema serio —dijo Maeve—. Durmiendo. En la cámara del capitán.

—Pero, ¿qué sucede? —preguntó alarmada Yoguina.

—¡Venid!

Bajamos todos en tropel y entramos en el estrecho habitáculo en que otrora se retiraba a descansar el capitán Laurel. Ocupando su catre, se restregaba los ojos, cubierto con un gorro de dormir terminado en borla y vistiendo un ridículo camisón blanco, despierto, sin duda, por nuestra ruidosa irrupción, el mismísimo lord Alfred de Crokinole.

—¡Pero… papá! —exclamó sorprendida su hija.

—¡Victoria! ¿Cómo…?

Capítulo 9: La isla de los tres Robinsones (1ª parte)

—La carta esférica dice que esa isla, a la que no asigna ningún nombre, está desierta, pero desde aquí se divisan varias columnas de humo. Parece como si en ellas ardiera el fuego de algunos hogares.

Yoguina se mostraba desconcertada por el asunto, mientras el capitán Laurel escrutaba con detenimiento una costa hasta la que asomaba espesa vegetación, tras la que nada podía advertirse, sin dejar de ir y venir al mapa.

—Podrían ser nativos de islas vecinas que acuden a esta para oficiar sangrientos rituales —osé sugerir, al tiempo que mis palabras encendían mi propio miedo—. De hecho puede leerse algo parecido en algunos libros famosos…

—¡Y dale con los libros! —terció Maeve—. A lo mejor es solo que la carta tiene un error o que su información esta desfasada.

—Es lo más probable —apuntó Matías.

—No sé yo —intervino de nuevo el capitán—. Lo cierto es que no nos queda más remedio que comprobarlo por nosotros mismos. Las pipas están casi vacías, así que tendremos que hacer una aguada en esa isla, porque no sabemos cuánto tardaremos en llegar a la próxima, ni si será más o menos hostil que esta, de la que no nos consta que lo sea en absoluto. El litoral, al menos, parece bastante tranquilo y pacífico.

Dejando, pues, solo a las mariquitas vigías al cuidado del barco, con el encargo de observar atentamente el horizonte por si veían aparecer las velas cuadras de la Victoria (de quien, por cierto, no habíamos tenido noticia alguna desde que nos internáramos en el banco de niebla que cobijaba al islote del Capitán Achab), nos dirigimos el resto de la tripulación, con los dos botes cargados con las pipas, a la orilla, en un punto donde habíamos advertido que desembocaba la corriente de agua dulce de un pequeño riachuelo.

Desembarcamos en las cercanías, en una playa de guijarros y arena negruzca y, cuando bajábamos los toneles para hacer nuestra aguada, una voz salió de la espesura:

—No pretenderéis llevaros gratis el agua de mi riachuelo.

Quedamos sobrecogidos y paralizados, cuando desde otro punto de la jungla, emergió una nueva voz, más recia, si cabe, que la anterior:

—¿Cómo tu riachuelo? Dirás: nuestro riachuelo.

—Según todos los convenios internacionales, yo también tengo derecho al agua y nadie puede reclamar la propiedad de un curso de agua, ni de sus riberas, hasta una distancia de seis metros desde la orilla —dijo una tercera.

—¡Cállate imbécil! —replicó la primera—. Así no hay quien haga negocio, ni que les podamos sacar algo a los turistas.

—No insultes. Esto puede desembocar en un incidente diplomático entre nuestras dos naciones. Además, tú, luego, no repartes.

—¡Señores, quienes sean —exclamó entonces, irritado, el capitán Laurel, echando mano de su pistola—, pueden tener claro que, de ninguna manera vamos a pagar por el agua; y, si quieren dinero nuestro, que, por cierto, no llevamos, tendrán que venir a cobrarlo!

—Dinero no —respondió la voz—. Aquí no hay dónde gastarlo, así que no sirve. Pensaba en algo que nos pueda ser útil, como armas, herramientas o provisiones. Lo que se dice comercio justo; un intercambio ecuánime, un quid pro quo o, más bien, do ut des.

—No daremos nada.

—Entonces tenderemos que elevar una queja —insistió la tercera voz.

—O, mejor —apuntó la primera—, envenenar el agua.

—Pero, si hacemos eso —dijo el segundo—, nosotros tampoco podremos beberla.

—No seas estúpido: la corriente llevará el veneno aguas abajo. Si bebemos de la de arriba nada nos pasará.

—Yo, en cualquier caso, protesto. Me parece un atentado indigno…, pero, si con ello se cobra, exijo mi parte.

—¿Crees que serán capaces, capitán? —peguntó inquieta Yoguina

—Es posible —replicó este—. Pero el remedio es fácil. También nosotros buscaremos el agua más arriba. Y así, de paso, podremos trabar conocimiento con huéspedes tan amables.

A una orden del capitán nos fuimos adentrando en la jungla, remontando el curso del riachuelo. Marchábamos trabajosamente, lastrados por el peso, aun vacíos, de los toneles destinados a albergar el agua y por lo apretado de la vegetación ribereña, en la que menudeaban las zarzas, juncos y otras plantas espinosas que, de continuo, nos herían, perforando incluso nuestras ropas.

Contrariado por la lentitud, el capitán optó por dejar a algunos rezagados al cuidado de las pipas y lanzó al resto, a cuyo frente él mismo iba, a una descubierta en busca de las misteriosas voces que poblaban la isla.

Llegamos por fin a un claro, en cuyo centro se alzaban tres frondosas secuoyas, cada una de las cuales estaba coronada por una rústica edificación hecha con restos de naufragios, palmas y ramones de otros árboles. Descendieron de ellas, apenas nos vieron llegar, tres curiosos personajes con las caras cubiertas de una tupida pelambre oscura, vestidos con pieles, cuyas cabezas estaban tocadas por sendos gorros, asimismo de piel. La uniformidad de sus atuendos y el color de las cabelleras hacía que solo pudieran diferenciarse por ligeras diferencias de estatura o por la superior presencia de mechones grises en la sotabarba de unos u otros.

—Sean bienvenidos, mis señores, si son gente de paz —dijo uno de ellos, que parecía de mayor edad y cuya voz identificamos como la primera de las que nos pidieron peaje por el agua del riachuelo.

—Mi nombre es Pedro de Montaraz y los otros que aquí veis son Daniel Serkik y el señor Def. Somos náufragos y altos dignatarios de las tres naciones en que se divide Isla Desierta.

—¡Ahora me lo explico! —dijo el capitán Laurel riendo, al tiempo que daba una palmada en la frente—. Cuando leí la carta esférica interpreté que a esta isla no se le atribuía ningún nombre y que se consideraba deshabitada, pero lo que, en realidad, ponía en la carta era el nombre de la isla: Isla Desierta.

Reímos todos ante el gracioso equívoco y el capitán, recuperando de súbito una seriedad que cortó en seco nuestras carcajadas, prosiguió:

—Lo que no entiendo es lo de las tres naciones. ¿Dónde están sus habitantes?

—Los tenéis delante —respondió el señor Def.

—¿A todos?

—A todos menos a aquellos tres nativos, que llegaron en un cayuco hace cosa de un mes y a los que, a falta de mejor nombre, hemos bautizado como Lunes, Miércoles y Viernes —apuntó Serkik, señalando a un grupo de tres negros que, en un extremo del claro y alrededor de una hoguera, charlaban alegremente, vigilando codiciosos el espeto en el que se asaba algún animalejo que debían haber cazado y bebían una especie de cerveza en tanto aguardaban a que estuviera en su punto para dar buena cuenta de él.

Iker, Lucas y lady Victoria atraídos por el olor que emanaba el asado y su sazón a base de hierbas aromáticas, se aproximaron al grupo, sin poder resistirse, con la esperanza de que aquellos compartieran su delicioso banquete.

Al notar la circunstancia, uno de los negros se puso en pie y encarándose con los muchachos los conminó:

—¡Tú racista! ¡Tú discriminas a mí!

—Pero, ¿qué dices? —preguntó Lucas extrañado—. Si no hemos hecho nada.

—Te he lanzado —le replicó el negro—un potente conjuro mágico que sirve para hacer que el hombre blanco se arrodille. Por lo menos eso fue lo que nos dijo el moro que nos vendió el cayuco. Y, a veces, es verdad que funciona.

—No me extraña —respondió Lady Victoria—, pero nosotros solo queríamos compartir un poco de ese excelente asado. ¡Huele que alimenta!

—Si solo es eso —dijo otro de los negros desde la hoguera—, sentaos que hay de sobra para todos.

Y los chicos se unieron decididamente a la fiesta.

—Y vosotros —preguntó el capitán Laurel a los náufragos—, ¿no participáis?

—No, por Dios ¡qué asco! —dijo Serkik—. ¡Somos veganos!

—¿A qué nación pertenecen ellos? —preguntó Laurel, señalando hacia los nativos.

—Todavía a ninguna —replicó el señor Def—. Hay serias discrepancias entre los cuerpos diplomáticos de nuestras tres naciones sobre los criterios para la asignación a cada una de nuevos pobladores. Entretanto se resuelven, los tenemos confinados en aquella esquina del claro con el estatuto provisional de refugiados.

Se encogió de hombros el capitán y mudó de asunto:

—En cuanto al impuesto sobre el agua…

De Montaraz lo interrumpió:

—Impuesto, que fea palabra. En mi nación lo consideramos más bien un canon.

—Pero esa no es la técnica fiscal adecuada, querido amigo. Lo correcto —dijo Serkik— es denominarlo una tasa, como hacemos nosotros.

—Lamento discrepar de mis estimados colegas, pero su verdadera naturaleza es, según la entendemos, la de un gravamen —terció el señor Def.

—Bueno está —replicó el capitán—, pero ¿por dónde van las fronteras entre las tres naciones? Lo digo por saber de cuál de ellas tomamos el agua y si, en consecuencia, hay que pagar tasa, canon o gravamen.

Se miraron desconcertados los robinsones, hasta que, por fin, Serkik alcanzó a decir:

—Fronteras, lo que se dice fronteras, no tenemos. En realidad, una nación es un sentimiento, y ¿quién le puede poner límites al sentimiento?

—Es cierto. Muy bien observado —señaló el capitán—. Al sentimiento, ni se le ponen límites, ni se le pagan cánones, tasas o gravámenes. Así que, con vuestro permiso, voy a ordenar a mi tripulación que llenen las pipas del riachuelo. ¿Podéis decirle a los chicos que se bajen a la playa cuando terminen la comida con los “refugiados”?

Turbados y mudos quedaron los tres habitantes de Isla Desierta, hasta que, por fin, el señor Def acertó a articular:

—Pues también es verdad. No se me había ocurrido…

Llenamos las pipas sin que los habitantes de las tres naciones nos pusieran nuevos inconvenientes y, a mitad de nuestro descenso, cuando nos dirigíamos a los botes, nos sorprendió una de las mariquitas vigías, que, exhausta, se llegó hasta donde el capitán estaba, acompañado de Matías, Yoguina y yo.

—Capitán —gritó casi atragantándose por la ansiedad y la urgencia—, ¡el bergantín! ¡Han capturado el bergantín! Vinieron bordeando la costa en una chalupa seis marineros ingleses y otros tantos soldados y me redujeron.

Capítulo 7: El guardián del tesoro (final)

—¡Iker! —exclamó sorprendido—. Así que al final os han encontrado. Me alegro. En cuanto a ti, Benavides, te esperan unas cuantas páginas por rellenar del cuaderno de bitácora. Y ¿quién es esa muchacha pelirroja vestida de marinero?

Nos mirábamos unos a otros, sin decidirnos a responder, cuando Lady Victoria avanzó resuelta hacia Laurel y le dijo encarándolo con orgullo:

—Mi nombres es Lady Victoria Clara de Crokinole…

—¡Cuánto honor. Una aristócrata en mi barco…! —replicó Laurel con ironía.
Parecía que iba a proseguir burlándose de la muchacha, que enrojecía de indignación, cuando al reconocer el apellido, se vio transportado por un insano ataque de furia:

—¿Crokinole? ¿No seréis pariente de Alfred de Crokinole, comandante de la balandra Victoria?

—Es mi padre —dijo resueltamente la chica.

—¡Maldita sea! ¡Rayos y centellas! ¡Por diez mil diablos! ¡Sois una infame espía de vuestro padre, que pretende a toda costa capturar mi barco! Pero no lo conseguirá. ¡Al agua con ella y que vuelva a nado a su maldita isla, si no es pasto antes de los tiburones!

—¡Al agua con ella! ¿Al agua con ella! —gritaron casi al unísono el resto de los piratas, contagiados por la cólera de Laurel.

—No puedo consentirlo, capitán —terció Iker en ese momento—. Ella nos salvó y nos ha traído hasta aquí arrostrando la ira de su padre. No podemos darle ese pago.

—Pues entonces, ¡al agua contigo también, por cien mil truenos y tormentas!

La actitud amenazante de parte de la tripulación, encabezada por la mariquita borracha, aproximándose con no muy buenas intenciones hacia donde Iker y lady Victoria se hallaban, hizo que hasta la chica, habitualmente fría y segura de sí misma, temiera un tanto por su suerte. Acudieron en auxilio de ambos Lucas y Matías y, cuando todo parecía indicar que se iba a producir un enfrentamiento de incierto resultado entre las dos facciones de los tripulantes de El Temido, la voz de Yoguina se sobrepuso al ruido que unos y otros formaban entre amenazas e improperios

—¡Quietos todos! —gritó—. Capitán, la chica ha venido a este barco de manera voluntaria, quiero decir que no está aquí en calidad de prisionera o de botín de abordaje. ¿Me equivoco?

—No —replicó Laurel—. Pero no entiendo a dónde quieres ir a parar.

—Pues a que si ha venido por su voluntad, solo puede interpretarse que lo hace como postulante para ingresar en la Ilustre Cofradía de Bucaneros de Mar Interior, ¿no es así muchacha?

—Así es —contestó ella, asiéndose a la tabla de salvación que creía percibir tras las palabras de la joven lagartija.

—Pues entonces es la propia cofradía en pleno y no el capitán quien tiene potestad para decidir si la chica puede quedarse o no. Yo voto que sí.

—¡Y yo! ¡Y yo también! —gritaron las hadas y a ellas se sumaron las gallinas y poco a poco el resto de los tripulantes, hasta que solo quedó la obstinada opinión contraria del capitán.

—El resultado es abrumador —prosiguió Yoguina—, así que proclamo a Lady Victoria miembro de pleno derecho de nuestra ilustre cofradía.

La proclamación fue acogida con el desatado entusiasmo de los mismos que momentos antes estaban dispuesto a arrojarla por la borda.

Laurel, profundamente irritado, se refugió en su camarote con un portazo, musitando para sí.

—Me da que nos hemos de arrepentir de esta decisión.

—¡Se escapa! —gritó el hada Melusina, al ver que Pog Clinc, aprovechando que la confusión del momento había relajado la atención de sus vigilantes, se había zafado de ellos, arrojado por la borda y, desde el mar, nadaba velozmente en dirección a la costa.

—¡Que alguien lo siga! ¡Al bote! —gritó el capitán Laurel, de vuelta a puente, olvidado, al parecer, del incidente con lady Victoria.

Fue esta la primera en reaccionar y seguida de las hadas, de Iker, de Lucas y de Matías, se deslizaron hasta el bote encostado al navío y emprendieron bogando la persecución del cerdo.

—¡Humm! —murmuró el capitán Laurel, contemplando cómo el esquife se separaba del bajel y acortaba la distancia con el huido—. Se llame como se llame su padre, la chica vale.

Casi dos horas tardaron los perseguidores en retornar al barco y, cuando lo hicieron, el prisionero no los acompañaba.

Interrogado sobre el particular, Matías contó la singular peripecia que había sufrido su improvisada expedición.

“No logramos alcanzar a Pog antes de que llegara la orilla, así que nos vimos obligados a seguir sus huellas por la selva, en la que se internó de inmediato. Bien es verdad que fue dejando un rastro bastante evidente, quizás a propósito. Lo cierto es que se movía con tal celeridad por lo más intrincado de la jungla que, pese a que destacamos a las hadas para que no lo perdieran de vista, ni siquiera ellas lograron darle alcance. Después, en fin, de un buen rato de persecución, vimos que se detenía en un claro, junto a un promontorio de roca que se elevaba en medio de él y ante el que el cerdo se tumbó a descansar, fatigado por la larga carrera que hasta allí lo había conducido.

—Pog Clinc no puede más —dijo exhausto—. Pog Clinc se rinde.

Llegamos junto a él y Lady Victoria y la hadas se quedaron mirando fijamente la roca:

—¡Está hueca! —exclamaron a la vez.

—Dentro tesoro. Pog Clinc entrega. Y diciendo eso, manipuló un resorte oculto no sé muy bien dónde que hizo que una enorme piedra redonda se deslizara, dando una vuelta sobre sí misma, y dejara al descubierto la negra entrada de una cueva.

Azuzados por la curiosidad y de manera quizás algo precipitada, nos introdujimos por ella y en el fondo logramos percibir, en medio de la húmeda oscuridad reinante, la silueta de un enorme cofre abierto, en cuyo interior se encendían destellos dorados por la escasa luz que le llegaba desde la entrada.

Se aproximó Lucas a él y extendió la mano para tocarlo, pero antes, al parecer, de llegar a donde se hallaba, la piedra de la boca de la caverna volvió a girar sobre sí misma y taponó la abertura, haciendo aún más densa la penumbra que nos rodeaba. Incluso a través de la gruesa roca nos llegó la voz de Pog, que se regodeaba de su triunfo:

—¡Disfrutar tesoro, disfrutar tesoro! Vosotros mucho tiempo para disfrutar tesoro—. Y se alejó riendo de la cueva.

Intentamos empujar la pesada roca que nos taponaba la salida con todas nuestras fuerzas, pero no logramos moverla ni un ápice, pues encajaba con firmeza en la abertura.

Empezábamos a desesperarnos ante la inutilidad de nuestros esfuerzos, cuando Lady Victoria nos advirtió:

—No está oscuro del todo. Por algún sitio se cuela un poco de luz. ¡Quizás la cueva tiene una segunda entrada!

Siguiendo el débil halo que, en efecto, iluminaba apenas la caverna, avanzamos, dejando a la izquierda la oquedad en que el cofre reposaba, por una estrecha galería abierta en su fondo y encontramos el resquicio por donde la luz entraba.

Para nuestra decepción se trataba de una pequeña grieta que horadaba la pared de piedra, por entre cuyas estrechas paredes ni siquiera yo en condiciones normales podría haberme escurrido.

—¡El polvo de hadas! ¿Lo lleváis encima? —exclamó Lucas, preso de súbita inspiración, dirigiéndose a ellas.

—Siempre lo llevo encima —respondió Meve.

—Pues empequeñece a Matías para que salga por ahí, vuelva a la entrada y accione el resorte que mueve la piedra.

—¡Es verdad! ¡Matías puede hacerlo! — corroboró Iker con entusiasmo.

—Sería una bonita manera de devolverme el favor por haberos sacado de la trampa colgante —insistió Lady Victoria.

Me puso Maeve los polvos y pude escurrirme por la grieta con cierta facilidad, de modo que vine a salir en la parte de atrás del gigantesco montículo de piedra hueca.

Lo que ya no resultó tan fácil fue dar con el resorte, sobre todo porque a mitad de mi búsqueda una inquietante sombra se proyectó sobre el suelo, tapando la mía. Anduve, por fortuna, rápido de reflejos y pude pegarme a la pared exterior de la cueva, ocultándome bajo un estrecho saliente, solo un segundo antes de que el ataque del halcón peregrino le llevara a arañar con sus garras el pedazo de suelo que yo había ocupado.

Se posó el ave unos metros más adelante y permaneció durante unos minutos, que se me hicieron eternos, escrutando con la penetrante mirada de sus redondos ojuelos amarillos la rendija de piedra en la que estaba oculto. Finalmente, desde dentro de la cueva, resonaros las voces de mis compañeros, inquiriendo el motivo por el que no acababa de abrir la entrada y, asustado por ellas, el halcón alzó el vuelo y se perdió por el horizonte.

Se encontraba el resorte disimulado entre unas piedrecitas del suelo, de modo que pude liberar con facilidad la roca que tapaba la entrada y los presos abandonaron la caverna, restregándose los ojos, deslumbrados por el brillante sol del mediodía, al pasar de la oscuridad reinante en aquella a la luz del exterior.

Tomamos consejo sobre lo que convenía hacer, si buscar a Pog Clinc o llevarnos el tesoro de vuelta al barco.

—Ninguna de las dos cosas merece la pena. Si Pog Clinc quiere quedarse en la isla es muy libre de hacerlo y en cuanto al tesoro… no vale nada —dijo a la sazón Lucas.

—¿Son falsas las monedas?—preguntó Iker intrigado.

—Más que eso. De hecho no sé por qué Clinc lampaba por comida distinta de las bananas. Podía haberse comido el tesoro entero: son monedas de chocolate.

—¡Bueno! Pues llevémoslas y nos las comemos nosotros.

—¡Bah! Ya están rancias —respondió Lucas, cuyo labio inferior aparecía orlado por una mancha negruzca. Y los dos se echaron a reír”.

Capítulo 3: La función de circo (2ª parte)

Y lo que vi llevó mi asombro y desconcierto hasta las más altas cotas que imaginarse pueda: el rubio forzudo cuyo dorados cabellos ahora tiraban bastante a grises y cuyos enormes músculos se aparecían mucho menos acerados, rozando incluso con cierta redonda flacidez, procuraba levantarse, después de que, a decir de los testigos, al intentar la pirueta para arrojarse al piso y elevar las pesas, se hubiera enredado torpemente con sus propios pies y dado con sus huesos en el suelo, de manera mucho menos airosa de lo previsto. Tras ello, el pobre Durandarte intentó disimular su fracaso volviendo a coger de cualquier modo la barra con las bolas —que por cierto tenían también menos brillo del que parecía y hasta dejaban ver el cartón piedra por debajo de algunos desconchones de la negra pintura— para quedar finalmente inmóvil, en una pose vacilante y, en general, bastante ridícula, desde la que las pesas habían terminado por resbalar y caer al suelo con un crujido que había sonado poco o nada metálico.

Para no dar lugar a que las risas, mezcladas con chiflidos y protestas, se generalizaran entre los asistentes, una Belerma, no tan juvenil como nosotros la creímos y de figura bastante menos grácil, según testificaban las emergentes redondeces que dejaba ver su vestido a la morisca, se subió al carro de un salto que quiso parecer ágil sin serlo, sumándose en él a los tres orondos ayudantes que ya lo ocupaban.

—Y ahora, damas y caballeros, estimados espectadores todos —dijo la engolada voz de Merlín, que resonó por toda la carpa—, guardemos silencio para asistir al culmen del fascinador número del gran Durandarte, quien se va jugar literalmente su frondoso mostacho intentando arrastrar con él el carro con su material y cuyo peso se ha incrementado, bien que no en exceso, con el de la bellísima Belerma y, de manera notoria, con el de los tres… ¡ejem!… robustos ayudantes del forzudo.

Tanto aquella, como estos, saludaron alegres al público que, por un momento, contuvo su rechifla y se aprestó a contemplar el espectáculo que se avecinaba.

Cuando, uncido ya el bigote a la lanza del carro por medio de un bramante, se disponía aquel a arrastrar el vehículo y su pesada carga en medio de un redoble de suspense que salía no sé de dónde, una voz  a mi espalda me obligó a desentenderme de lo que ocurría en la arena:

—¡Benavides, estúpido, te van a descubrir y, creyéndote parte del circo, igual te hacen saltar al centro de la pista! ¡Vuelve a tu sitio! —dijo imperiosa Maeve, al tiempo que, haciendo gala de más vigor que el artista, me arrastraba hasta detrás de las tablas del graderío y terminaba por depositarme en el lugar de donde había partido.

Cuando pude volver los ojos a la pista, la escena había cambiado de nuevo y Durandarte arrastraba el carrillo que colgaba de las tirantes guías de su bigote caminando hacia atrás, con los brazos en cruz, a pasos cautelosos. Anduvo así un tiempo en el que completó no menos de dos vueltas al redondel de albero y finalmente volvió a su centro, donde desanudó las cuerdas que lo unían al vehículo y saludó hacia el lugar en que nos encontrábamos un con gesto de triunfo.

A diferencia de mis compañeros, no me quise dejar llevar por el entusiasmo y, en vez de aplaudir encendidamente, agucé el oído buscando percibir la reacción del público del resto del graderío: batían algunos palmas como al desgaire, pero la mayoría chiflaba o incluso reía. Era fácil imaginar que los más compasivos se limitarían a guardar silencio y que, por tanto, el final del número del forzudo no debía haber sido para ellos tan airoso como nos pareció a nosotros.

Continuó el espectáculo circense en términos muy parecidos: tras el forzudo Durandarte, anunció Merlín “el increíble número de las vivaces acrobacias que tres  pizpiretas amazonas iban a realizar a lomos de sus correspondientes hacaneas”, y a continuación hicieron acto de presencia lo que parecían —pues yo ya no sabía si creer lo que veían mis ojos— tres bellas damas campesinas, llevando por el ronzal a  otras tantas espléndidas jacas, la primera baya, la segunda marrón y negra la tercera.

Vestían las tres sayuelas de paño morado con fajas de terciopelo, cada una de un color y como de un palmo de ancho, corpiños de velludo, guarnecidos con ribetes de raso blanco, camisas de pecho y basquiñas.

Al grito de la que encabezaba la marcha, tras un par de vueltas a la pista, aumentando progresivamente el paso de sus cabalgaduras, subieron sobre ellas las tres al unísono y quedaron en sus respectivas sillas montando a la mujeriega. Tras media vuelta escasa y de nuevo a la orden de la primera, se levantaron con agilidad para quedar en pie sobre las sillas y desde ahí, gobernando a sus monturas por medio de riendas inusualmente largas, hicieron varias cabriolas, saltos y vueltas hasta caer de nuevo sobre la sillas, cabalgando ahora a la jineta.

Aplaudimos con fuerza el número, pero de nuevo se me hizo percibir un runrún de descontento del resto de los espectadores, aunque nada pude hacer por verificarlo ante la férrea vigilancia de las hadas.

—Es el grupo de campesinas, o de damas ataviadas como tales, que nos preguntaron por la salud del Caballero del Molino el verano pasado en la Sima Desconocida —dijo Matías entusiasmado.

Asintieron los chicos, en tanto las aldeanas desaparecían por el control y, tras una breve y, como siempre encomiástica, introducción de Merlín, fueron reemplazadas con rapidez, a lo que parece para acallar las protestas de algún sector del público, cuyo rumor llegaba hasta nosotros, por los tres ayudantes del forzudo, ahora en hábitos de payasos.

Vestía el más delgado de ellos como payaso blanco, en tanto los otros dos oficiaban de Augusto y de Tony, mas he de confesar que ni desde la perspectiva favorable que me ofrecía el resquicio de las tablas, por entre las piernas de Iker y Lucas, sus evoluciones y chistes anticuados consiguieron arrancarme no ya carcajadas, ni siquiera  media sonrisa, al igual que al resto de los compañeros, incluidos los chicos. Solo Matías palmoteaba con alborozo:

—¡Son los Caballeros de la Mesa! ¡Son los Caballeros de la Mesa!—gritaba sin poder parar de reír, aunque ignoro por qué motivo.

—¿Qué te hace tanta gracia, Matías? —osé preguntar al fin. Pero un chisteo imperioso de Maeve cortó en seco mi pregunta y aun la posible respuesta de la vieja lagartija.

Terminaron su actuación los payasos, con más pena que gloria, y en la pista se hizo un denso silencio, al tiempo que se atenuaban de improviso las luces y hacía su aparición en ella un Merlín ataviado a la chinesca, con larga túnica azul cobalto, tachonada de plateadas estrellas que le cubría hasta los pies y tocado de un corto gorro cónico mandarín. Lo asistía la bella Belerma, que no paraba de aproximarle cachivaches y artilugios de vivos colores con los que el mago fue desplegando un buena colección de trucos y juegos de manos, unos conocidos y comunes a casi todos los ilusionistas, como adivinaciones o manipulación de naipes, y otros verdaderamente originales y brillantes cuyos efectos semejaban magia “real”, aunque ninguno de ellos pareció ser apreciado en demasía por el público asistente, ya un tanto revenido por la pobreza de los números anteriores.

Concluida la función, el público asistente fue poco a poco despejando la carpa, salvo nosotros que permanecíamos en nuestros lugares como anclados en ellos por una fuerza misteriosa. Al cabo de unos instantes vimos destacarse  desde el fondo del telón a la totalidad del elenco del espectáculo. Venían con Merlín a la cabeza,  portando aún los relucientes atavíos con que habían actuado y que, una vez fuera de las luces y bambalinas que adornaban la pista, presentaban un aspecto bastante deslucido:

—Matías, Iker, Lucas, me alegro de veros nuevamente —dijo a la sazón el mago, con voz grave y un tanto melancólica.

—Nosotros también, Merlín —replicó Matías, ante el silencio un si es no es confuso de los chicos—. Y dinos: ¿qué os ha traído acá, de la guisa en que venís,  con toda esta parafernalia del espectáculo circense?

—Los graves acontecimientos que ahora se viven en la Sima Desconocida —dijo el mago tristemente— han propiciado que abandonáramos la comodidad de nuestro oculto refugio y nos hayamos dirigido hasta aquí para implorar vuestra ayuda, siquiera sea en justa correspondencia de la que en su día os proporcionamos nosotros para que pudierais derrotar a la terrible Croma. Máxime cuando el enemigo es el mismo, aunque manifiesto de  forma tan poderosa y sobrecogedora que hasta pone en peligro la tranquilidad del  sueño que el buen Yogui mantiene en la Cámara de las Gemas y puede que muchas otras cosas.

—-Pues, ¿qué ha ocurrido? —inquirió Matías.

—Empezó todo hace unas cuantas semanas, cuando Zelda y Troyer Dinklager, los enanos custodios de la Cámara, nos hicieron saber por medio del Mago Gris que algo estaba turbando el sueño de Yogui; de tranquilo y apacible, había pasado a desinquieto y nervioso. Decían que, en ocasiones, hablaba en voz alta y hasta gritaba de terror, como quien busca despertarse sin lograrlo en medio de desasosegantes pesadillas. Según el  Mago Gris, la desaparecida Croma ha conseguido, de alguna manera, desde sus propios sueños, entrar en los de Yogui, controlarlos y, lo que es peor, que las pesadillas que le transmite se proyecten al exterior y se materialicen. Por este motivo hemos sufrido la invasión de los siluros anfibios, extravagantes criaturas en forma de pez con patas, negras manos de dedos como garfios y piel viscosa y resbaladiza que, llegados del mar interior, se han ido apoderando de la Sima Desconocida. Primero cayó en su poder la cueva de los enanos, donde solo resisten Zelda y Troyer, parapetados tras las gruesas puertas de la Cámara de las Gemas, en la que, por la razón que sea, no pueden entrar; después el resto de la Sima, a cuyos habitantes, una vez hacen presa en ellos, les roban las palabras y reducen al silencio y a una especie de idiocia que los convierte en sus dóciles esclavos.

—Y ¿que se puede hacer? —preguntó angustiada la vieja lagartija.

—Antes de que la práctica totalidad de la Sima cayera en manos de los Siluros, Snorri Saknunsen, el islandés erudito, versado en runas, el anciano Mago Gris y yo mismo tuvimos ocasión de estudiar el caso juntos y por separado y llegamos a la misma conclusión: al menos Iker y Lucas y tal vez tú también, debéis hacer lo imposible por llegar a la Cámara de la Gema, hablar a Yogui e intentar tranquilizarlo. Es casi seguro que de ese modo lo rescatéis de la maléfica influencia de Croma y sus negras pesadillas se desvanezcan sin dejar rastro.

—Eso es fácil. ¡Dalo por hecho! —gritaron al unísono Iker y Lucas, haciendo gala de su habitual vehemencia—. Mañana por la noche montaremos en las garzas y en un plisplás nos ponemos en la Sima.

Matías movió tristemente la cabeza:

—Me temo que no va ser posible de ese modo. Las garzas no se han vuelto a remover desde el año pasado, y eso que no le faltan las plumas mágicas. Mucho me temo que los dos vuelos tan seguidos hasta allá del otro verano las han agotado por completo.

—Tampoco podríais entrar—terció también Merlín—ni por el tobogán, ni por las gradas. Ambas entradas están controladas y vigiladas por los siluros.

—¿Y entonces? —preguntó angustiado Matías.

—El Mago Gris, Snorri Saknusen y yo hemos trazado un plan: aprovechando que los siluros ostentan una cierta desorganización ya que, a lo que parece, carecen de una dirección clara y se mueven como guiados por un impulso externo, podríamos deslizarnos por la tercera y más peligrosa entrada a la Sima, como situada justo detrás de uno de los saltos de la chorrera de Despeñaelagua, e intentaríamos liberar a la Reina y a sus Caballeras de la Mesa, más eficaces, disciplinadas y ágiles que estos apoltronados Caballeros…

Iniciaron en ese momento los payasos un tímido movimiento de protesta, que fue enérgicamente silenciado por Merlín, quien prosiguió:

—Liberadas las Caballeras de la Reina, desencadenaríamos un ataque de distracción, que vosotros deberíais aprovechar para introduciros en la Cueva de los Enanos y alcanzar la Cámara de las Gemas. Será, sin duda, peligroso, pero plausible.

—No parece mal plan —asintió Matías—. Solo le veo un inconveniente: no hallo el modo de que Iker, Lucas y yo lleguemos a la Cueva de los Enanos sin atravesar la Sima.

—En cuanto a eso, tiene solución, aunque no fácil. Iker, Lucas, ¿recordáis lo que se veía desde la Playa de los Dinosaurios, en la orilla del Mar Interior, junto a la Cueva de los enanos?

—Sí, claro, la otra orilla por detrás de un gran remolino de agua —replicó Lucas.

—¿Y qué veis desde Villa Vidinha?

—La cara sur de Pico Ocejón, donde esta la Sima—dijo Matías.

—Es decir que desde cada orilla del mar se ve la opuesta. Lo cual quiere decir que ambas están comunicadas por él.

—Pero, entonces, ¿el mar que navegamos a las órdenes del Capitán Laurel es el famoso Mar Interior?—preguntó una Yoguina que hasta entonces había permanecido en silencio.

—Así es —asintió Merlín.

—Luego podríamos llegar a esa playa que dices, navegando en El Temido, una vez esté reparado. 

El mago volvió a asentir.

—El problema —terció de nuevo Yoguina— es que yo, que soy quien pilota la nave, desconozco la derrota para llegar a donde decís.

—No es difícil. Debes evitar el pequeño Maelstrom de su centro. De caer en su zona de influencia, arrastraría la nave de manera inevitable hasta quién sabe dónde. Has de navegar, pues, siempre a estribor para orillarlo, hasta alcanzar el archipiélago de las Siete Islas Malditas. Las corrientes marinas te harán rebotar de una a otra y desde la más septentrional de ellas lograrás arribar a la Playa de los Dinosaurios, si aprovechas las mareas.

—Pero el bergantín nunca se ha alejado tanto de la costa; para esa singladura, se requiere una tripulación numerosa… —objetó, de nuevo Yoguina.

—En efecto —concedió el mago—. Mucho me temo que esta tarea solo podrá ser culminada por Villa Vidinha toda; por la tripulación de El Temido al completo.

Capítulo 3: La función de circo (1ª parte)

Llegó la tarde del sábado y todos los habitantes de la casa de Villa Vidinha se encaminaron alegres a los campos polideportivos de la urbanización, donde tendrían lugar los fastos y acontecimientos con motivo de las fiestas patronales de la localidad. De lo que solo los chicos pudieron apercibirse fue de que, tras ellos, unas diminutas y escurridizas criaturas abandonábamos la parcela y los seguíamos parapetados tras los troncos de los árboles, los vehículos aparcados en la calzada y de cuantos obstáculos impedían que pudiéramos ser vistos por los numerosos viandantes que compartían el camino del lugar de los festejos.

Al llegar al final de la calle, en cuyo centro se alzaba nuestra casa, giramos a la izquierda y después de un breve recorrido, atravesamos otra, cortada en perpendicular por la que traíamos y descendimos por una cuesta tan empinada que a trechos se deslizaba como rampa y a trechos se quebraba en delgados peldaños de escalera.

Al final de la cuesta se abrían los espléndidos campos polideportivos de la urbanización, con canchas de fútbol siete, balonmano, baloncesto, tenis y hasta una redonda explanada de duro cemento que se usaba como zona de patinaje. En la esquina más alejada de la entrada por la que accedimos a los campos se elevaba una modesta carpa, aislada por completo de la barraca que oficiaba de bar provisorio o de  la improvisada pista de baile, delante de la que una entusiasta charanga se esforzaba en arrastrar a la danza a vecinos renuentes.

Escurriéndonos entre la alta hierba y los troncos de unos frondosos pinos que enmarcaban las pistas, logramos eludir a unos cuantos asistentes que disfrutaban de su merienda sobre las mesas de picnic salpicadas aquí y allá. Nos acercamos así a las inmediaciones de la carpa, que permanecía herméticamente cerrada. La rodeamos buscando entrada o rendija por la que colarnos, sin hallar nada más que un oscuro e impenetrable contorno de lona, que permanecía en el más absoluto silencio, como si ningún tipo de vida latiera debajo de ella.

Yoguina, observadora siempre atenta, nos hizo percatarnos de que nada había alrededor de la misteriosa carpa: ni  carromato, ni caravana, ni vehículo de ninguna clase en que se hubiera transportado hasta allí el material del circo o que sirviera de cobijo a sus supuestos artistas, todo lo cual no hacía sino aumentar nuestra curiosidad por el misterioso espectáculo ambulante. Sumábase a ello que un Matías cada vez más excitado y lleno de impaciencia no paraba de aproximarse a la lona intentando en vano de mil maneras y posturas escudriñar en su interior.

Poco a poco empezaron a acercarse algunos curiosos, con la esperanza de asistir a la función, pero la carpa permanecía silenciosa e impenetrable. Solo cuando Iker y Lucas, que habían dejado a sus padres y tíos entre la barraca y la pista de baile, enfilaron la estrecha senda que conducía al lugar donde se alzaba, empezó a sonar, primero sutilmente y después cada vez más alto, a medida que ellos se aproximaban, una pegadiza música como de marcha.

De improviso, sin saber muy bien cómo ni no cómo no, la música alcanzó un nivel de estruendo, se corrió como cortinaje un lateral de la lona y una enorme alfombra roja se desplegó a los pies de los muchachos, al tiempo que una alegre voz emergía del interior:

—Damas y caballeros, niños y niñas, amigos todos. Sed bienvenidos al Pequeño Circo del Gran Ta-Morlán, donde cualquiera de vuestros sueños puede hacerse realidad. ¡Pasen y disfruten del magnificente espectáculo que el maravilloso elenco de este modesto circo tiene a bien ofrecer de manera gratuita y desinteresada a los ilustres moradores de esta singular colonia!

Ocurrió entonces algo que, en verdad, nunca he podido explicarme por más vueltas que le he dado: al desenrollarse la alfombra, penetramos en tropel todos los que a las puertas del circo aguardábamos y yo lo hice al principio entre Lucas, Iker y los demás. La visión que entonces se ofreció a mis ojos fue magnífica. La lujosa carpa se elevaba hasta una altura increíble, que nadie hubiera podido adivinar desde fuera, cubierta por una lona que dentro refulgía en vivos colores, listada en rojo y blanco. Vivísimas luces se esparcían por doquier y ponía sonido a todo ello la música de una espléndida banda cuyos componentes se veían sentados en la parte del circular graderío que rodeaba una enorme pista de blanco albero, con multitud de tremolantes banderas multicolores.

En un instante, sin embargo y casi sin apercibirme de ello, me vi separado del grupo por el gentío que se atropellaba para entrar. En ese momento el escenario mudó por completo. La pista adquirió como por ensalmo unas dimensiones más acordes con lo que cabía esperar al verla desde el exterior y sus colores se aparecían desvaídos y mortecinos; no había músicos en el graderío, cuyas banderolas colgaban tristemente de sus mástiles, medio raídas por la acción del tiempo y los ratones y lo que sonaba era el disco pinchado en una vieja gramola de corneta.

Tan embobado me quedé con la mudanza del escenario que no advertí una segunda oleada de espectadores que penetraba en el interior de la carpa y se dirigía entre chanzas a propósito de lo mísero de la función que, a la vista del escenario, era dado prever, justo al lugar donde me encontraba parado. No sé qué hubiera sido de mí si en ese momento, Maeve y Melusina no se hubieran lanzado a mi rescate con la rapidez del rayo; me tomaron por donde pudieron, me sacaron de aquella estampida humana y, sin ser advertidas de nadie, me llevaron en volandas entre las tablas que formaban el graderío en que Iker y Lucas se hallaban sentados y tras la que se ocultaban el resto de las criaturas de Villa Vidinha.

Cuando quise agradecer su acción a mis salvadoras, me hicieron estas un imperativo gesto de silencio porque, en ese preciso instante, saliendo de detrás de las bambalinas y acercándose a centro de la pista, hacía su aparición un personaje singularísimo.

La figura en cuestión lucía un brillante esmoquin que hubiérase dicho de mozo de cabaret, con un chaleco perlado en rojo y ajustados pantalones de rayas grises y negras. Destacaba sobre el pecho camisa de albas y recargadas chorreras, tapadas a medias por una espesa barba blanca, por encima de la cual sobresalían unos muy negros y largos bigotes, cuyas guías se alzaban enhiestas, apuntando a la colorida cúpula de la carpa y se tocaba con un reluciente y bien planchado sombrero de copa.

—¡Merlín!—exclamaron sofocadamente Matías y los chicos.

—¡Damas y caballeros! ¡Niños y niñas!—dijo la aparición con muy recia voz—. El internacionalmente famoso Circo del Gran Ta-Morlán se complace en presentaros este fastuoso espectáculo en el que veremos vigorosos forzudos ostentar la increíble fortaleza de sus enormes mostachos; diestras amazonas que harán gráciles piruetas a lomos de imponentes hacaneas; los más divertidos payasos que jamás pisaron pista alguna y, en fin y con cargo a nuestro mundialmente conocido artista, el gran Ta-Morlán, un impresionante espectáculo de magia, como nunca se ha visto en esta grandiosa urbanización.

La presentación de Merlín suscitó una confusa reacción en el graderío, donde, de la parte de los muchachos y los habitantes de Villa Vidinha, se escuchó un aplauso entusiasta. El resto de los espectadores, en el mejor de los casos, asentían con irónica mirada o se sumaban a un ambiente de contenida rechifla.

—Y sin más dilación, respetable público —continuó impertérrito Merlín, o como aquel sujeto se llamara—pasemos a disfrutar del momento de entretenimiento y emoción que, sin duda, ha de desatar entre los presentes la contemplación de un inigualable fenómeno de la naturaleza, la reciedumbre de una musculatura que a duras penas podría encontrarse en el reino animal, pero jamás, hasta ahora se había dado entre humanos. ¡Con ustedes, el vigor y la fortaleza de gran Durandarte, quien será gentilmente asistido en el desarrollo de su número de fuerza por la sin par y bellísima Belerma!

Las palabras de Merlín fueron seguidas de un repique de la banda y al grito de “¡Alle-hop!” apareció por el fondo, cogida de las manos, una extraña pareja. Ostentaba ella una singular belleza oriental o, al menos, mora, de ensortijados cabellos negros que ponían cerco a unos grandes ojos asimismo prietos. Lucía una refulgente capa de lentejuelas negras que estlizaba aún más una figura que ya se adivinaba grácil de por sí. En cuanto a él, una cabeza más alta que ella, semejaba una nórdica mole de músculos, con rubia melena que le descendía hasta los hombros y unos enormes bigotes, también dorados, cuyas puntas caían, alrededor de la boca, hasta bien por debajo de la sotabarba.

A una señal de Belerma, hicieron su aparición por el fondo de la pista tres hombres entrados en carne que arrastraba por la lanza, con muestras de gran esfuerzo, un mediano carrillo cuyas compuertas laterales estaban pintadas de blanco y verde. Abrió aquella la más próxima al público mostrando su interior, repleto de pesadas bolas de acero, mancuernas y otros cachivaches similares destinados al leventamiento de pesas. Extrajeron entre los tres ayudantes una pesada barra, a cuyos extremos se añadían sendas bolas negras y la depositaron en el suelo, dejándola caer bruscamente para que el público pudiera apreciar su peso real y la barra rebotó con gran estruendo contra el piso.

Se acercó a ella Durandarte con cierta parsimonia y, al principio, amagó con levantar la pesada barra con ambas manos, como haciendo ver que no le resultaba posible. Al grito de Belerma, sin embargo, el forzudo se retiró un trecho, hizo una ágil pirueta en el suelo y se alzó de él sosteniendo  las pesas con una sola mano, el brazo por completo extendido, por encima de su cabeza. Las mantuvo ahí un buen rato y acabó por soltarlas de golpe.

A través el estruendo de los aplausos con que los habitantes de Villa Vidinha saludaron la actuación del forzudo, percibí, sin embargo algo anómalo, que, sumado a la experiencia que había vivido antes, atrajo con fuerza mi atención: me pareció, en efecto, escuchar de la parte de un público general que, cegado por las luces que iluminaban la pista, apenas veía, un sonido diferente, mezcla de carcajadas mal contenidas y algunos chiflidos en principio esporádicos, pero que amenazaban con tornarse corales.

Sin poder refrenar mi curiosidad—no tengo empacho en confesar que es quizás mi peor vicio—me deslicé por detrás de las tablas que formaban el graderío hasta alcanzar aquel sector y pude así echar un vistazo al escenario desde tal perspectiva por entre las piernas de los espectadores.

Capítulo 2: Reencuentros (2ª parte)

—¡Descuidadas nos tienes, Benavides! —oí de pronto decir a Petra, la gallina guinea que, junto con sus dos compañeras y los respectivos pollitos amarillos de las tres, habitaban un amplio nidal, a la sombra del pequeño olivo, al que, en esos momentos se aproximaba toda la comitiva con gran pompa y ceremonia.

—Tienen que disculparme, señoras, pero ando en ocupaciones que se me antojan de mucho fuste, aunque no crean que las echo en olvido. Precisamente acabo estos días de preservar un libro que…

—¡Pero si son nada menos que Iker y Lucas! —gritaron casi al unísono las otras dos gallinas, con el consiguiente alboroto de los polluelos, que abandonaron sus correspondientes regazos gritando:

—¡Son Iker y Lucas! ¡Son Iker y Lucas!

—¡Basta ya!— tronó Petra, consiguiendo un silencio momentáneo de los inquietos polluelos.

—Pero, mamá, son Iker y Lucas —se quejó con amargura Borja Mari—. ¡Queremos conocer a nuestros héroes!

—Precisamente porque son Iker y Lucas, no debéis molestarlos. Para héroes, ya tenéis a Matías que todos los días os cuenta la historia.

—¡Jo, mamá, pero no es lo mismo! Ellos son de la casa. Y Luzbela, la pollita pequeña de Purpurina, decía que no existían, que todo eran invenciones y fábulas de Matías para meternos miedo con la bruja Croma y que no alborotáramos más de la cuenta. Y ahora, fíjate: están ahí al lado. ¡Anda! ¡Déjanos que vayamos a verlos!

El suspiro resignado de Petra fue interpretado como señal de aquiescencia por los polluelos, que se lanzaron en tropel sobre sus héroes.

—¡Venga, Luzbela, tócalos!— decía Borja Mari con una admiración no exenta de cierta sorna—. ¡Ves como no son imaginaciones de viejo Matías! ¡Existen y están aquí! ¡Yo, de mayor, seré como ellos!

No pudieron menos que reírse Iker y Lucas al verse tachados de “mayores” y, cuando al fin consiguieron liberarse del enjambre de crías que les trepaba por las piernas y hasta se les subía a los hombros, se acercaron a un zángano de grueso abdomen, quien, recién despierto, al parecer, del sueño inducido por una botella de hidromiel que, medio vacía, yacía a su lado, los observaba lleno de curiosidad, como si no acabara de reconocerlos.

—¡Qué demonios! —exclamó al fin, poniéndose en pie de un salto, a pesar de su nada desdeñable volumen abdominal, comparable, desde luego, al mío—. ¡Iker y Lucas aquí!—Y corrió hacia ellos intentando atraer su atención con gestos diríase un tanto estrafalarios.

Debieron percatarse de inmediato los chicos, por cuanto salieron asimismo a su encuentro y los tres acabaron trabados en un fuerte abrazo.

—¿Y qué tal van las cosas en la colmena?— preguntó Iker, así que hubieron terminado las efusiones y los saludos de rigor.

—¡Buff! —resopló aquel—. De mal en peor, ¡qué queréis que os diga! Fijaos hasta qué punto ha llegado la cosa que Maya dice que ya no quiere ser más reina; que es una institución anticuada, caduca y decadente. Ahora quiere ser Presidenta Hereditaria de la República Independiente de Colmena. ¡Y no para ahí la cosa! Ha ordenado que, como para nosotros el sexo, más que con la reproducción, tiene que ver con la división del trabajo, a partir de ya, cada uno tiene libertad de elegir el suyo, pero, para que el nombre no condicione y se vuelva al antiguo régimen, tenemos que decidir entre ser abejos o zánganas. Yo ya no entiendo nada, pero como veo que aquí solo viven bien las crías, he decidido fundar con Wally el Partido Zangolotino. Eso sí, cuando lo encuentre, porque no hay quien dé con él.

Y, levantando la voz, se puso a llamarlo hasta con desesperación:

—¿Dónde estás, Wally?

Abandonaban al quejoso zángano en la búsqueda de su desaparecido compañero, cuando atrajo su atención una pareja de cien pies, vestidos de faralaes, como salidos de una película española de las antiguas, ella con la cabeza coronada por una recia peineta de carey, con el cuello envuelto en sartas de perlas y él bajo un cordobés color de caramelo, pulido y torneado.

—¡Cavo, Valga! —los llamó Lucas, haciendo gala de extraordinaria memoria infantil—.¿Qué tal marchan las famosas sevillanas corraleras?

—¡Oh! —replicó la hembra de ciempiés—, desde que logramos pasar a la segunda, la verdad es que han dejado de tener mayor interés para nosotros. Ahora aspiramos a metas más altas. Si alguien nos cantara una, podríamos mostrar nuestros enormes progresos en el noble arte de la petenera flamenca.

Se quedaron todos mirando a Matías, quien, al parecer, había dado muestras en una ocasión anterior de dominio de ciertos palos del cante, pero este, enrojeciendo, negó con la cabeza. Tuve entonces que intervenir, bien a mi pesar, pues se trata de una clase de lucimiento personal a la que, dada mi extrema modestia, soy bastante reacio, y, sacando mi mejor ceceo de Puerto Real, entoné

Quien te puzo petenera

no zupo ponerte nombre,

que te debió d’haber puetto

que te debió d’haber puetto

la perdición de loz hombre.

Los ciempiés, en medio del compás sesquilátero de mi cantar, esbozaron, uno hacia la izquierda y otro hacia la derecha, él un paso rodazán y ella otro sostenido, a resulta de los cuales su multitud de pies, valgos los unos y cavos los otros, vinieron a quedar tan estrechamente entrelazados, que nos llevó más de un cuarto de hora separarlos, en medio de sus grititos, quejidos o los atropellados consejos de los circunstantes que se obstinaban en que desenredáramos la madeja, cada uno a su modo y todos diferentes entre sí. Vino a generarse de esta forma una enorme confusión sobre la que se alzó, una vez más contra mí, la voz hiriente y algo arguardentosa, podría decirse— de Maeve:

—Ya la has vuelto a liar, Benavides.

Hallaron los chicos graciosa la ocurrencia de hada y rompieron a reír y, tras ellos, el resto
de los presentes que terminaron por soltar a los desgraciados ciempiés, quienes, finalmente, se desenredaron por sí solos en el suelo, del que se levantaron con los rostros arrebolados por el esfuerzo.

—Debiera daros vergüenza —dijo una enorme oruga verde que reposaba sobre el muro del arriate, acompañada de su pareja—. A vuestra edad y no os cansáis de hacer el ridículo.

—Mira que te gusta meterte con la gente —terció esta—. A ti qué te importa lo que ellos hagan. Cada vez pareces más una vieja metomentodo y amargada.

—¡Es lo que da la compañía! —replicó más airada aún la primera—. Si no tuviera que aguantarte pegado a mí todo el día, puede que no estuviera de tal mal humor. ¡Le agrias el talante a cualquiera!

—Pero, ¿no son Morreo y Careta, la pareja sentimental, que vivían siempre entre arrumacos? —preguntó Lucas extrañado.

—Sí —respondió Matías—, pero desde que cayeron en la cuenta de que su amor no solo no era imposible, sino lo más lógico y normal del mundo, andan así. ¡No paran de reñir!

—Cuando uno no se enamora de otro, sino del amor, suelen pasar estas cosas —se me escapó el lucimiento, sin poderlo evitar.

—Metafísico estás, Benavides —dijo Melusina, aguándome un tanto la fiesta.

—Será que no come —completó Maeve. Y las dos rieron a carcajadas sin poderse contener, en medio del desconcierto de los otros concurrentes que no acertaban a adivinar el motivo de su risa.

No queriendo pasar más adelante, preguntaron los chicos por el resto de sus conocidos de Villa Vidinha a Matías, quien les dio sucinta noticia de casi todos ellos:

—“El árbol Pavo Real, como siempre, aparece de vez en cuando, hace ostentación de sus hojas multicolores, rezonga un poco y vuelve a sumirse en la pared. Adelfo Lágrimas anda atrancado desde hace un año en los primeros versos de su Oda a a la experiencia árborea, preguntándose si todo lo que se predica de árbol puede predicarse también de arbusto. Creo que tú, Lucas, tuviste mucho que ver en ese problema lógico-existencial que es lo que ahora lo mantiene en perenne angustia ”.
“La vieja parra no para de contar a quien quiera oírla cómo inventó la moda en el Resort Paraíso y se queja porque nadie se lo reconoce, ni la mencionan en la historia por ello; en cuanto al pobre Plátano Calvo, ya no está entre nosotros: obstinado en su cruzada contra la lacra del aprendizaje memorístico y en su descubrimiento de la pedagogía del olvido, ya que no le era posible olvidar su nombre, pensó que tal vez podría olvidarse de respirar. Cuando casi lo había conseguido, se secó”.

“Frau Tina y Míster Tim continúan ejerciendo eficazmente sus labores de mayordomo y ama de llaves, dando la bienvenida con solemnidad a cuantos arriban a Villa Vidinha, eso sí, con sus insufribles acentos germano y británico y el parlamento de las flores anda enfrascado en sus sesiones y debates que acaban casi siempre como el Rosario de la Aurora. En fin, Villa Vidinha mantiene intactas sus rutinas de siempre y deja escurrir el tiempo, ansiando volver a veros y añorando al bueno de Yogui”—concluyó la lagartija, mientras una nube de llanto velaba durante unos segundo sus ojos saltones.

Apenas concluida la relación de Matías y en vista de que el amanecer quería despuntar sus primeras luces por el levante, los chicos, seguidos de las hadas, optaron por retirarse a descansar y recuperar algunas fuerzas con que enfrentar las emociones que les aguardaban al siguiente día, el de la función del Pequeño Circo del Gran Ta-Morlán.

Capítulo 2: Reencuentros (1ª parte)

—Desde luego—dijo el chico más espigado de los dos que, convenientemente reducidos de tamaño hasta aproximarse bastante al mío habitual, se habían introducido, acompañados de las hadas, en el trastero de techo bajo a través de la vieja topera que tan infaustos recuerdos me traía —, si no son, se parecen mucho.

—Yo creo que sí son—reforzó el segundo de ellos, algo más achaparrado y recio que el anterior. De hecho, ambos, vistos por el físico, hubiéranse dicho una versión infantil de don Quijote y Sancho. Pero se trataba solo de una percepción superficial, pues, oyéndolos quedaba de manifiesto de manera inmediata que los dos tenían el mismo punto de arrojo que el hidalgo y de apego a la tierra que su escudero.

—¿Y qué habrán venido a hacer aquí, tan lejos de la Sima?—se preguntó el primero, reflexionando en voz alta.

—No lo sabemos—respondió Matías—, pero tengo el presentimiento de que tiene que ver con Yogui y su sueño eterno en la en la Cámara de las Gemas.

Iker, el chico alto y delgado, asintió:

—¡A lo mejor se ha despertado!

—No diría yo tanto. Porque entonces ya estaría con nosotros—refrenó Matías el incipiente entusiasmo que la sola posibilidad de reencontrarse con un Yogui fuera de su oscuro sueño había encendido en los muchachos.

—Por favor—supliqué, bien a mi pesar, pues temía la reacción de las hadas ante cualquier intento mío de tomar la palabra—, ¿me puede poner alguien en antecedentes? Me estoy quedando in albis.

Fue así como conocí, por boca de Matías, aunque continuamente corregido, matizado o ampliado por Iker y Lucas, los sucesos que convulsionaron Villa Vidinha el verano anterior, con la malévola irrupción de la bruja Croma en el Castillo de Herodes y su amenaza de secar la vida de los habitantes del Green Garden, privándolos de sus colores. Tal amenaza fue felizmente conjurada por la intervención de un viejo westy, de nombre Yogui y de los muchachos, secundados por un entonces mucho más joven Matías. 

Supe también que, para salvar a los muñecos de cemento de la tiranía de la bruja, tuvieron primero que librar una partida atrabiliaria de golfoot, un enloquecido juego inventado por unas  hormigas excéntricas que pasan su tiempo en los arriates de Villa Vidinha jugando a juegos absurdos y a las que, por su aspecto, conocen los habitantes de la zona como los Ñoquis Negros.

La no victoria en el juego les permitió recuperar unas plumas mágicas con las que pusieron en marcha a unas silenciosas garzas y partieron sobre ellas en busca de una “esmeralda arcoíris”, análoga a aquella de la que la malvada bruja se valía para torturar a los muñecos de Villa Vidinha. Hallaron la piedra en poder de unos enanos, habitantes en la Sima Desconocida, que compartían con un mago llamado Merlín y unos extraños y huidizos personajes que ahora parecían haberse constituido en un pequeño circo ambulante.

Provistos de la piedra, se enfrentaron a Croma, a la que pudieron finalmente derrotar, no sin que esta lograra herir al viejo westy con las espinas de un venenoso cactus que lo sumió en un sueño profundo del que nada ni nadie era capaz de despertarlo.

Matías, Iker y Lucas, llevaron, a lomos de las garzas, al durmiente Yogui a la Sima Desconocida, donde permanece aún cuidado por los enanos.

Era una historia que, sin duda, prometía, pero que, en principio, ignoraba si podía incluirse en el ámbito de mis competencias preservadoras o tendría que cederla a otro enano titulado para que la preservara, asunto que no a acababa de seducirme por la simpatía que en mí habían despertado algunos de sus protagonistas, por no decir todos —con la excepción de las hadas, claro está— y de allegados, como Yoguina, pese a no participar en ella porque por entonces aún no había nacido.

Reparando precisamente en la pequeña lagartija, Lucas, el más achaparrado de los muchachos, preguntó:

—Y tú, ¿quién eres?

Enrojeció en esta hasta la última mota de su brillante piel, que alcanzó con el rubor una bonita coloración, pero antes de que pudiera responder nada, intervino Matías:

—Es Yoguina, mi hija.

Levantaron al unísono los chicos sus miradas hacia él y, sorprendidos por la noticia, terminaron por felicitarlo con efusividad:

—¡Enhorabuena, Matías, es una muy bonita lagartija!

—Y, sobre todo, lista—respondió aquel ufano.

—Y dime una cosa, Matías—preguntó Iker—: ¿Dónde está su madre?

Se le nublaron los ojos al bueno de Matías y con ellos arrasados en lágrimas, respondió:

—Por desgracia la perdimos hace ya un tiempo. Se atragantó con una polilla quizás demasiado grande para ella.

—Sin duda, pecó de ambición—dije sin poder contenerme.

La expresión de dolor que se pintó en el rostro de la joven lagartija hizo que hubiera querido tragarme mis atolondradas palabras nada más pronunciarlas, mientras las hadas, por boca de Maeve, no desperdiciaron la ocasión de zaherirme de nuevo:

—Pero qué brutísimo eres, Benavides.

El exabrupto de Maeve tuvo la virtud de que los chicos repararan en mí como si me vieran por primera vez.

—Y este, ¿quién es y qué hace aquí?—preguntó Iker.

—Apareció no hace mucho—replicó Matías—y, pese a lo que pueda parecer, tiene algunas cualidades apreciables. Quienes mejor pueden contarte todo sobre él son las gallinas.

—Pero yo puedo hablar por mí mismo. En mi calidad de preservador de libros titulado…

—Más tarde, Benavides, más tarde—me silenció Melusina de nuevo.

—¿Las gallinas?—dijo Lucas, ya completamente olvidado de mi humilde persona—Si están por ahí me gustaría saludarlas. A ellas y al resto de los vecinos de la Comunidad del Green Garden.

-Pues no perdamos tiempo—terció Matías—. Ellos también van a celebrar mucho volver a veros.

Fue así que nos dirigimos en tropel hacia las verdes hojas de césped artificial que, bajo la plateada luz de la luna llena de verano, componían las praderas del llamado Green Garden. Sobre ellas se afanaban unos enanos de cuento y otras simpáticas criaturas que de día las adornaban luciendo su colorida quietud de cemento.

A aquella hora, sin embargo, el césped rebullía de una vida alegre y sus moradores charlaban entre sí, trabajaban, remoloneaban o hasta bailaban sobre él.

Antes de llegar a la pradera y justo en frente de la puerta del trastero donde habíamos conversado, se proyectaba la sombra de la copa redondeada de un viejo laurel, ante el que Iker se detuvo, escudriñándola, muerto de curiosidad.

—¿Ya no os hace navegar?—preguntó a Matías.

—¡Oh, sí!—replicó este—Solo que anteayer sufrimos una recia tormenta y ahora el bergantín está en dique seco. Pero navegamos más que nunca en busca de la maldita balandra inglesa. Además, Yoguina se ha revelado como una piloto excelente y con ella estamos más cerca cada día de darle caza de una vez por todas. ¡El capitán Laurel no cabe en su casaca de gozo!

Confieso que aquella conversación me desconcertó del todo ya que, por más que miraba y remiraba, seguía sin ver ni mar, ni bajel, ni balandra, ni capitán, por lo que solo me cabía pensar que Matías e Iker no andaban en sus cabales. Y así lo hubiera creído definitivamente, de no ser porque el resto de los que allí nos hallábamos la aceptó con toda naturalidad y hasta me pareció percibir un gesto como de legítimo orgullo en la expresión del rostro de Yoguina.

Nos dirigimos luego casi en tropel a la hoja de césped en la que laboraban con afán  tres enanos colegas (en lo de enanos, digo, pues no tenían pinta en absoluto de preservadores de libros, aunque me resultaban vagamente familiares). Se saludaron efusivamente estos con los chicos y, después, a Lucas se le ocurrió preguntar por cómo le iban las cosas a los otros cuatro enanos del cuento en el Reino del Espejo:

—Bastante mal, creo—contestó riendo el que parecía más anciano de ellos—. La reina Blancanieves, queriendo saber, como su madrastra, que era la más guapa del reino, no dejaba de preguntarle al famoso espejo mágico, por más que este, escamado, sin duda, por el follón de las manzanas, prefiriera mantenerse en silencio. En vista de eso, hizo llamar al príncipe, ante el que se quejó amargamente:

—Nadie me ama en este reino

—Pero, mi señora —replicó aquel—, todo el mundo os ama.

—¡Eso no es cierto! ¡Mira el espejo! Ya no dice que soy la más bella. Ni vos tampoco, por cierto.

—Pero… ¡cómo no vais a ser la más bella, si, desaparecida vuestra madrastra, sois la única que queda, por lógica…!

—¡Claro —replicó airada la reina—! Por lógica, al ser la única, soy la más bella…¡Y también la más fea! Por eso yo no quiero tu lógica pedestre, ¡quiero la magia del Espejo!

—Pero…, pero, querida —titubeó el príncipe—, si el Espejo está estropeado, hacer venir a un mago para que lo arregle va a resultar carísimo y, me temo, que las arcas del reino andan ya bastante sobradas… de telarañas.

—¡Para eso tengo yo cuatro ministros de hacienda! ¡Que comparezcan ante mí esos inútiles!

Llegaron temblando los enanos a presencia de la reina y, a instancias suyas, tuvieron que dar cuenta de sus tareas como ministros:

—Quisimos primero —decían— ponerle a los ratones un impuesto al queso que dejaban de comer, por parecernos más sustancioso que cargárselo solo al que comían. Lo malo fue que los ratones lo encontraron abusivo y decidieron emigrar en masa a Hamelin, que, por cierto nadie sabe muy bien dónde está eso. No sabemos lo que pasó allí, aunque se dice que la presencia de los nuestros, unida a los ratones que ya había de suyo, provocó una crisis que, al parecer se saldó con la intervención de un extraño flautista. Lo cierto es que ninguno de los ratones que se marcharon ha regresado de Hamelin para contar lo que, en verdad, ocurrió allí. En vista de esto, decidimos que quienes tenían que pagar el impuesto en cuestión eran nuestros tres colegas enanos, los únicos que no eran ni reinas, ni príncipes, ni ministros, ni ratones, pero, asimismo disconformes porque su congénita alergia a la lactosa les impide probar el queso, y alegando que, en ese caso, el montante del impuesto sería excesivo, se marcharon también a un extraño lugar, de nombre Green Garden, que tampoco sabemos donde está.

—Pues entonces—dijo a la sazón muy enfadada la reina—tendréis que pagar vosotros mismos el impuesto.

—Pero, Majestad —terció el más veterano de los cuatro—: Nosotros no estamos facultados para cobrarnos…

—Pues yo os faculto desde este mismo instante: ¡podéis cobraros el impuesto unos a otros!

—Y así andan ellos ahora —concluyó el enano que nos había narrado la historia—: peleados entre sí por ver quién cobra a quién y hasta uno, que siempre anda quejándose y rezongando, me ha dicho que tal vez presente la dimisión de su cargo de ministro y se venga a vivir con nosotros.

Capítulo 1: El pequeño circo del «Gran Ta-Morlán»

No sé si porque pensé estar más delgado de lo que, en realidad, estaba; porque no caí en la cuenta de que una pila de libros, por apretada que esté con las otras, nada tiene que ver con la estrechez de una vieja topera; porque sobreestimé una capacidad de estiramiento que habría debido perder con los años,  o por qué otro maldito azar, lo cierto es que allí estaba yo, llevado a aquella ridícula situación por mi afán de ver nacer una historia, en lugar de hallarla ya concluida, como siempre.

Me había quedado atrancado en medio de un oscuro túnel, al fondo del cual parecía brillar  una luz débil y rojiza, pese a los esfuerzos concertados de Matías que, desde atrás me empujaba con todas sus fuerzas, y de Yoguina que por delante intentaba arrastrarme, mordiendo cualquier parte de mi regordeta anatomía que se le ofreciera a los ojos y, por ello, me arrancaba, sin que evitarlo pudiese, amargos quejidos, ayes y lamentos.

—Mejor será, Yoguina,—oí decir a mis espaldas a la voz un tanto aflautada de Matías—que te adelantes y pidas ayuda a las hadas. Sin ellas,  no saldremos de aquí en toda la noche.

—Pero, papá, —replicó aquella—¡Si yo no he estado nunca en el interior de la casa! No conozco el camino.

—Solo tienes que seguir la topera hasta el final. Desemboca en el interior de una enorme lámpara de pie, pintada de un rojo tan vivo, que parece arder. Trepa por ella y saldrás a una sala en L, al final de la cual, a la derecha, se abre una escalera. Súbela y llegarás al vestíbulo de la planta superior, a cuya izquierda se encuentra la cocina. Si las hadas no estuvieran allí, sigue el corredor hasta la última puerta del lado derecho. Es la de la habitación del tito Edu y la tita Chachi. Ahí es donde las hadas pasan la mayor parte del tiempo.

—¿Y si me descubre alguien?—preguntó la joven lagartija con un deje de angustia.

—No te tienes que preocupar por eso en absoluto. En la casa ahora solo deben estar los abuelos, que ya hace rato se habrán retirado a dormir. Aun en el caso, poco probable, de que alguno se levantara y saliera de su cuarto, es casi imposible que te vea. Solo tienes que evitar que te pisen sin querer.

Emitió Yoguina un resignado suspiro, que me hizo temer estuviera arrepintiéndose de haberme permitido acompañarlos —dicho sea sin desdeñar el hecho de que yo también empezaba a arrepentirme de haber insistido en venir— y, siguiendo las instrucciones de su progenitor, emprendió, titubeante al principio, pero cada vez más decidida después, el camino de la vivienda.

Ignoro si la joven lagartija tardó mucho o poco en volver porque —me avergüenza confesarlo—, pese a lo incómodo y lamentable de mi estado, mientras esperábamos, debí quedarme profundamente dormido y hasta soltar alguno de los sonoros y potentes ronquidos que en mí se han hecho célebres. Me despertaron al unísono el chisteo enfurecido de Matías y el clamor de la disputa que entre sí sostenían unas agudas vocecillas.

—Lleva cuidado, Melusina—dijo una de ellas—. Según lo frecuente y prolongado de las visitas últimas al tarro de miel de bosque, igual te quedas atrancada tú también en la topera…

—Es tu afición a la colonia lo que te hace ver doble y creer eso.

—¿Insinúas que bebo?

—¿Yo? ¡Válgame Dios, Maeve! No insinúo nada: ¡lo afirmo con pleno conocimiento de causa!

—En mi vida he conocido una hada con tan mala intención. ¡Tu metamorfosis a bruja ha empezado de forma prematura y no ha de tardar mucho tiempo en concluirse!

—Mira que suerte la tuya: no vas a necesitar metamorfosis alguna. ¡Ya naciste bruja!

—Señoras, por favor —terció entonces, conciliador, Matías—. Ni la momentánea situación vergonzosa a que nos han conducido los generosos volúmenes de aquí el amigo Benavides, ni la tormenta que parece cernirse sobre todos nosotros, aconsejan que perdamos el tiempo en tan nimias rencillas y disputas. ¡Ayúdennos a salir de esta y volvamos todos al trastero, pues es preciso que les muestre algo que no las dejará indiferentes!

—Según lo incrustado que está en las paredes de la topera, entiendo que intentar sacarlo a fuerza de empujones ha de será inútil —dijo la criatura a quien su compañera, y parece que no del todo amiga, había llamado Melusina—. Así que pasaremos directamente al remedio del polvo de hadas.

—Pero, señoras mías, —no pude menos de exclamar angustiado— ¿de verdad creen oportuno sacarme volando de este atolladero?

—¡Otro con lo del dichoso vuelo! —replicó con displicencia la que, al parecer, se llamaba Maeve y a quien su poco caritativa compañera acababa de tildar de bruja y beoda, nada menos—. Para volar ya están los aviones. Nosotras usamos el polvo para reducir el tamaño, más que nada.

—Pero para eso ¿no había que morder el lado de una seta, y con el contrario, llegado el momento, recuperar el tamaño de origen?

—Pues ¡anda tú a buscar la dichosa seta! —replicó el hada furiosa.

—¡Haya paz —intervino conciliador Matías— y hágase lo que tenga que hacerse que el tiempo apremia!

—Es que el enano este —se excusó Maeve—, para atorado, es demasiado locuaz.

—Eso me está pareciendo a mí —contestó la otra, produciéndose el milagro de que las hadas por una vez concordaran en algo, bien que en detrimento de mi propia persona.

—Les pido mil perdones, señoras hadas, pero es que en mi calidad de preservador de libros titulado…

—¡Y que no hay forma de se calle! Maeve, saca el salerito y acabemos de una vez.

Lo siguiente que recuerdo fue una nube de extraños polvos irisados que me cubrió por completo la cabeza y me inundó la garganta. Un cosquilleo irresistible se apoderó entonces de mis fosas nasales causándome un inesperado estornudo, generado con la fuerza de mi tamaño habitual, pero mal soportado por un cuerpecillo tres o cuatro veces menor.  A consecuencia de él y ya libre de la aprisionante pared que le impedía cualquier movimiento, el tal cuerpecillo salió propulsado hacia atrás y arrastró al bueno de Matías casi hasta las puertas del trastero de techo  inusitadamente bajo en el que tenía su morada y del que partía, hacia la lámpara del salón de abajo, la maldita topera.

En lo que Matías y yo recomponíamos nuestra lastimada dignidad —más la mía que la suya, dado lo ridículo del tamaño al que las hadas me habían reducido—entraron estas en el trastero, seguidas de una Yoguina que hacía visibles esfuerzos para no romper a reír, temerosa sin duda, de ofender a su padre con sus risas.

—Y bien —dijo a la sazón Melusina—, ¿qué era eso tan importante que el señor Matías tenía que enseñarnos?

Vaciló este unos momentos, registrando con la mirada el diminuto trastero en el que desordenadamente se concitaban toda clase de trebejos y cachivaches, arrojados en él como al descuido, hasta que descubrió lo que buscaba justo debajo de donde, para aliviar las tensiones de la noche y dar reposo a unos huesos que ya empezaba a notar doloridos, había yo asentado mis reales posaderas.

Me hizo Matías levantarme, no sin cierta brusquedad, y extrajo de donde había estado sentado un arrugado pasquín, impreso a dos tintas y en el que destacaban unos dibujos bastante groseros:

—Ved —dijo tendiéndolo hacia las hadas.

Lo observaron estas con curiosidad y detenimiento, pero no debieron hallar nada extraordinario en él, por cuanto se limitaron a mirarse una a la otra y a encogerse de hombros:

—¿Y? —preguntó lacónica Melusina.

—¿No veis lo que dice el pasquín?

—Bueno —replicó Maeve—, es que no sabemos leer.

—Las hadas —intervino decidida Melusina— solo formamos parte de los cuentos. No tenemos que leerlos.

—Léeselo,  papá —dijo Yoguina.

—En realidad… —vaciló Matías enrojeciendo—, yo tampoco sé. No es propio de una lagartija y hasta puede que no estuviera muy bien visto. Benavides, léelo tú que sí que sabes.

—Sin ningún problema. En mi calidad de preservador de libros titulado…

—Vale, vale, pero empieza de una vez —saltaron las hadas al unísono. 

—El título —comencé— que destaca impreso en tinta rojiza y yo diría que ya un tanto desvaída, reza:

EL PEQUEÑO CIRCO DEL GRAN TA- MORLÁN

—¿Veis? —me interrumpió Matías— Morlán es Merlín. Y los artistas son ellos. Los habitantes de la Sima Desconocida. ¿Qué habrá ocurrido para que la hayan abandonado convertidos en miembros de un espectáculo ambulante? ¿Qué más pone, di? —me apremió.

—Dice que habrá forzudos, amazonas en hacaneas, payasos y una gran sesión de magia de cerca; que está instalado en las pistas polideportivas de esta honorable urbanización y que dará, con motivo de sus fiestas patronales, una única función que tendrá lugar en la tarde del próximo sábado…

—Déjame ver —me interrumpió de nuevo Matías, arrebatándome de las manos el pasquín—. Mira, esos bigotes son inconfundibles —dijo señalando el dibujo un tanto borroso de lo que parecía un mago chino, provisto de su clásico gorro cónico mandarín, pero las guías de cuyo bigote, en lugar de colgar hacia abajo de los labios, como era la costumbre, subían enhiestas, camino de sus mejillas.

—Y ¿qué hay escrito al pie? —preguntó Melusina, lanzando una mirada al papel por encima de mi hombro.

—Dice: “Nota: La propiedad del circo, de acuerdo con lo dispuesto por las autoridades competentes en lo relativo al uso y aparición de animales salvajes en los espectáculos circenses, se complace en anunciar que ha decidido prescindir para esta gira de su más afamada atracción internacional: el domador de pulgas”.

—Entonces —preguntó Melusina—, ¿estás seguro de que son ellos?

—Completamente. Y de que el pasquín no está en este trastero por ninguna casualidad. Lo han dejado aquí para decirnos algo. ¿Se sabe cuando llegan los chicos?

—Deben estar al caer, porque esta misma mañana han estado arreglando los cuartos. 

—Entonces el mensaje debe ser para ellos —intervino Yoguina—. Creo que tendríais que hacer que lo vieran y que, en cuanto vengan, se pasen por el trastero. ¡Hemos de conseguir que asistan a la función del circo!

—Yo no pienso perdérmela por nada del mundo. La historia empieza a ponerse interesante, aunque no acabo de ver qué relación tiene con los libros—dije, sin que nadie me hubiera preguntado.

—Ya lo verás—afirmó taxativo Matías.

 

(Continuará)