Capítulo 13: La Costa de los Dinosaurios (2ª parte)

—No —respondió el Gris—, son Pog Clinc, el bribón de mi antiguo ayudante, que desapareció hace ya tiempo y al que creíamos devorado por algún dinosaurio, y el señor Benavides, uno de esos enanos que se dedica a preservar libros del hambre siempre insatisfecha de los ratones de biblioteca. Pero ellos nos traen noticias ciertas y excelentes: dicen que, casi con toda seguridad, Iker y los demás se han infiltrado ya en la Cueva de los Enanos.

—En tal caso, deberíamos dar cuenta a Merlín de esa circunstancia, para que ponga en marcha su plan.

—Precisamente a eso se debe nuestra venida, querido Snorri.

—Pero no os quedéis en la puerta. La luz del candil puede atraer a los siluros. El que nos descubrieran ahora sería fatal para nuestro intento.

Siguiendo la indicación del albino, nos apretujamos los cuatro, junto con la ingente cantidad de documentos rúnicos de toda laya esparcidos por la estrecha oquedad de piedra, y accionó de nuevo el mecanismo que cerraba la puerta. La claustrofóbica sensación de agobio que entonces me invadió me hizo recordar el chusco episodio de la topera de Villa Vidinha, de cuyo atoramiento solo pudo sacarme el polvo de hadas.

De eso, para mí, debía hacer más de un siglo, aunque cabía la posibilidad, según le tenía oído a Matías de cómo iba el tiempo en el interior de la sima, de que hubiera sucedido tan solo unas noches antes. Pero habían de venir aún más estrecheces.

Snorri Saknussenn, tras requerir la ayuda de Pog Clinc, subió con agilidad a su mesa de trabajo, levantó una tapa de pergamino, pintado con el color de la roca, disimulada en el techo, y nos invitó a seguirle en el ascenso por lo que no parecía sino una oscura y estrecha chimenea.

—Es un camino incómodo —dijo—, pero es la vía más segura para llegar a Merlín y su troupe circense.

Trepábamos con mucho trabajo por el angosto pasadizo; Pog Clinc ayudaba y sostenía el ascenso del mago Gris y Snorri Saknussenn y yo nos sosteníamos mutuamente, agarrándonos a los tiznados salientes de piedra de lava.

—Yo pensaba que el carácter volcánico del Pico Ocejón era solo una apariencia, cuando se observa su cara sur, pero por esta chimenea y lo negra que se me han puesto las manos de escalar por su pared, no parece sino que sea volcán auténtico y aun que ha tenido erupción no hace mucho —dije en un instante en que nos detuvimos a recuperar el perdido aliento.

Se volvió hacia mí el Gris y, con una sonrisa condescendiente, replicó:

—Es el secreto de la Sima Desconocida. Aquí las cosas son cada vez lo que parecen. Por eso solo hay que saber mirarlas para sacar de ellas, como de los penachos de nubes que cruzan por el claro cielo de verano, un mundo nuevo y cambiante en cada momento. A esto, en alguna ocasión, se le ha llamado magia.

Reanudada nuestra ascensión, acabamos por atisbar su fin bajo la forma de un claro de luz acuosa que, con figura de círculo, se recortaba sobre nuestras cabezas, al tiempo que nos caía encima una fina lluvia de mínimas gotículas. Llegamos al interior de una galería, cuya boca tapaba la espesa cortina que formaba la impetuosa corriente de las chorreras de Despeñaelagua, dejándose caer, en medio de florecidos campanones amarillos, desde casi setenta metros de altura. Servía esta de entrada a una amplia caverna de techo altísimo y paredes rugosas, de cuyo techo se desprendían calcáreas estalactitas de caprichoso dibujo. Se alzaba en su fondo una especie de anfiteatro de piedra y por él se hallaban esparcidas las figuras familiares del elenco artístico del circo del Gran Ta-Morlán.

—¡Albricias, viejo amigo! —exclamó el mago Gris, aproximándose al centro del rocoso anfiteatro, donde permanecía sentado en tosco escabel un abatido Merlín—. Aquellos a quienes aguardábamos acaban de llegar.

—Si me hubierais dado semejante noticia solo hace unos días —respondió— me habría alegrado sobremanera. Mas ahora…

—Pues ¿qué ocurre? —preguntó un desconcertado Snorri Saknusen.

—Sucede que todo nuestro plan descansaba en la clave de bóveda de propiciar desde dentro de la Sima una carga feroz contra los siluros por parte de las Caballeras de la Mesa, pero estas no moverán un dedo contra nadie si no es por indicación de la reina y la reina permanece, de un tiempo a esta parte, absorta en la contemplación de una rara flor de loto azul que alguien le ha proporcionado, sin oír ni hablar a nadie. He probado con todos los recursos de mi magia, pero he sido incapaz de conseguir que levante los ojos de la dichosa flor, o que responda ni media palabra a mis súplicas… ¡Ya no sé qué hacer! ¿Acaso puede la vuestra sacar a la reina de su ensimismamiento?

El mago Gris y Saknussenn negaron tristemente con la cabeza:

—Yo, en realidad, nunca he gozado de los dones de la magia. Solo soy un erudito —dijo este.

—Y yo he olvidado, a causa de mis muchos años, casi todos los conjuros y fórmulas mágicas que alguna vez dominé. La única magia que ahora puedo hacer, son las croquetas de boletus, que, eso sí, me salen riquísimas.

—Pero enano raro si sabe —dijo Pog Clinc de manera inesperada, para asombro de los tres magos, señalándome con el dedo.

—¿Cómo…? —preguntaron casi al unísono.

—Sí. Enano raro despierta piratas contándole historia de libro en castillo de arpías.

Me miraron de modo tan apremiante que no tuve sino que narrarles el desencantamiento de la tripulación de El Temido, siguiendo la feliz intuición de Yoguina y su fe en el poder de las palabras.

—Podría funcionar —musitó para sí Merlín pensativo—. Desde luego, nada perdemos por intentarlo.

Se levantó de su escabel y emprendimos la marcha sin dilación alguna. Nos escoltaban los tres antiguos payasos, recuperados ya sus hábitos primitivos de caballeros medievales, cuya apoltronada vida reciente, sin embargo, les había ensanchado las cinturas y aflojado las carnes, de manera que soportaban con dificultad el peso de sus armaduras y estas dejaban escapar por algunas de sus articulaciones vergonzantes rollos de grasa.

Buscando no ser descubiertos, nos reintrodujimos en la sima por excéntricas y oscuras galerías y nos deslizamos por toboganes inverosímiles. Trazamos de este modo un recorrido laberíntico, durante el cual acabé por perder toda noción de dónde me hallaba y del tiempo que había durado paseo tan intrincado y tenebroso.

Hicimos, por fin, nuestra entrada en la cámara real, una inmensa caverna de techo altísimo y perfil redondo, a la que se accedía por una curiosa arcada en forma de ojiva y a cuyo fondo, bajo un amplio dosel de seda dorada y elevados sobre un pedestal de imponente altura, se veían los tronos del rey y de la reina, de piedra tallada, con innumerables volutas, acantos y otros muchos dibujos geométricos o florales. Delante de ellos, en dos semicírculos separados entre sí por un ancho pasillo central, formaba en marcial silencio el ejercito de las Caballeras de la Mesa Redonda.

—¡Merlín, ya era hora! —dijo el rey, así que nos vio entrar, al tiempo que se lanzaba, casi trastabillando, escaleras abajo de su alto trono—. ¡Desde no sé hace cuánto te esperaba como agua de mayo!

—Nunca es tarde, si la dicha es buena. ¿Hay algo nuevo por aquí?

—Todo sigue igual, pero esto es un infierno. Desde que le dieron esa maldita flor azul, la reina no ha vuelto a desplegar los labios y, si eso no es malo del todo, pues, en ocasiones tiene tendencia a hablar más de la cuenta sin dejar meter baza a nadie en la conversación, también se hace pesado no tener a quien dirigirse. ¿Cómo se puede reinar con este silencio ominoso? ¿A quién le voy a dar órdenes, si nadie me escucha? ¡Tienes que hacer algo, Merlín, o terminaré por volverme loco!

—El poder tiene eso —dije incapaz de contenerme—, si no hay sobre quien ejercerlo, no sabe a nada.

Detuvo el rey su descenso de súbito y, mirándome de hito en hito, preguntó con desprecio:

—Y este idiota ¿quién es?

Me sentí un poco corrido y un mucho humillado. Cuando iba a musitar no sé bien qué en mi defensa, Merlín se adelantó a replicar las insolentes palabras reales con cierta respetuosa sorna:

—Majestad, «este idiota» es nuestra última esperanza para despertar a la reina y movilizar a las caballeras.

—¿Ah sí? ¿Y cómo piensa hacerlo? —replicó entre titubeos, claramente arrepentido de su anterior arrebato verbal.

—Tiene sus métodos, que ya ha probado con éxito en ocasión precedente.

—Le diré un libro de los muchos que preservo en mi memoria. Suele bastar para que los afectados recuperen su interés por algo que no sea la flor de loto azul

—Empieza, pues, cuanto antes, si no te importa. Estoy impaciente por contemplar ese prodigio —y en su voz se percibía aún un eco de escepticismo.

—Está bien: se titula La cólera de Iker, me lo enseñó Matías, y dice:
«Me llamo Yogui. Soy un westy de catorce años. Si, como dicen, cada año de la vida de un perro es como siete en la vida de un hombre, se podía decir que ya tengo noventa y ocho años a mis espaldas. Pero eso son paparruchas…».

Cuando terminé de decir el libro, pude apercibirme de que Merlín, Saknusen y el Gris me miraban con los ojos arrasados en lágrimas, el rey se removía un poco azorado, lanzando furibundas ojeadas a lo caballeros y expayasos, de quienes el relato sorprendía una conversación en la que se referían en términos poco adecuados tanto al rey, como a la reina, y esta, de modo desabrido se dirigió a él:

—Y tú pretendías resolver esta crisis apoyándote en semejantes fantasmones, buenos para nada…

—Pero, querida —le interrumpió tímidamente el monarca—, yo no sabía…

—¡Silencio! ¡Ya hablaremos después tú y yo y esos supuestos caballeros! —a los que, por cierto, hizo palidecer con solo referirse a ellos—. Ahora vamos a lo que importa: ¡A mí las Caballeras de la Mesa Redonda! ¡Vuestra reina os necesita!

Se levantaron las caballeras como una sola mujer a su llamado y se dispuso a ordenarlas para la batalla.

—Majestad, un momento, por favor —la interpeló Merlín.

—Sí, viejo mago —replicó con cierta altivez, quizás connatural en ella.

—Hay noticias de que disponemos de fuerzas leales infiltradas en el interior de la Cueva de los Enanos y otro contingente, compuesto por aguerridos marineros y soldados de casacas rojas, al mando de un vicealmirante, en la playa de los Dinosaurios, muy cerca de la entrada. Quizás sería conveniente coordinar la acción de los tres cuerpos, de manera que el ejército enemigo se disperse y, no sabiendo a qué frente acudir, se genere en él la confusión y el caos. La victoria será más sencilla y menos costosa de ese modo.

—Estás en lo cierto, pero ¿cómo vamos a coordinarnos?

—Estos dos amigos —dijo señalándonos a Pog Clinc y a mí— han venido con las tropas de refuerzo. Cada uno de ellos puede dirigirse a una y advertirles de que, a nuestra señal, desencadenen el ataque.

—¿Señal? ¿Qué señal?

—Cualquiera valdrá. Por ejemplo, tres toques largos del Cuerno de Carga. Su eco resonará por todos los túneles y cavernas de la Sima y será fácilmente oído por todos.

—También por los siluros —respondió la reina.

—Sí. Pero solo nosotros sabremos lo que significa: orden de acción inmediata.
En lo que a mi atañía, el plan de Merlín presentaba un serio inconveniente, que pudiera dar con él al traste por completo: lo ignoraba todo sobre la geografía de la Sima Desconocida, de modo que no encontraba el modo de llegar a la Cueva de los Enanos y, una vez en ella, de hallar a mis compañeros de viaje para ponerlos al corriente de nuestros propósitos.

—Es cierto —replicó el mago pensativo—. Puede que no haya otra solución: dado que tú no sabes llegar, que sean nuestros propios enemigos quienes te conduzcan allá. No es difícil, solo tendrás que hacer lo que yo te diga…

Siguiendo aquellas instrucciones, vestido con ajado disfraz de enano minero que Merlín sacó no sé muy bien de dónde, cuyas groseras costuras, fruncidas con hilo de cáñamo, se clavaban en mis carnes de modo inmisericorde, recorrimos en sentido inverso la estrecha chimenea que desembocaba en la cueva de Snorri. Desde ella nos separamos en dos grupos: Pog Clinc y el Mago Gris partieron hacia el Bosque de los Hongos, y de ahí llegarían a la Playa de los Dinosaurios, para prevenir a Lord Crokinole de lo que se iba a hacer y en qué modo ellos deberían colaborar; Saknussenn y yo cogimos una galería lateral que, tras no pocas idas y venidas, vueltas y revueltas, nos llevó a una una boca de túnel a medio tapar por lo que parecía había sido un desprendimiento de algunas rocas del techo, debido, al parecer, a las frecuentes labores mineras que en torno a ella se venían realizando.

—Dadme tiempo para regresar y haced lo convenido —me dijo el erudito albino.

Aguardé unos minutos y cuando me percaté de que ya se hallaba a distancia prudencial, grité a pleno pulmón:

—¡Una esmeralda arcoíris! ¡Una esmeralda arcoíris! ¡Es enorme y perfecta! ¡Será una piedra poderosa!

Quebró mi grito la tranquilidad casi monacal que se respiraba en la cueva, cuyo silencio solo se veía truncado por el rítmico y espaciado golpeteo de los picos al chocar contra las paredes de piedra. Se formó en torno a mí un barullo que, arrancando en los enanos y siluros que tenía más próximos, fue extendiéndose como una ola por el interior de la caverna, hasta alcanzar el último de sus rincones.

—Mantenla tapada —me decían algunos—; si la hiere un rayo de luz, aunque sea de una vela, puede saltar por los aires.

Enseguida me rodearon media docena de siluros malencarados que, apuntándome con sus toscos lanzones, me obligaron a caminar junto a ellos para llevarme a presencia del visir, en tanto yo apretaba entre mis manos un modesto canto rodado que, envuelto en un légamo pegajoso, había recogido del suelo un momento antes.

Capítulo 12: El Reino del Espejo (final)

—¡Oh, sí! —respondió Perla—. Al fin y al cabo, tienen plumas como nosotras, así que algo nos tienen que tocar. Siempre es bueno conocer la historia de la parentela. Da para presumir con las amigas.

Tras un breve conciliábulo, trazamos un plan para el rescate del resto de los tripulantes de El Temido: como sería imposible que Lord Crokinole, el señor Terophontax y los cuatro soldados, por su tamaño, pudieran atravesar el llano de dunas sin ser descubiertos por las arpías, ni penetrar en el castillo, sin correr el riesgo de envenenarse con las espinas de los cactus cobra, decidimos que compondríamos la expedición solamente el enano, que conocía en parte el terreno, Pog Clinc, y yo mismo.

—Podríamos también acompañaros —terció Petra—. Nadie va a sospechar de unas gallinas picoteando de un lado a otro en busca de gusanos.

—Me parece bien —intervino Lord Crokinole—, siempre que dejéis los polluelos a nuestro cuidado. Solo os servirán de estorbo y con su constante alboroto pueden dar al traste con vuestro empeño.

Aceptaron aquellas de mala gana, pues no gustaban de ir a ninguna parte dejando atrás a sus crías, pero sabedoras de lo fundado del temor del inglés, de modo que en poco tiempo nos lanzábamos a la aventura.

Dividimos en dos columnas nuestro pequeño grupo, compuesta la primera por Petra, Perla y Purpurina que se aproximaron al castillo en descubierta, atrayendo así la atención de las arpías, quienes se limitaron a concentrar su mirada en ellas, observándolas picotear aquí y allá, pero sin sospechar que su presencia pudiera suponerles ningún tipo de amenaza.

Pog-Clinc, el enano y yo reptamos en silencio por las dunas, al amparo de una oscuridad que se había apoderado poco a poco de la playa, tras hundir el sol en el horizonte marino sus últimos reflejos rojizos. Alcanzamos enseguida el arco de entrada al castillo y nos deslizamos con cautela por entre los huecos que se abrían en las ramas y espinas de los cactus, hasta llegar al patio de armas de que habló aquel, lugar en el que nos hallábamos a salvo de la vigilancia de las horribles criaturas, mitad personas, mitad aves, que se limitaban a observar el exterior de la fortaleza.

Frente a la entrada se levantaba la majestuosa escalinata que conducía a la zona residencial y a su lado, una estrecha portezuela, con dintel redondeado, debía dar paso a las prisiones, calabozos y mazmorras de los sótanos.

Lo más escondidamente que nos fue posible, nos fuimos deslizando, uno a uno, los seis expedicionarios; descendimos por una estrecha escalerilla de caracol que al cabo de no sé cuántas vueltas y revueltas nos condujo a una oscura sala, de techo muy bajo, de la que salía un canal de aguas negras y malolientes que debía desembocar en el mar. Se agolpaban en ellas, caminando erguidos, un buen número de aquellos peces que ya tuvimos ocasión de ver en la Gruta de las Sirenas, y que con tanta precisión nos describiera Petra, como autores del aprisionamiento de nuestros camaradas de El Temido.

De una bocina colocada en el centro de la bóveda de piedra caliza que sustentaba el techo, salía una voz bastante deformada por la distancia:

—Como los prisioneros, atrapados por el sortilegio de la flor de loto azul, no precisan vigilancia, os ordeno que vayáis al mar y no regreséis hasta traer noticias ciertas del otro barco, cuya tripulación, compuesta por marineros fornidos y soldados de casacas rojas, nos será de más provecho para nuestro propósito que los desharrapados piratas-muñecos que hemos capturado hasta ahora.

Trabajo me costó contener y silenciar a Perla, que, muy ofendida por verse tratada de ese modo, rezongaba:

—¡Habrase visto! ¡Y este quién se cree que es para insultar así a una digna gallina, miembra fundadora de la Sociedad Literaria del Green Garden y que siempre ha dormido en el palo más alto de en cuantos gallineros ha puesto huevos! Si es el morito ese que dicen, ¡ya le daré yo desharrapamiento cuando tenga ocasión de echármelo a la cara!

Una vez calmada la gallina y así que los peces se fueron arrojando a las negras aguas del canal, iniciamos con harta cautela el camino de un oscuro corredor, carente de todo tipo de iluminación, que, nos pareció, debía conducir a las mazmorras del castillo.

Cuando habíamos ya avanzado un buen trecho, tanteando las paredes a fin de evitar tropiezos, Pog Clinc, que encabezaba la marcha, se detuvo en seco y eso provocó que los demás, que caminábamos en hileras, chocáramos unos con otros. Se levantó un airado coro de lamentos ayes y protestas que el cerdito silenció de manera perentoria:

—¡Silencio! Pog Clinc oye algo.

Callamos todos y, en efecto, pudimos apercibirnos de los roces de unas leves pisadas contra las piedras del suelo; en cuanto estas se aproximaron lo suficiente, saltó sobre quien las producía, entablándose entre ellos una lucha muda y feroz.

—¡Deteneos! —grité al iluminar un débil rayo de luz procedente de la boca del corredor por un instante a los contendientes—. ¡Es Matías!

—¡Pero, si es el maldito cerdo de la isla! —exclamó este al reconocer a la criatura que tenía sobre sí y que con sus pesadas piernas sobre ellas, inmovilizaba sus patitas delanteras—. ¡Yoguina, ayuda!

—No hace falta —le dije por lo bajo—; no hay ningún peligro. ¡Somos nosotros!

—¿Vosotros? ¿Quiénes sois vosotros?

A fin de tranquilizar a la vieja lagartija y a su hija, que se había aproximado al débil rescoldo de luz en auxilio de su padre, tuve que hacerles un apresurado resumen de la cadena de acontecimientos que nos había conducido hasta allí en busca de los cautivos, a lo que ella correspondió gentilmente, poniéndonos al tanto de las circunstancias que les habían permitido huir de su prisión:

—Imagino que por los mismos motivos que en las gallinas, en nosotros tampoco tuvo mayor efecto la visión de las flores y su supuesta corte de imágenes fascinantes y sonidos embriagadores. Eso nos permitió apercibirnos de la subida al barco de los malditos siluros y de cómo estos apresaban a nuestros compañeros. Bastó el cruce de una mirada entre Yoguina y yo para que nos pusiéramos de acuerdo en fingir que estábamos, como ellos, bajo el embrujo de los lotos azules, y los seguimos dócilmente, buscando la ocasión de poderlos liberar. Nos arrojaron a todos a un calabozo que hay un poco más adelante en este mismo corredor, cuya puerta ni siquiera se han molestado en cerrar y al que nadie vigila tampoco. Tras un montón de vanos intentos de ambos por lograr que el resto de los prisioneros volvieran en su ser, decidimos huir de la prisión en busca de la ayuda de la Victoria, pues está claro que habrá que llevárselos de aquí primero, aunque sea a la fuerza, y tratar después de que recuperen la consciencia. Así que procuremos salir y asaltar luego este castillo con los soldados y marineros de Lord Crokinole para rescatarlos y llevarlos a donde los curen.

—Espera, papá —dijo Yoguina—, ahora que Benavides está con nosotros, quizás haya otra forma más rápida de lograr nuestro propósito.

—¿A qué te refieres? —preguntó Matías intrigado.

—Bueno, creo que la libertad de los prisioneros pasa por atraer su atención más poderosamente lo que lo hacen las fascinantes imágenes y los embriagadores sonidos que desprenden las flores de loto azul en quienes fijan sus sentidos en ella. Solo la mezcla de naturaleza y arte, de física y espíritu, que tienen las aladas palabras, puede derrotar el poder de esas flores. Si Benavides les dice uno de sus libros, es posible que su inclinación vire hacia él, y se aleje de los lotos.

Se me quedaron todos mirando con el mudo propósito de que opinara sobre la sugerencia de Yoguina y, tras meditarlo unos instantes, admití:

—Quizás funcione. Supongo que nada perdemos por probar.

Nos adentramos, siguiendo a las lagartijas, aún más en el oscuro corredor, de modo que al poco tiempo vinimos a parar a las puertas del amplio calabozo en que posaban nuestros amigos, todos ellos en una admirable quietud, contemplando con arrobamiento cada cual su flor, de cuyos pétalos emanaba un reflejo azulado que les iluminaba levemente el rostro. Fuera de eso, la oscuridad era total en la prisión, en la que no se advertía ventana o tragaluz alguno y cuyo ambiente estaba por ello sumamente enrarecido.

Avancé con decisión hasta situarme en el centro de la estancia y, sin mayores preliminares, me dispuse a decirles, subyugado quizás por la oscura atmósfera del calabozo, la singular historia que lleva por título El libro de las cosas perdidas, que compuso John Connoly, en el que un chico de doce años se recupera de la pérdida de su madre y restituye su equilibrio mental sumergiéndose, a través del susurro de unos libros, en un territorio fantástico donde adquieren cruda realidad los cuentos tradicionales y los imaginados terrores y monstruos de la infancia, que consigue atravesar triunfante.

A medida que la narración avanzaba, noté cómo los oyentes iban poco a poco dejando deslizarse hasta el suelo a sus flores de loto, hasta que, llegando ya casi al final, uno de los enanos, dijo en voz alta:

—Pero ese libro está equivocado. Nosotros ya no trabajábamos en la minería cuando vino Blancanieves. Éramos jardineros.

—Y, si hubiera sido tan gorda y tragaldabas como la pintan ahí, no la hubiéramos admitido en casa. Es más, entonces se esmeraba mucho y nos tenía muy bien atendidos —dijo otro.

—Pues lo que es ahora —intervino el que nos había acompañado—, aunque sigue sin estar gorda, no para de exigirnos que recaudemos impuestos para ella. Y eso que ya se ha quedado sin nadie a quien cobrárselos. No habrá desarrollado la glotonería, pero sí la codicia. ¡Y no sé qué es peor!

Cayeron entonces los enanos en la cuenta de quién les hablaba y corrieron a abrazarse los tres que habían llegado a bordo de El Temido con su cuarto compañero; quedaron asimismo muy asombrados cuando supieron dónde se hallaban, pues en ningún momento se habían percatado de que el barco navegaba por las proximidades del Reino del Espejo.

Cuando el resto de los muñecos piratas recuperó del todo la consciencia, se extrañaron también sobremanera de hallarse en aquella oscura prisión y hubo que hacerles relación pormenorizada de los sucesos que los habían llevado a ellos hasta allí y a nosotros en su seguimiento. Fue mayor aún su sorpresa e indignación cuando les dijimos quiénes eran sus captores y el malvado propósito con el que habían sido capturados.

Propuso Iker, preso de su cólera connatural, asaltar el castillo y tomar venganza cumplida en el visir Boulos ibn Alkanisas, haciéndolo prisionero y enviándolo a Bagdasco debidamente aherrojado, moción a la que se sumó con entusiasmo el capitán Laurel y el resto de su tripulación, pero con la que no se mostraron conformes Lucas y Lady Victoria, quienes tras conferenciar en voz baja, en medio del alboroto con que los demás se aprestaba a poner en marcha los designio de Iker, se dirigieron a ellos:

—Si no estamos equivocados, nuestra intención primera es dirigirnos a la Cueva de los Enanos en el sur de la Sima Desconocida, liberar a los esclavos de Croma y aliviar las pesadillas de Yogui, por medio de las cuales la bruja controla a su gente e intenta conseguir las esmeraldas arcoíris que han de propiciar su retorno, ¿no?

—Así es, en efecto —concedió Matías—. Pero ¿a dónde queréis ir a parar?

—Pues que, si nuestra intención es llegar allí y el propósito del visir es llevarnos, lo más natural es dejarnos llevar y sorprenderlos después desde dentro, que siempre será más fácil que forzar la entrada de una cueva, que con poco se defiende. En otras palabras, lo que nosotros proponemos es que nos quedemos aquí, nos comportemos como si nuestra voluntad siguiera sojuzgada por nuestros enemigos y permitamos que nos conduzcan a la Cueva de los Enanos. Una vez en ella, atacaremos simultáneamente desde dentro y desde fuera, lo cual nos dará más posibilidades de éxito.

—Y ¿qué haremos con El Temido? —preguntó inquieto el capitán Laurel.

—Creo —replicó Lady Victoria— que mi padre puede destacar algunos marineros para que lo tripulen, de manera que los dos barcos lleguen juntos a la Costa o Playa de los Dinosaurios, como vosotros la llamáis. Sería conveniente que quienes habéis venido en nuestro rescate, os volváis con lord Crokinole y ayudéis en la maniobra de El Temido.

Tras debatirlo unos minutos, el plan de Lucas y Lady Victoria acabó por imponerse, pues a casi todos nos pareció que, por osado, ponía el triunfo más al alcance de la mano.

Retornábamos ya los expedicionarios al exterior de la fortaleza donde nos aguardaba Lord Crokinole; los prisioneros volvían a su lugar y tomaban de nuevo en las manos las flores de loto, aunque evitando ahora mirar fijamente sus pétalos, cuando oí decir a Iker, refiriéndose a ellas con voz llena de ira y desprecio:

—¡Bah! ¡Son como los malditos móviles!

Capítulo 10: El emir de Bagdasco y la Gruta de la Sirenas (final)

Betrus ibn Muqadas el Dragut calló en ese preciso instante; su mirada, hasta entonces cálida y risueña, se tornó gélida y su rostro compuso un gesto frío y duro. Se limitó a batir las palmas, sin añadir media palabra más, y ocho o diez jenízaros, provistos de curvos alfanjes y amenazantes moharras, se abalanzaron contra nosotros y, en medio de insultos y empellones, nos llevaron de vuelta a las puertas del palacio, arrojándonos, sin miramiento alguno, al polvo del camino.

—Este maldito enano —se exasperó Laurel— no sabe tener la boca cerrada.

Asentían los demás, espesando la atmósfera a mi alrededor, cuando esta se esclareció de súbito por la risa cristalina de lady Victoria:

—No creo que pudiéramos sacarle mucho más sobre mi padre y, la verdad, a mí ya empezaba aburrirme con el cuento de sus disputas conyugales, que con trescientas esposas, puede ser el de nunca acabar.

Rompieron a reír también Iker, Lucas y Matías y, al final, todos terminamos de la misma manera.
Nos cortó en seco la risa una voz a la que oímos decir a nuestras espaldas:

—Sin duda, la entrevista con mi señor el emir Betrus ibn Muqadas al Dragut, amén de provechosa, ha debido resultar divertida, según lo risueño que andan sus honorables invitados.

La irónica observación provenía de un moro chepudo, vestido con una chilaba gris macilenta que, de lejos, no parecía demasiado limpia, con el rostro recorrido por una barba rala, como hilera de hormigas beodas, que se espesaba algo en la barbilla y por debajo de la nariz. Al principio pensé que llevaba un turbante marrón, pero, al repararlo más despacio, me percaté de que se trataba de su enmarañado y largo cabello castaño que le daba vuelta a toda la cabeza y se sujetaba arriba con un moño en forma de pompón.

Iba el capitán Laurel a devolverle como se merecía el cumplido, pero el moro se adelantó:

—Excusadme por haberme dirigido a vosotros sin antes presentarme: soy Boulos ibn Alkanisas, visir del todopoderoso Betrus Ibn Muqadas al Dragut, emir de Bagdasco y favorito de Allah, quien nos lo preserve por siempre entre nosotros. Por lo que veo —prosiguió— el emir os ha hecho expulsar de su presencia porque habéis debido tener la osadía de interrumpir su sabio y entretenido parlamento. En realidad, esto no debiera preocuparos demasiado. Solo lo sabrán los jenízaros “jetatores”, que son un cuerpo de la guardia especial para eso, por lo que se llaman así, y vosotros. Al emir se le habrá olvidado y dirá que no os ha podido atender debidamente porque tenía jaqueca. A mí mismo me lo ha hecho ya varias veces en que he osado interrumpirle y ayer, sin ir más lejos, expulsó del mismo modo a un lord inglés que había venido a visitarlo.

—Y a propósito de ese lord inglés, ¿sabéis qué ha sido de él? —preguntó Matías, antes de que Lady Victoria, que parecía dispuesta a ello, llegara siquiera a abrir la boca, para impedir que esta, de interrogar al visir, revelara su condición y ello pudiera provocar algún incidente con aquellos sujetos tan tiquismiquis.

—Supongo que se habrá marchado por donde vino. Yo lo recogí aquí, me disculpé con él en nombre del emir y le aconsejé que, para calmar su mal humor y su despecho, se diera un relajante paseo por la ciudad, en el que no debía faltar una visita al maravilloso café apodado La Gruta de las Sirenas. Pocos lugares como este para hacerse una idea aquí en la tierra de cómo debe ser el paraíso que Allah nos tiene reservado a los creyentes allá en el cielo. Lo mismo os recomiendo a vosotros. Podéis decir que vais de mi parte. Os prestarán una atención más esmerada.

Y, sin añadir nada más, se introdujo en la litera de la que había descendido, dio una orden a sus porteadores y, abriéndose paso entre los jenízaros “jetatores”, se introdujo en el palacio y se perdió por el dédalo de sus estancias.

Volvimos a sumergirnos en las bullangueras calles de la ciudad y, tras preguntar a varios viandantes, dimos con el famoso café, que se encontraba en una de las callejuelas anejas al puerto, en un barrio en el que establecimientos del mismo tipo competían entre sí para atraerse una clientela formada en su mayoría por tripulantes de embarcaciones de pesca o por la ruda marinería de los muchos mercantes que navegaban aquellas aguas. Presentaba este, sin embargo, algunas características que lo singularizaban de manera notoria. Tenía la entrada el aspecto de una gruta natural —y aun podía serlo en efecto—, con el techo altísimo y erizado de puntiagudas estalactitas de cal o, al menos, pintadas de blanco. El suelo por el contrario habíase alisado en el centro, formando un ancho espacio circular que debía servir de escenario para las atracciones y espectáculos que un obsequioso anfitrión prometía inolvidables, entre continuas reverencias a los clientes e hiperbólicas alabanzas al local.

Y no empezó mal la cosa: una vez acomodados sobre unos mullidos cojines alrededor de una mesita que ocupaba la casi totalidad de una gruta lateral, desde la que teníamos una espléndida vista del proscenio, nos sirvieron un té moruno, que debía estar delicioso, pues mis compañeros lo sorbieron con fruición. Al poco tiempo, tres hermosas bayaderas ejecutaron sobre el escenario una tan sensual y frenética danza del vientre, que me hizo temer se les soltaran las bisagras de la cintura en medio de sus espasmódicas sacudidas. Apareció tras ellas el introductor que nos había recibido a la entrada del café y anunció su número estrella. Íbamos a ser de los pocos afortunados mortales que tendrían ocasión de escuchar de cerca el canto de las sirenas y de aplaudir su singular armonía, capaz de hechizar a cualquier hombre y, llegado el caso, de hacerle perder la memoria, el entendimiento y la voluntad.

El elogio del presentador despertó un murmullo irónico entre la concurrencia, habituada a las exageraciones con que recibía al público en las puertas de café, pero pronto pudimos comprobar que, en absoluto, hablaba en broma.

Empujado por unos fornidos asistentes, se colocó delante de la platea un gran acuario translúcido, de aguas un tanto turbias y cubierto con un velo transparente de color rojizo, montado sobre una plataforma de madera provista de ruedas. En su interior se atisbaban unas criaturas. mitad humanas y mitad peces, que se deslizaban con ligereza lo mismo en la superficie que en el fondo del agua.

A una orden de alguien oculto en las sombras, se asomaron al exterior del tanque y dejaron ver rostros de bellas facciones regulares, aunque un tanto inexpresivas, y ondeantes cabellos dorados que les descendían por los hombros; con una voz dulcísima, entonaron un extraño y melodioso canto, hecho tan solo de sonidos armónicos, que no parecían pertenecer a ninguna lengua humana.

Aquellos sonidos fueron haciéndose más y más bajos, hasta el punto de que, en un momento dado, dejé de percibirlos, pese a que veía moverse aún las bocas de las sirenas.

Miré, extrañado, alrededor para saber si mis compañeros notaban lo mismo que yo, pero me encontré con que Matías, Iker, Lucas y el capitán seguían atentos y hasta embobados ese extraño canto; en el otro extremo de la mesa, lady Victoria volvía los ojos de un lado a otro, mostrando un desconcierto idéntico al mío. De improviso, se levantaron los cuatro, al unísono con el resto del público y, moviéndose de un modo bastante mecánico e inconsciente, formaron una fila que empezó a avanzar hacia el fondo de la gruta, jaleada por la misma voz que dirigía la actuación de las sirenas y que, ahora que la oía con más nitidez, me pareció identificar como la del visir Boulos ibn Alkanisas.

A una muda señal de lady Victoria, nos unimos a la hilera, fingiendo padecer idéntico trastorno que nuestros camaradas. Avanzó esta pesadamente, encaminándose hacia una nueva gruta cuya angosta entrada, que tan solo permitía el paso de uno en uno, se veía al fondo del escenario. Según nos acercábamos a ella, observé que, una vez el caminante traspasaba la entrada, era arrastrado por unas manos poderosas y se perdía por el interior de un largo y oscuro túnel que se adivinaba detrás.

Estaba nuestro grupo en las inmediaciones de la gruta, con el capitán Laurel a la cabeza, cuando lady Victoria, que se hallaba en las proximidades del tanque, extrajo de entre sus ropas el pistolete que tan familiar me era y apuntando hacia él hizo fuego. La reverberación del disparo resonó en las paredes de la cueva y las vibraciones de su eco agrandaron el agujero que el impacto de la bala había hecho en el vidrio que conformaba sus paredes, de modo que estas se resquebrajaron. La presión remató la tarea: el cristal se hizo añicos y un agua fétida se desparramó por el suelo, mojándonos los pies. Cayeron también las sirenas, cuyo canto cesó de repente, sustituido por unos agudos chillidos, que ya sí podía oír, y que resultaban bastante desagradables. En ese momento se desató el caos. Los clientes que habían formado la fila espabilaron todos a una y tras unos instantes de desconcierto, y sin saber muy bien por qué, emprendieron una alocada carrera en todas direcciones, gritando, atropellando mesas, banquetas, asientos y a los pocos mozos del local que pretendían detenerlos o incluso guarecerse de ellos y no lo hacían con suficiente rapidez. Para impedir que el capitán, Iker, Lucas y Matías hicieran lo mismo, lady Victoria les dio una orden tajante:

—¡Por aquí! ¡Seguidme!

Y se encaminó con decisión hacia la abertura por la que habían desaparecido algunos de los infelices subyugados por el canto de las sirenas.

Empezamos a recorrer una angosta galería, a la que daban infinidad de pequeñas grutas provistas de puertas enrejadas en las que se apiñaban multitud de desgraciados, seducidos por las ondinas y cautivados por el malvado visir como materia prima para su lucrativa industria del tráfico de esclavos, que colocaría después en quién sabe qué desconocidos y perversos mercados.

Pasábamos por delante de uno de aquellos calabozos, el de mayor tamaño y más abarrotado de presos, cuando una voz que emergió de él detuvo nuestra carrera en seco:

—¡Victoria, aquí!

Sacando las manos por entre las rejas y medio aplastado por otros prisioneros también suplicantes por su libertad, se encontraba lord Alfred de Crokinole, haciendo desesperados intentos por llamar nuestra atención.

Nos dirigíamos hacia esa oscura cárcel y buscábamos el modo de abrir la reja de hierro que la cerraba para liberar a sus ocupantes, cuando una extraña criatura, con forma de pez, pero dotado de piernas y unas manos a modo de garfios asomadas al final de unos cortos brazos que nacían por encima de sus aletas pectorales, se interpuso entre aquella y nosotros, esgrimiendo un pesado lanzón con el que apuntaba a lady Victoria.

Con un golpe rápido y seco de su muleta que le acertó de lleno en la cabeza, el capitán abatió al extraño pez, al tiempo que exclamaba:

—¡Vaya, la muleta del viejo John Silver no ha perdido ni un ápice de su contundencia!

Mientras todos reíamos la broma del capitán, lady Victoria no se entretuvo un segundo: se agachó sobre la criatura y registró su cuerpo hasta hallar, debajo de una de las aletas, una llave herrumbrosa con la que abrió la puerta de la prisión de lord Alfred, permitiendo que escaparan a su vez el resto de los reclusos.

Sin detenerse en explicaciones o efusividades, padre e hija reemprendieron la marcha, seguidos de los demás. La galería que traíamos desembocaba cerca del puerto, en un muelle paralelo a él y medio oculto, por el que debían entrar y salir de la isla sin ser vistos los barcos esclavistas.

Cuando intentábamos orientarnos, para localizar la chalupa con los marineros de la Victoria, vimos emerger de la cueva a media docena de aquellos extraños peces, armados de sus correspondientes lanzones, con el visir Boulos Ibn Alkanisas a la cabeza, quienes hicieron ademán de venir en nuestra persecución, en el momento justo en que divisamos el bote y rompimos a gritar para llamar a sus tripulantes en nuestro auxilio.

Se acercaron estos, esgrimiendo las armas de que pudieron hacerse, y se unieron a nosotros, de forma que osamos hacer frente a nuestros perseguidores.

Ante el súbito cambio en la correlación de fuerzas, se detuvo el visir y mandó parar a su guardia; adoptó una actitud obsequiosa, incluso un tanto servil, y se dirigió a nosotros diciendo:

—No teníais por qué huir. Solo quería disculparme por lo que no ha sido nada más que un desagradable malentendido. Idos en paz y ¡ojalá que no guardéis un mal recuerdo de vuestra visita a la isla de Bagdasco! Espero volver a veros pronto por aquí.

—¿Qué demonios fuiste a hacer a Bagdasco, papá? —preguntó una irritadísima lady Victoria, apenas el recio bogar de los tripulantes de la chalupa nos sacó por la bocana del puerto, en dirección a nuestros buques respectivos.

—A propósito de la historia de Merlín sobre los extraños seres que estaban atacando la Sima Desconocida, recordé viejos rumores que había oído en una de mis visitas anteriores al emir de Bagdasco sobre grandes peces anfibios y sirenas, cuyo canto trastorna a los hombres y los esclaviza.

—¿Hay alguna relación entre ellos? —inquirió Matías.

—Al parecer, son lo mismo en el fondo. Las sirenas son las hembras de los siluros. Su apariencia humana es solo un disfraz. La única diferencia es que su piel es más sensible, se reseca antes y, por ello, soportan peor estar fuera del agua. En fin, siempre es bueno saber a qué ha de enfrentarse uno, antes de entrar en batalla.

—Desde luego —terció entonces lady Victoria— algo importante hemos aprendido sobre ellos.

—¿Qué? —preguntaron al unísono Iker y Lucas

—Que su canto solo vuelve idiotas al sexo masculino. Ni a mí, que soy mujer, ni a Benavides, que está hecho solo de palabras y argamasa, pudo enajenarnos y, gracias a eso, estamos todos libres ahora.

—Eso es cierto —intervino Laurel—; pero no sabemos qué pasaría si, amén de sirenas, hubieran cantado también siluros.

—¿Por qué no lo hicieron, entonces?

—Porque, en Bagdasco, la presencia de una mujer como cliente de un café, y menos vestida de hombre, es impensable y, por eso, nuestro amigo el visir Ibn Alkanisas, que no podía imaginar que se contara una entre su auditorio, ha visto truncados sus planes.

—Pues, en cualquier caso, ¡menos mal que vine! —apostilló lady Victoria con toda intención, dirigiéndose en particular al viejo pirata.

Capítulo 9: La isla de los tres Robinsones (1ª parte)

—La carta esférica dice que esa isla, a la que no asigna ningún nombre, está desierta, pero desde aquí se divisan varias columnas de humo. Parece como si en ellas ardiera el fuego de algunos hogares.

Yoguina se mostraba desconcertada por el asunto, mientras el capitán Laurel escrutaba con detenimiento una costa hasta la que asomaba espesa vegetación, tras la que nada podía advertirse, sin dejar de ir y venir al mapa.

—Podrían ser nativos de islas vecinas que acuden a esta para oficiar sangrientos rituales —osé sugerir, al tiempo que mis palabras encendían mi propio miedo—. De hecho puede leerse algo parecido en algunos libros famosos…

—¡Y dale con los libros! —terció Maeve—. A lo mejor es solo que la carta tiene un error o que su información esta desfasada.

—Es lo más probable —apuntó Matías.

—No sé yo —intervino de nuevo el capitán—. Lo cierto es que no nos queda más remedio que comprobarlo por nosotros mismos. Las pipas están casi vacías, así que tendremos que hacer una aguada en esa isla, porque no sabemos cuánto tardaremos en llegar a la próxima, ni si será más o menos hostil que esta, de la que no nos consta que lo sea en absoluto. El litoral, al menos, parece bastante tranquilo y pacífico.

Dejando, pues, solo a las mariquitas vigías al cuidado del barco, con el encargo de observar atentamente el horizonte por si veían aparecer las velas cuadras de la Victoria (de quien, por cierto, no habíamos tenido noticia alguna desde que nos internáramos en el banco de niebla que cobijaba al islote del Capitán Achab), nos dirigimos el resto de la tripulación, con los dos botes cargados con las pipas, a la orilla, en un punto donde habíamos advertido que desembocaba la corriente de agua dulce de un pequeño riachuelo.

Desembarcamos en las cercanías, en una playa de guijarros y arena negruzca y, cuando bajábamos los toneles para hacer nuestra aguada, una voz salió de la espesura:

—No pretenderéis llevaros gratis el agua de mi riachuelo.

Quedamos sobrecogidos y paralizados, cuando desde otro punto de la jungla, emergió una nueva voz, más recia, si cabe, que la anterior:

—¿Cómo tu riachuelo? Dirás: nuestro riachuelo.

—Según todos los convenios internacionales, yo también tengo derecho al agua y nadie puede reclamar la propiedad de un curso de agua, ni de sus riberas, hasta una distancia de seis metros desde la orilla —dijo una tercera.

—¡Cállate imbécil! —replicó la primera—. Así no hay quien haga negocio, ni que les podamos sacar algo a los turistas.

—No insultes. Esto puede desembocar en un incidente diplomático entre nuestras dos naciones. Además, tú, luego, no repartes.

—¡Señores, quienes sean —exclamó entonces, irritado, el capitán Laurel, echando mano de su pistola—, pueden tener claro que, de ninguna manera vamos a pagar por el agua; y, si quieren dinero nuestro, que, por cierto, no llevamos, tendrán que venir a cobrarlo!

—Dinero no —respondió la voz—. Aquí no hay dónde gastarlo, así que no sirve. Pensaba en algo que nos pueda ser útil, como armas, herramientas o provisiones. Lo que se dice comercio justo; un intercambio ecuánime, un quid pro quo o, más bien, do ut des.

—No daremos nada.

—Entonces tenderemos que elevar una queja —insistió la tercera voz.

—O, mejor —apuntó la primera—, envenenar el agua.

—Pero, si hacemos eso —dijo el segundo—, nosotros tampoco podremos beberla.

—No seas estúpido: la corriente llevará el veneno aguas abajo. Si bebemos de la de arriba nada nos pasará.

—Yo, en cualquier caso, protesto. Me parece un atentado indigno…, pero, si con ello se cobra, exijo mi parte.

—¿Crees que serán capaces, capitán? —peguntó inquieta Yoguina

—Es posible —replicó este—. Pero el remedio es fácil. También nosotros buscaremos el agua más arriba. Y así, de paso, podremos trabar conocimiento con huéspedes tan amables.

A una orden del capitán nos fuimos adentrando en la jungla, remontando el curso del riachuelo. Marchábamos trabajosamente, lastrados por el peso, aun vacíos, de los toneles destinados a albergar el agua y por lo apretado de la vegetación ribereña, en la que menudeaban las zarzas, juncos y otras plantas espinosas que, de continuo, nos herían, perforando incluso nuestras ropas.

Contrariado por la lentitud, el capitán optó por dejar a algunos rezagados al cuidado de las pipas y lanzó al resto, a cuyo frente él mismo iba, a una descubierta en busca de las misteriosas voces que poblaban la isla.

Llegamos por fin a un claro, en cuyo centro se alzaban tres frondosas secuoyas, cada una de las cuales estaba coronada por una rústica edificación hecha con restos de naufragios, palmas y ramones de otros árboles. Descendieron de ellas, apenas nos vieron llegar, tres curiosos personajes con las caras cubiertas de una tupida pelambre oscura, vestidos con pieles, cuyas cabezas estaban tocadas por sendos gorros, asimismo de piel. La uniformidad de sus atuendos y el color de las cabelleras hacía que solo pudieran diferenciarse por ligeras diferencias de estatura o por la superior presencia de mechones grises en la sotabarba de unos u otros.

—Sean bienvenidos, mis señores, si son gente de paz —dijo uno de ellos, que parecía de mayor edad y cuya voz identificamos como la primera de las que nos pidieron peaje por el agua del riachuelo.

—Mi nombre es Pedro de Montaraz y los otros que aquí veis son Daniel Serkik y el señor Def. Somos náufragos y altos dignatarios de las tres naciones en que se divide Isla Desierta.

—¡Ahora me lo explico! —dijo el capitán Laurel riendo, al tiempo que daba una palmada en la frente—. Cuando leí la carta esférica interpreté que a esta isla no se le atribuía ningún nombre y que se consideraba deshabitada, pero lo que, en realidad, ponía en la carta era el nombre de la isla: Isla Desierta.

Reímos todos ante el gracioso equívoco y el capitán, recuperando de súbito una seriedad que cortó en seco nuestras carcajadas, prosiguió:

—Lo que no entiendo es lo de las tres naciones. ¿Dónde están sus habitantes?

—Los tenéis delante —respondió el señor Def.

—¿A todos?

—A todos menos a aquellos tres nativos, que llegaron en un cayuco hace cosa de un mes y a los que, a falta de mejor nombre, hemos bautizado como Lunes, Miércoles y Viernes —apuntó Serkik, señalando a un grupo de tres negros que, en un extremo del claro y alrededor de una hoguera, charlaban alegremente, vigilando codiciosos el espeto en el que se asaba algún animalejo que debían haber cazado y bebían una especie de cerveza en tanto aguardaban a que estuviera en su punto para dar buena cuenta de él.

Iker, Lucas y lady Victoria atraídos por el olor que emanaba el asado y su sazón a base de hierbas aromáticas, se aproximaron al grupo, sin poder resistirse, con la esperanza de que aquellos compartieran su delicioso banquete.

Al notar la circunstancia, uno de los negros se puso en pie y encarándose con los muchachos los conminó:

—¡Tú racista! ¡Tú discriminas a mí!

—Pero, ¿qué dices? —preguntó Lucas extrañado—. Si no hemos hecho nada.

—Te he lanzado —le replicó el negro—un potente conjuro mágico que sirve para hacer que el hombre blanco se arrodille. Por lo menos eso fue lo que nos dijo el moro que nos vendió el cayuco. Y, a veces, es verdad que funciona.

—No me extraña —respondió Lady Victoria—, pero nosotros solo queríamos compartir un poco de ese excelente asado. ¡Huele que alimenta!

—Si solo es eso —dijo otro de los negros desde la hoguera—, sentaos que hay de sobra para todos.

Y los chicos se unieron decididamente a la fiesta.

—Y vosotros —preguntó el capitán Laurel a los náufragos—, ¿no participáis?

—No, por Dios ¡qué asco! —dijo Serkik—. ¡Somos veganos!

—¿A qué nación pertenecen ellos? —preguntó Laurel, señalando hacia los nativos.

—Todavía a ninguna —replicó el señor Def—. Hay serias discrepancias entre los cuerpos diplomáticos de nuestras tres naciones sobre los criterios para la asignación a cada una de nuevos pobladores. Entretanto se resuelven, los tenemos confinados en aquella esquina del claro con el estatuto provisional de refugiados.

Se encogió de hombros el capitán y mudó de asunto:

—En cuanto al impuesto sobre el agua…

De Montaraz lo interrumpió:

—Impuesto, que fea palabra. En mi nación lo consideramos más bien un canon.

—Pero esa no es la técnica fiscal adecuada, querido amigo. Lo correcto —dijo Serkik— es denominarlo una tasa, como hacemos nosotros.

—Lamento discrepar de mis estimados colegas, pero su verdadera naturaleza es, según la entendemos, la de un gravamen —terció el señor Def.

—Bueno está —replicó el capitán—, pero ¿por dónde van las fronteras entre las tres naciones? Lo digo por saber de cuál de ellas tomamos el agua y si, en consecuencia, hay que pagar tasa, canon o gravamen.

Se miraron desconcertados los robinsones, hasta que, por fin, Serkik alcanzó a decir:

—Fronteras, lo que se dice fronteras, no tenemos. En realidad, una nación es un sentimiento, y ¿quién le puede poner límites al sentimiento?

—Es cierto. Muy bien observado —señaló el capitán—. Al sentimiento, ni se le ponen límites, ni se le pagan cánones, tasas o gravámenes. Así que, con vuestro permiso, voy a ordenar a mi tripulación que llenen las pipas del riachuelo. ¿Podéis decirle a los chicos que se bajen a la playa cuando terminen la comida con los “refugiados”?

Turbados y mudos quedaron los tres habitantes de Isla Desierta, hasta que, por fin, el señor Def acertó a articular:

—Pues también es verdad. No se me había ocurrido…

Llenamos las pipas sin que los habitantes de las tres naciones nos pusieran nuevos inconvenientes y, a mitad de nuestro descenso, cuando nos dirigíamos a los botes, nos sorprendió una de las mariquitas vigías, que, exhausta, se llegó hasta donde el capitán estaba, acompañado de Matías, Yoguina y yo.

—Capitán —gritó casi atragantándose por la ansiedad y la urgencia—, ¡el bergantín! ¡Han capturado el bergantín! Vinieron bordeando la costa en una chalupa seis marineros ingleses y otros tantos soldados y me redujeron.

Capítulo 7: El guardián del tesoro (final)

—¡Iker! —exclamó sorprendido—. Así que al final os han encontrado. Me alegro. En cuanto a ti, Benavides, te esperan unas cuantas páginas por rellenar del cuaderno de bitácora. Y ¿quién es esa muchacha pelirroja vestida de marinero?

Nos mirábamos unos a otros, sin decidirnos a responder, cuando Lady Victoria avanzó resuelta hacia Laurel y le dijo encarándolo con orgullo:

—Mi nombres es Lady Victoria Clara de Crokinole…

—¡Cuánto honor. Una aristócrata en mi barco…! —replicó Laurel con ironía.
Parecía que iba a proseguir burlándose de la muchacha, que enrojecía de indignación, cuando al reconocer el apellido, se vio transportado por un insano ataque de furia:

—¿Crokinole? ¿No seréis pariente de Alfred de Crokinole, comandante de la balandra Victoria?

—Es mi padre —dijo resueltamente la chica.

—¡Maldita sea! ¡Rayos y centellas! ¡Por diez mil diablos! ¡Sois una infame espía de vuestro padre, que pretende a toda costa capturar mi barco! Pero no lo conseguirá. ¡Al agua con ella y que vuelva a nado a su maldita isla, si no es pasto antes de los tiburones!

—¡Al agua con ella! ¿Al agua con ella! —gritaron casi al unísono el resto de los piratas, contagiados por la cólera de Laurel.

—No puedo consentirlo, capitán —terció Iker en ese momento—. Ella nos salvó y nos ha traído hasta aquí arrostrando la ira de su padre. No podemos darle ese pago.

—Pues entonces, ¡al agua contigo también, por cien mil truenos y tormentas!

La actitud amenazante de parte de la tripulación, encabezada por la mariquita borracha, aproximándose con no muy buenas intenciones hacia donde Iker y lady Victoria se hallaban, hizo que hasta la chica, habitualmente fría y segura de sí misma, temiera un tanto por su suerte. Acudieron en auxilio de ambos Lucas y Matías y, cuando todo parecía indicar que se iba a producir un enfrentamiento de incierto resultado entre las dos facciones de los tripulantes de El Temido, la voz de Yoguina se sobrepuso al ruido que unos y otros formaban entre amenazas e improperios

—¡Quietos todos! —gritó—. Capitán, la chica ha venido a este barco de manera voluntaria, quiero decir que no está aquí en calidad de prisionera o de botín de abordaje. ¿Me equivoco?

—No —replicó Laurel—. Pero no entiendo a dónde quieres ir a parar.

—Pues a que si ha venido por su voluntad, solo puede interpretarse que lo hace como postulante para ingresar en la Ilustre Cofradía de Bucaneros de Mar Interior, ¿no es así muchacha?

—Así es —contestó ella, asiéndose a la tabla de salvación que creía percibir tras las palabras de la joven lagartija.

—Pues entonces es la propia cofradía en pleno y no el capitán quien tiene potestad para decidir si la chica puede quedarse o no. Yo voto que sí.

—¡Y yo! ¡Y yo también! —gritaron las hadas y a ellas se sumaron las gallinas y poco a poco el resto de los tripulantes, hasta que solo quedó la obstinada opinión contraria del capitán.

—El resultado es abrumador —prosiguió Yoguina—, así que proclamo a Lady Victoria miembro de pleno derecho de nuestra ilustre cofradía.

La proclamación fue acogida con el desatado entusiasmo de los mismos que momentos antes estaban dispuesto a arrojarla por la borda.

Laurel, profundamente irritado, se refugió en su camarote con un portazo, musitando para sí.

—Me da que nos hemos de arrepentir de esta decisión.

—¡Se escapa! —gritó el hada Melusina, al ver que Pog Clinc, aprovechando que la confusión del momento había relajado la atención de sus vigilantes, se había zafado de ellos, arrojado por la borda y, desde el mar, nadaba velozmente en dirección a la costa.

—¡Que alguien lo siga! ¡Al bote! —gritó el capitán Laurel, de vuelta a puente, olvidado, al parecer, del incidente con lady Victoria.

Fue esta la primera en reaccionar y seguida de las hadas, de Iker, de Lucas y de Matías, se deslizaron hasta el bote encostado al navío y emprendieron bogando la persecución del cerdo.

—¡Humm! —murmuró el capitán Laurel, contemplando cómo el esquife se separaba del bajel y acortaba la distancia con el huido—. Se llame como se llame su padre, la chica vale.

Casi dos horas tardaron los perseguidores en retornar al barco y, cuando lo hicieron, el prisionero no los acompañaba.

Interrogado sobre el particular, Matías contó la singular peripecia que había sufrido su improvisada expedición.

“No logramos alcanzar a Pog antes de que llegara la orilla, así que nos vimos obligados a seguir sus huellas por la selva, en la que se internó de inmediato. Bien es verdad que fue dejando un rastro bastante evidente, quizás a propósito. Lo cierto es que se movía con tal celeridad por lo más intrincado de la jungla que, pese a que destacamos a las hadas para que no lo perdieran de vista, ni siquiera ellas lograron darle alcance. Después, en fin, de un buen rato de persecución, vimos que se detenía en un claro, junto a un promontorio de roca que se elevaba en medio de él y ante el que el cerdo se tumbó a descansar, fatigado por la larga carrera que hasta allí lo había conducido.

—Pog Clinc no puede más —dijo exhausto—. Pog Clinc se rinde.

Llegamos junto a él y Lady Victoria y la hadas se quedaron mirando fijamente la roca:

—¡Está hueca! —exclamaron a la vez.

—Dentro tesoro. Pog Clinc entrega. Y diciendo eso, manipuló un resorte oculto no sé muy bien dónde que hizo que una enorme piedra redonda se deslizara, dando una vuelta sobre sí misma, y dejara al descubierto la negra entrada de una cueva.

Azuzados por la curiosidad y de manera quizás algo precipitada, nos introdujimos por ella y en el fondo logramos percibir, en medio de la húmeda oscuridad reinante, la silueta de un enorme cofre abierto, en cuyo interior se encendían destellos dorados por la escasa luz que le llegaba desde la entrada.

Se aproximó Lucas a él y extendió la mano para tocarlo, pero antes, al parecer, de llegar a donde se hallaba, la piedra de la boca de la caverna volvió a girar sobre sí misma y taponó la abertura, haciendo aún más densa la penumbra que nos rodeaba. Incluso a través de la gruesa roca nos llegó la voz de Pog, que se regodeaba de su triunfo:

—¡Disfrutar tesoro, disfrutar tesoro! Vosotros mucho tiempo para disfrutar tesoro—. Y se alejó riendo de la cueva.

Intentamos empujar la pesada roca que nos taponaba la salida con todas nuestras fuerzas, pero no logramos moverla ni un ápice, pues encajaba con firmeza en la abertura.

Empezábamos a desesperarnos ante la inutilidad de nuestros esfuerzos, cuando Lady Victoria nos advirtió:

—No está oscuro del todo. Por algún sitio se cuela un poco de luz. ¡Quizás la cueva tiene una segunda entrada!

Siguiendo el débil halo que, en efecto, iluminaba apenas la caverna, avanzamos, dejando a la izquierda la oquedad en que el cofre reposaba, por una estrecha galería abierta en su fondo y encontramos el resquicio por donde la luz entraba.

Para nuestra decepción se trataba de una pequeña grieta que horadaba la pared de piedra, por entre cuyas estrechas paredes ni siquiera yo en condiciones normales podría haberme escurrido.

—¡El polvo de hadas! ¿Lo lleváis encima? —exclamó Lucas, preso de súbita inspiración, dirigiéndose a ellas.

—Siempre lo llevo encima —respondió Meve.

—Pues empequeñece a Matías para que salga por ahí, vuelva a la entrada y accione el resorte que mueve la piedra.

—¡Es verdad! ¡Matías puede hacerlo! — corroboró Iker con entusiasmo.

—Sería una bonita manera de devolverme el favor por haberos sacado de la trampa colgante —insistió Lady Victoria.

Me puso Maeve los polvos y pude escurrirme por la grieta con cierta facilidad, de modo que vine a salir en la parte de atrás del gigantesco montículo de piedra hueca.

Lo que ya no resultó tan fácil fue dar con el resorte, sobre todo porque a mitad de mi búsqueda una inquietante sombra se proyectó sobre el suelo, tapando la mía. Anduve, por fortuna, rápido de reflejos y pude pegarme a la pared exterior de la cueva, ocultándome bajo un estrecho saliente, solo un segundo antes de que el ataque del halcón peregrino le llevara a arañar con sus garras el pedazo de suelo que yo había ocupado.

Se posó el ave unos metros más adelante y permaneció durante unos minutos, que se me hicieron eternos, escrutando con la penetrante mirada de sus redondos ojuelos amarillos la rendija de piedra en la que estaba oculto. Finalmente, desde dentro de la cueva, resonaros las voces de mis compañeros, inquiriendo el motivo por el que no acababa de abrir la entrada y, asustado por ellas, el halcón alzó el vuelo y se perdió por el horizonte.

Se encontraba el resorte disimulado entre unas piedrecitas del suelo, de modo que pude liberar con facilidad la roca que tapaba la entrada y los presos abandonaron la caverna, restregándose los ojos, deslumbrados por el brillante sol del mediodía, al pasar de la oscuridad reinante en aquella a la luz del exterior.

Tomamos consejo sobre lo que convenía hacer, si buscar a Pog Clinc o llevarnos el tesoro de vuelta al barco.

—Ninguna de las dos cosas merece la pena. Si Pog Clinc quiere quedarse en la isla es muy libre de hacerlo y en cuanto al tesoro… no vale nada —dijo a la sazón Lucas.

—¿Son falsas las monedas?—preguntó Iker intrigado.

—Más que eso. De hecho no sé por qué Clinc lampaba por comida distinta de las bananas. Podía haberse comido el tesoro entero: son monedas de chocolate.

—¡Bueno! Pues llevémoslas y nos las comemos nosotros.

—¡Bah! Ya están rancias —respondió Lucas, cuyo labio inferior aparecía orlado por una mancha negruzca. Y los dos se echaron a reír”.

Capítulo 7: El guardián del tesoro (2ª parte)

Se apresuró Lady Victoria a desanudar, cuchillo en mano, los nudos de la red y así que todos los prisioneros estuvieron liberados y constatamos que en buen estado de salud —por más que alguno quejoso y magullado—, nos dispusimos a dar y recibir las explicaciones correspondientes a encuentro tan inesperado por ambas partes.

Fue así como supimos que después de nuestra caída y no bien el estado de la mar dio lugar para ello, El Temido había virado en redondo y vuelto a recorrer la zona en donde suponían sus tripulantes que habíamos sido arrastrados al agua.

La falta de resultado determinó que fuera aumentando de manera paulatina el radio del círculo en que buscaba y eso le llevó a costear, por fortuna de noche, la isla circular, en la que habían visto fondeada a la balandra inglesa.

No poco trabajo costó persuadir al capitán Laurel de que no era el momento adecuado de entrar en la rada y aprovechar su inmovilidad para cañonearla, abordarla y dejarla anclada de una vez y para siempre al fondo del mar.

Convencido al fin de que lo importante para el objetivo que perseguía el viaje era hallar a Iker y de que mientras más se demorara el hallazgo, más difícil sería lograrlo, pasaron de largo y tras algún tiempo de navegación arribaron a la isla en que nos hallábamos por una bahía situada justo en el extremo opuesto de aquel por el que habíamos llegado nosotros.

Viraban ya para volver al mar, mas advirtieron indicios de que la isla no estaba deshabitada como parecía, y, pensando que tal vez podía tratarse de nosotros, decidieron dar una batida en ella por ver de hallarnos.
De ese modo, Lucas, Matías y los tres enanos se habían internado en la jungla, caminado por ella durante horas, sin encontrar a nadie y ya pensaban en volver a El Temido, cuando tuvieron la desgracia de que alguno de ellos —no estaba claro quién, pues todos se exculpaban a sí y acusaban a los demás— pisara en un lugar indebido desde el que se disparó el mecanismo que activaba la trampa de la que, de manera tan oportuna, los acabábamos de rescatar.

Se disponía Iker a narrar nuestra singular peripecia, cuando Lucas, sin dar lugar a ello y señalando a Victoria, preguntó:

—Y la marinera pelirroja, ¿quién es y de dónde ha salido?

Antes de que Iker tuviera ocasión de abrir la boca, se adelantó Lady Victoria y, con el rostro encendido por el enojo, reprendió a los chicos:

—No me parece adecuado que interroguéis a terceros sobre mí, hallándome yo presente. En cuanto a Iker, ha sido un completo grosero interesándose por vuestra historia, antes de presentarme a vosotros y dar lugar a que pudierais agradecerme cuanto en vuestro auxilio acabo de hacer. Yo soy Lady Victoria Clara de Crokinole, hija de Lord Alfred de Crokinole, gobernador de la isla que lleva su nombre y comandante de la balandra Victoria, de la Armada Real de su Majestad.

—¡La hija del comandante de la Victoria! ¡Estáis locos! ¡Cómo la habéis traído hasta aquí! —exclamó Matías alarmado.

—Si nos dejáis explicarnos unos y otros —replicó Iker, ahíto de tanto reproche—, tal vez llegaríais a saber que nosotros no la hemos traído. Más bien ella nos ha traído a nosotros.

Pudo Iker finalmente narrar toda las peripecias que habíamos sufrido desde que aquel golpe de mar nos barriera de la cubierta de El Temido, hasta el reciente y oportuno rescate de los compañeros apresados en la misteriosa trampa en que habían caído mientras nos buscaban.

—Lo que procede entonces —dijo Matías, una vez que Iker hubo concluido su relato y tras unos breves instantes de reflexión— es volver al barco y reiniciar nuestro camino. Bien que me gustaría hallar al autor de este endemoniado garlito y medirle las costillas en pago de lo que las mías han sufrido. Pero, mejor será dejarlo por ahora. Y cuando volvamos al barco, habrá que ver cómo reacciona el capitán Laurel cuando conozca la identidad de nuestra acompañante… No sé si, tal vez, fuera mejor ocultársela.

—¡Me niego! —respondió a la sazón Lady Victoria de nuevo enojada—. No tengo necesidad de ocultar nada a nadie, ni menos de humillarme escondiendo mi identidad ante un simple pirata.

—Pero, mi lady —intervine para aquietarla—, el capitán Laurel es muy capaz de dejaros abandonada en la isla.

—¡Veremos! —replicó ella arrogante.

Se encogieron de hombros los presentes ante la tozudez de la muchacha y emprendimos el regreso a nuestro navío, azuzados por las ganas de saber en qué vendría a parar el choque que de manera inevitable se habría de producir entre Lady Victoria y el capitán Laurel.

—Más nos vale caminar con precaución y mirando dónde ponemos los pies —advirtió Lady Victoria ya más calmada—. O mucho me equivoco o la trampa en que caísteis no ha de ser la única que armara quien la armó.
Asentimos todos y, en efecto, hicimos los pasos más cautelosos, aun a costa de ralentizar sobremanera nuestra marcha. No habíamos recorrido mucha distancia con aquel andar que parecía cansino, cuando casi todos a la vez notamos un leve crujido de la maleza, inequívoca señal de que no estábamos solos.

—¡A tu izquierda, Iker! —grito Lady Victoria y ambos, seguidos de Lucas y Matías, emprendieron una veloz carrera por la jungla en pos de algo que solo alcanzábamos a percibir en la forma del movimiento que su curso atropellado provocaba en la vegetación.

La carrera se detuvo bruscamente, cuando en medio de un crujido de plantas secas, oímos que nuestro perseguido exhalaba un grito de desesperación.

—¡Maldita! —le escuchamos decir—. Pog Clinc no recuerda trampa.

Llegamos los enanos y yo al punto en que los otros detuvieron su persecución, al pie de una honda fosa, antes disimulada por una capa de ramas cortadas que cubrían la boca, en cuyo fondo, un cerdo blanco de resina o cemento, al igual que la mayoría de nosotros, cubierto de pieles y con el ojo izquierdo tapado por un parche, se afanaba en vano por salir del profundo agujero al que lo había conducido su alocada huida.

Desde dentro de su fosa, el cerdito nos miraba aterrorizado, con su único ojo desmesuradamente abierto.

—Pog Clinc pide perdón honorables marineros. Pog Clinc no sabía…

Logramos sacarlo del agujero haciendo caer en el hoyo algunos troncos secos que había alrededor, por los que trepó ágilmente. Al llegar arriba hizo un nuevo intento de fuga que fue abortado por los enanos, quienes terminaron por sujetarlo con fuerza, hasta dejarlo inmovilizado por completo.

—¡Soltar Pog Clinc! —clamaba—. Si soltar Pog Clinc, Pog Clinc lleva cueva del tesoro.¡Bueno, también si dar queso! Pog Clinc mucha hambre y mucho tiempo sin comer queso, solo banana.

—Lo mejor será llevarlo a presencia del capitán. Él sabrá que hacer con este prisionero, a quien el mucho tiempo de soledad y abandono en esta isla han debido reblandecer el cerebro —sugirió Matías, ante el desconcierto evidente que las palabras y el comportamiento del cerdo habían provocado en todos los presente.

Emprendimos el camino hacia la ensenada en que El Temido se hallaba fondeado, abandonando nuestro bote salvador en la playa y, tras algunas horas de penosa marcha, no fuéramos a caer en otra de las trampas de Pog Clinc que hasta él hubiera olvidado, divisamos primero los mástiles del bergantín y finalmente su casco al completo meciéndose con suavidad sobre las olas.

Fuimos Iker y yo objeto de un cariñoso recibimiento por parte de sus tripulantes y obligados a contar una y otra vez la peripecia de nuestro naufragio, solicitados por las gallinas de la Sociedad Literaria, siempre ávidas de historias.

Ante el clamor que todos producían, hablando a la vez, riendo y felicitándose, el capitán Laurel abandonó su camarote y salió a cubierta a la vez que Matías y los enanos se dirigían en su busca conduciendo a nuestro prisionero, de manera que ambos se dieron casi de bruces, se detuvieron unos momentos, mirándose con fijeza mutuamente y, por fin, el capitán Laurel exclamó:

—¡Pog Clinc, viejo bribón, te hacía desaparecido hace muchos años, desde que el capitán Kidd te dejó en una isla para que protegieras su tesoro!

—Pog Clinc cumple órdenes. Nadie toca tesoro capitán Kidd.

—Así que fue en esta isla. Nunca supimos dónde. Kidd se llevó el secreto a la tumba.

—¡Capitán Kidd no muerto! ¡Capitán Kidd vuelve por tesoro y lleva Pog Clinc comer queso! Capitan Kidd promete Pog Clinc. Capitán Kidd siempre cumple promesa.

Solo en ese instante, se apercibió Laurel de que también estábamos en el barco, Iker, Lady Victoria y yo.

Capítulo 7: El guardián del tesoro (1ª parte)

Pese a la capacidad de resistencia, rayana en la tozudez, de que Lady Victoria Clara de Crokinole hacía gala, el sueño terminó por rendirla, como a todos. Se había pasado horas y horas manejando el timón y la vela de manera simultánea, sin consentir que la releváramos en el gobierno de una u otro ni un solo instante. Tan solo aceptaba, si amainaba algo la brisa o viraba el viento a un rumbo distinto al que ella había elegido, que ayudáramos bogando a mantener la marcha del bote.

Al final, sin embargo, vino a quedarse dormida en medio de una calma chicha que detuvo casi por completo el curso del barco e hizo inútil cualquier intento de dirigirlo. El sueño impidió que ni ella ni nosotros nos apercibiéramos de que una poderosa corriente impulsaba el esquife hasta hacerlo encallar con suavidad en los arenosos bajíos de una playa abierta. Después, la bajamar se llevó el ribete de olas mar adentro y, cuando despertamos, la barca reposaba a casi cien metros de la orilla.

—Se me hace que ni entre los tres podremos arrastrar el bote hasta hacerlo reflotar —dijo Lady Victoria contrariada—. Así que mejor aprovechamos las horas que faltan para que suba de nuevo la marea en explorar los alrededores de la playa, buscar agua y, si es posible, algo de fruta fresca, antes de hacernos de nuevo a la mar.

Ni se nos pasó por la imaginación discutir el liderazgo que de manera completamente natural había asumido la muchacha, pues tanto Iker como yo reconocíamos su mayor experiencia y superior conocimiento en aquel extraño entorno en que nos hallábamos.

Cosa distinta era la viabilidad de su plan, pues frente a nosotros, el terreno se elevaba en una escarpada montaña verde que hacía impracticable el intento de abandonar la playa.

No arredró eso a la intrépida inglesita quien, tras mirar a uno y otro lado, calibrando pensativa ambas rutas, señaló hacia levante:

—Para allá —ordenó. Y no la engañó su instinto o su capacidad de observación, pues tras recorrer trabajosamente un amplio trecho, dimos, al volver un recodo que hasta entonces lo ocultaba a nuestra vista, con un arroyuelo que, en ese punto, venía a rendir al mar sus aguas transparentes.
Bien —dijo—, el problema del agua ya está resuelto—. Si remontamos el curso del arroyo, no hemos de tardar en encontrar alguna fruta que nos acomode.

—Una cosa, mi lady —preguntó Iker un tanto inquieto—, ¿hay en esta selva animales peligrosos, de los que debamos guardarnos?

—La verdad —replicó ella con un gracioso mohín— es que no tengo ni idea, porque no sé dónde estamos. Si es como en la isla de Crokinole, solo hay que tener cuidado con los varanos y las víboras cornudas.

—¿Los qué?

—Los varanos son unos lagartos de un tamaño considerable. Llegan a tener dos o tres metros de largo y son capaces de cazar un búfalo (que, dicho sea de paso, enfadado, tampoco es moco de pavo)

—Entonces —replicó Iker temblando—, si no os importa, seguid sin mí. Yo iré a cuidar el bote, lo vaya a arrastrar la marea.

—Como quieras. Pero ten cuidado con la arena. Las víboras cornudas se entierran en ella y no hay forma de verlas hasta que no las pisas. Para entonces, ya suele ser tarde.

Se rascó Iker la cabeza, lleno de vacilaciones.

—Mejor sigo con vosotros —dijo al fin— vaya a ser que me necesitéis. Pero, ¿no sería mejor ir por dentro del arroyo?

—Sería una idea estupenda, de no ser por las sanguijuelas.

—¿Sangui qué? —preguntó el chico aún más alarmado.

—Las sanguijuelas —respondió lady Victoria, sin poder contener la risa, ante el enfado creciente del chico, que se daba ya a los demonios—. Son una especie de negros gusanos acuáticos que se te pegan a la piel y te chupan la sangre, a poco que te descuides. Los han usado médicos y barberos para sangrar a los enfermos. Dicen que así se les purifica la sangre y se les extraen los malos humores. El doctor Roberts todavía lo hace en la isla, pero yo las odio. Me dan un asco infinito.

—Pues estamos arreglados.

—¡Ah! Se me olvidaba. Si veis un platanero, antes de coger la fruta, aseguraos de que no se ocultan arañas entre los racimos. Su picadura es muy peligrosa.

—¡No te digo! —replicó Iker ya al borde del pánico absoluto, mientras una irónica sonrisa atravesaba el rostro pecoso de lady Victoria.

—Todo eso es falso, ¿verdad? Lo decís para asustarnos —preguntó el muchacho desasosegado.

—En absoluto —replicó ella con frialdad.

—Entonces, ¿de qué os reís?

—De tu miedo —y sin decir más empezó a internarse en la jungla.

Anduvimos unos metros por entre los árboles de la rivera del arroyuelo, cuando Lady Victoria, desprendiendo del cinto un cuchillo de marinero que traía a la espalda, sopesó la vegetación que tenía alrededor y dirigiéndose a un arbusto parecido al brezo que por allí había, segó de él una rama gruesa y recta, a cuya punta anudó el cuchillo con unas lianas de que se había provisto, formando un a modo de lanzón corto.

—Esto ayudará a disuadir a alguno de nuestros amigos de la selva, si se ponen pesados —dijo con humor.

—Como sean del tamaño de los que vimos frente a la cueva de los enanos, en la que desde entonces llamamos “playa de los Dinosaurios”, les puede servir de mondadientes —replicó Iker con un tono bastante más sombrío.

—¡Ah! ¡Dinosaurios! He leído historias sobre ellos, pero, en verdad, no los he visto nunca.

—Pues yo sí —contestó Iker con voz tan lúgubre que ensombreció el humor de la muchacha.

—Y eso sin contar el tamaño del Kraken —intervine deseoso de hacerme notar en aquella pelea de gallos— que ocasión tuve de medirlo bien de cerca.

—Sí. Por fuera… y por dentro —fue el comentario de Iker ante el que Lady Victoria estalló en una cristalina carcajada que aclaró en buena parte la densa atmósfera que parecía haberse instaurado entre nosotros.

Según tenía para mí, deberíamos llevar andando algunas horas, sin que las dichosas frutas hubieran aparecido o sin que las pocas que habíamos hallado merecieran la aprobación de la chica, en unos casos por su mal sabor, en otras por no estar todavía en sazón o porque, en fin, podían producir disentería.

Pensando que, si no frutas, hallaríamos tal vez alguna seta comestible, hacía rato que había dejado de mirar a los árboles, por entre los que avanzábamos en silencio, para concentrarme en buscar por el suelo, cuando en medio de unas matas rastreras percibí el movimiento sinuoso de lo que podía ser una culebra de buen tamaño. Me detuve en seco e hice que Victoria se aproximara, señalándole mi descubrimiento.

—Una pitón reticulada. Pero apenas una cría. No creo que te haga nada. El problema es…

—¿Qué? —la apremió Iker.

—La madre. No debe andar lejos.

No pude dejar de aplaudir a lady Victoria por la extensión de sus conocimientos.

—No tiene ninguna importancia —replicó ella riendo—. Como os he dicho en la isla de Crokinole no hay mucho con que entretenerse. Por fortuna mi padre posee una vastísima biblioteca… que nadie conoce como yo.

—¡Una biblioteca! —exclamé con entusiasmo—. Seguro que en ella hay libros de historias que cuentan historias de libros que preservar de la furia iconoclasta de los ratones. Precisamente en mi calidad de preservador de libros titulado…

Por el rabillo del ojo observé que Iker se disponía a poner fin con algún exabrupto a una conversación que sin duda lo hastiaba, pero no hubo ocasión para ello: en ese momento llegó hasta nosotros un rumor de quejas y una angustiosa llamada de socorro.

Corrimos los tres hacia el lugar de la jungla de donde parecían provenir los gritos de auxilio y arribamos de improviso a un pequeño claro, de forma casi circular, en cuyo centro se alzaba una enorme ceiba, de la cual colgaba una trampa en forma de red por entre cuyos nudos asomaban una pierna de muchacho, una pata y un rabo de lagartija y un gorro frigio de enano.

—¡Lucas, Matías…! Pero ¿qué hacéis ahí? —preguntó Iker con asombro.

En vez de contestar, los angustiados prisioneros se limitaron a señalar al pie de árbol, mientras gritaban:

—¡La serpiente! ¡Cuidado!

Y es que, en efecto, la que debía ser madre de la cría que poco antes habíamos visto, y que vendría a medir unos respetables cuatro o cinco metros de larga, tanteaba la forma de trepar por el tronco de la ceiba, buscando una presa fácil en los prisioneros, forzosamente inmóviles en el seno de la red.

—Coged palos, piedras o lo que sea y seguidme —ordenó lady Victoria.

Y, casi sin dar lugar a que la obedeciéramos, se lanzó gritando hacia la serpiente, mientras esgrimía el lanzón que se había fabricado.

La imitamos nosotros y, antes de que llegáramos, el reptil asustado se desenroscó del árbol y huyó en dirección a donde su cría la aguardaba.

—¡Bajadnos de aquí, por favor! ¡Nos vamos a descoyuntar! —suplicó Matías.

Satisfacer su petición no era, sin embargo tarea fácil. La forma más obvia, que implicaba trepar hasta la rama de la ceiba de la que colgaba la red y cortar la liana que la sostenía para que esta cayera al suelo, tropezaba con dos inconvenientes: la altura a la que la red colgaba, que determinaría una caída para nada liviana a quienes estaban apresados en su interior y la multitud de aceradas espinas que defendían el tronco de la ceiba hasta los dos tercios de su altura, que dificultaba la tarea de trepar por él.

Buscaban Iker y Lady Victoria el modo de afrontar el rescate, rascándose pensativos la cabeza, cuando el asunto se solucionó por sí solo, aunque quizás no de la mejor manera para todos los atrapados. La liana que sostenía la red, demasiado envejecida y desgastada, no pudo aguantar el peso, ni el movimiento con que los apresados por ella buscaban liberarse o, en su defecto, adoptar una postura más cómoda, se partió en dos con un leve crujido y dio con su contenido en el suelo, en medio de las correspondientes expresiones de alivio y satisfacción de quienes quedaron arriba y del barullo de quejidos y lamentos de quienes cayeron en la parte de abajo.

Capítulo 5: La cueva del Microcosmus (2ª parte)

Transitábamos ya casi por el centro del paso entre ambos, cuando notamos una gran agitación bajo la quilla y una torre de espuma emergió justo delante de nosotros. De la horrible cabeza que la coronaba surgieron dos  larguísimos tentáculos que se enrollaron en cada una de las rocas, formando con el cuerpo una infranqueable barrera, al tiempo que una decena de brazos algo más cortos trepaban por la borda y tanteaban en la cubierta como a la búsqueda de algo, deteniendo por completo la marcha del barco.

—Matías —gritó con desesperación el capitán—, arme a a la tripulación con hachas y espontones y vamos a hacer rodajas los brazos de ese calamar o lo que sea. Nos servirán de cena esta noche. ¡Iker, Lucas, al sollado, como habíamos convenido!

—¡Pero, capitán…! —protestaron estos.

—¡Si no os marcháis inmediatamente os haré juzgar por insubordinación!

Tuvieron los chicos que plegarse a la autoridad del capitán y, de mala gana, bajaron a ocultarse, en tanto el resto de los tripulantes se armaba siguiendo las indicaciones del pirata.

—¡Benavides, no te quedes ahí parado como un lelo y ayuda!

La orden de Melusina resonó con tal firmeza que, sin saber muy bien lo que hacía, ni dar resquicio a que pudiera oponerme, me vi de súbito con un hacha de abordaje en las manos corriendo hacia uno de aquellos horribles tentáculos que serpenteaba ciego por entre las tablas.

Lo golpeé con toda la fuerza que fui capaz de imprimir al hacha, pero en vez de conseguir que esta lo seccionara, rebotó contra la coriácea piel que lo cubría y escapó de mis manos, yendo a parar unos pasos más atrás de donde, ya indefenso, en esos momentos me encontraba.

Se elevó hacia donde yo estaba la punta negra de aquel tentáculo, provisto de rosadas ventosas, y, sin darme tiempo a huir, hizo presa en mí y me rodeó con fuerza, dejándome incapacitado para cualquier movimiento.

—Mr. Benavides, be strong!

Widerstenhen Sie!

Procedían las voces de aliento de dos muñecos de cuyos cuerpos troncocónicos de cemento emergía una cabeza con forma asimismo de tiesto de flores invertido y a los que se unían por medio de cordeles unos a modo de manos y piernas de la misma forma, pero más pequeños. Se trataba de Mister Tim y Frau Tina, la singular y veterana pareja de Villa Vidinha que, cuando no ejercían de piratas, daban amablemente la bienvenida a sus visitantes al pie de la escalera que conducía a la entrada principal, en calidad de mayordomo y ama de llaves de la casa, según acreditaban sus respectivas indumentarias.

Se lanzaron ambos con determinación contra el monstruo, provistos de sendas hachas con las que golpearon varias veces el tentáculo que me apresaba, con bastante más fuerza de la que yo empleara, aunque con no mucho mejor resultado.

Tan embebidos estaban en su noble y valeroso intento de liberarme que casi no se apercibieron de que otros dos brazos de la bestia se aproximaban a ellos por su espalda y terminaron también por apresarlos:

Achtung, darling! —gritó frau Tina, aunque ya demasiado tarde.

De improviso, los tres gigantescos apéndices se izaron a la vez y sus presas fuimos transportadas hacia la cima de lo que nos había parecido antes torre de espuma, en la que una boca de grandes proporciones se abrió como la negra entrada de una caverna, dejándonos caer dentro, sobre una superficie mullida y gelatinosa.

Caímos los tres juntos en un amasijo de piernas y brazos y, cuando intentábamos ponernos en pie, la superficie aquella se elevó hacia la curva bóveda de la gruta, al tiempo que una sustancia amarillenta la volvía resbaladiza en extremo, hasta el punto de hacer que nos deslizáramos irremisiblemente por el todavía más oscuro agujero que se abría a su fondo.

Tras una prolongada caída libre a lo largo del fétido túnel, vinimos a dar en una enorme concavidad de paredes y suelo blandos y techo altísimo, iluminada por verdosa fosforescencia, en un extremo de la cual brillaba también una luz blanca.

Así que pudimos rehacernos de la caída y ayudándonos mutuamente a caminar por la inestable superficie de la nueva caverna nos dirigimos, de manera casi instintiva, hacia aquel punto de luz.

La tal superficie estaba inundada de un líquido verdoso que apenas nos cubría los pies y en el que sobrenadaban toda clase de pintorescos objetos: restos de velas y cabos, maderas, cabillas de timón, platos y cubiertos, armas variopintas y hasta algún libro.

Chapoteando en aquel caldo repulsivo y esquivando de cualquier forma los enseres que sobre él flotaban, llegamos al lugar de donde provenía la luz y en el que, para nuestra sorpresa, hallamos, iluminada por un fanal de barco, la figura de un anciano de luenga barba blanca y muy crecidas greñas asimismo canosas que, sentado a una mesa de tres patas, escribía sobre pergamino con una pluma de ave.

—¡Vaya! —exclamó así que se apercibió de nuestra presencia al levantar casualmente los ojos de su escrito—. No es frecuente recibir visitas en este lugar. Pero no creáis que sois los únicos. Me consta que el primero en pasar por aquí (de eso debe hacer ya bastante tiempo) fue un profeta antiguo. Tenía la costumbre de solo prever desgracias, hasta el punto de que sus coetáneos llegaron a pensar que, en realidad, las atraía; así que en una travesía por mar donde las cosas empezaron a ponerse feas, la tripulación decidió tirarlo por la borda para evitar que el barco entero se perdiera. Nada más llegado al agua, el monstruo se lo tragó. Dicen que solo pasó aquí tres días, pero tengo para mí que debieron ser bastantes más. No se sale del vientre de este bicho así como así. También pasaron por aquí un viejo carpintero y su hijo, un chico de cabeza tan dura que parecía hecha de madera y al que, de vez en cuando, la nariz le crecía de un modo extraordinario…

—¿Y tú quién erres? —preguntó la voz tajante de Frau Tina con su inseparable deje gutural.

—Eso, who are you, Sire?—corroboró el británico acento de Mr. Tim.

—Mi historia es larga —replicó el anciano—, pero como aquí dentro el tiempo cuenta poco porque hay poco que hacer, creo que podré entreteneros un rato con ella. Mi nombre —prosiguió diciendo— es Pierre Denys Pontoppidan y soy de profesión malacologista, que en román paladino viene a querer decir que me dedico al estudio de esos seres misteriosos y fascinantes que son los moluscos y, en particular, los llamados cefalópodos. Desde pequeño me sentí atraído por las historias que los marineros contaban del mayor de estos animales jamás vistos: el kraken. Recogí sobre él cuanto material pude hallar, en forma de descripciones científicas, como la de Linneo, que lo catalogó en la primera edición de su Systema Natruae con el nombre de Microcosmus Sepia. Ignoro por qué, aunque alguna sospecha me ronda al respecto, lo excluyó de la segunda edición de su libro. Compilé también simples cuentos, leyendas y rumores y con todo ello compuse una gigantesca Historia Natural del Kraken, en la que recogía la noticia de ser el responsable del hundimiento en una sola noche de siete barcos americanos frente a las costas de Florida. Mi obra tuvo un eco sin precedentes: universidades y sociedades científicas se me disputaban y no paraba de impartir en ellas charlas y conferencias muy bien remuneradas. Mas en mi propio éxito se cimentó también el principio de mi desgracia: la envidia, que impregna toda actividad humana, se agudiza en los cenáculos académicos e intelectuales, de donde debiera haber sido erradicada para siempre. Un grupo de malacólogos, celosos de mi fama, sobornaron a tripulantes supervivientes de los barcos hundidos en Florida, quienes testificaron que su naufragio trajo causa en una súbita tormenta tropical, desatada de improviso sobre tales lugares. ¡Una tormenta tropical! ¡Valiente sandez! Pero lo cierto es que mi celebridad se esfumó tan deprisa como había llegado y me hallé en poco tiempo pobre, hambriento y despreciado por todos los círculos científicos que antes me aplaudieron. Pudieron tramar mi ruina, mas no pudieron doblegarme, ni consiguieron que abjurara de mis convicciones. Invertí el poco dinero que me llegó de una inesperada herencia en botar un pequeño balandro y me hice navegante solitario; crucé todos los mares conocidos y algunos ignotos y, tras muchos años, obtuve al fin mi recompensa: el Microcosmus engulló mi barco y a mí con él y, desde entonces habito su interior, escudriño sus secretos y compongo con ellos la obra definitiva sobre el monstruo del Leviatán, sobre el abominable Caribdis, sobre la suma, en fin, de todas las gigantescas y terribles criaturas marinas. Mas no perdono a la humanidad que, incrédula y envidiosa, me despreció y humilló. Tengo determinado que no se ha de beneficiar de mis descubrimientos. Hay saberes que los hombres no merecen, así que los profundos y maravillosos secretos del Kraken jamás verán la luz; permanecerán por siempre aquí, pues es justo que nunca abandonen el estómago mismo de su dueño. Mas decidme —preguntó el viejo, mudando de súbito de asunto—, ¿quiénes sois vosotros y qué habéis venido a hacer aquí? ¡No pretenderéis destruir esta magnífica criatura, sin par en la Naturaleza!

—Nosotros solo querrer salir limpiamente de kraken y salvar barrco —replicó frau Tina.

Of course, Sire —corroboró Mr. Tim.

—Bueno —replicó Pontoppidan pensativo—, de aquí salir se puede, como hicieron el profeta, el carpintero y su hijo. Yo conozco al menos dos vías para eso, pero ninguna de las dos es limpia. Aunque, al menos, una de ellas os ayudará también a salvar el barco.

—Si Herr Pontoppidan tenerrr amabilidad explicarnos plan, nosotros luego hacer mucho deprisa.

—¿Está armado vuestro barco?

—Yes, Sire, ¡con diez cañones por banda!

—Tendremos entonces que aumentar la temperatura en ese punto del estómago del monstruo —dijo el anciano señalando hacia una protuberancia que sobresalía de un pliegue de la pared blanquecina de la caverna—. Cuando la criatura note el calor liberará el barco por unos momentos, sumergiéndose en busca de agua fría, mas no ha de tardar mucho en emerger de nuevo para volver a atrapar su presa. Si vuestros amigos aprovechan el momento para lanzarle una andanada que logre hacerle algo de daño, el monstruo intentará ocultarse y emprender la huida y ahí tendréis la oportunidad de escapar.

—¿Cómo? —pregunté un tanto escéptico ante un plan que se me antojaba bastante disparatado y sujeto a múltiples imponderables que podrían hacerlo fracasar y que el animal se hundiera para siempre con nosotros dentro.

—Solo tenéis que prender un fuego en la protuberancia y correr después hacia la galería que veis a vuestra izquierda. Si todo sale como espero, desde ella hallaréis la forma de dejar al monstruo.

—Pero, ¿con qué vamos a encender fuego? Además está todo mojado. Tardará mucho en arder cualquier cosa que pretendamos quemar —objeté de nuevo.

—Un poco de fe, mi escéptico amigo —replicó el anciano—. Ahí tengo yesca y pedernal con que podréis prender esas tablas que flotan en el suelo. En cuanto a la humedad, proviene del líquido que hay en él. Es ácido y bastante inflamable, así que de lo único que tenéis que preocuparos es de no salir ardiendo también vosotros.

—En cuanto a eso —dijo Mr Tim—, no problem. Nosotros no combustibles.

Tomó el mayordomo la yesca y el pedernal que el viejo nos tendía y en poco tiempo hizo prender una llama azulada en unas madera, cubiertas de algas muertas, que frau Tina había acumulado junto a la protuberancia.

Nos encaminamos, siguiendo las indicaciones del viejo, por la galería en cuestión que resultó ser extremadamente corta y desembocar en un negro agujero que no dejaba adivinar lo que ocultaba en su fondo.

Notamos de pronto que el animal se sumergía, de lo que colegimos que había liberado al barco, mas pronto volvió a subir buscando la superficie para hacer de nuevo presa en él.

Los cañones de una de las bandas de El Temido retumbaron con estruendo y percibimos una fuerte sacudida en la criatura, que empezó a sumergirse de nuevo. De lo profundo del agujero que se hundía a nuestros pies vimos entonces emerger una marea negra proyectada hacia arriba con enorme fuerza.

—¡Es la tinta! ¡Saltad! —grito Mr. Tim al tiempo que nos arrastraba al chorro de líquido negro, el cual nos empujó violentamente al exterior del monstruo y hasta nos elevó por encima de la superficie del mar, a la que volvimos a caer, a pocas brazas de nuestro barco, la boca de cuyos cañones de la banda de babor podíamos ver humear todavía.

Estaba tan aturdido por la increíble peripecia que acabábamos de vivir que, mientras sobrenadaba en la oscura mancha, a la espera de que nuestros compañeros vinieran a rescatarnos, solo una idea se me pasaba por la cabeza:

—¡Lástima de tinta! —pensaba—. ¡La de libros que se podrían escribir con ella!

Capítulo 5: La cueva del Microcosmus (1ª parte)

El pequeño gabinete de crisis, compuesto por Laurel, Yoguina, las hadas, Matías y los chicos, al que yo había sido invitado a participar en calidad de observador por la insistencia de las lagartijas, se reunió en la estrecha cámara, situada bajo el puente, donde el capitán se retiraba a descansar de vez en cuando.

La estancia, más espaciosa en apariencia de lo que en realidad era, merced a la luz que la inundaba procedente de una vidriera de cuarterones de tres hojas, estaba dispuesta longitudinalmente con respecto a la eslora del navío. Una mampara de madera la dividía en dos mitades: en la más hacia proa tan solo se veía un modesto catre, provisto de un delgado jergón de paja y un viejo baúl forrado de cuero, ya muy agrietado; la mitad de popa la amueblaban una delgada mesa clavada al suelo y unas cuantas sillas, que servían de comedor para el capitán y la oficialidad o de sala de consejos.

Mas, apenas nos dispusimos todos alrededor de ella, con el objeto de decidir el curso de nuestras acciones ante la, al parecer, peligrosa situación a que la calma chicha podía conducirnos, cuando resonó de nuevo la voz de la mariquita vigía:

—¡Capitán!..¡Hip!..¡Estamos recuperando el rumbo!

Corrimos todos hacia las vidrieras y pudimos comprobar que, en efecto, la popa se deslizaba sutilmente hacia estribor, señal de que la proa enfilaba con decisión el rumbo adecuado.

—Es lo que yo dije—apuntó Yoguina—. Son sinuosidades de la corriente.

—No estaría yo tan seguro —replicó Laurel con gesto preocupado—. Bien puede tratarse de otra cosa. Una situación terrible, me temo.

Y, ante la muda interrogación que advirtió en los rostros de todos los presentes, prosiguió:

—Un lejano antepasado mío, navegante empedernido por este y otros siete mares, se vio en una ocasión ante un angustioso dilema que los dioses del mar le propusieron: navegar hacia estribor con el riesgo de que enormes torbellinos de agua hicieran naufragar su embarcación y perderse él y toda su tripulación, o hacia babor y afrontar el destino inevitable de que un horrible monstruo devorara a una parte de ella. Así, creo que las oscilaciones de la corriente son el modo en que a nosotros se nos propone el mismo dilema. Si no hacemos nada, el extremo levógiro del torbellino nos llevará al centro del Maelstrom en el que quizás podamos salvar el barco o quizás no y vayamos todos a pique. Si, antes de que cambie de nuevo el rumbo de la corriente, amuramos foques e izamos la cangreja, no me cabe la menor duda de que una brisa de popa, o puede que un viento huracanado, nos ha de empujar por babor hacia las fauces de un terrible ser que pondrá en peligro cierto la integridad de alguno de nosotros.

—Y, ¿qué hizo tu antepasado? —preguntó ávido Lucas.

—Sacrificó a unos pocos por el bien de todos. Perdió la mitad de los marineros.

—¡Oh! ¡Sí! —intervine sin que nadie me hubiera preguntado y sin poderme contener—. Esa historia, o una parecida, se cuenta en…

—Ya te vale, Benavides —me interrumpió, como siempre, Maeve—. No está el horno para bollos eruditos.

—Lo importante —dijo un hasta entonces taciturno Iker— es decidir qué vamos a hacer nosotros.

Yoguina se adelantó a todos:

—Lo mismo que el antepasado del capitán. Si la nave se va a pique nuestra misión fracasará de todas todas. Si algunos sobreviven, podrán completarla. Por ello, sugiero que hagamos lo posible por mantener nuestro rumbo originario, siguiendo las instrucciones de Merlín y procuremos a toda costa preservar a Iker y a Lucas, que son los verdaderamente imprescindibles para que esta tenga éxito.

—Y ¿cómo haremos? —la interrogó el capitán Laurel.

—No sé —replicó ella—. Cuando conozcamos la naturaleza del peligro que hemos de afrontar, será el momento de decidirlo.

Protestaron con energía Iker y Lucas, alegando no necesitar ningún tipo de privilegio, ni protección especial y estar dispuestos a enfrentarse con lo que quiera que fuera a pie firme y hombro con hombro con el resto de los miembros de la tripulación, pero Matías intervino para convencerlos:

—Si vosotros no llegáis a la Playa de los Dinosaurios, cualquier sacrificio, amén del vuestro, habrá sido inútil. Así que en agradecimiento al de quienes no logren sobrevivir al peligro que nos aguarda, si alguno no sobrevive, deberíais seguir el plan de Yoguina.

Aceptaron los chicos, aunque a regañadientes, y, terminado el consejo, salimos a dar cuenta de lo tratado al resto de los tripulantes, que con gran expectación aguardaba en cubierta.

Los restantes piratas, antiguos pacíficos habitantes de Villa Vidinha, respaldaron con entusiasmo la propuesta que el capitán Laurel sometió también a la consideración de todos y, sin más tardar, Matías ordenó amurar los foques del bauprés e izar la cangreja, por más que en ese instante seguía sin moverse ni una brizna de viento.

No bien ejecutada la maniobra, notamos que las velas desplegadas comenzaban a henchirse por lo que nos pareció al principio una brisa ligera. Pronto, sin embargo, se transformó en un más que mediano lebeche que empujó alegremente a El Temido en dirección nornordeste, su rumbo originario.

Avanzaba el velero cada vez más de prisa hasta que se hizo notorio que su velocidad excedía a la que podía desarrollar por el mero impulso de viento sobre las lonas.

—¡Arriad las velas! —ordenó el capitán—. La velocidad a que el barco se mueve es señal de que no solo nos empuja el viento, sino también una fuerte corriente marina. Si seguimos así, perderemos el control de la nave.

El grito de la mariquita rasgó el manto de silencio que se había apoderado de todos nosotros:

—¡Hip!… ¡Tie… Tierra a la vista por babor!

Corrimos todos hacia la borda de babor y, apretujados en ella, vimos cómo, en la distancia, emergía de la mar lo que parecía un elevado promontorio de roca, en torno al cual batían las olas, rompiendo en remolinos de agua y espuma.

—¡Tierra también a estribor! ¡Hip! —volvió a gritar la vigía.

Al otro lado, en efecto, se alzaba otro promontorio, gemelo del primero, en tanto el barco enfilaba la proa justo al punto intermedio entre ambos, transmitiendo la sensación de que podríamos eludirlos sin mayores dificultades.

—Parece demasiado fácil —musitó Yoguina en ese instante, casi más para sí misma que para el resto de la tripulación.

Asintió el capitán Laurel:

—Nunca he oído hablar de este paso, ni lo he visto recogido en ninguna carta marina. Por otra parte, la proximidad de las dos rocas permite abrigar la sospecha de que ambas estén unidas por debajo de la superficie y el espacio entre ellas, a que parece dirigirnos la corriente, bien pueda estar poblado de peligrosos bajíos que nos hagan encallar. Sería quizás más prudentes intentar orillarlas por un lado o por otro.

—Pero no podemos apartarnos de la corriente. Navegamos con las velas arriadas y carecemos de remos con que cambiar el curso —advirtió Matías.

—Sondad por la proa —ordenó el capitán.

Al mandato de Matías, Willy y Wally intentaron medir la profundidad de mar, cuando nos hallábamos ya en las inmediaciones del paso.

—¡Capitán —gritó el primero—, la sonda se agota sin haber tocado fondo! ¡Debe haber más de cien brazas!

—En ese caso —replicó Laurel— tal vez no sea tan complicado pasar por en medio. Pues tenemos viento de popa, largad velas y que se acabe cuanto antes este mal trago. Me inquieta, no sé por qué, la negrura del agua entre los dos promontorios.

Capítulo 4: Un velero bergantín (2ª parte)

—¡Soltad amarra de sotavento! ¡Levad anclas! —la voz de Matías resonaba por toda la cubierta con matiz menos aflautado del habitual—. ¡Amurad los foques del bauprés! Yoguina, ¡cuarta del timón a estribor! ¡Enanos, Willy, a lo bicheros y apartad la proa del pantalán! Cavo, Valga: ¡izad drizas y tensad escotas de la cangreja! ¡Navegamos de ceñida hasta la bocana del puerto y después avante a toda!

El fiel seguimiento de las órdenes de Matías y la pericia de Yoguina con el timón hicieron que con un ligero cabeceo, El Temido abandonara lentamente el abrigo de la dársena, enfilara la proa a través de la bocana y se lanzara en fin a navegar en mar abierto.

Apenas dejamos atrás unos peligrosos bajíos próximos a aquella, Matías ordenó soltar el trapo. Empujada por una recia brisa de popa, la quilla parecía más sobrevolar que cortar el agua; el bergantín avanzaba a toda vela, mientras la luna rielaba en el mar y el viento gemía en la lona, alzando blandas olas de azul y plata.

—¡Esta noche me trae a la memoria la primera vez que atravesamos el estrecho de los Dardanelos! —exclamó melancólico el capitán Laurel, quien, tras retirarse por unos instantes a su cámara, acababa de reaparecer en el puente.


—Navegábamos con Asia a un lado, Europa al otro y, al frente, las tenues luces de Estambul —prosiguió, mientras se alejaba de mí golpeando rítmicamente con su muleta las tablas del puente y tarareaba una cancioncilla, cuya letra yo desconocía y de la que ya no me acuerdo.

Al amanecer, el tiempo había cambiado. El viento de popa, que hinchó las velas durante toda la noche, dio paso a una calma chicha que las aflojó, dejándolas colgar fláccidas bajo sus vergas, detuvo la hasta entonces alegre marcha del navío y fió su rumbo al capricho de las corrientes marinas.

Como, en principio, la corriente seguía impulsándonos con dirección nornordeste, que coincidía con el rumbo que Yoguina había trazado, nos tomamos la situación como un mero respiro y, sin preocuparnos demasiado por ella, cada cual en el barco se entregó al ocio que más le plugo.


—Benavides —me sorprendió por detrás la voz chillona de Petra, mientras, subido en la tapa de un medio barril que rodaba por el puente para oficiar de banqueta y acodado en la borda, contemplaba pensativo el calmo mar turquesa—, nos debes uno de tus libros desde hace días.


—¡Oh! ¡Sí! —repliqué—. Lo prometido es deuda. Y este es un momento tan bueno como cualquier otro para saldarla, si a las señoras gallinas les parece.

—Desde luego —asintió Petra—. Y ¿qué libro nos vas decir?

—Una novela negra.

Quedaron un tanto desconcertadas las gallinas y tras una breve pausa, Purpurina preguntó extrañada:

—¿Y por qué está pintada de ese color tan raro? No se verá nada. ¡Mejor harían en pintarla de rosa!

—Entonces sería otra cosa distinta —contesté, sin querer ir más allá en mis explicaciones.

—¡Pues de color arcoíris! Se vería mucho más alegre —volvió a sugerir Purpurina.

—¡Ejem…! Me temo que también cambiaría mucho.

Intervino Petra en ese momento, con un gesto displicente hacia la primera:

—¡Pero qué ignorante eres! Se llaman novelas de negras porque las protagonistas son gallinas de Guinea, como nosotras. ¡Me encanta! ¡Gracias, Benavides!

El dictamen de Petra entusiasmó tanto a sus compañeras que las tres, excitadísimas, se pusieron a hablar a la vez y elevaron progresivamente el tono de voz hasta dar en un concierto de agudos e ininteligibles cacareos.
Aprovecharon el resquicio que el momentáneo descuido de sus madres les permitía los inquietos polluelos, abandonaron sus respectivos regazos y se diseminaron por el puente alborotando a su sabor, trepando entre las cabillas de la rueda del timón o subiéndose a un rollo de cabo acalabrotado que reposaba en el suelo. Amenazaban ya con invadir la cámara en que dormía el Capitán Laurel y provocar, si lo despertaban, una auténtica tragedia griega, cuando las gallinas reaccionaron y, con no poco trabajo, lograron devolverlos a sus lugares de partida.

—Me temo, señoras, que están muy equivocadas —dije cuando se restauró la calma y las gallinas, todavía jadeantes por el esfuerzo, se recostaron sobre las tablas de la cubierta—. Se llaman novelas negras a las que tratan de crímenes, asesinatos y cosas por el estilo.

—¿Asesinatos de gallinas? —preguntó extrañada Perla—. ¡Pues como no sea para hacer caldo…!

—No. Asesinatos en general —respondí ya al borde de agotar la reconocida “paciencia Benavides”

—Asesinatos en general. ¡Qué buen título para una novela negra de esas!— asintió Petra reflexiva—. ¿De qué va?

—No, señoras, no. Yerran de nuevo —dije mientras resoplaba con resignación—. Se titula Los crímenes de Alicia.

—Y, si ya sabemos quién es el asesino, ¿qué interés tiene? —inquirió Purpurina con displicencia.

—Bueno —repliqué—, en realidad Alicia no mata a nadie. Es solo la protagonista de una divertida historia en que persiguiendo a un conejo, encuentra una finca llena de personajes singulares que decide llamar “El País de las Maravillas”.

—¿Algo así como Villa Vidinha? —me interrumpió Perla.

—Quizás un poco más grande —repliqué—. En otra ocasión, cruzó de lado un espejo y se encontró de nuevo con otros extraños seres de esos. Pero en el libro que voy a decirles, si me dejan, no se cuentan tales historias.

—¡Oh! ¡Sí! Dilo ya, por favor. ¡Estamos impacientes! —suplicaron las gallinas al unísono.

Obedeciendo sus ruegos les “dije” el relato de un autor argentino que narra los crímenes ocurridos en el seno de una sociedad dedicada a estudiar la obra de Lewis Carroll, el autor de Alicia… Al terminar, al cabo de casi tres horas, Perla, tras un breve instante de reflexión, dijo:

—La verdad, no se me alcanza qué tienen que ver los crímenes esos con el libro del País de las Maravillas, ni siquiera con quien le contó tales historias a Alicia, ni menos, con ella misma.

—¡Bueno! —sugirió Purpurina—. Es como si contara lo que ella habría visto si, al entrar en el espejo, hubiera vuelto la cabeza y mirado hacia atrás.

—Es una forma de verlo, sí —repliqué.

—De todas formas —zanjó Petra ante mi desconcierto—, el libro ese se me antoja muy poco “ficciosímil”.

En ese momento, la vigía subida a la cofa del palo de mesana —una anodina y silenciosa mariquita con camisa de franela roja con lunares negros y negro pañuelo a la cabeza, con la que resultaba imposible mantener una conversación de dos minutos sin que intercalara en ellos más de cincuenta hipidos, productos de su desmedida afición al grog— gritó con voz estentórea:

—¡Está virando la proa! ¡Perdemos…¡hip!… el rumbo!

—¡Maldita mariquita borracha! —replicó el capitán Laurel—. ¡Ya has vuelto a darle al grog!¡Cualquier día de estos te mando pasear por la tabla!

—Me temo, capitán —intervino a la sazón Yoguina—, que, en este caso, la vigía está en lo cierto. Estamos perdiendo el rumbo.

—Pero, ¿por qué? —preguntó desconcertado Matías, que acababa de sumarse a la conversación—. Seguimos en calma chicha.

—No sabría decirlo —replicó la piloto—. Pudiera tratarse de una más o menos leve sinuosidad de la corriente… ¡Oh, Dios mío…!

—¿O qué? —interrogó preocupado Laurel.

—O estamos entrando en el extremo levógiro del pequeño Maelstrom que hay en el centro del Mar Interior y de cuyo peligro nos advirtió el Mago.