Capítulo 9: La isla de los tres Robinsones (2ª parte)

—¿Dónde está tu compañera?

—Se había bebido una botella de grog y debió de quedarse dormida en la cofa. Por eso no vio aproximarse la chalupa y no dio la alarma.

—¡Maldita borracha! ¡La mandaré colgar del palo de mesana por esta negligencia, si recuperamos el navío!

—Antes de llevarse el barco, me arrojaron al agua cerca de la costa para que os dijera que solo os lo devolverían si entregáis a la chica y que ya os avisarán de algún modo de las condiciones para el intercambio.

—Rápido, Benavides, haz venir a lady Victoria y a los muchachos. Tenemos que formar consejo y ver cómo solventamos este negocio.

Corriendo todo lo que mis más bien cortas piernas me permitían, subí de nuevo hasta el claro y, con voz entrecortada por la fatiga, les expuse los acontecimientos en la esquina donde el ágape se celebraba.

Se levantaron con rapidez los comensales y los muchachos, seguidos por los nativos, se precipitaron aguas abajo del riachuelo, llegando a adonde Laurel nos esperaba en un quítame allá esas pajas. Allí les pusieron al corriente de los pormenores del secuestro.

—Y ¿qué podemos hacer? —preguntó Iker con desespero.

Me percaté en ese momento de que Lunes, el refugiado del conjuro, hacía un gesto de complicidad a lady Victoria y ambos se apartaban un trecho del lugar donde los demás se devanaban los sesos para recuperar el barco.

Los seguí con sigilo y pude así oír la interesante conversación que en voz baja mantuvieron:

—El barco que ha capturado al vuestro —decía el nativo— está fondeado en una pequeña rada que hay al otro extremo de la isla a medio día de marcha de aquí. Lo descubrimos ayer mientras buscábamos presas para la comida que hoy hemos compartido. El problema es que, desde tierra, es inaccesible.

—Habrán llevado allí a El Temido, pero ¿cómo llegar a ellos?

— Hay una forma cómoda y rápida de aproximarnos a los buques.

—¿Cuál?

—Nuestro cayuco. Si lo manejamos además nosotros y vosotros os ocultáis en su fondo, podremos acercarnos de noche, bordeando la costa, a los barcos anclados, sin levantar sospechas y liberar el vuestro con un golpe de mano.

—Creo que no hay otra solución… ¡Capitán! Nuestro amigo Lunes tiene un atrevido plan que puede que tenga éxito. Sobre todo, si contamos también con la ayuda de Melusina y Maeve.

Tardamos muy poco en armar el comando que habría de liberar a El Temido y que estaba integrado por los tres refugiados, Iker, Lucas y lady Victoria; Yoguina, que debía pilotar el navío, si conseguíamos recuperarlo, hasta la bahía donde esperarían los demás, las hadas y yo mismo, que me ofrecí voluntario para oficiar de cronista puntual de los acontecimientos, como era mi obligación.

A pocos metros del claro de las secuoyas, de la que no nos habíamos apercibido porque la ocultaba una espesa cortina de enramadas, había una espaciosa playa de arena blanca, en un extremo de la cual se encontraba amarrado el cayuco de los nativos, una embarcación larga y estrecha, semejante a una canoa, de no mucho calado.

Para pasar más desapercibidos, Maeve y Melusina redujeron el tamaño de los chicos y así pudimos disimularnos todos en el fondo del bote, en tanto los nativos, empuñando cada uno su remo, empezaron a bogar para separarnos de la orilla.

Doblamos, al cabo de poco tiempo, la punta de un pequeño saliente de rocas y apareció entonces ante nuestros ojos el resguardado puertecillo natural, en cuyas tranquilas aguas flotaban, anclados a su fondo y mecidos con blandura por un oleaje suave y rumoroso, El Temido y la Victoria.

Aprovechando las sombras del atardecer, que ya empezaban a cernirse sobre la isla y el escaso calado del cayuco, navegamos pegados a la costa. Pudimos observar que nuestros enemigos tenían descuidada por completo la vigilancia de aquel costado del barco, orientado hacia poniente, en el que se hallaba la isla, pues la tenían concentrada en la punta norte, por donde ellos se habían aproximado y hecho presa en el bergantín.

—Melusina, Maeve —dijo lady Victoria en un susurro—, encostada a la mampara de popa está todavía la red que usamos para descender en el islote del Capitán Achab. Volad hasta allí y dejadla caer, para que podamos trepar por ella.

—¿Quién vive? —tronó en ese momento la voz de un vigía que, con un fanal en la mano intentaba inútilmente identificar a los dueños de las voces, cuyos susurros había creído percibir.

—Nosotros no ilegales. Nosotros papeles —gritaron los nativos agitando unos imaginarios que el vigía no podía ver por la oscuridad reinante.

—¡Marchaos y no molestéis más o abordaremos el cayuco!

—¡A la orden, mi almirante! ¡Ahora mismo! —dijo Viernes riendo y sin que ninguno hiciera el más mínimo movimiento para retirarse del casco.

El vigía, sin embargo, se había dado por satisfecho y se alejaba silbando hacia el otro costado del buque.

Cuando nos apercibimos de que aquel abandonaba su ronda y, creyéndose libre de enemigas asechanzas, se refugiaba en el castillo de popa dispuesto a descabezar un sueñecillo, Maeve y Melusina emprendieron su vuelo con un sigilo tal que ni siquiera dejaba oír el tenue murmullo del batir de sus alas translúcidas.

Con no poco trabajo consiguieron las hadas descolgar de nuevo la red desde la amura de babor y por ella trepamos todos. Ya en cubierta y recuperado su tamaño normal, los chicos neutralizaron al marinero inglés que dormitaba junto a la rueda del timón, del que se hizo cargo Yoguina, mientras Maeve y Melusina volaron hasta la cofa, donde descubrieron, todavía durmiendo y sin haber salido de su estado de embriaguez, a la mariquita vigía.

No sé si por desidia o por exceso de confianza, sus captores no habían anclado a El Temido al fondo de la rada, sino que se habían limitado a tender un cabo que lo mantenía quieto y unido a la balandra inglesa. Lo cortamos a hachazos y, desplegando solo foque y trinquete para aprovechar la brisa de poniente, enfilamos la proa hacia la salida del puerto natural, de modo que, cuando desde la Victoria dieron los primeros gritos de alarma, habíamos alcanzado ya una ventaja bastante apreciable, que aumentó porque el navío inglés demoró de manera incomprensible el inicio de las maniobras de levado de anclas y de despliegue del velamen. Más extrañeza aún nos causó percatarnos de que, pese a estar a tiro, los soldados ingleses se mantenían quietos, acodados a la borda, con los mosquetes aprestados, contemplando cómo nos alejábamos de ellos poco a poco, pero sin hacer un solo disparo.

—Tal vez habrán reconocido a lady Victoria y se abstienen de disparar para no herirla —sugirió Yoguina, extrañada por la facilidad con que nos salíamos con nuestro propósito.

Aún especulábamos en torno a ello, aportando cada uno su opinión sobre el negocio, cuando Maeve y Melusina, que habían realizado una rápida inspección de todo el barco para cerciorarse de que no quedaban más enemigos dentro, llegaron volando raudas al puente:

—Tenemos un problema serio —dijo Maeve—. Durmiendo. En la cámara del capitán.

—Pero, ¿qué sucede? —preguntó alarmada Yoguina.

—¡Venid!

Bajamos todos en tropel y entramos en el estrecho habitáculo en que otrora se retiraba a descansar el capitán Laurel. Ocupando su catre, se restregaba los ojos, cubierto con un gorro de dormir terminado en borla y vistiendo un ridículo camisón blanco, despierto, sin duda, por nuestra ruidosa irrupción, el mismísimo lord Alfred de Crokinole.

—¡Pero… papá! —exclamó sorprendida su hija.

—¡Victoria! ¿Cómo…?

Capítulo 7: El guardián del tesoro (final)

—¡Iker! —exclamó sorprendido—. Así que al final os han encontrado. Me alegro. En cuanto a ti, Benavides, te esperan unas cuantas páginas por rellenar del cuaderno de bitácora. Y ¿quién es esa muchacha pelirroja vestida de marinero?

Nos mirábamos unos a otros, sin decidirnos a responder, cuando Lady Victoria avanzó resuelta hacia Laurel y le dijo encarándolo con orgullo:

—Mi nombres es Lady Victoria Clara de Crokinole…

—¡Cuánto honor. Una aristócrata en mi barco…! —replicó Laurel con ironía.
Parecía que iba a proseguir burlándose de la muchacha, que enrojecía de indignación, cuando al reconocer el apellido, se vio transportado por un insano ataque de furia:

—¿Crokinole? ¿No seréis pariente de Alfred de Crokinole, comandante de la balandra Victoria?

—Es mi padre —dijo resueltamente la chica.

—¡Maldita sea! ¡Rayos y centellas! ¡Por diez mil diablos! ¡Sois una infame espía de vuestro padre, que pretende a toda costa capturar mi barco! Pero no lo conseguirá. ¡Al agua con ella y que vuelva a nado a su maldita isla, si no es pasto antes de los tiburones!

—¡Al agua con ella! ¿Al agua con ella! —gritaron casi al unísono el resto de los piratas, contagiados por la cólera de Laurel.

—No puedo consentirlo, capitán —terció Iker en ese momento—. Ella nos salvó y nos ha traído hasta aquí arrostrando la ira de su padre. No podemos darle ese pago.

—Pues entonces, ¡al agua contigo también, por cien mil truenos y tormentas!

La actitud amenazante de parte de la tripulación, encabezada por la mariquita borracha, aproximándose con no muy buenas intenciones hacia donde Iker y lady Victoria se hallaban, hizo que hasta la chica, habitualmente fría y segura de sí misma, temiera un tanto por su suerte. Acudieron en auxilio de ambos Lucas y Matías y, cuando todo parecía indicar que se iba a producir un enfrentamiento de incierto resultado entre las dos facciones de los tripulantes de El Temido, la voz de Yoguina se sobrepuso al ruido que unos y otros formaban entre amenazas e improperios

—¡Quietos todos! —gritó—. Capitán, la chica ha venido a este barco de manera voluntaria, quiero decir que no está aquí en calidad de prisionera o de botín de abordaje. ¿Me equivoco?

—No —replicó Laurel—. Pero no entiendo a dónde quieres ir a parar.

—Pues a que si ha venido por su voluntad, solo puede interpretarse que lo hace como postulante para ingresar en la Ilustre Cofradía de Bucaneros de Mar Interior, ¿no es así muchacha?

—Así es —contestó ella, asiéndose a la tabla de salvación que creía percibir tras las palabras de la joven lagartija.

—Pues entonces es la propia cofradía en pleno y no el capitán quien tiene potestad para decidir si la chica puede quedarse o no. Yo voto que sí.

—¡Y yo! ¡Y yo también! —gritaron las hadas y a ellas se sumaron las gallinas y poco a poco el resto de los tripulantes, hasta que solo quedó la obstinada opinión contraria del capitán.

—El resultado es abrumador —prosiguió Yoguina—, así que proclamo a Lady Victoria miembro de pleno derecho de nuestra ilustre cofradía.

La proclamación fue acogida con el desatado entusiasmo de los mismos que momentos antes estaban dispuesto a arrojarla por la borda.

Laurel, profundamente irritado, se refugió en su camarote con un portazo, musitando para sí.

—Me da que nos hemos de arrepentir de esta decisión.

—¡Se escapa! —gritó el hada Melusina, al ver que Pog Clinc, aprovechando que la confusión del momento había relajado la atención de sus vigilantes, se había zafado de ellos, arrojado por la borda y, desde el mar, nadaba velozmente en dirección a la costa.

—¡Que alguien lo siga! ¡Al bote! —gritó el capitán Laurel, de vuelta a puente, olvidado, al parecer, del incidente con lady Victoria.

Fue esta la primera en reaccionar y seguida de las hadas, de Iker, de Lucas y de Matías, se deslizaron hasta el bote encostado al navío y emprendieron bogando la persecución del cerdo.

—¡Humm! —murmuró el capitán Laurel, contemplando cómo el esquife se separaba del bajel y acortaba la distancia con el huido—. Se llame como se llame su padre, la chica vale.

Casi dos horas tardaron los perseguidores en retornar al barco y, cuando lo hicieron, el prisionero no los acompañaba.

Interrogado sobre el particular, Matías contó la singular peripecia que había sufrido su improvisada expedición.

“No logramos alcanzar a Pog antes de que llegara la orilla, así que nos vimos obligados a seguir sus huellas por la selva, en la que se internó de inmediato. Bien es verdad que fue dejando un rastro bastante evidente, quizás a propósito. Lo cierto es que se movía con tal celeridad por lo más intrincado de la jungla que, pese a que destacamos a las hadas para que no lo perdieran de vista, ni siquiera ellas lograron darle alcance. Después, en fin, de un buen rato de persecución, vimos que se detenía en un claro, junto a un promontorio de roca que se elevaba en medio de él y ante el que el cerdo se tumbó a descansar, fatigado por la larga carrera que hasta allí lo había conducido.

—Pog Clinc no puede más —dijo exhausto—. Pog Clinc se rinde.

Llegamos junto a él y Lady Victoria y la hadas se quedaron mirando fijamente la roca:

—¡Está hueca! —exclamaron a la vez.

—Dentro tesoro. Pog Clinc entrega. Y diciendo eso, manipuló un resorte oculto no sé muy bien dónde que hizo que una enorme piedra redonda se deslizara, dando una vuelta sobre sí misma, y dejara al descubierto la negra entrada de una cueva.

Azuzados por la curiosidad y de manera quizás algo precipitada, nos introdujimos por ella y en el fondo logramos percibir, en medio de la húmeda oscuridad reinante, la silueta de un enorme cofre abierto, en cuyo interior se encendían destellos dorados por la escasa luz que le llegaba desde la entrada.

Se aproximó Lucas a él y extendió la mano para tocarlo, pero antes, al parecer, de llegar a donde se hallaba, la piedra de la boca de la caverna volvió a girar sobre sí misma y taponó la abertura, haciendo aún más densa la penumbra que nos rodeaba. Incluso a través de la gruesa roca nos llegó la voz de Pog, que se regodeaba de su triunfo:

—¡Disfrutar tesoro, disfrutar tesoro! Vosotros mucho tiempo para disfrutar tesoro—. Y se alejó riendo de la cueva.

Intentamos empujar la pesada roca que nos taponaba la salida con todas nuestras fuerzas, pero no logramos moverla ni un ápice, pues encajaba con firmeza en la abertura.

Empezábamos a desesperarnos ante la inutilidad de nuestros esfuerzos, cuando Lady Victoria nos advirtió:

—No está oscuro del todo. Por algún sitio se cuela un poco de luz. ¡Quizás la cueva tiene una segunda entrada!

Siguiendo el débil halo que, en efecto, iluminaba apenas la caverna, avanzamos, dejando a la izquierda la oquedad en que el cofre reposaba, por una estrecha galería abierta en su fondo y encontramos el resquicio por donde la luz entraba.

Para nuestra decepción se trataba de una pequeña grieta que horadaba la pared de piedra, por entre cuyas estrechas paredes ni siquiera yo en condiciones normales podría haberme escurrido.

—¡El polvo de hadas! ¿Lo lleváis encima? —exclamó Lucas, preso de súbita inspiración, dirigiéndose a ellas.

—Siempre lo llevo encima —respondió Meve.

—Pues empequeñece a Matías para que salga por ahí, vuelva a la entrada y accione el resorte que mueve la piedra.

—¡Es verdad! ¡Matías puede hacerlo! — corroboró Iker con entusiasmo.

—Sería una bonita manera de devolverme el favor por haberos sacado de la trampa colgante —insistió Lady Victoria.

Me puso Maeve los polvos y pude escurrirme por la grieta con cierta facilidad, de modo que vine a salir en la parte de atrás del gigantesco montículo de piedra hueca.

Lo que ya no resultó tan fácil fue dar con el resorte, sobre todo porque a mitad de mi búsqueda una inquietante sombra se proyectó sobre el suelo, tapando la mía. Anduve, por fortuna, rápido de reflejos y pude pegarme a la pared exterior de la cueva, ocultándome bajo un estrecho saliente, solo un segundo antes de que el ataque del halcón peregrino le llevara a arañar con sus garras el pedazo de suelo que yo había ocupado.

Se posó el ave unos metros más adelante y permaneció durante unos minutos, que se me hicieron eternos, escrutando con la penetrante mirada de sus redondos ojuelos amarillos la rendija de piedra en la que estaba oculto. Finalmente, desde dentro de la cueva, resonaros las voces de mis compañeros, inquiriendo el motivo por el que no acababa de abrir la entrada y, asustado por ellas, el halcón alzó el vuelo y se perdió por el horizonte.

Se encontraba el resorte disimulado entre unas piedrecitas del suelo, de modo que pude liberar con facilidad la roca que tapaba la entrada y los presos abandonaron la caverna, restregándose los ojos, deslumbrados por el brillante sol del mediodía, al pasar de la oscuridad reinante en aquella a la luz del exterior.

Tomamos consejo sobre lo que convenía hacer, si buscar a Pog Clinc o llevarnos el tesoro de vuelta al barco.

—Ninguna de las dos cosas merece la pena. Si Pog Clinc quiere quedarse en la isla es muy libre de hacerlo y en cuanto al tesoro… no vale nada —dijo a la sazón Lucas.

—¿Son falsas las monedas?—preguntó Iker intrigado.

—Más que eso. De hecho no sé por qué Clinc lampaba por comida distinta de las bananas. Podía haberse comido el tesoro entero: son monedas de chocolate.

—¡Bueno! Pues llevémoslas y nos las comemos nosotros.

—¡Bah! Ya están rancias —respondió Lucas, cuyo labio inferior aparecía orlado por una mancha negruzca. Y los dos se echaron a reír”.

Capítulo 3: La función de circo (1ª parte)

Llegó la tarde del sábado y todos los habitantes de la casa de Villa Vidinha se encaminaron alegres a los campos polideportivos de la urbanización, donde tendrían lugar los fastos y acontecimientos con motivo de las fiestas patronales de la localidad. De lo que solo los chicos pudieron apercibirse fue de que, tras ellos, unas diminutas y escurridizas criaturas abandonábamos la parcela y los seguíamos parapetados tras los troncos de los árboles, los vehículos aparcados en la calzada y de cuantos obstáculos impedían que pudiéramos ser vistos por los numerosos viandantes que compartían el camino del lugar de los festejos.

Al llegar al final de la calle, en cuyo centro se alzaba nuestra casa, giramos a la izquierda y después de un breve recorrido, atravesamos otra, cortada en perpendicular por la que traíamos y descendimos por una cuesta tan empinada que a trechos se deslizaba como rampa y a trechos se quebraba en delgados peldaños de escalera.

Al final de la cuesta se abrían los espléndidos campos polideportivos de la urbanización, con canchas de fútbol siete, balonmano, baloncesto, tenis y hasta una redonda explanada de duro cemento que se usaba como zona de patinaje. En la esquina más alejada de la entrada por la que accedimos a los campos se elevaba una modesta carpa, aislada por completo de la barraca que oficiaba de bar provisorio o de  la improvisada pista de baile, delante de la que una entusiasta charanga se esforzaba en arrastrar a la danza a vecinos renuentes.

Escurriéndonos entre la alta hierba y los troncos de unos frondosos pinos que enmarcaban las pistas, logramos eludir a unos cuantos asistentes que disfrutaban de su merienda sobre las mesas de picnic salpicadas aquí y allá. Nos acercamos así a las inmediaciones de la carpa, que permanecía herméticamente cerrada. La rodeamos buscando entrada o rendija por la que colarnos, sin hallar nada más que un oscuro e impenetrable contorno de lona, que permanecía en el más absoluto silencio, como si ningún tipo de vida latiera debajo de ella.

Yoguina, observadora siempre atenta, nos hizo percatarnos de que nada había alrededor de la misteriosa carpa: ni  carromato, ni caravana, ni vehículo de ninguna clase en que se hubiera transportado hasta allí el material del circo o que sirviera de cobijo a sus supuestos artistas, todo lo cual no hacía sino aumentar nuestra curiosidad por el misterioso espectáculo ambulante. Sumábase a ello que un Matías cada vez más excitado y lleno de impaciencia no paraba de aproximarse a la lona intentando en vano de mil maneras y posturas escudriñar en su interior.

Poco a poco empezaron a acercarse algunos curiosos, con la esperanza de asistir a la función, pero la carpa permanecía silenciosa e impenetrable. Solo cuando Iker y Lucas, que habían dejado a sus padres y tíos entre la barraca y la pista de baile, enfilaron la estrecha senda que conducía al lugar donde se alzaba, empezó a sonar, primero sutilmente y después cada vez más alto, a medida que ellos se aproximaban, una pegadiza música como de marcha.

De improviso, sin saber muy bien cómo ni no cómo no, la música alcanzó un nivel de estruendo, se corrió como cortinaje un lateral de la lona y una enorme alfombra roja se desplegó a los pies de los muchachos, al tiempo que una alegre voz emergía del interior:

—Damas y caballeros, niños y niñas, amigos todos. Sed bienvenidos al Pequeño Circo del Gran Ta-Morlán, donde cualquiera de vuestros sueños puede hacerse realidad. ¡Pasen y disfruten del magnificente espectáculo que el maravilloso elenco de este modesto circo tiene a bien ofrecer de manera gratuita y desinteresada a los ilustres moradores de esta singular colonia!

Ocurrió entonces algo que, en verdad, nunca he podido explicarme por más vueltas que le he dado: al desenrollarse la alfombra, penetramos en tropel todos los que a las puertas del circo aguardábamos y yo lo hice al principio entre Lucas, Iker y los demás. La visión que entonces se ofreció a mis ojos fue magnífica. La lujosa carpa se elevaba hasta una altura increíble, que nadie hubiera podido adivinar desde fuera, cubierta por una lona que dentro refulgía en vivos colores, listada en rojo y blanco. Vivísimas luces se esparcían por doquier y ponía sonido a todo ello la música de una espléndida banda cuyos componentes se veían sentados en la parte del circular graderío que rodeaba una enorme pista de blanco albero, con multitud de tremolantes banderas multicolores.

En un instante, sin embargo y casi sin apercibirme de ello, me vi separado del grupo por el gentío que se atropellaba para entrar. En ese momento el escenario mudó por completo. La pista adquirió como por ensalmo unas dimensiones más acordes con lo que cabía esperar al verla desde el exterior y sus colores se aparecían desvaídos y mortecinos; no había músicos en el graderío, cuyas banderolas colgaban tristemente de sus mástiles, medio raídas por la acción del tiempo y los ratones y lo que sonaba era el disco pinchado en una vieja gramola de corneta.

Tan embobado me quedé con la mudanza del escenario que no advertí una segunda oleada de espectadores que penetraba en el interior de la carpa y se dirigía entre chanzas a propósito de lo mísero de la función que, a la vista del escenario, era dado prever, justo al lugar donde me encontraba parado. No sé qué hubiera sido de mí si en ese momento, Maeve y Melusina no se hubieran lanzado a mi rescate con la rapidez del rayo; me tomaron por donde pudieron, me sacaron de aquella estampida humana y, sin ser advertidas de nadie, me llevaron en volandas entre las tablas que formaban el graderío en que Iker y Lucas se hallaban sentados y tras la que se ocultaban el resto de las criaturas de Villa Vidinha.

Cuando quise agradecer su acción a mis salvadoras, me hicieron estas un imperativo gesto de silencio porque, en ese preciso instante, saliendo de detrás de las bambalinas y acercándose a centro de la pista, hacía su aparición un personaje singularísimo.

La figura en cuestión lucía un brillante esmoquin que hubiérase dicho de mozo de cabaret, con un chaleco perlado en rojo y ajustados pantalones de rayas grises y negras. Destacaba sobre el pecho camisa de albas y recargadas chorreras, tapadas a medias por una espesa barba blanca, por encima de la cual sobresalían unos muy negros y largos bigotes, cuyas guías se alzaban enhiestas, apuntando a la colorida cúpula de la carpa y se tocaba con un reluciente y bien planchado sombrero de copa.

—¡Merlín!—exclamaron sofocadamente Matías y los chicos.

—¡Damas y caballeros! ¡Niños y niñas!—dijo la aparición con muy recia voz—. El internacionalmente famoso Circo del Gran Ta-Morlán se complace en presentaros este fastuoso espectáculo en el que veremos vigorosos forzudos ostentar la increíble fortaleza de sus enormes mostachos; diestras amazonas que harán gráciles piruetas a lomos de imponentes hacaneas; los más divertidos payasos que jamás pisaron pista alguna y, en fin y con cargo a nuestro mundialmente conocido artista, el gran Ta-Morlán, un impresionante espectáculo de magia, como nunca se ha visto en esta grandiosa urbanización.

La presentación de Merlín suscitó una confusa reacción en el graderío, donde, de la parte de los muchachos y los habitantes de Villa Vidinha, se escuchó un aplauso entusiasta. El resto de los espectadores, en el mejor de los casos, asentían con irónica mirada o se sumaban a un ambiente de contenida rechifla.

—Y sin más dilación, respetable público —continuó impertérrito Merlín, o como aquel sujeto se llamara—pasemos a disfrutar del momento de entretenimiento y emoción que, sin duda, ha de desatar entre los presentes la contemplación de un inigualable fenómeno de la naturaleza, la reciedumbre de una musculatura que a duras penas podría encontrarse en el reino animal, pero jamás, hasta ahora se había dado entre humanos. ¡Con ustedes, el vigor y la fortaleza de gran Durandarte, quien será gentilmente asistido en el desarrollo de su número de fuerza por la sin par y bellísima Belerma!

Las palabras de Merlín fueron seguidas de un repique de la banda y al grito de “¡Alle-hop!” apareció por el fondo, cogida de las manos, una extraña pareja. Ostentaba ella una singular belleza oriental o, al menos, mora, de ensortijados cabellos negros que ponían cerco a unos grandes ojos asimismo prietos. Lucía una refulgente capa de lentejuelas negras que estlizaba aún más una figura que ya se adivinaba grácil de por sí. En cuanto a él, una cabeza más alta que ella, semejaba una nórdica mole de músculos, con rubia melena que le descendía hasta los hombros y unos enormes bigotes, también dorados, cuyas puntas caían, alrededor de la boca, hasta bien por debajo de la sotabarba.

A una señal de Belerma, hicieron su aparición por el fondo de la pista tres hombres entrados en carne que arrastraba por la lanza, con muestras de gran esfuerzo, un mediano carrillo cuyas compuertas laterales estaban pintadas de blanco y verde. Abrió aquella la más próxima al público mostrando su interior, repleto de pesadas bolas de acero, mancuernas y otros cachivaches similares destinados al leventamiento de pesas. Extrajeron entre los tres ayudantes una pesada barra, a cuyos extremos se añadían sendas bolas negras y la depositaron en el suelo, dejándola caer bruscamente para que el público pudiera apreciar su peso real y la barra rebotó con gran estruendo contra el piso.

Se acercó a ella Durandarte con cierta parsimonia y, al principio, amagó con levantar la pesada barra con ambas manos, como haciendo ver que no le resultaba posible. Al grito de Belerma, sin embargo, el forzudo se retiró un trecho, hizo una ágil pirueta en el suelo y se alzó de él sosteniendo  las pesas con una sola mano, el brazo por completo extendido, por encima de su cabeza. Las mantuvo ahí un buen rato y acabó por soltarlas de golpe.

A través el estruendo de los aplausos con que los habitantes de Villa Vidinha saludaron la actuación del forzudo, percibí, sin embargo algo anómalo, que, sumado a la experiencia que había vivido antes, atrajo con fuerza mi atención: me pareció, en efecto, escuchar de la parte de un público general que, cegado por las luces que iluminaban la pista, apenas veía, un sonido diferente, mezcla de carcajadas mal contenidas y algunos chiflidos en principio esporádicos, pero que amenazaban con tornarse corales.

Sin poder refrenar mi curiosidad—no tengo empacho en confesar que es quizás mi peor vicio—me deslicé por detrás de las tablas que formaban el graderío hasta alcanzar aquel sector y pude así echar un vistazo al escenario desde tal perspectiva por entre las piernas de los espectadores.

Capítulo 2: Reencuentros (1ª parte)

—Desde luego—dijo el chico más espigado de los dos que, convenientemente reducidos de tamaño hasta aproximarse bastante al mío habitual, se habían introducido, acompañados de las hadas, en el trastero de techo bajo a través de la vieja topera que tan infaustos recuerdos me traía —, si no son, se parecen mucho.

—Yo creo que sí son—reforzó el segundo de ellos, algo más achaparrado y recio que el anterior. De hecho, ambos, vistos por el físico, hubiéranse dicho una versión infantil de don Quijote y Sancho. Pero se trataba solo de una percepción superficial, pues, oyéndolos quedaba de manifiesto de manera inmediata que los dos tenían el mismo punto de arrojo que el hidalgo y de apego a la tierra que su escudero.

—¿Y qué habrán venido a hacer aquí, tan lejos de la Sima?—se preguntó el primero, reflexionando en voz alta.

—No lo sabemos—respondió Matías—, pero tengo el presentimiento de que tiene que ver con Yogui y su sueño eterno en la en la Cámara de las Gemas.

Iker, el chico alto y delgado, asintió:

—¡A lo mejor se ha despertado!

—No diría yo tanto. Porque entonces ya estaría con nosotros—refrenó Matías el incipiente entusiasmo que la sola posibilidad de reencontrarse con un Yogui fuera de su oscuro sueño había encendido en los muchachos.

—Por favor—supliqué, bien a mi pesar, pues temía la reacción de las hadas ante cualquier intento mío de tomar la palabra—, ¿me puede poner alguien en antecedentes? Me estoy quedando in albis.

Fue así como conocí, por boca de Matías, aunque continuamente corregido, matizado o ampliado por Iker y Lucas, los sucesos que convulsionaron Villa Vidinha el verano anterior, con la malévola irrupción de la bruja Croma en el Castillo de Herodes y su amenaza de secar la vida de los habitantes del Green Garden, privándolos de sus colores. Tal amenaza fue felizmente conjurada por la intervención de un viejo westy, de nombre Yogui y de los muchachos, secundados por un entonces mucho más joven Matías. 

Supe también que, para salvar a los muñecos de cemento de la tiranía de la bruja, tuvieron primero que librar una partida atrabiliaria de golfoot, un enloquecido juego inventado por unas  hormigas excéntricas que pasan su tiempo en los arriates de Villa Vidinha jugando a juegos absurdos y a las que, por su aspecto, conocen los habitantes de la zona como los Ñoquis Negros.

La no victoria en el juego les permitió recuperar unas plumas mágicas con las que pusieron en marcha a unas silenciosas garzas y partieron sobre ellas en busca de una “esmeralda arcoíris”, análoga a aquella de la que la malvada bruja se valía para torturar a los muñecos de Villa Vidinha. Hallaron la piedra en poder de unos enanos, habitantes en la Sima Desconocida, que compartían con un mago llamado Merlín y unos extraños y huidizos personajes que ahora parecían haberse constituido en un pequeño circo ambulante.

Provistos de la piedra, se enfrentaron a Croma, a la que pudieron finalmente derrotar, no sin que esta lograra herir al viejo westy con las espinas de un venenoso cactus que lo sumió en un sueño profundo del que nada ni nadie era capaz de despertarlo.

Matías, Iker y Lucas, llevaron, a lomos de las garzas, al durmiente Yogui a la Sima Desconocida, donde permanece aún cuidado por los enanos.

Era una historia que, sin duda, prometía, pero que, en principio, ignoraba si podía incluirse en el ámbito de mis competencias preservadoras o tendría que cederla a otro enano titulado para que la preservara, asunto que no a acababa de seducirme por la simpatía que en mí habían despertado algunos de sus protagonistas, por no decir todos —con la excepción de las hadas, claro está— y de allegados, como Yoguina, pese a no participar en ella porque por entonces aún no había nacido.

Reparando precisamente en la pequeña lagartija, Lucas, el más achaparrado de los muchachos, preguntó:

—Y tú, ¿quién eres?

Enrojeció en esta hasta la última mota de su brillante piel, que alcanzó con el rubor una bonita coloración, pero antes de que pudiera responder nada, intervino Matías:

—Es Yoguina, mi hija.

Levantaron al unísono los chicos sus miradas hacia él y, sorprendidos por la noticia, terminaron por felicitarlo con efusividad:

—¡Enhorabuena, Matías, es una muy bonita lagartija!

—Y, sobre todo, lista—respondió aquel ufano.

—Y dime una cosa, Matías—preguntó Iker—: ¿Dónde está su madre?

Se le nublaron los ojos al bueno de Matías y con ellos arrasados en lágrimas, respondió:

—Por desgracia la perdimos hace ya un tiempo. Se atragantó con una polilla quizás demasiado grande para ella.

—Sin duda, pecó de ambición—dije sin poder contenerme.

La expresión de dolor que se pintó en el rostro de la joven lagartija hizo que hubiera querido tragarme mis atolondradas palabras nada más pronunciarlas, mientras las hadas, por boca de Maeve, no desperdiciaron la ocasión de zaherirme de nuevo:

—Pero qué brutísimo eres, Benavides.

El exabrupto de Maeve tuvo la virtud de que los chicos repararan en mí como si me vieran por primera vez.

—Y este, ¿quién es y qué hace aquí?—preguntó Iker.

—Apareció no hace mucho—replicó Matías—y, pese a lo que pueda parecer, tiene algunas cualidades apreciables. Quienes mejor pueden contarte todo sobre él son las gallinas.

—Pero yo puedo hablar por mí mismo. En mi calidad de preservador de libros titulado…

—Más tarde, Benavides, más tarde—me silenció Melusina de nuevo.

—¿Las gallinas?—dijo Lucas, ya completamente olvidado de mi humilde persona—Si están por ahí me gustaría saludarlas. A ellas y al resto de los vecinos de la Comunidad del Green Garden.

-Pues no perdamos tiempo—terció Matías—. Ellos también van a celebrar mucho volver a veros.

Fue así que nos dirigimos en tropel hacia las verdes hojas de césped artificial que, bajo la plateada luz de la luna llena de verano, componían las praderas del llamado Green Garden. Sobre ellas se afanaban unos enanos de cuento y otras simpáticas criaturas que de día las adornaban luciendo su colorida quietud de cemento.

A aquella hora, sin embargo, el césped rebullía de una vida alegre y sus moradores charlaban entre sí, trabajaban, remoloneaban o hasta bailaban sobre él.

Antes de llegar a la pradera y justo en frente de la puerta del trastero donde habíamos conversado, se proyectaba la sombra de la copa redondeada de un viejo laurel, ante el que Iker se detuvo, escudriñándola, muerto de curiosidad.

—¿Ya no os hace navegar?—preguntó a Matías.

—¡Oh, sí!—replicó este—Solo que anteayer sufrimos una recia tormenta y ahora el bergantín está en dique seco. Pero navegamos más que nunca en busca de la maldita balandra inglesa. Además, Yoguina se ha revelado como una piloto excelente y con ella estamos más cerca cada día de darle caza de una vez por todas. ¡El capitán Laurel no cabe en su casaca de gozo!

Confieso que aquella conversación me desconcertó del todo ya que, por más que miraba y remiraba, seguía sin ver ni mar, ni bajel, ni balandra, ni capitán, por lo que solo me cabía pensar que Matías e Iker no andaban en sus cabales. Y así lo hubiera creído definitivamente, de no ser porque el resto de los que allí nos hallábamos la aceptó con toda naturalidad y hasta me pareció percibir un gesto como de legítimo orgullo en la expresión del rostro de Yoguina.

Nos dirigimos luego casi en tropel a la hoja de césped en la que laboraban con afán  tres enanos colegas (en lo de enanos, digo, pues no tenían pinta en absoluto de preservadores de libros, aunque me resultaban vagamente familiares). Se saludaron efusivamente estos con los chicos y, después, a Lucas se le ocurrió preguntar por cómo le iban las cosas a los otros cuatro enanos del cuento en el Reino del Espejo:

—Bastante mal, creo—contestó riendo el que parecía más anciano de ellos—. La reina Blancanieves, queriendo saber, como su madrastra, que era la más guapa del reino, no dejaba de preguntarle al famoso espejo mágico, por más que este, escamado, sin duda, por el follón de las manzanas, prefiriera mantenerse en silencio. En vista de eso, hizo llamar al príncipe, ante el que se quejó amargamente:

—Nadie me ama en este reino

—Pero, mi señora —replicó aquel—, todo el mundo os ama.

—¡Eso no es cierto! ¡Mira el espejo! Ya no dice que soy la más bella. Ni vos tampoco, por cierto.

—Pero… ¡cómo no vais a ser la más bella, si, desaparecida vuestra madrastra, sois la única que queda, por lógica…!

—¡Claro —replicó airada la reina—! Por lógica, al ser la única, soy la más bella…¡Y también la más fea! Por eso yo no quiero tu lógica pedestre, ¡quiero la magia del Espejo!

—Pero…, pero, querida —titubeó el príncipe—, si el Espejo está estropeado, hacer venir a un mago para que lo arregle va a resultar carísimo y, me temo, que las arcas del reino andan ya bastante sobradas… de telarañas.

—¡Para eso tengo yo cuatro ministros de hacienda! ¡Que comparezcan ante mí esos inútiles!

Llegaron temblando los enanos a presencia de la reina y, a instancias suyas, tuvieron que dar cuenta de sus tareas como ministros:

—Quisimos primero —decían— ponerle a los ratones un impuesto al queso que dejaban de comer, por parecernos más sustancioso que cargárselo solo al que comían. Lo malo fue que los ratones lo encontraron abusivo y decidieron emigrar en masa a Hamelin, que, por cierto nadie sabe muy bien dónde está eso. No sabemos lo que pasó allí, aunque se dice que la presencia de los nuestros, unida a los ratones que ya había de suyo, provocó una crisis que, al parecer se saldó con la intervención de un extraño flautista. Lo cierto es que ninguno de los ratones que se marcharon ha regresado de Hamelin para contar lo que, en verdad, ocurrió allí. En vista de esto, decidimos que quienes tenían que pagar el impuesto en cuestión eran nuestros tres colegas enanos, los únicos que no eran ni reinas, ni príncipes, ni ministros, ni ratones, pero, asimismo disconformes porque su congénita alergia a la lactosa les impide probar el queso, y alegando que, en ese caso, el montante del impuesto sería excesivo, se marcharon también a un extraño lugar, de nombre Green Garden, que tampoco sabemos donde está.

—Pues entonces—dijo a la sazón muy enfadada la reina—tendréis que pagar vosotros mismos el impuesto.

—Pero, Majestad —terció el más veterano de los cuatro—: Nosotros no estamos facultados para cobrarnos…

—Pues yo os faculto desde este mismo instante: ¡podéis cobraros el impuesto unos a otros!

—Y así andan ellos ahora —concluyó el enano que nos había narrado la historia—: peleados entre sí por ver quién cobra a quién y hasta uno, que siempre anda quejándose y rezongando, me ha dicho que tal vez presente la dimisión de su cargo de ministro y se venga a vivir con nosotros.

Capítulo 1: El pequeño circo del «Gran Ta-Morlán»

No sé si porque pensé estar más delgado de lo que, en realidad, estaba; porque no caí en la cuenta de que una pila de libros, por apretada que esté con las otras, nada tiene que ver con la estrechez de una vieja topera; porque sobreestimé una capacidad de estiramiento que habría debido perder con los años,  o por qué otro maldito azar, lo cierto es que allí estaba yo, llevado a aquella ridícula situación por mi afán de ver nacer una historia, en lugar de hallarla ya concluida, como siempre.

Me había quedado atrancado en medio de un oscuro túnel, al fondo del cual parecía brillar  una luz débil y rojiza, pese a los esfuerzos concertados de Matías que, desde atrás me empujaba con todas sus fuerzas, y de Yoguina que por delante intentaba arrastrarme, mordiendo cualquier parte de mi regordeta anatomía que se le ofreciera a los ojos y, por ello, me arrancaba, sin que evitarlo pudiese, amargos quejidos, ayes y lamentos.

—Mejor será, Yoguina,—oí decir a mis espaldas a la voz un tanto aflautada de Matías—que te adelantes y pidas ayuda a las hadas. Sin ellas,  no saldremos de aquí en toda la noche.

—Pero, papá, —replicó aquella—¡Si yo no he estado nunca en el interior de la casa! No conozco el camino.

—Solo tienes que seguir la topera hasta el final. Desemboca en el interior de una enorme lámpara de pie, pintada de un rojo tan vivo, que parece arder. Trepa por ella y saldrás a una sala en L, al final de la cual, a la derecha, se abre una escalera. Súbela y llegarás al vestíbulo de la planta superior, a cuya izquierda se encuentra la cocina. Si las hadas no estuvieran allí, sigue el corredor hasta la última puerta del lado derecho. Es la de la habitación del tito Edu y la tita Chachi. Ahí es donde las hadas pasan la mayor parte del tiempo.

—¿Y si me descubre alguien?—preguntó la joven lagartija con un deje de angustia.

—No te tienes que preocupar por eso en absoluto. En la casa ahora solo deben estar los abuelos, que ya hace rato se habrán retirado a dormir. Aun en el caso, poco probable, de que alguno se levantara y saliera de su cuarto, es casi imposible que te vea. Solo tienes que evitar que te pisen sin querer.

Emitió Yoguina un resignado suspiro, que me hizo temer estuviera arrepintiéndose de haberme permitido acompañarlos —dicho sea sin desdeñar el hecho de que yo también empezaba a arrepentirme de haber insistido en venir— y, siguiendo las instrucciones de su progenitor, emprendió, titubeante al principio, pero cada vez más decidida después, el camino de la vivienda.

Ignoro si la joven lagartija tardó mucho o poco en volver porque —me avergüenza confesarlo—, pese a lo incómodo y lamentable de mi estado, mientras esperábamos, debí quedarme profundamente dormido y hasta soltar alguno de los sonoros y potentes ronquidos que en mí se han hecho célebres. Me despertaron al unísono el chisteo enfurecido de Matías y el clamor de la disputa que entre sí sostenían unas agudas vocecillas.

—Lleva cuidado, Melusina—dijo una de ellas—. Según lo frecuente y prolongado de las visitas últimas al tarro de miel de bosque, igual te quedas atrancada tú también en la topera…

—Es tu afición a la colonia lo que te hace ver doble y creer eso.

—¿Insinúas que bebo?

—¿Yo? ¡Válgame Dios, Maeve! No insinúo nada: ¡lo afirmo con pleno conocimiento de causa!

—En mi vida he conocido una hada con tan mala intención. ¡Tu metamorfosis a bruja ha empezado de forma prematura y no ha de tardar mucho tiempo en concluirse!

—Mira que suerte la tuya: no vas a necesitar metamorfosis alguna. ¡Ya naciste bruja!

—Señoras, por favor —terció entonces, conciliador, Matías—. Ni la momentánea situación vergonzosa a que nos han conducido los generosos volúmenes de aquí el amigo Benavides, ni la tormenta que parece cernirse sobre todos nosotros, aconsejan que perdamos el tiempo en tan nimias rencillas y disputas. ¡Ayúdennos a salir de esta y volvamos todos al trastero, pues es preciso que les muestre algo que no las dejará indiferentes!

—Según lo incrustado que está en las paredes de la topera, entiendo que intentar sacarlo a fuerza de empujones ha de será inútil —dijo la criatura a quien su compañera, y parece que no del todo amiga, había llamado Melusina—. Así que pasaremos directamente al remedio del polvo de hadas.

—Pero, señoras mías, —no pude menos de exclamar angustiado— ¿de verdad creen oportuno sacarme volando de este atolladero?

—¡Otro con lo del dichoso vuelo! —replicó con displicencia la que, al parecer, se llamaba Maeve y a quien su poco caritativa compañera acababa de tildar de bruja y beoda, nada menos—. Para volar ya están los aviones. Nosotras usamos el polvo para reducir el tamaño, más que nada.

—Pero para eso ¿no había que morder el lado de una seta, y con el contrario, llegado el momento, recuperar el tamaño de origen?

—Pues ¡anda tú a buscar la dichosa seta! —replicó el hada furiosa.

—¡Haya paz —intervino conciliador Matías— y hágase lo que tenga que hacerse que el tiempo apremia!

—Es que el enano este —se excusó Maeve—, para atorado, es demasiado locuaz.

—Eso me está pareciendo a mí —contestó la otra, produciéndose el milagro de que las hadas por una vez concordaran en algo, bien que en detrimento de mi propia persona.

—Les pido mil perdones, señoras hadas, pero es que en mi calidad de preservador de libros titulado…

—¡Y que no hay forma de se calle! Maeve, saca el salerito y acabemos de una vez.

Lo siguiente que recuerdo fue una nube de extraños polvos irisados que me cubrió por completo la cabeza y me inundó la garganta. Un cosquilleo irresistible se apoderó entonces de mis fosas nasales causándome un inesperado estornudo, generado con la fuerza de mi tamaño habitual, pero mal soportado por un cuerpecillo tres o cuatro veces menor.  A consecuencia de él y ya libre de la aprisionante pared que le impedía cualquier movimiento, el tal cuerpecillo salió propulsado hacia atrás y arrastró al bueno de Matías casi hasta las puertas del trastero de techo  inusitadamente bajo en el que tenía su morada y del que partía, hacia la lámpara del salón de abajo, la maldita topera.

En lo que Matías y yo recomponíamos nuestra lastimada dignidad —más la mía que la suya, dado lo ridículo del tamaño al que las hadas me habían reducido—entraron estas en el trastero, seguidas de una Yoguina que hacía visibles esfuerzos para no romper a reír, temerosa sin duda, de ofender a su padre con sus risas.

—Y bien —dijo a la sazón Melusina—, ¿qué era eso tan importante que el señor Matías tenía que enseñarnos?

Vaciló este unos momentos, registrando con la mirada el diminuto trastero en el que desordenadamente se concitaban toda clase de trebejos y cachivaches, arrojados en él como al descuido, hasta que descubrió lo que buscaba justo debajo de donde, para aliviar las tensiones de la noche y dar reposo a unos huesos que ya empezaba a notar doloridos, había yo asentado mis reales posaderas.

Me hizo Matías levantarme, no sin cierta brusquedad, y extrajo de donde había estado sentado un arrugado pasquín, impreso a dos tintas y en el que destacaban unos dibujos bastante groseros:

—Ved —dijo tendiéndolo hacia las hadas.

Lo observaron estas con curiosidad y detenimiento, pero no debieron hallar nada extraordinario en él, por cuanto se limitaron a mirarse una a la otra y a encogerse de hombros:

—¿Y? —preguntó lacónica Melusina.

—¿No veis lo que dice el pasquín?

—Bueno —replicó Maeve—, es que no sabemos leer.

—Las hadas —intervino decidida Melusina— solo formamos parte de los cuentos. No tenemos que leerlos.

—Léeselo,  papá —dijo Yoguina.

—En realidad… —vaciló Matías enrojeciendo—, yo tampoco sé. No es propio de una lagartija y hasta puede que no estuviera muy bien visto. Benavides, léelo tú que sí que sabes.

—Sin ningún problema. En mi calidad de preservador de libros titulado…

—Vale, vale, pero empieza de una vez —saltaron las hadas al unísono. 

—El título —comencé— que destaca impreso en tinta rojiza y yo diría que ya un tanto desvaída, reza:

EL PEQUEÑO CIRCO DEL GRAN TA- MORLÁN

—¿Veis? —me interrumpió Matías— Morlán es Merlín. Y los artistas son ellos. Los habitantes de la Sima Desconocida. ¿Qué habrá ocurrido para que la hayan abandonado convertidos en miembros de un espectáculo ambulante? ¿Qué más pone, di? —me apremió.

—Dice que habrá forzudos, amazonas en hacaneas, payasos y una gran sesión de magia de cerca; que está instalado en las pistas polideportivas de esta honorable urbanización y que dará, con motivo de sus fiestas patronales, una única función que tendrá lugar en la tarde del próximo sábado…

—Déjame ver —me interrumpió de nuevo Matías, arrebatándome de las manos el pasquín—. Mira, esos bigotes son inconfundibles —dijo señalando el dibujo un tanto borroso de lo que parecía un mago chino, provisto de su clásico gorro cónico mandarín, pero las guías de cuyo bigote, en lugar de colgar hacia abajo de los labios, como era la costumbre, subían enhiestas, camino de sus mejillas.

—Y ¿qué hay escrito al pie? —preguntó Melusina, lanzando una mirada al papel por encima de mi hombro.

—Dice: “Nota: La propiedad del circo, de acuerdo con lo dispuesto por las autoridades competentes en lo relativo al uso y aparición de animales salvajes en los espectáculos circenses, se complace en anunciar que ha decidido prescindir para esta gira de su más afamada atracción internacional: el domador de pulgas”.

—Entonces —preguntó Melusina—, ¿estás seguro de que son ellos?

—Completamente. Y de que el pasquín no está en este trastero por ninguna casualidad. Lo han dejado aquí para decirnos algo. ¿Se sabe cuando llegan los chicos?

—Deben estar al caer, porque esta misma mañana han estado arreglando los cuartos. 

—Entonces el mensaje debe ser para ellos —intervino Yoguina—. Creo que tendríais que hacer que lo vieran y que, en cuanto vengan, se pasen por el trastero. ¡Hemos de conseguir que asistan a la función del circo!

—Yo no pienso perdérmela por nada del mundo. La historia empieza a ponerse interesante, aunque no acabo de ver qué relación tiene con los libros—dije, sin que nadie me hubiera preguntado.

—Ya lo verás—afirmó taxativo Matías.

 

(Continuará)