Capítulo 13: La Costa de los Dinosaurios (2ª parte)

—No —respondió el Gris—, son Pog Clinc, el bribón de mi antiguo ayudante, que desapareció hace ya tiempo y al que creíamos devorado por algún dinosaurio, y el señor Benavides, uno de esos enanos que se dedica a preservar libros del hambre siempre insatisfecha de los ratones de biblioteca. Pero ellos nos traen noticias ciertas y excelentes: dicen que, casi con toda seguridad, Iker y los demás se han infiltrado ya en la Cueva de los Enanos.

—En tal caso, deberíamos dar cuenta a Merlín de esa circunstancia, para que ponga en marcha su plan.

—Precisamente a eso se debe nuestra venida, querido Snorri.

—Pero no os quedéis en la puerta. La luz del candil puede atraer a los siluros. El que nos descubrieran ahora sería fatal para nuestro intento.

Siguiendo la indicación del albino, nos apretujamos los cuatro, junto con la ingente cantidad de documentos rúnicos de toda laya esparcidos por la estrecha oquedad de piedra, y accionó de nuevo el mecanismo que cerraba la puerta. La claustrofóbica sensación de agobio que entonces me invadió me hizo recordar el chusco episodio de la topera de Villa Vidinha, de cuyo atoramiento solo pudo sacarme el polvo de hadas.

De eso, para mí, debía hacer más de un siglo, aunque cabía la posibilidad, según le tenía oído a Matías de cómo iba el tiempo en el interior de la sima, de que hubiera sucedido tan solo unas noches antes. Pero habían de venir aún más estrecheces.

Snorri Saknussenn, tras requerir la ayuda de Pog Clinc, subió con agilidad a su mesa de trabajo, levantó una tapa de pergamino, pintado con el color de la roca, disimulada en el techo, y nos invitó a seguirle en el ascenso por lo que no parecía sino una oscura y estrecha chimenea.

—Es un camino incómodo —dijo—, pero es la vía más segura para llegar a Merlín y su troupe circense.

Trepábamos con mucho trabajo por el angosto pasadizo; Pog Clinc ayudaba y sostenía el ascenso del mago Gris y Snorri Saknussenn y yo nos sosteníamos mutuamente, agarrándonos a los tiznados salientes de piedra de lava.

—Yo pensaba que el carácter volcánico del Pico Ocejón era solo una apariencia, cuando se observa su cara sur, pero por esta chimenea y lo negra que se me han puesto las manos de escalar por su pared, no parece sino que sea volcán auténtico y aun que ha tenido erupción no hace mucho —dije en un instante en que nos detuvimos a recuperar el perdido aliento.

Se volvió hacia mí el Gris y, con una sonrisa condescendiente, replicó:

—Es el secreto de la Sima Desconocida. Aquí las cosas son cada vez lo que parecen. Por eso solo hay que saber mirarlas para sacar de ellas, como de los penachos de nubes que cruzan por el claro cielo de verano, un mundo nuevo y cambiante en cada momento. A esto, en alguna ocasión, se le ha llamado magia.

Reanudada nuestra ascensión, acabamos por atisbar su fin bajo la forma de un claro de luz acuosa que, con figura de círculo, se recortaba sobre nuestras cabezas, al tiempo que nos caía encima una fina lluvia de mínimas gotículas. Llegamos al interior de una galería, cuya boca tapaba la espesa cortina que formaba la impetuosa corriente de las chorreras de Despeñaelagua, dejándose caer, en medio de florecidos campanones amarillos, desde casi setenta metros de altura. Servía esta de entrada a una amplia caverna de techo altísimo y paredes rugosas, de cuyo techo se desprendían calcáreas estalactitas de caprichoso dibujo. Se alzaba en su fondo una especie de anfiteatro de piedra y por él se hallaban esparcidas las figuras familiares del elenco artístico del circo del Gran Ta-Morlán.

—¡Albricias, viejo amigo! —exclamó el mago Gris, aproximándose al centro del rocoso anfiteatro, donde permanecía sentado en tosco escabel un abatido Merlín—. Aquellos a quienes aguardábamos acaban de llegar.

—Si me hubierais dado semejante noticia solo hace unos días —respondió— me habría alegrado sobremanera. Mas ahora…

—Pues ¿qué ocurre? —preguntó un desconcertado Snorri Saknusen.

—Sucede que todo nuestro plan descansaba en la clave de bóveda de propiciar desde dentro de la Sima una carga feroz contra los siluros por parte de las Caballeras de la Mesa, pero estas no moverán un dedo contra nadie si no es por indicación de la reina y la reina permanece, de un tiempo a esta parte, absorta en la contemplación de una rara flor de loto azul que alguien le ha proporcionado, sin oír ni hablar a nadie. He probado con todos los recursos de mi magia, pero he sido incapaz de conseguir que levante los ojos de la dichosa flor, o que responda ni media palabra a mis súplicas… ¡Ya no sé qué hacer! ¿Acaso puede la vuestra sacar a la reina de su ensimismamiento?

El mago Gris y Saknussenn negaron tristemente con la cabeza:

—Yo, en realidad, nunca he gozado de los dones de la magia. Solo soy un erudito —dijo este.

—Y yo he olvidado, a causa de mis muchos años, casi todos los conjuros y fórmulas mágicas que alguna vez dominé. La única magia que ahora puedo hacer, son las croquetas de boletus, que, eso sí, me salen riquísimas.

—Pero enano raro si sabe —dijo Pog Clinc de manera inesperada, para asombro de los tres magos, señalándome con el dedo.

—¿Cómo…? —preguntaron casi al unísono.

—Sí. Enano raro despierta piratas contándole historia de libro en castillo de arpías.

Me miraron de modo tan apremiante que no tuve sino que narrarles el desencantamiento de la tripulación de El Temido, siguiendo la feliz intuición de Yoguina y su fe en el poder de las palabras.

—Podría funcionar —musitó para sí Merlín pensativo—. Desde luego, nada perdemos por intentarlo.

Se levantó de su escabel y emprendimos la marcha sin dilación alguna. Nos escoltaban los tres antiguos payasos, recuperados ya sus hábitos primitivos de caballeros medievales, cuya apoltronada vida reciente, sin embargo, les había ensanchado las cinturas y aflojado las carnes, de manera que soportaban con dificultad el peso de sus armaduras y estas dejaban escapar por algunas de sus articulaciones vergonzantes rollos de grasa.

Buscando no ser descubiertos, nos reintrodujimos en la sima por excéntricas y oscuras galerías y nos deslizamos por toboganes inverosímiles. Trazamos de este modo un recorrido laberíntico, durante el cual acabé por perder toda noción de dónde me hallaba y del tiempo que había durado paseo tan intrincado y tenebroso.

Hicimos, por fin, nuestra entrada en la cámara real, una inmensa caverna de techo altísimo y perfil redondo, a la que se accedía por una curiosa arcada en forma de ojiva y a cuyo fondo, bajo un amplio dosel de seda dorada y elevados sobre un pedestal de imponente altura, se veían los tronos del rey y de la reina, de piedra tallada, con innumerables volutas, acantos y otros muchos dibujos geométricos o florales. Delante de ellos, en dos semicírculos separados entre sí por un ancho pasillo central, formaba en marcial silencio el ejercito de las Caballeras de la Mesa Redonda.

—¡Merlín, ya era hora! —dijo el rey, así que nos vio entrar, al tiempo que se lanzaba, casi trastabillando, escaleras abajo de su alto trono—. ¡Desde no sé hace cuánto te esperaba como agua de mayo!

—Nunca es tarde, si la dicha es buena. ¿Hay algo nuevo por aquí?

—Todo sigue igual, pero esto es un infierno. Desde que le dieron esa maldita flor azul, la reina no ha vuelto a desplegar los labios y, si eso no es malo del todo, pues, en ocasiones tiene tendencia a hablar más de la cuenta sin dejar meter baza a nadie en la conversación, también se hace pesado no tener a quien dirigirse. ¿Cómo se puede reinar con este silencio ominoso? ¿A quién le voy a dar órdenes, si nadie me escucha? ¡Tienes que hacer algo, Merlín, o terminaré por volverme loco!

—El poder tiene eso —dije incapaz de contenerme—, si no hay sobre quien ejercerlo, no sabe a nada.

Detuvo el rey su descenso de súbito y, mirándome de hito en hito, preguntó con desprecio:

—Y este idiota ¿quién es?

Me sentí un poco corrido y un mucho humillado. Cuando iba a musitar no sé bien qué en mi defensa, Merlín se adelantó a replicar las insolentes palabras reales con cierta respetuosa sorna:

—Majestad, «este idiota» es nuestra última esperanza para despertar a la reina y movilizar a las caballeras.

—¿Ah sí? ¿Y cómo piensa hacerlo? —replicó entre titubeos, claramente arrepentido de su anterior arrebato verbal.

—Tiene sus métodos, que ya ha probado con éxito en ocasión precedente.

—Le diré un libro de los muchos que preservo en mi memoria. Suele bastar para que los afectados recuperen su interés por algo que no sea la flor de loto azul

—Empieza, pues, cuanto antes, si no te importa. Estoy impaciente por contemplar ese prodigio —y en su voz se percibía aún un eco de escepticismo.

—Está bien: se titula La cólera de Iker, me lo enseñó Matías, y dice:
«Me llamo Yogui. Soy un westy de catorce años. Si, como dicen, cada año de la vida de un perro es como siete en la vida de un hombre, se podía decir que ya tengo noventa y ocho años a mis espaldas. Pero eso son paparruchas…».

Cuando terminé de decir el libro, pude apercibirme de que Merlín, Saknusen y el Gris me miraban con los ojos arrasados en lágrimas, el rey se removía un poco azorado, lanzando furibundas ojeadas a lo caballeros y expayasos, de quienes el relato sorprendía una conversación en la que se referían en términos poco adecuados tanto al rey, como a la reina, y esta, de modo desabrido se dirigió a él:

—Y tú pretendías resolver esta crisis apoyándote en semejantes fantasmones, buenos para nada…

—Pero, querida —le interrumpió tímidamente el monarca—, yo no sabía…

—¡Silencio! ¡Ya hablaremos después tú y yo y esos supuestos caballeros! —a los que, por cierto, hizo palidecer con solo referirse a ellos—. Ahora vamos a lo que importa: ¡A mí las Caballeras de la Mesa Redonda! ¡Vuestra reina os necesita!

Se levantaron las caballeras como una sola mujer a su llamado y se dispuso a ordenarlas para la batalla.

—Majestad, un momento, por favor —la interpeló Merlín.

—Sí, viejo mago —replicó con cierta altivez, quizás connatural en ella.

—Hay noticias de que disponemos de fuerzas leales infiltradas en el interior de la Cueva de los Enanos y otro contingente, compuesto por aguerridos marineros y soldados de casacas rojas, al mando de un vicealmirante, en la playa de los Dinosaurios, muy cerca de la entrada. Quizás sería conveniente coordinar la acción de los tres cuerpos, de manera que el ejército enemigo se disperse y, no sabiendo a qué frente acudir, se genere en él la confusión y el caos. La victoria será más sencilla y menos costosa de ese modo.

—Estás en lo cierto, pero ¿cómo vamos a coordinarnos?

—Estos dos amigos —dijo señalándonos a Pog Clinc y a mí— han venido con las tropas de refuerzo. Cada uno de ellos puede dirigirse a una y advertirles de que, a nuestra señal, desencadenen el ataque.

—¿Señal? ¿Qué señal?

—Cualquiera valdrá. Por ejemplo, tres toques largos del Cuerno de Carga. Su eco resonará por todos los túneles y cavernas de la Sima y será fácilmente oído por todos.

—También por los siluros —respondió la reina.

—Sí. Pero solo nosotros sabremos lo que significa: orden de acción inmediata.
En lo que a mi atañía, el plan de Merlín presentaba un serio inconveniente, que pudiera dar con él al traste por completo: lo ignoraba todo sobre la geografía de la Sima Desconocida, de modo que no encontraba el modo de llegar a la Cueva de los Enanos y, una vez en ella, de hallar a mis compañeros de viaje para ponerlos al corriente de nuestros propósitos.

—Es cierto —replicó el mago pensativo—. Puede que no haya otra solución: dado que tú no sabes llegar, que sean nuestros propios enemigos quienes te conduzcan allá. No es difícil, solo tendrás que hacer lo que yo te diga…

Siguiendo aquellas instrucciones, vestido con ajado disfraz de enano minero que Merlín sacó no sé muy bien de dónde, cuyas groseras costuras, fruncidas con hilo de cáñamo, se clavaban en mis carnes de modo inmisericorde, recorrimos en sentido inverso la estrecha chimenea que desembocaba en la cueva de Snorri. Desde ella nos separamos en dos grupos: Pog Clinc y el Mago Gris partieron hacia el Bosque de los Hongos, y de ahí llegarían a la Playa de los Dinosaurios, para prevenir a Lord Crokinole de lo que se iba a hacer y en qué modo ellos deberían colaborar; Saknussenn y yo cogimos una galería lateral que, tras no pocas idas y venidas, vueltas y revueltas, nos llevó a una una boca de túnel a medio tapar por lo que parecía había sido un desprendimiento de algunas rocas del techo, debido, al parecer, a las frecuentes labores mineras que en torno a ella se venían realizando.

—Dadme tiempo para regresar y haced lo convenido —me dijo el erudito albino.

Aguardé unos minutos y cuando me percaté de que ya se hallaba a distancia prudencial, grité a pleno pulmón:

—¡Una esmeralda arcoíris! ¡Una esmeralda arcoíris! ¡Es enorme y perfecta! ¡Será una piedra poderosa!

Quebró mi grito la tranquilidad casi monacal que se respiraba en la cueva, cuyo silencio solo se veía truncado por el rítmico y espaciado golpeteo de los picos al chocar contra las paredes de piedra. Se formó en torno a mí un barullo que, arrancando en los enanos y siluros que tenía más próximos, fue extendiéndose como una ola por el interior de la caverna, hasta alcanzar el último de sus rincones.

—Mantenla tapada —me decían algunos—; si la hiere un rayo de luz, aunque sea de una vela, puede saltar por los aires.

Enseguida me rodearon media docena de siluros malencarados que, apuntándome con sus toscos lanzones, me obligaron a caminar junto a ellos para llevarme a presencia del visir, en tanto yo apretaba entre mis manos un modesto canto rodado que, envuelto en un légamo pegajoso, había recogido del suelo un momento antes.

Capítulo 13: La Costa de los Dinosaurios (1ª parte)

Algunos días de difícil navegación más tarde, fondeábamos frente a la Costa de los Dinosaurios, como la habían bautizado Matías y los chicos. La derrota hasta ella desde el Reino de Espejo a bordo de El Temido resultó bastante complicada por lo reducido de la tripulación: bajo el experto mandato del señor Terophontax, nos habíamos tenido que bastar las guineas, dos marineros procedentes de la Victoria, cuatro soldados con nociones de navegación y yo mismo. No cuento a los numerosos polluelos que, más que colaborar, lastraban las maniobras del cabotaje, con su incesante bullir de un lado para otro, a cuyo refreno se veían obligadas las gallinas que, a causa de ello, apenas participaban en las tareas de cubierta. De todas formas, a la estela de la balandra inglesa y, tras alguna peripecia con la que no quiero alargarme, pudimos, por fin, coronar nuestro viaje.

La Costa de los Dinosaurios se presentaba ante nuestros ojos en la forma de una inmensa playa de arena fina y blanquísima, enmarcada en lo que parecía un bosque tropical, coronado por una apretada fila de aparentes penachos de palmas y cocoteros que, mirados más de cerca, resultaron no ser tales, sino altas frondas de helechos arborescentes.

Eran sus aguas de una total transparencia, que dejaba apreciar un fondo de corales multicolores sobre los que veíamos nadar, en busca de alimento, criaturas inquietantes y enormes cuyo nombre ignorábamos, si es que alguno tenían y no pertenecían a especies extinguidas muchos siglos antes de que nadie viniera a dárselo.

Echamos los esquifes al agua y nos dirigimos a la orilla, temiendo a cada boga ser pasto de aquellos monstruos horribles, si se les ocurría levantar la vista de los arrecifes de coral y subir a procurarse comida en la superficie.

No fue así, por fortuna, ni para nosotros, ni para los doris de Lord Crokinole y el resto de la tripulación y soldados de la Victoria, así que en no mucho tiempo pudimos reunirnos todos felizmente en la playa. Era esta sumamente extensa y terminaba a la derecha en el apretado bosque que también se advertía por detrás y que, en este punto, venía a morir en la orilla; por el otro lado se divisaba la oscura boca de una caverna que supuse se trataría de la cueva de los enanos. No había rastro de ninguna otra embarcación atracada en la dársena natural que la playa formaba, así que nos invadió la incertidumbre de si nuestros compañeros no habrían llegado aún, por habernos adelantado al visir y al barco que los transportaba, o si este habría atracado en otro lugar de la costa, oculto y desconocido para nosotros.

Desvaneció la duda Lord Crokinole, alegando ser imposible que el navío de Ibn Alkanisas hubiera navegado más despacio que El Temido, dada su escasa dotación y la poca pericia marinera de ella y viendo, además, cuánto se nos había adelantado aquel en el trayecto entre Bagdasco y el Reino del Espejo.

—Lo que aún ignoro —concluyó el Vicealmirante inglés— es lo que toca hacer ahora. Solo tú, Benavides, puedes tener noticia de si había prevista alguna estrategia concreta, o alguna línea de actuación, una vez llegáramos hasta aquí.

—En realidad —repliqué— solo recuerdo vagas indicaciones de un individuo bastante estrafalario, a quien Matías y los chicos llamaban Merlín, y que se decía mago, a propósito de unas supuestas Caballeras de la Mesa, cuyo ataque habría de distraer a los siluros para permitir que Iker, Lucas y Matías accedieran a la Cámara de las Gemas, donde Yogui reposa, a fin de tranquilizar su sueño y conseguir alejarlo de la perversa influencia de Croma.

—Y ¿dónde hallaremos al mago ese?

—Pues, en verdad, no tengo la menor idea, mi Lord.

—Pog Clinc sabe dónde mago —dijo el cerdito para sorpresa de todos los presentes—. Pero no Merlín. Pog Clinc sabe dónde Mago Gris, muy viejo.

—Y ¿cómo sabe Pog Clinc eso? —preguntó Lord Crokinole, haciéndose eco de la intriga que a todos nos habitaba.

—Pog Clinc nace aquí. Pero aquí poco queso. Pog Clinc marcha isla grande a por más.

A falta de encontrar a Merlín, Lord Crokinole decidió que Pog Clinc y yo procuráramos entrar en contacto con el Mago Gris, del que este hablaba, y al que yo creía recordar que también se había mencionado, junto a alguien llamado Saknusen, en nuestro encuentro con aquel después de la famosa función de circo, donde prendió la mecha de la loca aventura que, desde entonces, nos ocupaba.

Iniciamos ambos el camino y, siguiendo la ruta marcada por el cerdito, nos internamos en aquella extraña selva tropical que rodeaba la playa. A medida que nos alejábamos de la costa, daba esta paso poco a poco a una vegetación distinta, propia de más altas latitudes, hasta convertirse en un bosque de media montaña, formado por pinos, quejigos y enebros y cuyo suelo se veía tapizado por una infinita variedad de setas. Había descendido la temperatura ambiente y los helechos rastreros se espaciaban cada vez más, siendo sustituidos por jaras y brezos.

Llegamos así a un punto del bosque en que la vegetación se espesaba sobremanera y las ramas de los árboles formaban una cúpula natural, por la que los rayos del sol solo penetraban en forma de delgados hilillos; descubrimos allí la singular figura de un anciano encorvado, provisto de cabellera y luenga barba grisáceas, cubierto con manto y sombrero también de un gris tan desvaído que casi tiraban a blanco. Le enmarcaban el arrugadísimo rostro, en el que destacaban unas orejas y narices de desmesurado tamaño, anchas cejas densamente pobladas de pelos albos.

Al sentirnos llegar, se enderezó el anciano dejando de lado su recogida de algunas de las muchas setas que tapizaban el suelo y, mirando a Pog Clinc de hito en hito, exclamó airado:

—¡Ya era hora, bribón! ¡Llevo no sé cuánto tiempo esperando que me traigas la ruda y la raíz de mandrágora! ¡Tampoco creo que sean tan difíciles de encontrar en este bosque! ¡Seguro que te has distraído por ahí en busca de queso! ¡Eres un irreprimible glotón!

Se ruborizaba el cerdo, bajando la cabeza y acertó a murmurar a modo de disculpa:

—Pog Clinc fue a por un poco de queso, sí; pero Pog Clinc no tarda mucho: solo ocho o nueve años.

—Igual son más. Pero bien está —replicó el viejo, ya más calmado—, ¿trajiste las hierbas?

Negó el Chester con la cabeza, a punto de provocar, sin duda, otra explosión de ira del mago, cuando me vi en la obligación de intervenir:

—Creo que ahora hay asuntos más apremiantes que las hierbas esas, si ha podido el señor Mago Gris esperar por ella tantos años.

—¿Ah, sí? ¿Cuáles? Y, por cierto, ¿tú qué haces que no estás en la cueva, procurando gemas como todos los demás enanos? —preguntó, mientras me miraba con una chispa de curiosidad en los ojos, como sopesando si era o no conocido suyo—. Aunque tú no hueles a sudor de la mina. Hueles a tinta y papel viejos —prosiguió, venteándome como un sabueso—. No parece sino que fueras uno de esos enanos tan raros que dicen preservadores de libros. Una vez conocí uno. No, pero no eras tú. Me acordaría si lo fueras…

—Soy, en efecto, preservador de libros, mas no el que el señor Mago conoce. Pero, como decía antes, ahora lo que importa es hablar con Merlín. Nuestros compañeros esperan unos en la playa y otros puede que haya logrado introducirse en la Cueva de los Enanos para asaltarla desde dentro. Iker, Lucas y Matías están entre ellos…

—Entonces ¿vosotros sois de los que estábamos esperando? ¿Y qué hacéis aquí, perdiendo un tiempo precioso? Y tú, Pog Clinc, maldito comedor de queso, ¿por qué no me has avisado de quién era el enano que has traído hasta aquí? ¡Ah, jóvenes buenos para nada! ¡Es inútil pretender que hagáis algo con sentido antes de los cumplir los cien años! Seguidme hasta el habitáculo de Snorri Saknusen, él sabrá cómo avisar a Merlín, pero sed un poco más discretos o los muchos siluros que no dejan de patrullar el bosque os descubrirán y darán la alarma —y al decir esto alzó inesperadamente la voz, lo que hizo que Pog Clinc y yo cruzáramos nuestras miradas con clara manifestación de desconcierto.

Finalmente, renunciando a comprender las absurdas reacciones del mago, fruto, sin lugar a dudas, de su edad avanzada, lo seguimos, en tanto, ahora sí con suma cautela, se internaba en la espesura.

Se movía el mago con mucha más soltura y agilidad de lo esperable por esta, así que en poco tiempo nos vimos ante la boca de lo que se intuía como un intrincado laberinto de galerías y cavernas, de cuyos techos se desprendían inúmeras columnas y estalactitas que adoptaban las formas más caprichosas y sugerentes que imaginarse pueda. Flotaba en el aire denso de la cueva una luminosidad fosforescente, bastante para moverse com facilidad por ella y que ignoro de dónde procedía.

Demorándonos mucho más tiempo del que hubiera sido necesario en recorrer un oscuro túnel, que giraba una y otra vez sobre sí y que alcanzaba una longitud que, por lo mismo, no pude calibrar con precisión, nos dimos de bruces tras él con una firme pared de roca, que parecía marcar su final y definir un auténtico callejón sin salida.

—Parece que hemos errado el camino —sugerí impaciente, ante lo que se me antojaba una muestra más de la senilidad del mago.

No se dio este por aludido; Pog Clinc, a su vez, me asaeteaba a miradas de desprecio, que terminaron avergonzándome, por más que las dudas sobre la cordura del anciano me asaltaron de nuevo, cuando lo vi dirigirse a un rincón del muro y susurrar ante una pequeña oquedad:

—Snorri, viejo amigo, los visitantes que aguardábamos han llegado ya.

Tras un largo chirrido metálico que sonó en el interior de la piedra, producto, sin duda, de la acción de algún oculto mecanismo, la pared empezó a plegarse, dejando a la vista una cueva destartalada. Estaba la pequeña caverna atiborrada por completo de lajas de piedras, pergaminos, así como papeles escritos en caracteres extraños sobre los que se afanaba de continuo, bien para leerlos, bien para escribir de nuevo sobre ellos, usando caracteres idénticos, un hombre provecto, más joven, desde luego, que el mago Gris, pero también muy arrugado. Lucía un escaso cabello claro, no tanto por la edad, como por su carácter albino, según lo testimoniaban unos ojos cuyos blancos se aparecían enrojecidos por ello y por el esfuerzo de fijar la vista sobre sus documentos al brillo ralo de un candil de carburo con el que la cueva apenas se iluminaba.

Levantó la vista de las runas en las que trabajaba y, así que nos vio a los tres parados ante el dintel de su guarida, compuso en su rostro un gesto de desconcierto:

—¡Pe… pero estos no son Iker, Lucas y Matías! Merlín nos dijo que solo ellos serían capaces de ahuyentar las pesadillas de Yogui y alejar de nosotros el maligno espíritu de Croma!

Capítulo 3: La función de circo (2ª parte)

Y lo que vi llevó mi asombro y desconcierto hasta las más altas cotas que imaginarse pueda: el rubio forzudo cuyo dorados cabellos ahora tiraban bastante a grises y cuyos enormes músculos se aparecían mucho menos acerados, rozando incluso con cierta redonda flacidez, procuraba levantarse, después de que, a decir de los testigos, al intentar la pirueta para arrojarse al piso y elevar las pesas, se hubiera enredado torpemente con sus propios pies y dado con sus huesos en el suelo, de manera mucho menos airosa de lo previsto. Tras ello, el pobre Durandarte intentó disimular su fracaso volviendo a coger de cualquier modo la barra con las bolas —que por cierto tenían también menos brillo del que parecía y hasta dejaban ver el cartón piedra por debajo de algunos desconchones de la negra pintura— para quedar finalmente inmóvil, en una pose vacilante y, en general, bastante ridícula, desde la que las pesas habían terminado por resbalar y caer al suelo con un crujido que había sonado poco o nada metálico.

Para no dar lugar a que las risas, mezcladas con chiflidos y protestas, se generalizaran entre los asistentes, una Belerma, no tan juvenil como nosotros la creímos y de figura bastante menos grácil, según testificaban las emergentes redondeces que dejaba ver su vestido a la morisca, se subió al carro de un salto que quiso parecer ágil sin serlo, sumándose en él a los tres orondos ayudantes que ya lo ocupaban.

—Y ahora, damas y caballeros, estimados espectadores todos —dijo la engolada voz de Merlín, que resonó por toda la carpa—, guardemos silencio para asistir al culmen del fascinador número del gran Durandarte, quien se va jugar literalmente su frondoso mostacho intentando arrastrar con él el carro con su material y cuyo peso se ha incrementado, bien que no en exceso, con el de la bellísima Belerma y, de manera notoria, con el de los tres… ¡ejem!… robustos ayudantes del forzudo.

Tanto aquella, como estos, saludaron alegres al público que, por un momento, contuvo su rechifla y se aprestó a contemplar el espectáculo que se avecinaba.

Cuando, uncido ya el bigote a la lanza del carro por medio de un bramante, se disponía aquel a arrastrar el vehículo y su pesada carga en medio de un redoble de suspense que salía no sé de dónde, una voz  a mi espalda me obligó a desentenderme de lo que ocurría en la arena:

—¡Benavides, estúpido, te van a descubrir y, creyéndote parte del circo, igual te hacen saltar al centro de la pista! ¡Vuelve a tu sitio! —dijo imperiosa Maeve, al tiempo que, haciendo gala de más vigor que el artista, me arrastraba hasta detrás de las tablas del graderío y terminaba por depositarme en el lugar de donde había partido.

Cuando pude volver los ojos a la pista, la escena había cambiado de nuevo y Durandarte arrastraba el carrillo que colgaba de las tirantes guías de su bigote caminando hacia atrás, con los brazos en cruz, a pasos cautelosos. Anduvo así un tiempo en el que completó no menos de dos vueltas al redondel de albero y finalmente volvió a su centro, donde desanudó las cuerdas que lo unían al vehículo y saludó hacia el lugar en que nos encontrábamos un con gesto de triunfo.

A diferencia de mis compañeros, no me quise dejar llevar por el entusiasmo y, en vez de aplaudir encendidamente, agucé el oído buscando percibir la reacción del público del resto del graderío: batían algunos palmas como al desgaire, pero la mayoría chiflaba o incluso reía. Era fácil imaginar que los más compasivos se limitarían a guardar silencio y que, por tanto, el final del número del forzudo no debía haber sido para ellos tan airoso como nos pareció a nosotros.

Continuó el espectáculo circense en términos muy parecidos: tras el forzudo Durandarte, anunció Merlín “el increíble número de las vivaces acrobacias que tres  pizpiretas amazonas iban a realizar a lomos de sus correspondientes hacaneas”, y a continuación hicieron acto de presencia lo que parecían —pues yo ya no sabía si creer lo que veían mis ojos— tres bellas damas campesinas, llevando por el ronzal a  otras tantas espléndidas jacas, la primera baya, la segunda marrón y negra la tercera.

Vestían las tres sayuelas de paño morado con fajas de terciopelo, cada una de un color y como de un palmo de ancho, corpiños de velludo, guarnecidos con ribetes de raso blanco, camisas de pecho y basquiñas.

Al grito de la que encabezaba la marcha, tras un par de vueltas a la pista, aumentando progresivamente el paso de sus cabalgaduras, subieron sobre ellas las tres al unísono y quedaron en sus respectivas sillas montando a la mujeriega. Tras media vuelta escasa y de nuevo a la orden de la primera, se levantaron con agilidad para quedar en pie sobre las sillas y desde ahí, gobernando a sus monturas por medio de riendas inusualmente largas, hicieron varias cabriolas, saltos y vueltas hasta caer de nuevo sobre la sillas, cabalgando ahora a la jineta.

Aplaudimos con fuerza el número, pero de nuevo se me hizo percibir un runrún de descontento del resto de los espectadores, aunque nada pude hacer por verificarlo ante la férrea vigilancia de las hadas.

—Es el grupo de campesinas, o de damas ataviadas como tales, que nos preguntaron por la salud del Caballero del Molino el verano pasado en la Sima Desconocida —dijo Matías entusiasmado.

Asintieron los chicos, en tanto las aldeanas desaparecían por el control y, tras una breve y, como siempre encomiástica, introducción de Merlín, fueron reemplazadas con rapidez, a lo que parece para acallar las protestas de algún sector del público, cuyo rumor llegaba hasta nosotros, por los tres ayudantes del forzudo, ahora en hábitos de payasos.

Vestía el más delgado de ellos como payaso blanco, en tanto los otros dos oficiaban de Augusto y de Tony, mas he de confesar que ni desde la perspectiva favorable que me ofrecía el resquicio de las tablas, por entre las piernas de Iker y Lucas, sus evoluciones y chistes anticuados consiguieron arrancarme no ya carcajadas, ni siquiera  media sonrisa, al igual que al resto de los compañeros, incluidos los chicos. Solo Matías palmoteaba con alborozo:

—¡Son los Caballeros de la Mesa! ¡Son los Caballeros de la Mesa!—gritaba sin poder parar de reír, aunque ignoro por qué motivo.

—¿Qué te hace tanta gracia, Matías? —osé preguntar al fin. Pero un chisteo imperioso de Maeve cortó en seco mi pregunta y aun la posible respuesta de la vieja lagartija.

Terminaron su actuación los payasos, con más pena que gloria, y en la pista se hizo un denso silencio, al tiempo que se atenuaban de improviso las luces y hacía su aparición en ella un Merlín ataviado a la chinesca, con larga túnica azul cobalto, tachonada de plateadas estrellas que le cubría hasta los pies y tocado de un corto gorro cónico mandarín. Lo asistía la bella Belerma, que no paraba de aproximarle cachivaches y artilugios de vivos colores con los que el mago fue desplegando un buena colección de trucos y juegos de manos, unos conocidos y comunes a casi todos los ilusionistas, como adivinaciones o manipulación de naipes, y otros verdaderamente originales y brillantes cuyos efectos semejaban magia “real”, aunque ninguno de ellos pareció ser apreciado en demasía por el público asistente, ya un tanto revenido por la pobreza de los números anteriores.

Concluida la función, el público asistente fue poco a poco despejando la carpa, salvo nosotros que permanecíamos en nuestros lugares como anclados en ellos por una fuerza misteriosa. Al cabo de unos instantes vimos destacarse  desde el fondo del telón a la totalidad del elenco del espectáculo. Venían con Merlín a la cabeza,  portando aún los relucientes atavíos con que habían actuado y que, una vez fuera de las luces y bambalinas que adornaban la pista, presentaban un aspecto bastante deslucido:

—Matías, Iker, Lucas, me alegro de veros nuevamente —dijo a la sazón el mago, con voz grave y un tanto melancólica.

—Nosotros también, Merlín —replicó Matías, ante el silencio un si es no es confuso de los chicos—. Y dinos: ¿qué os ha traído acá, de la guisa en que venís,  con toda esta parafernalia del espectáculo circense?

—Los graves acontecimientos que ahora se viven en la Sima Desconocida —dijo el mago tristemente— han propiciado que abandonáramos la comodidad de nuestro oculto refugio y nos hayamos dirigido hasta aquí para implorar vuestra ayuda, siquiera sea en justa correspondencia de la que en su día os proporcionamos nosotros para que pudierais derrotar a la terrible Croma. Máxime cuando el enemigo es el mismo, aunque manifiesto de  forma tan poderosa y sobrecogedora que hasta pone en peligro la tranquilidad del  sueño que el buen Yogui mantiene en la Cámara de las Gemas y puede que muchas otras cosas.

—-Pues, ¿qué ha ocurrido? —inquirió Matías.

—Empezó todo hace unas cuantas semanas, cuando Zelda y Troyer Dinklager, los enanos custodios de la Cámara, nos hicieron saber por medio del Mago Gris que algo estaba turbando el sueño de Yogui; de tranquilo y apacible, había pasado a desinquieto y nervioso. Decían que, en ocasiones, hablaba en voz alta y hasta gritaba de terror, como quien busca despertarse sin lograrlo en medio de desasosegantes pesadillas. Según el  Mago Gris, la desaparecida Croma ha conseguido, de alguna manera, desde sus propios sueños, entrar en los de Yogui, controlarlos y, lo que es peor, que las pesadillas que le transmite se proyecten al exterior y se materialicen. Por este motivo hemos sufrido la invasión de los siluros anfibios, extravagantes criaturas en forma de pez con patas, negras manos de dedos como garfios y piel viscosa y resbaladiza que, llegados del mar interior, se han ido apoderando de la Sima Desconocida. Primero cayó en su poder la cueva de los enanos, donde solo resisten Zelda y Troyer, parapetados tras las gruesas puertas de la Cámara de las Gemas, en la que, por la razón que sea, no pueden entrar; después el resto de la Sima, a cuyos habitantes, una vez hacen presa en ellos, les roban las palabras y reducen al silencio y a una especie de idiocia que los convierte en sus dóciles esclavos.

—Y ¿que se puede hacer? —preguntó angustiada la vieja lagartija.

—Antes de que la práctica totalidad de la Sima cayera en manos de los Siluros, Snorri Saknunsen, el islandés erudito, versado en runas, el anciano Mago Gris y yo mismo tuvimos ocasión de estudiar el caso juntos y por separado y llegamos a la misma conclusión: al menos Iker y Lucas y tal vez tú también, debéis hacer lo imposible por llegar a la Cámara de la Gema, hablar a Yogui e intentar tranquilizarlo. Es casi seguro que de ese modo lo rescatéis de la maléfica influencia de Croma y sus negras pesadillas se desvanezcan sin dejar rastro.

—Eso es fácil. ¡Dalo por hecho! —gritaron al unísono Iker y Lucas, haciendo gala de su habitual vehemencia—. Mañana por la noche montaremos en las garzas y en un plisplás nos ponemos en la Sima.

Matías movió tristemente la cabeza:

—Me temo que no va ser posible de ese modo. Las garzas no se han vuelto a remover desde el año pasado, y eso que no le faltan las plumas mágicas. Mucho me temo que los dos vuelos tan seguidos hasta allá del otro verano las han agotado por completo.

—Tampoco podríais entrar—terció también Merlín—ni por el tobogán, ni por las gradas. Ambas entradas están controladas y vigiladas por los siluros.

—¿Y entonces? —preguntó angustiado Matías.

—El Mago Gris, Snorri Saknusen y yo hemos trazado un plan: aprovechando que los siluros ostentan una cierta desorganización ya que, a lo que parece, carecen de una dirección clara y se mueven como guiados por un impulso externo, podríamos deslizarnos por la tercera y más peligrosa entrada a la Sima, como situada justo detrás de uno de los saltos de la chorrera de Despeñaelagua, e intentaríamos liberar a la Reina y a sus Caballeras de la Mesa, más eficaces, disciplinadas y ágiles que estos apoltronados Caballeros…

Iniciaron en ese momento los payasos un tímido movimiento de protesta, que fue enérgicamente silenciado por Merlín, quien prosiguió:

—Liberadas las Caballeras de la Reina, desencadenaríamos un ataque de distracción, que vosotros deberíais aprovechar para introduciros en la Cueva de los Enanos y alcanzar la Cámara de las Gemas. Será, sin duda, peligroso, pero plausible.

—No parece mal plan —asintió Matías—. Solo le veo un inconveniente: no hallo el modo de que Iker, Lucas y yo lleguemos a la Cueva de los Enanos sin atravesar la Sima.

—En cuanto a eso, tiene solución, aunque no fácil. Iker, Lucas, ¿recordáis lo que se veía desde la Playa de los Dinosaurios, en la orilla del Mar Interior, junto a la Cueva de los enanos?

—Sí, claro, la otra orilla por detrás de un gran remolino de agua —replicó Lucas.

—¿Y qué veis desde Villa Vidinha?

—La cara sur de Pico Ocejón, donde esta la Sima—dijo Matías.

—Es decir que desde cada orilla del mar se ve la opuesta. Lo cual quiere decir que ambas están comunicadas por él.

—Pero, entonces, ¿el mar que navegamos a las órdenes del Capitán Laurel es el famoso Mar Interior?—preguntó una Yoguina que hasta entonces había permanecido en silencio.

—Así es —asintió Merlín.

—Luego podríamos llegar a esa playa que dices, navegando en El Temido, una vez esté reparado. 

El mago volvió a asentir.

—El problema —terció de nuevo Yoguina— es que yo, que soy quien pilota la nave, desconozco la derrota para llegar a donde decís.

—No es difícil. Debes evitar el pequeño Maelstrom de su centro. De caer en su zona de influencia, arrastraría la nave de manera inevitable hasta quién sabe dónde. Has de navegar, pues, siempre a estribor para orillarlo, hasta alcanzar el archipiélago de las Siete Islas Malditas. Las corrientes marinas te harán rebotar de una a otra y desde la más septentrional de ellas lograrás arribar a la Playa de los Dinosaurios, si aprovechas las mareas.

—Pero el bergantín nunca se ha alejado tanto de la costa; para esa singladura, se requiere una tripulación numerosa… —objetó, de nuevo Yoguina.

—En efecto —concedió el mago—. Mucho me temo que esta tarea solo podrá ser culminada por Villa Vidinha toda; por la tripulación de El Temido al completo.

Capítulo 3: La función de circo (1ª parte)

Llegó la tarde del sábado y todos los habitantes de la casa de Villa Vidinha se encaminaron alegres a los campos polideportivos de la urbanización, donde tendrían lugar los fastos y acontecimientos con motivo de las fiestas patronales de la localidad. De lo que solo los chicos pudieron apercibirse fue de que, tras ellos, unas diminutas y escurridizas criaturas abandonábamos la parcela y los seguíamos parapetados tras los troncos de los árboles, los vehículos aparcados en la calzada y de cuantos obstáculos impedían que pudiéramos ser vistos por los numerosos viandantes que compartían el camino del lugar de los festejos.

Al llegar al final de la calle, en cuyo centro se alzaba nuestra casa, giramos a la izquierda y después de un breve recorrido, atravesamos otra, cortada en perpendicular por la que traíamos y descendimos por una cuesta tan empinada que a trechos se deslizaba como rampa y a trechos se quebraba en delgados peldaños de escalera.

Al final de la cuesta se abrían los espléndidos campos polideportivos de la urbanización, con canchas de fútbol siete, balonmano, baloncesto, tenis y hasta una redonda explanada de duro cemento que se usaba como zona de patinaje. En la esquina más alejada de la entrada por la que accedimos a los campos se elevaba una modesta carpa, aislada por completo de la barraca que oficiaba de bar provisorio o de  la improvisada pista de baile, delante de la que una entusiasta charanga se esforzaba en arrastrar a la danza a vecinos renuentes.

Escurriéndonos entre la alta hierba y los troncos de unos frondosos pinos que enmarcaban las pistas, logramos eludir a unos cuantos asistentes que disfrutaban de su merienda sobre las mesas de picnic salpicadas aquí y allá. Nos acercamos así a las inmediaciones de la carpa, que permanecía herméticamente cerrada. La rodeamos buscando entrada o rendija por la que colarnos, sin hallar nada más que un oscuro e impenetrable contorno de lona, que permanecía en el más absoluto silencio, como si ningún tipo de vida latiera debajo de ella.

Yoguina, observadora siempre atenta, nos hizo percatarnos de que nada había alrededor de la misteriosa carpa: ni  carromato, ni caravana, ni vehículo de ninguna clase en que se hubiera transportado hasta allí el material del circo o que sirviera de cobijo a sus supuestos artistas, todo lo cual no hacía sino aumentar nuestra curiosidad por el misterioso espectáculo ambulante. Sumábase a ello que un Matías cada vez más excitado y lleno de impaciencia no paraba de aproximarse a la lona intentando en vano de mil maneras y posturas escudriñar en su interior.

Poco a poco empezaron a acercarse algunos curiosos, con la esperanza de asistir a la función, pero la carpa permanecía silenciosa e impenetrable. Solo cuando Iker y Lucas, que habían dejado a sus padres y tíos entre la barraca y la pista de baile, enfilaron la estrecha senda que conducía al lugar donde se alzaba, empezó a sonar, primero sutilmente y después cada vez más alto, a medida que ellos se aproximaban, una pegadiza música como de marcha.

De improviso, sin saber muy bien cómo ni no cómo no, la música alcanzó un nivel de estruendo, se corrió como cortinaje un lateral de la lona y una enorme alfombra roja se desplegó a los pies de los muchachos, al tiempo que una alegre voz emergía del interior:

—Damas y caballeros, niños y niñas, amigos todos. Sed bienvenidos al Pequeño Circo del Gran Ta-Morlán, donde cualquiera de vuestros sueños puede hacerse realidad. ¡Pasen y disfruten del magnificente espectáculo que el maravilloso elenco de este modesto circo tiene a bien ofrecer de manera gratuita y desinteresada a los ilustres moradores de esta singular colonia!

Ocurrió entonces algo que, en verdad, nunca he podido explicarme por más vueltas que le he dado: al desenrollarse la alfombra, penetramos en tropel todos los que a las puertas del circo aguardábamos y yo lo hice al principio entre Lucas, Iker y los demás. La visión que entonces se ofreció a mis ojos fue magnífica. La lujosa carpa se elevaba hasta una altura increíble, que nadie hubiera podido adivinar desde fuera, cubierta por una lona que dentro refulgía en vivos colores, listada en rojo y blanco. Vivísimas luces se esparcían por doquier y ponía sonido a todo ello la música de una espléndida banda cuyos componentes se veían sentados en la parte del circular graderío que rodeaba una enorme pista de blanco albero, con multitud de tremolantes banderas multicolores.

En un instante, sin embargo y casi sin apercibirme de ello, me vi separado del grupo por el gentío que se atropellaba para entrar. En ese momento el escenario mudó por completo. La pista adquirió como por ensalmo unas dimensiones más acordes con lo que cabía esperar al verla desde el exterior y sus colores se aparecían desvaídos y mortecinos; no había músicos en el graderío, cuyas banderolas colgaban tristemente de sus mástiles, medio raídas por la acción del tiempo y los ratones y lo que sonaba era el disco pinchado en una vieja gramola de corneta.

Tan embobado me quedé con la mudanza del escenario que no advertí una segunda oleada de espectadores que penetraba en el interior de la carpa y se dirigía entre chanzas a propósito de lo mísero de la función que, a la vista del escenario, era dado prever, justo al lugar donde me encontraba parado. No sé qué hubiera sido de mí si en ese momento, Maeve y Melusina no se hubieran lanzado a mi rescate con la rapidez del rayo; me tomaron por donde pudieron, me sacaron de aquella estampida humana y, sin ser advertidas de nadie, me llevaron en volandas entre las tablas que formaban el graderío en que Iker y Lucas se hallaban sentados y tras la que se ocultaban el resto de las criaturas de Villa Vidinha.

Cuando quise agradecer su acción a mis salvadoras, me hicieron estas un imperativo gesto de silencio porque, en ese preciso instante, saliendo de detrás de las bambalinas y acercándose a centro de la pista, hacía su aparición un personaje singularísimo.

La figura en cuestión lucía un brillante esmoquin que hubiérase dicho de mozo de cabaret, con un chaleco perlado en rojo y ajustados pantalones de rayas grises y negras. Destacaba sobre el pecho camisa de albas y recargadas chorreras, tapadas a medias por una espesa barba blanca, por encima de la cual sobresalían unos muy negros y largos bigotes, cuyas guías se alzaban enhiestas, apuntando a la colorida cúpula de la carpa y se tocaba con un reluciente y bien planchado sombrero de copa.

—¡Merlín!—exclamaron sofocadamente Matías y los chicos.

—¡Damas y caballeros! ¡Niños y niñas!—dijo la aparición con muy recia voz—. El internacionalmente famoso Circo del Gran Ta-Morlán se complace en presentaros este fastuoso espectáculo en el que veremos vigorosos forzudos ostentar la increíble fortaleza de sus enormes mostachos; diestras amazonas que harán gráciles piruetas a lomos de imponentes hacaneas; los más divertidos payasos que jamás pisaron pista alguna y, en fin y con cargo a nuestro mundialmente conocido artista, el gran Ta-Morlán, un impresionante espectáculo de magia, como nunca se ha visto en esta grandiosa urbanización.

La presentación de Merlín suscitó una confusa reacción en el graderío, donde, de la parte de los muchachos y los habitantes de Villa Vidinha, se escuchó un aplauso entusiasta. El resto de los espectadores, en el mejor de los casos, asentían con irónica mirada o se sumaban a un ambiente de contenida rechifla.

—Y sin más dilación, respetable público —continuó impertérrito Merlín, o como aquel sujeto se llamara—pasemos a disfrutar del momento de entretenimiento y emoción que, sin duda, ha de desatar entre los presentes la contemplación de un inigualable fenómeno de la naturaleza, la reciedumbre de una musculatura que a duras penas podría encontrarse en el reino animal, pero jamás, hasta ahora se había dado entre humanos. ¡Con ustedes, el vigor y la fortaleza de gran Durandarte, quien será gentilmente asistido en el desarrollo de su número de fuerza por la sin par y bellísima Belerma!

Las palabras de Merlín fueron seguidas de un repique de la banda y al grito de “¡Alle-hop!” apareció por el fondo, cogida de las manos, una extraña pareja. Ostentaba ella una singular belleza oriental o, al menos, mora, de ensortijados cabellos negros que ponían cerco a unos grandes ojos asimismo prietos. Lucía una refulgente capa de lentejuelas negras que estlizaba aún más una figura que ya se adivinaba grácil de por sí. En cuanto a él, una cabeza más alta que ella, semejaba una nórdica mole de músculos, con rubia melena que le descendía hasta los hombros y unos enormes bigotes, también dorados, cuyas puntas caían, alrededor de la boca, hasta bien por debajo de la sotabarba.

A una señal de Belerma, hicieron su aparición por el fondo de la pista tres hombres entrados en carne que arrastraba por la lanza, con muestras de gran esfuerzo, un mediano carrillo cuyas compuertas laterales estaban pintadas de blanco y verde. Abrió aquella la más próxima al público mostrando su interior, repleto de pesadas bolas de acero, mancuernas y otros cachivaches similares destinados al leventamiento de pesas. Extrajeron entre los tres ayudantes una pesada barra, a cuyos extremos se añadían sendas bolas negras y la depositaron en el suelo, dejándola caer bruscamente para que el público pudiera apreciar su peso real y la barra rebotó con gran estruendo contra el piso.

Se acercó a ella Durandarte con cierta parsimonia y, al principio, amagó con levantar la pesada barra con ambas manos, como haciendo ver que no le resultaba posible. Al grito de Belerma, sin embargo, el forzudo se retiró un trecho, hizo una ágil pirueta en el suelo y se alzó de él sosteniendo  las pesas con una sola mano, el brazo por completo extendido, por encima de su cabeza. Las mantuvo ahí un buen rato y acabó por soltarlas de golpe.

A través el estruendo de los aplausos con que los habitantes de Villa Vidinha saludaron la actuación del forzudo, percibí, sin embargo algo anómalo, que, sumado a la experiencia que había vivido antes, atrajo con fuerza mi atención: me pareció, en efecto, escuchar de la parte de un público general que, cegado por las luces que iluminaban la pista, apenas veía, un sonido diferente, mezcla de carcajadas mal contenidas y algunos chiflidos en principio esporádicos, pero que amenazaban con tornarse corales.

Sin poder refrenar mi curiosidad—no tengo empacho en confesar que es quizás mi peor vicio—me deslicé por detrás de las tablas que formaban el graderío hasta alcanzar aquel sector y pude así echar un vistazo al escenario desde tal perspectiva por entre las piernas de los espectadores.