Capítulo 11: El capitán Kidd (final)

Me giré con brusquedad, solo para encontrarme de frente con tres amenazadoras bocas de pistolas que el señor Haukins y otros dos compañeros suyos esgrimían y con las que me conminaban a que me diera preso. Asentí, aparentando docilidad y en cuanto noté que la tensión de su vigilancia se relajaba un poco, volví la cabeza y grité a todo pulmón, con la esperanza de que Pog Clinc me oyera:

—¡Ponte a salvo! ¡No vuelvas al barco y lleva el tesoro a buen recaudo! ¡Volveré a buscarte, lo prometo!

Para mi mayor desconcierto, los hombres que me vigilaban no hicieron asomo de silenciarme, antes al contrario, redoblaron sus risas y sus rechiflas.

—Con respecto a Pog Clinc, tanto nos da que vuelva, como que no. Es más, si no lo hace, será trabajo que ahorraremos. En cuanto al tesoro, hace ya días que los doblones auténticos se guardan en la caja de las monedas de chocolate y son estas la que han ido a parar al fondo del cofre. Si Pog Clinc comiera algo distinto al queso, tendría con qué entretenerse antes de morir de aburrimiento y abandono en esa asquerosa isla. Por lo que a usted se refiere, seguimos escrupulosamente las instrucciones que nos dio Lord Sandwich, que usted mismo me entregó en aquel sobre lacrado: en él nos decía que si tenía la habilidad y osadía necesarias para esquivar las asechanzas del bandido Jack Sheppard y su tropa, le diéramos la oportunidad de ver cómo se desempeñaba al mando del barco, y, si lo hacía bien, lo aguantáramos hasta obtener unos beneficios razonables, después de lo cual, deberíamos deshacernos de usted de la manera que se nos antojara. Así, tales beneficios solo habrían de repartirse entre él y nosotros, como hemos venido haciendo desde siempre, en los muchos años que llevamos al servicio de Lord Sandwich. Y ahora, si no le importa, tenga la bondad de acompañar a estos señores hasta su nuevo camarote, en la sentina del buque, en tanto decidimos qué destino darle.

Pasé ignoro cuánto tiempo sumido en la profunda oscuridad que reinaba en el vientre del navío, en la que lo único que llegaba a percibir del exterior era la mayor o menor agitación del mar, que se transmitía inmediatamente a las tablas del buque y de ahí a mi propio cuerpo, obligado a permanecer en posición semiyacente por la estrechez de hediondo cubículo al que se me había arrojado.

Por fin, a la luz dudosa de un crepúsculo que en esos momentos no sabía si matutino o vespertino, vinieron a buscarme y me condujeron a mi propio camarote, ocupado ahora por el señor Hawkins.

—Va a tener, capitán, ocasión de rendirnos, quiera que no, un último servicio. Para volver a Plymouth tenemos que pasar necesariamente por la vecindad de los Promontorios del Microcosmus y aquí al amigo Peter Jotha —y al decirlo señaló a un sujeto bajo, de ojos un poco estrábicos, nariz chata y aplastada y una delgada barba pelirroja, quien, al sentirse aludido, sonrió, dejando ver unas muy poco pobladas encías, en cada una de las cuales morían de soledad un par dientes muy torcidos y negros— se le ha ocurrido que para pasar con más seguridad, podemos ponerle al monstruo un señuelo en forma de almadía, encima de la cual ira usted, mi capitán. En tanto el Kraken se entretiene con ella y da cuenta de su Excelencia, nosotros podremos atravesar tranquilamente sus aguas, rodeando uno de los promontorios. Ingenioso, ¿verdad?

No me tomé la molestia de responder palabra, así que, en medio de la algarabía de los piratas, se echó al agua una frágil balsa, compuesta de no más de cuatro pedazos de uno de los mástiles de repuesto, unidos de mala manera entre sí por un par de cabos medio podridos y se me obligó a subir a ella, sobre la que solo podía mantenerme en un inestable equilibrio.

Arrastró la Hispaniola la balsa durante un trecho y, cuando notaron que la había cogido la corriente y la empujaba hacia el centro del paso por entre los dos promontorios, arrojaron la amarra y viraron a babor con idea de rodear uno de ellos y bordearlo por fuera.

El truco de la almadía fue, sin embargo, un fatal error de los piratas: quizás porque carecía de calado, no llamó en absoluto la atención del monstruo, quien debió confundirla con unos simples troncos que flotaban en la mar. Lo vi llegar hasta cerca de la superficie, pasar en toda su enorme longitud por debajo de la balsa, sin tocarla, ni reparar para nada en ella y doblar la prominencia marina, emergiendo justo por detrás de la Hispaniola, a la que apresó con sus múltiples tentáculos, deshizo como si fuera un azucarillo y engulló con toda la tripulación y su carga al completo. En solo unos breves minutos, el orgulloso barco de Lord Sandwich había quedado reducido a unos cuantos pedazos de tablas y algunos cabos rotos sobrenadando en las oscuras aguas que circundaban ambos promontorios.»

—¡Vaya! —dije casi para mí—. ¡Otro brillante capítulo para el tratado malacológico del señor Pontoppiden!

—¿Perdón, Mr. Benavides?

—Disculpad. Solo son cosas mías, sin importancia. Recordaba, a propósito de vuestro cuento, cierta ennegrecedora experiencia que tuvimos algunos tripulantes de El Temido con el Microcosmus.

Tras esta casi involuntaria digresión, Lord Crokinole prosiguió con su relato, del que, pese a haberme invitado a su barco en calidad de rapsoda, había acabado por transformarme en atento auditorio:

«El capricho de las olas y de las corrientes fue zarandeando la balsa de un sitio a otro, sin que pudiera yo gobernarla en forma alguna ni tener el control de a dónde me llevaba. Temía, con razón, que de no empujarme pronto a alguna orilla, acabaría por perecer de hambre y sed, o por ser pasto de algunas de las inquietantes criaturas marinas que, de cuando en cuando, se aproximaban y cuyas oscuras aletas triangulares veía emerger y dar vueltas en torno a ella.

Quiso, no obstante, la fortuna que, con vida y entero aún, la almadía fuera arrastrada por el oleaje hasta las costas de la isla de Crokinole, que entonces se llamaba de Minos, aunque no de manera tan suave que no se hiciera pedazos contra los arrecifes y me viera obligado a nadar hasta una ensenada de regular tamaño, en la embocadura de una ría, por donde trasegaban multitud de embarcaciones de muy diversos calados y oficios.

Fui socorrido con presteza y llevado hasta la ciudad ante las autoridades de la isla, una vez que di cuenta de mi patria y calidad, usando mi nombre verdadero y no el seudónimo de capitán Kidd, al que hice quedar por muerto de manera definitiva, por temor a que se me reconociera como pirata y hubiera allí también cuentas pendientes con la justicia por ello.

En el camino, me refirieron la triste situación en que aquel reino se hallaba, con la heredera al trono víctima de un hechizo que la mantenía sumida en un profundo sueño del que solo podría despertarla el beso de un apuesto príncipe, que, lamentablemente, no acababa de aparecer.
Cuando fui presentado al anciano rey Minos como un aristócrata inglés, que había naufragado no lejos de las costas de la isla, este, despertándose de súbito del sopor en que se hallaba sumido, me preguntó si mi familia estaba entroncaba, aunque fuera de manera remota, con alguna casa real.
Recordé entones que mi padre solía contar que, entre nuestros antecesores, se encontraba no sé qué oscuro príncipe sajón, lo cual acabó de despertar el entusiasmo de su Majestad, quien, levantándose del trono con una ligereza absolutamente impropia de sus muchos años, exclamó:

—Vayamos sin dilación a la cámara real en que mi hija reposa y, al menos, hagamos la prueba. Algo me dice que esta puede ser la buena. También es la única ocasión que se nos ha presentado en hace ya no sé cuántos años.

Mientras recorríamos los laberínticos pasillos del castillo de Minos me asaltaron multitud de dudas y vacilaciones e hicieron presa de mi ánimo algunos pensamientos insidiosos:

—Si en tantos años como ha que duerme —me decía— la princesa, no se ha despertado con el beso de algún príncipe, pese a la enorme recompensa que ello traería aparejada, solo puede ser por dos motivos: o el asunto de beso no funciona para deshacer ese hechizo y, en realidad, no está dormida, sino muerta en vida; o la princesa es fea cono un sapo y no ha habido príncipe que haya querido besarla.

Ambos temores resultaron, sin embargo, infundados: la princesa no es que fuera una belleza de cuento, pero los cabellos pelirrojos que ondeaban sobre la lujosa almohada, la piel pecosa del rostro de nariz ligeramente respingona, los firmes labios de color rosa pálido y la más que regular figura que se traslucía a través de las finísimas sábanas de Holanda con que estaba tapada, la hacían sumamente atractiva, incluso antes de contemplar la inteligente y risueña mirada que habría de exhibir una vez abiertos los ojos.

No me entretuve en muchas consideraciones y, con cierto embarazo por la expectación que se creaba a mi alrededor, puse mis labios encima de los de la durmiente, quien reaccionó inmediatamente, abrió los párpados de par en par y, mirando en torno, preguntó extrañada, sin saber todavía muy bien dónde se hallaba:

—¿Qué pasa? ¿Es que me he dormido?

Lo demás de la historia lo conoce de sobra. Nos enamoramos, nos casamos, nació Lady Victoria y después surgieron las complicaciones que ya sabe, tras esa nueva intervención de la maldita Croma en la vida de los reyes de Minos. A raíz de ella, volví a Inglaterra para negociar su adscripción al Imperio, cambiando el antiguo nombre de la isla por el mío y el título de reyes por el de gobernadores perpetuos, aunque los miembros de la familia real mantengan el de reyes-gobernadores, que será el que un día, Dios mediante, ostentará Lady Victoria. En mi vuelta a Inglaterra, quise ajustar cuentas con el duque de Sandwich, pero supe que el señor Montagu había fallecido solo unos meses antes y sus bienes y títulos divididos entre sus muchos hijos, por lo que hallé inútil cualquier tipo de venganza. Me limité a entrar en contacto con el Almirantazgo para solicitar un nombramiento naval y el permiso para batir estas aguas, luchando contra la piratería., tan abundante entonces en ellas, aunque ya casi solo queda vuestro escurridizo capitán Laurel, con quien no he conseguido hacerme en todos estos años. Perseguía con ello, además de mi venganza, tener ocasión de hallar la isla en que quedó el bueno de Pog Clinc y saldar la inmensa deuda de gratitud que con él tengo contraída por los muchos servicios prestados y sacrificios realizados en mi nombre. Pero hasta ahora no he tenido suerte y sigo sin conocer cuál ha sido su destino, después de tantos años.»

—Pues, en verdad, nunca se ha encontrado muy lejos. Nos topamos con él en un islote a poco más de un día de navegación de la isla de Crokinole, al que arribamos cuando Lady Victoria nos liberó del calabozo. Aún sigue custodiando el tesoro, sin saber que sus monedas son de chocolate; lo cierto es que se muestra muy tenaz en el empeño y espera con paciencia vuestro retorno.

La alegría y la sorpresa por las noticias que le daba se desbordaron en el rostro de Lord Crokinole, siempre contenido a la hora de expresar emociones: prometió rescatarlo de su islote en cuanto fuera posible en el viaje de vuelta y darle a comer todo el queso del mundo.

En ese instante, sin embargo, acabó con nuestro entretenido encuentro el señor Terophontax, al irrumpir en la cámara con una alarmante noticia:

—Señor, El Temido se encuentra a la deriva delante de nosotros. No se ve a ninguno de sus tripulantes. Enteramente parece un buque fantasma.

Capítulo 5: La cueva del Microcosmus (2ª parte)

Transitábamos ya casi por el centro del paso entre ambos, cuando notamos una gran agitación bajo la quilla y una torre de espuma emergió justo delante de nosotros. De la horrible cabeza que la coronaba surgieron dos  larguísimos tentáculos que se enrollaron en cada una de las rocas, formando con el cuerpo una infranqueable barrera, al tiempo que una decena de brazos algo más cortos trepaban por la borda y tanteaban en la cubierta como a la búsqueda de algo, deteniendo por completo la marcha del barco.

—Matías —gritó con desesperación el capitán—, arme a a la tripulación con hachas y espontones y vamos a hacer rodajas los brazos de ese calamar o lo que sea. Nos servirán de cena esta noche. ¡Iker, Lucas, al sollado, como habíamos convenido!

—¡Pero, capitán…! —protestaron estos.

—¡Si no os marcháis inmediatamente os haré juzgar por insubordinación!

Tuvieron los chicos que plegarse a la autoridad del capitán y, de mala gana, bajaron a ocultarse, en tanto el resto de los tripulantes se armaba siguiendo las indicaciones del pirata.

—¡Benavides, no te quedes ahí parado como un lelo y ayuda!

La orden de Melusina resonó con tal firmeza que, sin saber muy bien lo que hacía, ni dar resquicio a que pudiera oponerme, me vi de súbito con un hacha de abordaje en las manos corriendo hacia uno de aquellos horribles tentáculos que serpenteaba ciego por entre las tablas.

Lo golpeé con toda la fuerza que fui capaz de imprimir al hacha, pero en vez de conseguir que esta lo seccionara, rebotó contra la coriácea piel que lo cubría y escapó de mis manos, yendo a parar unos pasos más atrás de donde, ya indefenso, en esos momentos me encontraba.

Se elevó hacia donde yo estaba la punta negra de aquel tentáculo, provisto de rosadas ventosas, y, sin darme tiempo a huir, hizo presa en mí y me rodeó con fuerza, dejándome incapacitado para cualquier movimiento.

—Mr. Benavides, be strong!

Widerstenhen Sie!

Procedían las voces de aliento de dos muñecos de cuyos cuerpos troncocónicos de cemento emergía una cabeza con forma asimismo de tiesto de flores invertido y a los que se unían por medio de cordeles unos a modo de manos y piernas de la misma forma, pero más pequeños. Se trataba de Mister Tim y Frau Tina, la singular y veterana pareja de Villa Vidinha que, cuando no ejercían de piratas, daban amablemente la bienvenida a sus visitantes al pie de la escalera que conducía a la entrada principal, en calidad de mayordomo y ama de llaves de la casa, según acreditaban sus respectivas indumentarias.

Se lanzaron ambos con determinación contra el monstruo, provistos de sendas hachas con las que golpearon varias veces el tentáculo que me apresaba, con bastante más fuerza de la que yo empleara, aunque con no mucho mejor resultado.

Tan embebidos estaban en su noble y valeroso intento de liberarme que casi no se apercibieron de que otros dos brazos de la bestia se aproximaban a ellos por su espalda y terminaron también por apresarlos:

Achtung, darling! —gritó frau Tina, aunque ya demasiado tarde.

De improviso, los tres gigantescos apéndices se izaron a la vez y sus presas fuimos transportadas hacia la cima de lo que nos había parecido antes torre de espuma, en la que una boca de grandes proporciones se abrió como la negra entrada de una caverna, dejándonos caer dentro, sobre una superficie mullida y gelatinosa.

Caímos los tres juntos en un amasijo de piernas y brazos y, cuando intentábamos ponernos en pie, la superficie aquella se elevó hacia la curva bóveda de la gruta, al tiempo que una sustancia amarillenta la volvía resbaladiza en extremo, hasta el punto de hacer que nos deslizáramos irremisiblemente por el todavía más oscuro agujero que se abría a su fondo.

Tras una prolongada caída libre a lo largo del fétido túnel, vinimos a dar en una enorme concavidad de paredes y suelo blandos y techo altísimo, iluminada por verdosa fosforescencia, en un extremo de la cual brillaba también una luz blanca.

Así que pudimos rehacernos de la caída y ayudándonos mutuamente a caminar por la inestable superficie de la nueva caverna nos dirigimos, de manera casi instintiva, hacia aquel punto de luz.

La tal superficie estaba inundada de un líquido verdoso que apenas nos cubría los pies y en el que sobrenadaban toda clase de pintorescos objetos: restos de velas y cabos, maderas, cabillas de timón, platos y cubiertos, armas variopintas y hasta algún libro.

Chapoteando en aquel caldo repulsivo y esquivando de cualquier forma los enseres que sobre él flotaban, llegamos al lugar de donde provenía la luz y en el que, para nuestra sorpresa, hallamos, iluminada por un fanal de barco, la figura de un anciano de luenga barba blanca y muy crecidas greñas asimismo canosas que, sentado a una mesa de tres patas, escribía sobre pergamino con una pluma de ave.

—¡Vaya! —exclamó así que se apercibió de nuestra presencia al levantar casualmente los ojos de su escrito—. No es frecuente recibir visitas en este lugar. Pero no creáis que sois los únicos. Me consta que el primero en pasar por aquí (de eso debe hacer ya bastante tiempo) fue un profeta antiguo. Tenía la costumbre de solo prever desgracias, hasta el punto de que sus coetáneos llegaron a pensar que, en realidad, las atraía; así que en una travesía por mar donde las cosas empezaron a ponerse feas, la tripulación decidió tirarlo por la borda para evitar que el barco entero se perdiera. Nada más llegado al agua, el monstruo se lo tragó. Dicen que solo pasó aquí tres días, pero tengo para mí que debieron ser bastantes más. No se sale del vientre de este bicho así como así. También pasaron por aquí un viejo carpintero y su hijo, un chico de cabeza tan dura que parecía hecha de madera y al que, de vez en cuando, la nariz le crecía de un modo extraordinario…

—¿Y tú quién erres? —preguntó la voz tajante de Frau Tina con su inseparable deje gutural.

—Eso, who are you, Sire?—corroboró el británico acento de Mr. Tim.

—Mi historia es larga —replicó el anciano—, pero como aquí dentro el tiempo cuenta poco porque hay poco que hacer, creo que podré entreteneros un rato con ella. Mi nombre —prosiguió diciendo— es Pierre Denys Pontoppidan y soy de profesión malacologista, que en román paladino viene a querer decir que me dedico al estudio de esos seres misteriosos y fascinantes que son los moluscos y, en particular, los llamados cefalópodos. Desde pequeño me sentí atraído por las historias que los marineros contaban del mayor de estos animales jamás vistos: el kraken. Recogí sobre él cuanto material pude hallar, en forma de descripciones científicas, como la de Linneo, que lo catalogó en la primera edición de su Systema Natruae con el nombre de Microcosmus Sepia. Ignoro por qué, aunque alguna sospecha me ronda al respecto, lo excluyó de la segunda edición de su libro. Compilé también simples cuentos, leyendas y rumores y con todo ello compuse una gigantesca Historia Natural del Kraken, en la que recogía la noticia de ser el responsable del hundimiento en una sola noche de siete barcos americanos frente a las costas de Florida. Mi obra tuvo un eco sin precedentes: universidades y sociedades científicas se me disputaban y no paraba de impartir en ellas charlas y conferencias muy bien remuneradas. Mas en mi propio éxito se cimentó también el principio de mi desgracia: la envidia, que impregna toda actividad humana, se agudiza en los cenáculos académicos e intelectuales, de donde debiera haber sido erradicada para siempre. Un grupo de malacólogos, celosos de mi fama, sobornaron a tripulantes supervivientes de los barcos hundidos en Florida, quienes testificaron que su naufragio trajo causa en una súbita tormenta tropical, desatada de improviso sobre tales lugares. ¡Una tormenta tropical! ¡Valiente sandez! Pero lo cierto es que mi celebridad se esfumó tan deprisa como había llegado y me hallé en poco tiempo pobre, hambriento y despreciado por todos los círculos científicos que antes me aplaudieron. Pudieron tramar mi ruina, mas no pudieron doblegarme, ni consiguieron que abjurara de mis convicciones. Invertí el poco dinero que me llegó de una inesperada herencia en botar un pequeño balandro y me hice navegante solitario; crucé todos los mares conocidos y algunos ignotos y, tras muchos años, obtuve al fin mi recompensa: el Microcosmus engulló mi barco y a mí con él y, desde entonces habito su interior, escudriño sus secretos y compongo con ellos la obra definitiva sobre el monstruo del Leviatán, sobre el abominable Caribdis, sobre la suma, en fin, de todas las gigantescas y terribles criaturas marinas. Mas no perdono a la humanidad que, incrédula y envidiosa, me despreció y humilló. Tengo determinado que no se ha de beneficiar de mis descubrimientos. Hay saberes que los hombres no merecen, así que los profundos y maravillosos secretos del Kraken jamás verán la luz; permanecerán por siempre aquí, pues es justo que nunca abandonen el estómago mismo de su dueño. Mas decidme —preguntó el viejo, mudando de súbito de asunto—, ¿quiénes sois vosotros y qué habéis venido a hacer aquí? ¡No pretenderéis destruir esta magnífica criatura, sin par en la Naturaleza!

—Nosotros solo querrer salir limpiamente de kraken y salvar barrco —replicó frau Tina.

Of course, Sire —corroboró Mr. Tim.

—Bueno —replicó Pontoppidan pensativo—, de aquí salir se puede, como hicieron el profeta, el carpintero y su hijo. Yo conozco al menos dos vías para eso, pero ninguna de las dos es limpia. Aunque, al menos, una de ellas os ayudará también a salvar el barco.

—Si Herr Pontoppidan tenerrr amabilidad explicarnos plan, nosotros luego hacer mucho deprisa.

—¿Está armado vuestro barco?

—Yes, Sire, ¡con diez cañones por banda!

—Tendremos entonces que aumentar la temperatura en ese punto del estómago del monstruo —dijo el anciano señalando hacia una protuberancia que sobresalía de un pliegue de la pared blanquecina de la caverna—. Cuando la criatura note el calor liberará el barco por unos momentos, sumergiéndose en busca de agua fría, mas no ha de tardar mucho en emerger de nuevo para volver a atrapar su presa. Si vuestros amigos aprovechan el momento para lanzarle una andanada que logre hacerle algo de daño, el monstruo intentará ocultarse y emprender la huida y ahí tendréis la oportunidad de escapar.

—¿Cómo? —pregunté un tanto escéptico ante un plan que se me antojaba bastante disparatado y sujeto a múltiples imponderables que podrían hacerlo fracasar y que el animal se hundiera para siempre con nosotros dentro.

—Solo tenéis que prender un fuego en la protuberancia y correr después hacia la galería que veis a vuestra izquierda. Si todo sale como espero, desde ella hallaréis la forma de dejar al monstruo.

—Pero, ¿con qué vamos a encender fuego? Además está todo mojado. Tardará mucho en arder cualquier cosa que pretendamos quemar —objeté de nuevo.

—Un poco de fe, mi escéptico amigo —replicó el anciano—. Ahí tengo yesca y pedernal con que podréis prender esas tablas que flotan en el suelo. En cuanto a la humedad, proviene del líquido que hay en él. Es ácido y bastante inflamable, así que de lo único que tenéis que preocuparos es de no salir ardiendo también vosotros.

—En cuanto a eso —dijo Mr Tim—, no problem. Nosotros no combustibles.

Tomó el mayordomo la yesca y el pedernal que el viejo nos tendía y en poco tiempo hizo prender una llama azulada en unas madera, cubiertas de algas muertas, que frau Tina había acumulado junto a la protuberancia.

Nos encaminamos, siguiendo las indicaciones del viejo, por la galería en cuestión que resultó ser extremadamente corta y desembocar en un negro agujero que no dejaba adivinar lo que ocultaba en su fondo.

Notamos de pronto que el animal se sumergía, de lo que colegimos que había liberado al barco, mas pronto volvió a subir buscando la superficie para hacer de nuevo presa en él.

Los cañones de una de las bandas de El Temido retumbaron con estruendo y percibimos una fuerte sacudida en la criatura, que empezó a sumergirse de nuevo. De lo profundo del agujero que se hundía a nuestros pies vimos entonces emerger una marea negra proyectada hacia arriba con enorme fuerza.

—¡Es la tinta! ¡Saltad! —grito Mr. Tim al tiempo que nos arrastraba al chorro de líquido negro, el cual nos empujó violentamente al exterior del monstruo y hasta nos elevó por encima de la superficie del mar, a la que volvimos a caer, a pocas brazas de nuestro barco, la boca de cuyos cañones de la banda de babor podíamos ver humear todavía.

Estaba tan aturdido por la increíble peripecia que acabábamos de vivir que, mientras sobrenadaba en la oscura mancha, a la espera de que nuestros compañeros vinieran a rescatarnos, solo una idea se me pasaba por la cabeza:

—¡Lástima de tinta! —pensaba—. ¡La de libros que se podrían escribir con ella!