Capítulo 5: La cueva del Microcosmus (2ª parte)

Transitábamos ya casi por el centro del paso entre ambos, cuando notamos una gran agitación bajo la quilla y una torre de espuma emergió justo delante de nosotros. De la horrible cabeza que la coronaba surgieron dos  larguísimos tentáculos que se enrollaron en cada una de las rocas, formando con el cuerpo una infranqueable barrera, al tiempo que una decena de brazos algo más cortos trepaban por la borda y tanteaban en la cubierta como a la búsqueda de algo, deteniendo por completo la marcha del barco.

—Matías —gritó con desesperación el capitán—, arme a a la tripulación con hachas y espontones y vamos a hacer rodajas los brazos de ese calamar o lo que sea. Nos servirán de cena esta noche. ¡Iker, Lucas, al sollado, como habíamos convenido!

—¡Pero, capitán…! —protestaron estos.

—¡Si no os marcháis inmediatamente os haré juzgar por insubordinación!

Tuvieron los chicos que plegarse a la autoridad del capitán y, de mala gana, bajaron a ocultarse, en tanto el resto de los tripulantes se armaba siguiendo las indicaciones del pirata.

—¡Benavides, no te quedes ahí parado como un lelo y ayuda!

La orden de Melusina resonó con tal firmeza que, sin saber muy bien lo que hacía, ni dar resquicio a que pudiera oponerme, me vi de súbito con un hacha de abordaje en las manos corriendo hacia uno de aquellos horribles tentáculos que serpenteaba ciego por entre las tablas.

Lo golpeé con toda la fuerza que fui capaz de imprimir al hacha, pero en vez de conseguir que esta lo seccionara, rebotó contra la coriácea piel que lo cubría y escapó de mis manos, yendo a parar unos pasos más atrás de donde, ya indefenso, en esos momentos me encontraba.

Se elevó hacia donde yo estaba la punta negra de aquel tentáculo, provisto de rosadas ventosas, y, sin darme tiempo a huir, hizo presa en mí y me rodeó con fuerza, dejándome incapacitado para cualquier movimiento.

—Mr. Benavides, be strong!

Widerstenhen Sie!

Procedían las voces de aliento de dos muñecos de cuyos cuerpos troncocónicos de cemento emergía una cabeza con forma asimismo de tiesto de flores invertido y a los que se unían por medio de cordeles unos a modo de manos y piernas de la misma forma, pero más pequeños. Se trataba de Mister Tim y Frau Tina, la singular y veterana pareja de Villa Vidinha que, cuando no ejercían de piratas, daban amablemente la bienvenida a sus visitantes al pie de la escalera que conducía a la entrada principal, en calidad de mayordomo y ama de llaves de la casa, según acreditaban sus respectivas indumentarias.

Se lanzaron ambos con determinación contra el monstruo, provistos de sendas hachas con las que golpearon varias veces el tentáculo que me apresaba, con bastante más fuerza de la que yo empleara, aunque con no mucho mejor resultado.

Tan embebidos estaban en su noble y valeroso intento de liberarme que casi no se apercibieron de que otros dos brazos de la bestia se aproximaban a ellos por su espalda y terminaron también por apresarlos:

Achtung, darling! —gritó frau Tina, aunque ya demasiado tarde.

De improviso, los tres gigantescos apéndices se izaron a la vez y sus presas fuimos transportadas hacia la cima de lo que nos había parecido antes torre de espuma, en la que una boca de grandes proporciones se abrió como la negra entrada de una caverna, dejándonos caer dentro, sobre una superficie mullida y gelatinosa.

Caímos los tres juntos en un amasijo de piernas y brazos y, cuando intentábamos ponernos en pie, la superficie aquella se elevó hacia la curva bóveda de la gruta, al tiempo que una sustancia amarillenta la volvía resbaladiza en extremo, hasta el punto de hacer que nos deslizáramos irremisiblemente por el todavía más oscuro agujero que se abría a su fondo.

Tras una prolongada caída libre a lo largo del fétido túnel, vinimos a dar en una enorme concavidad de paredes y suelo blandos y techo altísimo, iluminada por verdosa fosforescencia, en un extremo de la cual brillaba también una luz blanca.

Así que pudimos rehacernos de la caída y ayudándonos mutuamente a caminar por la inestable superficie de la nueva caverna nos dirigimos, de manera casi instintiva, hacia aquel punto de luz.

La tal superficie estaba inundada de un líquido verdoso que apenas nos cubría los pies y en el que sobrenadaban toda clase de pintorescos objetos: restos de velas y cabos, maderas, cabillas de timón, platos y cubiertos, armas variopintas y hasta algún libro.

Chapoteando en aquel caldo repulsivo y esquivando de cualquier forma los enseres que sobre él flotaban, llegamos al lugar de donde provenía la luz y en el que, para nuestra sorpresa, hallamos, iluminada por un fanal de barco, la figura de un anciano de luenga barba blanca y muy crecidas greñas asimismo canosas que, sentado a una mesa de tres patas, escribía sobre pergamino con una pluma de ave.

—¡Vaya! —exclamó así que se apercibió de nuestra presencia al levantar casualmente los ojos de su escrito—. No es frecuente recibir visitas en este lugar. Pero no creáis que sois los únicos. Me consta que el primero en pasar por aquí (de eso debe hacer ya bastante tiempo) fue un profeta antiguo. Tenía la costumbre de solo prever desgracias, hasta el punto de que sus coetáneos llegaron a pensar que, en realidad, las atraía; así que en una travesía por mar donde las cosas empezaron a ponerse feas, la tripulación decidió tirarlo por la borda para evitar que el barco entero se perdiera. Nada más llegado al agua, el monstruo se lo tragó. Dicen que solo pasó aquí tres días, pero tengo para mí que debieron ser bastantes más. No se sale del vientre de este bicho así como así. También pasaron por aquí un viejo carpintero y su hijo, un chico de cabeza tan dura que parecía hecha de madera y al que, de vez en cuando, la nariz le crecía de un modo extraordinario…

—¿Y tú quién erres? —preguntó la voz tajante de Frau Tina con su inseparable deje gutural.

—Eso, who are you, Sire?—corroboró el británico acento de Mr. Tim.

—Mi historia es larga —replicó el anciano—, pero como aquí dentro el tiempo cuenta poco porque hay poco que hacer, creo que podré entreteneros un rato con ella. Mi nombre —prosiguió diciendo— es Pierre Denys Pontoppidan y soy de profesión malacologista, que en román paladino viene a querer decir que me dedico al estudio de esos seres misteriosos y fascinantes que son los moluscos y, en particular, los llamados cefalópodos. Desde pequeño me sentí atraído por las historias que los marineros contaban del mayor de estos animales jamás vistos: el kraken. Recogí sobre él cuanto material pude hallar, en forma de descripciones científicas, como la de Linneo, que lo catalogó en la primera edición de su Systema Natruae con el nombre de Microcosmus Sepia. Ignoro por qué, aunque alguna sospecha me ronda al respecto, lo excluyó de la segunda edición de su libro. Compilé también simples cuentos, leyendas y rumores y con todo ello compuse una gigantesca Historia Natural del Kraken, en la que recogía la noticia de ser el responsable del hundimiento en una sola noche de siete barcos americanos frente a las costas de Florida. Mi obra tuvo un eco sin precedentes: universidades y sociedades científicas se me disputaban y no paraba de impartir en ellas charlas y conferencias muy bien remuneradas. Mas en mi propio éxito se cimentó también el principio de mi desgracia: la envidia, que impregna toda actividad humana, se agudiza en los cenáculos académicos e intelectuales, de donde debiera haber sido erradicada para siempre. Un grupo de malacólogos, celosos de mi fama, sobornaron a tripulantes supervivientes de los barcos hundidos en Florida, quienes testificaron que su naufragio trajo causa en una súbita tormenta tropical, desatada de improviso sobre tales lugares. ¡Una tormenta tropical! ¡Valiente sandez! Pero lo cierto es que mi celebridad se esfumó tan deprisa como había llegado y me hallé en poco tiempo pobre, hambriento y despreciado por todos los círculos científicos que antes me aplaudieron. Pudieron tramar mi ruina, mas no pudieron doblegarme, ni consiguieron que abjurara de mis convicciones. Invertí el poco dinero que me llegó de una inesperada herencia en botar un pequeño balandro y me hice navegante solitario; crucé todos los mares conocidos y algunos ignotos y, tras muchos años, obtuve al fin mi recompensa: el Microcosmus engulló mi barco y a mí con él y, desde entonces habito su interior, escudriño sus secretos y compongo con ellos la obra definitiva sobre el monstruo del Leviatán, sobre el abominable Caribdis, sobre la suma, en fin, de todas las gigantescas y terribles criaturas marinas. Mas no perdono a la humanidad que, incrédula y envidiosa, me despreció y humilló. Tengo determinado que no se ha de beneficiar de mis descubrimientos. Hay saberes que los hombres no merecen, así que los profundos y maravillosos secretos del Kraken jamás verán la luz; permanecerán por siempre aquí, pues es justo que nunca abandonen el estómago mismo de su dueño. Mas decidme —preguntó el viejo, mudando de súbito de asunto—, ¿quiénes sois vosotros y qué habéis venido a hacer aquí? ¡No pretenderéis destruir esta magnífica criatura, sin par en la Naturaleza!

—Nosotros solo querrer salir limpiamente de kraken y salvar barrco —replicó frau Tina.

Of course, Sire —corroboró Mr. Tim.

—Bueno —replicó Pontoppidan pensativo—, de aquí salir se puede, como hicieron el profeta, el carpintero y su hijo. Yo conozco al menos dos vías para eso, pero ninguna de las dos es limpia. Aunque, al menos, una de ellas os ayudará también a salvar el barco.

—Si Herr Pontoppidan tenerrr amabilidad explicarnos plan, nosotros luego hacer mucho deprisa.

—¿Está armado vuestro barco?

—Yes, Sire, ¡con diez cañones por banda!

—Tendremos entonces que aumentar la temperatura en ese punto del estómago del monstruo —dijo el anciano señalando hacia una protuberancia que sobresalía de un pliegue de la pared blanquecina de la caverna—. Cuando la criatura note el calor liberará el barco por unos momentos, sumergiéndose en busca de agua fría, mas no ha de tardar mucho en emerger de nuevo para volver a atrapar su presa. Si vuestros amigos aprovechan el momento para lanzarle una andanada que logre hacerle algo de daño, el monstruo intentará ocultarse y emprender la huida y ahí tendréis la oportunidad de escapar.

—¿Cómo? —pregunté un tanto escéptico ante un plan que se me antojaba bastante disparatado y sujeto a múltiples imponderables que podrían hacerlo fracasar y que el animal se hundiera para siempre con nosotros dentro.

—Solo tenéis que prender un fuego en la protuberancia y correr después hacia la galería que veis a vuestra izquierda. Si todo sale como espero, desde ella hallaréis la forma de dejar al monstruo.

—Pero, ¿con qué vamos a encender fuego? Además está todo mojado. Tardará mucho en arder cualquier cosa que pretendamos quemar —objeté de nuevo.

—Un poco de fe, mi escéptico amigo —replicó el anciano—. Ahí tengo yesca y pedernal con que podréis prender esas tablas que flotan en el suelo. En cuanto a la humedad, proviene del líquido que hay en él. Es ácido y bastante inflamable, así que de lo único que tenéis que preocuparos es de no salir ardiendo también vosotros.

—En cuanto a eso —dijo Mr Tim—, no problem. Nosotros no combustibles.

Tomó el mayordomo la yesca y el pedernal que el viejo nos tendía y en poco tiempo hizo prender una llama azulada en unas madera, cubiertas de algas muertas, que frau Tina había acumulado junto a la protuberancia.

Nos encaminamos, siguiendo las indicaciones del viejo, por la galería en cuestión que resultó ser extremadamente corta y desembocar en un negro agujero que no dejaba adivinar lo que ocultaba en su fondo.

Notamos de pronto que el animal se sumergía, de lo que colegimos que había liberado al barco, mas pronto volvió a subir buscando la superficie para hacer de nuevo presa en él.

Los cañones de una de las bandas de El Temido retumbaron con estruendo y percibimos una fuerte sacudida en la criatura, que empezó a sumergirse de nuevo. De lo profundo del agujero que se hundía a nuestros pies vimos entonces emerger una marea negra proyectada hacia arriba con enorme fuerza.

—¡Es la tinta! ¡Saltad! —grito Mr. Tim al tiempo que nos arrastraba al chorro de líquido negro, el cual nos empujó violentamente al exterior del monstruo y hasta nos elevó por encima de la superficie del mar, a la que volvimos a caer, a pocas brazas de nuestro barco, la boca de cuyos cañones de la banda de babor podíamos ver humear todavía.

Estaba tan aturdido por la increíble peripecia que acabábamos de vivir que, mientras sobrenadaba en la oscura mancha, a la espera de que nuestros compañeros vinieran a rescatarnos, solo una idea se me pasaba por la cabeza:

—¡Lástima de tinta! —pensaba—. ¡La de libros que se podrían escribir con ella!

Capítulo 2: Reencuentros (2ª parte)

—¡Descuidadas nos tienes, Benavides! —oí de pronto decir a Petra, la gallina guinea que, junto con sus dos compañeras y los respectivos pollitos amarillos de las tres, habitaban un amplio nidal, a la sombra del pequeño olivo, al que, en esos momentos se aproximaba toda la comitiva con gran pompa y ceremonia.

—Tienen que disculparme, señoras, pero ando en ocupaciones que se me antojan de mucho fuste, aunque no crean que las echo en olvido. Precisamente acabo estos días de preservar un libro que…

—¡Pero si son nada menos que Iker y Lucas! —gritaron casi al unísono las otras dos gallinas, con el consiguiente alboroto de los polluelos, que abandonaron sus correspondientes regazos gritando:

—¡Son Iker y Lucas! ¡Son Iker y Lucas!

—¡Basta ya!— tronó Petra, consiguiendo un silencio momentáneo de los inquietos polluelos.

—Pero, mamá, son Iker y Lucas —se quejó con amargura Borja Mari—. ¡Queremos conocer a nuestros héroes!

—Precisamente porque son Iker y Lucas, no debéis molestarlos. Para héroes, ya tenéis a Matías que todos los días os cuenta la historia.

—¡Jo, mamá, pero no es lo mismo! Ellos son de la casa. Y Luzbela, la pollita pequeña de Purpurina, decía que no existían, que todo eran invenciones y fábulas de Matías para meternos miedo con la bruja Croma y que no alborotáramos más de la cuenta. Y ahora, fíjate: están ahí al lado. ¡Anda! ¡Déjanos que vayamos a verlos!

El suspiro resignado de Petra fue interpretado como señal de aquiescencia por los polluelos, que se lanzaron en tropel sobre sus héroes.

—¡Venga, Luzbela, tócalos!— decía Borja Mari con una admiración no exenta de cierta sorna—. ¡Ves como no son imaginaciones de viejo Matías! ¡Existen y están aquí! ¡Yo, de mayor, seré como ellos!

No pudieron menos que reírse Iker y Lucas al verse tachados de “mayores” y, cuando al fin consiguieron liberarse del enjambre de crías que les trepaba por las piernas y hasta se les subía a los hombros, se acercaron a un zángano de grueso abdomen, quien, recién despierto, al parecer, del sueño inducido por una botella de hidromiel que, medio vacía, yacía a su lado, los observaba lleno de curiosidad, como si no acabara de reconocerlos.

—¡Qué demonios! —exclamó al fin, poniéndose en pie de un salto, a pesar de su nada desdeñable volumen abdominal, comparable, desde luego, al mío—. ¡Iker y Lucas aquí!—Y corrió hacia ellos intentando atraer su atención con gestos diríase un tanto estrafalarios.

Debieron percatarse de inmediato los chicos, por cuanto salieron asimismo a su encuentro y los tres acabaron trabados en un fuerte abrazo.

—¿Y qué tal van las cosas en la colmena?— preguntó Iker, así que hubieron terminado las efusiones y los saludos de rigor.

—¡Buff! —resopló aquel—. De mal en peor, ¡qué queréis que os diga! Fijaos hasta qué punto ha llegado la cosa que Maya dice que ya no quiere ser más reina; que es una institución anticuada, caduca y decadente. Ahora quiere ser Presidenta Hereditaria de la República Independiente de Colmena. ¡Y no para ahí la cosa! Ha ordenado que, como para nosotros el sexo, más que con la reproducción, tiene que ver con la división del trabajo, a partir de ya, cada uno tiene libertad de elegir el suyo, pero, para que el nombre no condicione y se vuelva al antiguo régimen, tenemos que decidir entre ser abejos o zánganas. Yo ya no entiendo nada, pero como veo que aquí solo viven bien las crías, he decidido fundar con Wally el Partido Zangolotino. Eso sí, cuando lo encuentre, porque no hay quien dé con él.

Y, levantando la voz, se puso a llamarlo hasta con desesperación:

—¿Dónde estás, Wally?

Abandonaban al quejoso zángano en la búsqueda de su desaparecido compañero, cuando atrajo su atención una pareja de cien pies, vestidos de faralaes, como salidos de una película española de las antiguas, ella con la cabeza coronada por una recia peineta de carey, con el cuello envuelto en sartas de perlas y él bajo un cordobés color de caramelo, pulido y torneado.

—¡Cavo, Valga! —los llamó Lucas, haciendo gala de extraordinaria memoria infantil—.¿Qué tal marchan las famosas sevillanas corraleras?

—¡Oh! —replicó la hembra de ciempiés—, desde que logramos pasar a la segunda, la verdad es que han dejado de tener mayor interés para nosotros. Ahora aspiramos a metas más altas. Si alguien nos cantara una, podríamos mostrar nuestros enormes progresos en el noble arte de la petenera flamenca.

Se quedaron todos mirando a Matías, quien, al parecer, había dado muestras en una ocasión anterior de dominio de ciertos palos del cante, pero este, enrojeciendo, negó con la cabeza. Tuve entonces que intervenir, bien a mi pesar, pues se trata de una clase de lucimiento personal a la que, dada mi extrema modestia, soy bastante reacio, y, sacando mi mejor ceceo de Puerto Real, entoné

Quien te puzo petenera

no zupo ponerte nombre,

que te debió d’haber puetto

que te debió d’haber puetto

la perdición de loz hombre.

Los ciempiés, en medio del compás sesquilátero de mi cantar, esbozaron, uno hacia la izquierda y otro hacia la derecha, él un paso rodazán y ella otro sostenido, a resulta de los cuales su multitud de pies, valgos los unos y cavos los otros, vinieron a quedar tan estrechamente entrelazados, que nos llevó más de un cuarto de hora separarlos, en medio de sus grititos, quejidos o los atropellados consejos de los circunstantes que se obstinaban en que desenredáramos la madeja, cada uno a su modo y todos diferentes entre sí. Vino a generarse de esta forma una enorme confusión sobre la que se alzó, una vez más contra mí, la voz hiriente y algo arguardentosa, podría decirse— de Maeve:

—Ya la has vuelto a liar, Benavides.

Hallaron los chicos graciosa la ocurrencia de hada y rompieron a reír y, tras ellos, el resto
de los presentes que terminaron por soltar a los desgraciados ciempiés, quienes, finalmente, se desenredaron por sí solos en el suelo, del que se levantaron con los rostros arrebolados por el esfuerzo.

—Debiera daros vergüenza —dijo una enorme oruga verde que reposaba sobre el muro del arriate, acompañada de su pareja—. A vuestra edad y no os cansáis de hacer el ridículo.

—Mira que te gusta meterte con la gente —terció esta—. A ti qué te importa lo que ellos hagan. Cada vez pareces más una vieja metomentodo y amargada.

—¡Es lo que da la compañía! —replicó más airada aún la primera—. Si no tuviera que aguantarte pegado a mí todo el día, puede que no estuviera de tal mal humor. ¡Le agrias el talante a cualquiera!

—Pero, ¿no son Morreo y Careta, la pareja sentimental, que vivían siempre entre arrumacos? —preguntó Lucas extrañado.

—Sí —respondió Matías—, pero desde que cayeron en la cuenta de que su amor no solo no era imposible, sino lo más lógico y normal del mundo, andan así. ¡No paran de reñir!

—Cuando uno no se enamora de otro, sino del amor, suelen pasar estas cosas —se me escapó el lucimiento, sin poderlo evitar.

—Metafísico estás, Benavides —dijo Melusina, aguándome un tanto la fiesta.

—Será que no come —completó Maeve. Y las dos rieron a carcajadas sin poderse contener, en medio del desconcierto de los otros concurrentes que no acertaban a adivinar el motivo de su risa.

No queriendo pasar más adelante, preguntaron los chicos por el resto de sus conocidos de Villa Vidinha a Matías, quien les dio sucinta noticia de casi todos ellos:

—“El árbol Pavo Real, como siempre, aparece de vez en cuando, hace ostentación de sus hojas multicolores, rezonga un poco y vuelve a sumirse en la pared. Adelfo Lágrimas anda atrancado desde hace un año en los primeros versos de su Oda a a la experiencia árborea, preguntándose si todo lo que se predica de árbol puede predicarse también de arbusto. Creo que tú, Lucas, tuviste mucho que ver en ese problema lógico-existencial que es lo que ahora lo mantiene en perenne angustia ”.
“La vieja parra no para de contar a quien quiera oírla cómo inventó la moda en el Resort Paraíso y se queja porque nadie se lo reconoce, ni la mencionan en la historia por ello; en cuanto al pobre Plátano Calvo, ya no está entre nosotros: obstinado en su cruzada contra la lacra del aprendizaje memorístico y en su descubrimiento de la pedagogía del olvido, ya que no le era posible olvidar su nombre, pensó que tal vez podría olvidarse de respirar. Cuando casi lo había conseguido, se secó”.

“Frau Tina y Míster Tim continúan ejerciendo eficazmente sus labores de mayordomo y ama de llaves, dando la bienvenida con solemnidad a cuantos arriban a Villa Vidinha, eso sí, con sus insufribles acentos germano y británico y el parlamento de las flores anda enfrascado en sus sesiones y debates que acaban casi siempre como el Rosario de la Aurora. En fin, Villa Vidinha mantiene intactas sus rutinas de siempre y deja escurrir el tiempo, ansiando volver a veros y añorando al bueno de Yogui”—concluyó la lagartija, mientras una nube de llanto velaba durante unos segundo sus ojos saltones.

Apenas concluida la relación de Matías y en vista de que el amanecer quería despuntar sus primeras luces por el levante, los chicos, seguidos de las hadas, optaron por retirarse a descansar y recuperar algunas fuerzas con que enfrentar las emociones que les aguardaban al siguiente día, el de la función del Pequeño Circo del Gran Ta-Morlán.