Capítulo 12: El Reino del Espejo (final)

—¡Oh, sí! —respondió Perla—. Al fin y al cabo, tienen plumas como nosotras, así que algo nos tienen que tocar. Siempre es bueno conocer la historia de la parentela. Da para presumir con las amigas.

Tras un breve conciliábulo, trazamos un plan para el rescate del resto de los tripulantes de El Temido: como sería imposible que Lord Crokinole, el señor Terophontax y los cuatro soldados, por su tamaño, pudieran atravesar el llano de dunas sin ser descubiertos por las arpías, ni penetrar en el castillo, sin correr el riesgo de envenenarse con las espinas de los cactus cobra, decidimos que compondríamos la expedición solamente el enano, que conocía en parte el terreno, Pog Clinc, y yo mismo.

—Podríamos también acompañaros —terció Petra—. Nadie va a sospechar de unas gallinas picoteando de un lado a otro en busca de gusanos.

—Me parece bien —intervino Lord Crokinole—, siempre que dejéis los polluelos a nuestro cuidado. Solo os servirán de estorbo y con su constante alboroto pueden dar al traste con vuestro empeño.

Aceptaron aquellas de mala gana, pues no gustaban de ir a ninguna parte dejando atrás a sus crías, pero sabedoras de lo fundado del temor del inglés, de modo que en poco tiempo nos lanzábamos a la aventura.

Dividimos en dos columnas nuestro pequeño grupo, compuesta la primera por Petra, Perla y Purpurina que se aproximaron al castillo en descubierta, atrayendo así la atención de las arpías, quienes se limitaron a concentrar su mirada en ellas, observándolas picotear aquí y allá, pero sin sospechar que su presencia pudiera suponerles ningún tipo de amenaza.

Pog-Clinc, el enano y yo reptamos en silencio por las dunas, al amparo de una oscuridad que se había apoderado poco a poco de la playa, tras hundir el sol en el horizonte marino sus últimos reflejos rojizos. Alcanzamos enseguida el arco de entrada al castillo y nos deslizamos con cautela por entre los huecos que se abrían en las ramas y espinas de los cactus, hasta llegar al patio de armas de que habló aquel, lugar en el que nos hallábamos a salvo de la vigilancia de las horribles criaturas, mitad personas, mitad aves, que se limitaban a observar el exterior de la fortaleza.

Frente a la entrada se levantaba la majestuosa escalinata que conducía a la zona residencial y a su lado, una estrecha portezuela, con dintel redondeado, debía dar paso a las prisiones, calabozos y mazmorras de los sótanos.

Lo más escondidamente que nos fue posible, nos fuimos deslizando, uno a uno, los seis expedicionarios; descendimos por una estrecha escalerilla de caracol que al cabo de no sé cuántas vueltas y revueltas nos condujo a una oscura sala, de techo muy bajo, de la que salía un canal de aguas negras y malolientes que debía desembocar en el mar. Se agolpaban en ellas, caminando erguidos, un buen número de aquellos peces que ya tuvimos ocasión de ver en la Gruta de las Sirenas, y que con tanta precisión nos describiera Petra, como autores del aprisionamiento de nuestros camaradas de El Temido.

De una bocina colocada en el centro de la bóveda de piedra caliza que sustentaba el techo, salía una voz bastante deformada por la distancia:

—Como los prisioneros, atrapados por el sortilegio de la flor de loto azul, no precisan vigilancia, os ordeno que vayáis al mar y no regreséis hasta traer noticias ciertas del otro barco, cuya tripulación, compuesta por marineros fornidos y soldados de casacas rojas, nos será de más provecho para nuestro propósito que los desharrapados piratas-muñecos que hemos capturado hasta ahora.

Trabajo me costó contener y silenciar a Perla, que, muy ofendida por verse tratada de ese modo, rezongaba:

—¡Habrase visto! ¡Y este quién se cree que es para insultar así a una digna gallina, miembra fundadora de la Sociedad Literaria del Green Garden y que siempre ha dormido en el palo más alto de en cuantos gallineros ha puesto huevos! Si es el morito ese que dicen, ¡ya le daré yo desharrapamiento cuando tenga ocasión de echármelo a la cara!

Una vez calmada la gallina y así que los peces se fueron arrojando a las negras aguas del canal, iniciamos con harta cautela el camino de un oscuro corredor, carente de todo tipo de iluminación, que, nos pareció, debía conducir a las mazmorras del castillo.

Cuando habíamos ya avanzado un buen trecho, tanteando las paredes a fin de evitar tropiezos, Pog Clinc, que encabezaba la marcha, se detuvo en seco y eso provocó que los demás, que caminábamos en hileras, chocáramos unos con otros. Se levantó un airado coro de lamentos ayes y protestas que el cerdito silenció de manera perentoria:

—¡Silencio! Pog Clinc oye algo.

Callamos todos y, en efecto, pudimos apercibirnos de los roces de unas leves pisadas contra las piedras del suelo; en cuanto estas se aproximaron lo suficiente, saltó sobre quien las producía, entablándose entre ellos una lucha muda y feroz.

—¡Deteneos! —grité al iluminar un débil rayo de luz procedente de la boca del corredor por un instante a los contendientes—. ¡Es Matías!

—¡Pero, si es el maldito cerdo de la isla! —exclamó este al reconocer a la criatura que tenía sobre sí y que con sus pesadas piernas sobre ellas, inmovilizaba sus patitas delanteras—. ¡Yoguina, ayuda!

—No hace falta —le dije por lo bajo—; no hay ningún peligro. ¡Somos nosotros!

—¿Vosotros? ¿Quiénes sois vosotros?

A fin de tranquilizar a la vieja lagartija y a su hija, que se había aproximado al débil rescoldo de luz en auxilio de su padre, tuve que hacerles un apresurado resumen de la cadena de acontecimientos que nos había conducido hasta allí en busca de los cautivos, a lo que ella correspondió gentilmente, poniéndonos al tanto de las circunstancias que les habían permitido huir de su prisión:

—Imagino que por los mismos motivos que en las gallinas, en nosotros tampoco tuvo mayor efecto la visión de las flores y su supuesta corte de imágenes fascinantes y sonidos embriagadores. Eso nos permitió apercibirnos de la subida al barco de los malditos siluros y de cómo estos apresaban a nuestros compañeros. Bastó el cruce de una mirada entre Yoguina y yo para que nos pusiéramos de acuerdo en fingir que estábamos, como ellos, bajo el embrujo de los lotos azules, y los seguimos dócilmente, buscando la ocasión de poderlos liberar. Nos arrojaron a todos a un calabozo que hay un poco más adelante en este mismo corredor, cuya puerta ni siquiera se han molestado en cerrar y al que nadie vigila tampoco. Tras un montón de vanos intentos de ambos por lograr que el resto de los prisioneros volvieran en su ser, decidimos huir de la prisión en busca de la ayuda de la Victoria, pues está claro que habrá que llevárselos de aquí primero, aunque sea a la fuerza, y tratar después de que recuperen la consciencia. Así que procuremos salir y asaltar luego este castillo con los soldados y marineros de Lord Crokinole para rescatarlos y llevarlos a donde los curen.

—Espera, papá —dijo Yoguina—, ahora que Benavides está con nosotros, quizás haya otra forma más rápida de lograr nuestro propósito.

—¿A qué te refieres? —preguntó Matías intrigado.

—Bueno, creo que la libertad de los prisioneros pasa por atraer su atención más poderosamente lo que lo hacen las fascinantes imágenes y los embriagadores sonidos que desprenden las flores de loto azul en quienes fijan sus sentidos en ella. Solo la mezcla de naturaleza y arte, de física y espíritu, que tienen las aladas palabras, puede derrotar el poder de esas flores. Si Benavides les dice uno de sus libros, es posible que su inclinación vire hacia él, y se aleje de los lotos.

Se me quedaron todos mirando con el mudo propósito de que opinara sobre la sugerencia de Yoguina y, tras meditarlo unos instantes, admití:

—Quizás funcione. Supongo que nada perdemos por probar.

Nos adentramos, siguiendo a las lagartijas, aún más en el oscuro corredor, de modo que al poco tiempo vinimos a parar a las puertas del amplio calabozo en que posaban nuestros amigos, todos ellos en una admirable quietud, contemplando con arrobamiento cada cual su flor, de cuyos pétalos emanaba un reflejo azulado que les iluminaba levemente el rostro. Fuera de eso, la oscuridad era total en la prisión, en la que no se advertía ventana o tragaluz alguno y cuyo ambiente estaba por ello sumamente enrarecido.

Avancé con decisión hasta situarme en el centro de la estancia y, sin mayores preliminares, me dispuse a decirles, subyugado quizás por la oscura atmósfera del calabozo, la singular historia que lleva por título El libro de las cosas perdidas, que compuso John Connoly, en el que un chico de doce años se recupera de la pérdida de su madre y restituye su equilibrio mental sumergiéndose, a través del susurro de unos libros, en un territorio fantástico donde adquieren cruda realidad los cuentos tradicionales y los imaginados terrores y monstruos de la infancia, que consigue atravesar triunfante.

A medida que la narración avanzaba, noté cómo los oyentes iban poco a poco dejando deslizarse hasta el suelo a sus flores de loto, hasta que, llegando ya casi al final, uno de los enanos, dijo en voz alta:

—Pero ese libro está equivocado. Nosotros ya no trabajábamos en la minería cuando vino Blancanieves. Éramos jardineros.

—Y, si hubiera sido tan gorda y tragaldabas como la pintan ahí, no la hubiéramos admitido en casa. Es más, entonces se esmeraba mucho y nos tenía muy bien atendidos —dijo otro.

—Pues lo que es ahora —intervino el que nos había acompañado—, aunque sigue sin estar gorda, no para de exigirnos que recaudemos impuestos para ella. Y eso que ya se ha quedado sin nadie a quien cobrárselos. No habrá desarrollado la glotonería, pero sí la codicia. ¡Y no sé qué es peor!

Cayeron entonces los enanos en la cuenta de quién les hablaba y corrieron a abrazarse los tres que habían llegado a bordo de El Temido con su cuarto compañero; quedaron asimismo muy asombrados cuando supieron dónde se hallaban, pues en ningún momento se habían percatado de que el barco navegaba por las proximidades del Reino del Espejo.

Cuando el resto de los muñecos piratas recuperó del todo la consciencia, se extrañaron también sobremanera de hallarse en aquella oscura prisión y hubo que hacerles relación pormenorizada de los sucesos que los habían llevado a ellos hasta allí y a nosotros en su seguimiento. Fue mayor aún su sorpresa e indignación cuando les dijimos quiénes eran sus captores y el malvado propósito con el que habían sido capturados.

Propuso Iker, preso de su cólera connatural, asaltar el castillo y tomar venganza cumplida en el visir Boulos ibn Alkanisas, haciéndolo prisionero y enviándolo a Bagdasco debidamente aherrojado, moción a la que se sumó con entusiasmo el capitán Laurel y el resto de su tripulación, pero con la que no se mostraron conformes Lucas y Lady Victoria, quienes tras conferenciar en voz baja, en medio del alboroto con que los demás se aprestaba a poner en marcha los designio de Iker, se dirigieron a ellos:

—Si no estamos equivocados, nuestra intención primera es dirigirnos a la Cueva de los Enanos en el sur de la Sima Desconocida, liberar a los esclavos de Croma y aliviar las pesadillas de Yogui, por medio de las cuales la bruja controla a su gente e intenta conseguir las esmeraldas arcoíris que han de propiciar su retorno, ¿no?

—Así es, en efecto —concedió Matías—. Pero ¿a dónde queréis ir a parar?

—Pues que, si nuestra intención es llegar allí y el propósito del visir es llevarnos, lo más natural es dejarnos llevar y sorprenderlos después desde dentro, que siempre será más fácil que forzar la entrada de una cueva, que con poco se defiende. En otras palabras, lo que nosotros proponemos es que nos quedemos aquí, nos comportemos como si nuestra voluntad siguiera sojuzgada por nuestros enemigos y permitamos que nos conduzcan a la Cueva de los Enanos. Una vez en ella, atacaremos simultáneamente desde dentro y desde fuera, lo cual nos dará más posibilidades de éxito.

—Y ¿qué haremos con El Temido? —preguntó inquieto el capitán Laurel.

—Creo —replicó Lady Victoria— que mi padre puede destacar algunos marineros para que lo tripulen, de manera que los dos barcos lleguen juntos a la Costa o Playa de los Dinosaurios, como vosotros la llamáis. Sería conveniente que quienes habéis venido en nuestro rescate, os volváis con lord Crokinole y ayudéis en la maniobra de El Temido.

Tras debatirlo unos minutos, el plan de Lucas y Lady Victoria acabó por imponerse, pues a casi todos nos pareció que, por osado, ponía el triunfo más al alcance de la mano.

Retornábamos ya los expedicionarios al exterior de la fortaleza donde nos aguardaba Lord Crokinole; los prisioneros volvían a su lugar y tomaban de nuevo en las manos las flores de loto, aunque evitando ahora mirar fijamente sus pétalos, cuando oí decir a Iker, refiriéndose a ellas con voz llena de ira y desprecio:

—¡Bah! ¡Son como los malditos móviles!

Capítulo 12: El Reino del Espejo (3ª parte)

—Bien está que paguéis con el cuarto de queso restante la deuda que la Real Hacienda tiene con Pog Clinc, mas yo no estoy dispuesto a perdonar los correspondientes intereses de demora…

—¡Pero esto es mi ruina! —se lamentó el desgraciado ministro.

—Aunque tal vez podamos encontrar un medio de compensarlo —dijo el aristócrata inglés con astucia.

Lo miró interrogativamente el enano y aquel prosiguió:

—Es posible que estuviera dispuesto a liberaros del pago, si advirtiera en vos una decidida disposición a informarnos de cuanto necesitemos saber y a ayudarnos en la consecución de nuestros propósitos que, desde ya os aseguro, son del todo legítimos.

—En tal caso —respondió el enano— estoy abierto a colaborar en cuanto necesitéis.

—Pues dad por condonada la deuda.

Rompió a reír entonces el ministro de la Real Hacienda:

—La verdad es que me siento como quien ha engañado a un niño. Os habría contado cuanto sé de cualquier modo; de un tiempo a esta parte pasan cosas muy raras en el reino, que soy incapaz de callar.

—Tampoco yo —contestó Lord Crokinole— os hubiera exigido de verdad el pago, así que no debéis tener cargo de conciencia por ello. Y ahora, si no os importa, ¿podríais decirnos qué está pasando en el reino? Me da a mí que tiene mucho que ver con el asunto que nos ha traído a nosotros hasta sus costas.

—Bueno —dijo el enano bajando la voz, después de echar una ojeada recelosa alrededor para asegurarse de que nadie, salvo nosotros, lo oía—, pues yo creo que ella se las está apañando de algún modo para regresar.

Nos miramos unos a otros en silencio y, por fin, tras unos instantes de desconcierto, Lord Crokinole se atrevió a preguntar:

—Y ¿quién es ella?

Como lamentándose de nuestra supina ignorancia, respondió con cierta impaciencia en la voz:

—¡Quién va a ser! La Madrastra, la Reina Madre, la Bruja… ¡Croma!

Lanzamos al unísono un ¡oh! sorprendido; noté que un fuerte estremecimiento recorría a las miembros de la Sociedad Literaria del Green Garden, que se hallaban a mi lado, desde los picos hasta las colas. Los polluelos, que entonces empezaban a asomar tímidamente las cabezas, se arrebujaron unos con otros y se ocultaron de nuevo bajo las alas de sus madres.

—¡Imposible! —dijo Petra—. Yo misma la vi dormida por el veneno de sus propios cactus cobra, o como quiera que se llamen, igual que al bueno de Yogui, en Villa Vidinha.

—Tal vez —replicó el enano—. Pero ¿puedes asegurar que aún sigue allí?

—No, ciertamente. Hace mucho tiempo que no husmeamos por el castillo. Los cactus han ido creciendo en demasía y ahora lo cubren por completo, formando una maleza espesa y enmarañada, en la que nadie quiere penetrar para no pincharse con ellos y caer también en ese raro sueño mortal, aunque está por ver que esas espinas tuvieran algún efecto en nosotros que, al fin y al cabo, somos de cemento.

—Pues yo te digo que las consecuencias del veneno no deben ser permanentes en ella. A lo peor es como los encantadores esos de serpientes que dicen que son inmunes al de las cobras, porque desde chicos se los van poniendo en pocas cantidades y termina por no afectarles.

—Sea como sea —intervino Lord Crokinole—, ¿qué te hace pensar que está de vuelta?

—El espejo —contestó el enano—, ¡ha vuelto a funcionar!

Y ante el mudo gesto de interrogación que todos debimos componer en el rostro, animándole a que se explicara, dijo a renglón seguido:

—«En mi opinión, todo empezó con la visita de la embajada del país ese tan raro… Bagdasco, o algo así, creo que se llamaba. La capitaneaba un extraño moro chepudo, de barba rala, como hilera de hormigas borrachas, con la cabeza cubierta por lo que parecía un turbante marrón y que, al final, resultó ser su larguísima cabellera, que le daba un par de vueltas a la cabeza y se sujetaba después en el cráneo, rematada por una especie de moña o pompón. Se reunió el tal moro en secreto con la reina y, al cabo de una pieza, compareció esta y anunció con gran contento a toda la corte que el espejo había vuelto a hablar, confirmándola como la más bella del Reino.

—Pero eso ya os lo dije yo —intervino el príncipe, un tanto molesto por quedar fuera de la reunión y no haber sido invitado a presenciar el milagro de la resurrección del espejo.

—Sí —replicó la reina con un cierto desprecio—, mas vos lo decíais por lógica y así no me vale. ¡Ahora lo ha dicho la magia!

—¡Pero la reparación del espejo os habrá costado un ojo de la cara! Ya sabéis como andan las finanzas del reino desde que se fugaron los ratones y no hay a quien cobrarles el impuesto por el queso que se deja de comer.

—¡No tanto! —dijo la reina orgullosa de sí—. Solo la concesión de algunos terrenitos al lado de la playa, para montar un pequeño negocio de venta de flores a los turistas. ¡Hay que diversificar las fuentes de financiación del reino! Estáis cayendo en la obsolescencia, querido.

Quedó el príncipe un tanto molesto y bastante escamado, así que me llamó aparte y me pidió que vigilara a aquel moro atrabiliario y su supuesto negocio de venta de flores a los turistas, razón por la que me dirigí a la costa en su seguimiento.

Lo primero que al llegar allí me sorprendió fue el enorme castillo, mitad palacio, mitad cárcel, que había aparecido de repente en los famosos terrenos de la playa donados por la reina. Y lo que acabó de alarmarme fue que la entrada estuviera protegida por enormes cactus cobra, de aquellos que cultivaba la malvada Reina Madre para fabricar sus venenos».

La nueva mención a los cactus cobra hizo que Lord Crokinole se estremeciera, pero como permaneció en silencio, el enano, tras una pausa, prosiguió con su relato:

»Precisamente por su gran tamaño, creados sin duda para disuadir la entrada o salida de personas de la talla de adultos normales, presentaban multitud de huecos, que ofrecían a quienes no la alcanzamos, la oportunidad de colarnos por entre ellos.

Fue lo que hice y, de ese modo, me hallé, tras atravesar una puerta en forma de arco, en lo que parecía un cuadrado patio de armas, al que daba una ancha escalera de piedra que, supuse, debía conducir al área noble.

Subí por ella, disimulándome lo mejor que pude entre los balastros de mármol que formaban la imponente baranda que la flanqueaba por ambos lados, y llegué a un oscuro corredor, al que daban varias puertas, procedente de una de las cuales, situada en el centro del pasillo, se oía un rumor de voces.

Determinó mi buena suerte que dicha puerta se hallara solo a medio cerrar, de manera que pude atisbar, a través de la hienda que permanecía entreabierta, lo que en ella se cocía: hablaba el moro jorobado con un espejo en el que, sin embargo, no se reflejaba la habitación aquella, sino una enorme cámara vacía, aunque en su fondo parecían moverse unas sombras; iluminadas por decenas de antorchas, miles de gemas de todas las clases formas y tamaños producían una auténtica sinfonía de destellos multicolores. De su centro, emergía la voz estridente, ya un tanto cascada, de la Reina Madre:

—Necesito —decía— más gente aquí. Tus estúpidos siluros no sirven para buscar piedras. Son perezosos y apenas dan para vigilar y los enanos esclavos son ya demasiado viejos y están acostumbrados a buscarlas con mucha parsimonia. El tiempo se me acaba y necesito encontrar una nueva esmeralda arcoíris, con la que podré recuperar mi poder, sin necesidad de seguir habitando los sueños de este estúpido perro envenenado, desde el que poco puedo hacer, aparte de controlar a los esclavos. ¡Y para colmo, tú pierdes todo un precioso cargamento de súbditos de Bagdasco porque alguien quebró el tanque de las sirenas y los prisioneros escaparon!

—No os preocupéis, mi ama —contestó el moro—, mis vigías me avisan de que se aproximan dos barcos, sin duda repletos de fornidos marineros y puede que hasta soldados, que, una vez capturados y rendidos esclavos, nos han de venir como de perlas para buscar esa rara alhaja que pretendéis y con la que recuperaréis vuestro poder y sojuzgaréis a todos los habitantes de la Sima Desconocida.

—Sí, eso lo primero. Después también a los de fuera.

Debió de recrearse sobremanera la bruja en su ambición, pues su voz sonó ahora en extremo complacida.

No quise oír más y me volví por donde había venido, consiguiendo abandonar aquel castillo sin tropiezo alguno. Me dirigí entonces a palacio, pero, cuando fui a dar cuenta al príncipe de los resultados de la misión que me había encomendado, no me prestó atención alguna, embebido como estaba en la contemplación de una flor de loto azul que le habían regalado, de la que emergía una hipnotizadora multitud de fascinantes imágenes y sonidos embriagadores.

Lo dejé por imposible y me dirigí a la cámara de la reina para contarle lo que sucedía, pero ella, no solo no le dio mayor importancia, sino que además me reprochó que hubiera acechado a sus ilustres huéspedes y me castigó por ello, enviándome a cobrar impuestos por el queso mayor de las queserías del reino, que es el que traía a la espalda cuando nos hemos encontrado, y que ha devorado casi en su totalidad vuestro amigo el cerdito».

Tras una breve pausa, en la que intentamos hacernos cargo de las implicaciones de la historia del enano, Lord Crokinole tomó la palabra:

—No creo que sea aventurado en exceso suponer que a nuestros compañeros de El Temido los tienen cautivos en ese castillo-palacio. ¿Podrías llevarnos hasta él? ¡Hemos de liberarlos de cualquier modo!

Asintió el enano y nos pusimos en marcha con presteza hacia aquel extraño lugar, al que llegamos en poco tiempo, pues se hallaba en las inmediaciones de la playa en la que habíamos desembarcado.

La vista del castillo-prisión producía escalofríos: parecía, pese a haber aparecido hacía poco, muy viejo y transmitía una deprimente sensación de abandono y decadencia. Contribuían a ella las ramas y hojas, densamente pobladas de espinas, de los cactus, que lo envolvían de arriba abajo, trepando por entre las negras piedras de sus muros y almenas y agarrándose con fuerza a los salientes de una cornisa que lo circundaba por completo, de la que emergían aladas estatuas de gárgolas horribles.

Estábamos a punto de abandonar la protección del bosquecillo de pinos y adentrarnos en el pequeño llano de dunas, próximo a la playa, en cuyo centro se alzaba el castillo, cuando detuvo nuestra marcha un espantoso graznido que retumbó en sus murallas. Al fijar la vista en ellas, en busca de su origen, nos apercibimos horrorizados de que lo que habíamos tomado por estatuas de gárgolas eran en realidad arpías de negro plumaje, narices ganchudas y bocas desdentadas que terminaban en agudos picos, como astas, con potentes y aceradas garras que remataban manos y pies deformes.

—¿Qué clase de pájaros son esos? —preguntó, intrigada, Purpurina—. Son muy grandes para cuervos.

—Arpías —respondí—, unas criaturas legendarias que salen de vez en cuando en antiguos relatos. Quizás un día, si tenemos tiempo, os diga alguno de ellos.

Capítulo 12: El Reino del Espejo (1ª parte)

Cuando Lord Crokinole, el señor Terophontax, cuatro soldados británicos y yo mismo nos izamos a la cubierta de El Temido, no pudimos reprimir un escalofrío en la espalda ante la desasosegante sensación de soledad que esta producía. Nadie se veía en la cofa, nadie a las jarcias, nadie en el puente ni nadie en las cámaras. No había tampoco rastro de lucha, ni indicio de que los tripulantes hubieran sufrido alguna clase de violencia para verse obligados a abandonar la nave.

Nos cruzábamos entre nosotros, para explicar aquel páramo, las más alocadas hipótesis que, al poco, nosotros mismos íbamos descartando una por una: que si una ola gigantesca, que si un silencioso monstruo marino, que si alguna súbita epidemia… Y en esas nos hallábamos cuando, de improviso, saltó en la sentina el clamor de un tumulto de cacareos, aleteos y gruñidos, y hacia él nos dirigimos todo lo deprisa que nos dieron de sí las piernas.

El sollado estaba oscuro, como boca de lobo, así que solo pudimos percibir al descender hasta él un torbellino de plumas que giraban, atacando con denuedo a una figura que, en el centro les hacía frente con fiereza, soportando con entrecortados gruñidos la lluvia de picotazos, golpes y arañazos que contra ella se prodigaban. Al principio, nuestra irrupción no hizo sino aumentar el caos, pues todos nos vimos agredidos por aquellas furias aladas y nos defendíamos de ellas cada cual como podía, devolviendo de cualquier modo golpes por picotazos, de suerte que la bodega del barco se transformó en campo de Agramante.

—¡Quieto todo el mundo! —gritó el señor Terophontax, que, a la vista del caos que allí se estaba montando, había salido de la bodega y vuelto a entrar en ella con un fanal prendido.

A su voz, nos detuvimos todos, tirios y troyanos, e iniciamos una especie de rueda de reconocimientos que, de haberse producido antes, nos hubiera librado de alguna que otra magulladura o de más de un arañazo:

—Benavides, ¿por que no avisas? —preguntó una irritadísima Petra, que junto con las otras dos gallinas y sus múltiples polluelos habían formado el más animoso frente de la lucha.

—¡Pog Clinc! ¿Como diablos…?

—¡Capitán Kid…!

Y rompimos todos a hablar a la vez, con lo que, por lo pacífico, casi retornamos al maremagnun del que acabábamos de salir.

—¡A ver, por favor, más despacio y con orden, que podamos enterarnos de todo! —casi suplicó lord Crokinole.

Se adelantaron entonces las gallinas, a las que con un gesto dimos preferencia, por parecernos las testigos más próximas de lo ocurrido a los otros tripulantes del barco:

—Navegábamos con un mar tan plano que hasta la muchacha pelirroja tuvo tiempo de venir con nosotros, como le había prometido a Benavides y decirnos la historia del Polligato

—¿El qué? —interrumpió Lord Crokinole.

—El Polligato, una extraña criatura que no sabe si es pollo o gato, hasta que un búho le hace ver que es las dos cosas o ninguna de las dos, porque no es nada más que un dibujo. Es una bonita historia. Nosotras salimos en ella.

—Pero a mí ese no me la da —interrumpió Purpurina—. Es un disimulado que se quiere merendar nuestros polluelos. ¡Si lo sabré yo!

—¡Anda ya! —terció Perla—. ¡Si no tiene medio guantazo y es un desgraciado!

—¡Mosquita muerta, eso es lo que es! ¡Y fíate tú de las mosquitas muertas!

—Yo creo que solo es alguien confundido por la urgencia de identidades que prima hoy en día —intervino filosófica Petra.

—No entiendo nada —se desesperaba el excapitán Kid, en tanto el resto de los circunstantes ponían cara de lo mismo.

Como la cosa amenazaba con encallarse, tuve que intervenir:

—Se trata de una historia que me contó Matías y que mientras decidía si debía preservarla o no, guardé entre las páginas del cuaderno de bitácora, donde la hallaría Lady Victoria. A falta de otra cosa, debió pensar que sería buena idea usarla para entretener a los miembros de la Sociedad Literaria. Pero no tiene mayor importancia. Petra, prosigue, por favor, con tu cuento.

—Pues a lo que iba: nos había leído ya lady Victoria el pasaje en que nosotras salimos y que nos pinta tan a lo vivo que mismamente parece que nos estuviéramos viendo…, yo llevando del ala a mi Borja Mari…, cuando nos distrajo del cuento una voz que pedía permiso para subir al barco. Todos los que alcanzábamos nos pusimos a mirar por la borda y recuerdo que los polluelos empezaron a desbandarse y corretear, como suelen, de un lado para otro, sin dejar de preguntar con atropello: «¿Quién es, mami? ¿Quién es?». Los mandé callar en lo que yo misma me informaba y vi que rodeaban el bergantín cinco o seis barcas tripuladas por bellas floristas, portando unas bateas planas, repletas de flores azules. Lo más curioso es que ni veíamos entonces, ni habíamos visto antes, tierra alguna de donde las barcas se hubieran hecho a la mar y, cuando el capitán Laurel miró hacia arriba para reprochar a la Mariquita vigía que no nos hubiera dado aviso de que estas se aproximaban, la halló, como siempre, dormida junto a su inseparable botella de grog. Al final, la calma y serenidad que transmitían las floristas y la belleza de las flores que se apreciaban en sus bateas, hizo que el capitán Laurel, a ruegos del resto de la tripulación, consintiera en que aquellas se izaran a bordo. No bien se hallaron en el barco, empezaron a repartir entre cuantos aquí nos hallábamos lo que nos dijeron eran flores de loto azul, que ofrecían como regalo de bienvenida a su mundo. Nos dijeron que, para apreciarlas del todo, era preciso fijar intensamente los ojos en ellas y veríamos emerger de sus delicados pétalos azules una hipnotizadora multitud de fascinantes imágenes y embriagadores sonidos. Intenté hacer lo que se nos decía, pero, la verdad, ni vi, ni oí nada, y me percaté de que a Perla y Purpurina le pasaba lo mismo. Digo yo que sería porque, como nuestros ojos no están uno junto al otro, sino cada uno a un lado de la cabeza, nos resultaba imposible fijar en la flor los dos a la vez.

»Al poco tiempo, nuestros compañeros, privados de consciencia y sin oponer resistencia alguna, fueron conducidos a las barcas por unos extraños y enormes peces negros, salidos quién sabe de dónde, que caminaban erguidos sobre piernas delgadas, bastante torpes, y por debajo de cuyas aletas ventrales asomaban unos cortos brazuelos. No pudimos ver más porque, asustadas y temiendo por los polluelos, vinimos a refugiarnos a la bodega, en la que permanecimos ocultas un buen rato. Al cabo de un tiempo, oímos ruido en la cubierta —sin duda se trataba de vosotros— pero, temiendo fueran los peces que venían de nuevo en nuestra busca, procuramos retirarnos más hacia el vientre de la nave y ahí fuimos sorprendidas y atacadas por este bicho tan raro, al que ya antes trajeron al barco, de donde huyó, pero que, en la oscuridad de la sentina, no sabíamos quién, ni qué era, por lo que nos defendimos de él lo mejor que supimos.

Concluyó la gallina su relato, que nos suscitó dudas nuevas, sin reafirmar ninguna de nuestras antiguas certezas y todos miramos interrogativamente a Pog Clinc, quien arguyó:

—Pog Clinc no sabe nada. Pog Clinc en bodega de barco para buscar queso, mientras piratas buscan tesoro de capitán Kidd y Pog Clinc encierra en cueva. Ellos salen de ahí sin que Pog Clinc sepa cómo y barco zarpa con Pog Clinc dentro. Pog Clinc pide perdón capitán Kidd porque Pog Clinc ya no guarda tesoro.

Enternecido, Lord Crokinole, lo puso al corriente de lo sucedido desde que, llevando el cofre con las monedas de chocolate, se internó en el islote para ocultarlo, tras de lo cual el cerdito se limitó a encogerse de hombros:

—Pog Clinc hace su trabajo. No culpa de Pog Clinc. Pog Clinc quiere queso.

Se echó a reír el antiguo capitán Kidd y prometió nombrar al Chester interventor mayor de la industria quesera de la isla de Crokinole. Cuando, después no pocos esfuerzos para explicárselo, entendió este la naturaleza del cargo, se mostró muy satisfecho y no paraba de bailotear, salmodiando:

—Pog Clinc guardará mucho queso. Pog Clinc comerá mucho queso.

Anclamos El Temido para que no lo arrastraran el oleaje o las corrientes y volvimos a la Victoria, en la que, según el barullo que, a medida que nos aproximábamos, llegaba a nuestros oídos, parecía reinar un clima semejante al que habíamos vivido en el bergantín.

Los gritos de una encolerizada discusión entre los marineros cruzaban la cubierta de un cabo a otro:

—Así me hagáis azotar mil veces, yo he visto lo que he visto y no me he de desdecir de ello —gritaba un irritado marinero, en quien, despojado de su camisa y con el torso desnudo, otro dos se aprestaban a cumplir la tanda de azotes a que había sido condenado por el segundo de a bordo y oficial al mando de la balandra, el señor Layermoore.

—¿Qué está sucediendo aquí? —preguntó imperativo Lord Crokinole.