Capítulo 13: La Costa de los Dinosaurios (2ª parte)

—No —respondió el Gris—, son Pog Clinc, el bribón de mi antiguo ayudante, que desapareció hace ya tiempo y al que creíamos devorado por algún dinosaurio, y el señor Benavides, uno de esos enanos que se dedica a preservar libros del hambre siempre insatisfecha de los ratones de biblioteca. Pero ellos nos traen noticias ciertas y excelentes: dicen que, casi con toda seguridad, Iker y los demás se han infiltrado ya en la Cueva de los Enanos.

—En tal caso, deberíamos dar cuenta a Merlín de esa circunstancia, para que ponga en marcha su plan.

—Precisamente a eso se debe nuestra venida, querido Snorri.

—Pero no os quedéis en la puerta. La luz del candil puede atraer a los siluros. El que nos descubrieran ahora sería fatal para nuestro intento.

Siguiendo la indicación del albino, nos apretujamos los cuatro, junto con la ingente cantidad de documentos rúnicos de toda laya esparcidos por la estrecha oquedad de piedra, y accionó de nuevo el mecanismo que cerraba la puerta. La claustrofóbica sensación de agobio que entonces me invadió me hizo recordar el chusco episodio de la topera de Villa Vidinha, de cuyo atoramiento solo pudo sacarme el polvo de hadas.

De eso, para mí, debía hacer más de un siglo, aunque cabía la posibilidad, según le tenía oído a Matías de cómo iba el tiempo en el interior de la sima, de que hubiera sucedido tan solo unas noches antes. Pero habían de venir aún más estrecheces.

Snorri Saknussenn, tras requerir la ayuda de Pog Clinc, subió con agilidad a su mesa de trabajo, levantó una tapa de pergamino, pintado con el color de la roca, disimulada en el techo, y nos invitó a seguirle en el ascenso por lo que no parecía sino una oscura y estrecha chimenea.

—Es un camino incómodo —dijo—, pero es la vía más segura para llegar a Merlín y su troupe circense.

Trepábamos con mucho trabajo por el angosto pasadizo; Pog Clinc ayudaba y sostenía el ascenso del mago Gris y Snorri Saknussenn y yo nos sosteníamos mutuamente, agarrándonos a los tiznados salientes de piedra de lava.

—Yo pensaba que el carácter volcánico del Pico Ocejón era solo una apariencia, cuando se observa su cara sur, pero por esta chimenea y lo negra que se me han puesto las manos de escalar por su pared, no parece sino que sea volcán auténtico y aun que ha tenido erupción no hace mucho —dije en un instante en que nos detuvimos a recuperar el perdido aliento.

Se volvió hacia mí el Gris y, con una sonrisa condescendiente, replicó:

—Es el secreto de la Sima Desconocida. Aquí las cosas son cada vez lo que parecen. Por eso solo hay que saber mirarlas para sacar de ellas, como de los penachos de nubes que cruzan por el claro cielo de verano, un mundo nuevo y cambiante en cada momento. A esto, en alguna ocasión, se le ha llamado magia.

Reanudada nuestra ascensión, acabamos por atisbar su fin bajo la forma de un claro de luz acuosa que, con figura de círculo, se recortaba sobre nuestras cabezas, al tiempo que nos caía encima una fina lluvia de mínimas gotículas. Llegamos al interior de una galería, cuya boca tapaba la espesa cortina que formaba la impetuosa corriente de las chorreras de Despeñaelagua, dejándose caer, en medio de florecidos campanones amarillos, desde casi setenta metros de altura. Servía esta de entrada a una amplia caverna de techo altísimo y paredes rugosas, de cuyo techo se desprendían calcáreas estalactitas de caprichoso dibujo. Se alzaba en su fondo una especie de anfiteatro de piedra y por él se hallaban esparcidas las figuras familiares del elenco artístico del circo del Gran Ta-Morlán.

—¡Albricias, viejo amigo! —exclamó el mago Gris, aproximándose al centro del rocoso anfiteatro, donde permanecía sentado en tosco escabel un abatido Merlín—. Aquellos a quienes aguardábamos acaban de llegar.

—Si me hubierais dado semejante noticia solo hace unos días —respondió— me habría alegrado sobremanera. Mas ahora…

—Pues ¿qué ocurre? —preguntó un desconcertado Snorri Saknusen.

—Sucede que todo nuestro plan descansaba en la clave de bóveda de propiciar desde dentro de la Sima una carga feroz contra los siluros por parte de las Caballeras de la Mesa, pero estas no moverán un dedo contra nadie si no es por indicación de la reina y la reina permanece, de un tiempo a esta parte, absorta en la contemplación de una rara flor de loto azul que alguien le ha proporcionado, sin oír ni hablar a nadie. He probado con todos los recursos de mi magia, pero he sido incapaz de conseguir que levante los ojos de la dichosa flor, o que responda ni media palabra a mis súplicas… ¡Ya no sé qué hacer! ¿Acaso puede la vuestra sacar a la reina de su ensimismamiento?

El mago Gris y Saknussenn negaron tristemente con la cabeza:

—Yo, en realidad, nunca he gozado de los dones de la magia. Solo soy un erudito —dijo este.

—Y yo he olvidado, a causa de mis muchos años, casi todos los conjuros y fórmulas mágicas que alguna vez dominé. La única magia que ahora puedo hacer, son las croquetas de boletus, que, eso sí, me salen riquísimas.

—Pero enano raro si sabe —dijo Pog Clinc de manera inesperada, para asombro de los tres magos, señalándome con el dedo.

—¿Cómo…? —preguntaron casi al unísono.

—Sí. Enano raro despierta piratas contándole historia de libro en castillo de arpías.

Me miraron de modo tan apremiante que no tuve sino que narrarles el desencantamiento de la tripulación de El Temido, siguiendo la feliz intuición de Yoguina y su fe en el poder de las palabras.

—Podría funcionar —musitó para sí Merlín pensativo—. Desde luego, nada perdemos por intentarlo.

Se levantó de su escabel y emprendimos la marcha sin dilación alguna. Nos escoltaban los tres antiguos payasos, recuperados ya sus hábitos primitivos de caballeros medievales, cuya apoltronada vida reciente, sin embargo, les había ensanchado las cinturas y aflojado las carnes, de manera que soportaban con dificultad el peso de sus armaduras y estas dejaban escapar por algunas de sus articulaciones vergonzantes rollos de grasa.

Buscando no ser descubiertos, nos reintrodujimos en la sima por excéntricas y oscuras galerías y nos deslizamos por toboganes inverosímiles. Trazamos de este modo un recorrido laberíntico, durante el cual acabé por perder toda noción de dónde me hallaba y del tiempo que había durado paseo tan intrincado y tenebroso.

Hicimos, por fin, nuestra entrada en la cámara real, una inmensa caverna de techo altísimo y perfil redondo, a la que se accedía por una curiosa arcada en forma de ojiva y a cuyo fondo, bajo un amplio dosel de seda dorada y elevados sobre un pedestal de imponente altura, se veían los tronos del rey y de la reina, de piedra tallada, con innumerables volutas, acantos y otros muchos dibujos geométricos o florales. Delante de ellos, en dos semicírculos separados entre sí por un ancho pasillo central, formaba en marcial silencio el ejercito de las Caballeras de la Mesa Redonda.

—¡Merlín, ya era hora! —dijo el rey, así que nos vio entrar, al tiempo que se lanzaba, casi trastabillando, escaleras abajo de su alto trono—. ¡Desde no sé hace cuánto te esperaba como agua de mayo!

—Nunca es tarde, si la dicha es buena. ¿Hay algo nuevo por aquí?

—Todo sigue igual, pero esto es un infierno. Desde que le dieron esa maldita flor azul, la reina no ha vuelto a desplegar los labios y, si eso no es malo del todo, pues, en ocasiones tiene tendencia a hablar más de la cuenta sin dejar meter baza a nadie en la conversación, también se hace pesado no tener a quien dirigirse. ¿Cómo se puede reinar con este silencio ominoso? ¿A quién le voy a dar órdenes, si nadie me escucha? ¡Tienes que hacer algo, Merlín, o terminaré por volverme loco!

—El poder tiene eso —dije incapaz de contenerme—, si no hay sobre quien ejercerlo, no sabe a nada.

Detuvo el rey su descenso de súbito y, mirándome de hito en hito, preguntó con desprecio:

—Y este idiota ¿quién es?

Me sentí un poco corrido y un mucho humillado. Cuando iba a musitar no sé bien qué en mi defensa, Merlín se adelantó a replicar las insolentes palabras reales con cierta respetuosa sorna:

—Majestad, «este idiota» es nuestra última esperanza para despertar a la reina y movilizar a las caballeras.

—¿Ah sí? ¿Y cómo piensa hacerlo? —replicó entre titubeos, claramente arrepentido de su anterior arrebato verbal.

—Tiene sus métodos, que ya ha probado con éxito en ocasión precedente.

—Le diré un libro de los muchos que preservo en mi memoria. Suele bastar para que los afectados recuperen su interés por algo que no sea la flor de loto azul

—Empieza, pues, cuanto antes, si no te importa. Estoy impaciente por contemplar ese prodigio —y en su voz se percibía aún un eco de escepticismo.

—Está bien: se titula La cólera de Iker, me lo enseñó Matías, y dice:
«Me llamo Yogui. Soy un westy de catorce años. Si, como dicen, cada año de la vida de un perro es como siete en la vida de un hombre, se podía decir que ya tengo noventa y ocho años a mis espaldas. Pero eso son paparruchas…».

Cuando terminé de decir el libro, pude apercibirme de que Merlín, Saknusen y el Gris me miraban con los ojos arrasados en lágrimas, el rey se removía un poco azorado, lanzando furibundas ojeadas a lo caballeros y expayasos, de quienes el relato sorprendía una conversación en la que se referían en términos poco adecuados tanto al rey, como a la reina, y esta, de modo desabrido se dirigió a él:

—Y tú pretendías resolver esta crisis apoyándote en semejantes fantasmones, buenos para nada…

—Pero, querida —le interrumpió tímidamente el monarca—, yo no sabía…

—¡Silencio! ¡Ya hablaremos después tú y yo y esos supuestos caballeros! —a los que, por cierto, hizo palidecer con solo referirse a ellos—. Ahora vamos a lo que importa: ¡A mí las Caballeras de la Mesa Redonda! ¡Vuestra reina os necesita!

Se levantaron las caballeras como una sola mujer a su llamado y se dispuso a ordenarlas para la batalla.

—Majestad, un momento, por favor —la interpeló Merlín.

—Sí, viejo mago —replicó con cierta altivez, quizás connatural en ella.

—Hay noticias de que disponemos de fuerzas leales infiltradas en el interior de la Cueva de los Enanos y otro contingente, compuesto por aguerridos marineros y soldados de casacas rojas, al mando de un vicealmirante, en la playa de los Dinosaurios, muy cerca de la entrada. Quizás sería conveniente coordinar la acción de los tres cuerpos, de manera que el ejército enemigo se disperse y, no sabiendo a qué frente acudir, se genere en él la confusión y el caos. La victoria será más sencilla y menos costosa de ese modo.

—Estás en lo cierto, pero ¿cómo vamos a coordinarnos?

—Estos dos amigos —dijo señalándonos a Pog Clinc y a mí— han venido con las tropas de refuerzo. Cada uno de ellos puede dirigirse a una y advertirles de que, a nuestra señal, desencadenen el ataque.

—¿Señal? ¿Qué señal?

—Cualquiera valdrá. Por ejemplo, tres toques largos del Cuerno de Carga. Su eco resonará por todos los túneles y cavernas de la Sima y será fácilmente oído por todos.

—También por los siluros —respondió la reina.

—Sí. Pero solo nosotros sabremos lo que significa: orden de acción inmediata.
En lo que a mi atañía, el plan de Merlín presentaba un serio inconveniente, que pudiera dar con él al traste por completo: lo ignoraba todo sobre la geografía de la Sima Desconocida, de modo que no encontraba el modo de llegar a la Cueva de los Enanos y, una vez en ella, de hallar a mis compañeros de viaje para ponerlos al corriente de nuestros propósitos.

—Es cierto —replicó el mago pensativo—. Puede que no haya otra solución: dado que tú no sabes llegar, que sean nuestros propios enemigos quienes te conduzcan allá. No es difícil, solo tendrás que hacer lo que yo te diga…

Siguiendo aquellas instrucciones, vestido con ajado disfraz de enano minero que Merlín sacó no sé muy bien de dónde, cuyas groseras costuras, fruncidas con hilo de cáñamo, se clavaban en mis carnes de modo inmisericorde, recorrimos en sentido inverso la estrecha chimenea que desembocaba en la cueva de Snorri. Desde ella nos separamos en dos grupos: Pog Clinc y el Mago Gris partieron hacia el Bosque de los Hongos, y de ahí llegarían a la Playa de los Dinosaurios, para prevenir a Lord Crokinole de lo que se iba a hacer y en qué modo ellos deberían colaborar; Saknussenn y yo cogimos una galería lateral que, tras no pocas idas y venidas, vueltas y revueltas, nos llevó a una una boca de túnel a medio tapar por lo que parecía había sido un desprendimiento de algunas rocas del techo, debido, al parecer, a las frecuentes labores mineras que en torno a ella se venían realizando.

—Dadme tiempo para regresar y haced lo convenido —me dijo el erudito albino.

Aguardé unos minutos y cuando me percaté de que ya se hallaba a distancia prudencial, grité a pleno pulmón:

—¡Una esmeralda arcoíris! ¡Una esmeralda arcoíris! ¡Es enorme y perfecta! ¡Será una piedra poderosa!

Quebró mi grito la tranquilidad casi monacal que se respiraba en la cueva, cuyo silencio solo se veía truncado por el rítmico y espaciado golpeteo de los picos al chocar contra las paredes de piedra. Se formó en torno a mí un barullo que, arrancando en los enanos y siluros que tenía más próximos, fue extendiéndose como una ola por el interior de la caverna, hasta alcanzar el último de sus rincones.

—Mantenla tapada —me decían algunos—; si la hiere un rayo de luz, aunque sea de una vela, puede saltar por los aires.

Enseguida me rodearon media docena de siluros malencarados que, apuntándome con sus toscos lanzones, me obligaron a caminar junto a ellos para llevarme a presencia del visir, en tanto yo apretaba entre mis manos un modesto canto rodado que, envuelto en un légamo pegajoso, había recogido del suelo un momento antes.

Capítulo 10: El emir de Bagdasco y la Gruta de la Sirenas (final)

Betrus ibn Muqadas el Dragut calló en ese preciso instante; su mirada, hasta entonces cálida y risueña, se tornó gélida y su rostro compuso un gesto frío y duro. Se limitó a batir las palmas, sin añadir media palabra más, y ocho o diez jenízaros, provistos de curvos alfanjes y amenazantes moharras, se abalanzaron contra nosotros y, en medio de insultos y empellones, nos llevaron de vuelta a las puertas del palacio, arrojándonos, sin miramiento alguno, al polvo del camino.

—Este maldito enano —se exasperó Laurel— no sabe tener la boca cerrada.

Asentían los demás, espesando la atmósfera a mi alrededor, cuando esta se esclareció de súbito por la risa cristalina de lady Victoria:

—No creo que pudiéramos sacarle mucho más sobre mi padre y, la verdad, a mí ya empezaba aburrirme con el cuento de sus disputas conyugales, que con trescientas esposas, puede ser el de nunca acabar.

Rompieron a reír también Iker, Lucas y Matías y, al final, todos terminamos de la misma manera.
Nos cortó en seco la risa una voz a la que oímos decir a nuestras espaldas:

—Sin duda, la entrevista con mi señor el emir Betrus ibn Muqadas al Dragut, amén de provechosa, ha debido resultar divertida, según lo risueño que andan sus honorables invitados.

La irónica observación provenía de un moro chepudo, vestido con una chilaba gris macilenta que, de lejos, no parecía demasiado limpia, con el rostro recorrido por una barba rala, como hilera de hormigas beodas, que se espesaba algo en la barbilla y por debajo de la nariz. Al principio pensé que llevaba un turbante marrón, pero, al repararlo más despacio, me percaté de que se trataba de su enmarañado y largo cabello castaño que le daba vuelta a toda la cabeza y se sujetaba arriba con un moño en forma de pompón.

Iba el capitán Laurel a devolverle como se merecía el cumplido, pero el moro se adelantó:

—Excusadme por haberme dirigido a vosotros sin antes presentarme: soy Boulos ibn Alkanisas, visir del todopoderoso Betrus Ibn Muqadas al Dragut, emir de Bagdasco y favorito de Allah, quien nos lo preserve por siempre entre nosotros. Por lo que veo —prosiguió— el emir os ha hecho expulsar de su presencia porque habéis debido tener la osadía de interrumpir su sabio y entretenido parlamento. En realidad, esto no debiera preocuparos demasiado. Solo lo sabrán los jenízaros “jetatores”, que son un cuerpo de la guardia especial para eso, por lo que se llaman así, y vosotros. Al emir se le habrá olvidado y dirá que no os ha podido atender debidamente porque tenía jaqueca. A mí mismo me lo ha hecho ya varias veces en que he osado interrumpirle y ayer, sin ir más lejos, expulsó del mismo modo a un lord inglés que había venido a visitarlo.

—Y a propósito de ese lord inglés, ¿sabéis qué ha sido de él? —preguntó Matías, antes de que Lady Victoria, que parecía dispuesta a ello, llegara siquiera a abrir la boca, para impedir que esta, de interrogar al visir, revelara su condición y ello pudiera provocar algún incidente con aquellos sujetos tan tiquismiquis.

—Supongo que se habrá marchado por donde vino. Yo lo recogí aquí, me disculpé con él en nombre del emir y le aconsejé que, para calmar su mal humor y su despecho, se diera un relajante paseo por la ciudad, en el que no debía faltar una visita al maravilloso café apodado La Gruta de las Sirenas. Pocos lugares como este para hacerse una idea aquí en la tierra de cómo debe ser el paraíso que Allah nos tiene reservado a los creyentes allá en el cielo. Lo mismo os recomiendo a vosotros. Podéis decir que vais de mi parte. Os prestarán una atención más esmerada.

Y, sin añadir nada más, se introdujo en la litera de la que había descendido, dio una orden a sus porteadores y, abriéndose paso entre los jenízaros “jetatores”, se introdujo en el palacio y se perdió por el dédalo de sus estancias.

Volvimos a sumergirnos en las bullangueras calles de la ciudad y, tras preguntar a varios viandantes, dimos con el famoso café, que se encontraba en una de las callejuelas anejas al puerto, en un barrio en el que establecimientos del mismo tipo competían entre sí para atraerse una clientela formada en su mayoría por tripulantes de embarcaciones de pesca o por la ruda marinería de los muchos mercantes que navegaban aquellas aguas. Presentaba este, sin embargo, algunas características que lo singularizaban de manera notoria. Tenía la entrada el aspecto de una gruta natural —y aun podía serlo en efecto—, con el techo altísimo y erizado de puntiagudas estalactitas de cal o, al menos, pintadas de blanco. El suelo por el contrario habíase alisado en el centro, formando un ancho espacio circular que debía servir de escenario para las atracciones y espectáculos que un obsequioso anfitrión prometía inolvidables, entre continuas reverencias a los clientes e hiperbólicas alabanzas al local.

Y no empezó mal la cosa: una vez acomodados sobre unos mullidos cojines alrededor de una mesita que ocupaba la casi totalidad de una gruta lateral, desde la que teníamos una espléndida vista del proscenio, nos sirvieron un té moruno, que debía estar delicioso, pues mis compañeros lo sorbieron con fruición. Al poco tiempo, tres hermosas bayaderas ejecutaron sobre el escenario una tan sensual y frenética danza del vientre, que me hizo temer se les soltaran las bisagras de la cintura en medio de sus espasmódicas sacudidas. Apareció tras ellas el introductor que nos había recibido a la entrada del café y anunció su número estrella. Íbamos a ser de los pocos afortunados mortales que tendrían ocasión de escuchar de cerca el canto de las sirenas y de aplaudir su singular armonía, capaz de hechizar a cualquier hombre y, llegado el caso, de hacerle perder la memoria, el entendimiento y la voluntad.

El elogio del presentador despertó un murmullo irónico entre la concurrencia, habituada a las exageraciones con que recibía al público en las puertas de café, pero pronto pudimos comprobar que, en absoluto, hablaba en broma.

Empujado por unos fornidos asistentes, se colocó delante de la platea un gran acuario translúcido, de aguas un tanto turbias y cubierto con un velo transparente de color rojizo, montado sobre una plataforma de madera provista de ruedas. En su interior se atisbaban unas criaturas. mitad humanas y mitad peces, que se deslizaban con ligereza lo mismo en la superficie que en el fondo del agua.

A una orden de alguien oculto en las sombras, se asomaron al exterior del tanque y dejaron ver rostros de bellas facciones regulares, aunque un tanto inexpresivas, y ondeantes cabellos dorados que les descendían por los hombros; con una voz dulcísima, entonaron un extraño y melodioso canto, hecho tan solo de sonidos armónicos, que no parecían pertenecer a ninguna lengua humana.

Aquellos sonidos fueron haciéndose más y más bajos, hasta el punto de que, en un momento dado, dejé de percibirlos, pese a que veía moverse aún las bocas de las sirenas.

Miré, extrañado, alrededor para saber si mis compañeros notaban lo mismo que yo, pero me encontré con que Matías, Iker, Lucas y el capitán seguían atentos y hasta embobados ese extraño canto; en el otro extremo de la mesa, lady Victoria volvía los ojos de un lado a otro, mostrando un desconcierto idéntico al mío. De improviso, se levantaron los cuatro, al unísono con el resto del público y, moviéndose de un modo bastante mecánico e inconsciente, formaron una fila que empezó a avanzar hacia el fondo de la gruta, jaleada por la misma voz que dirigía la actuación de las sirenas y que, ahora que la oía con más nitidez, me pareció identificar como la del visir Boulos ibn Alkanisas.

A una muda señal de lady Victoria, nos unimos a la hilera, fingiendo padecer idéntico trastorno que nuestros camaradas. Avanzó esta pesadamente, encaminándose hacia una nueva gruta cuya angosta entrada, que tan solo permitía el paso de uno en uno, se veía al fondo del escenario. Según nos acercábamos a ella, observé que, una vez el caminante traspasaba la entrada, era arrastrado por unas manos poderosas y se perdía por el interior de un largo y oscuro túnel que se adivinaba detrás.

Estaba nuestro grupo en las inmediaciones de la gruta, con el capitán Laurel a la cabeza, cuando lady Victoria, que se hallaba en las proximidades del tanque, extrajo de entre sus ropas el pistolete que tan familiar me era y apuntando hacia él hizo fuego. La reverberación del disparo resonó en las paredes de la cueva y las vibraciones de su eco agrandaron el agujero que el impacto de la bala había hecho en el vidrio que conformaba sus paredes, de modo que estas se resquebrajaron. La presión remató la tarea: el cristal se hizo añicos y un agua fétida se desparramó por el suelo, mojándonos los pies. Cayeron también las sirenas, cuyo canto cesó de repente, sustituido por unos agudos chillidos, que ya sí podía oír, y que resultaban bastante desagradables. En ese momento se desató el caos. Los clientes que habían formado la fila espabilaron todos a una y tras unos instantes de desconcierto, y sin saber muy bien por qué, emprendieron una alocada carrera en todas direcciones, gritando, atropellando mesas, banquetas, asientos y a los pocos mozos del local que pretendían detenerlos o incluso guarecerse de ellos y no lo hacían con suficiente rapidez. Para impedir que el capitán, Iker, Lucas y Matías hicieran lo mismo, lady Victoria les dio una orden tajante:

—¡Por aquí! ¡Seguidme!

Y se encaminó con decisión hacia la abertura por la que habían desaparecido algunos de los infelices subyugados por el canto de las sirenas.

Empezamos a recorrer una angosta galería, a la que daban infinidad de pequeñas grutas provistas de puertas enrejadas en las que se apiñaban multitud de desgraciados, seducidos por las ondinas y cautivados por el malvado visir como materia prima para su lucrativa industria del tráfico de esclavos, que colocaría después en quién sabe qué desconocidos y perversos mercados.

Pasábamos por delante de uno de aquellos calabozos, el de mayor tamaño y más abarrotado de presos, cuando una voz que emergió de él detuvo nuestra carrera en seco:

—¡Victoria, aquí!

Sacando las manos por entre las rejas y medio aplastado por otros prisioneros también suplicantes por su libertad, se encontraba lord Alfred de Crokinole, haciendo desesperados intentos por llamar nuestra atención.

Nos dirigíamos hacia esa oscura cárcel y buscábamos el modo de abrir la reja de hierro que la cerraba para liberar a sus ocupantes, cuando una extraña criatura, con forma de pez, pero dotado de piernas y unas manos a modo de garfios asomadas al final de unos cortos brazos que nacían por encima de sus aletas pectorales, se interpuso entre aquella y nosotros, esgrimiendo un pesado lanzón con el que apuntaba a lady Victoria.

Con un golpe rápido y seco de su muleta que le acertó de lleno en la cabeza, el capitán abatió al extraño pez, al tiempo que exclamaba:

—¡Vaya, la muleta del viejo John Silver no ha perdido ni un ápice de su contundencia!

Mientras todos reíamos la broma del capitán, lady Victoria no se entretuvo un segundo: se agachó sobre la criatura y registró su cuerpo hasta hallar, debajo de una de las aletas, una llave herrumbrosa con la que abrió la puerta de la prisión de lord Alfred, permitiendo que escaparan a su vez el resto de los reclusos.

Sin detenerse en explicaciones o efusividades, padre e hija reemprendieron la marcha, seguidos de los demás. La galería que traíamos desembocaba cerca del puerto, en un muelle paralelo a él y medio oculto, por el que debían entrar y salir de la isla sin ser vistos los barcos esclavistas.

Cuando intentábamos orientarnos, para localizar la chalupa con los marineros de la Victoria, vimos emerger de la cueva a media docena de aquellos extraños peces, armados de sus correspondientes lanzones, con el visir Boulos Ibn Alkanisas a la cabeza, quienes hicieron ademán de venir en nuestra persecución, en el momento justo en que divisamos el bote y rompimos a gritar para llamar a sus tripulantes en nuestro auxilio.

Se acercaron estos, esgrimiendo las armas de que pudieron hacerse, y se unieron a nosotros, de forma que osamos hacer frente a nuestros perseguidores.

Ante el súbito cambio en la correlación de fuerzas, se detuvo el visir y mandó parar a su guardia; adoptó una actitud obsequiosa, incluso un tanto servil, y se dirigió a nosotros diciendo:

—No teníais por qué huir. Solo quería disculparme por lo que no ha sido nada más que un desagradable malentendido. Idos en paz y ¡ojalá que no guardéis un mal recuerdo de vuestra visita a la isla de Bagdasco! Espero volver a veros pronto por aquí.

—¿Qué demonios fuiste a hacer a Bagdasco, papá? —preguntó una irritadísima lady Victoria, apenas el recio bogar de los tripulantes de la chalupa nos sacó por la bocana del puerto, en dirección a nuestros buques respectivos.

—A propósito de la historia de Merlín sobre los extraños seres que estaban atacando la Sima Desconocida, recordé viejos rumores que había oído en una de mis visitas anteriores al emir de Bagdasco sobre grandes peces anfibios y sirenas, cuyo canto trastorna a los hombres y los esclaviza.

—¿Hay alguna relación entre ellos? —inquirió Matías.

—Al parecer, son lo mismo en el fondo. Las sirenas son las hembras de los siluros. Su apariencia humana es solo un disfraz. La única diferencia es que su piel es más sensible, se reseca antes y, por ello, soportan peor estar fuera del agua. En fin, siempre es bueno saber a qué ha de enfrentarse uno, antes de entrar en batalla.

—Desde luego —terció entonces lady Victoria— algo importante hemos aprendido sobre ellos.

—¿Qué? —preguntaron al unísono Iker y Lucas

—Que su canto solo vuelve idiotas al sexo masculino. Ni a mí, que soy mujer, ni a Benavides, que está hecho solo de palabras y argamasa, pudo enajenarnos y, gracias a eso, estamos todos libres ahora.

—Eso es cierto —intervino Laurel—; pero no sabemos qué pasaría si, amén de sirenas, hubieran cantado también siluros.

—¿Por qué no lo hicieron, entonces?

—Porque, en Bagdasco, la presencia de una mujer como cliente de un café, y menos vestida de hombre, es impensable y, por eso, nuestro amigo el visir Ibn Alkanisas, que no podía imaginar que se contara una entre su auditorio, ha visto truncados sus planes.

—Pues, en cualquier caso, ¡menos mal que vine! —apostilló lady Victoria con toda intención, dirigiéndose en particular al viejo pirata.