Llegó la tarde del sábado y todos los habitantes de la casa de Villa Vidinha se encaminaron alegres a los campos polideportivos de la urbanización, donde tendrían lugar los fastos y acontecimientos con motivo de las fiestas patronales de la localidad. De lo que solo los chicos pudieron apercibirse fue de que, tras ellos, unas diminutas y escurridizas criaturas abandonábamos la parcela y los seguíamos parapetados tras los troncos de los árboles, los vehículos aparcados en la calzada y de cuantos obstáculos impedían que pudiéramos ser vistos por los numerosos viandantes que compartían el camino del lugar de los festejos.
Al llegar al final de la calle, en cuyo centro se alzaba nuestra casa, giramos a la izquierda y después de un breve recorrido, atravesamos otra, cortada en perpendicular por la que traíamos y descendimos por una cuesta tan empinada que a trechos se deslizaba como rampa y a trechos se quebraba en delgados peldaños de escalera.
Al final de la cuesta se abrían los espléndidos campos polideportivos de la urbanización, con canchas de fútbol siete, balonmano, baloncesto, tenis y hasta una redonda explanada de duro cemento que se usaba como zona de patinaje. En la esquina más alejada de la entrada por la que accedimos a los campos se elevaba una modesta carpa, aislada por completo de la barraca que oficiaba de bar provisorio o de la improvisada pista de baile, delante de la que una entusiasta charanga se esforzaba en arrastrar a la danza a vecinos renuentes.
Escurriéndonos entre la alta hierba y los troncos de unos frondosos pinos que enmarcaban las pistas, logramos eludir a unos cuantos asistentes que disfrutaban de su merienda sobre las mesas de picnic salpicadas aquí y allá. Nos acercamos así a las inmediaciones de la carpa, que permanecía herméticamente cerrada. La rodeamos buscando entrada o rendija por la que colarnos, sin hallar nada más que un oscuro e impenetrable contorno de lona, que permanecía en el más absoluto silencio, como si ningún tipo de vida latiera debajo de ella.
Yoguina, observadora siempre atenta, nos hizo percatarnos de que nada había alrededor de la misteriosa carpa: ni carromato, ni caravana, ni vehículo de ninguna clase en que se hubiera transportado hasta allí el material del circo o que sirviera de cobijo a sus supuestos artistas, todo lo cual no hacía sino aumentar nuestra curiosidad por el misterioso espectáculo ambulante. Sumábase a ello que un Matías cada vez más excitado y lleno de impaciencia no paraba de aproximarse a la lona intentando en vano de mil maneras y posturas escudriñar en su interior.
Poco a poco empezaron a acercarse algunos curiosos, con la esperanza de asistir a la función, pero la carpa permanecía silenciosa e impenetrable. Solo cuando Iker y Lucas, que habían dejado a sus padres y tíos entre la barraca y la pista de baile, enfilaron la estrecha senda que conducía al lugar donde se alzaba, empezó a sonar, primero sutilmente y después cada vez más alto, a medida que ellos se aproximaban, una pegadiza música como de marcha.
De improviso, sin saber muy bien cómo ni no cómo no, la música alcanzó un nivel de estruendo, se corrió como cortinaje un lateral de la lona y una enorme alfombra roja se desplegó a los pies de los muchachos, al tiempo que una alegre voz emergía del interior:
—Damas y caballeros, niños y niñas, amigos todos. Sed bienvenidos al Pequeño Circo del Gran Ta-Morlán, donde cualquiera de vuestros sueños puede hacerse realidad. ¡Pasen y disfruten del magnificente espectáculo que el maravilloso elenco de este modesto circo tiene a bien ofrecer de manera gratuita y desinteresada a los ilustres moradores de esta singular colonia!
Ocurrió entonces algo que, en verdad, nunca he podido explicarme por más vueltas que le he dado: al desenrollarse la alfombra, penetramos en tropel todos los que a las puertas del circo aguardábamos y yo lo hice al principio entre Lucas, Iker y los demás. La visión que entonces se ofreció a mis ojos fue magnífica. La lujosa carpa se elevaba hasta una altura increíble, que nadie hubiera podido adivinar desde fuera, cubierta por una lona que dentro refulgía en vivos colores, listada en rojo y blanco. Vivísimas luces se esparcían por doquier y ponía sonido a todo ello la música de una espléndida banda cuyos componentes se veían sentados en la parte del circular graderío que rodeaba una enorme pista de blanco albero, con multitud de tremolantes banderas multicolores.
En un instante, sin embargo y casi sin apercibirme de ello, me vi separado del grupo por el gentío que se atropellaba para entrar. En ese momento el escenario mudó por completo. La pista adquirió como por ensalmo unas dimensiones más acordes con lo que cabía esperar al verla desde el exterior y sus colores se aparecían desvaídos y mortecinos; no había músicos en el graderío, cuyas banderolas colgaban tristemente de sus mástiles, medio raídas por la acción del tiempo y los ratones y lo que sonaba era el disco pinchado en una vieja gramola de corneta.
Tan embobado me quedé con la mudanza del escenario que no advertí una segunda oleada de espectadores que penetraba en el interior de la carpa y se dirigía entre chanzas a propósito de lo mísero de la función que, a la vista del escenario, era dado prever, justo al lugar donde me encontraba parado. No sé qué hubiera sido de mí si en ese momento, Maeve y Melusina no se hubieran lanzado a mi rescate con la rapidez del rayo; me tomaron por donde pudieron, me sacaron de aquella estampida humana y, sin ser advertidas de nadie, me llevaron en volandas entre las tablas que formaban el graderío en que Iker y Lucas se hallaban sentados y tras la que se ocultaban el resto de las criaturas de Villa Vidinha.
Cuando quise agradecer su acción a mis salvadoras, me hicieron estas un imperativo gesto de silencio porque, en ese preciso instante, saliendo de detrás de las bambalinas y acercándose a centro de la pista, hacía su aparición un personaje singularísimo.
La figura en cuestión lucía un brillante esmoquin que hubiérase dicho de mozo de cabaret, con un chaleco perlado en rojo y ajustados pantalones de rayas grises y negras. Destacaba sobre el pecho camisa de albas y recargadas chorreras, tapadas a medias por una espesa barba blanca, por encima de la cual sobresalían unos muy negros y largos bigotes, cuyas guías se alzaban enhiestas, apuntando a la colorida cúpula de la carpa y se tocaba con un reluciente y bien planchado sombrero de copa.
—¡Merlín!—exclamaron sofocadamente Matías y los chicos.
—¡Damas y caballeros! ¡Niños y niñas!—dijo la aparición con muy recia voz—. El internacionalmente famoso Circo del Gran Ta-Morlán se complace en presentaros este fastuoso espectáculo en el que veremos vigorosos forzudos ostentar la increíble fortaleza de sus enormes mostachos; diestras amazonas que harán gráciles piruetas a lomos de imponentes hacaneas; los más divertidos payasos que jamás pisaron pista alguna y, en fin y con cargo a nuestro mundialmente conocido artista, el gran Ta-Morlán, un impresionante espectáculo de magia, como nunca se ha visto en esta grandiosa urbanización.
La presentación de Merlín suscitó una confusa reacción en el graderío, donde, de la parte de los muchachos y los habitantes de Villa Vidinha, se escuchó un aplauso entusiasta. El resto de los espectadores, en el mejor de los casos, asentían con irónica mirada o se sumaban a un ambiente de contenida rechifla.
—Y sin más dilación, respetable público —continuó impertérrito Merlín, o como aquel sujeto se llamara—pasemos a disfrutar del momento de entretenimiento y emoción que, sin duda, ha de desatar entre los presentes la contemplación de un inigualable fenómeno de la naturaleza, la reciedumbre de una musculatura que a duras penas podría encontrarse en el reino animal, pero jamás, hasta ahora se había dado entre humanos. ¡Con ustedes, el vigor y la fortaleza de gran Durandarte, quien será gentilmente asistido en el desarrollo de su número de fuerza por la sin par y bellísima Belerma!
Las palabras de Merlín fueron seguidas de un repique de la banda y al grito de “¡Alle-hop!” apareció por el fondo, cogida de las manos, una extraña pareja. Ostentaba ella una singular belleza oriental o, al menos, mora, de ensortijados cabellos negros que ponían cerco a unos grandes ojos asimismo prietos. Lucía una refulgente capa de lentejuelas negras que estlizaba aún más una figura que ya se adivinaba grácil de por sí. En cuanto a él, una cabeza más alta que ella, semejaba una nórdica mole de músculos, con rubia melena que le descendía hasta los hombros y unos enormes bigotes, también dorados, cuyas puntas caían, alrededor de la boca, hasta bien por debajo de la sotabarba.
A una señal de Belerma, hicieron su aparición por el fondo de la pista tres hombres entrados en carne que arrastraba por la lanza, con muestras de gran esfuerzo, un mediano carrillo cuyas compuertas laterales estaban pintadas de blanco y verde. Abrió aquella la más próxima al público mostrando su interior, repleto de pesadas bolas de acero, mancuernas y otros cachivaches similares destinados al leventamiento de pesas. Extrajeron entre los tres ayudantes una pesada barra, a cuyos extremos se añadían sendas bolas negras y la depositaron en el suelo, dejándola caer bruscamente para que el público pudiera apreciar su peso real y la barra rebotó con gran estruendo contra el piso.
Se acercó a ella Durandarte con cierta parsimonia y, al principio, amagó con levantar la pesada barra con ambas manos, como haciendo ver que no le resultaba posible. Al grito de Belerma, sin embargo, el forzudo se retiró un trecho, hizo una ágil pirueta en el suelo y se alzó de él sosteniendo las pesas con una sola mano, el brazo por completo extendido, por encima de su cabeza. Las mantuvo ahí un buen rato y acabó por soltarlas de golpe.
A través el estruendo de los aplausos con que los habitantes de Villa Vidinha saludaron la actuación del forzudo, percibí, sin embargo algo anómalo, que, sumado a la experiencia que había vivido antes, atrajo con fuerza mi atención: me pareció, en efecto, escuchar de la parte de un público general que, cegado por las luces que iluminaban la pista, apenas veía, un sonido diferente, mezcla de carcajadas mal contenidas y algunos chiflidos en principio esporádicos, pero que amenazaban con tornarse corales.
Sin poder refrenar mi curiosidad—no tengo empacho en confesar que es quizás mi peor vicio—me deslicé por detrás de las tablas que formaban el graderío hasta alcanzar aquel sector y pude así echar un vistazo al escenario desde tal perspectiva por entre las piernas de los espectadores.