Capítulo 12: El Reino del Espejo (3ª parte)

—Bien está que paguéis con el cuarto de queso restante la deuda que la Real Hacienda tiene con Pog Clinc, mas yo no estoy dispuesto a perdonar los correspondientes intereses de demora…

—¡Pero esto es mi ruina! —se lamentó el desgraciado ministro.

—Aunque tal vez podamos encontrar un medio de compensarlo —dijo el aristócrata inglés con astucia.

Lo miró interrogativamente el enano y aquel prosiguió:

—Es posible que estuviera dispuesto a liberaros del pago, si advirtiera en vos una decidida disposición a informarnos de cuanto necesitemos saber y a ayudarnos en la consecución de nuestros propósitos que, desde ya os aseguro, son del todo legítimos.

—En tal caso —respondió el enano— estoy abierto a colaborar en cuanto necesitéis.

—Pues dad por condonada la deuda.

Rompió a reír entonces el ministro de la Real Hacienda:

—La verdad es que me siento como quien ha engañado a un niño. Os habría contado cuanto sé de cualquier modo; de un tiempo a esta parte pasan cosas muy raras en el reino, que soy incapaz de callar.

—Tampoco yo —contestó Lord Crokinole— os hubiera exigido de verdad el pago, así que no debéis tener cargo de conciencia por ello. Y ahora, si no os importa, ¿podríais decirnos qué está pasando en el reino? Me da a mí que tiene mucho que ver con el asunto que nos ha traído a nosotros hasta sus costas.

—Bueno —dijo el enano bajando la voz, después de echar una ojeada recelosa alrededor para asegurarse de que nadie, salvo nosotros, lo oía—, pues yo creo que ella se las está apañando de algún modo para regresar.

Nos miramos unos a otros en silencio y, por fin, tras unos instantes de desconcierto, Lord Crokinole se atrevió a preguntar:

—Y ¿quién es ella?

Como lamentándose de nuestra supina ignorancia, respondió con cierta impaciencia en la voz:

—¡Quién va a ser! La Madrastra, la Reina Madre, la Bruja… ¡Croma!

Lanzamos al unísono un ¡oh! sorprendido; noté que un fuerte estremecimiento recorría a las miembros de la Sociedad Literaria del Green Garden, que se hallaban a mi lado, desde los picos hasta las colas. Los polluelos, que entonces empezaban a asomar tímidamente las cabezas, se arrebujaron unos con otros y se ocultaron de nuevo bajo las alas de sus madres.

—¡Imposible! —dijo Petra—. Yo misma la vi dormida por el veneno de sus propios cactus cobra, o como quiera que se llamen, igual que al bueno de Yogui, en Villa Vidinha.

—Tal vez —replicó el enano—. Pero ¿puedes asegurar que aún sigue allí?

—No, ciertamente. Hace mucho tiempo que no husmeamos por el castillo. Los cactus han ido creciendo en demasía y ahora lo cubren por completo, formando una maleza espesa y enmarañada, en la que nadie quiere penetrar para no pincharse con ellos y caer también en ese raro sueño mortal, aunque está por ver que esas espinas tuvieran algún efecto en nosotros que, al fin y al cabo, somos de cemento.

—Pues yo te digo que las consecuencias del veneno no deben ser permanentes en ella. A lo peor es como los encantadores esos de serpientes que dicen que son inmunes al de las cobras, porque desde chicos se los van poniendo en pocas cantidades y termina por no afectarles.

—Sea como sea —intervino Lord Crokinole—, ¿qué te hace pensar que está de vuelta?

—El espejo —contestó el enano—, ¡ha vuelto a funcionar!

Y ante el mudo gesto de interrogación que todos debimos componer en el rostro, animándole a que se explicara, dijo a renglón seguido:

—«En mi opinión, todo empezó con la visita de la embajada del país ese tan raro… Bagdasco, o algo así, creo que se llamaba. La capitaneaba un extraño moro chepudo, de barba rala, como hilera de hormigas borrachas, con la cabeza cubierta por lo que parecía un turbante marrón y que, al final, resultó ser su larguísima cabellera, que le daba un par de vueltas a la cabeza y se sujetaba después en el cráneo, rematada por una especie de moña o pompón. Se reunió el tal moro en secreto con la reina y, al cabo de una pieza, compareció esta y anunció con gran contento a toda la corte que el espejo había vuelto a hablar, confirmándola como la más bella del Reino.

—Pero eso ya os lo dije yo —intervino el príncipe, un tanto molesto por quedar fuera de la reunión y no haber sido invitado a presenciar el milagro de la resurrección del espejo.

—Sí —replicó la reina con un cierto desprecio—, mas vos lo decíais por lógica y así no me vale. ¡Ahora lo ha dicho la magia!

—¡Pero la reparación del espejo os habrá costado un ojo de la cara! Ya sabéis como andan las finanzas del reino desde que se fugaron los ratones y no hay a quien cobrarles el impuesto por el queso que se deja de comer.

—¡No tanto! —dijo la reina orgullosa de sí—. Solo la concesión de algunos terrenitos al lado de la playa, para montar un pequeño negocio de venta de flores a los turistas. ¡Hay que diversificar las fuentes de financiación del reino! Estáis cayendo en la obsolescencia, querido.

Quedó el príncipe un tanto molesto y bastante escamado, así que me llamó aparte y me pidió que vigilara a aquel moro atrabiliario y su supuesto negocio de venta de flores a los turistas, razón por la que me dirigí a la costa en su seguimiento.

Lo primero que al llegar allí me sorprendió fue el enorme castillo, mitad palacio, mitad cárcel, que había aparecido de repente en los famosos terrenos de la playa donados por la reina. Y lo que acabó de alarmarme fue que la entrada estuviera protegida por enormes cactus cobra, de aquellos que cultivaba la malvada Reina Madre para fabricar sus venenos».

La nueva mención a los cactus cobra hizo que Lord Crokinole se estremeciera, pero como permaneció en silencio, el enano, tras una pausa, prosiguió con su relato:

»Precisamente por su gran tamaño, creados sin duda para disuadir la entrada o salida de personas de la talla de adultos normales, presentaban multitud de huecos, que ofrecían a quienes no la alcanzamos, la oportunidad de colarnos por entre ellos.

Fue lo que hice y, de ese modo, me hallé, tras atravesar una puerta en forma de arco, en lo que parecía un cuadrado patio de armas, al que daba una ancha escalera de piedra que, supuse, debía conducir al área noble.

Subí por ella, disimulándome lo mejor que pude entre los balastros de mármol que formaban la imponente baranda que la flanqueaba por ambos lados, y llegué a un oscuro corredor, al que daban varias puertas, procedente de una de las cuales, situada en el centro del pasillo, se oía un rumor de voces.

Determinó mi buena suerte que dicha puerta se hallara solo a medio cerrar, de manera que pude atisbar, a través de la hienda que permanecía entreabierta, lo que en ella se cocía: hablaba el moro jorobado con un espejo en el que, sin embargo, no se reflejaba la habitación aquella, sino una enorme cámara vacía, aunque en su fondo parecían moverse unas sombras; iluminadas por decenas de antorchas, miles de gemas de todas las clases formas y tamaños producían una auténtica sinfonía de destellos multicolores. De su centro, emergía la voz estridente, ya un tanto cascada, de la Reina Madre:

—Necesito —decía— más gente aquí. Tus estúpidos siluros no sirven para buscar piedras. Son perezosos y apenas dan para vigilar y los enanos esclavos son ya demasiado viejos y están acostumbrados a buscarlas con mucha parsimonia. El tiempo se me acaba y necesito encontrar una nueva esmeralda arcoíris, con la que podré recuperar mi poder, sin necesidad de seguir habitando los sueños de este estúpido perro envenenado, desde el que poco puedo hacer, aparte de controlar a los esclavos. ¡Y para colmo, tú pierdes todo un precioso cargamento de súbditos de Bagdasco porque alguien quebró el tanque de las sirenas y los prisioneros escaparon!

—No os preocupéis, mi ama —contestó el moro—, mis vigías me avisan de que se aproximan dos barcos, sin duda repletos de fornidos marineros y puede que hasta soldados, que, una vez capturados y rendidos esclavos, nos han de venir como de perlas para buscar esa rara alhaja que pretendéis y con la que recuperaréis vuestro poder y sojuzgaréis a todos los habitantes de la Sima Desconocida.

—Sí, eso lo primero. Después también a los de fuera.

Debió de recrearse sobremanera la bruja en su ambición, pues su voz sonó ahora en extremo complacida.

No quise oír más y me volví por donde había venido, consiguiendo abandonar aquel castillo sin tropiezo alguno. Me dirigí entonces a palacio, pero, cuando fui a dar cuenta al príncipe de los resultados de la misión que me había encomendado, no me prestó atención alguna, embebido como estaba en la contemplación de una flor de loto azul que le habían regalado, de la que emergía una hipnotizadora multitud de fascinantes imágenes y sonidos embriagadores.

Lo dejé por imposible y me dirigí a la cámara de la reina para contarle lo que sucedía, pero ella, no solo no le dio mayor importancia, sino que además me reprochó que hubiera acechado a sus ilustres huéspedes y me castigó por ello, enviándome a cobrar impuestos por el queso mayor de las queserías del reino, que es el que traía a la espalda cuando nos hemos encontrado, y que ha devorado casi en su totalidad vuestro amigo el cerdito».

Tras una breve pausa, en la que intentamos hacernos cargo de las implicaciones de la historia del enano, Lord Crokinole tomó la palabra:

—No creo que sea aventurado en exceso suponer que a nuestros compañeros de El Temido los tienen cautivos en ese castillo-palacio. ¿Podrías llevarnos hasta él? ¡Hemos de liberarlos de cualquier modo!

Asintió el enano y nos pusimos en marcha con presteza hacia aquel extraño lugar, al que llegamos en poco tiempo, pues se hallaba en las inmediaciones de la playa en la que habíamos desembarcado.

La vista del castillo-prisión producía escalofríos: parecía, pese a haber aparecido hacía poco, muy viejo y transmitía una deprimente sensación de abandono y decadencia. Contribuían a ella las ramas y hojas, densamente pobladas de espinas, de los cactus, que lo envolvían de arriba abajo, trepando por entre las negras piedras de sus muros y almenas y agarrándose con fuerza a los salientes de una cornisa que lo circundaba por completo, de la que emergían aladas estatuas de gárgolas horribles.

Estábamos a punto de abandonar la protección del bosquecillo de pinos y adentrarnos en el pequeño llano de dunas, próximo a la playa, en cuyo centro se alzaba el castillo, cuando detuvo nuestra marcha un espantoso graznido que retumbó en sus murallas. Al fijar la vista en ellas, en busca de su origen, nos apercibimos horrorizados de que lo que habíamos tomado por estatuas de gárgolas eran en realidad arpías de negro plumaje, narices ganchudas y bocas desdentadas que terminaban en agudos picos, como astas, con potentes y aceradas garras que remataban manos y pies deformes.

—¿Qué clase de pájaros son esos? —preguntó, intrigada, Purpurina—. Son muy grandes para cuervos.

—Arpías —respondí—, unas criaturas legendarias que salen de vez en cuando en antiguos relatos. Quizás un día, si tenemos tiempo, os diga alguno de ellos.

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